E L   P A D R E   D E   I S A
 
CRÓNICA MUY SUBJETIVA
MI PADRE Y LA MUERTE
MI PADRE Y LA SRA. GREGORIA
EL ANTES Y EL DESPUÉS
MI PADRE Y EL COMUNISMO

 

 

 CRÓNICA MUY SUBJETIVA
miércoles, 20 de junio de 2001 12:20

   

(Largo)
Para Antonio Villalba y todos los que se quieran tragar el rollo

El día de la presentación del libro se ha ido convirtiendo, casi sin que me diera cuenta, en una especie de rito anual que, como todos los ritos, tienen su parte buena y su parte mala. Todo empezó en junio de 1997, cuando yo iba de alumna al taller de Enrique. Lo escribí hace más de un año de esta manera:

>> Ayer tuve clase de novela. Luego nos fuimos de cañas, como siempre, y fue bien entretenido. Me quedé hasta las tantas hablando con Paco Mañas y recordando viejos tiempos.

Paco y yo íbamos a la misma clase de relato todos los viernes del curso 96/97. Fue un grupo muy especial en el que, por alguna razón, corría una corriente mágica entre todos. Con Paco y con otro par de personas solíamos quedar antes de la clase a eso de las cuatro, para echarnos unas partiditas de mus. Después nos íbamos a clase, que ese año todavía era en la casa de Enrique, y nos encantaba ese contraste entre el mus y la literatura. Y allí estábamos todos: Celia y Clarita (que todavía son mis amigas), Miguel (que se fue a Guatemala y estaba enamorado de Celia), Rosa (una divorciada divertidísima), Gabriela (argentina de nacimiento y vocación), José Antonio (siempre tan callado, pero cómo escribía, el cabrón), Guillermo (que era yonqui y venía colocado hasta las cejas, y tenía sida, y Clara le ordenaba los papeles mientras él leía con voz pastosa relatos llenos de acción urbana, cuando se le podía entender algo), Paco Cueto (que trabajaba conmigo en Fuentetaja, y fuimos novios ese año, y ahora no me hablo con él), Elisa (con esa gran boca sonriente de relaciones públicas), Rosa la joven (que sólo tenía dieciocho años pero escribía como los ángeles)... Leíamos nuestros cuentos, nos los comentábamos, nos descubríamos, discutíamos, nos acalorábamos, y la ilusión y la magia volaban en violentas ráfagas alrededor de la mesa con velas. Salíamos vacíos por dentro, como globos desinflados; cada uno había expulsado su cuento, ése que le había costado tanto esfuerzo parir a lo largo de la semana, y de pronto ya estaba, un cuento más a la carpeta de los cuentos terminados, y era como un sinsentido, la nada, la depresión post-parto, y daba igual que a los demás les hubiera gustado o no, porque el vacío no te lo quitaba nadie. Sin haber emergido totalmente de la ficción, nos íbamos a mojar en cerveza nuestra exaltación hueca a La Musa, nuestro bar de aquel año. Acabábamos de madrugada, a las cinco, a las seis, bailando borrachos o jugando al billar en cualquier antro de Malasaña. Paco Mañas y yo estuvimos recordando todo esto ayer, y el día de la presentación del libro con relatos de todos los participantes, el último día de ese curso maravilloso, en el que Paco, que ya era perro viejo, expresó en voz alta lo que todos llevábamos dentro, esa pena insondable porque aquello se había acabado y era algo que nunca más se volvería a repetir, porque la magia es caprichosa y no da una segunda oportunidad. Y yo le decía: no digas eso, Paco, pero sabía que tenía razón, que aquello se había acabado. Y yo ahora recuerdo ese día perfectamente, con miles de matices. La presentación fue en el Clamores, yo llevaba un vestidito de verano corto, a cuadritos, y un collar que mi hermano me había traído de Marruecos y la cara encendida. Tenía el pelo largo y rizado y casi rubio. Me recuerdo resplandeciente y estaba con Paco Cueto, que llevaba una camisa blanca-blanquísima