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Equipo de la Escuela: Isabel Cañelles
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| Entrevista realizada a Isabel Cañelles en diciembre, 2007 |
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¿Qué te sugiere la frase «El escritor nace, no se hace»? ¿Crees que se puede aprender -y enseñar- a escribir? |
La frase me suena a topicazo decimonónico. Creo que se puede enseñar y aprender a casi cualquier cosa en este mundo. Creo que la clave para enseñar está en haber aprendido, a tu vez, aquello que enseñas, y ser muy consciente de ese proceso, revivirlo constantemente. Y la clave para aprender está en asumir el momento del aprendizaje en el que estás y en encontrar al maestro adecuado para esa etapa.
La complicación tanto de enseñar como de aprender está precisamente, a mi modo de ver, en saber captar esa etapa del aprendizaje en la que se encuentra la persona. Hay malos profesores que tratan de enseñar al alumno a pintar la carrocería cuando aún no sabe apretar tuercas, y malos alumnos que pretenden que les ayuden a meter un gol cuando aún no saben manejar el balón. Los malos alumnos tienden a juntarse con los malos profesores, y así perpetúan el autoengaño.
La facilidad -innata o no- para desarrollar cualquier actividad artística (eso a lo que llamamos talento) de nada nos servirá si no sabemos dar el paso que nos corresponde en ese momento. He visto a muchas personas talentosas estancadas en la autocontemplación. Y, sin embargo, la falta de habilidad puede ponerse a nuestro favor si sabemos aceptar nuestro grado de torpeza, vamos a la clase de parvulitos en lugar de a la de postgrado, y empezamos, pasito a paso y con constancia, desde cero.
En definitiva, se puede enseñar y aprender a nadar, a escribir o a ser mejor persona. No es fácil -¿quién dijo lo contrario?-. Siempre tendemos a querer estar dos pasos más allá -o más acá- de donde estamos realmente, con lo que hay un descuadre que nos hace ir un poco a la deriva, y esa tendencia también hay que tenerla en cuenta a la hora de enseñar, y a la hora de aprender. No somos perfectos. Y en eso radica también la belleza artística, en que al final uno da en el clavo un poco por casualidad, llevado más por el instinto que por la razón. Pero para dar en el clavo, antes hay que haber pegado martillazos hasta la extenuación. Y más vale pegar martillazos en la pared donde se encuentra el clavo que en la habitación de al lado.
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¿Qué significa para ti tu labor como profesor? ¿Cómo y por qué comenzaste a impartir clase? |
Me es muy difícil contestar a esa pregunta, porque tengo sentimientos muy contradictorios con respecto al oficio de enseñar. Empecé a dar clase a distancia en el Taller Fuentetaja hace como quince años. Pensaba que tenía cosas interesantes que mostrar, y a la vez me sentía una estafadora. En serio. En realidad, como profesora siempre siento que no estoy lo suficientemente capacitada para conseguir que mis alumnos hagan notorias mejoras. Me parece un oficio tremendamente serio, como el de un cirujano que si corta donde no debe puede acabar con la vida de alguien; en este caso con la ilusión y el deseo de continuar aprendiendo de los alumnos.
Cuando comencé a dar clases, esta sensación se unía a que yo estaba animando a mis alumnos a avanzar por terrenos que yo misma no había explorado. Y es que yo, en realidad, no me atrevía a escribir. Esa sensación de estarles engañando fue lo que me llevó a apuntarme a clases de relato con Enrique Páez. Y ahí empecé a desarrollar en la práctica lo que más o menos tenía claro en la teoría. O sea, nada que ver. Por eso ahora pienso que quien nunca ha desarrollado un oficio es difícil que se lo enseñe bien a otro. Cuando yo no escribía, podía realizar comentarios bastante ajustados de un texto cualquiera (porque para eso, más que escribir, hay que saber leer y analizar textos, y yo había leído mucho, había hecho la carrera de Filología Hispánica y sabía distinguir la mala de la buena literatura). Pero es que para ser un buen profesor de relato no basta con eso. No se trata de decir todo lo que falla en un relato (yo era especialista en eso al principio, en machacar relatos), sino que muchas veces tienes que decir solo una de las cosas que fallan en un cuento (la más básica), otras veces tienes que decir solo la parte buena, otras tienes que decir dos fallos y un acierto… Casi es más importante saber callar que saber hablar. Depende del momento del curso, de la etapa por la que esté pasando el alumno, de su carácter… de tantas cosas. Y eso solo lo puedes saber cuando tú mismo has pasado horas y horas delante de un papel tratando de sacar adelante tu historia. Lo otro es ser un buen académico, un buen crítico o un buen profesor de literatura, pero no un buen profesor de relato.
