Hace unos meses os hablaba de las inseguridades que todos los escritores tenemos a la hora de enfrentarnos a nuestros proyectos en este artículo. Dentro de él también comentaba muy por encima el miedo que me daba estar a punto de sacar mi segunda novela y que se la comparase con la primera ya que en ella había cierto interés por la experimentación y por el uso del lenguaje que no existía en la segunda. Finalmente ese miedo a la comparación se ha cumplido y hoy me gustaría hablaros un poco sobre él a modo de reflexión personal.

El libro salió en diciembre y no es hasta ahora cuando me están llegando las primeras críticas de amigos y lectores que han contado con el tiempo suficiente como para leerla. Dentro de las críticas, para este artículo, solo voy a tener en cuenta aquellas que de una forma u otra han comparado las dos novelas y el efecto que me han provocado. Conste aquí que he recibido también críticas positivas de ambas novelas por personas que han disfrutado enormemente las dos, pero ya sabemos que es mucho más fácil que el crítico deje suelto al síndrome del impostor cuando hay un «pero».

Ha pasado algo curioso que yo ya intuía que podría pasar porque era un fenómeno que había observado en mis lectores cero (sobre todo en los de la segunda novela, en la primera no tuve apenas). Muchos de los que disfrutaron con la primera historia no eran aficionados a la literatura fantástica y lo hicieron porque les atraía el tono intimista de la historia y las relaciones entre los personajes. Sin embargo, a los lectores que más experiencia lectora tenían en la fantasía, el libro se les hizo un poco cuesta arriba por el narrador.

Vendrán del este, la que salió en diciembre, tiene un narrador algo más sencillo (aparentemente, aunque no lo considero así), pero me he metido de lleno en la aventura y la fantasía. Hay bastante magia, batallas y criaturas inventadas para todos los gustos (para todos los gustos frikis, me refiero).

Intuía que con esta segunda novela me iba a pasar al revés y así ha sido. Esta novela le está gustando bastante a los seguidores de la fantasía, mientras que para los demás les parece algo más irrelevante. Lo curioso de esto no es el resultado, puesto que, aparte de que no se puede gustar a todo el mundo, yo ya sabía que iba a ser así y como tal concebí la novela; lo curioso no es eso, sino el hecho de que la gente a la que le gusta más la primera siempre usan como excusa que la primera era mejor porque era «menos fantástica».

Y lo dicen con un deje de cierta tristeza, como diciendo: «con lo bien qué te salió la primera, qué pena que ahora te hayas rendido a los frikis en lugar de a la literatura seria». Y al principio me daba mucha rabia escuchar esos comentarios. Me daba rabia porque yo me tomé exactamente igual de en serio las dos novelas. Es más, si hablamos de trabajo, esta segunda me ha llevado bastantes más horas de dedicación. Me da rabia porque parece que me haya ido a lo fácil, al entretenimiento, al fuego de artificio por el fuego de artificio. Y os aseguro que no ha sido así.

La sombra del académico es alargada

Y aquí vamos al título del artículo, la piel gruesa. De la rabia por el comentario pasé a la autoconciencia gracias a la piel gruesa que he desarrollado a lo largo de mi carrera como escritor en talleres y en charlas con otros escritores. Es imposible gustar a todos y es imposible, por mucho que me emperre, cambiar la mentalidad de algunos lectores que siguen pensando que la literatura de género es inferior a la realista por el mero hecho de no ser realista. Me da la impresión de que precisamente los que se van a lo fácil y se dejan embaucar por los fuegos de artificio son ellos, que son incapaces de rascar esa superficie y ver qué hay debajo, de qué habla la literatura fantástica en realidad. Como si una novela ambientada en Nueva York pudiera hablar de ellos y sus problemas, pero no una ambientada en la Tierra Media.

Si yo no hubiera desarrollado una habilidad de ser capaz de evaluar mi trabajo con objetividad (con toda la posible en estos casos, claro está), probablemente estos comentarios me harían replantearme muchas cosas. No olvidemos que, al fin y al cabo, la escritura es una actividad que requiere de respuesta por parte del lector, no se hace para uno mismo, y a todos nos gusta la admiración de los demás. Esos mensajes dicen: «si quieres ser considerado un escritor serio, deja de escribir fantasía». Y sé que no soy al único al que le pasa. Lo he escuchado igual sobre el terror y sobre la literatura infantil y juvenil. Y eso que mucha de la literatura infantil y juvenil es, eminentemente, realista.

Esa piel gruesa hace que, antes de hundirme ante comentarios de ese tipo, sea capaz de analizar que se producen por un problema entre las expectativas del lector y las mías propias como escritor. Quizás haya escritores que pretendan que sus lectores digan que su libro les ha cambiado la vida. Yo jamás me atrevería a ser tan arrogante, ni siquiera en una confesión conmigo mismo.

Desde luego, como siempre digo, la primera máxima que tengo al escribir una novela es hacerlo de la mejor manera posible para mí en ese momento. Y con la misma importancia. Se trate de una novela intimista o de un relato de ciencia ficción. Puedo estar equivocado (aunque no lo creo), pero pienso que es el camino que debo seguir como escritor y es el que más satisfacciones me está dando (que, después de todo, es por lo que estamos en esto).

Y como sé que es imposible contentar a todos con la escritura, al menos voy a serme fiel y tratar de contentarme a mí mismo. Digan lo que digan, mientras me siga haciendo feliz y siga haciéndome sentir orgulloso, escribiré sobre lo que me apetezca en el género que la historia me pida y con la máxima seriedad, pero sin dejar de pasármelo bien.