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Equipo de la Escuela: Patricia Esteban Erles
 
 
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Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza y premio extraordinario fin de licenciatura, ha trabajado como profesora e investigadora en el grupo Clarisel de literatura caballeresca, vinculado al departamento de Literatura de dicha universidad. Actualmente realiza su tesis de doctorado, en la que estudia el tema de la magia en textos caballerescos del siglo XVI.

Asimismo, ha publicado diversos trabajos relacionados con su campo de investigación en diferentes volúmenes, como el libro Culturas mágicas: Magia y simbolismo en la cultura y la literatura hispánicasAmadís de Gaula: quinientos años después (Centro de Estudios Cervantinos, 2008). También es coeditora del libro De la literatura caballeresca al Quijote (Prensas Universitarias de Zaragoza, 2007).

Ha colaborado como columnista en Heraldo de Aragón y ha publicado algunos de sus relatos en la revista Rolde. Ha dirigido varios clubs de lectura e imparte talleres de relato y microrrelato en la Escuela de Escritores de Zaragoza.

Desde hace cuatro años mantiene la bitácora literaria "Toditos los días" y ha publicado hasta el momento dos libros de cuentos. El primero de ellos, Manderley en venta (Tropo editores/Prensas Universitarias de Zaragoza, 2008), obtuvo el Premio de Narración Breve de la Universidad de Zaragoza en 2007 y fue seleccionado en el V premio Setenil, como uno de los diez mejores libros de relatos editados en España en el año 2008. Su segundo libro, Abierto para fantoches (Diputación Provincial de Zaragoza, 2008), ganó el XXII Premio de Narrativa Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal y ha sido elegido como lectura de la Guía de Verano del Seminario de Bibliotecas Escolares de Zaragoza 2009.

Recientemente, varios de sus cuentos han sido antologados en volúmenes temáticos. Así, su relato "Hannie Coulder tomando el sol" aparece incluido en Vivo o muerto. Cuentos del spaghetti western (Tropo editores, 2008); "Criptonita", en Al final del pasillo. Terror, ciencia ficción y literatura pulp en Aragón (Comuniter, 2009); o "Cantalobos" en Perturbaciones. Antología del relato fantástico español (Salto de Página, 2009), junto a grandes autores del género como Carlos Castán, Fernando Iwasaki, Manuel Vilas, Félix J. Palma, Óscar Sipán, José María Merino, Cristina Fernández Cubas, etc.

En mayo de 2010 ha ganado el certamen de microrrelatos de la Revista Eñe, en el que participaron más de 12000 textos.

También ha colaborado en la edición conmemorativa del bicentenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, donde se recogen sus cuentos completos, con traducción de Julio Cortázar, edición de Fernando Iwasaki y Jorge Volpi y prólogos de Vargas Llosa y Carlos Fuentes, y que en 2008 publicó la editorial Páginas de Espuma. En este mismo sello publicó a principios de año su tercer libro de cuentos, Azul ruso.

Actualmente trabaja en la escritura de su primera novela.
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Entrevista a Patricia

Entrevista realizada a Patricia Esteban Erlés en marzo, 2010
¿Qué te sugiere la frase «El escritor nace, no se hace»? ¿Crees que se puede aprender -y enseñar- a escribir?
Creo que uno puede sentir desde muy pronto la necesidad de contar historias, que al principio por supuesto no serán escritas. Yo recuerdo como un pequeño gran milagro el día en que me di cuenta de que nos está permitido dejar grabado en el tiempo lo que contamos. Desde ese momento comienza lo que será ya un aprendizaje que dura toda la vida. Escribir es un mal crónico y muchos de los que lo sufrimos nos medicamos, pero no para curar nuestro mal, sino para seguir contando historias. Por eso pienso que puedo contestar a la segunda parte de la pregunta diciéndote que en la escritura, como en todas las otras cosas de la vida que merecen la pena, nunca se sabe lo suficiente, siempre se puede aprender, leyendo a otros autores, nutriéndonos de ellos y compartiendo la experiencia de escribir con personas que tampoco pueden evitar hacerlo.

