El otro día, en las cañas después de clase, mis alumnos y yo estuvimos hablando del momento en el que decidieron convertirse en escritores y las razones para ello. Quizás alguno de vosotros nunca haya reparado en ese instante, pero todos tenemos un momento clave en el que algo inconsciente despierta y se vuelve consciente y es entonces cuando nos damos cuenta de que queremos escribir historias. Yo lo llamo el despertar del escritor.

Al ser la escritura algo tan subjetivo como cualquier otro arte, ese despertar será (o habrá sido) completamente diferente para cada uno de nosotros. A veces estará vinculado a un momento clave en nuestras vidas: por ejemplo un divorcio o la muerte de un ser querido. Otras será algo más nimio, como por ejemplo la lectura de un buen libro o entablar relación con una persona especial relacionada con el mundo de la literatura.

Según yo lo veo, y esto es totalmente opinión personal sin ningún tipo de base científica, uno puede convertirse en escritor por dos razones: o porque quiere explicarse a sí mismo algo o porque necesita liberarse de algo. En ambos casos la escritura será siempre una catarsis que nos ayudará a encontrar nuestro lugar en el mundo y a comprenderlo mejor. Que no es lo mismo que decir que la escritura puede sustituir a cualquier terapia psicológica para resolver problemas, ojo.

En mi caso personal, que es, en definitiva, del único del que puedo hablar, recuerdo que ya desde pequeño quería contar historias. Siempre me planteaba las razones por las que mis juguetes se enfrentaban unos a otros cuando mis hermanos querían jugar a batallas y, además, sobre todo cuando la familia entera se reunía en ocasiones especiales, me gustaba escribir o planear obras de teatro con mis hermanos, y representarlas para la familia. No recuerdo mi vida sin crear historias, es cierto, pero eso no quiere decir que siempre me haya considerado un escritor o que siempre haya querido serlo.

Mi despertar como escritor consciente se produjo en la adolescencia y fue gracias a los videojuegos y los libros de épica fantástica. Sí, un videojuego. Otro día hablaré de los prejuicios de algunos escritores en contra de ellos y por qué los considero totalmente infundados. Hablo, más concretamente, de Final Fantasy VII y de El señor de los anillos. Ambos mundos me fascinaron y absorbieron de tal manera que en ese momento decidí que yo quería provocar en alguien lo mismo que esas historias me habían provocado a mí. Aquellas dos historias hablaban de mí, me hablaban a mí.

Es decir, esas historias me explicaban algo que yo no era capaz de comprender de mí mismo, me hacían sentir comprendido. Si unos desconocidos habían sido capaces de hacer eso, ¿cómo no iba a ser capaz de explicarme yo a mí mismo a través de la literatura? Ahí fue cuando decidí empezar a escribir mi primera novela y lo hice mezclando dos cosas: las ansias de encontrar un lugar donde pudiera ser yo mismo (de ahí, quizás, mi inclinación siempre por la literatura fantástica en general y por la épica fantástica en concreto) y mi incapacidad de entender los cambios que se estaban produciendo en mí. Para el Alejandro de entonces, por poco literario que suene esto, la escritura era un refugio donde todo andaba bien o, si no andaba bien, iba como yo quería que fueran las cosas.

Por eso nunca me he considerado de ese segundo grupo de escritores que necesitan escribir para sacar algo al mundo, sino que yo escribo para entenderlo.

Obviamente, al comienzo nunca me planteaba estas cuestiones y no ha sido hasta después de muchos años cuando me he dado cuenta de todo ello. Quizás haya escritores que nunca se lo planteen, pero yo creo que es algo recomendable y que todos deberían hacer al menos una vez en su carrera. No solo me ha ayudado a comprender por qué escribo, sino que también me ha servido para analizar mis obsesiones y mis miedos. Todos ellos se plasman en temas y personajes recurrentes que se escapan casi sin querer en mis escritos.

El hecho de ser consciente de esos temas recurrentes es lo que me ha ayudado a poder controlarlos y trabajarlos de la manera en la que quiero hacerlo sin caer, creo, en la repetición y el aburrimiento. Después de todo, supongo que es cierto que está casi todo escrito y que es complicado innovar en cuanto a temática se refiere. Sin embargo, sí que creo que se puede aportar algo interesante si se es consciente del punto de vista único que cada escritor tiene en cada momento concreto de su vida y se explota eso. Todos somos únicos, por eso cada escritor tiene un momento de despertar diferente.

Eso sí, algo en lo que coincidíamos los que participamos en el debate durante aquellas cañas, es que todos éramos antes lectores que escritores. Unos con mayor pasión y otros con menos, pero todos disfrutábamos con la lectura cuando decidimos convertirnos en escritores. Creo que es algo importante. Dudo mucho que alguien pueda sentir el gusanillo por la escritura sin leer. Por eso desconfío cuando me encuentro algún alumno que dice que no le gusta leer y que quiere aprender a escribir. De momento, a la espera estoy de que venga alguien a demostrarme lo contrario, ninguno de ellos ha durado mucho ni ha llegado lejos en la escritura.

Lo importante no es cómo o cuándo se produce esa asunción, sino lo que hacemos con ella. El punto en el que convertimos ese despertar en un compromiso y hasta dónde queremos llegar. Si somos conscientes de ello y de aquello de lo que queremos escribir y por qué lo escribimos, es mucho más probable que logremos nuestros objetivos. Los nuestros, los de esa otra escritora divorciada, de aquel al que se le murió su mejor amigo entre los brazos y los del que escribía obras de teatro que representaba con sus muñecos de acción para sus peluches.

Quién sabe, quizás, con el tiempo, un adolescente dramático lea nuestros libros y sienta que no está solo, que hay alguien que le entiende y que en la literatura puede encontrar una salida para entender el mundo, para entender sus cambios.  Para explicarse.