y yo le quería mucho, aunque no estaba enamorada, pero casi, y él me quería a mí y yo era moderadamente feliz. Y estaba cantando Alberto Pérez, que es amigo de Enrique y me había dicho que me lo iba a presentar después de la actuación, porque Alberto Pérez siempre había sido mi ídolo, con sus preciosos boleros. Y me lo presentó, y cuando supo mi nombre empezó a hablarme del cuento que yo había incluido en el libro, «El beso», un escatológico monólogo interior; se acordaba de cada detalle del cuento y yo estaba avergonzadísima porque no quería hablar de mi cuento sino de su música, pero él venga con el beso por aquí y el beso por allá, con palabras lúcidas y como a ráfagas de ametralladora, y yo no entendía nada y pensé que Enrique le habría dicho que había una chica que le quería conocer y que él se habría leído apresuradamente mi cuento por eso, para poder hablarme de él cuando me lo presentaran, y me escabullí en cuanto pude, corriendo, y le dejé hasta con la palabra en la boca. Yo no sabía todavía que al cabo de un año lo volvería a ver, en circunstancias muy diferentes, al famoso Alberto Pérez, el de la Mandrágora, el de Si yo fuera presidente, cuando yo estaba hundida y llevaba gafas porque me estaban revisando la vista y tenía el pelo corto, liso y moreno, ni que me volvería a hablar de mi cuento, acordándose de cada detalle, ni que me diría que se lo había mandado a un amigo de México, donde lo habían leído por la radio, ni que recordaría también mi nombre y apellidos, y hasta la ropa que llevaba ese día de junio, el de la presentación del libro, ni que me cantaría un bolero en el hueco de un garaje camino de un taxi, un bolero sólo para mí, pero esa es otra historia que yo todavía no conocía. Yo en ese momento le dejé con la palabra en la boca y volví con mi Paco, que le gustaba a una del grupo de los jueves, que nos miraba triste, pero era mío, qué le íbamos a hacer. Y luego fuimos a cenar a un restaurante brasileño, y yo me tuve que tomar otro Frenadol porque tenía fiebre, una fiebre extraña que no pertenecía a un catarro ni a una gripe porque no había más síntomas, sólo fiebre, no mucha, unas décimas, pero la suficiente como para vivirlo todo en una especie de sueño muy placentero. Después nos fuimos a bailar al Swing, y yo me abrazaba a Paco, cada vez con más fiebre pero cada vez más feliz, y Celia salió corriendo, y yo detrás de ella, y me la encontré apoyada en un coche, borracha perdida y llorando, porque Miguel había intentado besarla, qué cosas. Y la acompañé a un taxi, sujetándola, y luego volví, y bailé con Enrique, y luego con Paco, y me caía de cansancio y de fiebre. Y todo, todo en ese día era tan idílico que, visto desde ahora y con una cámara de cine, era como en esas películas de mafiosos, como El Padrino, en que en una parte de la pantalla aparece un baile en el que todos los buenos se divierten y bailan y cantan, felices, mientras en la otra mitad se está fraguando el desastre, los malos cargan sus pistolas y se preparan para destruir la felicidad de toda esa buena gente. Porque al día siguiente era domingo y yo estaba peor, y llamé a mi madre para decirle que no iba a ir a comer porque estaba liada, no le dije que tenía fiebre para que no se preocupara, pero ella me dijo que casi mejor que no fuera, porque tenía a mi padre con treinta y nueve de fiebre y tenía que cuidarlo, treinta y nueve de fiebre sin más síntomas. Y cuando colgué el teléfono yo le dije a Paco, fíjate qué casualidad, que mi padre está con fiebre y yo también, pero menos (¿será porque soy la hija?), fiebre sin más síntomas. Y ahí empezó la pesadilla porque el martes ingresaron a mi padre en la