Con el pasar del tiempo he sido consciente de que algunos escritores padecen un síndrome que no es nada raro en el que les cuesta una barbaridad dejar ir sus proyectos o lecturas. Este síndrome afecta a aquellos que llevan años tratando de perfeccionar o escribir una historia y jamás la dan por cerrada.

Me he encontrado con este síndrome varias veces a lo largo de mi carrera como escritor. Al principio me afectaba a mí mismo (a veces lo sigue haciendo) y a algunos de mis compañeros, pero me lo he encontrado con mucha más frecuencia desde que soy profesor de escritura creativa en muchos de mis alumnos.

Esta incapacidad de poder decir adiós a proyectos que tenemos a medias sin sentirnos fracasados por ello puede producirse en tres momentos distintos, aunque, según mi opinión, los tres tienen el mismo origen y generan el mismo problema.

El primero de ellos se da en el momento de la planificación. He conocido escritores que fingen necesitar una planificación exageradamente minuciosa de sus proyectos, llegando a tener documentos y documentos solo con información, descripciones, recortes de artículos, fotos, dibujos, etc. Estos escritores se escudan en esa planificación tan meticulosa por no enfrentarse al verdadero monstruo de la escritura y poder decir que «están escribiendo» una novela o un libro de relatos. No digo que esté mal tener una planificación minuciosa, pero si cada dos pasos que das en la escritura necesitas horas y horas de restructuración de planificación, algo va mal. Estos son los escritores que yo llamo «de cabeza», que escriben sus novelas de manera teórica, pero que cuando llega el momento de plasmarlas en papel, de hacerlas reales, no se atreven a ello. De ese modo nunca va a ser una mala historia. La cosa es que tampoco va a ser una historia buena, porque no va a llegar a ser nada de nada.

El segundo momento en el que puede atacarte este síndrome es en la escritura. Hace unos años tuve una compañera que cada diez páginas que escribía de su historia, cinco no estaban planificadas y no respondían a la trama o el argumento principal de la novela. Eran derivas, personajes nuevos que aparecían o pequeñas subtramas que en ningún momento entraban dentro de la historia. Aquella novela que iba a tener ciento cincuenta páginas acabó siendo abandonada a las cuatrocientas páginas y creo que mi compañera no ha vuelto a escribir nada más desde entonces. En este caso pasa lo mismo que en el anterior: Mientras esté escribiendo, la novela tiene la posibilidad de ser buena, de ser la mejor historia. Ya la revisaré. Ya solucionaré esto más adelante, quiero saber a dónde me lleva la escritura. Sí, genial, pero ten cuidado, no sea que esa escritura te lleve a un bloqueo monumental, a la frustración y al abandono. De nuevo, que nadie entienda aquí que esto es una crítica contra la escritura de brújula, se trata de una crítica a la ceguera autoimpuesta para no ver que la obra o el proyecto se nos está yendo de las manos y que se está convirtiendo en un monstruo que acabará por devorarnos a nosotros mismos. Los escritores de brújula suelen tener un sistema de navegación que les pita cuando sienten que se salen del camino. En este caso ese sistema de navegación está roto y el conductor dormido.

El tercer momento es el de la revisión. Este es el que me intenta seducir a mí casi siempre. Y eso que odio revisar. Cuando tienes el borrador de una historia llega el momento más racional de la escritura: plantarse con tus conocimientos y tus tijeras frente a tu obra y valorarla de una forma lo más objetiva posible para poder dejarla presentable a ojos ajenos. En mi caso, la novela nunca está lo suficientemente pulida, nunca lo suficientemente ajustada. Siempre hay una frase que cambiar, una puntuación, un párrafo. El propio Borges decía que los escritores publicamos para dejar de corregir y cuánta razón tenía. Este tipo de cosas son las que hace que jamás lea nada una vez publicado, porque sé que querré cambiarlas. Hay que tener fuerza de voluntad y saber decir basta cuando estamos revisando. Ya os hablé aquí de los peligros de la sobrecorrección y el mal que puede hacerle a un libro. El problema viene cuando la obra no está publicada. La mandamos a unos cuantos sitios y no nos contestan o nos contestan con negativas. ¿Qué hacer en ese momento?, ¿revisarla y seguir intentándolo hasta que alguien nos diga que sí? Esa puede ser una solución, pero solo si contamos con otro par de ojos ajenos que puedan ayudarnos con sinceridad y nos digan que merece la pena. De otro modo es mucho mejor abrir el cajón, guardar el proyecto y ponerse con otra cosa. Quizás no sea el momento para ese texto (quizás no lo sea nunca) y eso está bien. Hay que saber decir adiós, hay que saber cuándo una historia ha agotado todo lo que podemos hacer por ella como escritores.

Enrocarse en alguno de estos tres puntos puede ser muy contraproducente a la larga, por mucha satisfacción que pueda darnos en el momento presente el retrasar el momento del fracaso. Está bien fracasar. Hay que darse permiso para ello. No todo lo que escribimos tiene que ser una obra maestra. De hecho, asumámoslo, es probable que nada de ello lo sea. Y está bien también. En ningún momento hay que sentir que hemos perdido el tiempo por abandonar un proyecto. Lo que hay que tener es la suficiente inteligencia emocional como para conocer las razones por las que estamos abandonándolo. Que nunca sea por cobardía de no atreverse a afrontar un proyecto terminado que no triunfe. La sensación de decir: esto me ha dado todo lo que ha podido durante un tiempo, pero ha llegado el momento de cambiar es maravillosa y produce mucha liberación.

Si un proyecto se alarga durante un tiempo exagerado en una fase en la que no debería ser así, mi consejo es abandonarlo o al menos dejarlo de lado momentáneamente. Hay que aprender a dejar ir cosas para seguir adelante. Es importante saber decir adiós si no queremos empantanar nuestra vida como escritores y suicidar nuestra escritura por la cabezonería de una idea o el miedo a un fracaso.