T E X T O S   D E   E S C R I T O R E S    S O B R E   L A   C R E A C I Ó N   L I T E R A R I A
 
BIBLIOGRAFÍA
SOBRE NÚCLEOS, CATÄLISIS, ETC... : ROLAND BARTHES
EXPLICACIÓN DE ISA DEL TEXTO DE ROLAND BARTHES
EL RITMO DE LA PROSA : ÁNGEL ZAPATA
LA EXPERIENCIA DEL ESCRITOR : JOHN GARDNER
SOBRE EL COMPROMISO : JOHN GARDNER
DIBUJAR UNA CIGÜEÑA : GUSTAVO MARTÍN GARZO
LA INTELIGENCIA DEL ESCRITOR : JOHN GARDNER
LO QUE LE HACE FALTA AL NOVELISTA :JOHN GARDNER
ALGUNOS ASPECTOS DEL CUENTO : JULIO CORTÁZAR
LAS GRANDES HISTORIAS : ARUNDHATY ROY
EL DESAFÍO DE LA CREACIÓN : JUAN RULFO
LAS CIUDADES ESCONDIDAS : ITALO CALVINO
DOS CITAS DE PROUST
MÁS CITAS
SOBRE EL LENGUAJE :(JOHN GARDNER
LA VERDAD DE LAS MENTIRAS : VARGAS LLOSA
LA VOZ IMPOSTORA : THAISA FRANK Y DOROTHY WALL
LA BREVEDAD EN EL MICRORELATO : DOLORES M. KOCH
CONSEJOS PARA ESCRIBIR MAL : W. MERILL
LA ESPIRAL : FERNANDO PESSOA
SUEÑO VÍVIDO Y CONTINUO : JOHN GARDNER

 

 

  BIBLIOGRAFÍA
domingo, 25 de febrero de 2001 11:49

    

   

[...]

En cuanto a la bibliografía, te podría dar muchos títulos, pero depende de lo que te interese. No sé, si lo que quieres es que te animen a escribir, léete "El gozo de escribir", de Natalie Goldberg; o "Para ser novelista", de John Gardner (aunque está agotado, lo va a editar Fuentetaja en breve). Si prefieres que te desanimen, léete el "Análisis estructural del relato", de Barthes y otros estructuralistas. En caso de que te interese mejorar el estilo, "La práctica del relato (Manual de estilo para narradores)", de Ángel Zapata. Sobre los personajes, "Aspectos de la novela", de Forster; "La orgía perpetua", de Vargas Llosa; el mío: "La construcción del personaje literario (Un camino de ida y vuelta)". Para liberar la imaginación: "Gramática de la fantasía", de Gianni Rodari; "Escritura creativa (Técnicas para liberar la inspiración y métodos de redacción)". Berna también tiene uno publicado en Fuentetaja: "Guía práctica para el uso del ordenador en la creación literaria". De teoría literaria en plan sencillito: "Teoría y técnica del cuento", de Anderson Imbert. Para presentarte a un concurso: "Guía de concursos y premios literarios en España"... En fin, que libros hay para aburrir.

Besos:

Isa.

 

  NÚCLEOS, CATÁLISIS, ETC... - ROLAND BARTHES
sábado, 21 de diciembre de 2002 13:44

 

 Dice JGV: ¿Tienes la referencia a mano, porfa?

"Análisis estructural del relato", Roland Barthes, A. J. Gremas, Umberto Eco et al., Ed. Premiá, La red de Jonás, México, 1988.

Espero que lo puedas encontrar. Aquí yo lo he intentado y es imposible. No tengo el artículo completo (me dejaron el libro y lo devolví). Te pego algunas anotaciones que hice del artículo, pero el meollo de núcleos, catálisis, etc. no lo tengo.

>> [...] O bien el relato es una simple repetición fatigosa de acontecimientos [...], o bien posee en común con otros relatos una estructura accesible al análisis por mucha paciencia que requiera poder enunciarla. [...]

El relato es una gran frase, así como toda frase constativa es, en cierto modo, el esbozo de un pequeño relato.
[...]

Para realizar un análisis estructural, hay, pues, que distinguir varias instancias de descripción y colocar estas instancias en una perspectiva jerárquica (integradora). [...] A su manera, la retórica había asignado al discurso al menos dos planos de descripción: la dispositio y la elocutio. [...] Todorov [...] propone trabajar sobre dos grandes niveles, ellos mismos subdivididos: la historia (argumento) que comprende una lógica de las acciones y una «sintaxis» de los personajes, y el discurso que comprende los tiempos, los aspectos y los modos del relato.
[...]

Proponemos distinguir en la obra narrativa tres niveles de descripción: el nivel de las funciones [...], el nivel de las acciones [...] y el nivel de la narración [...]. Recordemos que estos tres niveles están ligados entre sí según una integración progresiva: una función sólo tiene sentido se se ubica en la acción general de un actante; y esta acción misma recibe su sentido último del hecho de que es narrada, confiada a un discurso que es su propio código.
[...]

Todo, en diverso grado, significa algo en él [el relato]. Esto no es una cuestión de arte (por parte del narrador); es una cuestión de estructura: en el orden del discurso, todo lo que está anotado es por definición notable: aún cuando un detalle pareciera irreductiblemente insignificante, rebelde a toda función, no dejaría de tener al menos, en última instancia, el sentido mismo de lo absurdo o de lo inútil.
[...]

La función es [...] una unidad de contenido. [...] Este significado constitutivo puede tener significantes diferentes.
[...]

...dos grandes clases de funciones: las unas distribucionales, las otras integradoras. A las primeras [...] reservaremos el nombre de funciones [...]: la compra de un revólver tiene como correlato el momento en que se utilizará (y si no se utiliza, la notación se invierte en signo de veleidad, etc.), levantar el auricular tiene como correlato el momento en que se lo volverá a colgar, [...] etc. La segunda gran clase de unidades, de naturaleza integradora, comprende todos los indicios [...]: indicios caracterológicos que conciernen a los personajes, informaciones relativas a su identidad, notaciones de «atmósferas», etc.; la relación de la unidad con su correlato ya no es entonces distribucional [...] sino integradora; para comprender para qué sirve una notación indicional, hay que pasar a un nivel superior (acciones de los personajes o narración) [...]

Estas dos grandes clases de unidades: Funciones e Indicios, deberían permitir ya una cierta clasificación de los relatos. Algunos relatos son marcadamente funcionales (como los cuentos populares) y, por el contrario, otros son marcadamente «indiciales» (como las novelas psicológicas).
[...]

La cobertura funcional del relato impone una organización de pausas, cuya unidad de base no puede ser más que un pequeño grupo de funciones que llamaremos aquí una secuencia [...]; la secuencia se inicia cuando uno de sus términos no tiene antecedente solidario y se cierra cuando otro de sus términos ya no tiene consecuente. [...] La lengua del relato, que está en nosotros, comporta de manera inmediata estas rúbricas esenciales: la lógica cerrada que estructura una secuencia está indisolublemente ligada a su nombre: toda función que inaugura una seducción impone desde su aparición, en el nombre que hace surgir, el proceso entero de la seducción, tal como lo hemos aprendido de todos los relatos que han formado en nosotros la lengua del relato.
[...]

...todo relato es tributario de una «situación del relato», conjunto de protocolos según los cuales es consumido el relato.
[...]

Besos:

Isa

 

  EXPLICACIÓN DE ISA DEL TEXTO DE ROLAND BARHTES
miércoles, 25 de abril de 2001 7:05

 

¿Qué es una frase constativa?

Pues digo yo que es una frase que hace "constar" algo, una situación dada. Según mi Diccionario de Retórica y Poética, los actos de habla pueden ser constativos, declarativos, performativos, locutivos, ilocutivos, perlocutivos... En fin. Por ejemplo, un enunciado performativo sería aquel que crea la acción que refiere. Si alguien dice "Se inaugura la sesión", con la mera enunciación de esa frase está provocando la acción (la sesión queda inaugarada de verdad cuando se profiere). Sin embargo, una frase constativa simplemente hace constar algo que sucede ("La ventana está abierta"). Vamos, que supongo que lo que quiere decir Barthes es que no cualquier frase se podría comparar con un relato, sino sólo las que hacen constar unos hechos.

