Lo hizo un mago, el deux ex machina en la fantasía

Esta semana me gustaría tratar el tema de los deux ex machina. El otro día en tuiter leí una conversación en la que se afirmaba que en la literatura fantástica se podía ser más permisivo con estos fallos de coherencia porque existían elementos imposibles. No quise entrar en la discusión, sobre todo porque no conocía a todas las personas implicadas, pero no estoy para nada de acuerdo.

No sé si estáis familiarizados con la expresión latina deux ex machina. Es una expresión que literalmente significa «dios en una máquina» y que hace referencia a los aparatos que, en el teatro griego, hacían bajar al escenario a una deidad para que resolviera el argumento.

Hoy en día, la expresión se usa para referirse a otro tipo de situaciones, sobre todo en la literatura y en el cine. Dicha expresión viene a decir que un elemento externo aparece en la obra, rompiendo su coherencia interna, para resolver el final o para introducir un elemento necesario en la trama o en el guión. Es decir, sacarse un as de la manga. Algunos ejemplos son que el héroe llegue en el último momento a salvar a la doncella, que un coche atropelle al protagonista para terminar un relato, que le caiga un rayo, que le toque la lotería, etc.

Todas esas acciones, por sí solas, no tienen porque ser deux ex machina, por supuesto depende del desarrollo de la obra. Veamos el ejemplo de la lotería: Pedro es un joven de 24 años recién licenciado. Está tratando de buscar trabajo para poder pagar el alquiler de su piso y necesita dinero urgentemente. Ese sería su deseo, obtener dinero. En seguida se nos plantea el conflicto: es recién licenciado, de filosofía para más mala leche, y no ha trabajado en su vida. El chico intentará por todos los medios conseguir trabajo. Echará currículos, llamará a amigos, profesores, conocidos de sus padres, etc. Nada de eso dará resultado. La coherencia interna del relato nos haría acabarlo con Pedro no habiendo sido capaz de alcanzar su deseo y produciéndose en él un cambio; por ejemplo volverse a casa de sus padres o abandonar la profesión de filósofo. Sin embargo, como nosotros no conocemos el deux ex machina y nos cae muy bien Pedro, hacemos que se encuentre un billete de lotería premiado en el suelo y que se vuelva millonario. Fin de la historia.

Ese final, ese billete de lotería premiado, está puesto en el suelo por nosotros, no por la propia coherencia de la historia, por lo que no sería un final válido, sería un final tramposo. Algo así como amañarnos las propias cartas cuando jugamos al solitario. Podemos acabarlo, sí, pero, ¿de verdad hemos hecho un solitario?

Veamos otro ejemplo: Pedro está enamorado de Juan, un vecino suyo, y tras muchos avatares del destino acaba intentado robar una joyería para regalarle un anillo y tenerlo contento. En un momento dado, Pedro es acorralado por la policía y no tiene por dónde salir. Si va a la cárcel se habrá acabado la historia de amor y eso no nos serviría para nuestro propósito. Nos quedamos un rato pensando y finalmente desistimos. No tenemos solución. En lugar de reescribir alguna parte, tal y como se debería hacer, decidimos hacer que todo fuera un sueño y que Pedro se despierte en su cama como si nada hubiera pasado.

¿Cómo os quedaríais si al final de vuestra película preferida descubrierais que todo ha sido un sueño del protagonista?, ¿o si en los anuncios del próximo capítulo de vuestra serie preferida se anuncia el beso esperado entre los protagonistas y luego resulta que, en el capítulo, solo era una fantasía que tenía cualquiera de los dos durante la clase de matemáticas? Algo enfadados, imagino, desilusionados, decepcionados. Pues así es como se sienten los lectores y los espectadores cuando somos unos escritores (o guionistas) vagos y terminamos nuestras historias con (o metemos en ellas) un deux ex machina.

Y digo bien escritor vago porque este problema se puede solucionar muy fácilmente. Simplemente hay que volver atrás en la historia y detectar el momento en el que la historia comenzó a perder su coherencia interna. En el ejemplo de la joyería, probablemente haciendo que Pedro elaborase un plan mejor y que la policía no le pillara, o haciéndole rico para que no tuviera que robar nada (o haciendo que Juan fuera menos materialista y superficial). Y en la primera haciendo que tuviera otra profesión, o que hubiera trabajado de algo, o que fuera medio ludópata y jugara a la lotería todos los días. Como veis, dejar la historia con un final así es como darse por vencido, como no creer en nuestro texto. Y si vosotros mismos no creéis en vuestra historia, ¿por qué habría de creer un lector que no os conoce?

