Por fin llegamos a la casa rural de Somolinos. "Esta farola no tiene bombilla", me apresté a señalar. "Es un árbol, David. A ver si salimos de la ciudad un poco más." Respiré profundo y pensé que la siguiente vez tenía que
acordarme de salir con unos parches de polución, de esos que se pegan al pecho para que el cuerpo se acostumbre a la falta de contaminación. "¿Son ya las siete?", preguntó Isa. "A las siete tengo que estar en la puerta para ir recibiendo a la gente." Miramos el reloj para erciorarnos: "Casi: las cuatro y media. Pasadas, eso sí." De modo que llamamos al timbre de recepción y al segundo bajaron a recibirnos Merche y su socia, cuyo nombre no recuerdo, y mira que es raro, porque yo para los nombres ni puta memoria. La casa, en serio, me pareció una preciosidad. Disculpad si me he extendido en la descripción de los suelos rojizos y el arroyo, de las contraventanas de madera y la laguna; a la hora de describir, manejo la elisión con la maestría que sólo alcanzan los grandes escritores y los jóvenes con Alzheimer. Sólo dos mejoras incontingentes: el espejo de la entrada me daba cierto aire a Torrebruno que no terminaba de halagarme; una cosa es que piense con los pies y otra que la imagen achate tanto que haya que entender dicha expresión literalmente. Y, si de pies hablamos, yo incendiaría las florecillas amarillas esas, que no digo yo que no huelan a manzanilla de cerca, pero a media distancia desprenden una fragancia nada bucólica. En seguida nos cambiamos de ropa, Isa, Germán y yo, tendimos dos toallas al sol y, con tal de presumir, expliqué que me había dejado la mía en el armario de casa, que es donde realmente son útiles las toallas. Tuvimos que esperar un rato hasta que una horda de niños en esa edad difícil que va de los seis a los catorce años desalojó la piscina. Nos duchamos, me tiré de tripa adrede y dije qué rica está el agua para que al siguiente le pillara desprevenido y se jodiera de frío.
Ya sí, a punto de las siete, Isa se preparó para dar la bienvenida a un goteo de Juan, Bea, Nines, María y Pilar, de Chema, Ángel, Pablo y quizá también iba Marta en ese coche, de José Carlos y Pilar, Lola y María, Goya y Alfredo, todos íbamos llegando y saludando, sonriendo como si nos cayéramos bien y todo, mezclándonos en una terracita con suelo suficiente para todos. Cuando a las nueve y media nos avisaron de que la cena estaba lista, entramos al salón a regañadientes, sin apetito ni nada, panda-muertos-de-hambre, hay que joderse. Yo, que otra cosa no, pero soy muy caballero, le serví unos cuantos macarrones a Pilar fuera del plato, que si no hago alguna se me corta la digestión luego. Una vez cenados, como actividad introductoria a las jornadas, nos sentamos en círculo alrededor de dos películas: "Lo llamaban Bodhi" (no estoy seguro del título, pero iba de surf seguro) y "Amelie". Si nos hubieran puesto "Bambi", nos las habríamos arreglado para discutir sobre Tambor. Los más sensatos se acostaron a continuación. Por mi parte, todavía continué charlando un rato antes de plantearme el reto de solucionar el binomio fantástico David-almohada de la cama y pirarme a planchar la oreja.
A la mañana siguiente, el despertador sonó a las siete y media. Estoy seguro de que a Pablo le hizo mucha ilusión que me apeteciera madrugar tanto. Me duché sin hacer ruido ni tirar el champú al suelo en ningún momento, me puse el bañador y salí al campito a meditar. ¡Qué decir del rocío que perlaba el césped cuando, en lo más hondo de mi espíritu, estaba jodido de frío! "¡Qué valiente!", me dijeron María José y Rocío cuando me vieron en bañador a tan temprana hora. Y yo, que no soy dado a polemizar, precisé: "¡Qué gilipollas, si me permitís el matiz!". Esa mañana desayuné sin esforzarme en masticar: bastaba con acercarme un croissant de nocilla a la boca para que los dientes me castañetearan involuntariamente.