Dice Barthes: Para realizar un análisis estructural, hay, pues, que distinguir varias instancias de descripción y colocar estas instancias en una perspectiva jerárquica (integradora).

E Inés pregunta: ¿Qué son instancias de descripción?

Pues yo lo entiendo como categorías jerarquizadas de las que partir para hacer el análisis. "Descripción" no designa aquí el recurso narrativo, sino que Barthes se refiere a la descripción del proceso analítico. Eso creo, al menos.

Dice Barthes: Todorov [...]propone trabajar sobre dos grandes niveles, ellos mismos subdivididos: la historia (argumento) que comprende una lógica de las acciones y una «sintaxis» de los personajes, y el discurso que comprende los tiempos, los aspectos y los modos del relato.[...]

E Inés: ¿Quizá estos dos grandes niveles de los que habla Todorov son las instancias de descripción de arriba?

Exacto.

¿Quién es Todorov?

Todorov es un ruso del grupo de los formalistas, anteriores a los estructuralistas y en los que se apoyan estos (aunque difieren de ellos en varios aspectos). Proponen una forma de analizar la literatura de un modo similar a como se analiza una frase sintáctica y morfológicamente (es decir, una especie de método científico de categorías y subcategorías, aunque yo creo que se apoyan más en la intuición que en la ciencia, la verdad).

¿Y cuando dice "sintaxis de los personajes" se refiere a la construcción de éstos, a como se han de ordenar los elementos para que un personaje sea verídico?

Podríamos decir que es así, aunque si me oyen me matan. Para los estructuralistas los personajes son meras "funciones" sintácticas dentro de la gran frase que es el relato (no les importa mucho su veracidad o si están bien o mal construidos). A lo que se refiere Barthes en este párrafo es a que para analizar cualquier relato hay que partir de dos niveles: la acción, es decir, lo que pasa en el relato (al personaje le pasa esto y lo otro, reacciona así y asá y acaba suicidándose); y la narración o el discurso, es decir, la forma en que narramos esa acción, con unas palabras determinadas, unos tiempos verbales, un narrador así o asá...

Dice Barthes: Proponemos distinguir en la obra narrativa tres niveles de descripción: el nivel de las funciones [...], el nivel de las >acciones [...] y el nivel de la narración [...].

E Inés: ¿a que se refiere con "nivel de las funciones"?

Para Barthes, "función" es la mínima unidad segmentable de sentido dentro de un relato. Es decir que el nivel de las funciones ("Pepe sale de su casa una mañana", por ejemplo) se integraría en el nivel de las acciones (más amplio), y este a su vez en el nivel de la narración (del discurso, de la forma, del envase en que se guarda todo, al fin y al cabo).

Dice Barthes: Recordemos que estos tres niveles están ligados entre sí según una integración progresiva: una función sólo tiene sentido si se ubica en la acción general de un actante; y esta acción misma recibe su sentido último del hecho de que es narrada, confiada a un discurso que es su propio código. [...] Todo, en diverso grado, significa algo en él [el relato]. Esto no es una cuestión de arte (por parte del narrador); es una cuestión de estructura:

E Inés: Con esto entiendo que sin estos niveles un relato no es tal. Es decir que se justifacan a si mismos, un nivel tienen significado porque los otros dos se lo dan ¿correcto? Y que para que esto ocurra se ha de construir una estructura.

Pues se puede entender así. O, al menos, alguien que escribe le puede sacar utilidad por ese lado a lo que dicen estos señores. Ellos no se meten a analizar si algo es o no es un relato, o si es bueno o malo. Van a tiro hecho. Cogen un relato que está claro que es un relato, y lo destripan, y dicen que se puede analizar en varios niveles. En todo caso, es algo que se puede hacer con cualquier tipo de discurso, pues viene a ser (aunque complicándolo muchísimo) el asunto del fondo y la forma, el contenido y el continente, el líquido y la botella... en fin, como se le quiera llamar. Y cuando Barthes dice que no es una cuestión de arte, sino de estructura, es lo que te digo: que él no se mete a decir si lo que analiza es más o menos artístico, mejor o peor narrado, sino que estos son los niveles que se pueden encontrar (estructuralmente hablando) en cualquier relato, y que cualquier palabra que se incluya en él, por superflua o vana que sea, se incorporará a estos niveles, tendrá un significado dentro de la acción y una forma dentro del discurso.

Dice Barthes: En el orden del discurso, todo lo que está anotado es por definición notable.

E Inés: Me he quedado en blanco ¿qué quiere decir con definición notable?

"Por definición notable, no "con definición notable". Quizá lo entiendas mejor si le ponemos a la frase un par de comas: "...en el orden del discurso, todo lo que está anotado es, por definición, notable". El discurso es, como te comentaba antes, la forma o el envase en que nos viene el cuento. Si tú tienes una botella vacía y le añades una gota de agua, esa gota de agua pertenece a la botella, viene a formar parte del contenido de la botella. Y cada gota que añadas tendrá la importancia (la notabilidad) de estar formando parte de esa botella. Con el discurso igual: cualquier palabra o signo que incluyas dentro de él tiene importancia; por el hecho de estar ahí, lo configura.

Dice Barthes: aún cuando un detalle pareciera irreductiblemente insignificante, rebelde a toda función, no dejaría de tener al menos, en última instancia, el sentido mismo de lo absurdo o de lo inútil. [...]

E Inés: Cualquier detalle, incluso que un personaje se duche, es importante para la acción y sino habría que eliminarlo. Creo que en esto estoy de acuerdo.

Pues eso es lo que viene un rato diciendo Barthes. Y a los escritores nos vendría muy bien recordarlo más a menudo.

Dice Barthes: La función es [...] una unidad de contenido. [...] Este significado constitutivo puede tener significantes diferentes. [...] ...dos grandes clases de funciones: las unas distribucionales, las otras
> integradoras. A las primeras [...] reservaremos el nombre de funciones [...]: la compra de un revólver tiene como correlato el momento en que se utilizará (y si no se utiliza, la notación se invierte en signo de
> veleidad, etc.), levantar el auricular tiene como correlato el momento en que se lo volverá a colgar, [...] etc. La segunda gran clase de unidades, de naturaleza integradora, comprende todos los indicios [...]: indicios caracterológicos que conciernen a los personajes, informaciones relativas a su identidad, notaciones de «atmósferas», etc.; la relación de la unidad con su correlato ya no es entonces distribucional [...] sino integradora; para comprender para qué sirve una notación indicional, hay que pasar a un nivel superior (acciones de los personajes o narración) [...].

E Inés: Sigo sin entender a lo que se refiere con función. ¿Función en cuanto a qué? ¿no se estara refiriendo aquí a las acciones?

Es que aquí Barthes se pone bastante lioso. Por un lado, ¿recuerdas?, teníamos el nivel de las funciones (de esos mínimos componentes significativos que se integrarían en otro nivel superior, el de las acciones). Dentro de ese nivel funcional, tendríamos dos tipos de componentes (de funciones): a lo que Barthes llama "funciones" (ya, ¿por qué diablos usa el mismo nombre que le atribuye al nivel del que estamos analizando?) propiamente dichas, que sí suelen ser acciones, ya que abren una secuencia; y luego los indicios, que sirven para comprender la historia una vez que pasemos al nivel inmediatamente superior (el de las acciones); por ejemplo, si al principio de un relato la protagonista está embarazada, a mitad de relato su marido le da una paliza y ella pierde el niño, y al final acaba tirándose por el viaducto, el hecho de estar embarazada es un indicio, una información con consecuencias en el nivel superior, el de las acciones; pero no sería una acción en sí misma, sino simplemente un estado del personaje. Si el hecho de que la mujer esté embarazada no influye para nada en la acción del relato, se convertiría en un mero informante.

Dice Barthes: Estas dos grandes clases de unidades: Funciones e Indicios, deberían permitir ya una cierta clasificación de los relatos. Algunos relatos son marcadamente funcionales (como los cuentos populares) y, por el contrario, otros son marcadamente «indiciales» (como las novelas psicológicas).

