Puede que ya conozcas la clasificación que hizo Miguel de Unamuno sobre los escritores según la manera en la que afrontaban un proyecto literario, pero, por si acaso, esta semana vamos a hacer un pequeño repaso de ella y a explicar las ventajas y desventajas de cada uno de los dos tipos que señaló. Es muy similar a la ya manida distinción entre escritores de brújula y de mapa.

Para Unamuno, los escritores podían ser vivíparos u ovíparos según gestaban sus obras, como si estas fueran un retoño. De este modo, tendríamos a los escritores ovíparos, que son aquellos que, al igual que hacen las aves con sus crías, gestan poco la idea y comienzan a escribir para ir desarrollándola a medida que el proyecto se va construyendo; y los vivíparos, que, como los mamíferos, primero gestan la idea hasta que ha alcanzado cierto grado de desarrollo y después la escriben.

Los escritores ovíparos, que también podríamos llamar de brújula, son aquellos que parten de una idea muy pequeña, de un concepto, de una escena o una chispa creativa. A partir de ese momento se lanzan a crear y van construyendo la historia alrededor de esa idea inicial. A veces la historia que les queda no tiene nada que ver con la chispa inicial, incluso puede que esa escena haya desaparecido del texto al concluir, pero escriben con mucho ímpetu, guiados por la curiosidad de saber hacia dónde les llevará la historia. Estos escritores no suelen tener bajones creativos y tampoco tienen miedo de cambiar de historia si ven que la que han comenzado hace aguas. Son escritores insaciables que disfrutan del impulso creativo y de la búsqueda de lo que quieren contar, de la exploración de las historias y los personajes, exprimiéndolos al máximo.

Los principales problemas con los que puede encontrarse este tipo de escritores son: tener que desechar muchas ideas por ver que no conducen a ninguna parte, con el consiguiente gasto de energía y de tiempo si la historia se estanca ya avanzada. También puede ser que se encuentren bloqueados en más ocasiones que los escritores vivíparos ya que al no tener la historia planificada, puede que se encuentren frente a callejones sin salida o que ciertas acciones o personajes no sean coherentes o funcionen con la historia general y deban regresar atrás para modificarla y reconducir el proyecto. Además, una vez terminado el primer borrador en bruto, los escritores ovíparos necesitarán, la mayoría de las veces, de mucha revisión, cosa que no tiene por qué resultar tan habitual en los escritores de mapa. Esto mismo me pasó a mí con la primera novela que tengo publicada y fue un poco infierno. Para terminar, puede que los escritores ovíparos deban retocar el tema y la trama del texto para que tenga o dé la sensación de unidad que necesita y no se sienta un texto disperso que no sabe muy bien de qué quiere hablar.

Los escritores vivíparos, por otro lado, que también pueden llamarse de mapa, son aquellos que planifican cualquier texto que vayan a escribir antes de ponerle una sola coma. Hacen resúmenes, fichas de personajes, de espacio, escaletas, prueban títulos, se hacen cronologías, coleccionan fotos, hacen dibujos, etc. Cualquier cosa que pueda servirles en el proyecto, lo recopilarán en la fase de planificación o investigación. Son escritores metódicos y con mucho oficio, que se mueven más con la cabeza que con impulsos creativos. No conocen a las musas y, si las conocen, es porque siempre les pillan trabajando. Estos escritores no suelen bloquearse, puesto que ya saben lo que quieren contar desde el comienzo.

Estos escritores también van a encontrarse con dificultades. Por ejemplo: puede darse que la historia nazca muerta y explotada antes de haber comenzado a escribirla. Al eliminar el impulso creativo como motor de la escritura, es posible que el texto no tenga pasión y, por lo tanto, resulte insulso. También puede ser que se noten demasiado las costuras o que se vea el cartón piedra del escenario. Incluso es posible que toda esa planificación acabe volcada en el texto y convirtamos nuestro proyecto en un tratado de investigación sobre un tema concreto o sobre un lugar. También es necesaria mucha fuerza de voluntad para continuar escribiendo una historia sabiendo de antemano lo que va a pasar, como si vieras la misma película una y otra vez hasta terminar aborreciéndola. Si los textos son muy largos, es posible que cuando el escritor llegue a la tercera revisión, acabe harto de su propia historia y al tocarla empiece a empeorarla en lugar de agregarle mejoras.

¿Vosotros os encuadráis en alguna de estas dos descripciones? Seguramente sí, aunque probablemente encontréis que manejáis características de ambas clasificaciones. Es lo normal. No creo que haya muchos escritores que sean puramente vivíparos o puramente ovíparos. Todos somos algo así como ornitorrincos narrativos que escogen rasgos, los que más nos facilitan la escritura, supongo, de uno de los tipos y otros del segundo.

Al final creo que eso es lo importante, encontrar el equilibrio perfecto entre la planificación y la improvisación, coger el tono en el que cada uno funciona mejor como escritor, con la seguridad del mapa o con la emoción de la brújula. Yo siempre recomiendo a mis alumnos (y seguro que me lo habéis leído más de una vez) realizar una planificación, aunque sea mínima de la historia, profundizando todo lo que ellos necesiten para continuar sin constreñirse. También les digo que es una planificación hecha con lápiz y que, además, debe ser tomada como una red de seguridad. Puede que al cruzar el precipicio no la necesitemos porque nuestros pies nunca resbalen o no perdamos el equilibrio, pero, si caemos, es bueno tenerla. Además, al cruzar, tendremos mucha más seguridad si sabemos que debajo hay algún tipo de seguro.

¿Qué pensáis?, ¿estáis de acuerdo con la clasificación de Miguel de Unamuno?, ¿os habéis encontrado con los problemas o dificultades que señalo por planificar demasiado o por hacerlo en absoluto?