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Equipo de la Escuela: Jesús Fabregat
 
 
Cursos a distancia: Iniciación a la escritura creativa

Jesús Fabregat es técnico en informática por la Universidad Politécnica de Madrid.

Tras unos años entregado a los ordenadores, decidió mudarse a Cádiz donde trabaja como periodista, diseñador gráfico, traductor free-lance y profesor.

Ha dirigido la revista La Guía de Conil y ha traducido para editoriales como Mc Graw Hill o Espasa Calpe. Ha sido alumno en diferentes talleres de escritura en la Escuela de Escritores y en el libro colectivo Arena en los zapatos.

En 2007 publicó un relato en el libro A contrarreloj de la editorial sevillana Hipálage. Cuando echa de menos su antigua profesión, imparte cursos de ofimática para empresas.
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Entrevista a Jesús

Entrevista realizada a Jesús Fabregat en marzo de 2009
¿Qué te sugiere la frase «El escritor nace, no se hace»? ¿Crees que se puede aprender -y enseñar- a escribir?
El escritor, como el arquitecto, el submarinista o el conductor de monorraíles es un individuo que nace con unas pocas directrices genéticas y todo lo demás por aprender. No dudo que los condicionantes sociales y familiares nos empujan hacia distintas áreas del conocimiento, y nuestro periodo estudiantil puede marcarnos en cierta medida unos objetivos más o menos rígidos -aquella famosa elección entre ciencias y letras que nos vimos obligados a tomar hace ya mil años-, pero si me baso en mi ejemplo, estudiante de ciencias puras e informático de profesión, deduzco que algunas aficiones sobrevenidas, como la escritura, pueden cultivarse y perfeccionarse a cualquier edad, y sea cual sea la procedencia social, familiar o académica que arrastremos.

Para aprender a escribir es imprescindible leer mucho, leer de todo, pero si hay alguien que además nos ayuda en ese proceso y va limando aquello que nos sobra mientras potencia nuestras habilidades, el aprendizaje siempre será mejor, más rápido y con resultados más satisfactorios.


¿Qué significa para ti tu labor como profesor? ¿Cómo y por qué comenzaste a impartir clase?
La mayor parte de mi trayectoria laboral ha estado de una u otra forma relacionada con la docencia, por lo que tras asistir como alumno a varios cursos en la Escuela, me resultó muy natural pasarme al otro lado de la barrera y tratar de compartir con otros alumnos mi experiencia y los conocimientos que sobre escritura había adquirido en esos cursos. Ser profesor ha sido siempre para mí una tarea casi natural, y no creo que haya muchas sensaciones tan gratificantes como la que te transmiten los alumnos en agradecimiento a tu labor.

¿Cuál es tu relación con el resto del equipo de la Escuela?
A muchos de ellos les conocía antes incluso de ser alumno, y esa fue una de las motivaciones que me ayudaron a insertarme en ese claustro con más facilidad que dudas. A los demás los voy conociendo poco a poco, comparto con ellos experiencias y conocimientos a través del foro común en el que me encuentro bastante cómodo, así que por esa parte mi experiencia es del todo positiva.

¿Cuáles son las peculiaridades de tu metodología, aparte de la mecánica común a todos los talleres? ¿Te sientes libre a la hora de aplicar tu criterio pedagógico?
Desde el primer día procuro que mis grupos sean más una pandilla que una clase, y para ello trato de generar un ambiente relajado, cómodo y que nos ayude a todos a leer, comentar y discutir dentro de unas reglas básicas de respeto y compañerismo. Quizá esa confianza y el buen ambiente que promuevo en mis grupos me permiten a cambio ser todo lo estricto e incisivo que considero oportuno cuando comento los ejercicios de los alumnos. Intento que mis críticas y sugerencias se acepten y/o se discutan en público, como una parte más de ese proceso de aprendizaje en el que procuro que se sumerjan todos los que comparten curso conmigo.

¿Qué les pides a tus alumnos cuando comienza el curso? ¿Y cuando termina? ¿Cuál es tu nivel de exigencia?
Pedir, en realidad, no les pido nada; de hecho suelen ser ellos los que me piden consejo, crítica o consulta sobre los textos que me envían. Más bien soy persona de sugerir, y mis sugerencias iniciales se centran sobre todo en la apertura de mentes, en olvidar en lo posible las experiencias anteriores con el mundo de la docencia, que tantos miedos y distancias han generado en muchos de ellos. Trato de animar a mis alumnos a que escriban sin miedo a la crítica —constructiva, procuro insistir en ello— y a que comenten libremente las impresiones que les transmiten los ejercicios de sus compañeros. A medida que avanza el curso me vuelvo algo más exigente y procuro que ese nivel de exigencia se extienda por todo el grupo, tanto a la hora de escribir como cuando se lanzan a comentarse entre ellos.

¿Qué clima te gusta y procuras que se cree en tus grupos de trabajo?
Ya te he comentado que procuro generar un clima de compañerismo y buen ambiente en todos mis grupos, porque cuanta más confianza y relajación se transmita en cada mensaje, más libertad creativa se va a generar para el siguiente ejercicio, y si los alumnos se encuentran cómodos y con libertad para escribir y comentar, más fácil será que se expresen con toda la naturalidad y confianza que requiere un ejercicio creativo.

Una de las cosas que más me sorprenden y satisfacen de los cursos es la hermandad que se genera, la amistad que termina surgiendo entre todos los miembros del grupo, una relación que acaba traspasando el umbral docente y suele generar amistades sinceras y duraderas.