Aun con la experiencia, el primer día de clase siempre me siento fatal. Soy muy tímida, y no me gusta hablar en público. Y la gente deposita en ti tantas expectativas y tanta confianza… y a veces también tanta frustración y tanta desconfianza… Todo a la vez. Y eso a mí me pesa, porque lo palpo en el ambiente. Pienso: "Ellos se creen que yo sé un montón de cosas, que les voy a enseñar cómo se escribe un buen relato. Y yo en realidad no sé nada. No soy esa persona erudita que ellos se creen que soy o que buscan. Soy una persona con miles de lagunas que no se molesta en leer el periódico ni a Juan José Millás, que solo les puedo mostrar cómo sacar un poco de partido de las propias limitaciones".
Cuando doy clase me siento a prueba, hasta que una persona lee lo que ha escrito, y yo me zambullo en la escucha, y cuando termina la miro a los ojos y empiezo a hablar, y no le digo cosas razonables ni sensatas ni eruditas, sino lo que me sale de dentro. Empiezo a gesticular con las manos, porque a veces no me salen ni las palabras. Trato de hacerme entender desesperadamente, con los ojos, con las manos, con los pies… Y ya dejo de sentir miedo. Pasan las dos horas de clase, y acabo exhausta, como si acabara de correr una maratón. Y como vacía, como si les hubiera dado todo, mi vida, mi persona, mi intimidad, todo, a mis alumnos. Es maravilloso, mágico y terrible. Dar clase, aunque sean dos horas semanales, me consume tanta energía que me lo pienso mucho antes de coger un curso. Por ejemplo, ahora con mis dos hijos pequeños y tratando de sacar tiempo para escribir, no me encuentro con fuerzas para dar clase. Pero también lo echo tanto de menos… Es maravilloso y terrible. Es mi pasión y mi terror. Soy yo.
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¿Cuál es tu relación con el resto del equipo de la Escuela? |
Joder, vaya pregunta. Con el equipo de la Escuela… Me suena tan frío… Y eso que yo misma fabriqué esa pregunta :-D. Así, en conjunto, el equipo de la Escuela me da miedo, como todos los equipos. Para mí existen personas, y con cada una me relaciono por separado. Cuando se juntan me suelo sentir perdida, apabullada. Recuerdo que cuando dejé la dirección de la Escuela me organizaron -me organizasteis- una cena sorpresa. Yo creía que iba a cenar con un par de amigos, y me encontré treinta o cuarenta personas mirándome fijamente. Lo pasé fatal, qué voy a hacerle. Me hizo mucha ilusión, pero lo pasé fatal. También me pasó eso en mi boda, en todos mis cumpleaños y en los de mis hijos. Soy un desastre para eso. Soy tímida y los grupos me abruman, como entrar en una librería con tantos estantes y millones de libros estupendos que uno no sabe ni por dónde empezar… En el foro de profes todo el mundo me felicitó por el premio que gané. Y yo ni siquiera contesté. Afortunadamente, los aprecio tanto a todos por separado que espero que en grupo sean capaces de perdonarme mi falta de modales.
¿Qué más puedo decir? Muchos de mis mejores amigos están en el equipo de la Escuela. A muchos de ellos los conocí en la lista de Escritura Creativa que yo misma creé. No sé. Para mí no es un equipo, son Germán, Javi, Marianuki, Chiki, Dani, Nines, Nacho, Enrique V, Inés la Reyna… Los quiero, son mi familia. Me he enfadado con ellos muchas veces y me he reconciliado otras tantas. Todos llamaban a todas horas cuando se murió mi suegro y nació mi hijo, mandaban mensajes, venían a ayudarnos, me abrazaban, me llevaban flores al hospital. ¿Qué voy a decir? Si digo más, me echo a llorar. Para mí la Escuela no es un equipo, es mi vida.
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¿Cuáles son las peculiaridades de tu metodología, aparte de la mecánica común a todos los talleres? ¿Te sientes libre a la hora de aplicar tu criterio pedagógico? |
Mi metodología tiene mucho que ver con el nivel del grupo y con las personas que lo forman. Y también con lo que voy aprendiendo de ellos. Creo que no he dado un curso igual que otro. Me aburriría mortalmente, y eso se me notaría, y al final todos nos aburriríamos mortalmente. Para mí enseñar es toda una aventura. Llego el primer día con unas notas preparadas (porque soy tan insegura que siempre tengo que prepararme mucho las clases). Pero sobre todo tomo notas. Hago que la gente hable. Para mí, cuanto más hablan los alumnos y menos yo, más éxito está teniendo el curso. Son ellos los que tienen que ir encontrando su camino, e ir ayudándose unos a otros; yo solo doy algunas guías, indicaciones para que no se desvíen de su -propio- objetivo. Me gusta que el primer día los alumnos me hablen de ellos, de su trabajo, de sus aficiones y, sobre todo, de lo que quieren alcanzar con el curso. A veces, en algún grupo, les he puesto de deberes que confeccionen una lista de objetivos concretos que quieren alcanzar. Luego la hemos revisado a final de curso, y es curioso cómo ha cambiado la perspectiva y cómo ellos mismos saben sacar las conclusiones de lo que han logrado, de lo que han aprendido y de lo que les queda por aprender.
