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| T
E X T O S D E E S C R I T O R E S
S O B R E L A C R E A C I Ó
N L I T E R A R I A |
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| LAS
GRANDES HISTORIAS - ARUNDHATI ROY |
domingo,
30 de septiembre de 2001 19:37 |
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Hola, estaba leyendo un rato y me he topado con un fragmento
que quería compartir con vosotros. Es de "El
dios de las pequeñas cosas", de Arundhati
Roy. Cris, comentaste que lo habías leído,
y que te había decepcionado el que se metiera en
harinas trágicas. Creo que estoy de acuerdo contigo,
aunque aún no lo he terminado. Me pone un poco nerviosa
lo de que esté todo el rato intentando mantenerte
en vilo con el anuncio de la Gran Tragedia, como si no se
diera cuenta de que es suficiente con su forma especialísima
de describir la realidad circundante y las pequeñas
acciones diarias (justo como dice el título, por
otra parte). Sin embargo, me alegro mucho de haberlo pillado
por banda. Lo estoy disfrutando de verdad (a pequeños
sorbos, eso sí, como esta tarde).
>>
No importaba que la historia ya hubiese empezado, porque
hacía tiempo que el kathakali había descubierto
que el secreto de las Grandes Historias es que no tienen
secretos. Las Grandes Historias son aquellas que ya se
han oído y se quiere oír otra vez. Aquellas
a las que se puede entrar por cualquier puerta y habitar
en ellas cómodamente. No engañan con emociones
o finales falsos. No sorprenden con imprevistos. Son tan
conocidas como la casa en la que se vive. O el olor de
la piel del ser amado. Sabemos cómo acaban y, sin
embargo, las escuchamos como si no lo supiéramos.
Del mismo modo que, aun sabiendo que un día moriremos,
vivimos como si fuéramos inmortales. En las Grandes
Historias sabemos quién vive, quién muere,
quién encuentra el amor y quién no. Y, aun
así, queremos volver a saberlo.
Ahí radica su misterio y su magia.<<
*El
dios de las pequeñas cosas*, Arundhati Roy, Ed.
Anagrama, 1998.
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| EL
DASAFÍO DE LA CREACIÓN - JUAN RULFO |
viernes,
23 de noviembre de 2001 17:52 |
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Hola:
Os envío
este artículo de Juan Rulfo, del curso de Novela,
que me ha parecido interesantísimo:
El
desafío de la creación, de Juan
Rulfo
Desgraciadamente
yo no tuve quién me contara cuentos; en nuestro pueblo
la gente es cerrada, sí, completamente, uno es un
extranjero ahí.
Están
ellos platicando; se sientan en sus equipales en las tardes
a contarse historias y esas cosas; pero en cuanto uno llega,
se quedan callados o empiezan a hablar del tiempo: "hoy
me parece que por ahí vienen las nubes..." En
fin, yo no tuve esa fortuna de oír a los mayores
contar historias: por ello me vi obligado a inventarlas
y creo yo que, precisamente, uno de los principios de la
creación literaria es la invención, la imaginación.
Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso,
la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación
de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los
principios fundamentales de la creación.
Considero que hay tres pasos: el primero de ellos es crear
el personaje, el segundo crear el ambiente donde ese personaje
se va a mover y el tercero es cómo va a hablar ese
personaje, cómo se va a expresar. Esos tres puntos
de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia;
ahora, yo le tengo temor a la hoja en blanco, y sobre todo
al lápiz, porque yo escribo a mano; pero quiero decir,
más o menos, cuáles son mis procedimientos
en una forma muy personal. Cuando yo empiezo a escribir
no creo en la inspiración, el asunto de escribir
es un asunto de trabajo; ponerse a escribir a ver qué
sale y llenar páginas y páginas, para que
de pronto aparezca una palabra que nos dé la clave
de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello. A veces
resulta que escribo cinco, seis o diez páginas y
no aparece el personaje que yo quería que apareciera,
aquel personaje vivo que tiene que moverse por sí
mismo. De pronto, aparece y surge, uno lo va siguiendo,
uno va tras de él. En la medida en que el personaje
adquiere vida, uno puede, entonces, ver hacia dónde
va; siguiéndolo lo lleva a uno por caminos que uno
desconoce pero que, estando vivo, lo conducen a uno a una
realidad, o a una irrealidad, si se quiere. Al mismo tiempo,
se logra crear lo que se puede decir, lo que, al final,
parece que sucedió, o pudo haber sucedido. Entonces,
pensar en qué sabe uno, qué mentiras va a
decir; pensar que si uno entra en la verdad, en la realidad
de las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído,
está haciendo historia, reportaje.
A mí me han criticado mucho mis paisanos que cuento
mentiras, que no hago historia, o que todo lo que platico
o escribo, dicen, nunca ha sucedido y así es. Para
mí lo primordial es la imaginación; dentro
de esos tres puntos de apoyo de que hablábamos antes
está la imaginación circulando; la imaginación
es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde
se cierra el círculo; hay una puerta, puede haber
una puerta de escape y por esa puerta hay que desembocar,
hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama
intuición: la intuición lo lleva a uno a pensar
algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo
en la escritura. Concretando, se trabaja con: imaginación,
intuición y una aparente verdad. Cuando eso se consigue,
entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer:
el trabajo colectivo en la literatura, y esa soledad lo
lleva a uno a convertirse en una especie de médium
de cosas que uno mismo desconoce, pero sin saber que solamente
el inconsciente o la intuición lo llevan a uno a
crear y seguir creando. Creo que eso es, en principio, la
base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar.
