Hay un recurso estilístico que todos los escritores hemos empleado antes o después en nuestro aprendizaje como escritores y con el que hay que tener cuidado: la apelación directa al lector. Este recurso se emplea cuando el narrador introduce expresiones como: «Querido lector…», «Podremos ver…», «Tal y como pueden (podéis, puedes) comprobar…», «El lector quizás piense…», etc.

Estas expresiones, y esta técnica en general, derivan de los orígenes mismos de la literatura, cuando solo existía la producción oral. El texto variaba en función de la audiencia y, por tanto, las apelaciones a la misma eran constantes. Todo eso evolucionó hasta que quedó solo un pequeño resto de todas esas apelaciones. La finalidad que tenía era la de hacer la historia real para el lector, esto es, darle verosimilitud.

Me explico: La sociedad preindustrial era una sociedad en la que poca gente podía acercarse a los libros a leer. Su construcción narrativa se debía, casi siempre a algo social, a la transmisión oral o a la lectura en voz alta. Era extraño sentarse a leer a solas un libro como se hace hoy en día. Eso hacía que los narradores tuvieran que construir una voz que fuera similar a la voz oral, que hiciera que el lector se pensara que estaba escuchando a alguien contar una historia. Si los lectores se sentían apelados, sentían al narrador como un ente, una persona, y por lo tanto podían confiar en que lo que les iba a contar era cierto.

Este tipo de elementos funcionaba especialmente bien si la historia encima iba a incluir algún elemento sobrenatural. Por la misma razón de antes. Es más probable que creamos una historia de fantasmas si nos la cuenta una persona que la ha presenciado o la ha escuchado de primera mano a que lo haga un narrador omnisciente que no aparece dentro de la historia en ningún momento.

Esta tradición es la que hacía que algunos narradores opinaran sobre lo que estaban describiendo o sobre las actitudes o acciones de los personajes, no dejando que el lector construyera sus propias conclusiones. Los lectores de aquella época no estaban acostumbrados a vivir en una sociedad narrativa como la que tenemos nosotros ahora (donde incluso la publicidad es narrativa y nos cuenta historias para tratar de vendernos productos y servicios). Este hecho hacía que muchas de las herramientas narrativas que ahora nos parecen obvias y que todos entendemos les resultaran incomprensibles y que necesitaran explicación. En este aspecto, la literatura (la narrativa en general, me atrevería a decir) ha evolucionado mucho.

Del mismo modo que lo ha hecho el narrador eliminando las apelaciones al lector. ¿Por qué? Pues porque hoy en día, esa herramienta que servía para introducirnos en una historia y hacerla verosímil nos provoca precisamente el efecto contrario. Nuestro cerebro sí que se ha formado con un bombardeo continuo de narrativas en formato audiovisual y en los libros, por lo que desde pequeños hemos aprendido a sumergirnos en las historias sin ninguna razón, confiando en los narradores más diversos. Cuando leemos una apelación directa al lector, nuestro cerebro despierta de ese «sueño de la ficción» en el que estaba inmerso y se da cuenta, es decir, es consciente, de que lo que está leyendo es una ficción, es un libro. Es como si en una obra de teatro los actores nos señalaran constantemente que el decorado no es real, que es cartón piedra. Nosotros ya lo sabemos, pero durante la obra hemos suspendido la incredulidad y hemos decidido hacer como que son reales. La apelación directa al lector es una de las técnicas más eficaces que tenemos como escritores para romper esa suspensión de la incredulidad, arriesgándonos, con ello, a perder la confianza del lector que tanto trabajo nos ha costado ganar.

Entonces, ¿no se puede usar nunca, nunca, la apelación directa al lector?, ¿está prohibido por ley? No. Ya sabéis lo que siempre digo: la literatura no son matemáticas, no hay reglas exactas al cien por cien, sino consejos generales. Este es uno de ellos. Sí que considero que hay algunos momentos en los que uno puede escribir con un narrador de este estilo y que funcione para los lectores.

Por ejemplo si estamos escribiendo una historia ambientada en el siglo XIX o XVIII y queremos darle al narrador un toque antiguo que haga parecer que la historia fue escrita también en aquella época. Si queremos que el narrador «suene» a esas épocas, quizás sería una buena idea introducir alguna apelación al lector o alguna opinión del narrador (sin abusar, por supuesto, puesto que estas florituras tienen muchas facilidades para salir mal  y espantar al lector, tal y como hemos visto antes). Este caso, por ejemplo, es que se da en la novela de Félix J. Palma «El mapa del tiempo».

Otra razón que podemos esgrimir para usar este tipo de narrador es que queremos provocar alguna sensación concreta en el lector al romper la cuarta pared. Exactamente como hace Deadpool en sus cómics o en sus películas. En este caso concreto está claro que la intención del autor es la de generar humor. En «Fantasma» de Laura Lee Bahr, esta técnica se usa para generar extrañeza y hacer sentir al lector parte de la historia, como si fuera el propio lector el que está eligiendo lo que les pasa a los protagonistas. Este recurso también se logra usando la segunda persona al narrar, aunque esa segunda persona no sea, necesariamente, el lector.

Como veis, cualquier recurso puede emplearse siempre que tengamos la razón narrativa para hacerlo, aunque en este caso es recomendable limitar su uso o incluso eliminarlo del todo hasta que se esté seguro de poder dominarlo y no estarlo usando de manera incorrecta.

Para terminar me gustaría decir que a lo largo de mi carrera como estudiante y como profesor me he encontrado con gente a la que este tipo de recursos no solo le parecían correctos, sino que le gustaban. Que no funcione con la mayoría de los lectores no significa que no funcione, pero, ¿por qué arriesgarnos?