UVI con los pulmones destrozados, y yo seguía con la fiebre, y cuando le fui a ver con mi madre, a esa horrible sala con una cama en el medio, desangelada y triste, mi padre nos vio y se echó a llorar, con la cara deformada por el miedo, y nosotras queríamos tocarle pero estaba prohibido hacerlo sin los malditos guantes, era obligatoria la bata verde como de papel, y la mascarilla, y los guantes, y nos volvimos deprisa para coger los guantes para poder tocarle, acariciarle, consolarle, y entonces él se creyó que nos íbamos y, entre sus lágrimas, hizo un gesto desesperado y patético para que no, para que no nos fuéramos, pero nosotras sólo queríamos ponernos los putos guantes que no querían entrar en las manos, y ya nos los pusimos y le acariciamos, y él se controló y se tragó las lágrimas, pero la cara de terror no se le quitaba, y el cuarto de hora se pasó volando y había que irse, y queríamos dejarle el periódico pero no se podían dejar objetos del exterior, las infecciones, ya se sabe, y nos fuimos y yo todavía no sabía, me cago en dios, que esa había sido la última vez que había visto a mi padre consciente, porque al día siguiente a mí me subió la fiebre a treinta y ocho, y después a treinta y ocho y medio, y después a treinta y nueve, y pasé los días más espantosos de mi vida, con Paco cuidándome y pendiente del teléfono para recibir noticias de mi padre, que iba empeorando pero a mí no me lo decían para no preocuparme, pero yo lo sabía, lo sentía en mi propio cuerpo, en mi propia fiebre, en el aire que no me entraba en los pulmones, y sudaba y deliraba por las noches, y en casa estaba mi gata y la gata de Miguel, que estaba haciendo obras en su bohardilla y me la había dejado, y las dos en celo, maullando sin parar día y noche, aquello era una pesadilla infernal, y yo me debatía en una lucha interior porque a ratos me olvidaba de mi padre y pensaba en que sólo quería ponerme buena, sólo pensaba en mí, y era como una lucha a muerte entre mi padre y yo, y yo decidí que quería salvarme a costa de lo que fuera, y me sentía culpable por ello, pero yo quería salvarme, y una noche la fiebre alcanzó los treinta y nueve y medio, y Paco me llevó a Urgencias, y les contamos lo que le estaba pasando a mi padre, aunque en realidad no se sabía si era neumonía o tuberculosis o qué, y me hicieron radiografías y análisis y de todo, pero mis pulmones estaban bien, me dieron unos antibióticos que luego el médico de cabecera me dijo que eran para dromedarios, y me mandaron para casa. Y a partir de ahí la fiebre me empezó a bajar muy lentamente, y yo pude ir a ver a mi padre otra vez, pero ya estaba intubado y sedado con morfina, me cago en dios, con esa máquina averna, y entrar en la habitación era como hacerlo en un lugar de ultratumba, con el sonido multiplicado por diez del aire entrando y saliendo artificialmente de los pulmones de mi padre por un tubo que se perdía en su boca semiabierta, y todos esos tubitos macabros que se metían en su cuerpo inerte, introduciéndole líquidos de todos los colores y texturas, treinta antibióticos distintos porque no sabían lo que tenía, porque alguno tendría que hacer efecto, el cuerpo de mi padre agujereado, desnudo, con una pequeña toalla que le cubría sus partes, los ojos cerrados y los párpados brillantes por la vaselina, y la enfermera diciéndonos que qué hacía con la dentadura postiza, hijaputa de enfermera, y así día tras día, sólo un cuarto de hora, aprendiendo a descifrar los numeritos de la máquina, inventándonos mejorías porque hoy marcaba ochenta y no cien el indicador de la izquierda, o porque el sonido no parecía tan artificial, día tras día durante un mes