Ahora, hay otro elemento, otra cosa muy importante también
que es el querer contar algo sobre ciertos temas; sabemos
perfectamente que no existen más que tres temas básicos:
el amor, la vida y la muerte. No hay más, no hay
más temas, así es que para captar su desarrollo
normal, hay que saber cómo tratarlos, qué
forma darles; no repetir lo que han dicho otros. Entonces,
el tratamiento que se le da a un cuento nos lleva, aunque
el tema se haya tratado infinitamente, a decir las cosas
de otro modo; estamos contando lo mismo que han contado
desde Virgilio hasta no sé quiénes más,
los chinos o quien sea. Mas hay que buscar el fundamento,
la forma de tratar el tema, y creo que dentro de la creación
literaria, la forma (la llaman la forma literaria) es la
que rige, la que provoca que una historia tenga interés
y llame la atención a los demás. Conforme
se publica un cuento o un libro, ese libro está muerto;
el autor no vuelve a pensar en él. Antes, en cambio,
si no está completamente terminado, aquello le da
vueltas en la cabeza constantemente: el tema sigue rondando
hasta que uno se da cuenta, por experiencia propia, de que
no está concluido, de que hay algo que se ha quedado
dentro; entonces hay que volver a iniciar la historia, hay
que ver dónde está la falla, hay que ver cuál
es el personaje que no se movió por sí mismo.
En mi caso personal, tengo la característica de eliminarme
de la historia, nunca cuento un cuento en que haya experiencias
personales o que haya algo autobiográfico o que yo
haya visto u oído, siempre tengo que imaginarlo o
recrearlo, si acaso hay un punto de apoyo. Ése es
el misterio, la creación literaria es misteriosa,
pero el misterio lo da la intuición; la intuición
misma es misteriosa, y uno llega a la conclusión
de que si el personaje no funciona, y el autor tiene que
ayudarle a sobrevivir, entonces falla inmediatamente. Estoy
hablando de cosas elementales, ustedes deben perdonarme,
pero mis experiencias han sido éstas, nunca he relatado
nada que me haya sucedido; mis bases son la intuición
y, dentro de eso, han surgido lo que es ajeno al autor.
El problema, como les decía antes, es encontrar el
tema, el personaje y qué va a hacer ese personaje,
cómo va a adquirir vida. En cuanto el personaje es
forzado por el autor, inmediatamente se mete en un callejón
sin salida. Una de las cosas más difíciles
que me ha costado hacer, precisamente, es la eliminación
del autor, eliminarme a mí mismo. Yo dejo que aquellos
personajes funcionen por sí y no con mi inclusión,
porque entonces entro en la divagación del ensayo,
en la elucubración; llega uno a meter sus propias
ideas, se siente filósofo, en fin, y uno trata de
hacer creer hasta en la ideología que tiene uno,
su manera de pensar sobre la vida, o sobre el mundo, sobre
los seres humanos, cuál es el principio que movía
las acciones del hombre. Cuando sucede eso, se vuelve uno
ensayista. Conocemos muchas novelas-ensayo, mucha obra literaria
que es novela-ensayo; pero, por regla general, el género
que se presta menos a eso es el cuento. Para mí el
cuento es un género realmente más importante
que la novela, porque hay que concentrarse en unas cuantas
páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar,
hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco
al poeta, al buen poeta. El poeta tiene que ir frenando
el caballo y no desbocarse; si se desboca y escribe por
escribir, le salen las palabras una tras otra y, entonces,
simplemente fracasa. Lo esencial es precisamente contenerse,
no desbocarse, no vaciarse; el cuento tiene esa particularidad;
yo precisamente prefiero el cuento, sobre todo, sobre la
novela, porque la novela se presta mucho a esas divagaciones.
La novela, dicen, es un género que abarca todo, es
un saco donde cabe todo, caben cuentos, teatro o acción,
ensayos filosóficos o no filosóficos, una
serie de temas con los cuales se va a llenar aquel saco;
en cambio, en el cuento tiene uno que reducirse, sintetizarse
y, en unas cuantas palabras, decir o contar una historia.
Es muy difícil, es muy difícil que en tres,
cuatro o diez páginas se pueda contar una historia
que otros cuentan en doscientas páginas; ésa
es, más o menos, la idea que yo tengo sobre la creación,
sobre el principio de la creación literaria; claro
que no es una exposición brillante la que les estoy
haciendo, sino que les estoy hablando en forma muy elemental,
porque yo les tengo mucho miedo a los intelectuales, por
eso trato de evitarlos; cuando veo a un intelectual, le
saco la vuelta, y considero que el escritor debe ser el
menos intelectual de todos los pensadores, porque sus ideas
y sus pensamientos son cosas muy personales que no tienen
por qué influir en los demás; no debe tratar
de influir en los demás ni hacer lo que él
quiere que hagan los demás; cuando se llega a esa
conclusión, cuando se llega a ese sitio, o llamémosle
final, entonces siente uno que algo se ha logrado.
Como todos ustedes saben, no hay ningún escritor
que escriba todo lo que piensa, es muy difícil trasladar
el pensamiento a la escritura, creo que nadie lo hace, nadie
lo ha hecho, sino que, simplemente, hay muchísimas
cosas que al ser desarrolladas se pierden.
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| LAS
CIUDADES ESCONDIDAS - ITALO CALVINO |
viernes,
23 de noviembre de 2001 23:33 |
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Mando este fragmento de *Las ciudades invisibles*,
de Italo Calvino. No sé por qué,
me parece que tiene relación con el nacimiento del
arte. Se lo dedico a Berna, porque cuando lo leí me
recordó a ella, tampoco sé por qué:
LAS
CIUDADES ESCONDIDAS
Una
Sibila, interrogada sobre el destino de Marozia, dijo:
—Veo dos ciudades: una de la rata, otra de la golondrina.
El oráculo fue interpretado así: Marozia es
una ciudad donde todos corren por galerías de plomo
como bandas de ratas que se arrancan de entre los dientes
los restos que caen de los dientes de las ratas más
amenazadoras; pero está por empezar un nuevo siglo
en el que todos en Marozia volarán como las golondrinas
por el cielo de verano, llamándose como si jugaran,
dando volteretas con las alas inmóviles, despejando
el aire de moscas y mosquitos.
—Es hora de que el siglo de la rata termine y empiece
el de la golondrina —dijeron los más resueltos.
Y en realidad bajo el torvo y sórdido predominio
ratonil ya se sentía alentar, entre la gente menos
notoria, un impulso de golondrinas que con un ágil
coletazo apuntan hacia el aire transparente y dibujan con
el filo de sus alas la curva de un horizonte que se ensancha.
