El otro día me acordé de una de las primeras personas que conocí en el mundo de la literatura y me pregunté qué habrá sido de ella. En un foro muy antiguo de escritores conocí a una chica que era muy pesada con el tema de la publicación de su libro. Hablo de ella en pasado porque ahora no somos amigos, ni siquiera recuerdo su nombre, solo su nick en la página. No tuvo nada que ver para que perdiéramos el contacto su insistencia en el tema de la publicación, que vaya eso por delante, sino mi abandono de ciertos círculos de Internet que creo que perjudicaban más que ayudaban a mi escritura.

La chica en cuestión, a la que vamos a llamar Maripili, había escrito una novela realista y estaba envuelta, en el momento de más cercanía con ella, una saga fantástica de esas de doce libros con un mundo inventado que iban a convertirla en la nueva Tolkien del momento. Si esto mismo me hubiera pasado hoy en día, solo eso me habría echado hacia atrás inmediatamente, pero en aquella época yo estaba escribiendo mi propia saga fantástica y esperaba ser el siguiente Tolkien, así que no voy a ser hipócrita ni lanzar la primera piedra. Lo que sí que recuerdo que nos diferenciaba es que yo, aunque lo deseaba mucho, no estaba tan obsesionado con publicar como ella. Es más, ni siquiera le había enviado la primera parte de mi saga a ninguna editorial.

Quiero anticipar antes de seguir con la historia, que no pretendo con este artículo dar lecciones morales a nadie ni decir que sigan mi ejemplo porque es el único que funciona. Solo quiero contaros mi experiencia y cómo creo que os puede beneficiar una determinada actitud ante la publicación hoy en día.

Como decía, yo no había mandado mi libro a ninguna editorial todavía, creo que tendría alrededor de los veinte años, no porque pensase que mi libro no estaba preparado aún o que me faltaba formación como escritor, qué va, a esa conclusión llegué más tarde, aunque sin mandar el libro a ningún sitio. No lo enviaba sencillamente porque tenía un miedo horrible al rechazo. Yo estaba convencido de que mi libro iba a gustar a todo el mundo porque era maravilloso, pero solo me atreví a compartirlo con aquellos que sabía que me iban a bailar el agua. Jamás salí de mi zona de confort hasta que no comencé a acudir a talleres de escritura (donde me llevé unos buenos barriles de agua fría que me templaron para el resto de mi carrera, por cierto). Pero eso es otra historia.

Maripili era todo lo contrario a mí. Tenía confianza en ella misma y en su historia, pero tenía demasiada confianza en sí misma. Le había mandado sus novelas a todas las editoriales grandes del momento. Ni una sola de las pequeñas, porque eran poco para ella y sus aspiraciones. No concebía que su libro no fuera un gran lanzamiento.  

Recuerdo que la chica publicaba cada tarde un post en el que iba haciendo un recuento de las editoriales a las que le había mandado sus manuscritos, los días que llevaba sin recibir respuesta y los correos que les había mandado. Sí, todo muy de preocuparse por su salud mental. Si no le habían contestado en un par de meses, volvía a escribir e incluso a enviar de nuevo el manuscrito por si se había perdido. Si alguno de los otros usuarios le decía que quizás la editorial directamente la hubiera ignorado, ella lo tachaba de envidioso y seguía a lo suyo.

Maripili necesitaba de una manera enfermiza el reconocimiento externo y desconocido de su obra, el éxito y el dinero. Era lo que le importaba. No ver su libro impreso, no escribir ni contar una historia. Solo quería publicar a toda costa en una editorial grande. Jamás supe el porqué de esta obsesión, nunca fuimos tan cercanos como para que se lo preguntara, pero recuerdo que en aquella época yo pensaba mucho en si estaría actuando mal y si el modelo a seguir era el de Maripili. Tampoco llegué a leer su obra, aunque por los datos que nos dio y lo que recuerdo, debía ser bastante mala, bastante cliché. Lo cual no quita, por supuesto, para que la hubieran publicado. Publicar nunca es sinónimo de calidad sea en la editorial que sea.

Si algo he aprendido con el tiempo es que la actitud de Maripili y la mía no eran ninguna de las dos adecuadas. Las dos eran caras de la misma moneda: la moneda de la confianza. Por un lado estaba el exceso de confianza y por otro el exceso de miedo. También de la moneda del reconocimiento: Maripili necesitaba ser reconocida como gran escritora, mientras que a mí me valía con que a alguien le gustara lo que había escrito.

Quizás la actitud de Maripili fuera exagerada (yo lo creo así), pero no está mal creer en tus historias. Aunque una cosa es creer en ellas y otra ser un iluso y perder tiempo y dinero en ello. Ella llevaba casi diez años tratando de mover esa novela. No digo que debiera quemarla o abandonarla para siempre, pero quizás debería haber comprendido que no era el momento para ella y seguir adelante. Ya hablé de esto cuando hablé de abandonar proyectos. No sé si llegó a publicar alguna vez, pero algo me dice que no, que le pudo su obsesión por llegar muy pronto donde aún no podía estar. Y quizás era talentosa y podría haber llegado lejos si se hubiera dejado acompañar, eso nunca lo sabremos.

Yo he publicado varios libros y al acordarme de Maripili me han dado ganas de poder hablar con ella y decirle que no pasa nada por publicar. Nada. Nada en mi vida ha cambiado por publicar. Sigo necesitando del mismo reconocimiento y validación por parte de los demás, supongo que eso es un hueco que nunca se llena, y sigo estando inseguro y sigo necesitando escribir. Quizás ella publicó y se decepcionó debido a las esperanzas tan altas que tenía puestas en esa idealización en su cabeza.

Supongo que mi conclusión a esta historia, cada uno que saque la que quiera que ya somos mayorcitos, es que la publicación nunca debe ser una meta en sí misma. Lo debe ser la escritura. La publicación es algo más, un plus, un añadido, que no modifica la obra ni tu calidad como escritor. Al menos así ha sucedido en mi caso. Puede ser una palmada en la espalda, pero después no puedes quedarte sentado mirando hacia atrás, hay que seguir trabajando. Después de todo ser escritor es, sobre todo eso, trabajar y trabajar. Escribir, borrar, escribir y, a veces, publicar.