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Equipo de la Escuela: Sergi Bellver
 
 

Autodidacta polifacético, en los últimos años ha coleccionado diversas labores, pero siempre con la escritura como horizonte constante en sus proyectos.

Ha recibido talleres de escritura del cuentista Víctor García Antón y acude a una de las tertulias literarias más veteranas de Madrid. Desde 2004 su bitácora, desde la que ha organizado, entre otros, un premio de microrrelatos, es una de las más visitadas de la red.

En abril de 2007 comenzó a ejercer como editor en un sello independiente.

Trabaja en los manuscritos de su primera novela y su primer libro de relatos, en la traducción de varios cuentistas al catalán y trae en mente un futuro proyecto editorial.

En abril de 2008 se incorpora como profesor en la Escuela de Escritores, donde imparte el curso de Iniciación a la escritura creativa y de Literatura de viajes.
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Entrevista a Sergi

Entrevista realizada a Sergi Bellver en enero de 2009
¿Qué te sugiere la frase «El escritor nace, no se hace»? ¿Crees que se puede aprender -y enseñar- a escribir?
Se suele responder a esta pregunta duplicada hablando del valor del trabajo en la escritura, del esfuerzo como única garantía de progreso para el escritor. Y se suele responder de ese modo porque es absolutamente cierto, y además la experiencia me lo demuestra todos los días, hasta el punto de que es uno de los martillos con los que golpeo una y otra vez la atención de mis alumnos: «esta es una carrera de fondo», suelo decirles, y sin trabajo no se llegará nunca a ninguna parte.

Ahora bien, creo que toca también ser honesto y reconocer que de vez en cuando aparece un ser especialmente dotado para algo concreto, y ahí la frontera entre genialidad y artesanía es mucho más etérea. Dicho de otro modo, seguro que cuando el niño Diego pasaba horas en La Boca dándole al balón su cuerpo se entrenaba para el fútbol, pero las cosas que luego haría Maradona en los estadios no fueron sólo fruto del trabajo, sino de un talento natural irrepetible. De la misma manera, el padre del precoz Wolfgang Amadeus sometía a su hijo a interminables sesiones de práctica y estudio, pero la música de Mozart sólo puede brotar además de una gracia casi milagrosa. Me pregunto si Picasso, que de niño estudió Bellas Artes, tuvo alguna vez un profesor que siquiera imaginara cómo iba a revolucionar la pintura moderna, o si el adolescente Rimbaud fue a algún taller literario antes de incendiar la poesía de su tiempo.

En resumen, existe un reducidísimo grupo de escritores (y artistas en general) que aprovechan el entrenamiento para hacerse, pero sobre todo nacen, y negar esto sería mentir, sin rodeos. Sin embargo, una vez dicho esto, cabe hacer un ejercicio implacable de humildad y reconocer que ninguno de nosotros es Rimbaud, ni Picasso, ni Mozart, ni Maradona, y que sólo después de asimilar una serie de técnicas (como las hay para la pintura, la música o el fútbol), sólo después de transitar por lugares por los que otros pasaron antes que nosotros, y de volcar toda nuestra pasión y nuestro esfuerzo en cada texto, podremos un día llegar a ser escritores con criterio y oficio. Por lo tanto, fundamentalmente el escritor se hace, y se hace a base de aprendizaje y trabajo (el 90% del asunto), pero sin obviar que el talento (venga de serie o lo incorporemos en nuestra experiencia vital, que no lo tengo claro) es un ingrediente indispensable (un 10%, por decir algo) para trascender desde la artesanía redactora al arte literario. Esa es la combinación adecuada, y por eso hay tantos talentos malogrados por la pereza o la vanidad, y tantos escritores esforzados que siempre cumplen con el expediente, pero jamás llegan a brillar de veras.

Creo, en definitiva, que lugares como la Escuela de Escritores están para que, a través del aprendizaje y el trabajo, cada alumno saque el máximo partido a ese 10% intransferible, a su mirada sobre las cosas.

