La principal diferencia que existe en literatura entre el realismo y los géneros de lo imposible (fantasía y ciencia ficción principalmente) es que entre los primeros y los segundos existe al menos un elemento imposible que rompe con lo que comúnmente conocemos como realidad. Puede ser un elemento imposible de origen sobrenatural (por ejemplo un dragón o un fantasma) o de origen racional (una máquina del tiempo o una sociedad distópica). El caso es que ese elemento imposible romperá alguna norma física o social que es imposible que se dé o haya dado en nuestro mundo conocido.

En función del origen del elemento imposible y de sus efectos sobre los lectores, podremos clasificar los diferentes subgéneros de la fantasía y la ciencia ficción. Sin embargo no es de eso de lo que os quiero hablar hoy.  Lo recalco simplemente para que podáis apreciar la importancia que ese elemento tiene para la historia y el especial cuidado que, como escritores, tenemos que prestarle.

En teoría, un elemento imposible no debe aparecer en nuestro texto sin ninguna razón narrativa. Debe haber algo que queramos resaltar o recalcar con la aparición de ese elemento. De otro modo, podría estar jugando en contra de nuestra intencionalidad como escritores y por tanto servir solo para distraer y confundir al lector. Es decir, que, aunque nos gusten mucho los elementos imposibles (y ya sabemos cómo nos gustan a los asiduos a estos géneros), debemos preguntarnos siempre si esa historia no podría ser contada de manera realista provocando el mismo efecto.

Repito: en teoría.

El realismo, por sí mismo, no es ni mejor ni peor que cualquier género de lo imposible. Por mucho que se hayan empeñado algunos críticos en denostar cualquier tipo de literatura fantástica o ciencia ficción. Llegando a decir, incluso, que son géneros para niños y adolescentes (como si eso, dicho sea de paso, pudiera ser algún tipo de insulto o de indicativo de mala calidad).

Precisamente para evitar ese tipo de afirmaciones (o para evitar que puedan hacerse realidad), debemos estar atentos a por qué introducimos los elementos imposibles en nuestras historias. Si simplemente metemos una bruja porque nos encantan las brujas, quizás estemos llamando la atención del lector sobre el elemento inadecuado. Es decir, que un lector que no sea un gran admirador de estos géneros, puede quedarse en la superficie y no llegar a entender lo que le queríamos decir. Por eso mismo, el elemento imposible debe apuntar en lo posible al tema del texto.

Este tipo de situaciones es lo que yo llamo «fuegos artificiales». Son muy bonitos, hacen mucho ruido, llaman la atención, pero son peligrosos. Todo el mundo se queda mirando unos fuegos artificiales aunque los haya visto millones de veces antes. Todos. Y quizás los fuegos artificiales no sean lo más importante que haya que mirar en ese momento. No podemos introducir un elemento imposible solo para demostrar lo ingeniosos que somos o la imaginación que tenemos.

Pasa lo mismo con esto que con la construcción de mundo. Hay que tener cuidado con los datos del mundo que hemos creado para no agobiar al lector con información que no es relevante para el argumento y la trama.

Esos dos conceptos y el concepto de tema son los que deben guiarnos a la hora de decidir cómo contar nuestra historia. Si un ejemplo realista es igual de válido que uno que no lo sea, podemos elegir el que más nos guste, pero si añadimos el elemento imposible con calzador simplemente para que la historia resulte más vistosa, tendremos un problema.

Voy a ilustrarlo con un ejemplo personal que me hizo comprender el concepto y buscarle mi propio nombre.

Una vez escribí un relato con una estructura muy clásica y manida de chico conoce chica, chica pasa de chico, chico hace algo que impresiona a chica, chica se fija en chico, todos felices. Era joven y estaba practicando otro tipo de técnicas que, como veis, nada tenían que ver con la innovación argumental.

La historia que yo escribí era más o menos así: Un alumno de un colegio de magia se enamora de una compañera que lo ignora totalmente y que, sin embargo, babea por el mago que consigue crear un juego de luces con sus manos. Mi protagonista se pone entonces a estudiar magia avanzada y consigue hacer que de sus manos salgan fuegos artificiales. La chica se queda prendada de él y acaba aceptando una cita para conocerse mejor.

Esta historia es la típica historia adolescente que hemos escuchado mil veces, solo que con fuegos artificiales. Nada hubiera cambiado si en lugar de una escuela de magia fuera un instituto de Cuenca en el que la chica está enamorada del chico que mejor hace abdominales en gimnasia. El protagonista podría haber entrenado y, por ejemplo, ganarle en una carrera.

Perdonadme por todos los tópicos, los clichés y los estereotipos negativos que estoy vertiendo aquí. Espero que mis errores nos sirvan a todos.

El caso es que la historia no hubiera cambiado en nada. Es más, de esta manera dejamos claro que la chica está siendo un poco superficial, mientras que de la otra manera no sabemos exactamente qué significa en ese mundo que alguien haga fuegos artificiales con sus manos o que haga juegos de luces. La historia iba a necesitar, porque a mí se me había antojado, muchas más explicaciones. Iba a tener que tapar el argumento con construcción del mundo que no me haría falta de la otra manera. A mí me gustaban mis fuegos artificiales, pero en esa historia no eran necesarios.

Para terminar me gustaría volver a insistir en algo: Yo, y todos, tenemos todo el derecho del mundo a introducir todos los fuegos artificiales que queramos y a elegir la fantasía sobre el realismo cuando se nos antoje, pero debe ser algo consciente, sabiendo por qué lo hacemos y qué queremos conseguir con ello. Hace mucho leí que una autora de fantasía bastante conocida, de la que no voy a dar más datos, decía que escribía ese género porque siempre se le acababa colando un elemento imposible. Y eso es lo peor que le podría pasar según mi punto de vista. Para mí eso no demuestra amor por el género, demuestra dejadez e incluso algo de ingenuidad. La literatura no son matemáticas, es algo subjetivo y cada uno tiene derecho a elegir, siempre y cuando tengamos alguna justificación narrativa para nuestra elección. De otro modo, podríamos estar escribiendo como podríamos estar jugando al fútbol o haciendo macramé. ¿No os parece?