Escribir es difícil. Punto. Aquí podría acabar el artículo de esta semana perfectamente. Escribir es complicado, muchas veces insatisfactorio y, la mayoría de las veces, bastante ingrato.

A lo largo de mi carrera como profesor me he encontrado con alumnos que me respondían eso mismo cuando yo les hacía alguna enmienda a sus textos. «Pero, es que, eso que me dices, es muy complicado». Ay, amigo. Nadie dijo que esto fuera fácil.

Muchos escritores principiantes tienen la (absolutamente equivocada) idea de que si uno tiene imaginación y disfruta leyendo, será un buen escritor. Que podrá ponerse en un rato y transmitir eso que tan claramente ve en su cabeza. Nada más lejos de la cruel realidad.

Lo he dicho muchas veces, sobre todo en mis clases, trabajamos con palabras, ese es nuestro material, nuestra materia prima. Y todo el mundo usa las palabras en su día a día. Mucha gente, además, las usa de manera escrita para trabajar. Siendo un material tan común y tan utilizado, da la impresión de que no puede ser difícil. Uno no se plantea ser escultor, pintor o músico pensando en la facilidad de la ejecución. La escritura, y esta es la impresión que he me ha generado mi trabajo a lo largo de los años, es la salida fácil para los artistas vagos. Y eso es un problema. Sobre todo para ellos.

¿Por qué? Porque no estoy hablando aquí del intrusismo o de la gente que se lanza a publicar sin saber cómo trabajar correctamente un texto y que degrade el arte de la literatura (los dioses de felpa me libren de pensar alguna vez en la degradación de la literatura). No. A lo que me refiero es a la frustración que va a producir esa salida fácil para ese aspirante a escritor. Es verdad que ese artista probablemente iba a salir igual de frustrado se enfrentara al arte que se enfrentara, puesto que cualquier creación artística requiere de mucho esfuerzo y sacrificio. Casi nadie vive de su arte y sacar tiempo libre para ponerse a trabajar muchas veces es algo que no estamos dispuestos a hacer. Preferimos la satisfacción fácil, inmediata. Si me pongo a escribir y no me sale a la primera, lo abandono. Si no soy un bestseller con la primera novela que escriba, es que no valgo y, muy probablemente, que el sistema falla.

Escribir es difícil. Veo la sorpresa en la cara de muchos de mis alumnos cuando les explico que en una de sus frases el narrador ha dejado de ser equisciente y se ha convertido en omnisciente. Cuando les digo que esa frase tan bonita es explicativa o abstracta, que un párrafo se sale de la historia, que un personaje actúa de manera incoherente o que su arco no tiene sentido ni depende de sus acciones. Hay que prestar atención a demasiadas cosas, me suelen decir después. Es imposible que los escritores sepan todo esto cuando escriben.

Y ahí también viene parte de esa frustración. Antes de enfrentarse a la literatura, uno tiene la impresión de que la escritura es, sobre todo, creación. Que uno se sienta con un folio en blanco delante y simplemente va rellenándolo de palabras y, si acaso, hace alguna revisión posterior para que todo encaje. Error. Escribir es difícil. Y escribir es, en un ochenta por ciento, revisar. Es escribir con los codos, quemarse las pestañas, dejarse los cuernos. Escribir es cabezonería y trabajo de artesano, mover comas y leer un mismo párrafo hasta que las palabras pierden sentido. Hacer una revisión argumental, otra de ritmo, otra de repeticiones, otra en voz alta…

También he visto eso en mis alumnos. Ese pánico a la revisión. Es lo menos romántico que tiene la escritura, pero es lo que hace que al final el texto sea literario, sea verdad. Lo demás solo sirve para los genios. Y los genios trabajan mucho. Quizás les cueste menos el trabajo que a los demás seres mortales (no lo sé, nunca he conocido ninguno), pero nadie ha alcanzado la excelencia sin dedicarle muchas horas a lo que hace. Sean botijos de barro, novelas o cuadros renacentistas. El problema está en no asumir eso, en pensar en la varita mágica, en pensar que mágicamente vamos a producir la mejor obra escrita. Pensar eso, desear escribir la mejor novela que se haya escrito nunca, es un atajo directo al fracaso y a la frustración sin siquiera pasar por la casilla de salida y, por supuesto, sin cobrar.

Hay que estar preparado para ello. Quizás es la primera lección que debería aprender cualquier artista. Y me maravilla cuando los alumnos se dan cuenta de esa dificultad y de pronto comprenden; comprenden por qué los textos que tanto les han gustado funcionan y los suyos aún (AÚN) no lo hacen. Y agachan la cabeza, asienten, marcan en rojo y vuelven a lanzarse al ring para el siguiente round.

Por supuesto, hay otro tipo de alumnos o de escritores que no aspiran a eso. No aspiran a extraer su máximo potencial con la escritura y a ir subiendo peldaños poco a poco en su aprendizaje. Hay otros escritores que simplemente aspiran a poner por escrito sus ideas y a compartirlas con otros. Estupendo. Escritores de blogs, de tertulias, de cenas familiares. Y es tan lícito como cualquier otro escritor. Para ellos la escritura sí es sencilla, es fácil y, además, muy probablemente sea agradecida y aplaudida por su círculo cercano. Habría que ver, evidentemente, si eso que producen es literatura o no. Pero yo no soy quién para realizar esa clasificación ni, mucho menos, para sentirme mejor o peor que ellos. Probablemente esas personas sean mucho más felices de lo que lo son la mayoría de los otros escritores.

En conclusión, escribir cuesta y es muy difícil, sí. Valga este artículo como advertencia para aquellos que no estén dispuestos a trabajar y a esforzarse. No os hagáis escritores entonces. Realizad otra tarea que requiera menos esfuerzo y os proporcione más satisfacciones, como ver la tele o escuchar música. Escribir es difícil, pero no es imposible. Al fin y al cabo, las mejores cosas en la vida siempre requieren un poco de esfuerzo, como, por ejemplo, las tortillas de patatas o unos buenos canelones.