E Inés:
Si las funciones son unidades de contenido que a su vez se dividen en Funciones e Indicios, ¿no nos estamos contradiciendo aqui?

No sé por qué. Lo que dice Barthes aquí es que hay narraciones en las que abundan más las funciones (es decir, priman las acciones directas: Caperucita sale de casa a ver a su abuelita / se encuentra con el lobo, etc.), y en otras hay más indicios,es decir, no se cuentan las cosas a bocajarro, sino que el lector tiene que ir atando cabos (Madame Bobary tiene una enfermedad nerviosa y es muy fantasiosa: eso no es una acción directa, pero nos va ayudar a entender por qué acaba suicidándose).

Dice Barthes: La cobertura funcional del relato impone una organización de pausas, cuya unidad de base no puede ser más que un pequeño grupo de funciones que llamaremos aquí una secuencia [...]; la secuencia se inicia cuando uno de sus términos no tiene antecedente solidario y se cierra cuando otro de sus términos ya no tiene consecuente. [...] La lengua del relato, que está en nosotros, comporta de manera inmediata estas rúbricas esenciales: la lógica cerrada que estructura una secuencia está indisolublemente ligada a su nombre: toda función que inaugura una seducción impone desde su aparición, en el nombre que hace surgir, el proceso entero de la seducción, tal como lo hemos aprendido de todos los relatos que han formado en nosotros la lengua del relato. [...]

E Inés: Necesito que se me explique este parrafo.

Ya, y yo. Creo que Barthes se mueve aquí en un nivel intermedio entre el de las funciones y el de las acciones. Las funciones eran esas unidades mínimas (que podían ser indicios, funciones propiamente dichas, informantes, etc.), ¿vale? Si damos un pasito hacia arriba llegamos a la correlación entre unas funciones y otras. Si empezamos un relato diciendo "Fulanito se despertó", esa función no tiene un antecedente solidario (ni insolidario), pero si después decimos "Se puso las pantuflas", eso ya puede tener un antecedente ("...se despertó") y a lo mejor un consecuente ("Se levantó"). Entonces, estamos dentro de una secuencia de funciones encadenadas dentro de la semántica del relato (que correspondería a "Fulanito se levanta"). Si después de tomarse el desayuno en la cocina decimos "Cuando Fulanito llegó a la oficina", damos por terminada la secuencia que comenzaba cuando Fulanito se despertó y que terminaba cuando se tomó el desayuno. Lo que creo que quiere decir Barthes con todo eso del nombre y del proceso de seducción, es que si, por ejemplo, nosotros damos el nombre de "Declaración de amor de Pepito" a una secuencia, ésta empezará cuando el chico comience a declararse, y terminará cuando diga sus últimas palabras de amor. Todo lo que vaya antes o después de eso, o si se intercala un flash back de la infancia de Pepito, correspondería a otras secuencias, pero no a esa.

Dice Barthes:
...todo relato es tributario de una «situación del relato», conjunto de protocolos según los cuales es consumido el relato.

E Inés: ¿El protocolo de un relato son las herramientas que utilizamos para escribirlo o quizá se refiere a la metafora de situación?

No, creo que más bien se refiere a los condicionantes exteriores que rodean a la lectura de un relato (a la "consumición", como dice él). Es decir, la época en que se lee, la sociedad en que vive el lector, la cultura, si ese relato está en una antología o sale publicado en un periódico, si es una traducción o el original, etc., etc.

La mejor forma de dejar de ser ignorante es preguntar.

Por supuesto. De todas formas yo que tú no me comería mucho la cabeza con esto. Aprender a descifrar a Barthes o a Bajtin (un ruso que a mí me encanta, pero de lo más hermético) yo no creo que le compense a un escritor (sí a un crítico o a un profesor de escritura creativa). Yo había pegado todo esto en el mensaje para ponerle los dientes largos a Pepe, que me parece que es de los que disfrutan devorando estos tratados pseudocientíficos. Lo que quiero decir es que entre lo que dice esta gente y su aplicación a la escritura creativa hay bastante distancia (ellos no pretendían, ni por asomo, enseñar a escribir un buen relato). A mí me compensa el esfuerzo porque me dan ideas para analizar los textos, sacarles los fallos y los aciertos; cojo de ellos lo que me interesa y desecho lo que nada aporta a mi objetivo. Pero desde luego, desde una posición de escritora, no creo que aguantara ni dos páginas de este tipo de lecturas.

Pero bueno, eso es cuestión de cada uno. Y, desde luego, preguntar es muy sano.

Besos:

Isa

  

 

  EL RITMO DE LA PROSA - ÁNGEL ZAPATA
jueves, 22 de marzo de 2001 10:35

 

Para seguir con el tema de la música y la literatura, pego aquí un texto de Ángel Zapata sobre el ritmo de la prosa (más complejito que lo que mandé yo):

>> Cada vez que se intenta explicar este asunto del ritmo, lo normal es que la gente mire a otro lado, haga mohínes de aburrimiento, y termine alegando que sí, que muy bonito, pero que eso entra ya en las cosas muy complicadas, y que más adelante, y que si tal y cual/Pascual.

Es decir: que no. Será por lo que sea, pero resulta bien difícil reclutar adeptos para el ritmo de la prosa, ay, aun con lo importantísimo que él es; tan importante que hasta podemos afirmar que una prosodia armónica y segura es la marca del escritor: algo parecido a una "denominación de origen", y la garantía -o casi- de que uno conoce su oficio.

¿Y cómo se le da ritmo a una prosa...? Pues la verdad es que el problema no lo podemos resolver a escuadra. Porque en gran parte depende del propio estilo, claro, de la propia respiración y cuando hemos tenido la oportunidad de consultárselo a algunos novelistas, sus respuestas han variado muy poco...

-Bueno... El ritmo se coge de oído, te lo da el oído; el oído lo es todo.

Ya. El oído, la cadencia interior, la lectura de los clásicos y toda la retahíla.

-Pero digo yo que algún truquillo habrá, maestro.

-No, de verdad: es el oído, el oído.

De modo que el oído -nadie dice que no-. Pero también algún que otro recurso que, empleado con tacto -también es necesario el tacto- ayuda no sabéis cuánto... Y es que el ritmo de la frase va a depender sobre todo de dónde coloquemos los acentos. Estratégicamente separados, distanciados, cuando queramos que la oración se desarrolle con un ritmo lento; o muy juntos, aquí, uno al lado del otro, si queremos que avance al compás de un galope cerrado.

UN PIE DETRÁS DE OTRO

Trucos hay para dar y tomar. Siempre. Los que vamos a contaros aquí se inspiran en la métrica grecolatina, y están basados en la combinación de pequeñas estructuras acentuales que se denominan -por mal nombre- "pies", y veremos cuál es la forma de encauzarlos -uno detrás de otro- en los textos en prosa. Para ello, representaremos con el signo "ó" cada sílaba acentuada o tónica, y con otro signo, "o", cada sílaba que no lleve acento o átona.

Es primordial que refresquéis en vuestra memoria al menos un par de normas fonéticas fundamentales para que podáis entender a fondo todo lo que sigue; para evitar que os resulte árido ya el comienzo del tema y le cojáis manía desde el principio, nos pararemos en ellas sólo lo imprescindible. Fijaos, en todo caso, en que todo esto lo dicta nuestra propia pronunciación, nuestra manera común de decir, al natural, todos los días.
Recordad que llamamos sílaba acentuada a aquella cuya vocal se pronuncia con mayor intensidad, tanto si lleva tilde ortográfica como si no la lleva. Y que hay numerosos grupos de palabras que nunca llevan acento en nuestra lengua, como las preposiciones, los artículos determinados, muchas de las conjunciones (y, e, ni, o, u, pero, sino, que , aunque, si...), los términos de tratamiento (don, doña, fray, santo...), los adjetivos posesivos (*nuestros* gatos), las formas que, cual, quien, donde, cuando, cuanto, como, salvo que funcionen como interrogativas o exclamativas... También existen ciertos casos de términos que son átonos o tónicos según su función (como mientras, palabra tónica cuando su función es adverbial y átona cuando es conjuntiva). Los adverbios terminados en -mente son un caso curioso de tonicidad doble: todos llevan dos acentos, como podréis apreciar al pronunciar cualquiera de ellos (/sólaménte/).