¿Qué significa para ti tu labor como profesor? ¿Cómo y por qué comenzaste a impartir clase?
Es una parte muy importante de mi vida, yo sólo entiendo la literatura vivida con pasión, y dar clases, compartir esa pasión con mis alumnos, es un privilegio que disfruto cada día. Aprendo de ellos, con ellos, me gusta muchísimo que todo el mundo que participa en los cursos asuma ese proceso de interacción como una sesión de enriquecimiento en dos direcciones. Comencé a dar clase de relato porque me ofreció esta oportunidad Julio Espinosa, director de la Escuela de Zaragoza y estoy muy contenta de haber aceptado. Para mí era un reto, porque ya no sólo se trataba de escribir mis cuentos, sino de ayudar a otros a encontrar el camino para contar sus historias.

¿Cuál es tu relación con el resto del equipo de la Escuela?
Al vivir en Zaragoza y ver poco a los compañeros de Madrid, la relación es extraordinaria (jaja). No, en serio, siento un gran aprecio por compañeros como Ignacio Ferrando o Juan Carlos Márquez, a los que además admiro en su faceta de autores. Los dos son escritores de relato breve que me interesan y de los que he aprendido muchísimo. Con posterioridad, y gracias al mundo del blog, he tenido oportunidad de conocer también a Sergi Bellver, profesor de literatura de viajes y crítico minucioso donde los haya.

¿Cuáles son las peculiaridades de tu metodología, aparte de la mecánica común a todos los talleres? ¿Te sientes libre a la hora de aplicar tu criterio pedagógico?
Yo creo sobre todo en la capacidad de mejorar que todos poseemos y debemos explotar al máximo. Procuro exigirles a mis alumnos un poco más cada vez, sin abrumarlos, claro, pero valorando equilibradamente tanto lo que hacen bien al escribir como aquello que podría mejorarse. Podría resumirse diciendo que intento mostrarles sus historias desde el punto de vista de un lector anónimo, que no los conoce y que analiza sus textos con objetividad, valorando los pros y los contra, aplaudiendo si encuentra una buena metáfora, una prosa limpia, un buen final, pero sin dejar de señalar, en caso de haberlos, una estructura incorrecta desde el punto de vista gramatical o un personaje plano… Creo que es mi obligación como docente ayudarles a encontrarse como autores, a descubrir lo que cada uno puede y quiere hacer a la hora de escribir. Es cierto que el temario de la Escuela es la columna vertebral de cada curso, pero a partir de ese hilo conductor yo he podido desarrollar con toda libertad mi labor, planteando actividades complementarias, lecturas de autores clásicos, charlas de escritores amigos en mi taller, etc. Me gusta mucho que mis alumnos y alumnas se impliquen en el proceso como personajes activos y les insisto mucho para que también se comenten entre ellos, a fin de estimular su espíritu crítico, con los demás, pero también consigo mismos. A menudo cuesta analizar un cuento propio con la misma imparcialidad que empleamos al comentar el de un compañero y eso es algo que intento potenciar en el aula, el distanciamiento del texto, la necesidad de centrarse tan solo en sus valores literarios, de encontrar la manera de convertirlo en una versión mejorada de sí mismo.

¿Qué les pides a tus alumnos cuando comienza el curso? ¿Y cuando termina? ¿Cuál es tu nivel de exigencia?
Les pido que disfruten del viaje, que no les preocupe demasiado el final, que sean honestos y, sobre todo, que trabajen duro si lo que desean es escribir. Me gusta que se presenten el primer día de clase, que me cuenten de sus aspiraciones, que ellos mismos marquen con una tiza invisible el punto al que esperan acercarse en los meses que voy a acompañarlos. Les pido que me consideren una más del grupo, que sean capaces de recibir críticas pero también de defender su postura hasta el final cuando así lo crean conveniente. Les pido participación, entusiasmo, amor a los libros. Que escriban cada semana, porque si no me enfado (jaja), pero también que lean, que no dejen de acercarse a la literatura como a una fuente mágica. Me encanta cuando vienen a clase encantados, porque han descubierto a un nuevo autor en una librería, la expresión de sus rostros cuando en clase leemos un cuento de Bradbury o Cortázar… Les pido que debatan, que justifiquen con pasión la conducta de un personaje, que lo despellejen vivo cuando no haya quien se lo crea…

¿Qué clima te gusta y procuras que se cree en tus grupos de trabajo?
Procuro que en mis clases haya un ambiente alegre, distendido, que en cada momento cada uno pueda compartir con los demás una duda, una opinión. Me considero una profesora receptiva, me encanta que el grupo se comporte como un organismo vivo, cambiante, dejar que fluya cada sesión, con unas mínimas pautas, claro, pero sin agobios. En realidad, creo que si se nos viera desde fuera, podría pensarse que somos un grupo de amigos que comparten una afición y que se entregan a ella un par de horas por semana, con toda la libertad y las ganas del mundo.