yendo, y aprendiendo a hablar a ese cuerpo que había dejado ya de luchar, que había decidido morirse, diciéndole a ese cuerpo todo lo que nunca le había dicho a mi padre, me cago en dios, diciéndoselo en voz alta, papá, tú no sabes todo lo que te quiero, yo tampoco lo sabía, sólo ahora, aquí, hablándote cuando ya es demasiado tarde, por favor, ponte bien, ponte bueno porque tengo un montón de cosas que decirte, que contarte, porque si te pones bueno te vas a dar cuenta de todo lo que te queremos, bobadas, diciendo bobadas tardías, inútiles, y las enfermeras pasando, y tú hablando y acariciando a tu padre como a un animalillo, y así un mes con todos sus días, y yo con fiebre, que se me quedó en treinta y siete y medio, y con dolor de estómago, y el médico de cabecera, un encanto de tío, haciéndome todo tipo de pruebas, y la de la tuberculosis dando muy positivo, o sea que había estado en contacto con el bacilo, pero que no estaba activo, y que tenía que tomar un tratamiento de pastillas durante seis meses, sin beber alcohol, y luego una especie de cansancio que no se me pasaba, que me impedía casi levantarme, que hacía que el camino hasta la panadería me pareciera infranqueable, andando poquito a poco, apoyándome en las farolas, y el médico que decía que eso era cansancio crónico, y más pruebas, y la fiebre siempre ahí, obsesionándome, subiendo a la hora del crepúsculo, y mi padre perdiendo sus pulmones por momentos, y los otros órganos resintiéndose de los antibióticos y la postración, y más máquinas a su alrededor, ahora la de drenaje para sacar el agua acumulada, y la de diálisis para los riñones, y así ir viendo cómo ese cuerpo se iba descomponiendo por dentro, pero siempre la esperanza, hoy parece que va mejor, y los médicos prepotentes, subidos en su pedestal, atendiendo a manadas de gente desesperada, tres minutos para cada familia, y uno decía que era tuberculosis y el otro que neumonía, y se traían una lucha entre ellos cuya víctima era ese pobre cuerpo que moría por momentos, y muy mal, señores, muy mal, yo que ustedes no guardaría esperanzas, con esa cara fría de esfinge, hijos de puta, y un día vimos que ese cuerpo deformado, que ya no era mi padre, tenía los pies azules, y entonces ya sí, entonces la esperanza se desprendió como un esparadrapo podrido, y yo ya sabía que mi padre estaba muerto, aunque le siguieran metiendo aire en el cuerpo dios sabe para qué, y a la mañana siguiente, en el trabajo, yo decidí que me iba al hospital porque ese día, el 17 de julio de 1997, mi padre, aunque ya estaba muerto, iba a morir otra vez y para siempre, y sí, ya nos dijeron que duraría horas, y entramos los tres, mi hermano, mi madre y yo, mi hermana no sé dónde estaba, en Santander, supongo, y nos despedimos, abrazados los tres quizá por primera y última vez en la vida, de mi padre, y de ese cuerpo, de los dos nos despedimos, adiós, papá, adiós. Pero era una despedida de mentira, yo no sabía todavía que no era tan fácil despedirse de un padre, que la cosa duraría dos años, que la fiebre seguiría seis meses, que yo dejaría a Paco al cabo de tres meses, vencida por el cansancio y la falta de ganas de vivir, que no me apetecería hacer el amor hasta al cabo de un año y medio, que para asumir la muerte de uno mismo no basta decir adiós, que pasaría muchos meses agotando mi mente, sin poder remediarlo, en la búsqueda de salidas a lo que no la tenía, chocándome con una barrera, siempre la misma, está muerto, está muerto y yo moriré, no hay solución, pero mi mente volvía a la carga, no puede ser, tiene que haber alguna manera, alguna vía, y no, otra vez de cabeza contra el muro sin puertas ni límites. <<