Por lo demás, la metodología se va haciendo sola. Yo estoy a la entera disposición de mis alumnos con todo lo que soy y lo que sé, y ellos se van sirviendo según lo van necesitando. No siempre se trata de asuntos "literarios"; a veces son asuntos vitales, de enfoque del mundo. Cuando alguien escribe un tópico, es porque está mirando un aspecto del mundo a través de un tópico. Y eso es justo lo que NO tiene que hacer un escritor. En esas ocasiones hablamos sobre la vida, porque la escritura es la vida y la vida es la escritura. Por eso nos solemos hacer muy amigos. Se alcanza un grado de intimidad al que no se suele llegar en otro tipo de cursos.
No obstante, hay algunas cosas básicas. Las clases me gusta dedicarlas a la práctica, a que lean sus textos y se los comenten unos a otros (siempre ellos antes que yo). Si sobra tiempo, suelo hacer algún ejercicio sencillito en clase para señalar este o aquel punto importante (tengo muchísimos ejercicios en mi carpeta que voy sacando cuando hay tiempo). También me gusta que lean los materiales en casa, y en cada clase lo primero que pregunto es: "¿Os habéis leído los materiales? ¿Hay alguna duda?". Y los comentamos un ratito. Me parece importantísimo que se lean los materiales, porque es la base teórica que luego van a tener que llevar a la práctica. Lo cual, por supuesto, es imposible, pero así es justo como se va aprendiendo. Cuando se quieren dar cuenta, les está saliendo fatal la propuesta de esa semana, pero han absorbido perfectamente la teoría de hace un mes.
A las propuestas de trabajo les doy una importancia relativa. Me parece importante que traten de ceñirse en principio a la propuesta, es decir, que focalicen la atención en un aspecto concreto de la escritura (la metáfora de situación, el punto de vista del narrador, o lo que toque), porque así es como van integrando cada tema teórico. Pero sin exagerar. No acepto como excusa lo de "Es que como la propuesta decía…". Lo mejor que puede ocurrir cuando estás escribiendo es que el relato se te vaya de las manos y que los personajes echen a correr de punta a punta del mundo ficcional; es bueno dejarse llevar por esa especie de catarsis y no amordazarse o limitarse en aras de la propuesta. Tampoco acepto como crítica: "El relato está bien, pero no se ajusta a la propuesta". La propuesta puede servir como punto de arranque, pero luego me gusta analizar los textos al margen de eso.
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¿Qué les pides a tus alumnos cuando comienza el curso? ¿Y cuando termina? ¿Cuál es tu nivel de exigencia? |
Creo que soy bastante exigente -y mis ex alumnos también lo creen-, pero no tanto en cuanto al nivel literario que tengan los textos, sino en cuanto a otros aspectos que la gente no se suele esperar. Soy exigente en cuanto al autoengaño. No me gusta que mis alumnos se engañen con falsas pretensiones ni se nieguen a aceptar el punto en el que se encuentran. A veces eso me hace perder alumnos. Si veo que una persona no trabaja (es decir, no escribe o escribe poquísimo) o escribe mucho pero insiste una y otra vez, a pesar de mis indicaciones, en montarse una película mental autocontemplativa, perpetuando los errores, esa persona se suele quedar de lado en la clase de forma natural, y concentro mis energías en la gente que sí quiere avanzar y se lo curra. Con independencia de que esa persona escriba mal, regular o estupendamente. Desde el primer día dejo muy claro que para poder ayudarles y hacer un seguimiento adecuado de cada alumno, tienen que escribir, dedicarle tiempo a la escritura, leerse los materiales y seguir, en la medida de lo posible, mis indicaciones. En otro caso, están perdiendo el tiempo o quizá necesiten un apoyo psicológico más que un profesor de escritura creativa. Es la única forma en que yo puedo garantizar un avance. A veces me quedo con pocos alumnos, porque no todas las personas aguantan esas pautas. Pero prefiero eso que estar mareando la perdiz, la verdad.
