Cuando era pequeño, no había cosa que más rabia me diera que escuchar a mi madre cuando me decía aquello de: ¿Y si Pepito se tira de un puente, te tiras tú también? Lo odiaba. Yo iba con toda mi buena voluntad de orador griego a rebatir a mi madre sus argumentos usando a mis amigos como prueba irrefutable de que ella no tenía razón, y ella lo saltaba todo por los aires con una sola frase. Para eso es madre, claro, para llevar siempre razón y para poner punto y final a las conversaciones. Tardé muchos años en entender a mi madre (ahora incluso uso la misma frase cuando me habla de los maravillosos hijos de sus amigas), pero al final lo hice. Y lo hice cuando aprendí a escribir.

Muchas veces, sobre todo cuando estaba más verde en eso de la escritura (ahora sigo verde, pero un poco más oscuro), me quedaba embobado descubriendo nuevas maneras de escribir o de utilizar la estructura o el lenguaje en los libros y decidía que yo quería escribir así, yo quería hacer eso, yo quería romperlo todo y saltarme todas las normas. Hablo, sobre todo, de técnicas innovadoras que no siguen las normas básicas de las técnicas narrativas en algún aspecto, que se salen de lo ortodoxo o que contradicen en algún punto todo lo que yo conocía que se debía hacer al escribir. Y a ellos, encima de saltarse las normas, les funcionaba y todo el mundo los admiraba. Yo quería ser como ellos, tenía que hacer lo que ellos habían hecho.

Y lo hacía, por supuesto, a mí a cabezón no me gana nadie, pero el resultado distaba mucho (muchísimo, años luz) de lo que yo había imaginado en mi cabeza. No pasaba, las veces que estaba muy inspirado, de una burda imitación sin gracia. ¿Por qué? Porque me estaba saltando pasos, muchos pasos. Y me di cuenta cuando mi profesor me dijo: ¿Y si Saramago se tira por un puente, te tiras tú también?

Esta situación es una con la que me he encontrado también muchas veces como profesor a lo largo de mi carrera. Le haces una crítica a un alumno y el alumno sonríe imaginándose vencedor y te dice: «Pues esto lo hace Cortázar en sus relatos de los Cronopios». Como si eso ya le diera validez a lo que él ha hecho y ya no hubiera más que hablar. Cuando hay mucho de lo que hablar.

No sirve que Cortázar (Saramago, Joyce, Faulkner, etc.) hayan usado una técnica o escrito de un modo concreto para que lo hagas tú. Y no porque como profesor no crea que puedes escribir como ellos, no tiene nada que ver con tus dotes artísticas. Tiene que ver con que dos factores principales: El conocimiento de la técnica trasgredida y la intencionalidad.

Tratar de escribir como escribía Saramago sin haber pasado muchas horas aporreando teclas es un poco temerario. Es como intentar pintar cubismo sin haber pintado nunca un bodegón, sin saber nada de conceptos de pintura. Es muy importante conocer las herramientas y las técnicas narrativas primero como base. Incluso si eso hace que durante un tiempo los textos que generes sean monótonos o aparentemente carentes de originalidad. Yo soy de los que piensan que la originalidad de un texto proviene por el punto de vista único del escritor y no de los artificios formales, pero de eso ya hablaremos en otra ocasión con más calma. Tener una buena base de las técnicas te dará la confianza y el dominio sobre ellas necesario como para saber qué estás trasgrediendo y cómo lo estás haciendo. La intuición cuenta aquí, por supuesto, pero a la intuición se le ayuda mucho con el conocimiento que tiene detrás, le hace sentirse mucho más cómoda. Creedme.

El segundo aspecto es el de la intencionalidad. Nunca me canso en mis clases de repetir a mis alumnos que en literatura todo cabe si funciona y si tiene una razón narrativa. No me sirve que quede bien si no sé por qué lo he hecho. Tiene que haber algo en la historia que justifique el uso de determinada técnica. Si a la pregunta de por qué no has usado comas en tu texto me respondes que porque Saramago lo hacía en sus novelas, se trata de una técnica mal empleada. Con el tiempo he descubierto que yo tenía un acercamiento erróneo a las técnicas y los escritores que me fascinaban. En lugar de querer ser cómo ellos y de imitarles, empecé a preguntarme: Si yo fuera él, ¿por qué habría usado esta técnica? Reflexionar sobre la intencionalidad del autor a la hora de trasgredir alguna de las técnicas narrativas nos hará profundizar en nuestra propia manera de escribir y, además, nos ayudará a entender las técnicas que nosotros mismos empleamos en el texto. No me digas que Saramago lo hacía, sino que tú quieres resaltar la confusión y la ansiedad del protagonista.

Además de todo eso, hay otro aspecto importante que no hay que olvidar. Muchas veces, la imitación de este tipo de técnicas lo único que nos convierte es en repetidores de aquello que ya ha venido antes que nosotros, ocultando, en cierta medida, nuestra propia esencia, nuestro punto de vista único de concebir y de escribir el mundo. Imitar está genial como forma de exploración, para llegar a conocerse a uno mismo y ver lo que funciona en nuestros textos y lo que no. Pero es importante después despojarse de eso, ser conscientes de que es una imitación y tratar de buscar nuestra propia voz personal, nuestras razones para transgredir la norma. Tú no eres Saramago y nunca lo serás y eso está bien. No tienes que ser Saramago. Ya ha habido un Saramago. Tienes que ser tú. Y punto.

La literatura no son matemáticas, afortunadamente, y el texto literario es tan flexible como nuestra imaginación, pero hay que tener cuidado con experimentar por experimentar. Con tapar lo que estamos contando con una forma que no le corresponde y que lo que hace en realidad es esconder la pobreza de lo que hay debajo. Como un trilero que con una mano nos distrae mientras con la otra nos roba el dinero.