¿Qué significa para ti tu labor como profesor? ¿Cómo y por qué comenzaste a impartir clase?
Aunque estuve algunos años trabajando por mi cuenta como profesor particular de español para extranjeros, nunca se me había pasado por la cabeza impartir clases de escritura o literatura, pues pensaba que esa era una cuestión casi privada, que pertenecía al ámbito de mis obsesiones. Pero el caso es que, después de compartir una temporada en una tertulia literaria, Javier Sagarna y Mariana Torres tuvieron a bien proponerme que formara parte del claustro de la Escuela. Lo primero que les dije fue que debía pensármelo seriamente, pues si me implicaba en ello era para entregarme sin fisuras, vamos, como a mí me gusta: poniéndole pasión al tema. Me decidí en una semana, y un tiempo después, el día 23 de abril de 2008 (una fecha talismán para mí, pues justo el 23 de abril de 2007 empecé a trabajar como editor, con lo que el Día del Libro cobra un sentido especial) estaba mandando mis primeros comentarios como profesor de escritura creativa.

Para mí ha supuesto toda una revelación y un ejercicio de profilaxis, además. Revelación porque he descubierto un oficio ilusionante que te enriquece como escritor y como persona, algo que se intensifica todavía más en los cursos presenciales, donde el flujo de energías es mucho más rico y complejo, si cabe. Y profilaxis porque todo escritor serio ha de mantener siempre cierta distancia sobre su propio trabajo, y si algo te aporta la labor docente es justo eso, ya que no puedes tomarte ciertas libertades cuando estás marcándole el camino todos los días a tus alumnos sobre los mismos detalles. Enseñando aprendes mucho, en definitiva.

¿Cuál es tu relación con el resto del equipo de la Escuela?
Si se me permite la cursilería, somos una gran familia, y como en todas las familias numerosas, hay un montón de "primos segundos" y "tíos abuelos" a los que ves una vez al año, en bodas, comuniones y bautizos (en las fiestas anuales y reuniones de trabajo de la Escuela o en alguna presentación, en nuestro caso). Por lo tanto, aparte de las humanas afinidades electivas de cada uno, todavía siento que hay una parte enorme del profesorado a la que apenas conozco, aunque poco a poco y gracias también al foro de profesores, donde compartimos dudas y noticias, esa distancia se va diluyendo.

Con otros miembros del equipo, sin embargo, la relación es más estrecha e incluso de amistad y de admiración sincera. No sé si ha lugar este exceso casi sentimental, pero la verdad es que por diversos motivos, hay algunos profesores con los que tengo un vínculo cierto, bien sea por compartir otras labores en torno a la literatura o en nuestra tertulia semanal, como con los mencionados Javier Sagarna y Mariana Torres, y también con Alfonso Fernández Burgos, Magdalena Tirado, Ignacio Ferrando e Inés Arias de Reyna, bien por una amistad que ya venía de antes, como con mon cher Ángel Zapata o Juan Carlos Márquez, o que se ha forjado a posteriori, caso de Berna Wang. También por otros motivos he acabado haciendo buenas migas con Julio Espinosa Guerra, Luis Luna o Patricia Esteban Erlés, a quien conocí en persona hace poco en un viaje a Zaragoza.

Supongo que quienes escribimos, leemos y damos clases que tienen que ver con nuestra fiebre literaria, tenemos tantas cosas en común que la afinidad a veces se hace inevitable (a veces, que para todo hay excepciones). También gracias a iniciativas tan entrañables como las Jornadas de Albarracín he podido conocer en persona a compañeros que no residen en Madrid, como es el caso de Daniel Saavedra, por ejemplo.

De todos modos, por el clima general que se respira en la Escuela de Escritores, creo que el grupo humano es uno de sus principales activos, algo que se nota incluso al relacionarte con compañeros a los que no ves físicamente en todo el curso, pero de quienes percibes siempre un amor cierto por lo que hacen, y la verdad, trabajar así es siempre un placer.

