Hay un relato de Ernest Hemingway que es uno de mis cuentos cortos preferidos (perdóname, Cortázar) porque refleja perfectamente la importancia de lo que no se dice en un relato al escribir; la importancia del subtexto y de los silencios. El relato se llama «Elefantes como colinas blancas» y es probable que lo conozcáis. Estaba incluido en su libro Hombres sin mujeres, libro que, por cierto (ejem, editores del mundo), hace mucho que no se edita en España y solo se puede conseguir de segunda mano.

Hemingway escribió esta historia siguiendo el método que el denominaba «del iceberg». No es el único iceberg que podemos encontrar en literatura, pero del segundo solo hablaremos tangencialmente hoy. El caso es que con esta técnica, Hemingway quería decir que él escribía o pensaba el relato completo y, después, cuando ya tenía todo conformado, eliminaba hasta el ochenta por ciento de su contenido, dejando única y exclusivamente lo esencial. Esto provocaba que los lectores tuvieran que hacer un gran esfuerzo y rellenar con su propia interpretación los huecos dejados por el escritor. Muchas veces, como en el ejemplo del relato que os comentaba anteriormente, el relato gira en torno a un conflicto o un tema que no llega a mencionarse en todo el texto. Es el lector el que debe descubrir qué es lo que está sucediendo.

Este tipo de relatos son como los buenos poemas, que al leerlos la primera vez sabes que algo te ha tocado la fibra, pero no sabes qué ha sido ni por qué. Y ese algo es lo que te impulsa a una nueva lectura y a desentrañar su significado en su totalidad. Y para eso hay que tener mucha habilidad y trabajar mucho.

Porque, obviamente, Hemingway no se dedicaba a eliminar contenido del relato al ton ni son, sino que eliminaba aquellas partes superfluas que no apuntaran o dirigieran, aunque fuera de modo sutil, al tema que el escritor quería plasmar con el texto.

Por ejemplo: en «Colinas como elefantes blancos» (ojo, voy a desvelar contenido esencial de la trama, así que si quieres leer el relato sin que nadie te lo estropee, sáltate este párrafo y los dos siguientes), Hemingway nos presenta una aparente conversación trivial entre una pareja de estadounidenses que esperan la llegada de un tren destino Madrid en un apeadero que se encuentra en una zona cercana al río Ebro. La pareja habla mientras admira el paisaje y bebe cerveza y anís. La historia termina con el anuncio de la llegada del tren. En la conversación lo único que se nos dice claramente es que se dirigen hacia un lugar en el que la chica tendrá que someterse a una operación y los dos discutirán sobre la conveniencia o no de seguir adelante con el plan. Fin. No se dice nada más en el texto. El hombre ni siquiera tiene nombre y de la chica solo sabemos que se llama Jig y que es una muchacha. No hay descripciones de su aspecto ni apenas de sus gestos o movimientos. El noventa por ciento del texto es diálogo puro y duro, a veces incluso sin marcadores temporales que indiquen cuánto tiempo pasa entre un parlamento y el siguiente. El relato es sobrio a más no poder y el lenguaje llano y natural.

Si se realiza una lectura más cuidadosa, se puede llegar a intuir que ambos personajes están hablando de un posible aborto y de las consecuencias que este tendrá para la pareja. Ese sería el primer nivel de profundidad del texto, en el que las piezas y los silencios que Hemingway ha dejado encajan como las piezas de un puzle. No es algo elegido al azar, hay muchos elementos en el texto que refuerzan esa idea y que hacen pensar que el autor no nos dejó solos a la hora de desentrañar el texto. Por ejemplo: los personajes se encuentran en una encrucijada personal, pero eso se refuerza con el espacio en el que se encuentran. De un lado de las vías el paisaje es verde y fértil y del otro es árido y seco (embarazo, aborto), la muchacha alude a que las colinas que son secas en realidad parecen elefantes blancos (símbolo de la fertilidad), aunque luego se retracte; cada uno de los dos tiene una visión diferente del sabor del anís, etc. Todo juega en favor de esa dualidad en la que se encuentran los personajes.

Sin embargo, debajo de esta capa, habría otra aún más profunda y es la que habla de la situación de la pareja y de su ruptura. El relato no es otra cosa que la constatación de la diferencia entre ambos personajes y la incapacidad o imposibilidad de llegar a una reconciliación. Se plantea la posibilidad de que ninguna de las dos salidas (abortar o no) sea la solución a sus problemas. La pareja acaba separada y reafirmada en sus posiciones cuando llega el tren, aunque, como lectores, nunca llegamos a ver cómo aparece la máquina.

Si imaginamos un iceberg podemos ilustrar perfectamente el relato. La superficie, lo que se ve, es el texto que Hemingway nos dejó, pero las dos siguientes capas son las que en realidad lo expanden de verdad y las que se acercan al núcleo del mismo. La superficie que se ve no es más que una conversación banal entre una pareja de viajeros, pero para nada es eso lo que en realidad nos está contando el texto. Quedarse en la superficie no hubiera hecho más que producir un texto mediocre.

¿Es esta una buena manera, o la manera correcta, de escribir un relato? No, ni mucho menos. Es solo una manera de hacerlo. De hecho yo cuando escribo no suelo ser tan críptico y como lector no suelo ser tan exigente. Considero que la lectura debe ser un ejercicio más relajado. Me angustia tener que releer para comprender el sentido de un texto, aunque el efecto contrario es, sin duda, mucho peor y es algo de lo que sí que hay que huir. Si tenemos que pecar de crípticos o de explicativos, mejor acercarnos a Hemingway que a las fábulas.

¿Y a vosotros que os parece?, ¿os gustan estos relatos o preferís otros más sencillos de digerir?