Volví a Marozia años después; la profecía
de la Sibila se considera cumplida desde hace tiempo; el
viejo siglo quedó sepulto; el nuevo está en
su culminación. La ciudad ha cambiado, sin duda,
y quizá para mejor. Pero las alas que he visto volar
son las de los paraguas desconfiados bajo los cuales unos
párpados pesados ocultan la mirada; gentes que creen
volar las hay, pero apenas si se alzan del suelo agitando
hopalandas de murciélago.
Sucede sin embargo que, rozando los compactos muros de Marozia,
cuando menos te lo esperas ves abrirse una claraboya y aparecer
una ciudad diferente que al cabo de un instante ha desaparecido.
Quizá todo esté en saber qué palabras
pronunciar, qué gestos cumplir, y en qué orden
y con qué ritmo, o bien baste la mirada la respuesta
el ademán de alguien, baste que alguien haga algo
por el solo gusto de hacerlo para que su gusto se convierta
en gusto de los demás: en ese momento todos los espacios
cambian, las alturas, las distancias, la ciudad se transfigura,
se vuelve cristalina, transparente como un libélula.
Pero es preciso que todo ocurra como por casualidad, sin
darle demasiada importancia, sin la pretensión de
estar realizando una operación decisiva, teniendo
bien presente que de un momento a otro la Marozia de antes
volverá a cerrar su techo de piedra, telarañas
y moho sobre las cabezas.
¿Se equivocaba el oráculo? No está
dicho. Yo lo interpreto de esta manera: Marozia consiste
en dos ciudades: la de la rata y la de la golondrina; ambas
cambian con el tiempo, pero su relación no cambia:
la segunda es la que está por salir de la primera.
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| DOS
CITAS DE PROUST |
miércoles,
13 de marzo de 2002 21:09 |
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Dos
citas de Proust:
"Como la pereza
me había acostumbrado a ir aplazando mi trabajo para
el día siguiente, me figuraba que podía ocurrir
lo mismo con la muerte."
"Una obra que contiene
teorías es como un objeto en el que se ha dejado
la etiqueta del precio."
Besos
Isa
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| MÁS
CITAS |
miércoles,
13 de marzo de 2002 21:26 |
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"Después
de media vida tengo la impresión de no haber avanzado,
a menos que se llame progreso a la resignación."
(John Cheever)
"Mientras
la obra sea una trampa amorosa, cabe esperar que la literatura
perdurará." (Roland Barthes)
"El
día en que los hombres pusieron los pies en la
luna fue un día de derrota para los novelistas
del mundo entero." (Alejo Carpentier)
"Sé
que mientras estoy escribiendo no puedo morir." (Eloy
Tizón)
"En
una novela siempre hay un gato, un gato negro que se avalanza
sobre la paloma blanca del mundo." (D. H. Lawrence)
*
"Pues ya que se ha de escribir, al menos que no se
aplasten con palabras las entrelíneas." (Clarice
Lispector)
Besos:
Isa,
que encuentra todo menos lo que busca
*
Lo que no sabía D. H. Lawrence es que Berna se
cargaría al gato, y así nos libraría
de todo mal.
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| SOBRE
EL LENGUAJE - JOHN GARDNER |
sábado,
06 de abril de 2002 9:19 |
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Esto
del "detrás tuyo" me ha recordado a un
fragmento de John Gardner que me encanta:
>>
[...] aunque algunos grandes escritores escriban a veces
con torpeza, está claro que uno de los rasgos del
escritor nato es su aptitud para encontrar o (a veces)
inventar maneras interesantes de decir las cosas. El ritmo
de sus frases se adecua a lo que dice, se apresura cuando
la historia se apresura, decrece al hablar de un personaje
de movimientos torpes y pesados, imita el trueno que aparece
en la narración o reproduce verbalmente los titubeos
del borracho, el paso lento y cansino del anciano, la
conmovedora estupidez de la cuarentona que coquetea. El
escritor con sensibilidad para el lenguaje sabe encontrar
sus propias metáforas no sólo porque se
le ha enseñado a evitar los tópicos, sino
porque disfruta buscando la metáfora gráfica
y precisa, aquella que, por lo que él sabe, nunca
se le ha ocurrido a nadie. Si emplea una palabra poco
usual, no se trata de la palabra poco usual que está
en boga [...], utiliza una palabra poco usual propia,
y no sólo porque desea hacer resaltar su originalidad
[...], sino también porque le fascina el lenguaje.
[...]
[...] si el escritor comete una falta gramatical, el lector
deja de pensar en la señora mayor de la fiesta
y mira las palabras del texto, para ver si, como parece,
la frase es gramaticalmente incorrecta. Si lo es, el lector
piensa en el escritor o, posiblemente, en el editor -«¿Cómo
es que se les ha escapado una cosa así?»-,
y no en la señora, cuya historia se ha visto interrumpida.
[...]
El escritor con menos posibilidades [...] es aquél
cuya sensibilidad para el lenguaje parece incorregiblemente
pervertida. Su ejemplo más evidente es el del escritor
que no consigue avanzar sin emplear frases como «con
un gracioso parpadeo» o «los adorables gemelos»,
o «su risa franca, estentórea», expresiones
trilladas producto de la emoción fingida de quien
no siente nada en su vida cotidiana o le falta algo de
lo que estar suficientemente convencido como para encontrar
su propia manera de decirlo, y ha de recurrir a cosas
como «reprimió un sollozo», «amable
sonrisa oblicua», «enarcando una ceja con
ese aire suyo tan peculiar», «sus anchos hombros»,
«ciñéndola con su fuerte brazo»,
«esbozando una sonrisa», «con un ronco
susurro», «con el rostro enmarcado por sus
bucles cobrizos».
Lo malo de este tipo de lenguaje no es sólo su
convencionalidad (que esté manido, gastado por
el uso), sino también que resulta sintomático
de una actitud psicológica decididamente nociva.
[...]
[...]
Sin embargo, esta rigidez lingüística de la
que hemos hablado tampoco es señal segura de fracaso.
Si bien es cierto que puede haber escritores primerizos
cuya pobreza de lenguaje sea irremediable, también
los hay que, sin causar mejor impresión al principio,
una vez comprendido el problema consiguen solucionarlo
a fuerza de trabajo. [...]
