La carretera, Cormac McCarthy

En esta sección del blog os traemos una obra de literatura fantástica analizada desde dos perspectivas por dos personas diferentes. Una de ellas defenderá la obra y la otra destacará sus desaciertos. Los dos autores solo pueden centrarse respectivamente en las razones por las que deberías leer la obra y las razones por las que no deberíais hacerlo. Veamos si alguien consigue convenceros.

Obra maestra

Fátima Fernández Montero

Los hemos vivido en películas, en comics y libros, en cualquier soporte que permita contar una historia. El problema: el empacho que sufrimos. Y es que sí, se nos rompió el post apocalipsis de tanto usarlo. Por eso, cuando a alguien se le ocurre recomendarte alguno, solo te queda actuar de dos maneras. Si ese día estás de buen humor, a las dos primeras frases le has sacado del plano de tu vista, de vez en cuando añades algún «aham» y apuntas la recomendación en tu libreta invisible de cosas que no te importan. Si tienes un mal día, igual por mera evasión acabas escuchando sus argumentos. Y en el hipotético caso que te despierte algún interés porque es la quinta persona que te lo recomienda, a veces, solo a veces, te alegras de descubrir una obra maestra.

Si me obligaran a que destacase una única cosa de La carretera, sin duda sería el frío. A ver, zombies no hay (gracias, McCarthy) además que ya ni te inmutas ante ellos, pero decidme una sola persona que no odie estar rato en plena calle con un frío como para agrietar las piedras. Como para quitarte la vida. Uno como no lo has sentido nunca. Y encima que no tengas donde ir. Que no te quede más que mantenerte en pie y caminar. Porque pararte, es literalmente morir.

Eso es lo que sientes desde las primeras líneas. No te va a abandonar, como tú tampoco lo vas a hacer con ese padre y su hijo. Porque quieres saber si van a tener tregua aunque sea por una noche, por qué siguen esa carretera y sobre todo qué va a pasar cuando lleguen al final.

Por ella empujan un carrito de supermercado, es la única forma de llevar las mantas y la comida que han ido encontrando. Una de las ruedas va mal y al arrastrarlo por el asfalto se levanta polvo. Llueve ceniza y el gris lo cubre todo. Crees alegrarte cuando deja de caer, pero eso solo significa que empieza a nevar. Y tú te arropas un poco más con la manta y no les dejas que continúen solos.

Cierras los ojos y escuchas las conversaciones. Sabes perfectamente quién habla sin necesidad que McCarthy te lo marque. No se necesita. Solo el niño puede preguntar otra vez si todo va a ir bien y si no les va a pasar nada malo. Como solo un padre podría tranquilizarle reafirmando siempre lo mismo, aunque se lo justifique con algo tan simple como que ellos llevan el fuego. El niño vuelve a terminar la charla con un vale. Cada vez que lo dice se te va clava un poco más dentro.

Se agradece mucho la estructura de las páginas. Son párrafos cortos y me parece todo un acierto. Primero por el ritmo, porque no es una obra de acción. Segundo por el respiro que da, porque la intensidad es muy alta. Acabas temblando cada vez que entran en alguna casa para registrar sobre saqueado. Te encojes en el sofá cuando tienen que esconderse al oír que se acerca gente. Murmuras «que no les hagan daño». Los humanos y su condición. La peor amenaza.

A lo largo de la novela te preguntas muchas veces por qué no abandonan la carretera, por qué se aferran a que al final de la misma van a encontrar lo que buscan, si no tienen ninguna garantía. Piensas «que se adentren en el bosque, que busquen refugio y se atrincheren». Hasta que entiendes que no pueden hacerlo. Llegar a ese destino es perseguir una esperanza, lo que mantiene vivo al padre para poder proteger a su hijo. Y es que la carretera es la vida. Es una dirección firme. Quizá la única que quede.

Por eso ya no vas a cerrar el libro hasta que leas las últimas páginas. Cuando por fin lo hagas, irá desapareciendo tu frío y te alegrará haber descubierto esta obra. Aunque, quizá días después te sorprendas entendiendo que tú también caminas tu propia carretera.

