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De lo que cae para ti, por Fernando del Teso
 
 
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Publicado el Lunes, 14 febrero a las 08:00:00
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Cariño: que resulta que a veces pienso y los pensamientos se me caen. Hoy por ejemplo, uno se me ha caído durante la comida de empresa, cuando el gerente ha dicho que el magret estaba algo seco, y tú lo habrías recogido con el labio de arriba, no el magret, el pensamiento, porque me he relamido y he querido lamerte un poco.

Hemos bebido un Rioja muy majo: el rojo se ha quedado pegado en el cristal no sé si demasiado, y reconozco haber mirado el pecho de la camarera más allá de lo justo y sí, sé que no sabes que con la mirada he intentado colarme entre su blusa, furtivamente. Podrías haber estado ahí pero no estabas.

Que sobre las siete de la tarde cada día bajando las escaleras miro un poco de reojo como disimulando, por si estás esperándome en la acera. En ese momento puede haber alguien de espaldas, pero no eres tú. Esta mañana, qué tontería, saliendo hacia el restaurante he temido encontrarte. No eran ni las dos.

Mi vida: que muy a menudo evito los escaparates de las tiendas o los bares animados a mediodía, cuando la gente bebe algún vino y se ríe ruidosamente, y les envidio, y ahí se me caen y ahí quién entra a recogerlos.

Que se caen, los pensamientos que no recoges, ha pasado hoy. Entre un par de coca-colas, antes de la comida, en el coche, en la copa de licor de hierbas, en un cigarro se ha quemado alguno. Un cocinero ha salido vestido para irse a casa y el director de ventas ha hablado de putas y clientes. Debo haber perdido tres o cuatro ahí, en la mesa vestida de platos cuadrados. Se han empapado de vinagre y mermelada, algunos, las yemas de tus dedos arañando mis uñas, las caídas de pestañas que precedían a guerras enteras, las sonrisas de lujuria que me torturaban. Pensaba, ya en los postres, en peces venenosos, y casi me he entregado. A mi lado la gente no te ama.

Tesoro: que siempre ando en lo mismo. Venga a pensar las cosas y luego se me cae todo, que soy un caso. Que ya ha pasado mucho tiempo. He salido agotado, las cosas que me habré dejado en el comedor. Algún rato paseando detrás de ti, dando vueltas como un loco sólo para verte girar el cuello, qué cuello, mi vida, me habré dejado como un mes mezclado con tus piernas tus caderas tu vientre tu boca tu lengua comiéndote a besos y buscando entrar más adentro y más adentro es imposible pero es que todo se me cae y se me pierde mi hermoso amor.

Todo se me pierde y me duele y me falta porque tú no estás y todo está como roto y todo está manchado y ya no veo nada y la calle se para y a los lados no hay nadie porque ya no me quieres.

Que quisiera que estuvieras, que chocaras con ellos y no se me cayeran, con los pensamientos, sí, con los que se me caen. Tú antes te chocabas estupendamente. Porque ¿para qué son? Para qué dibujar con el dedo en la servilleta o decir: Vaya color raro el cielo. ¿Por qué seguir así, resistiendo, como si la ponzoña de los peces tuviera algo de bueno?

Que a ratos, a cachos, vuelvo a soñar que estás, como hace tanto tiempo. Al salir hoy, el día se había terminado de apagar. Casi me he despedido del resto mientras alguien pasaba la visa de la empresa. Hemos esperado bajo la lluvia y cada cual ha tenido su forma de mojarse. Después ha estado bien. Yo te he soñado y alguien ha dicho que la hija ya le habla, he querido sólo que un día tú esperaras en la escalera y tal vez te has dado la vuelta, y me has tocado, un soplo, una onda. Un pensamiento se ha salvado. He amarrado todo en mi cabeza, los cientos de días sangrando mi cabeza, y me he fijado en las caras de la gente, y me he reído un poco de las hojas que crujen al romperse.

De camino a casa me he lamentado de la poca negrura que desnudan las luces cuando es ya tan de noche, tan tarde.

Amor mío: Que ya no puede ser que se me caigan más, que son tantos días, que es muy duro, terriblemente doloroso, estar como una roca tontamente colgada en un acantilado, sin nadie que recoja la piel que se desgaja, que cae, y que se pierde.

Nota: Carta finalista (cuarta clasificada) del IV Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor de la Escuela de Escritores.
 
 
 
   

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