Así que el día de la presentación del libro es muy especial para mí. Nada más entrar en el Clamores, el paso del tiempo se solidifica y no me deja respirar. Llego de las primeras, me siento en la mesa en la que Enrique está preparando con algunos alumnos los discursos que darán, me pido una cerveza y me pongo a doblar trípticos de las Jornadas de Creatividad para irlos colocando por las mesas. Mientras, charlo con uno y con otro de la forma en que lo haré toda la noche, una especie de hablar por hablar, una jerigonza amable que ponga freno al estómago, que no deje que el corazón se escape y lo ponga todo perdido de sentimentalismo.

Comienza a llegar la gente. Chema aparece con su hijita Paula, que está ya tan mayor y tan seria que da vértigo mirarla. Llegan mis alumnos con familiares y amigos, y no nos podemos comportar con naturalidad como en las clases. Sonreímos envarados y me presentan. "Esta es mi profe". A todos los familiares se les escapa una exclamación de sorpresa, un leve rictus de contrariedad. "¿¡Esta!?", exclaman por dentro. Luce lo dijo, no soy una mujer de empaque. Les miro con pena, como diciéndoles "Qué le vamos a hacer", y fingimos que no hemos intercambiado nada más que los saludos de rigor.

Aparece Charo arrebolada por los nervios. La hemos elegido en el grupo de los sábados para que dé el discurso por ser la más tímida del grupo, porque todavía, después de dos años, se pone colorada cuando lee atropelladamente uno de sus cuentos deliciosos. "Cuanto antes mejor, cuanto antes mejor", repite. El local se va llenando, la gente intenta buscar una mesa libre desde donde se vea el escenario, en el que van colocando la mesa con micrófonos. Cada vez hay más barullo, y cuando sale Enrique a decir unas palabras nadie escucha, como siempre. Yo voy de una mesa a otra con mi jerigonza. Saludo a Mercedes y a su Paco, a Beltrán y a su Nieves, a Cheyenne y a su amiga. Me siento un ratito con los del sábado, pero me tengo que levantar en seguida porque he visto a no sé quién. Enrique me coge por el brazo y me arrastra hasta Alberto Pérez, que todos los años anda por ahí, pero ya no es lo mismo. Yo estoy tranquila y le pregunto por sus giras. Intercambiamos las informaciones anuales de rigor y yo lo tengo que dejar porque aparece Begoña, y Mara, y Amparo, que la pobrecita no sabía que acabarían robándole el bolso en el Café de la Palma.

Aparece Germán con mi amiga Paloma, y me abalanzo sobre ellos como sobre la salvación, como sobre los pilares fijos del presente que detienen por un rato ese bloque sólido del tiempo que me ahoga. Intento presentárselos a mis alumnos, pero la sala ya está demasiado llena e intransitable. Nos recluimos en un rincón junto al escenario, y veo a dos chicos en sillas de ruedas. Pregunto a uno de ellos si es Javier Lara, y me dice que es el otro. Javier Lara es del grupo de relato de Internet, y nos saludamos calurosamente. Les abro un hueco frente al escenario donde puedan ver bien. Luego voy a buscar a Oswaldo, que ha venido de Buenos Aires especialmente para la presentación, y lo llevo donde Javier. Cuando los veo abrazarse tengo que apretar los labios, por lo del corazón. Los dejo con sus emociones y me marcho rápido. No puedo ver estas cosas.

También saludo a Ángel, que viene todo encorbatado, con esos trajes que se pone a veces que parece que se le quieren salir del cuerpo. Y a Javier Sagarna, que se está dejando el pelo largo y parece un 'beatle' o, como dice Ángel, una funcionara de prisiones. Me encuentro a Pilar y a Mar, que son alumnas del año pasado, las dos psicólogas y flamantes. Presento a Germán y Pilar, y Pilar me dice por lo bajo que me pega mucho. Germán lo oye y le dice que parece que está hablando de sillones y cortinas, que de qué va. Nos reímos.

Nos volvemos a nuestro rincón porque van a comenzar los discursos. La segunda es Charo, de mi grupo, y estoy nerviosa como un padre ante la actuación de fin de curso. El primer discurso se me pasa sin que me entere mucho. Y de pronto sale el hilillo de voz de Charo por el micrófono, como queriendo pasar inadvertido. Pero la fuerza de las palabras trasciende el tono de voz. Dice que ha sido coaccionada para estar allí, que ella no quería, que lleva dos noches sin dormir y se le ha cortado la regla, que cuando sea tan famosa como Lucía Etxevarria y Juan José Millás no concederá entrevistas, que esta es la primera y última vez que aparece en público, que empezar a escribir ha sido lo más importante en su vida y ahora no puede vivir sin su cuaderno de notas, que escribir es meterse en miles de personajes y también pasarlo mal, que cuando toca el relato de detectives y uno está en un mare magnum de pistas falsas y cadáveres improvisados llega Isabel con el relato erótico, y así siempre; que escribir le sirivió para vengarse de su ex novio, le hizo tener un accidente y luego, cuando estaba en el hospital, coger una peritonitis, pero que al final, qué cosas, le dio pena y lo salvó, y es que la literatura es así, y luego se sentía mucho mejor. Todo eso dice Charo y mucho más, pero mejor dicho, y con esa vocecilla... Todos nos reímos a carcajadas, y yo además estoy orgullosa como un hipopótamo. Luego habla un hombre mayor del grupo de Ángel, y también nos reímos mucho. El resto de los discursos está algo más flojo; sin duda Charo ha sido la mejor (avisé de que esta crónica era muy subjetiva).

