El otro día, comentando el texto de una alumna durante una clase, los compañeros le dijeron que el relato les había gustado, pero que creían que había algo que fallaba con el comienzo y que habían tardado mucho en meterse en la historia, aunque no sabían decir qué era ese algo que se lo había impedido.

Se trataba de un texto de terror fantástico y más o menos el veinte por ciento del relato (la primera parte) transcurría en un ambiente realista de lo más normal. De hecho aparecía un pequeño conflicto entre dos protagonistas que invitaba a pensar que el relato iba a tirar por esa dirección.

En ese planteamiento tenemos ya dos fallos. El primero es que el género presentado al comienzo del texto no es el mismo que el que lo concluye. El segundo es que el conflicto hacia el que apunta la trama no es el conflicto principal que le interesa al escritor.

Como ya sabéis, los comienzos en la literatura son muy importantes, puesto que establecen lo que llamamos el «pacto con el lector». En ese pacto, le decimos al lector, generalmente, de qué va a ir la historia, quién o quiénes son los protagonistas, la ambientación general de la misma, el conflicto principal o al menos la pregunta dramática y, por supuesto, el género. Puede que en ese comienzo haya más información (por ejemplo que aparezca el antagonista) o que haya menos (quizás no conozcamos todos los ambientes en los que se va a desarrollar la historia desde el comienzo), pero el principal dato que debe tener el lector es el género.

¿Por qué? Pues porque los géneros son demasiado subjetivos y, sobre todo si son géneros de lo imposible, puede darse que el lector no entre al juego de nuestro género y le traicionemos. Le estamos prometiendo una historia realista y le acabamos dando una historia de terror. En el caso del ejemplo, además, una historia de terror fantástico. Y eso es un problema.

Mi alumna me decía que en realismo no hace falta marcar el género y me pareció curioso que me hiciera aquella afirmación. Al reflexionar me di cuenta de que no es que no hiciera falta, claro que hace falta y claro que los escritores realistas lo hacen, solo que nosotros, como lectores, al decodificar el texto, a no ser que se nos haya dicho lo contrario (por la portada, colección, editorial, etc.), vamos a presuponer que la novela es realista. Pero claro que deben marcar el género. Lo hacen de la misma manera que los escritores de lo imposible: usando objetos, ambientación, palabras, etc.

Mi alumna tenía el problema de que su acción tenía que ir creciendo en intensidad hasta la aparición del elemento imposible, que en su caso era un monstruo, por lo que no podía colocar ningún elemento imposible al comienzo o se cargaría toda la construcción del personaje. Yo le ofrecí varias soluciones: La primera es que comenzara in media res y que después saltara hasta el comienzo del texto, de manera que los lectores ya supieran de la aparición del elemento imposible desde el comienzo, que hiciera una pequeña anticipación, que introdujera una escena ajena a la trama principal, pero que indicara la existencia de la criatura, o que jugara con el extrañamiento. Cualquiera de esas soluciones sirve para que el lector se vaya dando cuenta de que lo que está leyendo no pertenece al realismo puro y duro.

Esto sirve también para otros géneros realistas como la novela negra, la romántica o la histórica. Esa es la razón de que en la histórica desde el comienzo aparezca algún elemento que deje claro que no nos encontramos en la época actual, ya sea un objeto, un tipo de palabra o una forma de comportarse; o de que en la novela negra se suela comenzar con una ambientación inquietante o con un crimen directamente.

Casi todas esas opciones que le planteaba a mi alumna, y que ya desarrollaremos en posteriores artículos, nos presentan desde el comienzo el elemento imposible (o la diferencia con el género realista si es que nos encontramos por ejemplo en novela negra o histórica) de manera directa. Esa presentación del elemento imposible hará que el lector establezca desde el comienzo el pacto en el que se produzca la suspensión de la incredulidad. Una vez aceptado el elemento imposible, podemos presentarle situaciones realistas, que estará totalmente preparado en el momento en el que decidamos regresar con el elemento imposible.

Si os fijáis es un recurso empleado también en el cine de terror. Normalmente, antes incluso de la presentación de personajes, se nos muestra una pequeña escena en la que aquello que produce terror aparece. A veces, si se trata, por ejemplo, de un asesino, la película comienza con el primer asesinato, que en ocasiones no tiene ni siquiera relación con los protagonistas. De esta manera, aunque después se tarde en producir el segundo mientras nos presentan a los personajes, el espectador tiene claro que está viendo una película de miedo y no, por ejemplo, una película de adolescentes en un instituto.

Si decidimos emplear la técnica del extrañamiento debemos ser especialmente cautelosos porque hay una línea muy delgada que separa la sugestión del extrañamiento, es decir, esa sensación rara que hace que el lector se sienta un poco incómodo y que se pregunte si no estará pasando algo más que lo que se nos está contando en realidad; y directamente pasarnos de la raya y ser demasiado obvios, perdiendo así el efecto inconsciente que el extrañamiento produce (por lo tanto, restarle potencia).

Cada una de estas técnicas es tan válida como las demás y han sido empleadas en muchas publicaciones de género imposible por lo que es interesante conocerlas y, sobre todo, saber usarlas para tenerlas a mano cuando hagan falta. En posteriores artículos, si veo que es un artículo que interesa, podremos desgranarlas una a una para ver ejemplos y entender cómo funcionan.

¿Os ha pasado alguna vez sentiros estafados por un cambio brusco de género?, ¿lo habéis hecho sin querer?