Recuerdo que cuando era más pequeño, quizás en el instituto o en la secundaria, solía definir la narrativa cuando me lo preguntaban en clase de Lengua como «la historia de un personaje al que le pasan cosas en un sitio determinado». Hoy en día, al recordarlo y, sobre todo, al recordar que nunca nadie me dijo que esa afirmación fuera incorrecta, me da la risa. Esa definición superficial no era del todo errónea, aunque tenía un grave error de base y era demasiado simplista.

Aquella definición obviaba algo tan importante para una historia como es el deseo del personaje. Ese deseo, ese objetivo que tiene el protagonista será el que haga que nuestro personaje se mueva y actúe, que tome decisiones y que empuje la historia hacia delante. Y esto toca directamente con el error de la anterior definición. A un personaje es mejor que no le sucedan demasiadas cosas, sino que sea él el que actúe. O al menos que esas cosas o acontecimientos que le suceden, sean reacciones ante sus acciones y, de nuevo, lo obliguen a tomar nuevas decisiones y actuar de nuevo.

El deseo debe ser algo lo suficientemente poderoso como para que nos sirva de brújula durante toda la historia y tire del protagonista, obligándolo a actuar para alcanzarlo. Si se trata de un deseo nimio que nuestro protagonista no quiera verdaderamente conseguir, probablemente desista ante el mínimo inconveniente (y si hemos montado bien la historia, se encontrará con más de uno), lo cual hará que no tengamos nada que contar.

Cuando hablo de que el deseo debe ser poderoso, no me refiero a que tenga que ser algo grandioso e imponente como «salvar el mundo». No. O no siempre. Un personaje puede querer hacerse un bocadillo y que ese deseo sea suficiente como para guiarlo durante toda la historia. Eso sí, debe ser un bocadillo muy importante.

Es recomendable, además, que para nuestros protagonistas (y solo para los protagonistas) distingamos entre el deseo consciente y el inconsciente.

El deseo consciente es aquel que el personaje quiere conseguir de forma consciente, el que enuncia en voz alta. Por ejemplo, el deseo consciente de Holden en El guardián entre el centeno será disfrutar de unos días de libertad antes de que sus padres descubran que le han expulsado del colegio. Este deseo hará que el personaje actúe y tome decisiones durante todo el viaje para superar los obstáculos que se encuentre. Normalmente este deseo suele ser un deseo físico, enfocado en un objeto o en algo concreto, aunque no tiene por qué. También puede darse que el deseo mute a lo largo de la historia. Por ejemplo, Holden quiere escapar de la ciudad a medida que va avanzando la historia.

Sin embargo, dentro de los protagonistas, podemos encontrar también otro tipo de deseo que el personaje desconoce poseer. En este caso hablamos del deseo inconsciente. Es un deseo que no se menciona en toda la obra y que hará que el personaje a veces tome caminos y decisiones que lo alejen de su deseo consciente sin darse cuenta. Si el deseo consciente y el inconsciente entran en conflicto, tendremos un personaje redondo, contradictorio y muy rico. Lo normal es que este deseo sea inmaterial y abstracto. Es prácticamente imposible que un deseo inconsciente cambie a lo largo de la historia. En El guardián entre el centeno, el deseo inconsciente sería superar la muerte del hermano pequeño de Holden. Él no lo sabe, pero todo lo que le pasa en el presente está derivado de no haber superado esa muerte y de ahí que sienta deseos de proteger a todos los niños del mundo y su rechazo ante los adultos. Quiere evitar que crezcan de una manera tan brusca como lo hizo él. Todo esto no se menciona en toda la obra, pero es el motor que en realidad guía al personaje y lo que le da la profundidad y la intensidad que esta novela tiene.

Lo más importante es saber jugar con los dos deseos de modo que uno vaya por debajo de la superficie en todo momento, pero aun así el lector pueda tener pistas suficientes sobre qué le pasa al protagonista.

Recordad que hemos hecho mucho hincapié en que esta dualidad de deseo es solo recomendable para personajes protagonistas. Esto se debe a que trabajar con dos deseos a la vez hará demasiado complejo al personaje como para manejar varios así. No tener un deseo inconsciente no convierte a un personaje en un mal personaje, aunque si es un protagonista puede resultar algo plano. Sin embargo, tenerlo hará que se tridimensionalice y que adquiera matices muy interesantes que hará que nos parezca más real y más humano. Hacer esto con personajes secundarios o con personajes de relato supondría un esfuerzo de planificación y de escritura que no sería rentable como escritores.

Por último, os voy a hablar de ciertos agentes que influyen e intervienen en el deseo y que puede ser interesante analizar a la hora de planificar una novela. Normalmente el personaje desea algo, pero sobre esos dos agentes (el personaje y el objeto) intervienen el donante, el receptor, el ayudante y el opositor. El ayudante será la fuerza que hará que el personaje se encuentre más cerca de su deseo (puede ser un personaje u otra cosa), mientras que el oponente será el que genere el conflicto ya que intentará que el personaje no consiga su deseo. El donante será el agente que posea o done el objeto de deseo y el destinatario será el personaje hacia el cual se destine el deseo una vez conseguido. Hoy en día, sobre todo con deseos abstractos y emocionales, lo más normal es que el protagonista consiga el deseo para sí mismo.

Más adelante exploraremos el deseo de otros personajes complejos para que entendamos hasta qué punto puede resultar interesante y poderoso para una historia el tener un deseo claro y potente. Y también para que veamos que todo lo que hemos hablado aquí no siempre es una norma estricta, como siempre sucede en la literatura.