¿Cuáles son las peculiaridades de tu metodología, aparte de la mecánica común a todos los talleres? ¿Te sientes libre a la hora de aplicar tu criterio pedagógico?
Como ejemplo de esto último baste comentar que cuando Daniel Saavedra, después de conversar largo rato en aquel viaje en coche a Albarracín (no podía gestarse de otro modo que viajando, precisamente), me propuso impartir el taller de Literatura de viajes, lo que en principio iba a ser una revisión somera de un temario existente se acabó convirtiendo en una carta blanca para que, con unas mínimas directrices de formato, redactara un temario completamente nuevo para ese curso, según mi criterio y mi visión sobre el género. Eso ya te da una idea del grado de confianza y libertad que la Escuela de Escritores le otorga a un profesor cuando confía en él, y por supuesto ese planteamiento llega a los demás ámbitos de nuestro trabajo.

A partir de unas pautas comunes, creo que cada profesor puede aplicar su criterio, y eso redunda en beneficio de los alumnos, por dos motivos, primero, porque así ese profesor podrá creer en lo que hace y volcarse de veras en lo que trate de trasmitirles, y segundo, porque si esos alumnos continúan su formación en la Escuela, en vez de recibir una visión unívoca y monolítica, tendrán a su disposición un prisma poliédrico de miradas y voces, algo que, si se me permite decirlo, se parece bastante a lo que es la misma literatura. Por otro lado, cuando esa libertad de cátedra pueda albergar alguna duda, se ve ampliamente apoyada por todo el equipo de la Escuela, ya que a partir de un consenso básico, nuestra idea sobre los conocimientos generales que debemos impartir es coherente y está respaldada por unos excelentes materiales.

¿Qué les pides a tus alumnos cuando comienza el curso? ¿Y cuando termina? ¿Cuál es tu nivel de exigencia?
Les pido sobre todo trabajo y compromiso, y también que sean conscientes de lo que en verdad desean. Lo primero que les pregunto siempre es por qué han llegado hasta ese curso, qué les motiva y qué esperan de él. Eso, además de darme una pauta para conocer un poco el perfil de cada alumno y saber cómo canalizar después las cosas, me sirve de recordatorio a lo largo del curso, para no permitir que se desanimen y acaben tirando la toalla.

Por lo general, aquellos alumnos que tienen un verdadero deseo por evolucionar y hacer de su escritura algo cada vez más sólido y coherente, son los que más trabajan y los que mantienen esa motivación primera intacta al terminar el curso, por lo que suelen apuntarse a otro para continuar con su formación. En cuanto al nivel de exigencia, les recuerdo a menudo que en un texto semanal no podemos buscar la perfección, y que me hago cargo de muchas cosas, pero que la dejadez o la autocomplacencia son siempre estériles. De modo que suelo mostrarme bastante exigente, y les marco cada error o cada exceso sin pasarlos por alto, pero luego también trato de anotar todos los aciertos y progresos. En pocas palabras, no les digo lo que quieren oír, sino lo que en realidad creo que va a serles útil, pensando más allá del curso. Intento que al menos asimilen dos o tres cosas fundamentales, pero que las aprehendan para siempre. Alguna vez hay bajas, alumnos que me dicen que se desalientan porque nunca hacen nada "que me guste", pero yo les recuerdo que están aquí no para complacer a nadie, sino para aprender y, de paso, para que saquen el máximo partido a su tiempo y a su dinero. La verdad es que la mayoría de alumnos agradecen un profesor honesto y riguroso en las correcciones,

algo que compatibilizo con todo el buen humor del mundo, cuando ha lugar. Para mí es muy gratificante percibir que, al final del curso, los alumnos han progresado de veras, no sólo en su escritura, sino como lectores, lo que también es crucial. Cuando tres meses después de decirte que Paulo Coelho era su escritor favorito te escriben un correo encantados con Quim Monzó o Sam Shepard, o buscando con verdadera sed otros libros que les recomendaste, uno siente que ha hecho algo bueno por alguien.

¿Qué clima te gusta y procuras que se cree en tus grupos de trabajo?
En esto he de hacer una mínima distinción entre los cursos virtuales y los presenciales. No sé cómo es la experiencia de otros profesores, pero al menos en mi caso, se me hace más fácil crear el ambiente adecuado en un grupo teniendo a los alumnos presentes, empleando el lenguaje gestual, modulando la voz, permitiendo que los alumnos participen de una manera más activa y entrelazada, ya que cada mínimo comentario o aportación hecha en clase tiene un efecto inmediato en todo el grupo.

