Hace algunas semanas os hablamos de uno de mis narradores favoritos, el narrador equisciente. Como el post tuvo bastante éxito y he observado que suele generar bastante confusión con el narrador omnisciente, he decidido hacer este artículo dedicado solo al omnisciente para aclarar cualquier diferencia y para que veamos las ventajas y desventajas que tiene este narrador.

Como ya os dije en su día, no hay un narrador que sea perfecto o que sea mejor que otros, se trata, simplemente de que hay narradores más adecuados que otros para determinadas historias. Vamos a ver también en este artículo cuándo conviene usar un narrador omnisciente y cuándo usar otro.

Vamos a empezar, como siempre, con la definición. Un narrador omnisciente es un narrador en tercera persona que nos cuenta una historia desde un papel de demiurgo, es decir, es un narrador que conoce todas las acciones pasadas, presentes y futuras de todos los personajes, así como sus pensamientos y sus deseos más íntimos. Puede saber cosas de los personajes que ellos mismos ignoran, como por ejemplo que están empezando a sentir algo por otro personaje. También es un narrador que no solo posee omnisciencia, sino también omnipresencia.

Este narrador es el más empleado históricamente en la literatura. Hoy en día ha perdido mucha fuerza, después veremos por qué, pero se sigue empleando. Es el típico narrador de las novelas realistas del siglo XIX como pueden ser Guerra y Paz o La Regenta.

Sus puntos fuertes son que puede darnos una visión global de toda la situación que abarca la narración. La capacidad de poder estar en todas partes a la vez hace que no se nos escape a los lectores nada esencial para la historia. Permite una profundidad de conocimiento de los personajes que otros narradores no permiten porque tanto la primera persona como el equisciente en tercera solo nos permitirán ahondar y conocer a uno solo de los personajes de la historia. También nos permite, si así lo queremos, centrarnos solo en la acción de los personajes, ya que la omnisciencia tiene muchos grados de profundidad y de esa gradación dependerá si el narrador se encuentra más cerca del narrador cámara o de la primera persona, con lo que su rango de actuación es más amplio que el de otros narradores. Es un narrador al que no le sienta tan mal como a otros el uso de explicaciones para mostrarnos datos desconocidos para el lector. Por eso es un narrador usado hasta la saciedad en las novelas históricas en las que es necesario que el lector conozca determinadas costumbres y acontecimientos históricos que con otros narradores podrían resultar forzados de contar.

Es un narrador recomendado si nos interesa más pintar un mosaico que analizar un personaje. Por ejemplo: Cualquiera de las dos novelas mencionadas anteriormente pretenden mostrar un tapiz de comportamiento de las sociedades en las que se desarrollan las dos historias, cosa que solo pueden hacer si nos muestran cómo se comportan diferentes personajes pertenecientes a diferentes clases sociales y con diferentes personalidades. También es un narrador adecuado si nuestra historia está desarrollada principalmente mediante acciones y si queremos englobar bastantes personajes.

Antes hemos dicho que en la actualidad no suele ser un narrador muy utilizado y eso se debe, principalmente, a los puntos débiles que tiene el narrador. El principal motivo de desuso del narrador omnisciente es consecuencia de que hoy en día nos resulta un narrador poco verosímil. Ya no nos creemos que exista una visión única y univoca de la realidad, sino que somos conscientes de que las percepciones de cada uno dependen de su propio filtro y que, por lo tanto, para conocer verdaderamente una realidad, tendríamos que conocer todos los puntos de vista posibles de los personajes que la forman, no solo el de un demiurgo superior. Por eso el narrador equsiciente le está quitando tanto protagonismo al omnisciente. Puesto que asumimos que es imposible conocer una realidad objetiva, mejor conocer directamente la realidad tal y como la percibe un solo personaje.

Además de ese problema, también tiene otros inconvenientes. Por ejemplo: al ser un narrador que lo conoce todo, es muy complicado que podamos sorprender al lector ya que eso significará que le hemos guardado información de manera consciente, para hacer un truco y quedar por encima de él. El lector puede sentirse estafado y perder su confianza en el narrador. Por eso no es un narrador nada recomendable para las novelas negras o de misterio ya que un narrador omnisciente puede desvelar la solución al argumento desde la primera página. No hacerlo así, significa que está jugando con el lector.

También es un narrador que, por culpa de la herencia histórica de su desarrollo, tiende mucho a juzgar y opinar sobre los personajes y las acciones, haciendo que el lector se sienta incómodo al ser empujado a pensar o valorar el argumento de una forma determinada. Hoy en día, la literatura va por otro camino, por el de dejar que sea el propio lector el que juzgue lo que le parecen los acontecimientos de la obra sin intervención ninguna, por lo que este narrador resulta forzado. Además, esa manera de juzgar puede interpretarse como injerencia del propio autor en el narrador y en la historia y muchas veces puede llegar a romper el pacto que hemos establecido con el lector.

No es un narrador recomendable, pues, para historias de género negro o de misterio, para aquellas en las que nos interese más cómo se desarrolla un personaje o cómo le afectan determinados acontecimientos y para aquellas en las que queramos emplear un tono intimista lleno de reflexiones y análisis.

Hay grandes obras maestras escritas con el narrador omnisciente. Que hoy en día esté de capa caída no significa que haya que olvidarse de él. De hecho es un narrador algo complicado de emplear para hacer que funcione con los lectores actuales, por lo que su práctica puede resultar un reto tentador para un escritor. Esperamos que con este artículo os haya entrado el gusanillo para probarlo.