En cuanto a las críticas, creo que me he ido volviendo más blanda con el tiempo. Prefiero ir muy poquito a poco. Es una tontería reparar en todos y cada uno de los fallos de matiz de un relato cuando, por ejemplo, esa persona todavía no sabe aplicar las unidades narrativas o no tiene conciencia de la diferencia entre narrador y personaje. De modo que hago un trabajo de dentro afuera. Primero hay que colocar el esqueleto, luego hurgar en las vísceras y, por último, masajear las contracturas musculares. Y siempre trato de reforzar la parte positiva del texto. Porque siempre, hasta en el peor de los textos, hay un lado positivo, y es importante sacarlo a flote para que el alumno sea consciente también de sus aciertos, pierda el miedo a lanzarse al ruedo y los realce en los siguientes ejercicios. También a veces, cuando de pronto hay un salto notorio hacia delante en el aprendizaje, es importante destacar únicamente el avance que se ha dado, aunque el texto diste de ser perfecto. Otras veces es al contrario, me encuentro con relatos estupendos, pero veo necesario destacar los pocos puntos flacos que tengan, para que el alumno no se estanque. Pero por lo general, me parece muy importante no desanimar a la gente que trabaja; cada uno tiene, además, su ritmo, y yo procuro amoldarme al de cada persona. No obstante, no en balde me apodaron en cierta ocasión "La Niña de los Peros", porque después de decir lo positivo de un relato, siempre suelo añadir la coletilla "pero…".
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¿Qué clima te gusta y procuras que se cree en tus grupos de trabajo? |
Procuro que se cree un clima de confianza y de intimidad. Para ello, yo soy la primera que pongo las cartas bocarriba. Es normal que hable en las clases de mis hijos, de mis amigos o de mi madre, de mis relatos, de mis frustraciones y de mis limitaciones, de mis sentimientos o de mis inquietudes. Quienes llegan por primera vez a un taller literario suelen ser terriblemente pudorosos, se avergüenzan de sus textos y del mismo hecho de escribir, porque socialmente nos han enseñado a eso.
A mí me parece que para escribir hay que ser bastante impúdico, saltarse a la torera los tópicos y lo políticamente correcto. Hay que ser valiente y atreverse a escribir cosas con la duda de si nos meterán en la cárcel por ello. Como ejemplo de esto, siempre recuerdo una primera sesión de taller, hace años, con el famoso ejercicio de "Me gusta, no me gusta", en que cierta persona tuvo el coraje de escribir, y leer en voz alta, "Me gusta mear en la ducha". Hubo un silencio cuando terminó de leer, pero de pronto empezaron a levantarse manos: "Vaya, pues yo tengo que reconocer que a mí también me gusta mear en la ducha"; "Y a mí"; "Y a mí también". Yo en aquel tiempo no meaba en la ducha, me parecía una guarrada; pero, oye, con el tiempo le he ido cogiendo el gustillo :-D Pues eso, para escribir bien tienes que atreverte a veces a mear en la ducha, aunque te parezca una guarrada.
También ocurre que la gente que empieza tiene miedo a contar cosas de su vida en los relatos, como si los demás fuéramos a saber si lo que escribe le ha ocurrido de verdad o se lo está inventando, y fuéramos a juzgarlo por ello; y también tiene miedo a inventarse cosas, por si los toman por locos. Total, que al final se crea una parálisis que convierte los textos en mazacotes de cemento, en topicazos que no hay quien digiera. Para que los alumnos se sacudan esos prejuicios -y todo tipo de prejuicios- es importante que se cree un clima de confianza y de diálogo, en el que se sientan libres para decir y escribir lo que les dé la real gana sin que nadie los mire de través. Para eso también viene bien irse a tomar una cañita -o una fanta de naranja- después de las clases; eso distiende bastante la cosa.
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¿Consideras la enseñanza como un intercambio? ¿Qué te enseñan tus alumnos? |
Considero que es el intercambio más bello que se puede dar, después del de padres e hijos. Además, en un terreno como el de la escritura creativa, que se ha ido inventando casi sobre la marcha, las aportaciones de los alumnos son fundamentales. A mí, por lo menos, me lo han enseñado todo sobre cómo debía enseñarles. Y siempre con un respeto y una delicadeza exquisitos.
Uno está cometiendo errores a todas horas cuando enseña. Y el hecho de que los alumnos te los hagan ver -de un modo u otro siempre te los hacen ver, a no ser que lleves una venda en los ojos- a la vez que aprecian lo que de bueno les puedes dar, es la forma más bonita de avanzar y de crecer, mano con mano. Se pasa mal, para qué negarlo, a todos nos cuesta aceptar los errores, pero también produce una satisfacción inmensa.