En los cursos por Internet soy muy pesado con el tema de la participación, con que se lean unos a otros los ejercicios y mis posteriores comentarios y no se queden sólo con lo que le toca a cada uno, es decir, trato de crear una sensación de aula virtual, pero no resulta siempre fácil, aunque a veces tienes alumnos estupendos que te echan una mano. Además, cuando has de hacerle alguna corrección delicada a un alumno, y por mucho que hayas repetido hasta la saciedad que valoras siempre un texto, sólo un ejercicio puntual, y no la valía de su persona, a través del correo o el chat es mucho más complicado elegir expresiones y estados de ánimo que en persona podrías reconducir fácilmente.

En resumen, los presenciales dan pie a manejar ciertas situaciones con mayor soltura y los virtuales, eso sí, aseguran una revisión concienzuda de cada texto, cuando en una clase presencial de dos horas no siempre hay tiempo para que todos los alumnos lean su ejercicio. Todo tiene pros y contras, en definitiva, pero los tres preceptos básicos en mis clases son siempre el trabajo, el respeto y la libertad creativa ─prefiero que escriban algo creativo más o menos relacionado con el tema principal, aunque no se ciñan al 100% a la propuesta, que no verles bloqueados por ese corsé─. Y como ya he dicho, cuando toca, echo mano del buen humor, que es una cosa muy seria.

¿Consideras la enseñanza como un intercambio? ¿Qué te enseñan tus alumnos?
Un poco al hilo de lo que he comentado antes, al enseñar aprendes muchas cosas, no sólo porque recuerdas una y otra vez aquellos excesos en los que no puedes permitirte caer tú mismo cuando escribes, sino porque cada alumno llega al curso con su bagaje y su visión del mundo, y el hecho de que te aporte cosas valiosas acaba siendo lo natural. También la manera en que reciben tus comentarios y los interpretan, o cómo se comprometen con las tareas o te sugieren algo útil para la dinámica del grupo, hacen que nunca me vaya de vacío de una clase.

¿Cuáles son las cualidades necesarias, según tu opinión, para ser un buen profesor de un taller?
De nuevo creo que he de puntualizar un par de cosas sobre los cursos presenciales y los virtuales. El criterio y la solvencia que deba tener un profesor a la hora de comentar un texto se muestran de manera más exhaustiva en los talleres virtuales, donde el comentario va por escrito, pero ha de tener una capacidad de interpretación mucho más ágil en los presenciales, donde no hay tiempo para reflexionar demasiado antes de valorar un ejercicio, y ese oído especial sólo te lo da la experiencia. Por otro lado, ya he hablado del papel del lenguaje no verbal y otras cuestiones parecidas, que desaparece en los cursos por Internet.

En general, creo que un buen profesor de cualquier taller, presencial o virtual, tiene que saber manejar un grupo de adultos y canalizar las energías, los excesos y las carencias que puedan aparecer en la dinámica grupal, con los matices que acabo de comentar, y atendiendo a cada alumno según sus peculiaridades, pero sin perder de vista el interés general, es decir, que el profesor debe conocer bien a sus alumnos, pero también ha de saber conducirles a un ritmo de trabajo y de exigencia común, para que un alumno no termine absorbiendo la atención y ralentizando demasiado ese ritmo colectivo.

Pero a partir de ahí, hay otras tres cualidades o características que considero indispensables para todo profesor de cualquier materia. Las dos primeras, un conocimiento profundo de la misma y cierta dosis de pasión por el tema. Así, el pedigrí de un buen profesor de matemáticas o de física cuántica no será muy distinto al de un buen profesor de literatura medieval o de poesía norteamericana del siglo XX. En lo que nos toca, por lo tanto, un buen profesor de un taller de escritura ha de sentir verdadera pasión por la literatura, y disponer de un acervo de lecturas que pueda sacarle de cualquier apuro y con el que contagiar esa misma pasión a sus alumnos.