Cuando terminan de hablar los alumnos, y la gente de aplaudir y de enjuagarse las lágrimas, Enrique vuelve a salir, y todos a hacer caso omiso de sus palabras y del subsiguiente grupo de cuerda. Los pobres, según me dijo Mercedes, anunciaron su última canción con un inaudible: "Bueno, esta es la última y ya dejamos de molestar". Tremenda algarabía. Voy a la barra a pedir y me encuentro a Patricia, que anda buscando a Javier, su profe de Internet. De pronto todo el mundo anda buscando a Javier y este ha desaparecido. Saludo también a Luis Ferrer, otro de Internet. A la vuelta los veo a todos reunidos, Javier Sagarna, Javier Lara, Oswaldo, Luis, Patricia... Me voy a acercar a charlar con ellos pero de pronto pienso que no, que están formando un círculo mágico que no tengo por qué destruir con mi presencia. Están en un proceso catártico de la virtualidad a la existencia, se están tocando y queriendo con los ojos.

Respiro aliviada cuando Enrique me dice que no va a dar tiempo a que salgamos los profesores al escenario. Si lo hubiera sabido desde el principio, habría sido más fácil aplacar el estómago.

A la salida nos vamos a cenar Germán, Paloma y los del sábado a un restaurante argentino de la calle San Bernardo. Parezco un perro pastor, que no se me pierda nadie. ¿Y Alice dónde está? ¿Y ahora qué pasa? Bueno, ¿venís o no? La cena es estupenda, hablamos de gatos encerrados en frascos y de vino, porque Paloma trabaja en exportación de vinos. Contamos anécdotas y nos reímos a morir. Otra vez volvemos a nuestro propio ser. Después vamos al Café de la Palma Manuel, su hijo Manuel, Paloma, Germán, Begoña, Amparo, Alice y yo. Allí se estropean las cosas. Manuel se va porque está agobiado. A Amparo le roban el bolso. A Alice le empieza a doler el estómago. Germán tiene sueño. Se van todos, y Amparo y yo nos acercamos a la calle del Pez, donde hay fiestas de San Antonio y habíamos quedado los de la presentación. Pero ya es la una y media y no queda mucha gente. Amparo se marcha y yo me quedo hablando con Pilar, y luego con Ismael, y luego me voy a casa en una pendiente cuesta abajo.

Al llegar a casa estoy, como cada año, deprimida y exhausta, con la sensación de que todo ha pasado demasiado rápido, que no me ha dado tiempo a charlar con Mercedes y Paco, que a Mar ni la he saludado, que Juana se me ha perdido, que a Patricia sólo le he dicho hola, que la vida es una mierda y no nos da tiempo a nada, que la gente va pasando por delante de ti mientras tú corres también hacia un sitio indefinido e inútil, como el mensajero de Kafka, que ser profesora es terrible porque no puedes tener tantos amigos como alumnos y sin embargo les quieres y te jode que se alejen o alejarte, te jode el movimiento, no poder parar el tiempo un instante, instalarte en algún estado anímico y físico, que el vestidito de cuadros está inservible en el armario porque ya no me vale, y aunque me valiera ya no podría recuperar la presentación de hace cuatro años, en que dejaba salir al corazón por la boca aunque lo pusiera todo perdido.