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¿Cuáles son las cualidades necesarias, según tu opinión, para ser un buen profesor de un taller? |
Creo que ya lo he ido diciendo a lo largo de las anteriores respuestas. Me parece importante haber vivido en tus carnes el proceso de la escritura, haber leído mucho, tener en cuenta que detrás de cada texto hay un ser humano que se ha dejado las entrañas en escribirlo, saber callarse, saber decir, saber hacer hablar a los demás, ver a cada alumno y su proceso de aprendizaje por separado, ser honesto contigo mismo y con las expectativas de tus alumnos, no dar cancha al autoengaño y no desanimar a quienes sí echan toda la carne en el asador. Por último, a mí personalmente me parece que debes mostrarte como eres, o sea, una persona como las demás, con sus más y sus menos, y bajar del burro a quien te pone en un pedestal como si fueras un semidiós. |
Dentro de tu campo didáctico, ¿en qué partes te gusta profundizar? |
En el personaje, sin ninguna duda. El personaje es mi pasión. Escribí un libro sobre el personaje, confeccioné un curso sobre el personaje y para mí no hay literatura sin personaje. Es el alma de la narrativa, su motorcito interno. Siempre insisto en la importancia de meterse dentro del personaje y que él, con sus deseos y motivaciones, te lleve de la mano por el mundo del relato. No me gusta hablar de la narrativa como algo frío y mecánico, compuesto de oraciones coordinadas y subordinadas, sino de la magia que, a través del lenguaje, te hace crear otros mundos, tan válidos como aquel en el que vivimos. |
¿Qué opinas de los concursos literarios? ¿Y del afán de publicar? |
Yo, a nivel personal, siempre he sido bastante escéptica con los concursos literarios, hasta que me presenté, hace poco, a unos cuantos, y gané uno. O, para decirlo de otro modo, estaba acojonada. Aun así, siempre he animado a mis alumnos a que se presenten. Ganes o no ganes, presentarte a un concurso significa poner todo de tu parte para hacer el mejor relato que puedes hacer en un momento dado, y eso es muy bueno. Y también es estar dispuesto a aceptar tus límites. Eso genera una motivación, y marca tus movimientos posteriores. Si te quedas siempre en el mundillo de los talleres, en que tus relatos solo los leen grupos reducidos, acabas estancándote. Escribir, entonces, y a no ser que te tomes la escritura como un simple hobbie, acaba convirtiéndose en una especie de adicción, como el fumar, en un círculo vicioso en el que te sientes acorralado. Los concursos literarios ayudan a sacarte de ahí, en un momento determinado, y los hay de muchos niveles y dotaciones, según el punto en el que estés. Es una buena forma de tomar contacto con el "mundo real". Esto de la escritura da para muchas fantasías e hipótesis, uno está pensando cada dos por tres que es la hostia, o que lo hace rematadamente mal, y es tan difícil a veces aceptar que ni una cosa ni la otra…
No obstante, hay que andarse con cuidado. Si te presentas a un concurso completamente convencido de que lo ganarás, te arriesgas a llevarte un palo tan gordo que te haga perder la ilusión. Hay que ser muy práctico, y saber utilizar todos los recursos que tienes a tu alcance a favor de tu vocación, y no en contra de ella.
En cuanto al afán de publicar, es un poco lo mismo. A mí me parece natural que el objetivo último de quienes se toman en serio el aprendizaje de la escritura sea publicar, de la misma forma que quien estudia música quiere dar conciertos, quien va a Bellas Artes querrá exponer sus cuadros y quien estudia arquitectura sueña con construir edificios. Y ese objetivo o deseo último es, además, el que te da fuerzas para ir dando los millones de pasitos que has de dar antes. Si te flaquea el deseo, lo más posible es que tires la toalla en el decimosexto escalón, porque la verdad es que este oficio, como cualquier otro, puede ser extremadamente coñazo en muchas ocasiones, y tienes que renunciar a muchas cosas estupendas en la vida para practicarlo en serio. Ahora, lo que no es bueno es pensar todo el tiempo que ya estás en el último escalón. Porque la jodida realidad -con perdón- es que no hay último escalón. Y como uses el afán de publicar para cegarte en lugar de para impulsarte lo vas a llevar muy mal. Aunque acabes publicando, fíjate lo que te digo. En este proceso, como en casi todos, el camino es la meta. Tienes que saber disfrutarlo, y de hecho ese último paso, el de publicar, siempre llega cuando ya estás tan metido en tus propias creaciones que ni te lo esperas, te pilla de improviso, como si te tocara la lotería de Navidad. La buena literatura habla por sí sola, se nota al instante que no está escrita "para ser publicada", sino que adquiere valor en sí misma. Es una paradoja, ya lo sé, pero es así. Se me quedó grabada una frase de la película "Million dolar Baby" que decía algo así como: "Apostar todo por un sueño en el que solo tú crees". Tienes que tener presente el final del camino, pero a la vez estar zambullido en cada instante de creación. Si haces así las cosas, mantienes viva la motivación y a la vez disfrutas del camino.