Pero, podéis decirme algunos, ¿no pueden pasar todas esas cosas (soñar cosas raras, encontrarse un billete premiado, que te atropelle un coche sin razón, etc.) en la vida real? Por supuesto, contestaría yo. Pero como lector no me las creo en un libro. Y fijaos que nada tiene que ver con posibilidades, probabilidades o incluso con el mundo real. ¿Cuántas probabilidades hay de ver un dragón? Ninguna. Y sin embargo los cuentos de dragones nos los creemos a pies juntillas. Esto no tiene nada que ver con la realidad, sino con la verosimilitud, pero la verosimilitud es harina de otro costal en la que no vamos a entrar hoy.

Y, por supuesto, tampoco sería una solución válida introducir un elemento imposible en estos ejemplos realistas. ¿Por qué? Porque no hemos trabajado la ambientación, ni la tensión ni el extrañamiento como para que el lector no se sienta engañado con la aparición del elemento imposible. No sería coherente que a ninguno de los dos protagonistas le salieran, por ejemplo, alas.

En fantasía, los deux ex machina se caracterizan porque, de pronto y sin razón narrativa suficiente, las leyes del mundo que hemos creado cambian y algo que no se podía realizar, de pronto, sí se puede (o al revés). Hablo, por ejemplo, de soluciones fantásticas para textos realistas; o de mundos en los que no se puede resucitar a los muertos, pero al final el héroe consigue traer a su amada desde el otro lado; o gente totalmente invulnerable a la que, justo en el momento idóneo, se le descubre una debilidad mortal que el protagonista intuye a tiempo para salvarse, etc. Recuerdo uno (no muy gordo) en «El Hobbit». Después de vencer a los dos trolls y hacer que se conviertan en piedra, el grupo de enanos llega a su guarida, que tiene la puerta cerrada. Casualmente, oh, vaya, y sin que el lector haya tenido noticia de ello, habían robado la llave de los trolls así que podían abrir la puerta. ¿En serio, Tolkien?, ¿tanto te costaba volver unas páginas e introducir una pequeña escena en la que viéramos cómo roban la llave?, ¿de verdad preferiste colar esa llave a que nos preguntáramos cómo podían dejar la puerta abierta siendo tan desconfiados?

Este fallito del ejemplo es menor, pero en general hablo de fallos importantes en la construcción del mundo que, a pesar de poder ser explicados por la magia (al igual que los ejemplos anteriores pueden ser explicados por la estadística), rompen la verosimilitud y la confianza en el lector. Y eso en el realismo no es tan importante (entre miles de comillas) como en fantasía. Le estamos pidiendo al lector que olvide, no solo que lo que le vas a contar no ha ocurrido nunca, sino que es imposible que ocurra. Con la creación de mundo situamos el tablero y las normas del juego. Si nosotros no hemos sido capaces de seguir las normas, estamos estafando al lector.

En mi opinión, los deux ex machina son enemigos a combatir en cualquier narración, pero en literatura fantástica pueden dejar de parecer un error de principiante y llegar a cargarse una historia entera.

¿Vosotros recordáis algún final sacado de la manga o incoherencias en libros que os hayan destrozado la lectura? Yo tengo unos cuantos ejemplos en la mente (incluso de mi querida J. K. Rowling), pero no he querido hacer spoilers, aunque quizás coincidamos.

Ventajas y desventajas de leer el mismo género que escribes

¿Debo leer únicamente libros relacionados, o del mismo género, que al que se adscribe lo que estoy escribiendo en este momento? Es decir: ¿si escribo fantasía debo leer solo fantasía?, ¿o terror?, ¿o realismo? A priori, puede parecer que esta pregunta es sencilla de responder, o incluso simple o banal, pero no lo es en absoluto. Yo mismo me encuentro siempre ante esta disyuntiva a la hora de seleccionar lecturas mientras desarrollo un proyecto narrativo. Quizás no todos os lo planteéis y ahora mismo estéis pensando en abandonar el blog como locos, pero correré el riesgo.

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Los nombres de los personajes en fantasía

El otro día, leyendo este artículo de Chiki Fabregat sobre la importancia del nombre de los personajes, recordé algo que siempre digo a mis alumnos en las primeras clases y que espero que poco a poco vaya cambiando con el tiempo. Y es que hay una tendencia a pensar que los nombres raros o exóticos, totalmente impronunciables o en otro idioma pueden valer para nombrar a nuestros personajes, pero no así los nombres en castellano o que suenen a nuestra lengua. ¿Por qué un mago puede llamarse Harry Potter y no Juan Alfaro?

