Con esta entrada concluimos nuestra serie sobre los tipos de batalla. Os recuerdo que podéis consultar los dos artículos anteriores aquí y aquí si queréis analizar los modos de batallar que tenían los humanos antes del uso de la pólvora en las guerras. En esta última semana, nuestro alumno Francisco Rueda nos habla de los tipos de batallas que se producen después del uso armamentístico de la pólvora.


Guerra con pólvora, hasta la Segunda Guerra Mundial

También son unos cuantos siglos. La artillería marca el camino, tanto en tierra como en lo naval. Los barcos ya son capaces de maniobrar en escuadrones y dispararse cañonazos (en época de griegos, por ejemplo, lo que hacían era ir a lo bestia unos a por otros para embestirse con un espolón, y luego se abordaban). En tierra, los campesinos de Flandes degüellan a sus hijas en el granero antes que dejarlas caer en manos de nuestros tercios. Combinación de infantería con lanzas (Bannockburn como gran precedente), caballería y armas de pólvora, los Tercios no tienen rival.
En cualquier caso, todo lo que no sea fusilería se acabará desechando, y se pasará a la famosa bayoneta, célebre por las guerras napoleónicas (Waterloo, imprescindible ver la película y leer todo lo que se encuentre acerca de esa batalla) o la Guerra de Secesión, con sus yankis avanzando en filas compactas al son del tamborilero, mientras los confederados disparan y recargan una y otra vez, con bolas de cañón haciendo trizas las pantorrilas de más de uno, y culatazos que revientan los cráneos de los que ya están trabados en melé. El hombre que pudo reinar es otra película imprescindible, en la que se muestran las tácticas de los casacas rojas británicos de esta época.


En este periodo hay grandísimas batallas, qué duda cabe, pero la guerra sigue sin ser de maniobra, como será ya en la Segunda Guerra Mundial. De momento, aún priman los asedios, para tomar y retener plazas. Famosos el de Viena por los turcos, y el de Cartagena de Indias por los británicos, derrotados por el gran Blas de Lezo.

El siglo XIX avanza con sus berrinches francoprusianos hasta llegar a la Primera Guerra Mundial. Se implanta la ametralladora como arma imprescindible. La segadora de vidas. No hay forma, al comienzo de la guerra, de enfrentarse a ella, así que todo el mundo se queda metido en su trinchera. Ese estatismo subterráneo, compañero inseparable de las ratas, las hepatitis, y los brotes de la mal llamada gripe española, va a favorecer que los ejércitos se las ingenien para hacerse la puñeta lo más posible sin tener que asomar la cabeza a la tierra de nadie. Nace la guerra química, pero el gas mostaza y el cloro no sirven para desatascar los frentes. Sólo se resuelve el punto muerto cuando la tecnología avanza lo suficiente como para hacer aviones de combate y tanques solventes. Ojo, y cuando las economías ya no dan más de sí. Guerra de desgaste, guerra total, como se le quiera llamar. Ya lo decía César, lo importante no son los guantazos, no, lo importante es que todos los tuyos coman y duerman caliente, y tengan dónde hacer sus necesidades más primarias sin emponzoñar el agua. Como anécdota, los soldados británicos tuvieron rachas en las que su gobierno sólo les dejaba tirar tres balas al día. Su economía no daba para más.

Películas de la Gran Guerra, a miles (Lawrence de Arabia, Senderos de gloria, Galípoli, incluso Largo domingo de noviazgo). Batallas, a tutiplén (Tanenberg, el Somme, Verdún). Hay mucho para consultar online.


Segunda Guerra Mundial en adelante


Blitzkrieg y guerra de maniobras. Cuerpos conjuntos de infantería, blindados y aviación actuando en bloque, combinados, avanzando y arrasando. El combustible es la clave, bien lo sabían los alemanes, empeñados en llegar al Cáucaso, e incapaces de recuperar Bélgica en la Batalla de las Árdenas por carecer de petróleo. Este modelo de guerra, por supuesto, se ensayó en España en la Guerra Civil.

Los asedios aún existen, claro, pero han cambiado mucho en sus formas. Las largas esperas alrededor de una muralla, combatiendo la disentería y el hambre más que al enemigo, se sustituyen por una lucha urbana encarnizada, casa por casa, puerta por puerta.

El Reich se estrella, en este modelo de guerra, contra el martillo pilón que les tiene preparada la Madre Rusia en Stalingrado. Después de la batalla del Volga, los soviéticos triunfan en Kursk, Jarkov y otros lugares de la llanura europea, con grandes batallas de tanques. El setenta por ciento de las bajas alemanas se producen en el frente ruso. El cine y la tradición de los victoriosos nos han mostrado a personalidades como Patton y Montgomery ganando la guerra casi ellos solos, pero el verdadero verdugo de Alemania es la U.R.S.S.

No tiene mucho sentido que me meta en más batallas, o que mencione más películas, libros, series o documentales para este apartado. Nos eternizaríamos, y no es mi objetivo, ya que me quería centrar en etapas bélicas anteriores. Además, seguro que todo lo que yo diga ya es del dominio público. La Segunda Guerra Mundial es muy asequible.

A partir de aquí, la guerra es cada vez más tecnológica. Drones, misiles teledirigidos, cíber-ataques, y todo lo que vemos en los telediarios. No creo que sea lo buscado en relatos o novelas de fantasía épica.



Dicho todo lo dicho, las conclusiones son evidentes. El ser humano lleva, por desgracia, la guerra en el A.D.N. y, dado que los chimpancés también la practican, podemos deducir que esta tara genética, esta enfermedad hereditaria, es anterior incluso a la aparición del género Homo.  Pero las enfermedades se curan, y para curar las enfermedades es imprescindible estudiarlas. Digo esto con una vaga esperanza de redención, porque soy bastante capaz de anticipar la imagen que se formarán los posibles lectores de este artículo acerca del redactor del mismo. Mea culpa, es indudable. Sólo me queda confiar en que se juzguen estos párrafos como lo que en un principio se pretendía que fuesen: una brevísima guía y recopilación orientada a inspirar matices en obras literarias. Mis pretensiones no pueden ir más allá aunque, si de mí dependiese, este tipo de ejercicios intelectuales no tendrían cabida en nuestra existencia, ya que tampoco la tendría, bajo ningún concepto, su hecho inspirador.

Y con esto concluimos nuestra serie de artículos. Esperamos que os hayan servido y que los encontréis de utilidad para vuestra escritura. Estamos abiertos a cualquier comentario sobre ellos.