La tercera virtud deseable en un profesor, con toda la mano izquierda del mundo, pero insobornable, sería una honestidad a prueba de bomba. Y por último, creo que un profesor está para sacar lo mejor de cada alumno, para que éste vuele por sus propios medios, con las alas de su deseo. Un mal profesor, desde luego, me parecería aquél que buscara adoración o que pretendiera que todos los alumnos le imitaran, como acólitos. Somos guías de campo que conocen el terreno, pero el final del camino tendrán que recorrerlo ellos, por sus propios medios. Somos trampolines para sus sueños, no modelos a repetir.

Dentro de tu campo didáctico, ¿en qué partes te gusta profundizar?
Suelo marcar por separado las cuestiones formales y de fondo en cada texto de los alumnos. Trato que sean muy cuidadosos con el lenguaje, que le pierdan el miedo pero no el respeto, que sepan que no todo vale pero que con criterio se puede hacer casi cualquier cosa, que hay que huir de los lugares comunes, es decir, que sólo después de dominar unas reglas básicas será lícito saltárnoslas para crear algo nuevo. En cuanto al tema de fondo, intento que indaguen en sí mismos, que le pongan algo al texto que les coloque a ellos mismos en riesgo, que les dé un poco de pudor leer lo escrito, porque le hayan puesto tripas, en una palabra, que crean en lo que están haciendo. Es la única manera de que también un posible lector crea en su historia y desarrolle una empatía con algo en ella, ya sea un personaje, una situación o un conflicto.

¿Qué opinas de los concursos literarios? ¿Y del afán de publicar?
Creo que los concursos literarios forman una extraña selva en la que todo ─todo, lo mejor y lo peor─ es posible. Que un escritor con talento se pierda en la espesura y se quede a vivir allí, extraviado, echado a perder, obsesionado con ese salario de la vanidad que es cada premio. Que otro escritor que estaba a punto de perder la fe reciba un espaldarazo que no le permita dejar la escritura. Que un escritor en números rojos pueda pagarse un ordenador nuevo con el que seguir escribiendo. Que un editor desorientado se fije más en tu trabajo.

En fin, en España tenemos concursos amañados y concursos transparentes, concursos que otorgan cierto prestigio y otros que sólo sirven para engordar el texto de solapa del autor. Yo creo que el trabajo de un escritor va por otro camino, no se amolda a ciertas cosas, y cosecha otro tipo de frutos con el tiempo. Al menos esa ha sido mi línea hasta hoy, y tal vez por eso no me he presentado nunca a un concurso de narrativa, que es mi terreno. De todos modos, es posible que me replantee la cuestión, ya que el escritor también tiene derecho a vivir de su trabajo ─aunque sólo este punto daría para una larga discusión─, y si no te dedicas al best seller, si escribes sólo aquello en lo que crees y sin pensar demasiado en modas ni públicos, el diez por ciento de derechos de autor no da para mucho, la verdad. Hay quien se dedica a presentarse a todos y cada uno de los concursos municipales que hay en este país ─alguno de esos profesionales del concurso incluso aparece en el Libro Guinness─, o quien se desvive por estirar un relato o mutilar una novela para que entre en las bases de determinado premio. A mí eso me parece lamentable, porque va en contra del sentido más íntimo de la creación artística. Creo que un galardón debe ser una consecuencia de un trabajo bien hecho, y no un fin en sí mismo. Y creo que a un escritor novel de vez en cuando le viene bien que le bendigan su trabajo con un premio, si eso le ayuda a perseverar, pero siempre que no pierda el norte. Bueno, ganar el Juan Rulfo, el Hucha de Oro o el NH con un cuento no estaría nada mal, para qué mentir, e igual un día me animo a participar, pero sin perder mi escepticismo ni mi visión sobre la escritura.

Además, he de ser consecuente, ya que en mi bitácora organizo desde hace tiempo un concurso de relato breve, el Diomedea, pero allí la cosa es distinta, porque el premio no es en metálico, sino en libros, y el jurado ─un lujo de jurado─ colabora por verdadero amor al arte. Creo que cuando un concurso persigue fomentar la literatura y apoyar a nuevos escritores, podemos hacer una excepción al escepticismo.