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¿Cómo compaginas la labor como profesor con tus propias creaciones? |
Como ya he dicho antes, me resulta complicado. Dar clase me absorbe muchas energías, se lo doy todo a mis alumnos, y además sé que solo puedo hacer las cosas de ese modo. Si tienes además otro par de asuntos en la vida -llamémosles hijos- que te absorben también muchas energías, es difícil que saques, además, las fuerzas suficientes para escribir. A mí escribir me duele. Puedo pasar ocho horas delante del ordenador para escribir un párrafo. Cada vez que me siento a escribir, además, tengo que leer todo lo que llevo escrito para poder zambullirme en la creación. En fin, tal como yo soy me es complicado dar clases, atender a mis hijos y escribir a la vez. Pero vamos, sé que lo intentaré, una vez más, porque las tres labores son vocacionales. |
¿Cuál es tu escritor favorito? ¿Por qué? ¿Qué libro estás leyendo en la actualidad? |
Siempre me he debatido entre Fernando Pessoa y Julio Cortázar. Las razones son obvias: porque son los mejores escritores de la historia de la literatura. Es broma. No sé, yo creo que tus preferencias literarias están muy marcadas por cómo han marcado tu vida. Yo sería otra sin Pessoa y Cortázar. A ambos los leí de adolescente, y con cada uno de ellos tuve mi historia de amor. Pessoa me enseño a sacar placer de la desesperanza. Cortázar me inyectó una dosis de alegría y optimismo que durará toda mi vida. Y ambos me han dado fuerza también para escribir, porque he vivido en carne propia que la buena literatura se cuela en la vida real de las personas para hacerlas crecer. Pensar que algún día a alguien le pueda ayudar lo que escribo para entender aspectos de la vida que de otra forma sería incapaz de captar me anima a seguir en este camino, como una mula tozuda.
Ahora me estoy leyendo el guión de "La vida secreta de las palabras", de Isabel Coixet. Últimamente me leo muchos guiones, porque yo misma estoy escribiendo un guión y me está costando horrores, no sé ni cómo me he metido en este berenjenal. De modo que trato de aprender lo que puedo de los maestros, porque mi cultura audiovisual es francamente deficiente.
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Eres la autora de muchas lecciones de los talleres de nuestra Escuela, y también de un clásico en la teoría de la escritura creativa, como La construcción del personaje literario (Editorial Fuentetaja): ¿en qué rol te encuentras más cómoda, en el de escritora o en el de teórica? |
Ahora mismo prefiero concentrarme en la ficción, aunque no se puede decir que sea lo más cómodo para mí. Al revés. Es terriblemente incómodo, como estar sentada constantemente sobre una cuchilla de afeitar. Pero no sé, no lo puedo evitar. Sigo mi instinto, y mi instinto me lleva por ahí. Además, al haber renunciado a cosas como la dirección de esta maravillosa Escuela para dedicarme a escribir ficción, en fin, me sentiría muy mal y muy cobarde si tirara por otros caminos no menos válidos, pero que para mí no serían ahora mismo sino vías de escape. He apostado por la ficción, he invertido mucho en esa apuesta, y no es el momento de echarme atrás, al margen de la comodidad. |
Hace poco se rodó un guión tuyo, "Sombras", un cortometraje dirigido por Jaime Bartolomé, después de ganar un pequeño concurso interno en el taller de guión cinematográfico en Madrid donde participabas como alumna: ¿es éste el campo en el que quieres ahondar dentro de tu carrera como escritora? |
De momento sí, al menos hasta que termine el guión que tengo entre manos. Llevo más de tres años a vueltas con él, y lo tengo que terminar ya por pura cabezonería. Yo me metí en esto del guión porque pensaba que, al ser mis relatos bastante visuales, me resultaría más fácil escribir guiones que narrativa. Incauta de mí, pensaba que así me ahorraba todos los quebraderos de cabeza estilísticos, y que me ventilaría la historia que tenía en la cabeza en pocos meses. Ja. En vaya hora. Después de varios años tratando de dar aunque solo fuera un mínimo grado de interés a mi historia, me di cuenta de que esto de los guiones no es lo mío. Que necesito el juego estilístico del lenguaje para fabricar historias, que es el lenguaje mismo el que me va llevando. Al escribir un guión, la técnica me devora. Me siento sitiada por un ejército de secuencias, escaletas, puntos de giro y yo qué sé qué más que me anulan la creatividad. De hecho, el año pasado decidí que tiraba la toalla y que me volvía al relato, porque realmente pienso que es lo mío. Pero Jaime Bartolomé, mi profe, me insistió tanto en que siguiera, y realmente disfruto y aprendo tanto en sus clases, que al final opté por terminarlo, a costa de la impresión constante de que me va a salir un bodrio. Ahora estoy más contenta, porque por fin he encontrado algo parecido al alma del guión. Como dice Jaime, antes tenía un esqueleto sin alma y ahora tengo un alma sin esqueleto. A ver si consigo sacar algo de todo este desbarajuste… Y cuando termine, ya veré lo que me pide el cuerpo, porque también tengo algunas ideas para relatos que me gustaría escribir. |
Has participado en dos concursos literarios y los dos los has ganado: hace unos años, te dieron un jamón en un concurso de la Cadena Ser, y ahora en septiembre recibiste el Premio Ciudad de Alcalá de narrativa breve con tu libro Los cuentos de amor ya no se llevan, premio otorgado antes a Luis Sepúlveda, Eduardo Mendicutti y Roberto Bolaño, entre otros. ¿Cuál será el siguiente concurso al que te presentes, para que así no nos presentemos el resto de escritores? |
Je, je, muy gracioso. Pues al ritmo que voy, no creo que me dé tiempo a presentarme a más de tres concursos en toda mi vida.