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Cinco trucos para combatir el bloqueo literario

El bloqueo literario es un mal que siempre acecha a los escritores detrás de cada página en blanco. Suele detectarse porque evitamos de cualquier manera acercarnos al ordenador (o al cuaderno) para escribir. Siempre hay algo más importante o más apetecible que hacer. Sí, incluso limpiar las cortinas o la parte de atrás de la nevera. Muchas veces puede darse estando ya sentados frente a la página. No somos capaces de empezar y la blancura de la pantalla o de la hoja nos ataca y nos insulta sin que seamos capaces de defendernos. Continuar leyendo “Cinco trucos para combatir el bloqueo literario”

Lo que aprendí a NO hacer leyendo «American Gods»

Consten  antes de empezar dos cosas: la primera es que este artículo no es una reseña sobre el libro de Neil Gaiman, pero contiene spoilers porque necesito desvelar parte de la trama para argumentar por qué no debe hacerse algo en concreto. La segunda es que no me gusta hablar mal de los libros (a no ser que sean «Crepúsculo» o «La sombra del viento»), porque siempre es un esfuerzo y un trabajo el escribirlos y está claro que Gaiman ha dedicado muchas horas de documentación, escritura y revisión para escribir una obra de tales características. Vaya por delante que valoro ese trabajo y se lo reconozco y que aunque me centre aquí en los defectos, la obra tiene muchos puntos a favor, pero como esto no es una reseña, no entraré en ellos. Hoy voy a saltarme aquello que siempre digo: «Si no vas a decir nada bueno de algo, mejor cállate». Queredme por mis contradicciones. Entro en modo hater.

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La sobrecorrección del escritor novel

«Publico para dejar de corregir», Jorge Luis Borges

En realidad la frase de Borges, como la mayoría de las citas célebres que se recuerdan, no fue dicha exactamente así; sino que el argentino respondió «Para dejar de corregir» a la pregunta «¿Por qué publicamos?». Pero no vengo hoy a hablar de cómo la historia retuerce o embellece determinados discursos para adaptarlos a las ideas preconcebidas que se tienen de los escritores, que daría también para una publicación de las largas, sino para hablaros de un pequeño trastorno que padecemos muchos escritores hoy en día: la sobrecorrección.

No todos tenemos la suerte que tenía Borges de poder publicar lo que escribimos para dejar de corregirlo. El escritor novel no suele contar con un editor que le diga: «esto ya está, vamos a publicarlo» y debe valerse por sí mismo para decidir cuándo parar en las revisiones del texto y darlo por terminado.

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Consejos para crear lenguajes ficticios

Por Antonio Díaz Escudero

Como escritores de literatura fantástica, uno de los escollos que encontramos a la hora de escribir es el de la creación de nuestro mundo. Inventar una nueva realidad no es sencillo. Hay demasiados detalles a tener en cuenta, que se van amontonando y hacen tambalear la verosimilitud de nuestra historia como un mal movimiento en una partida de Jenga. Por eso tenemos que ser inteligentes. Tenemos que escoger con cuidado tres o cuatro de esos detalles y trabajarlos lo suficiente para tener un mundo robusto.

Hoy os traigo una guía para comprender con un poco más de profundidad uno de esos detalles: los idiomas ficticios.

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¿Qué puedo aprender de «Harry Potter y la cámara secreta» como escritor?

Aunque me considero un ferviente seguidor y defensor de la saga de Harry Potter, he de reconocer que este, el segundo de la colección, no es uno de mis preferidos. Es más, hasta hace poco se encontraba entre los dos peores de mi lista. Sin embargo, a medida que lo he releído y que he ido evolucionando como escritor y, sobre todo, como profesor, he sabido encontrarle el valor y ha ido escalando posiciones en el ranking.

Más allá de la peripecia en sí, que tampoco es tan espectacular como en El cáliz de fuego o en Las reliquias de la muerte, lo que hay que destacar de la novela es sin duda su estructura, su trama y su construcción como si se tratase de una novela de misterio. Continuar leyendo “¿Qué puedo aprender de «Harry Potter y la cámara secreta» como escritor?”

Posible, improbable e imposible

Hoy me gustaría hablaros del elemento imposible y de su importancia en la literatura fantástica.

He decidido comenzar con este artículo el blog porque el elemento imposible es lo que va a definir el género de nuestro texto y a separarlo de la literatura realista. Por lo tanto, podemos decir que es lo que va a hacer que nuestro texto sea fantástico.

Pero vamos a empezar por lo básico: en narrativa podemos encontrar tres tipos de elementos. A saber: elementos posibles, improbables e imposibles. Cada uno de ellos tiene unas características diferentes y unas funciones concretas dentro de la narración. A medida que nos alejamos de la literatura realista, encontraremos más elementos improbables e imposibles; mientras que dentro en la propia realista no podremos encontrar ningún elemento imposible. Continuar leyendo “Posible, improbable e imposible”