En cuanto al afán por publicar, si lo tomamos en su justa medida, me parece razonable y coherente. Al menos en mi caso, escribo para un lector hipotético, un lector que me gustaría encontrar al otro lado y con quien compartir mis textos. Cuando eso sucede, creo que se completa el círculo del hecho literario, porque es en el lector donde cobra vida de nuevo un buen texto. Dejar los manuscritos para el cajón no tiene mucho sentido. La papelera o la incineradora sí han de engullir muchas páginas, obras completas, si hace falta, pero si un escritor termina un trabajo del que se siente satisfecho y, sobre todo, cree poder defenderlo con argumentos, el paso lógico es intentar la publicación.

Ahora bien, después de casi dos años trabajando como editor, lo cual me ha dado una valiosa perspectiva desde el otro lado del libro, mi percepción general es que el grado de auto-exigencia de muchos escritores es muy bajo, y demasiada gente quiere publicar demasiadas cosas, tal vez espoleada por la desmesurada publicación de títulos de dudosa calidad que inundan los anaqueles de las librerías. El afán por publicar, por lo tanto, me parece de recibo, si va unido al trabajo, al criterio y a la humildad. La prisa o la ansiedad por publicar, sin embargo, no augura nada bueno. Por ese motivo, salvo excepciones, no soy muy amigo de la autoedición, o de entregar tu manuscrito a un editor sin escrúpulos que luego deje que tus libros acumulen polvo en un almacén, sólo para que tus amigos o tu madre vean tu nombre en la cubierta de un ejemplar.

También conviene saber a qué editoriales nos dirigimos cuando enviamos nuestro manuscrito, si encajamos en su catálogo, etcétera. Puede darse el caso de que un editor miope no sea capaz de ver la calidad de nuestro texto, pero si diez o doce editores dicen que no, tal vez sea por algo. En mi caso concreto, en su día pude haber porfiado con una primera versión de novela que tuve terminada, haber movido hilos para publicarla a toda costa y en cualquier parte, o en última instancia, haberlo hecho por mi cuenta. Pero lo importante es que no era en absoluto un buen texto, y por eso acabó en la hoguera. La carrera de cualquier escritor tiene algún aborto antes de los primeros hijos, y eso, francamente, creo que a largo plazo es bueno. La literatura siempre ha estado presente en mi vida, pero mi vocación de escritor sólo se despertó con fuerza apenas hace cuatro o cinco años, y ahora que tengo la misma edad que Julio Cortázar cuando publicó su primer libro de relatos, si hay una cosa que no tengo es prisa. Y eso te libera.

¿Cómo compaginas la labor como profesor con tus propias creaciones?
Suelo dedicar los fines de semana y alguna noche a la escritura, y desde hace tiempo me levanto muchos días una o dos horas antes que de costumbre para aprovechar esa lucidez casi monacal que te da el alba para escribir un poco más. He de compaginar la escritura a la fuerza con varias ocupaciones, además de en la Escuela, como mi trabajo en la editorial, por ejemplo, pero en realidad me gusta tocar varios palos, ya que todos están relacionados con lo literario, y eso ensancha y agudiza mi visión sobre las cosas. Estar presente en todos los flancos del libro ─creo que sólo me falta ser librero, porque impresor y encuadernador ya fui de jovencito en Barcelona─ también consigue que relativice los plazos de mi deseo por publicar, como acabo de comentar hace un momento.

Una de las dudas que me asaltaron cuando estuve aquella semana reflexionando, antes de aceptar la propuesta de la Escuela de Escritores, era si dar clases, corregir tantos textos y desarrollar temarios y demás no iba a saturarme para mi faceta creativa, como también he pensado alguna vez cuando, en la editorial, he de valorar los manuscritos que nos llegan o corregir galeradas. Pero se trata de separar lo que es al fin y al cabo trabajo, en la editorial y en la Escuela, por mucho que me guste, de lo que es una necesidad vital, que es lo que para mí supone la creación literaria. Ser editor de un sello de veras independiente y profesor de escritura es desde luego mucho más enriquecedor y ameno que aceptar un trabajo cualquiera que no te motive ─de hecho, dejé un trabajo anodino de comercial donde ganaba casi el doble para poder hacer lo que hago ahora─. Pero me considero ante todo escritor. Por eso, en un mundo ideal, me encantaría pasarme la vida sin otra ocupación que la escritura y el viaje, a quién voy a engañar, pero en resumen me siento muy satisfecho del lugar en el que estoy, y de aportar algo útil a los demás.