¿Consideras la enseñanza como un intercambio? ¿Qué te enseñan tus alumnos?
Por supuesto. Me enseñan sus propios criterios a la hora de acercarse a un texto, para empezar. Me gusta fijarme en lo que les llama la atención de un cuento porque, a menudo, ellos y ellas leen con una frescura y unos ojos llenos de asombro que los profesores quizás hayamos ido dejando atrás en el camino, en aras del análisis crítico, profesional. Me enseñan a ampliar mi propio horizonte como lectora y autora, porque a medida que van afianzando su manera de narrar descubren cosas, llevan a cabo hallazgos estilísticos, recursos, de los que yo también puedo beneficiarme. Pero, por encima de todo, me enseñan que la literatura es una lección que se escribe cada día, un palimpsesto común, que nos pertenece a todos, un patrimonio de valor incalculable que se puede disfrutar tanto a solas en una habitación como en grupo, ya sea en clase o delante de unas cervezas bien frías.

¿Cuáles son las cualidades necesarias, según tu opinión, para ser un buen profesor de un taller?
Yo creo que lo fundamental es que te guste la enseñanza, claro, pero planteada como intercambio. Opino que no hay nada peor para un profesor de taller que el virus de la clase magistral. A todos nos encanta escucharnos, por supuesto, y más si el pobre auditorio que tenemos enfrente amordazado en sus sillas no puede hacer otra cosa que escuchar nuestra filípica, que para algo somos los profesores… Pero para mí la palabra taller, como dice su preciosa primera acepción del diccionario, es un lugar donde se trabaja una obra de manos. De muchas manos. Todos y todas los que participemos en los que yo imparto debe usar las suyas, ayudarme a modelar la clase con su colaboración. Te diría, por lo tanto, que un buen profesor de taller debe saber guardar parte de la teoría que conoce en los bolsillos y dejar que los alumnos y alumnas que asisten a su clase se pringuen los dedos y cuenten sus historias.

Dentro de tu campo didáctico, ¿en qué partes te gusta profundizar?
Al margen de que soy muy machacona con lo de aconsejar leer a mis alumnos y alumnas una especie de programa general, un top ten de grandes autores y obras que creo pueden ayudarles a ampliar sus miras, me gusta potenciar el estilo de cada uno. Fijarme en sus puntos fuertes, en sus obsesiones recurrentes, en el tipo de historias por el que tienen querencia. A partir de ahí suelo recomendarles lecturas personalizadas, autores con los que pienso que pueden tener puntos en común desde una perspectiva temática, estilística. Como ves, no entiendo el proceso de escritura si no es como segundo paso de algo, la lectura, el aprendizaje individual previo que se lleva a cabo cuando leemos a otros, a los grandes.
También soy muy pesada con la corrección en el uso del idioma, quizás no parezca importante en estos tiempos de la comunicación instantánea, la era del SMS, pero yo le sigo dando valor a la belleza de las palabras, a su origen, al empleo adecuado de estructuras, tiempos verbales, adjetivos. Todavía que asombra la precisión que puede alcanzarse mediante la palabra para definir la sensación más compleja, para describir un rostro. E intento que mis alumnos compartan esa fascinación por el lenguaje.