Puta mierda:

Juan Carlos Torrado

Escribir es un arte. Los artistas, personas que buscan expresarse. Esta expresión está acompañada de una técnica, un conjunto de herramientas y reglas extraídas de las conclusiones de muchas personas que han leído muchas cosas durante mucho tiempo. Hay escritores, sin embargo, que a vecen deciden romper estas reglas de la narrativa.

Este escritor travieso no es un espontáneo ni desconoce las técnicas narrativas. De hecho, las conoce como el que más. Sabe por qué se utilizan, y él (o ella) las ha utilizado hasta percibir su funcionamiento en un texto: sabe lo mal que suena una cacofonía, ha aprendido a ver los cambios inadecuados de tiempo verbal y se conoce los distintos tipos de narradores al dedillo. El que rompe las reglas es un experto en reglas; lo hace porque se ha dado cuenta de que, a veces, el clavo se hunde mejor utilizando el mango del martillo.

La carretera, de Cormac McCarthy, rompe muchas reglas de estilo. El texto está mal puntuado —apenas hay comas en largas enumeraciones, y los diálogos no tienen marcas—, no se indica qué personaje está hablando en cada momento y la descripción estática infesta alrededor de dos tercios de la obra.

La carretera no es una novela cómoda de leer: el estilo es una barrera. Y esto es porque el autor ha decidido saltarse un buen puñado de reglas que funcionan.

¿Por qué? ¿Es uno de esos visionarios de los que hablábamos? ¿Consigue con su transgresión un efecto que no habíamos visto, que no éramos capaz de generar con las cartas de nuestra “baraja narrativa”? La lógica del lector dicta que respondamos a estas preguntas con otra: ¿qué efecto pretenden crear ese tipo de rupturas en el lector?

La ausencia de puntuación parece añadir aridez al relato. Cuando el lector lee estos diálogos, en primer lugar se ve cegado porque no tiene muy claro quién está hablando —aunque las voces de los personajes están bien diferenciadas—, y según va avanzando la obra, empieza a detectar que hay algo que se repite. Los diálogos siguen un par de plantillas muy definidas: el hijo hace una pregunta, o expresa su miedo sobre algo, el padre calla, el hijo insiste en su pregunta, el padre dice que estarán bien, el hijo acepta la respuesta y calla. Esta sequedad que se nota al pasar por las partes dialogadas no tendría sentido de no ser porque el autor insiste a golpe de adjetivo en lo desolado que está su mundo, a través de descripciones estáticas que juegan pobremente con el campo semántico de la muerte. Jamás sale de lo ceniciento, lo negro y lo seco, más un ejército de sinónimos.

Existen también problemas con el fondo. La historia se desarrolla en torno a dos personajes que no presentan los rasgos esperables de quienes viven en ese entorno hostil. El hijo, pese a haber nacido ya en ese mundo —como se nos indica en un flashback en el que aparece el único personaje femenino—, parece constantemente sorprendido por hechos, lugares y elementos que siempre han formado parte del mismo durante su vida. El lector no se explica cómo el niño se asusta al ver un cadáver si ha nacido en un mundo sembrado de ellos. El padre, pese a vivir una situación dramática y desesperanzada, se muestra frío hacia su hijo, y no parece comportarse de forma muy diferente a lo que estamos acostumbrados en un personaje masculino, blanco y heterosexual estándar de una novela norteamericana. Según el autor —aunque, afortunadamente, ya nos vamos acostumbrando a restarle importancia a la intención del mismo en su obra— el mundo que nos plasma es una proyección de la relación disfuncional entre él y su hijo. Sin embargo, este símil directo entre la falta de comunicación paterno-filial y el mismo apocalipsis parece acercarse más a un ejercicio de egolatría que a una expresión lírica del dolor.

Probablemente La carretera te guste. También es probable que haya funcionado para ti esa ruptura del diálogo, o que realmente hayas sentido la desolación del mundo de McCarthy. Sin embargo, como se señala en esta reseña, muchas veces se trata simplemente de lo que funciona y lo que no, y las experiencias lectoras a veces son difícilmente generalizables.

Al fin y al cabo, los escritores son artistas, pero los lectores, en cierto modo, también participan en la construcción de ese arte.

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