Cualquier palabra o frase, ya sea sagrada, inocua u obscena,
tiene un ámbito propio en el que resulta eficaz
y no ofende a nadie. Por ejemplo, la frase «Nos
hemos reunido en el día de hoy» no llama
la atención si es pronunciada desde el púlpito,
suena irónica en un aula, empleada por el profesor,
y en la correspondencia comercial puede parecer un desatino.
Una frase como «la rubia juventud» puede pasar
desapercibida en una novela del tiempo de nuestros abuelos,
pero destaca en una moderna, escrita en lenguaje coloquial.
[...] Si todo estilo es susceptible de reflejar nuestro
lado bufonesco, no hay ninguna necesidad de reverenciar
supersticiosamente uno determinado ni de desaprobar categóricamente
otro, lo único que hay que hacer es saber exactamente
lo que se pretende decir -por ejemplo, diciéndolo
y revisando después lo dicho, para saber si realmente
dice lo que se pretendía- y seguir trabajándolo,
jugando con el lenguaje, hasta corregir todo aquello a
lo que creamos que se le pueda poner objeciones.
Para decir todo esto de manera más filosófica,
el lenguaje, inevitablemente, encierra un significado,
y los escritos sin revisar encierran significados de los
que el autor de aquéllos podría llegar a
avergonzarse. <<
Besos
Isa
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| LA
VERDAD DE LAS MENTIRAS - VARGAS LLOSA |
martes,
21 de mayo de 2002 16:14 |
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La
verdad de las mentiras
MARIO VARGAS LLOSA
I
Desde
que escribí mi primer cuento me han preguntado
si lo que escribía «era verdad».
Aunque mis respuestas satisfacen a veces a los curiosos,
a mí me queda rondando, vez que contesto a esa
pregunta, no importa cuán sincero sea, la incómoda
sensación de haber dicho algo que nunca da en
el centro del blanco.
Si las novelas son ciertas o falsas importa a cierta
gente tanto como que sean buenas o malas y muchos lectores,
consciente o inconscientemente, hacen depender lo segundo
de lo primero. Los inquisidores españoles, por
ejemplo, prohibieron que se publicaran o importaran
novelas en las colonias hispanoamericanas con el argumento
de que esos libros disparatados y absurdos -es decir,
mentirosos- podían ser perjudiciales para la
salud espiritual de los indios. Por esta razón,
los hispanoamericanos sólo leyeron ficciones
de contrabando durante trescientos años y la
primera novela que, con tal nombre, se publicó
en América española apareció sólo
después de la independencia (en México,
en 1816). Al prohibir no unas obras determinadas sino
un género literario en abstracto, el Santo Oficio
estableció algo que a sus ojos era una ley sin
excepciones: que las novelas siempre mienten, que todas
ellas ofrecen una visión falaz de la vida. Hace
años escribí un trabajo ridiculizando
a esos arbitrarios, capaces de una generalización
semejante. Ahora pienso que los inquisidores españoles
fueron acaso los primeros en entender -antes que los
críticos y que los propios novelistas- la naturaleza
de la ficción y sus propensiones sediciosas.
En efecto, las novelas mienten -no pueden hacer otra
cosa- pero ésa es sólo una parte de la
historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa
verdad, que sólo puede expresarse disimulada
y encubierta, disfrazada de lo que no es. Dicho así,
esto tiene el semblante de un galimatías. Pero,
en realidad, se trata de algo muy sencillo. Los hombres
no están contentos con su suerte y casi todos
-ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres
u oscuros- quisieran una vida distinta de la que viven.
Para aplacar -tramposamente- ese apetito nacieron las
ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los
seres humanos tengan las vidas que no se resignan a
no tener. En el embrión de toda novela bulle
una inconformidad, late un deseo.
¿Significa esto que la novela es sinónimo
de irrealidad? ¿Qué los introspectivos
bucaneros de Conrad, los morosos aristócratas
proustianos, los anónimos hombrecillos castigados
por la adversidad de Franz Kafka y los eruditos metafísicos
de los cuentos de Borges nos exaltan o nos conmueven
porque no tienen nada que hacer con nosotros, porque
nos es imposible identificar sus experiencias con las
nuestras? Nada de eso. Conviene pisar con cuidado, pues
este camino -el de la verdad y la mentira en el mundo
de la ficción- está sembrado de trampas
y los invitadores oasis que aparecen en el horizonte
suelen ser espejismos.
¿Qué quiere decir que una novela siempre
miente? No lo que creyeron los oficiales y cadetes del
Colegio Militar Leoncio Prado, donde -en apariencia,
al menos- sucede mi primera novela, La ciudad y los
perros, que quemaron el libro acusándolo de calumnioso
a la institución. Ni lo que pensó mi primera
mujer al leer otra de mis novelas, La tía Julia
y el escribidor, y que, sintiéndose inexactamente
retratada en ella, ha publicado luego un libro que pretende
restaurar la verdad alterada por la ficción.
Desde luego que en ambas historias hay más invenciones,
tergiversaciones y exageraciones que recuerdos y que,
al escribirlas, nunca pretendí ser anecdóticamente
fiel a unos hechos y personas anteriores y ajenos a
la novela. En ambos casos, como en todo lo que he escrito,
partí de algunas experiencias aún vivas
en mi memoria y estimulantes para mi imaginación
y fantaseé algo que refleja de manera muy infiel
esos materiales de trabajo. No se escriben novelas para
contar la vida sino para transformarla, añadiéndole
algo. En las novelitas del francés Restif de
la Bretonne la realidad no puede ser más fotográfica,
ellas son un catálogo de las costumbres del siglo
XVIII francés. En estos cuadros costumbristas
tan laboriosos, en los que todo semeja la vida real,
hay, sin embargo, algo diferente, mínimo pero
revolucionario. Que, en ese mundo, los hombres no se
enamoran de las damas por la pureza de sus facciones,
la galanura de su cuerpo, sus prendas espirituales,
etc., sino, exclusivamente, por la belleza de sus pies
(se ha llamado, por eso, «bretonismo» al
fetichismo del botín). De una manera menos cruda
y explícita, y también menos consciente,
todas las novelas rehacen la realidad -embelleciéndola
o empeorándola- como lo hizo, con deliciosa ingenuidad,
el profuso Restif. En esos sutiles o groseros agregados
a la vida -en los que el novelista materializa sus secretas
obsesiones- reside la originalidad de una ficción.