¿Cuál es tu escritor favorito? ¿Por qué? ¿Qué libro estás leyendo en la actualidad?
Suelo alternar la lectura de dos o tres libros, por lo general uno de relatos, una novela o un libro de viajes, y algún ensayo o poesía. Aparte de manuales de edición y diseño, pero ese es otro tema. También releo bastante, porque el tiempo y el criterio te van dejando un poso que te permite interpretar de un modo más rico una obra. Hace poco he terminado de leer La geometría del amor, de John Cheever, un compendio de sus dos tomos de relatos, y ahora mismo estoy con los de Entrevistas breves a hombres repulsivos, de David Foster Wallace, y con Introducción a la guerra civil, un ensayo socavador del colectivo francés Tiqqun.

Respecto a mi panteón literario particular, soy muy poco mitómano, y me interesan más obras concretas que los nombres propios. Todo buen escritor ha tenido sus resbalones, supongo, si bien es verdad que hay valores seguros que jamás me han fallado: Kafka, Chéjov, Thomas Mann, Dostoievski o Flaubert estarían ahí. Después tengo algunas afinidades casi irracionales, escritores a los que les perdono casi cualquier cosa, como Joseph Conrad, Julio Cortázar, Henry Miller o Joseph Roth ─gran cronista, además de novelista─, cada uno por motivos distintos. Incluso algún escritor que me crispaba consiguió en algún momento borrar mis prejuicios, como es el caso de Francisco Umbral, que solía parecerme un ensimismado insufrible, hasta que leí Mortal y rosa. No sé si por haber salido de sí mismo por una vez, o porque nada podía dolerle más a Umbral que escribir ese libro, pero recuerdo esa novela como una de mis experiencias lectoras más intensas.

Melville, Carver o Ford también me parecen gigantes, pero Poe, Shepard o Salinger conectan más conmigo, como me pasa con Faulkner y Steinbeck. También hay una larga lista de autores que me han ayudado mucho en mi aprendizaje, pero citaré sólo tres ejemplos: Carlos Fuentes no es de mis favoritos, pero La muerte de Artemio Cruz es una lección sublime de novela, como para mí lo fue en su momento La cartuja de Parma de Stendhal, o la tremenda construcción de una voz que es Viaje al fin de la noche de Céline.

¿Escribir para viajar o viajar para escribir? ¿Qué es lo que mejor te ha funcionado a ti?
De momento no puedo formular la parte de la ecuación que supone «escribir para viajar», porque no he publicado todavía nada en papel que me permita luego hacer la mochila ─en mi caso mochila, no maletas─, ni me han encargado ningún artículo de viajes para una revista. Aunque tiempo al tiempo, que todo llegará. En mis viajes suelo tomar algunas notas, pero casi de manera impresionista, y como he dicho antes, sólo desde hace cuatro o cinco años con una verdadera intención literaria.

Se ha debatido muchas veces la supuesta distinción entre escritores que viajaron ─incluso los clásicos, como Flaubert, Víctor Hugo o Andersen─ y viajeros que escribieron ─desde Chatwin a Lewis, o periodistas como Leguineche y Camba─, pero al menos en mi caso no siento ninguna disputa interna, sino más bien una permeabilidad de géneros y enfoques, que me puede llevar a redactar un cuento en Berlín cuando esperaba hacer algo de literatura viajera, o pasar a limpio las notas de mi último viaje marroquí, meses después, en Madrid.

En cuanto al otro supuesto, viajo por necesidad de cambio, por alienación, por no entumecer mi capacidad de sorpresa, por cargarme unas cuantas certezas y, como esa sed va conmigo a cualquier parte, también desde hace un tiempo para escribir. A mis alumnos de los cursos de Literatura de viajes trato de comunicarles algo parecido, para que no coloquen sus deseos en compartimentos estancos, y aprendan a mezclar en el crisol adecuado literatura y viaje.