La verdad es que no sé qué será de mi vida dentro de un año, ni dentro de tres horas. Lo que sí que sé es que ganar el concurso Ciudad de Alcalá me ha centrado mucho en mi trabajo. Vamos, de hecho antes era incapaz de llamar "trabajo" a escribir. Uno de los mayores problemas que tenía era que cuando me sentaba a escribir tenía la sensación angustiante de estar perdiendo el tiempo. Siempre había cosas más importantes o más urgentes que hacer, de modo que pasaban los días y los meses y la angustia me devoraba por el otro costado, porque no había escrito ni una línea. Si uno tiene un trabajo con nómina o como autónomo, tiene que rendir cuentas cada mes, cumplir unos objetivos periódicamente si quiere que sigan contando con él. Pero esto de escribir no está reconocido socialmente como un trabajo, es como limpiar el baño o fregar los platos. Y el hecho de ganar el premio ha hecho que al menos yo le otorgue seriedad a lo que tengo entre manos. A veces es muy duro, porque llegan los niños de la guardería y me siento la peor madre del mundo por coger mi portátil e irme a un café a escribir algo que es como un sueño evanescente, que yo misma no sé ni lo que es ni a qué papelera va a ir a parar. Sin embargo, he comprobado que cuando hago eso -a pesar de sentirme una pésima madre- vuelvo a casa, abrazo a mis niños, me revuelco con ellos, les canto canciones mientras cenan… Y sin embargo, cuando puede en mí el sentimiento de obligación, vuelco sobre ellos mi rabia y mi frustración por no estar haciendo algo que es para mí como el aire que respiro.
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Y una última pregunta: después de un año de haber dejado la dirección de la Escuela de Escritores que tú misma fundaste, ¿qué sientes al ver cómo tu primer bebé, que fue esta Escuela, la hermana mayor de esas dos preciosidades que tienes de hijos, se va haciendo grande? |
Pues me siento como una madre que ha mandado a su hijo a la Universidad. A veces lo echo muchísimo de menos y me duele la separación. Otras veces me gustaría que me necesitara, como cuando era un bebé. En otras ocasiones respiro aliviada por la carga de responsabilidad que me he sacado de encima. Pero, ante todo, me siento orgullosa de verle crecer. Me siento feliz de haber dado con las personas adecuadas para que siga creciendo y aventurándose por nuevos caminos, formándose y formando a tantísimas personas… Para mí fue durísimo dejar la dirección de la Escuela, fue un largo proceso en el que me di cuenta de tantas cosas, la mayoría de ellas dolorosas… Pero después de todo eso, de tocarle el rostro a mis miedos y traspasarlos con la mano, sé que hice lo que tenía que hacer, que tratar de mantener a mi hijo a mi lado hubiera sido martirizarme a mí y martirizarlo a él; y también que darle una patada sin más hubiera sido una huida hacia ninguna parte.
