La mirada del escritor es una de las cualidades que todo autor debe cultivar. Pero ¿es distinta la mirada del escritor de fantasía?

Es natural que nos preguntemos si hay diferencias, si uno tiene que ver a su alrededor elfos, robots o monstruos informes para llegar a ser un buen escritor de literatura fantástica.

En realidad, la esencia es la misma para todos los autores, escriban en el género que escriban. Hemos de buscar el detalle de nuestro entorno. Hemos de intentar ver lo que nos rodea con ojos nuevos, como los de Adán o los de Eva. Hemos de ser turistas de la ciudad en la que vivimos.

Pero con una pequeña diferencia. Si queremos escribir fantasía, habremos de darle la vuelta a las cosas, a la realidad misma: hemos de cruzar al otro lado del espejo.

 

Pongamos un ejemplo. Busquemos un detalle fútil, tan cotidiano que sea invisible. Un lápiz, por ejemplo.

Lo cómodo para un escritor primerizo (o uno que no ha desarrollado la mirada del escritor) sería limitarse a la utilidad que todos conocemos del lápiz: la de escribir; y así nos contaría como el lapicero le inspira para escribir o como no consigue que despierten las musas, por lo que se queda mirándolo ensimismado mientras la hoja en blanco sigue… en blanco.

El escritor, llamémosle «realista», con una mirada más atenta se pregunta qué hay de nuevo en un lápiz, qué le provoca y, quizá, acabe convencido de que ese instrumento tan nimio se puede convertir en el objeto nuclear de una historia en la que una madre pierde a su hijo: el lapicero, mordisqueado por el extremo opuesto a la mina, abandonado encima de la mesa de juegos del pequeño, se convierte en el símbolo de la pérdida.

El escritor de fantasía también se pregunta qué hay de nuevo en un lápiz, qué le provoca. Si ese escritor es novel, puede que caiga en lo fácil: en la prosopopeya. Le dará una voz al lápiz y lo hará moverse como si fuera un humano. En la fantasía, también hay tópicos. La prosopopeya es uno de los recursos más minados (nunca mejor dicho) en los géneros de lo imposible.

Un escritor un poco más avezado puede que no se quede ahí y se pregunte qué hace del lápiz un lápiz. Se rasca la barbilla y mira con atención. Ve como los colores negro y amarillo resaltan, cada vez más, ante sus ojos. El lápiz no es un lápiz: es una avispa. Entonces sus ojos transforman lo que está observando y decide ponerle, para ver qué pasa, unas alas. El lápiz vuela, se sitúa a la altura de su nariz y sale volando por la ventana, el zumbido se escucha unos instantes, hasta que el escritor descubre que tiene frío y cierra la ventana. ¿Qué historia se esconde detrás de un lápiz-avispa?

Pero si nos quedamos aquí, estaremos cayendo en la tentación de convertir la literatura fantástica en literatura para niños. Y no se trata de mirar con ojos de niño, sino con ojos de Eva y de Adán.

Si siguiéramos al lápiz-avispa es probable que llegáramos a un bosque donde cada animalillo, insecto y piedra tendría forma de algún objeto de escritor. Estaríamos en el Bosque Escritorio. Los niños que escuchen esta historia aplaudirán encandilados con la idea de una lámpara-zorro, un teléfono-murciélago y una goma-margarita.

Pero… ¿y los adultos? ¿Cómo ejercitamos la fantasía para historias de géneros imposibles sin caer en el tópico o en la infantilización? Buscando el sentido de las cosas. Igual que el escritor realista.

Los lápices existen para que podamos escribir. ¿Sí? ¿Y si lo miramos desde el otro lado del espejo? Uno intenta escribir y no lo consigue (el tópico del escritor novel), así el lápiz se convierte en un maldito instrumento de tortura. ¿Tortura? ¿Instrumento? ¿Un lapicero asesino? Un niño juega en su mesa de pintar. Toma del estuche el lápiz de color morado, pero se le rebela, sale de su pequeña mano y se le clava en la garganta, para cuando la madre llega, el niño ha muerto y el lápiz está sobre la mesa, limpiamente inofensivo.

De símbolo de pérdida a asesino. Así es como juega la mirada del escritor de fantasía. Comenzamos en este lado del espejo, en la realidad, y viajamos por las posibilidades que nos ofrece nuestro conocimiento del mundo y las distorsiones que se nos ocurren de él, hasta que, sin darnos cuenta, estamos al otro lado y vemos la misma historia con otros ojos