¿Qué opinas de los concursos literarios? ¿Y del afán de publicar?
Los concursos me parecen una posibilidad con la que cuenta el autor desconocido para dos cosas fundamentales, o tres, si me apuran. La primera, hacer que un jurado, es decir, un grupo de personas a las que se presupone competentes, se vea obligada a leer tu obra, lo quiera o no, cuando tus familiares y amigos ya no se ponen al teléfono. La segunda, te pueden ayudar a pagar el alquiler o un ordenador nuevo, porque algunos, además de un trofeo muy útil como sujetapuertas incluyen cierta dotación económica como recompensa. La tercera, el premio te garantiza en ocasiones la publicación de la obra, con lo cual amplías tu radio de lectores potenciales, te das a conocer aunque sea en un campo de acción modesto. Yo conseguí publicar mis dos primeros libros de cuentos gracias a sendos concursos y estoy muy contenta de ello, porque de otra forma, siendo una escritora absolutamente desconocida, tenía muy difícil el acceso al mundo editorial. Gracias a esos dos primeros trabajos conseguí que se me abrieran otras puertas, que una editorial como Páginas de Espuma se interesara por mis relatos, y quisiera publicar mi tercer libro, Azul ruso.
Sin embargo, nunca pensé ganarme la vida como concursante profesional, creo que no es bueno obsesionarse con los concursos, pasarse años participando en ellos, ciñéndote a escribir cuentos de encargo para complacer al tribunal inquisitorial de turno. Pienso que el camino de la escritura, al menos de la mía, debe trazarse con total libertad, sin tantas cortapisas ni esa espada de Damocles de intentar ganar siempre pendiente sobre tu cabeza.
En lo que respecta al afán de publicar, allí sí que soy rotunda. He tenido alumnos y alumnas que escribían con la única meta de ver un día publicado su trabajo, y con todo mi cariño, pero también con toda sinceridad, les he señalado que eso es un gran error de enfoque. Escribir no es un medio de llegar a parte alguna, es un fin en sí mismo. Es, quizás, la única oportunidad que tenemos los adultos de seguir jugando cuando se nos acaba la infancia. También la vía de mostrar nuestro mundo, cada uno el suyo, el propio, el que quizás no ve nadie más que tú. Escribir no es un trabajo fácil, pero es maravilloso, y para mí eso es suficiente, debería ser suficiente.

¿Cómo compaginas la labor como profesor con tus propias creaciones?
Como buenamente puedo… Intento combinar mis clases con mi propia escritura, aunque a temporadas no es fácil. Pero siempre se le puede sacar un rato al día para teclear el ordenador. Aprovecho los trayectos de autobús para ir madurando ideas, que repaso mentalmente cada vez con más detalle y que luego vuelco al papel, cuando más o menos tengo clara la historia, al menos en un plano general.

¿Cuál es tu escritor favorito? ¿Por qué? ¿Qué libro estás leyendo en la actualidad?
Los escritores son como los colores en la ropa, a veces te apetece más ponerte más uno que otro, dependiendo de las circunstancias, el estado de ánimo, tu propia evolución… No obstante, siempre cito a unos cuantos que son mi fondo de armario, los básicos que no pueden faltar. Capote, claro, Silvina Ocampo, Cortázar, Bradbury, Nabokov, Patricia Highsmith… Ellos y muchos más son mi escritor favorito. Ahora mismo estoy leyendo varias cosas a la vez, como casi siempre. Una historia del cine porno, para documentarme sobre algo que tengo entre manos, Jane Eyre, de Charlotte Bronte y la antología de cuentos norteamericanos compilados por Richard Ford para Galaxia Gutenberg.

El lector que ya te conoce de tus dos anteriores libros, ¿qué progresión crees que va a encontrar en los cuentos de Azul ruso?
Creo que en este libro se advierte un cambio de tono, una presencia nítida de la melancolía y la ternura que antes no estaba, o no de manera tan clara. En estas 13 historias prevalece una mirada más compasiva, no contemplo a los personajes desde la ironía, sino más bien desde la comprensión del que sobrevive a las mismas catástrofes. Les he prestado mucha atención a los seres marcados, hay muchas cicatrices en estos relatos, muchos pequeños héroes que lo tienen todo en contra desde que cruzan la línea de salida. Me interesaba fijarme en pequeñas tragedias cotidianas, en los edificios que se derrumban y de los personajes que salen de entre las ruinas. El hombre y el gato son supervivientes que viven en sociedad desde hace miles de años, de ahí la presencia felina, tan recurrente.

¿Qué simbología guarda el color azul que, de una forma u otra, aparece en todas las historias de tu nuevo libro?
En el principio estuvo el azul. Supe siempre que quería escribir un libro melancólico, lleno a ratos de tristeza, de blues. Me pareció que estaba viviendo mi propio Periodo Azul, como Picasso a la muerte de un querido amigo, que necesitaba sacarme de dentro ese dolor de vivir que sentía. El azul es un color clave en pintura, también en poesía y pintura, me pareció el símbolo perfecto. En el tiempo que pasé escribiendo los cuentos me fui percatando de que, además, el azul tiene muchos tonos distintos, igual que la tristeza, que va aclarándose y termina diluyéndose al final.



 
 
 
   

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