Ya he hablado otras veces en el blog del proceso mental que supone dejar una novela o un proyecto literario y las dificultades que puede plantear. En este artículo voy a centrarme sobre todo en el vacío que se crea después de poner el punto final a una historia, pero también puede aplicarse a cuando se abandona un proyecto por imposible sin que eso implique que se haya acabado (lo que contábamos en este artículo sobre decir adiós).

La idea de este artículo me surgió por dos motivos diferentes, aunque relacionados. El primero de ellos es que hace unas semanas acabé por fin el borrador de mi siguiente novela y lo dejé en manos de mis lectores cero. El segundo es que me he leído Musa décima de José María Merino. El libro me ha gustado, pero la parte que me ha sugerido este artículo ha sido una en concreto.

En la novela hay un personaje que se dedica a escribir y durante la trama se nos cuenta el proceso creativo de una de sus novelas. En concreto, todo el argumento (en lo tocante a este personaje) se desarrolla entre el vacío que le deja la publicación de su segunda novela y el vacío que le provoca la escritura de la tercera. José María Merino (quizás por experiencia propia) nos narra de una manera excelente la sensación que provoca en un escritor el dejar un proyecto. Además nos lo narra dos veces a lo largo de la novela (con sus diferencias, claro está).

Mientras me encontraba leyendo la novela no paraba de verme reflejado en la situación de aquella escritora ficticia y no pude evitar que esa parte de la historia se me quedara grabada a fuego. Supongo que es verdad eso que dicen de que cuando estás embarazada solo ves a embarazadas y cochecitos de bebé y cuando te estás sacando el carné de conducir solo ves coches de autoescuela. El ego ya se sabe.

El caso es que es cierto que existe esa depresión, ese vacío, cuando se ha acabado una historia. En mi caso, suelo llenar ese vacío con la preparación de la siguiente novela o el siguiente proyecto que tenga entre manos, pero en esta ocasión ha sido algo diferente. La novela que acabo de terminar es una de las que más rápido he escrito y por eso mismo me ha dejado una sensación en el estómago de que quizás no estaba bien preparada. A todo esto se suma el hecho de que la anterior novela, ya terminada de escribir hace mucho, retrasó su salida hasta hace unos meses por motivos editoriales. Eso me ha hecho pensar que estas dos historias han ido casi seguidas en el tiempo cuando no es así. La inseguridad, por tanto, de dejar volar el proyecto es aún mayor.

Al enviar el proyecto a los lectores cero he sentido más que nunca ese vacío de la obra terminada. Y eso que sé que este verano me va a tocar darle los retoques que los lectores cero me hayan inspirado. Aun así, aunque soy consciente de que esto es una pausa, me he quedado como parado en medio del camino sin saber muy bien dónde dirigirme. Es verdad que continúo planificando mi siguiente novela y, también cierto, estoy escribiendo algunos relatos nuevos que me están gustando bastante; pero no puedo evitar tener la sensación de no estar avanzando, de haber acabado algo y no ir a ninguna parte.

Y eso lo noto en que, a pesar de que ahora, durante este mes, dispongo de más tiempo que nunca para escribir, me cuesta más ponerme a hacerlo, a organizar mis papeles, mis documentos, mis lecturas, etc. Es una sensación bastante incómoda que acentúa el síndrome del impostor. Oh, vaya, qué sorpresa, el famoso síndrome otra vez. Es increíble cómo aprovecha cualquier debilidad para lanzarse al cuello de cualquiera.

Este vértigo, este vacío, tiene también mucho que ver con el miedo a fracasar. Mientras se encuentre en el proceso de escritura, tal y como decíamos en el artículo sobre abandonar proyectos, la novela será siempre una novela con posibilidad de ser potencialmente perfecta. Una vez la materializamos, le damos forma, es cuando se van a notar las imperfecciones. Y eso da mucho miedo.

Por suerte, aunque no deje de sentir ambos miedos (fracaso e impostor), he aprendido a racionalizarlos y a conseguir que no me paralicen. Me cuesta más ponerme a escribir, pero lo hago. Aunque los relatos y la planificación que llevo hechos en estos meses me hayan costado el doble de tiempo de lo normal. Para quitarle tensión me autorizo a no escribir, a no forzarme, el cerebro necesita sus vacaciones, al igual que la creatividad. Y mi cerebro va a estar a tope cuando vuelva la novela de los lectores cero, así que mejor no forzar la máquina ahora. Incluso no hubiera pasado nada si durante un mes o dos no hubiera escrito nada. No hay que estar escribiendo SIEMPRE para ser escritor. Supongo que todos tenemos un miedo horrible a que alguien nos pregunte: ¿Qué estás escribiendo ahora? Y que tengamos que contestar que no tenemos nada entre manos. ¡IMPOSTOR!, ¡IMPOSTOR! ¿Cómo vas a ser escritor si no escribes constantemente?

Bueno, aunque yo no sepa hacerlo y siempre tenga algo entre manos, daos permiso para no escribir alguna vez. Sobre todo después de acabar un proyecto. Es importante concederse el derecho al luto, a llorar la pérdida de un proyecto que nos ha ocupado tantas horas. Solo sería un problema si esta etapa de la escritura se alargara de manera extraña o prolongada. Yo me tomé un par de semanas de vacaciones, he escrito dos relatos y ahora estoy planificando las lecturas del nuevo proyecto. En un mes planeo retomar la novela, pero el mes que viene no tengo claro qué haré. Me agobia pensar que tendré tiempo libre y no lo llenaré escribiendo, pero también me relaja saber que no pasa nada si es así.

Escribir es una montaña rusa. El mayor subidón viene con la escritura, pero después se produce el bajón en el que recordamos la emoción vivida, pensando que quizás nunca podremos repetirla. Pero aunque haya que hacer cola, siempre podremos volver a montarnos en la atracción.