Hasta que, a traición, nos dijeron que teníamos que scribir. La propuesta consistía en preguntar mil veces si lo que había que escribir era un relato o un artículo de opinión. Aclarada la duda en toda su dimensión, cada cual reflexionó largamente sobre el tema que le había tocado y cuando Isa preguntó quién se había quedado satisfecho con su artículo y si creíamos que aportaba algo al mundo, me entró la duda: satisfecho no estoy, pero aportar al mundo... saliendo de mi pluma... Levanté la mano e Isa nos hizo el feo, a todos los que habíamos ido de listos, de decir que pues lo que le interesaban eran los artículos de los demás, de los que no se habían quedado contentos. Después, tras practicar unos minutos de escritura automática, ya sí me invitó a leer: me conoce bien y sabe que tengo facilidad para todo lo que se haga sin pensar. A continuación llegó el racimo de ideas, llegó el índice, llegó el artículo, llegó Chema y dejó a Paloma con el segundo artículo en la boca. Luego nos puso a dibujar encinas. Y, joder, no es por presumir, pero me salieron unas encinas que las ve algún ignorante y titula mi dibujo "farolas en la montaña". Chema, para ganarse el favor del alumnado, nos dijo que éramos un "maravilloso grupo horroroso", que estaba hasta los cojones de que debatiéramos por todo y que más escribir y menos hablar, que para algo podíamos elegir entre cuatro propuestas relacionadas con la memoria ancestral. Yo de ancestral mogollón, pero a corto plazo mi retentiva como que flaquea, así que no recuerdo con exactitud los argumentos de los relatos que se leyeron. Sí perdura, no obstante, la íntima impresión de que a la peña se le había ido la olla tres pueblos con los inventos revolucionarios y el betadine de pupa, pupa, pupa, situación límite, nervios crispados, Pablo solo ante el peligro de un niño en esa otra edad difícil
que va de los cero a los seis años.
Y otra vez a comer. Bea se había puesto el delantal, nos servía, decía que quería estar con nosotros y quería estar con su hermana, y yo pensaba: joder, que haga como Nines, o Ángeles, no sé, que en la clase de Ángel
apuntaba a esquizofrénica y si aprende a desdoblarse, quizá también Bea pueda estar en dos sitios al mismo tiempo. La propuesta de Ángel. Cuatro horas escasas. Gran expectativa. Hacía tiempo que tenía ganas de asistir a una clase suya y sigo con ganas. Porque me la salté. En mi afán por no interferir, al cabo de una hora aproximadamente, me levanté sigiloso y tuve la discreción de tirar la silla al suelo para que no se notara mi marcha. Para entonces, ya habían destripado a Marta, Pablo, Elia había confesado que dormía con María José, Natalia nunca olvidaba, tal vez Nacho leyó, recién incorporado a las jornadas, digo convivencias sin pañoleta, ese mediodía. Justo estaba empezando José Carlos cuando contuve un gentil corte de manga a lo que estaba viviendo como una encerrona y, depurando ya mi estilo, me
estampé contra el agua al lanzarme a la piscina y empecé a hacer largos hasta agotarme. Pasó tanto tiempo que no recuerdo si hice uno o dos. Es lo que nos pasa a los que tenemos una condición física envidiable. El resto del día se me fue haciendo el lila, a ratos bailaba en la fiesta, a ratos me sorprendía lo quietos que estaban tantos aviones en el cielo ("¡que son estrellas, coño! ¡Árboles y estrellas!", me informaron cuando volví al salón). Alfredo, Nines, Pilar, Germán, María, Juan... todos coincidían en gustos musicales y se repartían hostias por ver quién cambiaba de cedé primero. Llegado el momento de las sevillanas, Paloma y Goya, Marta y Nacho, Nacho y Goya se llevaron una ovación como no se recuerda. Si bien podría haber entrado al quite, los bailes de salón los aprendí en la escuela de Chiquito de la Calzada y fardar por fardar no me va. No soy de ésos.
Lo mejor sería dormir. Y no soñar. Que luego te aparecen negros, con o sin pai-pai, y Ángel te sienta a interpretarlos. Desperté a las ocho, me levanté a las ocho y media, a las diez ya me había dado tiempo a salpicar la base de la máquina de servir leche fresquita sin escaldarme la mano. Y no serían más de las once cuando Isa y Chema nos hicieron afilar los lápices de nuevo, esta vez para que nos los claváramos traperamente para competir en el I Concurso Somolinos de Relatos Desinhibidos. El mamoneo fue generalizado: relatos que excedían en más de una línea las quince fijadas como máximo, enchufados que presentaban sus textos con retrasos de hasta medio minuto, lecturas fluidísimas de relatos con caligrafía impecable y, superado el primer filtro, una merienda de negros al servicio de dos huevos fritos. El premio, a pesar del "tópico del cura asesino" (¿!), fue a parar a manos de Alicia, la única galardonada con la humildad y la categoría suficientes para pedirnos ella autógrafos a los demás, firmados con pulso de parkinson en el dorso de la lámina: Gustav Klimt para la negra victoriosa y gominolas para los demás adultos.
El resto es la última comida, un picoteo de despedidas y buenas intenciones, una insolación en la piscina mientras hablábamos de la película "Los idiotas" como cosa ajena (¿en qué momento abandoné la sombra del cerezo?), museos en París y en Barcelona, en el salón de mi casa: el cable del televisor aún conectando el discman con su correspondiente calculadora. Y videoforos, Juan pidiéndome al volante que le de collejas en la nuca, nombres que olvido de caras que recuerdo...
Y farolas, por fin aceras de frondosas farolas mientras las estrellas desaparecen y el cielo va cuajándose de aviones sobre mi buhardilla sin arroyo.
Un placer
David |