Ella es más profunda cuanto más ampliamente
exprese una necesidad general y cuantos más sean,
a lo largo del espacio y del tiempo, los lectores que
identifiquen, en esos contrabandos filtrados a la vida,
los oscuros demonios que los desasosiegan. ¿Hubiera
podido yo, en aquellas novelas, intentar una escrupulosa
exactitud con los recuerdos? Ciertamente. Pero aun si
hubiera conseguido esa aburrida proeza de sólo
narrar hechos ciertos y describir personajes cuyas biografías
se ajustaban como un guante a las de sus modelos, mis
novelas no hubieran sido, por eso, menos mentirosas
o más ciertas de lo que son.
Porque no es la anécdota lo que en esencia decide
la verdad o la mentira de una ficción. Sino que
ella sea escrita, no vivida, que esté hecha de
palabras y no de experiencias concretas. Al traducirse
en palabras, los hechos sufren una profunda modificación.
El hecho real -la sangrienta batalla en la que tomé
parte, el perfil gótico de la muchacha que amé-
es uno, en tanto que los signos que podrían describirlo
son innumerables. Al elegir unos y descartar otros,
el novelista privilegia una y asesina otras mil posibilidades
o versiones de aquello que describe: esto, entonces,
muda de naturaleza, lo que describe se convierte en
lo descrito. ¿Me refiero sólo al caso
del escritor realista, aquella secta, escuela o tradición
a la que sin duda pertenezco, cuyas novelas relatan
sucesos que los lectores pueden reconocer como posibles
a través de su propia vivencia de la realidad?
Parecería, en efecto, que para el novelista de
linaje fantástico, el que describe mundos irreconocibles
y notoriamente inexistentes, no se plantea siquiera
el cotejo entre la realidad y la ficción. En
verdad, sí se plantea, aunque de otra manera.
La «irrealidad» de la literatura fantástica
se vuelve, para el lector, símbolo o alegoría,
es decir, representación de realidades, de experiencias
que sí puede identificar en la vida. Lo importante
es esto: no es el carácter «realista»
o «fantástico» de una anécdota
lo que traza la línea fronteriza entre verdad
y mentira en la ficción.
A esta primera modificación -la que imprimen
las palabras a los hechos- se entrevera una segunda,
no menos radical: la del tiempo. La vida real fluye
y no se detiene, es inconmensurable, un caos en que
cada historia se mezcla con todas las historias y por
lo mismo no empieza ni termina jamás. La vida
de la ficción es un simulacro en el que aquel
vertiginoso desorden se vuelve orden: organización,
causa y efecto, fin y principio. La soberanía
de una novela no resulta sólo del lenguaje en
que está escrita. También, de su sistema
temporal, de la manera como discurre en ella la existencia:
cuándo se detiene, cuándo se acelera y
cuál es la perspectiva cronológica del
narrador para describir ese tiempo inventado. Si entre
las palabras y los hechos hay una distancia, entre el
tiempo real y el de una ficción hay siempre un
abismo. El tiempo novelesco es un artificio fabricado
para conseguir ciertos efectos psicológicos en
él el pasado puede ser posterior al presente
-el efecto precede a la causa- como en ese relato de
Alejo Carpentier, Viaje a la semilla, que comienza con
la muerte de un hombre anciano y continúa hasta
su gestación, en el claustro materno; o ser sólo
pasado remoto que nunca llega a disolverse en el pasado
próximo desde el que narra el narrador, como
en las ficciones de Samuel Beckett; o un laberinto en
que pasado, presente y futuro coexisten, anulándose,
como en El sonido y la furia, de Faulkner.
Las novelas tienen principio y fin y, aun en las más
informes y espasmódicas, la vida adopta un sentido
que podemos percibir porque ellas nos ofrecen una perspectiva
que la vida verdadera, en la que estamos inmersos, siempre
nos niega. Ese orden es invención, un añadido
del novelista, simulador que aparenta recrear la vida
cuando en verdad la rectifica. A veces sutil, a veces
brutalmente, la ficción traiciona la vida, encapsulándola
en una trama de palabras que la reducen de escala y
la ponen al alcance del lector. Éste puede, así,
juzgarla, entenderla, y, sobre todo, vivirla con una
impunidad que la vida verdadera no consiente.
¿Qué diferencia hay, entonces, entre una
ficción y un reportaje periodístico o
un libro de historia? ¿No están compuestos
ellos de palabras? ¿No encarcelan acaso en el
tiempo artificial del relato ese torrente sin riberas,
el tiempo real? La respuesta es: se trata de sistemas
opuestos de aproximación a lo real. En tanto
que la novela se rebela y transgrede la vida, aquellos
géneros no pueden dejar de ser sus siervos. La
noción de verdad o mentira funciona de manera
distinta en cada caso. Para el periodismo o la historia
la verdad depende del cotejo entre lo escrito y la realidad
que lo inspira. A más cercanía, más
verdad, y, a más distancia, más mentira.
Decir que la Historia de la Revolución Francesa,
de Michelet, o la Historia de la Conquista del Perú,
de Prescott, son «novelescas» es vejarlas,
insinuar que carecen de seriedad. En cambio, documentar
los errores históricos de La guerra y la paz
sobre las guerras napoleónicas sería una
pérdida de tiempo: la verdad de la novela no
depende de eso. ¿De qué, entonces? De
su propia capacidad de persuasión, de la fuerza
comunicativa de su fantasía, de la habilidad
de su magia. Toda buena novela dice la verdad y toda
mala novela miente. Porque «decir la verdad»
para una novela significa hacer vivir al lector una
ilusión y «mentir» ser incapaz de
lograr esa superchería. La novela es, pues, un
género amoral, o, más bien, de una ética
sui generis, para la cual verdad o mentira son conceptos
exclusivamente estéticos. Arte «enajenante»,
es de constitución anti-brechtiana: sin «ilusión»
no hay novela.