Imprescindible también a la hora de analizar el ritmo es que tengáis en cuenta un fenómneo que afecta de manera muy especial al cómputo silábico de palabras y frases, que llamamos sinalefa. Cuando una palabra termina en vocal y la siguiente comienza también por vocal, las dos sílabas afectadas se unen y forman una sola; así podemos verlo en el siguiente verso de fray Luis de León:

Ten-di-do-yoa-la-som-braes-té-can-tan-do.

Y ahora ya sí, bajamos a los pies...

EL YAMBO

El yambo consta de una sílaba átona y otra tónica. En castellano tienen la estructura del yambo palabras como papá, café, salud, quinqué, etc. Una frase construida sobre el yambo podría ser ésta que sigue:

Sabrás que Juan habló por ti.
oó oó oó oó

EL TROQUEO

El troqueo consta de una sílaba tónica y otra átona. Siguen la pauta del troqueo palabras como árbol, tiempo, cesta, fiebre... Para ilustrar el troqueo podemos usar un refrán:

Bicho malo nunca muere.
óo óo óo óo

EL ANAPESTO

El anapesto consta de dos sílabas átonas más otra tónica. Tienen la estructura del anapesto palabras como navidad, vividor, castidad, fanfarrón... La sucesión de anapestos puede dar lugar a una frase como ésta...

La esperaba al final del andén.
ooó ooó ooó

EL DÁCTILO

El dáctilo consta de una sílaba tónica, seguida de dos átonas. En castellano, son dactílicas palabras como médico, tópico, pálido, árbitro, etc. Un ejemplo de frase construida sobre el dáctilo podría ser éste:

Frondas de roto verdor se confían al pulso de un cántico.
óoo óoo óoo óoo óoo óoo

EL CRÉTICO

Consta de una sílaba tónica, una átona y otra tónica. Como ejemplo puede servirnos la siguiente expresión:

Mal de amor
óoó

EL ANFÍBRACO

El anfíbraco consta de una sílaba átona, una tónica y otra átona. Tienen la forma de anfíbraco palabras como ventana, repipi, tocino, cerrojo... Sobre la pauta de anfíbraco podríamos formar una frase así:

Llegaba cantando; traía pintada en los ojos la buena noticia.
oóo oóo oóo oóo oóo oóo oóo

EL PEÓN IV

Se compone de tres sílabas átonas a las que se suma una tónica al final. Palabras como agrimensor, aguamanil, serenidad... tienen la estructura del peón IV. Un ejemplo de frase construida sobre este pie es el siguiente:

Te esperaré hasta las dos.
oooó oooó

RITMOS COMPUESTOS

Los ejemplos que hemos visto hasta el momento resultan de la repetición de un único pie; así que vamos a ver ahora posibles combinaciones entre todos ellos, a partir de diferentes ejemplos que tomamos de Cervantes:

-1 dáctilo + 1 crético:

Esta alcanzada prez
óoo óoó

-1 troqueo + 1 yambo + 1 anfíbraco + 1 anapesto:

Yo lo diré con toda brevedad
óo oó oóo ooó

-4 anfíbracos + 1 yambo:

El cura le estuvo escuchando con gran atención.
oóo oóo oóo oóo oó

-1 troqueo + 2 yambos + 1 anapesto + 1 troqueo:

Digo que así lo haré -respondió Sancho.
óo oó oó ooó óo

EL RITMO: INSTRUCCIONES DE USO

Las pautas rítmicas que acabamos de ver son, sobre todo, un instrumento de corrección; por eso no es aconsejable pararse a pensar en ellas en el momento de escribir. Es verdad, no obstante, que ritmo e inspiración no están en modo alguno reñidos, y que suelen llegar uno de la mano de la otra, sin apenas saberlo ellos mismos. De modo que aceptemos el ritmo que llegue junto a nuestra escritura, en buena hora, y revisemos el texto sólo después, para reafirmar o para corregir su melodía. Os aconsejamos que, para ello, empecéis por leer el texto en voz alta, muy atentamente.

¿Y cómo practicar el ritmo, independientemente del momento de la escritura? ¿Cómo aprender a dominarlo, y adiestrarnos en ese buen oído que en todo momento necesitaremos...? Lo más recomendable, de entrada, es practicar por separado los cuatro primeros pies (el yambo, el troqueo, el anapesto y el dáctilo); practicarlos -queremos decir- por medio de frasecitas sueltas, de ejemplos que inventemos para nosotros mismos. Cuando el ritmo acuda a la frase con soltura podremos combinar los cuatro, y hacer lo mismo luego con los tres restantes.

Os sugerimos hacerlo así, con método; pero igual pueden practicarse a boleo unos y otros, y combinarlos todos, en cualquier momento; el resultado será igualmente bueno si empleamos interés y tesón en la tarea. Lo esencial es el entrenamiento y -esto también- empezar con frases sencillas, con cosas muy de andar por casa...

Quiso venir a cenar y ya éramos ocho a la mesa.

Dejé pasar el autobús.

Nos conocimos en abril.

Me pidió que le hablara de Luis; ¿qué podía contarle después de dos años de ausencia?

Se trata, en fin, de ir acostumbrando el oído. Después, con un poco de práctica -ya lo veréis-, la idea busca el ritmo por sí sola. Si conseguimos adiestrar nuestro oído y añadirle una atinada combinación de los diferentes pies, daremos con una cadencia limpia, natural, una cadencia muy próxima a lo coloquial pero que avanza en andas de la medida. Como en esa recomendación final, inolvidable, de Sancho a Don Quijote:

No se muera vuesa merced, Señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años,
óoó ooooó / oó óo / ooó oooó oóo óo óo /

que la mayor locura que un hombre puede cometer en esta vida es dejarse morir así,
oooó oóo oóo óo ooó oó oóo óoó ooó oó /

sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben,
oó oó / ooó ooóo / óoó ooóo /

que las de la melancolía.
oooooooóo

LOS CURSUS

Además de estas pautas acentuales que pueden utilizarse en cualquier lugar de la frase -aunque muy especialmente en el período final-, la retórica antigua aconsejaba cerrar las parrafadas con ciertas fórmulas fijas. Y lo cierto es que quedan muy bien, que nos suenan muy bien aún hoy, y quién sabe hasta cuándo.
Se trata de fórmulas rítmicas que marcan la conclusión en el oído del lector, como los últimos compases en una melodía. Cicerón recogió cuatro de estos finales -llamados cursus-, que no podemos dejar de mencionar:

-Cursus planus:

Después de la tormenta lucía el sol, y salimos por fin de la casa, muertos de miedo.
óooóo

-Cursus velox:

Nuestra estancia entre ellos fue un desastre, pero recuerdo que aquella noche, con las maletas en el portal, nos despidieron sin desairarnos.
óooooóo

-Cursus tardus:

Primero hay un redoble de tambores y después, cuando el tigre aparece en la carpa, suena la música.
óooóoo

-Cursus trispondiacus:

No me atreví a esperarte; las alegrías llegan de improviso.
óoooóo <<

¿Habéis llegado hasta aquí? Bueno, pues ahora, de regalo para los que hayan aguantado todo esto, un articulito de Ángel Zapata en el que practica especialmente el ritmo con las pautas que nos acaba de dar. Os recomiendo que lo leáis en voz alta:

>> LOS TRANVÍAS

Los tranvías, como los buenos toreros, supieron retirarse a tiempo, convertirse en leyenda, y que la gente los recuerde ahora -¡ah, los tranvías!- con esa nostalgia que emborracha un poco, o en esa borrachera, según, que da un poco nostálgica.

