Uno de los millones y millones de problemas con los que me he tenido que enfrentar a lo largo de mi carrera como escritor es el asumir que hoy en día es complicado ser original (si no es, en realidad, una meta imposible) y que como mucho podemos aspirar a lograr una visión personal y única de algo que ya se ha contado mil veces.

Y es que, amigos, es cierto eso que dicen de que ya está todo inventado. Al menos en literatura. Recuerdo que al principio me molestaba mucho cuando algún profesor me decía, sin ningún tipo de malicia y no a modo de recriminación, que alguno de mis textos le recordaba a otra cosa que ya había leído. El Alejandro del pasado, bastante más idiota que el actual, no consideraba un halago que el texto escrito le hubiera recordado al profesor al de un escritor profesional, sino que lo consideraba una ofensa contra su genialidad como escritor, como si le hubiesen acusado de plagio. Aquel Alejandro, que pensaba que había inventado la rueda, el fuego y el agua del mar, se llevaba un buen jarro de agua fría que en el fondo le vino estupendamente para bajarle los humos.

Sé perfectamente, ahora que soy profesor yo también, que cuando me decían aquello, en realidad me estaban diciendo dos cosas: lo primero, un halago y lo segundo, que ahí había un camino por explorar. No me decían: «salte de ahí, esto no tiene valor, ya se ha hecho», sino: «Deberías echarle un vistazo a esto porque se parece a lo que has escrito y puede ayudarte a encontrar el camino para continuar con ello si es lo que te gusta». Y lo sé porque me funcionó en el pasado y me funciona ahora. Corro a apuntar cualquier libro que alguien me dice que le ha recordado a mis textos y los devoro. A veces no encuentro nada que me sirva o que me despierte la creatividad, pero otras veces, como me sucedió por ejemplo con Carmen Martín Gaite, supone una evolución importante para mí.

Antes de acabar el curso en junio pasado, de manera premeditada, me acerqué a cada uno de mis alumnos y les recomendé leer aquellos autores a los que querían parecerse. Ellos dijeron alguno, que ya conocían, y yo traté de recomendarles otros autores a los que me recordaban y que ellos no hubieran conocido. Esos fueron sus deberes durante el verano con las esperanzas de que descubrir autores a los que se parecían les resultara tan inspirador como a mí.

A veces me encuentro con gente que piensa como el Alejandro del pasado (dioses de felpa, si incluso hay «escritores» que dicen que no leen nada mientras escriben para no contaminarse. Precisamente suelen ser aquellos a los que más falta les haría contaminarse de otros escritores mejores que ellos). Estos escritores me dan cierta ternura. La originalidad que tiene cada uno dentro como escritor no proviene de tratar de revolucionar los temas, las tramas o las estructuras de las historias, sino de proveer a las historias de su propio punto de vista. Cada uno poseemos una maceración única de experiencias vitales y artísticas que hacen imposible que no seamos originales aunque no nos lo propongamos.

Además, no olvidemos que el ser humano es un ser mimético y que la mayoría de los aprendizajes técnicos que podemos adquirir se realizan mediante la imitación y la repetición. Desde andar, hablar, montar en bici hasta bailar, pintar o escribir. Recuerdo un profesor que siempre contaba que él había copiado a mano su libro favorito varias veces a lo largo de su carrera para analizar cada frase y tratar de desentrañar cómo el autor había escrito aquello y poder usar él esas herramientas en el futuro. Quizás ese paso sea extremo, pero no me suena descabellado. Cuando escribí mi primera novela yo tenía un libro de cabecera que siempre leía durante diez minutos antes de ponerme a escribir. Me encantaba la voz de aquel libro (creo que era alguno de los primeros de Javier Marías) y quería empaparme de ella, que se me pegara algo de su maestría, y trasladarla a mi texto. Ya había superado mi obsesión absurda por ser original, por lo que no tenía ningún miedo de estar imitando al autor (mucho menos plagiando, mi novela no podía ser más ajena a cualquier cosa escrita por él) y eso me dejó disfrutar y poder empaparme bien de la voz.

De hecho, considero que es mejor una imitación consciente (quiero parecerme a) en la que tú puedes manejar de forma consciente qué es lo que tomas y qué es lo que no de un autor concreto a la ceguera inconsciente que hace que nos creamos originales cuando no lo somos. Encima sin tener la capacidad de discernir entre aquello que nos interesa imitar y aquello que no. Porque precisamente de esta selección es de donde nace la mayor valía de la imitación para el aprendizaje de las escritura; ya que realizando una selección ya estamos alejándonos de la suplantación, ya estamos estableciendo un criterio personal que hace que aquello que escojamos imitar sea válido para nosotros, entrando en un punto de vista único y personal. Y ese punto de vista personal es lo que nos hará, recordemos, ser originales. O más que originales, ser nosotros mismos, reflejar quiénes somos como escritores en realidad sin taparnos bajo las voces de otros.

Por supuesto, hay que tener cuidado en ocasiones con las imitaciones porque, pueden convertirse en excusas para no mostrarnos tal y como somos, para disimular lo que queremos contar en realidad. Y eso no es ser honestos con nuestra escritura. Bueno, ni con nuestra escritura ni con nosotros mismos, dicho sea de paso. Y puede que esto, ocultarnos, nos sirva al principio mientras aprendemos las técnicas, pero si no somos capaces de salir de ahí nunca seremos capaces de emocionar, solo de hacer textos correctos que se olvidarán al instante de ser leídos.

Pero salvo esos casos indeseables, sigo diciéndoos: Imitad para aprender, imitad sin miedo, imitad para ser vosotros mismos.