Recuerdo mis primeros días como alumno en una clase de escritura creativa con cierta nostalgia mezclada con un poco de vergüenza ajena, aunque es una vergüenza pequeña, casi cariñosa, porque estaba cubierta de inocencia y de desconocimiento de las técnicas de escritura. Uno de los primeros recuerdos que tengo de esas clases es la sensación de que nadie había conseguido entender lo que yo había escrito. ¿Cómo puede no gustarles?, pensaba. ¿Es que acaso no están viendo lo mismo que yo? Y la respuesta era que no, obviamente. Aparte de los miles de fallos adicionales que tenían mis textos, el principal de todos ellos era, sin duda, la falta de visibilidad.

Este problema es uno de los primeros a los que se enfrenta cualquier aprendiz de escritor que entre en un taller de escritura creativa, pero es especialmente significativo para el alumno que quiere escribir literatura fantástica, ciencia ficción o terror. ¿Por qué? Pues porque el escritor realista juega con la ventaja de que todo lo que está en su texto existe en la realidad y, por tanto, más que menos, forma parte del imaginario de cualquier lector que se acerque al texto (con millones de excepciones, por supuesto).

Sin embargo, el escritor de género se enfrenta a la dificultad de tener que narrar algo que es imposible y hacérselo verosímil al lector, real, visible. Porque el lector sabe que no existen los dragones ni las espadas láser y debe hacer un esfuerzo para desconectar esa parte del cerebro que sabe que esos elementos son imposibles y sumergirse en la historia. Esto se conoce como suspensión de la incredulidad y es algo que debe hacerse en todo texto (puesto que siempre, aunque sea un texto realista, debemos hacer que el cerebro del lector olvide que lo que está leyendo es ficción). En los géneros fantasistas (aquellos que se oponen a los realistas por introducir algún elemento imposible) este concepto es más importante aún puesto que es más frágil. Otro día ahondaré en este concepto que es muy, muy, interesante.

El caso es que para conseguir esa suspensión de la incredulidad es muy importante que el lector se vea arrastrado dentro de la historia, inmerso, que vea lo que está sucediendo en su cabeza. Esto es, que se lo imagine. Somos seres visuales, no podemos desprendernos de ese concepto (después de todo la palabra imaginar viene de «imagen»), por lo que todo buen escritor debe potenciar eso y usarlo en su beneficio. Para ello, sobre todo cuando comenzamos a escribir, es recomendable aumentar el uso de las palabras concretas (aquellas palabras que designan conceptos que pueden ser aprehendidos por los sentidos: mesa, perro, tierra, cabello…) y limitar el de las palabras abstractas (aquellos conceptos que no pueden ser percibidos por los sentidos: amor, tristeza, vaguería, etc.). Fijaos que he dicho limitar, no olvidar, ni abandonar ni demonizar. Las palabras abstractas son herramientas útiles, pero como la sal en las comidas, debe usarse con cuidado.

Utilizando palabras concretas será más fácil que dibujemos en la mente del lector el mismo mundo, la misma historia, que nosotros hemos «visto» en nuestra propia mente cuando hemos diseñado la historia. Muchos escritores primerizos, entre los que me incluyo, olvidan describir el elemento imposible principal de sus textos puesto que para ellos está clarísimo en su cabeza. Parte de la pericia de un buen escritor es saber cuándo hay que pasar por encima en una descripción y cuándo merece la pena detenerse unos instantes para fijar una imagen o un concepto de manera clara en el lector. El elemento imposible principal siempre es un buen momento para ello.

Si tu historia transcurre en nuestro mundo y, de pronto, aparece un fantasma, una harpía, un viaje interdimensional, un extraterrestre o cualquier cosa por el estilo, el lector va a querer saber cómo es esa cosa que ha roto la construcción de un mundo realista. Del mismo modo que cuando vamos en un coche y nos cruzamos con un accidente, no podemos evitar mirar lo que ha pasado. Es algo diferente que rompe la sensación de normalidad, nuestro cerebro necesita ver qué ha sucedido para asimilarlo e integrarlo en los patrones de su realidad. Creedme, si vas en coche y aparece un dragón, os vais a quedar mirando. Aprovecha ese momento, describe ese dragón, cómo es, cómo se mueve, qué ruidos hace, cómo huele (ya que estás usa todos los sentidos que puedas). Si el lector puede imaginarse ese dragón, va a creer en él y eso va a reforzar mucho la coherencia interna.

Otra ventaja que tiene la visibilidad es que es muy útil para transmitir emociones y sentimientos en el lector, para lograr la empatía o el rechazo a una historia. En este caso siempre me vienen a la mente algunas historias de terror en las que el autor no describe al monstruo o al ser al que se enfrentan los protagonistas. Se limita a decir que es un ser horrible, espantoso y terrorífico. ¿Cómo es un ser así?, ¿qué me imagino? Podemos pensar que si no se describe, el lector va a imaginarse aquello que más miedo le da y así potenciaremos la sensación de inseguridad que conducirá al terror, pero no es así. Sobre todo porque ese monstruo después va a actuar y sus efectos van a dejarse ver en la historia. Si no puedo imaginarlo o me lo he imaginado de una manera que no corresponde a sus acciones, eso va a provocar un choque con mi imaginación y una ruptura en el pacto con el lector o con la suspensión de la incredulidad. Los miedos son subjetivos y arriesgarnos a concretar una criatura puede quitarnos algunos lectores potenciales (aunque lo dudo mucho), pero siempre es mejor arriesgarse y describir la criatura de la manera en la que la hemos imaginado, pues eso va a hacer que el lector vea lo que queremos decir con terrorífico o con horrible. En este caso, este ejemplo vale para muchos adjetivos que en realidad no dicen nada. ¿Qué es una casa encantadora?, ¿cómo es un hombre atractivo?, ¿un coche con clase?, ¿un chico excéntrico?

Por supuesto, todas estas descripciones deben guardarse para elementos importantes en la historia, puesto que de otro modo el escrito se alargaría indefinidamente y provocaríamos en el lector un hastío que lo incapacitaría para distinguir los elementos importantes de los accesorios o ambientales. Quizás no sea necesario describir el color de la tapicería del coche que conduce nuestro personaje, pero si se cruza con un dragón, tendremos que describir al dragón.

¿Qué os parece?, ¿estáis de acuerdo?, ¿os ha sucedido alguna vez al leer?