Porque uno tiene apedreado -la mala idea de los niños- aquel tranvía de Peñagrande que cruzaba desmontes, tomillares, arroyos, por las afueras de la ciudad, y moría entre casas de adobe, perros furtivos, guardas con canana cruzada en el pecho, en la linde de El Pardo. Pero ya por entonces, mediados los sesenta, los tranvías se hicieron más espigados, con el morro de quilla, parientes de las barcas que había en la verbena, y eran tan sosos como el autobús, tan anodinos, tan municipales.

Sin ese algo de templete con ruedas que tuvo siempre el tranvía, de pabellón de invierno que se ha echado a la calle, entre ferroviario y rococó, daba un poco lo mismo -la verdad- que los quitaran o los pusieran.

La ecología, el urbanismo, el buen sentido a secas, piden la vuelta de los tranvías, en los últimos tiempos. Y a mí, qué voy hacerle, un tranvía de diseño, un tranvía ergonómico -perdón-, como imagino los de ahora, me parece un transporte conveniente y limpio, pero no un tranvía. Porque el tranvía era un lujo con el que se adornaba la ciudad, como a veces se adorna el torero para cerrar el lance; un capricho, diríamos, más que un remedio a nada.

Goleta que navega entre adoquines, quiosco que se anda, el tranvía era un juguete, con algo de corral, de sonajero, en la niñez de las ciudades.

Debajo del asfalto no está la playa -como se dijo en el sesentayocho-, sino el lento rodar de los tranvías. Nacido con el siglo, pupilo de la acera y del acero, el tranvía no quiso crecer. Sacarlo del museo, del desguace, volverlo razonable, adulto y funcional, sería un empeño ocioso, odioso, y otra forma de olvido. El tranvía es el tiempo recobrado. A la infancia se vuelve, si se vuelve, en tranvía. <<

Besos:

Isa.

 

  LA EXPERIENCIA DEL ESCRITOR - JOHN GARDNER
miércoles, 06 de junio de 2001 18:12

 

 
Os copio un fragmento de "El arte de la ficción" (John Gardner) sobre el tema que se trató ya hace siglos (yo, como siempre, tan actual), sobre si el escritor ha de tener o no experiencias variadas. Por cierto, estoy entusiasmada con este libro; estoy tardando un huevo en leérmelo, porque por cada párrafo pierdo como dos horas pensando, pero es interesantísimo.

>> [...] una amplia experiencia, desde Zanzíbar hasta el Yukon, tiene más probabilidades de producir una textura abigarrada que una ficción honda y conmovedora, [y] el conocimiento de primera mano sobre una docena de oficios tiende a ser de menos valor, para un escritor, que veinte buenos informadores, como los que se consiguen charlando en los bares, en los autobuses o en las fiestas, e incluso en un desvencijado banco de un parque. El asunto primordial de la ficción ha sido, es y será siempre la emoción humana, las creencias y los valores de los seres humanos. El novelista Nicholas Delbanco ha comentado que, a los cuatro años de edad, uno ya ha experimentado prácticamente todo lo que se necesita para escribir ficción: el amor, el dolor, la pérdida, el aburrimiento, la cólera, la culpa, el miedo a la muerte. Al escritor le corresponde crear seres humanos convincentes y crear para ellos situaciones y acciones básicas, por medio de las cuales consigan conocerse y revelarse ante el lector. Para eso no es preciso tener una educación universitaria, pero mediante el adiestramiento, mediante el estudio de los grandes libros, mediante la práctica de la escritura, uno aprende a presentar las ficciones propias, a darles lo que debe darles. Mediante el estudio de las técnicas, y no mediante la navegación en canoa, la vida del leñador en el bosque o el contrabando de hachís, uno aprende los modos más eficaces para dar vida a los personajes: uno aprende cuál es la diferencia entre emoción y sentimentalismo, aprende a discernir en la etapa de la planificación la diferencia que existe entre acción dramática y mala calidad, etc. Esta clase de aprendizaje, por volver a nuestro tema de partida, es la que conduce a la maestría. <<

 

 

   SOBRE EL COMPROMISO - JOHN GARDNER
miércoles, 06 de junio de 2001 18:19

 

Y sobre el compromiso, otro fragmento de Gardner:

>> Contar la verdad en la ficción puede equivaler a una de estas tres cosas: decir lo que es correcto y acorde con los hechos, esto es, una suerte de verdad trivial, aunque sea una verdad central en las obras en las que prima la verosimilitud; decir lo que, en virtud del tono y la coherencia, no parece una mentira, que es una suerte de verdad más importante; descubrir y afirmar una verdad moral acerca de la existencia del ser humano, que es la más alta de las verdades a las que puede apuntar el arte. La más alta de las verdades, según he dicho, nunca es algo que el artista dé por sentado. No es un punto de partida, sino una meta. Aunque el artista tenga sus creencias, igual que tantas otras personas, comprende que una de las características más sobresalientes del arte es su radical apertura a la persuasión. Incluso en el caso de aquellas creencias de las que está más seguro, el artista las pone bajo presión por ver si son capaces de aguantar. Tal vez tenga una idea bastante clara del punto al que le llevará su experimento, como hizo Dostoievski cuando envió a Raskolnikov a cumplir con su profana misión, pero en la medida en que sea un verdadero artista no forzará los resultados. Sabe en lo más profundo de su alma que cuando un artista crea a la vez que está al servicio de unas creencias erróneas -a partir de opiniones erróneas, que toma por sabiduría auténtica-, o cuando crea al servicio de doctrinas que pueden o no ser verdad, pero que no pueden comprobarse -por ejemplo, el marxismo doctrinario o la fe en la eventual resurrección de los muertos-, el efecto de su obra, resulte o no admirable, no será el efecto que tiene el verdadero arte, sino algo bien distinto: pedagogía, propaganda o religión. <<

 

 

  DIBUJAR UNA CIGÜEÑA - GUSTAVO MARTÍN GARZO
martes, 19 de junio de 2001 19:41

 

Aquí va también otra historia de portadores de sueños. "Dibujar una cigüeña", un artículo de Gustavo Martín Garzo.

>> En un apólogo de Kafka, un emperador en su lecho de muerte llama a uno de sus servidores. Le entrega un mensaje que tiene que llevar al otro extremo de su reino. El mensajero corre en dirección a esa frontera remota, pero el palacio es tan extenso, sus corredores y patios tan intrincados, que muere antes de alcanzar sus puertas exteriores. No es difícil saber lo que oculta ese mensaje terrible: «Somos cadáveres de permiso». El mensajero sabe que la verdadera vida está en ese reino remoto, y que su misión es hacer todo lo posible por escapar. No corre para transmitir las palabras del emperador, sino para negarlas.

No creo que sea otra la función del relato. Ayudarnos a escapar del palacio, y burlar a la muerte. ¿Es posible? No, no lo es. Pero por si acaso conviene correr, salir a toda velocidad de ese reino agobiante. No se trata de un sinsentido. La vida del hombre no es posible sin la excepción. Los cuentos están llenos de ellas, por eso los necesitamos. Aún más, puede afirmarse que sólo nos interesa de verdad lo que rompiendo la cadena de las causas, el orden habitual de los acontecimientos, nos abre a ese mundo de la infinita posibilidad. Tal vez por eso no hay comunidad sin cuentos. Que no necesite contarse cuentos, y que no sea capaz de generarlos. Es decir, que no sienta, al menos en algún momento especial de su historia, que su vida puede ser contada. No hace falta explicar lo que esto significa, pues todos hemos experimentado numerosas veces esa sensación tan extraña como maravillosa, la de que eso que nos pasa puede constituirse en materia de un relato. En cierta forma, los momentos más intensos y decisivos de nuestra vida son aquellos que generan automáticamente esa necesidad de contar. De hecho, no contamos cualquier cosa, sino sólo aquello que guarda la promesa de una salvación. Es decir, lo que está abierto al sentido. O dicho en otras palabras, lo que hace de nosotros dignos descendientes de la vieja estirpe del mensajero de Kafka. Lo improbable hecho real, ésa es la materia del relato.