Además de escritor, trabajas como editor y lector en una editorial madrileña, publicas no uno sino varios blogs, eres asiduo de tertulias literarias, profesor de escritura, redactor de manuales... Y todo esto siempre partiendo de la autoformación, porque eres autodidacto hasta la médula, ¿no es cierto?
¿Publico varias bitácoras? No lo sabía, mira que últimamente me están plagiando por todas partes… Bromas aparte, en realidad sólo mantengo dos en activo, la personal y la colectiva de viajes, las demás han quedado como campos de prueba. Es cierto que para casi todo me he formado por mi cuenta, pero eso obedece más a una necesidad y a una serie de circunstancias que a un planteamiento específico. Cuando tenía dieciséis años tuve que dejar los estudios por problemas familiares, y desde entonces siempre me ha quedado la espina clavada de retomarlos, o de acceder a la Universidad para mayores de 25 años. Mi situación económica siempre ha sido peculiar, viviendo al día, y nunca he tenido la estabilidad suficiente que me permitiera afrontar con unas garantías mínimas unos años de formación académica. Algo que no sólo no descarto, sino que tengo en mente para un futuro cercano. Ahora bien, eso no significó nunca que la sed de conocimiento se aletargara, y por eso he seguido dibujando, he devorado cientos de libros o comencé a estudiar francés y alemán. Y cuando el conocimiento entra con gozo y no por inercia, creo que llega mucho más hondo.

Podría decirse que mis carencias en «certificación del conocimiento» las suplo con una voracidad innata por el aprendizaje. Como ejemplo, hace cuatro años, cuando ni siquiera sabía lo que era una bitácora o el lenguaje HTML, pasaba las tardes descifrando esos extraños símbolos del código fuente hasta que aprendí a diseñar sencillas páginas web por mi cuenta. En cuanto a la edición, creo que casi dos años trabajando de hombre orquesta en una editorial, tocando todas las teclas posibles en cada fase del proceso de publicación, suponen todo un master en el tema. No obstante, luego, en cuanto he podido, he realizado varios cursos oficiales de diseño web o Photoshop, y varios módulos de gestión y mercadotecnia editorial, por lo que, siempre que una persona tenga la posibilidad, abogo por una formación reglada, que no coarta esa misma curiosidad vital de la que estamos hablando, sino que la complementa.

¿Nos tienes preparada alguna sorpresa para el 2009?
Yo siempre tengo cosas preparadas. Soy una cabecita hirviente, pero también temo que vender la piel del oso antes de cazarlo traiga mala suerte, y no me gusta demasiado hablar de ciertos proyectos, para que no se malogren. Además, ya no sería sorpresa, ¿verdad?

Hace unos meses me pidieron un relato para una antología de escritores españoles nacidos a partir de 1970, en la que participan algunos nombres conocidos. El antólogo está negociando con una editorial importante y, si nada se tuerce, ese será mi estreno en papel para la primavera. Hasta verano espero darle los últimos retoques a mi libro de relatos, en el que confío mucho ─lo digo sin modestia pero con toda humildad, que no es lo mismo─, de modo que si a algún editor serio le convence mi trabajo, a lo mejor tenemos libro para finales de año.

En cuanto a la literatura de viajes, he rescatado mis viejas notas de un periplo de cuatro meses por la Patagonia chilena, y a lo largo de 2009 voy a seguir trabajando sobre ello, pensando en un libro de viajes que trascienda un poco el género, al hilo de lo que está haciendo el escritor Jorge Carrión. Por último, como editor, está el eterno proyecto de la revista literaria, y es que creo que el cuento se merece una revista seria e innovadora. Esto se ha ido postergando por un mero tema de financiación, pero hace poco tuve noticias de un proyecto distinto pero compatible con mi idea inicial, en el que me invitan a participar, y que tal vez sea una de las grandes sorpresas, para todos, de 2009. Toquemos madera. También tengo el proyecto de echarme novia en 2009, una novia con los brazos como barandillas de una escalera de caoba, pero me temo que eso va a estar más complicado.


 
 
 
   

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