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Cuentos:
El sepulcro de Don Quijote, por Santiago Delgado
 
 
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Publicado el Domingo, 24 abril a las 21:00:00
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En algún lugar de sierra, lejano ciertamente de su querida Mancha, y de cuyo nombre, quien pudo, decidió no querer acordarse en adelante, deben yacer los restos mortales de Don Quijote. Lo enterraron, acaso, en un día lluvioso y gris. Y quizás por eso, casi ninguno de sus convecinos acudió. Acompañaron el féretro el cura, que marchaba delante revestido para el Oficio de Difuntos, y la sobrina, que, acompañada por el bachiller Sansón Carrasco, sollozaba contenidamente, más por cumplir con el rito y dar buena impresión ante el apuesto bachiller, que por veraz compungimiento.

Tercer finalista del II Concurso de Plagio Creativo de la Escuela de Escritores

El ama, con un principio serio de catarro, quedóse en casa, recogiendo los desajustes del duelo. El barbero pretextó un servicio a enfermo para no acudir.

Al día siguiente, que amaneció soleado, el ama, por lealtad, madrugó y procedió a llevar a su patrón un ramo de flores silvestres, de las pocas que aún quedaban en aquel día de otoño. Luego, volvió, temprano todavía, para atender sus ocupaciones domésticas. A mediodía se llegó el bachiller hasta la tumba, para ver si se había removido la tierra durante la noche, a causa de la lluvia. Asombróse primero, y espantóse después, de ver el ramillete de flores bajo la cruz del enterramiento.

A la tarde, después de comer, y preocupado, acudió a la iglesia con el objeto de ver al cura.

-Señor cura -le dijo- ha pasado algo preocupante. He visto un ramo de flores en la tumba de Don Quijote.

-¡¿Cómo?! -respondió el eclesiástico, saliendo de improviso del sopor en el que había empezado a entregarse como sucedáneo de la siesta que el bachiller disturbaba.

-Como lo oís. Puede ser una epidemia... -afirmó tajante el recién llegado.

-¿Y qué se puede hacer? -preguntó el cura, confiando en la conocida inventiva de Sansón Carrasco.

-Tengo una idea, pero necesito de vuestra ayuda -contestó el visitante. Asintió el aludido, y siguió hablando el bachiller-. Ante todo, esto no puede saberlo nadie. Ni el barbero, nuestro amigo, tan dado, por su oficio, a charlar con sus clientes. Mañana mismo partiré a Toledo, con pretexto relacionado con la herencia de Don Alonso. Volveré cuanto antes, y diré que me he visto con enviados de los señores Duques de Aragón con los que se hospedó Don Quijote. Anunciaré que pretenden los señores Duques honrar, aun póstumamente, a nuestro ilustre vecino. ¿Cómo? Cediéndole su propio panteón familiar para que repose allí eternamente, rodeado de mármol, y con su nombre esculpido a cincel, seguido del patrio apelativo de la comarca nuestra, y que no es otra que La Mancha. Con lo cual, además de verse en imprenta, nuestro amigo se verá rodeado, a perpetuidad y con este nombre, de todos nosotros. Con este fabricado lance, alejaremos del aldea nuestra y de sus buenas gentes, la tentación grave de ser infectada de la colérica bilis, caliente y seca, que inficionó a Don Alonso, y vivirán tranquilos el resto de sus vidas. Y así sus nietos, y los nietos de sus nietos.

Tres días después, una silenciosa comitiva formada por el bachiller, que iba al frente, de gala vestido y a caballo ricamente enjaezado como para ver a duques, un carro contratado para la ocasión por el mismo Sansón Carrasco en Toledo, su correspondiente arriero, de desconocida procedencia y que cruzaba al azar las vastas tierras de España, así casi la totalidad del pueblo, que ahora sí encontró motivo para despedir a su ilustre vecino, acompañó tanto la ceremonia de exhumación del cadáver -que contó con la tranquilizadora aquiescencia del preste- como la procesión hasta las afueras del pueblo. Más allá, sólo siguieron, según fuera convenido, arriero, bachiller y carro con los despojos de Don Quijote.

Atravesaron Mancha adelante hasta llegar a La Alcarria, y es fama que aún siguieron, alcanzado serranos parajes de nemoroso entorno y soledad extrema. Cuando el bachiller lo juzgó oportuno, detuvieron su marcha, y procedieron a descargar el humilde féretro. Cavaron una fosa de profundidad suficiente como para defender al cadáver de las alimañas, e hicieron descender el ataúd hasta el fondo. Cubrieron luego la fosa, hicieron una sencilla cruz con ramas caídas que clavaron a la cabeza del pobre túmulo y rezaron un Padre Nuestro por su alma. Ni un nombre, ni un epitafio desvelaron el anonimato de su tumba.

Pagó el bachiller al arriero y dividieron camino ambos: hacia latitudes ignotas el arriero, de vuelta al olvidado lugar de La Mancha el bachiller y convecino de Don Quijote.

Sólo él supo dónde quedó el hidalgo, y es noticia que nunca a nadie dijo dónde inhumó los restos del Caballero de la Triste Figura. Tampoco nadie le preguntó en el pueblo dónde quedaban Palacio y Panteón de los Duques por aragonesas tierras.

-Requiescat in pace... idealismus demens ?dijo antes de arrojar el último pellón de tierra sobre la tumba.

De viejo, ya casado con la sobrina, y abuelo feliz, el bachiller tuvo pesadillas, según contara la propia sobrina, su esposa. Pero no sabía explicar qué diablos, de todos los que había en el infierno, perseguían a su marido. Íbase entonces la sobrina a consultar con el cura, ya viejísimo, y éste la consolaba con explicaciones fútiles sobre los estudios del bachiller, que afloraban a traición en la mollera, y que de ahí que el estudio y la lectura no fueran recomendables para la gente sencilla y buena. La sobrina recordó entonces lo que sucediera con su señor tío, luengos años atrás, y, conformándose con tales razones, decidió que, acaso convendría también quemar los libros en que su señor marido leía con fruición alguna tarde que otra.

Cuando escuchó la propuesta, el bachiller cerró los ojos y suspiró. Al día siguiente, preparó viaje, dijo que a Toledo para buscar comprador de los libros que peligraban ser quemados. En realidad buscó, sin encontrarla, la perdida tumba de Don Quijote. Cuando volvió, todos comentaron lo mucho que, últimamente, había envejecido el bachiller, y lo callado que se había vuelto.

-Los libros... -dijeron todos en la aldea.
 
 
 
   

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