Es bastante común que cuando uno empieza a escribir piense que debe innovar todo lo que pueda a la hora de narrar una historia para diferenciarse todo lo posible de lo que otros han hecho, para mostrar lo imaginativos y geniales que somos. Es algo normal y, además, un error del que se encarga de sacarnos la experiencia.

Hoy, haciendo limpieza en casa (cualquier cosa con tal de no escribir), he encontrado uno de los primeros manuscritos que escribí cuando comencé a formarme como escritor. Era la época en la que imprimía todos mis borradores y los encuadernaba, quizás para sentirlo más como un libro. Al principio no recordaba bien la historia y, sobre todo, no recordaba por qué había acabado abandonada en un cajón de mi cuarto. Hasta que he leído algunos fragmentos.

Yo tenía una buena historia o, al menos, una historia lo suficientemente interesante como para que mereciera la pena escribirla, eso lo recordaba y por eso precisamente pensaba que la historia no era tan mala. Sin embargo, al Alejandro de aquella época le pareció una buena idea (una idea brillante seguramente) el hacer una mezcla de narradores y de tiempos que es imposible de leer.

Recuerdo algunos comentarios de los compañeros mientras lo escribía. Muchos de ellos me desaconsejaban esa mezcla de narradores por la confusión que generaba y porque para la mayoría de ellos carecía de sentido narrativo. Es decir: ¿por qué usar ese narrador tan complejo, qué quiero mostrar con ello? En aquel entonces no supe qué responder a ello, pero hoy en día ya sé por qué lo hice.

Me escudé en que había autores como William Faulkner, Julio Cortázar o Virginia Wolf que lo hacían y que eran buenísimos escritores. Y me escudaba tanto que al final mis compañeros dejaron de intentar que cambiara de narrador y trataron de ayudarme para que ese narrador Frankenstein saliera lo menos mal posible. No solo me da mucha vergüenza ajena pensar que mis compañeros pudieran creer que me comparaba con esos escritores (madre del amor hermoso), sino que encuentro esas afirmaciones infantiles y muy inocentes.

Estaba claro que me encontraba (encuentro) a años luz de tener la experiencia y el conocimiento que tenían esos escritores. Me estaba poniendo una meta inalcanzable para las capacidades que poseía en ese momento. ¿Se podía escribir una novela cambiando bruscamente de narrador cada tres líneas? Se podía. ¿Podía hacerlo yo? No. Y es importante reconocer eso. Es importante reconocer nuestras capacidades. No todo es posible y eso está bien. Quizás hoy en día esa novela me quedara un poco más apañada, pero, precisamente, ahora que sé más, no me pondría a escribirla ni por todo el oro del mundo.

¿Por qué? Pues porque ese juego que yo establecí en mi novela con los narradores no tenía ninguna razón de ser. No había ninguna razón para que el narrador mutara y no reforzaba nada en la novela. Era un claro ejemplo de que la forma no solo no favorecía al fondo, sino que lo entorpecía y lo dificultaba. Creía que con esa supuesta originalidad estaba descubriendo algo nuevo (como nos pasa a todos los escritores primerizos, que siempre pensamos estar descubriendo la rueda), pero resulta que con ese narrador solo estaba mostrando mi ignorancia y mi cabezonería.

Con el tiempo aprendí que el establecer un juego claro con el narrador es muy importante a la hora de sellar el pacto con el lector y que si no seguimos ese pacto y lo rompemos, nos estamos cargando la confianza con el lector y la verosimilitud. Y, con la cantidad de autores y libros que hay por el mundo, es muy complicado que un lector nos dé una segunda oportunidad.

A mis alumnos, y a mí mismo, solo les aconsejo introducir más de un narrador en la misma historia si es indispensable. Si quitar alguno de los narradores deja a los lectores huérfanos de significado o de comprensión total del tema de la novela. Por ejemplo: podemos usar dos narradores en primera persona para ver la diferencia de punto de vista de una misma situación en una pareja. Aunque es cierto que eso mismo podríamos hacerlo también con un narrador en tercera omnisciente.

Todo escritor es libre de elegir la vía artística que más le guste para escribir su historia, está claro, pero, ¿por qué ponérselo complicado al lector innecesariamente?, ¿qué vamos a ganar con eso?, ¿ser ingeniosos? Si hay algo que he aprendido a lo largo de todos estos años como escritor es que nadie es puramente original porque ya está todo contado y que la originalidad no es más que la expresión personal de todo lo vivido y las experiencias culturales adquiridas por el escritor. De manera que es algo prácticamente inconsciente. En el momento en el que pretendemos ser originales, probablemente estemos imitando a alguien sin saberlo.

Pero esto no debe deprimirnos. Al revés. Debe darnos la libertad de hacer lo que más nos guste sin tratar de impresionar a nadie y sin ningún tipo de pretensión de revolucionar la literatura. Eso no se puede lograr conscientemente (quizás ni siquiera se pueda hacer inconscientemente). Comprender eso es lo que me ha dado la tranquilidad de solo responder ante mí mismo y ante aquello que voy aprendiendo con los años. Y no sabéis lo bien que se escribe con esa tranquilidad y, sobre todo, la capacidad de objetivizar los textos y ser capaz de cargarme todo aquello superfluo que solo llama la atención sobre sí mismo y sobre el autor en lugar de hacerlo sobre el tema o sobre la historia que queremos contar.

Yo conseguí acabar la historia por cabezón, pero corrí muchos peligros de frustrarme y tirar la toalla. Quizás, y esto os lo digo siempre, si no hubiera acabado esa novela, hubiera podido pensar que no valía como escritor y haberlo dejado. Todo por empecinarme en mezclar dos narradores como hicieron  los maestros. No hagáis como yo, no inventéis la rueda otra vez.