En el Itinerario de literatura fantástica, ciencia ficción y terror del que soy profesor es habitual encontrarse con alumnos que se han acercado a alguno de los tres géneros principales del itinerario, pero que nunca han practicado otros. Es en esos últimos donde mejor pueden verse los tópicos y las ideas preconcebidas que cada uno tiene sobre aquellos géneros a los que no se ha acercado nunca. Esto es algo normal. Yo mismo, como escritor, no como profesor, siento preferencia por los géneros relacionados con lo fantástico por encima de los otros dos, siendo la ciencia ficción el que menos he practicado. Después de todo, aunque las tres ramas sean parte de los géneros de lo imposible, no suelen dirigirse a los mismos públicos.

Podría hablaros de las historias y los estereotipos en los que caen los escritores primerizos en fantástica o en ciencia ficción, pero hoy quiero hablaros de un rasgo que es sorprendente (aunque no tanto, como veremos luego) y que afecta a los primerizos en el género de terror.

Por alguna razón que desconozco, es habitual que el género que menos hayan practicado nuestros alumnos es el género de terror. Quizás se deba a que, a pesar de ser un género muy consumido y de que la tendencia está cambiando, no es muy típico de la literatura en castellano. O quizás no, la verdad es que nunca me he parado mucho a pensarlo. El caso es que es así. Y el hecho de que sea así me ha permitido observar como casi siempre los escritores noveles cometemos los mismos errores a la hora de producir terror.


Solemos tener la idea errónea de que el género de terror funciona igual en literatura que en el cine. Y no es así para nada. Es cierto que muchos de los grandes clásicos del cine de terror nacieron de la literatura, pero adaptaron esos libros a otro lenguaje diferente de la palabra escrita, el audiovisual. Lo hicieron de tal modo que han conseguido crear un código propio del terror cinematográfico que ha evolucionado desde la literatura para separarse totalmente de ella.

Por ejemplo: gran cantidad de películas de terror basan el efecto terrorífico en la música y en el susto. Es obvio que nosotros no contamos con la música en nuestros libros para producir ese género, pero lo más habitual es que intentemos imitar esos sustos que estamos acostumbrados a ver en pantalla a nuestros escritos. Con el consecuente fracaso que eso supone. En el medio audiovisual el espectador es bastante más pasivo que en la literatura. El espectador se dedica a recibir la película, no «puede» (ponedle todas las comillas que queráis) detener la historia, no tiene el control. La sensación de indefensión es mucho mayor. En la literatura es todo lo contrario. El lector siempre tiene que desentrañar la historia, tiene que leer y puede dejar de hacerlo en cualquier momento, tiene el control. Un autor no puede controlar la velocidad a la que el texto va a ser consumido (aunque puede modificar el ritmo de texto para lograr algo parecido), por lo que nunca va a poder generar un suspense silencioso y después pegar un susto al lector.

La literatura de terror no provoca gritos. Nadie lanza un libro de terror a la pared porque haya recibido un susto.

Lo principal que intento transmitir a mis alumnos cuando se acercan por primera vez al terror es que se olviden del cine de terror, que no intenten asustar al lector, sino incomodarlo, que no encuentre la postura adecuada mientras sostiene el libro. Con eso bastará como intención. Si hemos jugado bien nuestras cartas usando la atmósfera y el ritmo, la historia se quedará en la cabeza del lector y el efecto de miedo se irá repartiendo después de dejar el libro. Digamos que la literatura de terror no quiere asustar en el momento, sino generar una sensación que dure más allá de la propia lectura.

El principal problema es que el género de terror audiovisual se ha comido al literario porque funciona mucho mejor. Es decir, que un espectador habitual de terror cinematográfico va a encontrar difícil (en general) disfrutar de la misma manera del producto literario que del audiovisual. Y no es que uno sea mejor que otro, sino que en mi opinión buscan cosas diferentes y esperar lo mismo de los dos productos es un error que provocará, como sucede siempre que se compara un libro con su adaptación cinematográfica, que una de las dos historias salga perdiendo.

Hay que tener en cuenta eso porque me he encontrado con muchos alumnos a los que les encantaba el cine de terror, pero que eran incapaces de escribir terror. Su principal problema era, precisamente, que quizás deberían escribir guiones de terror en lugar de literatura de terror.

La frase: «Se dio la vuelta y el asesino estaba detrás de él» no va a hacer a nadie saltar de una butaca como puede hacerlo, por ejemplo, esa misma escena grabada en una película.

Y con esto no estoy diciendo que no podamos aprender nada como escritores de terror del cine del mismo género. Estoy diciendo que no nos debemos dejar llevar solo por el artificio y lo que más llama la atención de esas historias, sino que debemos cavar más profundo, en el origen de ese miedo, en la sensación que nos provoca. En literatura es imposible provocar terror si no hay una empatía con lo que está sucediendo en la historia. Pero eso también sucede en el cine, lo que pasa que muchas veces nos quedamos en la superficie, en el truco barato del susto del que tanto se ha abusado en el cine palomitero de terror.

Mi conclusión a todo esto es que probablemente como escritor de terror novel puedes darte mil veces contra un muro sin entender por qué tus historias no funcionan cuando haces lo mismo que a ti te ha provocado terror en el cine. Y es algo que a no ser que seas lector asiduo del género o que cuentes con alguien que te aconseje, es difícil que descubras. Pero una vez ves esa diferencia y la analizas, es probable que entres mucho más en el género y que seas capaz de ponerle los pelos de punta a más de uno.