Estamos cansados de escuchar y de leer consejos que insisten una y otra vez en que es importante tener una rutina y conseguir escribir de manera más o menos habitual si se quiere crecer como escritor y desarrollar todo nuestro potencial como creadores. Y, como suele decirse, al menos en este caso: cuando el río suena, agua lleva. Para ilustrarlo, voy a hablar de mi propia experiencia y de cómo a mí sí me ha servido establecerme una rutina para avanzar en mi escritura.

Al comienzo de mi carrera como escritor yo era muy caótico. Escribía por impulsos y me daba atracones de varias horas de escritura para después pasar semanas sin tocar el teclado. Me solía excusar en que no me encontraba inspirado. Sí, no vamos a negar ahora que la inspiración es una parte importante del proceso creativo, pero también es cierto que hay mucha parte de artesanía, de industria, que puede realizarse te encuentres con el humor que te encuentres.

Además, la inspiración es como el comer o el rascar, que uno empieza como sin ganas y acaba con la barriga llena o con las uñas desgastadas. No sé si es cierto o no que Picasso dijo: «Que las musas me pillen trabajando», pero me parece una frase de lo más acertada. Habrá días en los que cueste arañarle una frase al papel, pero habrá días en los que llenemos páginas y páginas sin darnos cuenta. Y ambos días suman y ambos días son importantes.

Si hubiera esperado a estar inspirado para ponerme a escribir, no tendría ya tres novelas terminadas y estaría haciendo la cuarta. Probablemente no tendría ninguna.

¿Qué fue lo que me hizo cambiar? Forzarme a tener una rutina. Sí, Alejandro, diréis algunos, pero yo no tengo tiempo para escribir todos los días. Muy bien, os diré yo (con una sonrisa que dice: sabía que ibas a hacerme ese comentario), yo tampoco. Tener una rutina no significa escribir todos los días, aunque sería lo ideal y a lo que deberíamos tender todos. Seamos realistas, por desgracia son muy pocos los que pueden vivir de su escritura y, por lo tanto, siempre hay cosas más urgentes que hacer que ponerse a escribir. Desde trabajar, acabar un informe, recoger a los niños del cole, hacer la compra o sacar al perro. La vida se va a meter siempre por medio y va a robarnos horas a la escritura, que parece el típico pagafantas que por muchas veces que le demos plantón, nunca se enfada.

Yo empecé a escribir más o menos de forma rutinaria cuando entré en un taller de escritura. En mi caso las entregas eran semanales, lo cual me «obligaba» a tener que escribir algo, algo con una calidad medianamente decente como para atreverme a leerlo delante de gente, además, cada semana. La extensión era variable, pero rondaba las mil palabras. Mil palabras a la semana, para alguien que quizás podía pasarse un mes sin escribir, estaba muy bien. He entrecomillado la palabra «obligaba» porque el hecho de entrar en un taller no es una pócima mágica. Conozco mucha gente, sobre todo ahora que soy yo el profesor de talleres, que es capaz de inscribirse a un curso de escritura creativa y escribir menos todavía que sin haberse apuntado. Ya hablaremos de esos seres curiosos y de sus bloqueos otros días.

El caso es que me forcé y, aunque había semanas que hubiera preferido hacer cualquier otra cosa en lugar de escribir o que el resultado fuera pésimo, mi calidad literaria aumentó de tal manera que hasta yo comencé a percibir que determinadas herramientas creativas (por ejemplo los diálogos o las escenas) me costaban muchísimo menos. La escritura es un oficio y, como tal, no puede aprenderse solo con teoría. Se necesitan muchas horas de práctica, mucho entrenamiento de dedos.

Un profesor mío comparaba el escribir de forma rutinaria con el footing. Él lo llamaba fingering. Decía que cuando escribía lo que hacía era entrenar, como el que sale a correr cada día. De ese modo lograba dos cosas: exorcizarse de malas ideas para tener la mente despejada cuando acudiera la idea buena y tener el cuerpo entrenado para escribir esa idea de la manera más eficaz posible. Cuanto más escribimos, menos tiempo pasamos después corrigiendo. El que sale a correr más a menudo es el que menos se lesiona cuando decide participar en una carrera más larga.

He de reconocer que no escribo todos los días. Ni todo el tiempo que me gustaría. He conseguido reservar unas cinco o seis horas a la semana a la escritura.  A veces en bloques de dos o de tres sesiones en días diferentes, por lo que son más los días que no escribo que los que escribo.

Sin embargo, he conseguido escribir alrededor de 5000 palabras a la semana repartidas en esas dos o tres sesiones. Ahora mismo esas palabras van todas para mi nueva novela, pero sé que muchas de ellas se perderán en la revisión. Y no me importa. El hecho de haber encontrado mi rutina, hace que me cueste menos entrar en la historia cuando me pongo a escribir y que, por lo tanto, el poco tiempo que consigo sacar, lo aproveche mejor.

Supongo que ese es el consejo final que os quiero dar con este artículo y con mi experiencia. Es importante que dejéis de compararos con los demás en cuanto a rutinas, palabras o calidad. El camino del escritor es individual y cada uno debe encontrar la rutina que le funcione (sean seis sesiones de una hora o dos sesiones de cuatro horas) y aferrarse a ella. Es importante, eso sí, que una vez encontrada la rutina, os comprometáis con ella como si fuera una promesa que le hacéis a alguien que no sois vosotros mismos. Parece que de ese modo es más fácil comprometerse. Tened en cuenta que si no os marcáis un objetivo creíble, lo más seguro es que os sintáis frustrados con vosotros mismos y acabéis abandonando vuestra idea o, peor, vuestra carrera artística.

Del mismo modo, también es interesante buscar los momentos y los lugares en los que os encontréis más inspirados. No es lo mismo escribir a las seis de la mañana que a las diez de la noche; ni hacerlo en la cama o en un despacho.

¿Cuál es la rutina que seguís vosotros?, ¿habéis intentado alguna vez seguir alguna y no os ha funcionado?