También siento muchísimo agradecimiento por todos los que forman, los que son
la Escuela (al fin y al cabo, yo no he hecho más que dirigir durante unos años
una orquesta de buenos artistas): por los alumnos, porque sin su confianza e
ilusión esto sería un anfiteatro desierto; por los profesores, porque mira
que han invertido esfuerzo en formarse, en mejorar, en confeccionar los
mejores materiales posibles, en apoyar todas las iniciativas de la Escuela...
y en momentos muy difíciles, en que no recibían a cambio más que un tímido
"Gracias", y a veces ni eso; al grupo de socios (Javier, Germán, Nines, Dani
y Mariana), porque se han dejado -y se siguen dejando- buena parte de su
vida en este proyecto, y en ciertos momentos solo se han podido guiar por
una especie de fe ciega en que yo no les conduciría al abismo… Y le
agradezco en especial a Javier Sagarna que estuviera en todo momento
a la altura de las circunstancias cuando yo decidí marcharme de la
dirección, que supiera entender el proceso por el que pasé y me
acompañara hasta el final, hasta el momento en que le entregué
el relevo. No muchas personas están a la altura cuando las cosas
se ponen feas, muchas menos de las que nos imaginamos. Javier
lo estuvo -y hasta qué punto-, y por eso le estaré siempre agradecida. |
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| Publicaciones en papel de Isabel Cañelles |
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Libro de cuentos de Isabel Cañelles y Celia Herrero. Isabel Cañelles ha sido la directora de Escuela de Escritores desde 2002 a 2006. Imparte seminarios y conferencias sobre escritura creativa. |
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Título: Tiempo de alas
Autor: Isabel Cañelles y Celia Herrero. Ilustración de portada: Beatriz de Pedro.
ISBN: 84-95811-21-9
Características: 143 pág. 22x14 cm
Precio de venta: 11 €
Editado por: Editorial Alfasur
Fecha: febrero, 2004
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La construcción del personaje literario |
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Título: La construcción del personaje literario
Autor: Isabel Cañelles
ISBN: 84-95079-79-8
Características: 264 pág. 21x14 cm
Precio de venta: 16 €
Editado por: Ediciones de Escritura Creativa Fuentetaja
Fecha: 1999
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| Sinopsis Este estudio propone un recorrido que va desde la persona del escritor, a través del personaje literario, hasta la persona del lector y del escritor como lector. Se detiene a analizar, a lo largo del camino, las relaciones del personaje con los distintos elementos que componen el texto literario, la diferente forma en que el autor ha de introducirse en un personaje novelesco frente a un personaje de relato breve, las características esenciales que procuran vida a un personaje de ficción, así como las funciones que desempeña éste en el discurso narrativo.
«Con estos hilos Isabel Cañelles ha tejido un libro lleno de sensatez y de verdad literaria. De toda la historia de la literatura ha seleccionado un puñado significativo de ejemplos prácticos referidos a personajes bien y mal construidos, de buenas y malas palabras. No da fórmulas mágicas, porque eso en literatura no existe, pero su texto sí ayuda a agudizar los sentidos y a combatir esos vicios que acechan a todo aquel que se acerque a la escritura. Con este libro Isabel Cañelles enseña cómo hacer que un personaje que está clínicamente muerto resucite, haciéndole el boca a boca, mediante una transfusión de palabras, y ofrece, quizá sin proponérselo, ayuda y consuelo a todos aquellos aprendices de escritores que en este preciso instante venderían su alma al diablo por crear a un personaje inmortal de carne y hueso y que en cambio se encuentran en las manos con un huevo pintado de madera.» (Del prólogo de Eloy Tizón) |
Ocho profesores de escritura creativa de la Escuela nos muestran, transformados en cuentos, sus proyectos personales como escritores. El prólogo es de María Tena, y la fotografía de Rafa Turnes. |
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Título: Balas perdidas (Antología de nuevos narradores)
Autores: Ignacio Ayerbe, Alfredo Caminos, Isabel Cañelles, Ángeles Lorenzo, Jesús Pérez, Daniel Saavedra, Javier Sagarna y Mariana Torres.
ISBN: 84-934056-8-X
Características: 248 pág. 21x14 cm
Precio de venta: 15 €
Editado por: Adamar Ediciones
Fecha: junio, 2005
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| Sinopsis Isabel Cañelles, escritora y maestra de escritores, entra directamente en la historia, para llevar al lector sin
rodeos adonde quiere llevarle. Como los buenos toreros. El tema del doble tiene en este cuento un
nuevo significado: en los caminos del amor con sus baches y sus dobles direcciones, con sus aciertos y sus errores todos
somo más de uno.
¿Cuántos de nosotros no nos hemos sentido alguna vez como la protagonista de
este relato? Y, ¿qué es escribir si no podemos vivir todas nuestras Glorias al mismo tiempo y sin que
nos metan en un manicomio? Me gustan las metáforas sugeridas que propone la autora y ese juego
del diente mellado de Vázquez que raspa en algún sitio cerca de la ingle. |
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| Publicaciones electrónicas de Isabel |
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| Premios literarios de Isabel Cañelles |
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 2007: Ganadora del XXXVIII Premio de Narrativa Ciudad de Alcalá |
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