Ya desde sus comienzos la radio ha sido un medio idóneo
para la ficción literaria, las letras se han movido a gusto
en las ondas y durante muchos años los oyentes se
han emocionado, divertido y hasta asustado con las historias
que la radio les contaba. Ocurría antes de que el
30 de octubre de 1938 Orson Welles y su Guerra de los mundos
—basada en la novela homónima de H. G.Wells—
aterrorizasen a América, y siguió ocurriendo después, en
los tiempos en que radionovelas como Ama Rosa o Simplemente
María tenían a media España pendiente del transistor.
El ímpetu del cine y la televisión fue poco a poco
apartando a la gente de la narrativa radiada que, pese a algún
glorioso coletazo final —¿cómo olvidar la mítica Saga
de los Porretas que alegró el despertar de toda una generación?—,
fue quedando limitada a la profundidad de
los programas nocturnos y de madrugada y a algún que
otro reducto más.
La realidad, con sus múltiples caras, acapara hoy las
programaciones: noticias, entrevistas, eventos, tertulias...
Y, sin embargo, la ficción está ahí, disponible, esperando
la oportunidad de adaptarse a los nuevos tiempos.Tal vez
fue sólo eso lo que le ocurrió a la ficción radiofónica, que
no se adaptó a los tiempos.
Ya en sus Siete propuestas para el próximo milenio, Italo
Calvino incidía en la levedad como una de las características
fundamentales del arte que se avecina. Levedad como
texto breve, sí, en parte, pero sobre todo como capacidad
de sugerir, de decir poco para significar mucho, como el
arte de generar vacíos.
Si hay un género esencialmente leve ése es el microrrelato.
Apenas unas pocas líneas para contar una historia
mínima pero capaz de proyectarse a significados de
orden muy superior gracias a su poder de sugerencia. No
es un género nuevo y, casi sin rebuscar, podemos encontrar
antecedentes que se remontan a la Antigüedad clásica,
a la Edad Media, y que proceden de culturas tan dispares
como la occidental, la árabe o la china. Pero es en
el siglo XX cuando el microrrelato toma cuerpo como un
género autónomo y de gran poder para expresar la confusa
marcha de los tiempos. De Rubén Darío y Gómez de
la Serna a Borges, Cortázar o Bioy Casares, de Kafka a Sam
Shepard, de la levedad extrema del dinosaurio de Monterroso
a la media página de algunas joyas de Monzó y
Ana María Matute, llegando incluso hasta los cuentos, ya
algo más largos, de Carver o Medardo Fraile, son legión
los autores que han visto en la brevedad la más eficaz
de las herramientas narrativas.
Ahí estaba, pues, la radio —posiblemente el más
leve de los medios de comunicación— y ahí estaban los
microrrelatos, y todo el siglo XXI por delante. Así que el
Hoy por Hoy de la Cadena SER y Escuela de Escritores decidimos
juntarlos.Y decidimos que, en este regreso de la
ficción a la radio —nunca se fue del todo, pero tampoco
acaba de estar—, los oyentes debían ser los protagonistas.
Primero fueron los Audiogramas, un concurso en el
que los oyentes componían relatos a partir de fragmentos sonoros rescatados de la fonoteca de la SER, luego El
mejor final de la historia, una invitación a escribir a partir de
la primera frase que proponía un escritor, más tarde El
periodismo es un cuento propuso superar las barreras de la realidad
periodística encontrando ficciones tras las noticias.
Siempre cien palabras para escribir un cuento que —huyendo
de la charlatanería de la brevedad frente a la que
ya nos previene Borges— encontrase esa escena, esa imagen,
ese par de trazos que lo dicen todo y, en su levedad,
conmueven tanto o más que muchas novelas.Y siempre,
con o sin premios, nos acompañó un aluvión de
oyentes que se daban a la escritura con más o menos oficio,
a veces con talento, siempre con gozo.
De toda esa experiencia nació, en septiembre
de 2007, Relatos en cadena. Una propuesta sencilla: la última
frase del relato ganador sería la primera de los relatos
de la siguiente semana, tres días y cien palabras para
escribir y unos minutos de radio en directo para los autores
de los tres mejores textos. Unos minutos en el aire
para escuchar su relato en las voces de Maika y Emma
y para ayudarnos a Javier Rioyo, al escritor invitado y a
mí, a elegir al ganador semanal. Por el mismo sistema,
entre los ganadores semanales se elegía el mensual.
Y entre
éstos, en la gran final de primeros de julio, un jurado
compuesto por Rosa Montero, Juan González Álvaro,
Javier Rioyo, Luis del Val y Javier Sagarna, al que se sumó,
como un jurado más, el resultado del voto popular eligió
al ganador de la temporada y del gran premio de seis
mil euros.
Por supuesto, nada de esto hubiera sido posible
sin tener detrás un prejurado —los profesores de Escuela
de Escritores— encargado de cribar los casi setecientos
relatos que llegaron cada semana, un equipo de producción —el de la Cadena SER— que nunca falló a la
hora de localizar a los autores y traerlos a la radio, y un
programa —Hoy por Hoy, y su director, Carles Francino—
que desde el principio se volcaron con esta propuesta.
El resultado fueron casi veinticinco mil relatos escritos
por los oyentes de la Cadena SER, de los que una
selección —los ganadores y finalistas de cada semana
y del concurso, algunas rarezas, textos que se quedaron
a las puertas de una final semanal que, tal vez, habían merecido—
pueden leerse en este libro. Unos textos que
afirman, con la fuerza de su calidad, que la ficción y la
radio han vuelto a encontrarse y que el idilio puede ir
para largo.
Javier Sagarna
Director de Escuela de Escritores
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