Isak Dinesen, que fue una de las grandes narradoras de este siglo, lo explicó en una de sus historias. Había un hombre que vivía en una casa, junto a un estanque. Una noche al hombre le despierta un gran ruido y se interna en la oscuridad para encontrar su causa. Va en una dirección, en otra, y tras pasar por numerosas vicisitudes termina por perderse. Se cae en una zanja, se pierde en un terreno pedregoso, tiene que levantar un dique, porque el estanque se ha roto y se escapan los peces, y por fin, agotado, regresa a su casa. Pero cuando a la mañana siguiente mira a través de su ventana, ¿qué es lo que ve? Que el rastro que ha ido dejando en ese peregrinar sin retorno ha trazado en la arena el perfil nítido y exacto de una cigüeña.

Eso es contar un cuento, hacer ver esa cigüeña imposible. O dicho con otras palabras, confiar en que la vida tantas veces absurda, dispersa, siempre bajo el imperio de un emperador moribundo, de pronto puede aclararse y, como las aguas de un río, dejarnos ver el fondo luminoso del cauce. Ese instante es el que tratamos de apresar cuando contamos algo. Voy a poner un ejemplo. El peluquero del pueblo de mi padre se jubiló hace unos meses, y traspasó su negocio, un local minúsculo, situado junto a la plaza. Pero el nuevo propietario, dueño del bar colindante, al comenzar las obras de acondicionamiento se tropezó con algo imprevisto. El peluquero había ido acumulando, a lo largo de más de treinta años de vida profesional, kilos y kilos de pelo en los bajos de su local, y fueron precisas dos jornadas de trabajo para vaciarlo por completo. Todos recordaban aquella costumbre suya de barrer el pelo hacia una trampilla situada en una de las esquinas, pero nadie podía suponer que había ido guardando bajo sus pies el pelo de varias generaciones. El pueblo entero asistió perplejo al espectáculo de la extracción del pelo, que por su abundancia parecía no ir a terminar nunca, y llegó a llenar dos remolques. En medio de ese trabajo, y confundida en aquella materia oscura, encontraron una trenza. Una trenza que causó la admiración de todos, pues era de color rubio, y tanto su vigor como su longitud incomparable hacían pensar que acababa de ser cortada. Fue tal el impacto que experimentaron al verla que, incapaces de saber lo que tenían que hacer, suspendieron por unas horas su trabajo. ¿A quién había pertenecido? ¿Cómo era posible que aquella trenza casi sobrenatural les hubiera pasado inadvertida cuando lució luminosa en la espalda de una mujer real? ¿Acaso la mujer no era del pueblo? Y si era así, ¿qué podía haber llevado a una forastera a elegir una peluquería como aquélla para realizar un acto que debió causarle un vivo dolor? Aún más, ¿por qué siendo el peluquero el mayor charlatán del pueblo nadie recordaba haberle oído hablar de aquella visita? No encontraron ninguna respuesta y, finalmente, con el ánimo traspasado de vagos presentimientos, siguieron con su trabajo. La hermosa trenza fue a parar con el resto del pelo a uno de los remolques donde desapareció para siempre en el vertedero municipal.

Dos vagones enteros de pelo, la confusión de los hombres al contemplar el oscuro magma y tener la evidencia de que en él no sólo había restos de sus cuerpos, sino de tantos familiares y amigos desaparecidos; una trenza destacándose en la suciedad como recién cortada, y el desasosiego de su vitalidad en medio de la contemplación inesperada de la muerte. Eso es dar a ver la cigüeña. Descubrir que todos al vivir vamos trazando un dibujo desconocido, y que nuestra tarea, como la del colono del cuento de Isak Dinesen, es hacer todo lo posible para que no quede incompleto. No que lo elaboremos nosotros, porque eso exigiría conocer el dibujo que queremos trazar, sino que a través nuestro pueda hacerse visible a los que viven a nuestro lado. La última voluntad del hombre moribundo se resume en un único deseo universal: haber generado al menos una historia que merezca ser recordada. El peluquero lo ha hecho. Como si a lo largo de toda su vida, de todos los años pasados en aquel local agobiante, repitiendo eternamente, ante la sucesión interminable de sus vecinos, los mismos gestos con su tijera, no hubiera hecho sino preparar ese único instante de gloria, el instante en que todo el pueblo descubriría asombrado su almacén de pelo. Lo guardé para vosotros, les dice. Yo soy esos dos vagones de pelo que ahora se alejan para siempre.

Pero ¿y la trenza? La trenza es lo que está de más, lo que se añade inexplicablemente a ese dibujo, y a la vez le completa y, en cierta forma, le descabala, pues no conviene que la línea se cierre en exceso, porque la vida de un hombre no cabe en un solo dibujo, sino en muchos a la vez. Eso significa la trenza. Nos advierte del peligro de fiarnos demasiado de las apariencias, y de la posibilidad de que más allá de lo que siempre sentimos como propio, nuestro propio nombre, nuestra identidad personal o social, pueda haber la sombra de una vida distinta, que incluso nos aborda y reclama de una manera más decisiva que la que habitualmente mostramos ante los demás. Seguir la sombra de esa vida es como participar en uno de esos juegos de las cajas chinas, donde el lugar al que se llega sólo es el tránsito hacia otro lugar distinto, que a su vez sólo puede conducirnos a otro más escondido aún. Todas las historias que nos gustan, esas que no nos cansamos de reclamar y que, como los niños cuando escuchan un cuento que les concierne, sólo podemos aceptar que terminen para que alguien las comience de nuevo, guardan dentro un secreto. Una historia oculta, apenas presentida, pero de la que todo -los hechos mismos que se narran, el ritmo precipitado de nuestra sangre al escucharlas- parece depender. Como la historia del peluquero, y en cierta forma la de todos los que contemplaron la escena de los remolques, dependerá ya para siempre del enigma de esa trenza recuperada y perdida. Troya en llamas, siete años de exilio, trece buenos barcos perdidos. ¿Qué sale de allí?, se pregunta Isak Dinesen. «Maravillosa elegancia, delicada grandeza y suave ternura».

Maravillosa elegancia, delicada grandeza, suave ternura... ¿Pero no es ésta la descripción de la trenza, en la historia que os acabo de contar? <<

 

 

   LA INTELIGENCIA DEL ESCRITOR -. JOHN GARDNER
jueves, 28 de junio de 2001 19:06


Un fragmento de "Para ser novelista", del Gardner:

>> Otro indicador del talento del novelista es la inteligencia, cierta clase de inteligencia, ni la del matemático ni la del filósofo; la del narrador, no menos sutil que la de éstos, pero no tan fácil de distinguir.
Como otros tipos de inteligencia, la del narrador es en parte natural y en parte ejercitada. Se compone de varias cualidades, la mayoría de las cuales son, en la gente normal, señal de inmadurez o incivilidad: de ingenio (tendencia a hacer irrespetuosas asociaciones de ideas); de obstinación y tendencia al individulismo desabrido (rechazo de todo lo que la gente sensata sabe que es cierto); de la puerilidad (manifiesta falta de seriedad y de objetivo en la vida, afición a fantasear y decir mentiras fútiles, desfachatez, malicia, indigna propensión a llorar por nada); de una marcada tendencia a la fijación oral, o a la anal, o a ambas (la oral, patente en su inclinación a comer, beber, fumar y charlar en demasía; la anal, en su aprensiva pulcritud y su grotesca fascinación por los chistes verdes); de una capacidad de evocación eidética y un memorial visual notables (rasgos típicos del recién adolescente y del retrasado mental); de una extraña mezcla de naturaleza juguetona y comprometedora seriedad, la última a menudo acrecentada por sentimientos irracionalmente intensos en favor o en contra de la religión; de menos paciencia que un gato; de una vena socarrona despiadada; de inestabilidad psicológica; de temeridad, impulsividad e imprevisión; y, finalmente, de una inexplicable e incurable adicción a las historias, orales o escritas, buenas o malas. Naturalmente, no todos los escritores tienen exactamente estas mismas virtudes. Alguna que otra vez aparece alguno que no es anormalmente imprevisor.

