La sobrecorrección del escritor novel

«Publico para dejar de corregir», Jorge Luis Borges

En realidad la frase de Borges, como la mayoría de las citas célebres que se recuerdan, no fue dicha exactamente así; sino que el argentino respondió «Para dejar de corregir» a la pregunta «¿Por qué publicamos?». Pero no vengo hoy a hablar de cómo la historia retuerce o embellece determinados discursos para adaptarlos a las ideas preconcebidas que se tienen de los escritores, que daría también para una publicación de las largas, sino para hablaros de un pequeño trastorno que padecemos muchos escritores hoy en día: la sobrecorrección.

No todos tenemos la suerte que tenía Borges de poder publicar lo que escribimos para dejar de corregirlo. El escritor novel no suele contar con un editor que le diga: «esto ya está, vamos a publicarlo» y debe valerse por sí mismo para decidir cuándo parar en las revisiones del texto y darlo por terminado.

Y fijaos que digo «darlo» por terminado, no terminarlo. Esto es porque, para un autor, rara vez su texto está terminado. En cada lectura que haga siempre habrá o encontrará un pequeño fallito que arreglar, una frase que suene mejor cambiando el orden de las palabras, sustituyendo un sinónimo, cambiando una coma por un punto, etc.

Algunos autores como Ray Bradbury se servían de una rutina de revisión y corrección para dar por terminados los textos (solía escribir un relato por semana y revisar el de la semana anterior en la siguiente). Otros deciden separar durante más tiempo el proceso de escritura y de corrección para poder mirar con ojos nuevos el texto escrito (cosa recomendable si es posible hacerlo). Incluso un autor, no encuentro su nombre por ningún sitio, defendía que los textos están terminados cuando al corregir volvemos a poner lo que acabamos de quitar. ¿Cuál es el mejor método?, ¿cuándo sé si mi texto está terminado?, ¿cuándo dejo de revisar?

Me temo que no hay ninguna respuesta científica ni mágica para esto. En literatura no existen las varitas ni los conjuros. Es algo tan subjetivo que es necesario que pruebes y te equivoques hasta que des con el mejor método para ti, el que mejor se adapte a tu forma de trabajar.

Aun así, hay una serie de consejos más o menos universales que pueden servirte de ayuda para no caer en la sobrecorrección y cruzar la delgada línea de equilibrio que separa una obra revisada de una obra estropeada. Combinando estos consejos y encontrando la rutina adecuada, puedes crear tu método personal de corrección.

Algunos de esos consejos son:

  • Haz siempre al menos una lectura en voz alta para detectar problemas de ritmo, de longitud de frases y eliminar rimas internas y cacofonías indeseadas.
  • Intenta que en algún momento entre revisiones pase un tiempo. No es recomendable, por ejemplo, hacer tres revisiones seguidas de una novela y ponerse con la cuarta inmediatamente. Se pierde perspectiva.
  • Si tu obra es muy larga, intenta no atomizarla demasiado en las primeras revisiones porque perderás la visión de conjunto, te olvidarás de pequeños detalles y se notará en la revisión la fluctuación del escritor a lo largo del proceso de corrección.
  • Si puedes, cuenta con otro par de ojos ajenos que te puedan dar su opinión sobre la obra. Por supuesto, aquí eres tú el juez sobre qué hacer con esos comentarios, pero intenta buscar personas constructivas o profesionales. Evita los comentarios que son únicamente negativos y que no tienen un lado aprovechable para construir.
  • No sigas revisando si te has cansado de tu propia obra. Es el momento de dejarla respirar un tiempo, unos meses, quizás.

Un síntoma claro de sobrecorrección es no encontrarle nada bueno a tu texto, sentirte con ganas de tirar la toalla. Muchas veces se trata única y exclusivamente de un hartazgo de revisar una y otra vez la misma historia. Hasta tu película favorita puede resultarte insoportable si la ves quince veces seguida. Esto, dejar de lado un proyecto, no tendría demasiada importancia si ese «abandonar» la corrección significara embarcarse en un nuevo proyecto diferente que nos ilusiona. Pero hay que tener cuidado.

Es importante saber por qué estamos abandonando un texto. Si es porque nos vemos superados y no sabemos cómo abordar la corrección del texto para hacer que quede como nos lo habíamos imaginado, lo mejor es acudir a profesionales que puedan orientarnos. Si es porque nos habíamos planteado unas expectativas demasiado altas y el texto no las ha cumplido y, consecuentemente, nosotros no las hemos cumplido tampoco; debemos hacer una introspección y analizar sinceramente el punto en el que nos encontramos y dónde podemos llegar de momento. Nunca abandonéis una obra por esas razones, simplemente aparcarla hasta que tengáis las herramientas adecuadas para afrontarla. El consejo que siempre les doy a mis alumnos y que yo uso como mantra personal es: «sé el mejor escritor que puedas ser en cada momento». Para ello es importante no mirarse ni compararse con otros escritores. Siempre habrá genios que hagan que tu trabajo sea menor.

Hay otra razón que normalmente es más insidiosa y se esconde detrás de otras aparentes razones para abandonar un proyecto o sobrecorregir hasta destrozar una obra: el miedo al fracaso. Mientras la obra no esté «terminada» o haya sido dada por terminada, hay posibilidad de mejorarla, de hacerla buena. Pero si le ponemos el punto final (entendido como punto final de las revisiones), la obra ya se quedará así, será buena o mala, pero no podrá mejorar. Una obra publicada puede ser mala, pero una que no, aún tiene posibilidades de revisarse. Hay que tener mucho cuidado con este tipo de pensamientos. Pueden convertirnos en lo que yo llamo: «escritores en potencia». Pueden ser escritores, pueden escribir, pueden ser buenos, pero nunca lo sabrán. El miedo a equivocarse, a fracasar, los atenaza de tal manera que puede llegar incluso no a impedirles acabar una obra, sino a no superar el miedo a la página en blanco. Estos escritores nunca se dan permiso para hacer las cosas mal y, consecuentemente, nunca podrán hacerlas bien tampoco.

Yo me enorgullezco de mis cicatrices, de mis caídas. Significa que me muevo, que aprendo, que evoluciono. El problema no es escribir una obra mala, a todos nos puede pasar. A mí me ha pasado. El problema es no ser capaz de acabarla, de quedarse ahí y no avanzar. Hay que ser crítico con uno mismo, pero también ser positivo y valorar las cosas buenas. Ni te conformes con lo primero que te salga ni te vuelvas loco corrigiendo. No sigas revisando una y otra vez para hacer tu obra perfecta. La perfección no existe, pero hay que aspirar a ella. Creo que ese es el mejor y el único consejo que de verdad puede ayudaros a la hora de enfrentaros a la corrección de un texto literario.

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