De lo que llevo dicho, parecería desprenderse
que la ficción es una fabulación gratuita,
una prestidigitación sin trascendencia. Todo
lo contrario: por delirante que sea, hunde sus raíces
en la experiencia humana, de la que se nutre y a la
que alimenta. Un tema recurrente en la historia de la
ficción es: el riesgo que entraña tomar
lo que dicen las novelas al pie de la letra, creer que
la vida es como ellas la describen. Los libros de caballerías
queman el seso a Alonso Quijano y lo lanzan por los
caminos a alancear molinos de viento y la tragedia de
Emma Bovary no ocurriría si el personaje de Flaubert
no intentara parecerse a las heroínas de las
novelitas románticas que lee. Por creer que la
realidad es como pretenden las ficciones, Alonso Quijano
y Emma sufren terribles quebrantos. ¿Los condenamos
por ello? No, sus historias nos conmueven y nos admiran:
su empeño imposible de vivir la ficción
nos parece personificar una actitud idealista que honra
a la especie. Porque querer ser distinto de lo que se
es ha sido la aspiración humana por excelencia.
De ella resultó lo mejor y lo peor que registra
la historia. De ella han nacido también las ficciones.
Cuando leemos novelas no somos el que somos habitualmente,
sino también los seres hechizados entre los cuales
el novelista nos traslada. El traslado es una metamorfosis:
el reducto asfixiante que es nuestra vida real se abre
y salimos a ser otros, a vivir vicariamente experiencias
que la ficción vuelve nuestras. Sueño
lúcido, fantasía encarnada, la ficción
nos completa, a nosotros, seres mutilados a quienes
ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener
una sola vida y los deseos y fantasías de desear
mil. Ese espacio entre nuestra vida real y los deseos
y las fantasías que le exigen ser más
rica y diversa es el que ocupan las ficciones.
En el corazón de todas ellas llamea una protesta.
Quien las fabuló lo hizo porque no puedo vivirlas
y quien las lee (y las cree en la lectura) encuentra
en sus fantasmas las caras y aventuras que necesitaba
para aumentar su vida. Esa es la verdad que expresan
las mentiras de las ficciones: las mentiras que somos,
las que nos consuelan y desagravian de nuestras nostalgias
y frustraciones. ¿Qué confianza podemos
prestar, pues, al testimonio de las novelas sobre la
sociedad que las produjo? ¿Eran esos hombres
así? Lo eran, en el sentido de que así
querían ser, de que así se veían
amar, sufrir y gozar. Esas mentiras no documentan sus
vidas sino los demonios que las soliviantaron, los sueños
en que se embriagaban para que la vida que vivían
fuera más llevadera. Una época no está
poblada únicamente de seres de carne y hueso;
también, de los fantasmas en que estos seres
se mudan para romper las barreras que los limitan y
los frustran.
Las mentiras de las novelas no son nunca gratuitas:
llenan las insuficiencias de la vida. Por eso, cuando
la vida parece plena y absoluta y, gracias a una fe
que todo lo justifica y absorbe, los hombres se conforman
con su destino, las novelas no suelen cumplir servicio
alguno. Las culturas religiosas producen poesía,
teatro, rara vez grandes novelas. La ficción
es un arte de sociedades donde la fe experimenta alguna
crisis, donde hace falta creer en algo, donde la visión
unitaria, confiada y absoluta ha sido sustituida por
una visión resquebrajada y una incertidumbre
creciente sobre el mundo en que se vive y el trasmundo.
Además de amoralidad, en las entrañas
de las novelas anida cierto escepticismo. Cuando la
cultura religiosa entra en crisis, la vida parece escurrirse
de los esquemas, dogmas, preceptos que la sujetaban
y se vuelve caos: ése es el momento privilegiado
para la ficción. Sus órdenes artificiales
proporcionan refugio, seguridad, y en ellos se despliegan,
libremente, aquellos apetitos y temores que la vida
real incita y no alcanza a saciar o conjurar. La ficción
es un sucedáneo transitorio de la vida. El regreso
a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal:
la comprobación de que somos menos de lo que
soñamos. Lo que quiere decir que, a la vez que
aplacan transitoriamente la insatisfacción humana,
las ficciones también la azuzan, espoleando los
deseos y la imaginación.
Los inquisidores españoles entendieron el peligro.
Vivir las vidas que uno no vive es fuente de ansiedad,
un desajuste con la existencia que puede tornarse rebeldía,
actitud indócil frente a lo establecido. Es comprensible,
por ello, que los regímenes que aspiran a controlar
totalmente la vida, desconfíen de las ficciones
y las sometan a censuras. Salir de sí mismo,
ser otro, aunque sea ilusoriamente, es una manera de
ser menos esclavo y de experimentar los riesgos de la
libertad.
II
«Las
cosas no son como las vemos sino como las recordamos»,
escribió Valle Inclán. Se refería
sin duda a cómo son las cosas en la literatura,
irrealidad a la que el poder de persuasión del
buen escritor y la credulidad del buen lector confieren
una precaria realidad.
Para casi todos los escritores, la memoria es el punto
de partida de la fantasía, el trampolín
que dispara la imaginación en su vuelo impredecible
hacia la ficción. Recuerdos e invenciones se
mezclan en la literatura de creación de manera
a menudo inextricable para el propio autor, quien, aunque
pretenda lo contrario, sabe que la recuperación
del tiempo perdido que puede llevar a cabo la literatura
es siempre un simulacro, una ficción en la que
lo recordado se disuelve en lo soñado y viceversa.
Por eso la literatura es el reino por excelencia de
la ambigüedad. Sus verdades son siempre subjetivas,
verdades a medias, relativas, verdades literarias que,
con frecuencia constituyen inexactitudes flagrantes
o mentiras históricas. Aunque la cinematográfica
batalla de Waterloo que aparece en Los miserables nos
exalte, sabemos que ésa fue una contienda que
libró y ganó Victor Hugo y no la que perdió
Napoleón. O, para citar un clásico valenciano
medieval, la conquista de Inglaterra por los árabes
que describe el Tirant lo Blanc es totalmente convincente
y nadie se atrevería a negarle verosimilitud
con el mezquino argumento de que en la historia real
jamás un ejército árabe atravesó
el Canal de la Mancha.