He descrito aquí, pensará el lector, un ser peligroso y de lo más peregrino. (De hecho, los buenos escritores casi nunca son peligrosos [...]). Aunque el tono sea medio jocoso, esta descripción del escritor pretende ser precisa. Está claro que los escritores serían todos unos dementes si no fueran tan complicados psicológicamente ("demasiado complejos", escribió un famoso psiquiatra en cierta ocasión, "para ceñirse a un tipo concreto de locura"); y algunos se vuelven locos de todos modos. Lo más sencillo cuando se trata de hablar de esta clase especial de inteligencia tal vez sea describir lo que se consigue con ella, lo que el joven novelista tendrá que estar, tarde o temprano, preparado para hacer.

He dicho que los escritores son adictos a las historias, orales o escritas, buenas o malas. Naturalmente, no pretendo decir que no sepan distinguir entre las buenas y las malas, y debo añadir que las malas historias a veces les ponen furiosos. (Unos se enfadan más, otros menos; y los hay que en lugar de comenzar a bramar y a arrojar cosas, proyectan su furia hacia el interior de sí mismos y se hunden en un abatimiento de tintes suicidas.) La clase de novela que enoja a los buenos escritores no es la novela verdaderamente mala. La mayoría de los escritores ojearán sin duda un libro de cómics o una novela del oeste, hasta una de enfermeras si les cae en las manos en la consulta del médico, y leerán sin darle importancia. Algunos leen con gusto novelas policiacas buenas y malas, ficción científica [ciencia-ficción], dramones familiares ambientados en el sur o en el oeste, e incluso -y a lo mejor con gusto especial- libros para niños. Lo que les enfurece es la mala novela "de calidad", ya sea para niños o para adultos.

Sería un error achacar su ira a los celos profesionales. No hay ser más generoso a la hora de alabar que el novelista que acaba de leer una buena novela escrita por otro, aun cuando el autor sea enemigo acérrimo suyo. Más acertado sería achacarla a la inseguridad del novelista, pero tampoco es del todo cierto. Si uno se esfuerza mucho por hacer algo que considera importante (contar una hisoria excelentemente bien), no tolera que otra persona lo haga mal o, peor aún, con engaño, y pretenda, además, formar parte de su distinguida cofradía. Es una afrenta a su honor, al de toda la profesión, y el objetivo que se ha marcado en la vida pierde significación, sobre todo si los lectores y los críticos se muestran incapaces de distinguir entre lo auténtico y lo falso, como suele ocurrir. Se empieza a dudar de que el propio criterio tenga algún valor, incluso de que uno viva en contacto con la realidad. Y uno se vuelve gruñón, petulante, pendenciero. Puesto que la excelencia en el arte es una cuestión de gusto -ya que no se puede demostrar, con la misma claridad con que los matemáticos demuestran sus aciertos o errores, que una obra sea mejor que otra-, la alabanza generalizada de un libro estúpido ofende al verdadero escritor. Como un niño convencido de que tiene razón pero que no consigue hacérselo ver a sus padres, y que carece de poder y de autoridad para imponerse, el escritor ofendido por una supuesta obra maestra que él sabe que es un camelo puede coger un berrinche o llenarse de resentimiento, o volverse insidioso (puede, como dijo Joyce, recurrir al silencio, a la marginación, a la astucia [sic]).

Nada produce más inseguridad en el verdadero novelista que el hecho de coincidir con un período dominado por una corriente crítica arbitraria, lo cual, de una manera o de otra, triste es decirlo, ocurre casi siempre. Ningún escritor, si vence el abatimiento o la ira y levanta la cabeza para mirar a su alrededor, puede dejar de advertir que los imbéciles, dementes y charlatanes están por todas partes: escuelas de crítica donde privan la estupidez, la ignorancia y la falta de gusto, que publican gruesas revistas y se reúnen en solemne cónclave para interpretar al revés a los grandes escritores o alabar a vulgares imitadores a los que ni siquiera un penco se dignaría a prestar atención; u otras que, llenándose la boca de Heidegger, sostienen que nada de lo que escriben los escritores tiene significado, que la existencia misma de sus páginas no pasa de ser un gracioso accidente, que sus palabras son mera cháchara delirante (a pesar de todos los esfuerzos del escritor), que puesto que el lenguaje es por naturaleza falso y engañoso, vale más leer las páginas de abajo arriba. (Incluso la "Divina Comedia", sostienen los críticos Harold Bloom y Stanley Fish, cada uno a su manera, no es más que materia prima para practicar "el arte de la crítica".) En una cultura literaria donde la noción misma de "obra maestra" se considera corrientemente una barbaridad, donde a la buena literatura se la tacha de reaccionaria o de autolimitadora, y donde se admira por sistema a los peores escritores (eso le parece al desalentado novelista, y la lista de los libros más vendidos y de las selecciones del Book-of-the-Month-Club de los últimos veinte años le darían la razón), ¿quién va a decir que el grado de maestría laboriosamente alcanzado por el escritor más valiente y disciplinado no es charlatanería y celo exagerado? (Aun en el desaliento el escritor se aferra a su retórica y al diccionario.)

Pero la inseguridad (la sensación de que su honor y su determinación serán pisoteados en la ciega estampida del "rebaño" de Nietzsche), aunque interviene, no es el motivo último de que el novelista deteste el arte falso. De la práctica de leer y escribir novela, como del ejercicio de la abogacía o de la medicina, se obtienen recompensas cuyas repercusiones en la calidad de vida y en la visión de las cosas sólo quien se entrega a dicha práctica está en condiciones de evaluar en toda su magnitud. Lo que pretendo decir quizá se comprenda mejor si establecemos una analogía entre novelistas y pintores. El artista dedicado a los óleos -a los paisajes, pongamos por caso- adquiere sensibilidad para captar el color y la luz, las formas, los volúmenes. El novelista adquiere agudeza para interpretar la conducta y los sentimientos de las personas, sus gustos, el ambiente en que viven, sus placeres, sus sufrimientos, y a veces la desarrolla hasta un grado que bordea lo extrasensorial. El falso novelista no sólo no consigue desarrollar tales aptitudes, sino que su falsedad se lo impide, a él y a sus lectores, al menos, en el caso de éstos, en la medida en que se dejen engañar.

He dicho antes que el escritor que se preocupa por el detalle -que analiza los gestos y ademanes más triviales de sus personajes, para saber exactamente de qué forma debe proseguir la escena imaginada- es el que convence y asombra. Este escrutinio es uno de los numerosos elementos de que consta la práctica de la escritura; empleémoslo como indicador del valor de la auténtica práctica -y de la pérdida de tiempo y el perjuicio que constituye la práctica negligente-. El escrutinio que lleva a cabo el auténtico escritor se nutre de la experiencia y la nutre al mismo tiempo: el escritor, sin apenas notarlo, se convierte en un observador atento. Puede incluso que, de tanto observar, llegue a convertirse en un excéntrico para sus amigos. Se dice [...] que Anthony Trollope, cuando iba a una fiesta, se sentaba y se pasaba diez minutos o más observando detenidamente a los invitados uno tras otro, respondiendo apenas a quien se dirigía a él, con gran desconcierto por parte de la concurrencia. Tnato si esta historia es cierta como si no, está comprobado que una fiesta con buenos escritores entre sus invitados puede resultar enervante para el no iniciado. [...] La cuestión es que, tanto si se les nota en las fiestas como si no, los escritores aprenden, por necesidades del oficio, a ser observadores agudísimos. Ése es uno de los gozos, así como una de las maldiciones del oficio de escritor. Quizá también los psicólogos disfruten algo de este mismo placer, pero a los psicólogos, digan lo que digan y sean cuales fueren sus intenciones, lo que les interesa esencialmente es la mente aberrante. Los escritores están abiertos a todas las posibilidades de la naturaleza humana.