¿Consideras la enseñanza como un intercambio? ¿Qué te enseñan tus alumnos?
Toda relación con otros seres humanos es positiva, y la que trato de conseguir en mis grupos es además enriquecedora, porque no creo que haya escritores que no tengan nada que aprender, y desde luego no hay profesores que lo sepan todo. Cuando leo los ejercicios de mis alumnos siempre descubro algún giro interesante, una metáfora que me llama la atención o la descripción de un personaje que añadiría sin dudarlo a alguna de mis creaciones. Decididamente se aprende al compartir, y esa es la característica principal que trato de imprimir en mis cursos.

¿Cuáles son las cualidades necesarias, según tu opinión, para ser un buen profesor de un taller?
Tanto en un taller literario como en un aula universitaria o en un jardín de infancia, el profesor ha de ejercer un papel central, moderador y en algún sentido de imagen en la que reflejarse. Un buen profesor debe saber escuchar, ante todo, y también debe tener la habilidad suficiente para hacer que sus alumnos se sientan a gusto con el entorno, con los compañeros y con las críticas recibidas.

Dentro de tu campo didáctico, ¿en qué partes te gusta profundizar?
Desde el principio trato de adoptar la figura de un lector experimentado que radiografía lo que lee y sugiere cambios y mejoras en el texto que envían los alumnos. No estoy demasiado preocupado por el estilo o la ortografía -para eso hay otros cursos más adecuados-, pero sí suelo hacer hincapié en la credibilidad de los textos y en la visibilidad del entorno en el que se desarrollan, porque es ahí donde más crítico me vuelvo cuando estoy leyendo cualquier tipo de obra literaria, tanto si es de un alumno primerizo como si la firma una de las vacas sagradas internacionales.

¿Qué opinas de los concursos literarios? ¿Y del afán de publicar?
La verdad es que hasta la fecha nunca me he visto tentado por el gusanillo de los concursos, aunque reconozco que son un magnífico trampolín para dar a conocer la obra de un neófito. A mis alumnos no les animo a concursar a menos que ellos me lo pidan de forma explícita. El afán de publicar es algo natural en un escritor, como el de edificar para un arquitecto o el de exponer para un pintor, pero de ninguna forma debe colocarse en la cima de las prioridades, porque lamentablemente, al menos en España, se publica muchísimo más de lo que se lee, y bastante más de lo que merece ser leído. Por suerte, esa ansia natural por compartir lo escrito con los demás se puede satisfacer sin dificultad gracias a los blogs, y quizá esa herramienta puede saciar, al menos temporalmente, esa inquietud editorial que acompaña a cada escritor en ciernes.

¿Cómo compaginas la labor como profesor con tus propias creaciones?
La creación —literaria o de cualquier otro tipo— no es amiga de horarios ni máquinas de fichar, por lo que procuro ser más constante y estricto con la labor docente que con la creativa, y aunque siempre ando con la Moleskine en un bolsillo y la mente abierta por lo que surja, trato de ser estricto con las clases y anárquico con los relatos propios.

¿Cuál es tu escritor favorito? ¿Por qué? ¿Qué libro estás leyendo en la actualidad?
No sabría contestarte a la primera pregunta, porque encumbrar a uno me resultaría casi como ofender a algunos más —aunque no demasiados—, y mucho menos a la segunda, que depende casi más de mi estado anímico a la hora de sentarme frente al libro que de razonamientos más puros y académicos. Creo que podría considerarme como un lector ecléctico y obsesivo; lo primero porque estoy abierto a casi todos los géneros y generaciones —disfruto tanto de Vargas Llosa como de Murakami, y en mi mesa de lectura conviven sin demasiados problemas Auster, Vila-Matas y el mismísimo Nerón—, y lo segundo porque soy capaz de sumergirme en las aventuras del comisario Montalbano de Camilleri y no parar hasta haber devorado la última entrega del italiano.

Hace años que publicas en un blog tus relatos y otros textos que se te ocurren. ¿Crees que los blogs son una buena herramienta para escritores noveles?
Sin duda lo son. Antes, cuando un escritor trataba de dar a conocer su obra, no tenía más remedio que tirar de fotocopias, imprentas o carísimas autoediciones; hoy en día cualquiera puede publicar de forma gratuita, sencilla y con un abanico potencial de lectores inimaginable hace un par de décadas. De hecho es una de las sugerencias que dejo caer a mis alumnos a mitad de curso, como acicate para escribir, perfeccionar y acostumbrarse a las críticas ajenas.

Entre otras muchas cosas has recorrido medio mundo en moto y has criado caracoles, un día te fuiste de vacaciones al mar y al final lo dejaste todo y ahí te quedaste para siempre... ¿Crees, como Voltaire, que para escribir algo interesante hay que vivir de forma interesante?
Nunca he terminado de creerme eso de la reencarnación, así que supongo que lo que no vivamos ahora va a ser difícil descubrirlo después. También estoy convencido de que para escribir hay que vivir —somos lo que vivimos y escribimos como somos—, que hay pocas obras maestras que se gesten tras la mesa de un despacho. De hecho, creo que la imaginación pura no existe; se genera en nuestra mente como combinación de todo lo que hemos visto, oído y saboreado a lo largo de nuestra vida. Es ahí donde nacen las buenas historias.



 
 
 
   

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