La recomposición del pasado que opera la literatura
es casi siempre falaz juzgada en términos de
objetividad histórica. La verdad literaria es
una y otra la verdad histórica. Pero, aunque
esté repleta de mentiras -o, más bien,
por ello mismo- la literatura cuenta la historia que
la historia que escriben los historiadores no sabe ni
puede contar.
Porque los fraudes, embaucos y exageraciones de la literatura
narrativa, sirven para expresar verdades profundas e
inquietantes que sólo de esta manera sesgada
ven la luz.
Cuando Joanot Martorell nos cuenta en el Tirant lo Blanc
que la princesa Carmesina era tan blanca que se vía
pasar el vino por su garganta nos dice algo técnicamente
imposible, que, sin embargo, bajo el hechizo de la lectura,
nos parece una verdad inmarcesible, pues en la realidad
fingida de la novela, a diferencia de lo que ocurre
en la nuestra, el exceso no es jamás la excepción,
siempre la regla. Y nada es excesivo si todo lo es.
En el Tirant lo son sus combates apocalípticos,
de puntilloso ritual, y las proezas del héroe
que, solo, derrota a muchedumbres y devasta literalmente
media Cristiandad y todo el Islam. Lo son sus cómicos
rituales como los de ese personaje, pío y libidinoso,
que besa a las mujeres en la boca tres veces en homenaje
a la Santísima Trinidad. Y es siempre excesivo,
en sus páginas, igual que la guerra, el amor,
que suele tener también consecuencias cataclísmicas.
Así, Tirant, cuando ve por primera vez, en la
penumbra de una cámara funeral, los pechos insurgentes
de la princesa Carmesina, entra en estado poco menos
que cataléptico y permanece derrumbado en una
cama sin dormir ni comer ni articular palabra varios
días. Cuando por fin se recupera, es como si
estuviera aprendiendo de nuevo a hablar. Su primer balbuceo
es: «Yo amo».
Esas mentiras no delatan lo que eran los valencianos
de fines del siglo XV sino lo que hubieran querido ser
y hacer; no dibujan a los seres de carne y hueso de
ese tiempo tremebundo sino a sus fantasmas. Materializan
sus apetitos, sus miedos, sus deseos, sus rencores.
Una ficción lograda encarna la subjetividad de
una época y por eso las novelas, aunque, cotejadas
con la historia, mientan, nos comunican unas verdades
huidizas y evanescentes que escapan siempre a los descriptores
científicos de la realidad. Sólo la literatura
dispone de las técnicas y poderes para destilar
ese delicado elixir de la vida: la verdad escondida
en el corazón de las mentiras humanas. Porque
en los engaños de la literatura no hay ningún
engaño. No debería haberlo, por lo menos,
salvo para los ingenuos que creen que la literatura
debe ser objetivamente fiel a la vida y tan dependiente
de la realidad como la historia. Y no hay engaño
porque, cuando abrimos un libro de ficción, acomodamos
nuestro ánimo para asistir a una representación
en la que sabemos muy bien que nuestras lágrimas
o nuestros bostezos dependerán exclusivamente
de la buena o mala brujería del narrador para
hacernos vivir como verdades sus mentiras y no de su
capacidad para reproducir fidedignamente lo vivido.
Estas fronteras bien delimitadas entre literatura e
historia -entre verdades literarias y verdades históricas-
son una prerrogativa de las sociedades abiertas. En
ellas, ambos quehaceres coexisten, independientes y
soberanos, aunque complementándose en el designio
utópico de abarcar toda la vida. Y quizá
la demostración mayor de que una sociedad es
abierta, en el sentido que Karl Popper dio a esta calificación,
es que en ella ocurre así: autónomas y
diferentes, la ficción y la historia coexisten,
sin invadir ni usurpar la una los dominios y las funciones
de la otra.
En las sociedades cerradas sucede al revés. Y,
por eso, tal vez la mejor manera de definir a una sociedad
cerrada sea diciendo que en ella la ficción y
la historia han dejado de ser cosas distintas y pasado
a confundirse y suplantarse la una a la otra cambiando
constantemente de identidades como en un baile de máscaras.
En una sociedad cerrada el poder no sólo se arroga
el privilegio de controlar las acciones de los hombres
-lo que hacen y lo que dicen-; aspira también
a gobernar su fantasía, sus sueños y,
por supuesto, su memoria. En una sociedad cerrada el
pasado es, tarde o temprano, objeto de una manipulación
encaminada a justificar el presente. La historia oficial,
la única tolerada, es escenario de esas mágicas
mudanzas que hizo famosa la enciclopedia soviética
(antes de la perestroika): protagonistas que aparecen
o desaparecen sin dejar rastros, según sean redimidos
o purgados por el poder, y acciones de los héroes
y villanos del pasado que cambian, de edición
en edición, de signo, de valencia y de sustancia,
al compás de los acomodos y reacomodos de las
camarillas gobernantes del presente. Ésta es
una práctica que el totalitarismo moderno ha
perfeccionado pero no inventado; ella se pierde en los
albores de las civilizaciones, las que, hasta hace relativamente
poco tiempo, fueron siempre verticales y despóticas.
Organizar la memoria colectiva; trocar a la historia
en instrumento de gobierno encargado de legitimar a
quienes mandan y de proporcionar coartadas para sus
fechorías es una tentación congénita
a todo poder. Los Estados totalitarios pueden hacerla
realidad. En el pasado, innumerables civilizaciones
la pusieron en práctica.
Mis antiguos compatriotas, los Incas, por ejemplo. Ellos
lo llevaban a cabo de manera contundente y teatral.
