Hay algunos elementos de nuestras historias a los que prestamos muy poca atención y que pasan desapercibidos en planificaciones y revisiones. Unos de esos elementos son, por ejemplo, los objetos. Sí, los objetos físicos que pueblan nuestro quehacer cotidiano y a los que, la verdad sea dicha, tampoco prestamos mucha atención en la vida real.

En general, los objetos tendrán una misión decorativa en los textos (que no es simple, como veremos a continuación), pero podemos usar estos elementos para muchas otras cosas en nuestros escritos. Esta semana me gustaría hablaros de cuáles son los principales usos que le podéis dar a los objetos en vuestros escritos y cuál es la manera más efectiva de utilizarlos. Seguro que me dejo alguna función más, pero estas que he entresacado son las más empleadas y con las que os vais a encontrar con más frecuencia en narrativa.

La principal función que tienen los objetos en la literatura es, como ya habíamos adelantado antes, de visibilidad. De decoración, como hemos indicado. ¿Qué queremos decir con esto? Pues sencillamente que necesitamos los objetos para que el lector pueda situarse en la acción, saber lo que está ocurriendo y ver la narración en su cabeza. Esto no quiere decir que haya que plagar las descripciones de nuestros textos con objetos, pero sí elegir aquellos más destacados que puedan crear un espacio con solo su enumeración. No es lo mismo que en una casa haya un lavavajillas que un fregadero de cerámica. Hay que tener intuición para saber elegir los únicos objetos importantes, que van a generar una imagen lo más cercana posible a la que nosotros tenemos en nuestra cabeza, en la cabeza del lector.

Esa selección de objetos que vamos a destacar es también muy importante para otra de las funciones de los objetos: ambientar. Elegir un par de objetos concretos puede llevarnos a una época o un lugar determinados. No es lo mismo un coche que un carro de caballos o un teléfono fijo de ruleta que uno de botones o un smartphone. No solo hay que elegir el objeto, sino el tipo de objeto. Eso nos servirá para situar en el espacio y el tiempo nuestra obra sin tener que usar el narrador para contarlo. Si lo hacemos así, conseguiremos que la ambientación sea natural y que el lector se empape y se crea la historia sin que se dé cuenta y sin que nosotros hayamos tenido que introducir ninguna explicación. Por supuesto, en los géneros no realistas, sobre todo en la ciencia ficción, esta función es muy importante para la ambientación y la marca de género.

Tal y como vimos en este artículo, los objetos también pueden usarse para caracterizar un personaje. ¿Qué objetos lleva siempre encima?, ¿cuáles son los que tiene en su cuarto?, ¿con cuáles se relaciona más? Se puede saber mucho de una persona mirando en sus bolsillos y en su mesilla de noche. Pensar en este tipo de detalles a la hora de crear un personaje hará que el lector los perciba como tridimensionales y será mucho más sencillo que se crea sus acciones y que empatice con ellos. No es lo mismo un personaje con bastón o con gorra de béisbol y tampoco será lo mismo una gorra de promoción de un banco o una de marca. Todos esos detalles que parecen insignificantes, nos hablan de los personajes de una forma sutil y muy efectiva.

Como habéis visto, estas primeras tres funciones repercuten en la verosimilitud del texto, algo importantísimo estemos escribiendo el género que estemos escribiendo.

Por último, en este breve repaso que estamos dando hoy a los objetos en la literatura, un objeto puede ser también un símbolo. Es decir, estar en la acción no solo como un elemento decorativo, sino estar por otra cosa, por un concepto que esté relacionado con el texto y sobre el que no queramos ser explícitos. Por ejemplo: Imaginad que el padre del protagonista muere y lo único que queda de él son unos zapatos. El protagonista no puede usarlos porque le quedan grandes y al final de la peripecia, para mostrar el cambio en él y mostrarnos que ha encarnado al padre, el personaje se los acaba poniendo. Esos zapatos no serán meramente ambientales ni nos hablarán del personaje, también nos hablarán de la trama, del significado abstracto y profundo del texto sin que hayamos tenido que hacerlo explícito, sin que hayamos introducido una explicación en nuestra narración.

Estas son solo algunas de las funciones que pueden desarrollar los objetos. Las más comunes. Para concluir me gustaría resaltar, por si acaso no ha quedado claro en el artículo, que los objetos pueden cumplir varias funciones a la vez, como esos zapatos que ambientan, simbolizan y caracterizan. También es importante destacar que, evidentemente, los objetos no tienen por qué cumplir todas las funciones a la vez. Si algún objeto en nuestra historia las cumple, tenemos que asegurarnos de darle la importancia merecida, porque nos ayudará mucho a transmitir con una sola palabra, mucha información a nuestro lector. Si podemos emplear un objeto en lugar de dos para alguna función, estaremos optimizando la escritura y profundizando mucho en las posibles capas que pueda tener el texto, haciéndolo, por tanto, mucho más rico y atractivo para los lectores.

Es evidente que pensar en los objetos desde la planificación puede ser algo demasiado costoso, lo más habitual es que nos topemos con ellos a medida que vamos escribiendo si sabemos escuchar a la historia. Por eso es importante estar atento a estos hallazgos y saber potenciarlos (o eliminarlos) si se cruzan en nuestro camino. Ya sabéis que soy un ferviente defensor de la planificación, pero siempre hay que dejar espacio a la improvisación y, sobre todo, a la intuición.

Suena difícil, pero estoy seguro de que todo aquel que alguna vez se haya puesto a escribir una historia ha hecho uso de los objetos en alguna de las funciones que hemos mencionado sin saberlo. Conocerlas y ser conscientes de ellas os ayudará a dominar vuestra escritura y a ser conscientes del potencial narrativo que tiene.