Mencionaré otra circunstancia embarazosa relacionada con el hábito del escritor de estar siempre atento. Una vez, yendo en coche por Colorado con un amigo, bajando por una estrecha carretera de montaña, nos encontramos con un accidente. Habían chocado un coche y una camioneta, y a quince metros ya veíamos la sangre. Nos paramos y corrimos a prestar ayuda. Y yo, mientras corría y mientras, con la ayuda de mi amigo, intentaba abrir la puerta del coche, en el que había una mujer embarazada de nueve meses con el abdomen atravesado, pensaba: "¡Tengo que recordar esto! ¡Tengo que recordar lo que siento! ¿Cómo se describiría esto?". No creo que me comportara con menos diligencia que mi amigo, que, libre de condicionamientos literarios, probablemente no pensaba tales cosas; de hecho, es posible que me comportara con mayor diligencia, según el modelo de escena noble que me creaba en la mente. No obstante, lo que sobre todo sentí fue repugnancia ante mi distanciamiento mental, ante mi inhumana fascinación por la forma en que la sangre salía a borbotones, en lo instantáneamente que la carne de alrededor de una herida se convierte en tejido granulado, es decir, se pone protuberante, etcétera. En ese momento, con literatura y todo, hubiera preferido ser más inocente.

Para bien o para mal, la práctica de la literatura cambia a la persona. El verdadero novelista sabe cosas que otro hombre, especializado en otra cosa, no sabe y podría no querer saber. El falso literato, por otro lado, sabe menos que nada. No sólo puede decirse que la realidad le resulta oscura; debido a las malas técnicas que emplea -lo que ha aprendido mal [...]- tiene una visión distorsionada de las cosas, y ve falsamente. El verdadero novelista menosprecia al falso porque éste se engaña a sí mismo, ya que manipula a los personajes en lugar de intentar comprenderlos, y porque no enseña nada (en el mejor de los casos) a sus lectores. <<

 

  LO QUE HACE FALTA PARA SER NOVELISTA - JOHN GARDNER
sábado, 14 de julio de 2001 9:35

    

Los dos últimos fragmentos de Gardner (uno de ellos vuelve a contradecir lo que afirmaba sobre el sentimiento de culpa), que por fin me he terminado "Para ser novelista".  

>> Los traumas psicológicos, siempre que sus efectos se puedan dominar parcialmente, ayudan a no perder la determinación. Sentirse responsable de algún accidente mortal ocurrido en la infancia, que uno nunca llega a personarse del todo; la sensación de no haberse ganado el total afecto de los padres; avergonzarse de los orígenes de uno -un sentimiento de inferioridad, llevado con actitud defensiva y beligerante, por motivos de raza o de extracción, o provocado quizá por la invalidez o algún defecto físico de uno de los padres- o la incapacidad para aceptar el aspecto físico de uno; todos éstos son signos prometedores. Quizá sea cierto o quizá no lo sea que los niños felices y equilibrados pueden llegar a ser grandes novelistas, pero puesto que el sentimiento de culpabilidad y la vergüenza llevan a la introspección, es muy probable que dichas características, si se dan en la medida adecuada (ni demasiada aflicción ni insuficiente), faciliten al escritor la consecución de su objetivo. Debido a la naturaleza de su trabajo, es importante que el escritor aprenda a ser eminentemente independiente, que sepa amar con cierto desapego y que la aprobación o el apoyo los busque en sí mismo (o que a este respecto se rija por criterior particulares). En general, los novelistas son personas que en la infancia, en momentos de pesadumbre, aprenden a encerrarse en sus fantasías o a buscar consuelo en la voz de algún escritor, en lugar de recurrir a quienes tienen a su alrededor.<<

   

>> Nadie puede decirle realmente al novelista si tiene o no lo que hace falta. La mayoría de aquéllos a quienes el joven escritor se lo pregunta no están capacitados para responder. Puede que estén muy bien situados, incluso que sean famosos, pero según una ley universal el ochenta y siete por ciento de la gente que trabaja, en cualquier profesión, es incompetente. El joven escritor debe decidir por sí mismo, basándose en los indicios que tenga. He citado aquí, con cierto detalle, los indicios sobre lo que hay que meditar.

La facilidad verbal es uno de los rasgos del novelista prometedor, pero hay grandes novelistas que no la tienen, y otros absolutamente estúpidos que la tienen en abundancia.

La agudeza es de tremenda importancia para el escritor. Pero se puede adquirir si no se tiene. Bueno, normalmente. No es difícil darse cuenta de que lo abstracto rara vez es tan eficaz como lo concreto: "Se disgustó" no está tan bien como, incluso: "Desvió la mirada".

No hay nada más absurdo que esa típica máxima de profesor de Escritura Creativa según la cual hay que escribir sobre lo que se conoce. Pero ya se escriba sobre personas o sobre dragones, mediante la observación personal de cómo ocurren las cosas en el mundo -cómo se da a conocer el personaje- se puede convertir un episodio sin vida en otro absolutamente vívido. Un buen consejo preliminar sería el de escribir como si uno fuera una cámara de cine, buscando reproducir exactamente lo que se capta. Todo el mundo es capaz de ver con extraordinaria precisión, lo que ya no es tan cierto es que sepa escribir lo que ve. Cuando los matrimonio se pelean, inconscientemente hacen maravillas a este respecto. Llegan exactamente hasta donde es prudente llegar, hasta que encuentran la debilidad del cónyuge, y, sin embargo, sin tener que pensarlo saben en qué momento preciso contenerse. El inconsciente humano es sagaz. Que los escritores tienen este talento es tan indudable como que también lo tienen los pescadores de truchas y los alpinistas. Lo que hay que hacer es saber sacar lo que se observa, saber escribirlo. A saber escribirlo con precisión me refiero cuando hablo de la "agudeza del escritor". Lo que se quiere decir cuando se habla de que un escritor es *original* es que sabe escribir lo que le interesa -que sabe poner en palabras lo que ve, que no es lo mismo que lo que cualquier idiota pudiera ver-. Todo el mundo ve las cosas con originalidad. Lo que ocurre es que la mayoría no sabe escribirlo sin vulgarizarlo o adulterarlo. La mayoría de las personas carece de lo que Hemingway llamaba el "detector de gilipolleces irrompible incorporado". Pero el escritor que escribe exactamente lo que ve y siente, que lo revisa detenidamente una y otra vez hasta que cree en ello, que sabe distinguir en lo que dice lo que es mera retórica o imitación, que se da cuenta de cuándo dice algo que no es noble o incisivo sino estúpido, ese escritor, siempre que el mundo sea justo con él, seguirá siendo recordado cuando los ingleses se hayan ido de Gibraltar.<<

 

  ALGUNOS ASPECTOS DEL CUENTO - JULIO CORTÁZAR
sábado, 14 de julio de 2001 12:01

 

Dice Berna: No tengo la referencia completa de los textos de donde proceden estos fragmentos; ¿Isa?

Para el de Poe cito a Gabriela Mora en "En torno al cuento: de la teoría general y de su práctica en Hispanoamérica": "Ya es sabido que Poe formuló sus reflexiones más conocidas sobre el cuento en una reseña a *Twice Told Tale* de Hawthorne, en 1842."

Se pueden encontrar también esas reflexiones en un librito titulado *Filosofía de la composición*, una exégesis de Poe hecha por Brander Matthews en 1884 (Ed. La Nave de los Locos, 1985, México).

En cuanto al fragmento de Cortázar, está sacado de uno de sus artículos, "Algunos aspectos del cuento", que apareció en *Casa de las Américas* en 1963. Se puede encontrar en una recopilación de artículos sobre el cuento de varios autores titulada "Del cuento y sus alrededores" (Monte Ávila Editores).

Transcribo un fragmento más amplio en el que se encuentra incluído el que cita Berna:

>> [...] Para entender el carácter peculiar del cuento se le suele comparar con la novela, género mucho más popular y sobre el cual abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, qu ela novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de lectura, sin otros límites que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede de las veinte páginas, toma ya el nombre de "nouvelle", género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En este sentido, la novela y el cuento se dejan comparar anlógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un "orden abierto", novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brassai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara. Mientras que en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el "clímax" de la obra, en una fotografía o un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento. Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por *knockout*. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel, desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condensados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa "apertura" a que me refería antes.<<

Y ya que estamos, meto otra cita de Cortázar en la que incluye otra buenísima metáfora:

>> A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotaban virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía conciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y más hermoso?<<

Hale, que sea por citas y referencias.

Besos astronómicos:

Isa