Cuando moría el Emperador, morían con
él no sólo sus mujeres y concubinas sino
también sus intelectuales, a quienes ellos llamaban
Amautas, hombres sabios. Su sabiduría se aplicaba
fundamentalmente a esta superchería: convertir
la ficción en historia. El nuevo Inca asumía
el poder con una flamante corte de Amautas cuya misión
era rehacer la memoria oficial, corregir el pasado,
modernizándolo se podría decir, de tal
manera que todas las hazañas, conquistas, edificaciones,
que se atribuían antes a su antecesor, fueran
a partir de ese momento transferidas al curriculum vitae
del nuevo Emperador. A sus predecesores poco a poco
se los iba tragando el olvido. Los Incas supieron servirse
de su pasado, volviéndolo literatura, para que
contribuyera a inmovilizar el presente, idea supremo
de toda dictadura. Ellos prohibieron las verdades particulares
que son siempre contradictorias con una verdad oficial
coherente e inapelable. (El resultado es que el Imperio
Incaico es una sociedad sin historia, al menos sin historia
anecdótica, pues nadie ha podido reconstruir
de manera fehaciente ese pasado tan sistemáticamente
vestido y desvestido como una profesional del strip-tease.)
En una sociedad cerrada la historia se impregna de ficción,
pasa a ser ficción, pues se inventa y reinventa
en función de la ortodoxia religiosa o política
contemporánea, o, más rústicamente,
de acuerdo a los caprichos del dueño del poder.
Al mismo tiempo, un estricto sistema de censura suele
instalarse para que la literatura fantasee también
dentro de cauces rígidos, de modo que sus verdades
subjetivas no contradigan ni echen sombras sobre la
historia oficial, sino, más bien, la divulguen
e ilustren. La diferencia entre verdad histórica
y verdad literaria desaparece y se funde en un híbrido
que baña la historia de irrealidad y vacía
a la ficción de misterio, de iniciativa y de
inconformidad hacia lo establecido.
Condenar a la historia a mentir y a la literatura a
propagar las verdades confeccionadas por el poder, no
es un obstáculo para el desarrollo científico
y tecnológico de un país ni para la instauración
de ciertas formas básicas de justicia social.
Está probado que el Incario –logro extraordinario
para su tiempo y para el nuestro- acabó con el
hambre, consiguió dar de comer a todos sus súbditos.
Y las sociedades totalitarias modernas han dado un impulso
grande a la educación, la salud, el deporte,
el trabajo, poniéndolos al alcance de las mayorías,
algo que las sociedades abiertas, pese a su prosperidad,
no han conseguido, pues el precio de la libertad de
que gozan se paga a menudo en tremendas desigualdades
de fortuna y -lo que es peor- de oportunidad entre sus
miembros. Pero cuando un Estado, en su afán de
controlarlo y decidirlo todo arrebata a los seres humanos
el derecho de inventar y de creer las mentiras que a
ellos les plazcan, se apropia de ese derecho y lo ejerce
como un monopolio a través de sus historiadores
y censores -como los Incas por medio de sus Amautas-
un gran centro neurálgico de la vida social queda
abolido. Y hombres y mujeres padecen una mutilación
que empobrece su existencia aun cuando sus necesidades
básicas se hallen satisfechas.
Porque la vida real, la vida verdadera, nunca ha sido
ni será bastante para colmar los deseos humanos.
Y porque sin esa insatisfacción vital que las
mentiras de la literatura a vez azuzan y aplacan, nunca
hay auténtico progreso.
La fantasía de que estamos dotados es un don
demoníaco. Está continuamente abriendo
un abismo entre lo que somos y lo que quisiéramos
ser, entre lo que tenemos y lo que deseamos.
Pero la imaginación ha concebido un astuto y
sutil paliativo para ese divorcio inevitable entre nuestra
realidad limitada y nuestros apetitos desmedidos: la
ficción. Gracias a ella somos más y somos
otros sin dejar de ser los mismos. En ella nos disolvemos
y multiplicamos, viviendo muchas más vidas de
la que tenemos y de las que podríamos vivir si
permaneciéramos confinados en lo verídico,
sin salir de la cárcel de la historia.
Los hombres no viven sólo de verdades; también
les hacen falta las mentiras: las que inventan libremente,
no las que les imponen; las que se presentan como lo
que son, no las contrabandeadas con el ropaje de la
historia. La ficción enriquece su existencia,
la completa, y, transitoriamente, los compensa de esa
trágica condición que es la nuestra: la
de desear y soñar siempre más de lo que
podemos realmente alcanzar.
Cuando produce libremente su vida alternativa, sin otra
constricción que las limitaciones del propio
creador, la literatura extiende la vida humana, añadiéndole
aquella dimensión que alimenta nuestra vida recóndita:
aquella impalpable y fugaz pero preciosa que sólo
vivimos en las mentiras. Es un derecho que debemos defender
sin rubor. Porque jugar a las mentiras, como juegan
el autor de una ficción y su lector, a las mentiras
que ellos mismos fabrican bajo el imperio de sus demonios
personales, es una manera de afirmar la soberanía
individual y de defenderla cuando está amenazada;
de preservar un espacio propio de libertad, una ciudadela
fuera del control del poder y de las interferencias
de los otros, en el interior de la cual somos de veras
los soberanos de nuestro destino. De esa libertad nacen
las otras. Esos refugios privados, las verdades subjetivas
de la literatura, confieren a la verdad histórica
que es su complemento una existencia posible y una función
propia: rescatar una parte importante -pero sólo
una parte- de nuestra memoria: aquellas grandezas y
miserias que compartimos con los demás en nuestra
condición de entes gregarios. Esa verdad histórica
es indispensable e insustituible para saber lo que fuimos
y acaso lo que seremos como colectividades humanas.
Pero lo que somos como individuos y lo que quisimos
ser y no pudimos serlo de verdad y debimos por lo tanto
serlo fantaseando e inventando -nuestra historia secreta-
sólo la literatura lo sabe contar. Por eso escribió
Balzac que la ficción era «la historia
privada de las naciones».
Por sí sola, ella es una acusación terrible
contra la existencia bajo cualquier régimen o
ideología: un testimonio llameante de sus insuficiencias,
de su ineptitud para colmarnos. Y, por lo tanto, un
corrosivo permanente de todos los poderes, que quisieran
tener a los hombres satisfechos y conformes. Las mentiras
de la literatura, si germinan en libertad, nos prueban
que eso nunca fue cierto. Y ellas son una conspiración
permanente para que tampoco lo sea en el futuro.
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