Besos:

Isa

P.D.: ¿Alice? ¿Amparo? ¿Patricia? ¿Enrique?

 

 

 MI PADRE Y LA MUERTE
jueves, 21 de junio de 2001 18:34


Joer (como dice Berna). Vaya día más raro el de ayer. Yo que iba a escribir una crónica normalita, para hacerle partícipe a Antonio de la presentación, y va y me sale aquello, que me quedé hecha polvo al terminarlo. Pero más hecha polvo al leer vuestros mensajes. Yo también estuve todo el día con el moco colgando, hipersensible.

Es curioso esto de la escritura. A veces uno va con la intención -absolutamente legítima y sincera- de contar lo que le ha parecido un suceso, y resulta que es sólo al escribirlo cuando se da cuenta de lo que realmente ha sentido ante ese suceso. No sé, Alice, no es que uno no se atreva, es que hay cosas que sólo salen así, a sístoles y diástoles de teclado, y qué suerte tenemos los que podemos arrancarlas de las profundidades, que eso no suele ocurrir en las mesas de los cafés.

David, que vaya palo lo que escribiste de adolescente. Yo no fui capaz de escribir sobre ello hasta pasados dos años largos, y aun así a lágrima viva, ya viste. En fin, yo creo que no viene mal revisar estas cosas de cuando en cuando (de muy cuando en cuando, por favor).

Gracias, Ampa, Alice, Juana. El sábado nos tomamos unas cañas a la salud de los bolsos y los padres perdidos, de las piedras del riñón y de las guadañas. Que viva el humor negro, hombre.

Gracias, Enrique, que a veces me falta la visión positiva y siempre estás ahí para recordármela.

Y gracias también a Berna y a Guido.

Inés, me alegro de que mi mensaje te sacara del letargo. Tomar decisiones hacia adelante está muy bien. Y creo que la tuya es de esas.

Pues eso, que a esto le llamo yo sentirse acompañada, para lo bueno y para lo malo. Seguro que mi padre se pondría muy contento de saber que, cuatro años después de su muerte, unas personas a las que estuvo lejos de conocer le han llorado (apuesto a que no se lo creería, más teniendo que ver con estas vainas de Internet). Y es que a él le jodía de verdad eso de morirse. Cinco años antes escribió esto:

>> Nadie me preguntó, en el momento oportuno, si quería nacer. Pero si me lo hubieran preguntado, yo habría contestado: ¡sí!

Nadie me preguntará, en el momento oportuno, si querré morir. Pero si me lo preguntaran, yo contestaría: ¡no!

Y es posible que muera aparentando una mansedumbre a la que podría aplicarse el calificativo que menos califica por lo mucho que de él se abusa: el de «admirable». Por debajo del disimulo, sin embargo, estaré mordiendo como un perro rabioso los tobillos de lo frío, de lo inerte y de lo oscuro cuando se adueñen de mí para situarme más allá de la palpitación del tiempo.

Una necesidad insensata hará que muera, por mucho que yo no lo desee. De nada sirve cualquier rebeldía contra este no: estoy condenado a muerte por una necesidad sin cordura.<<

Besos:

Isa

 

 MI PADRE Y LA SEÑORA GREGORIA
lunes, 10 de junio de 2002 17:29

   


Joder. Qué bonito es. Qué bonito. Qué viaje, y sólo es del sofá a la cómoda.

Me ha recordado, no sé por qué, a mi abuela postiza (porque yo a mis abuelos naturales no los conocí; bueno, sólo a uno, pero se murió cuando yo era muy pequeña), a la Sra. Gregoria. A lo viejita que era desde que la recuerdo (yo creo que la recuerdo desde bebé) y lo que la queríamos. Y qué verdad más grande, esa de que el amor que hemos dado es lo que nos mantiene vivos, el que nos ha hecho personas, el que nos da la alegría, porque con alegría se recuerda al final a las personas a las que se ha querido.

Mi padre escribió esto sobre la Sra. Gregoria, mi yaya. Tan sencillo... y me hace llorar:

>> Diciembre de 1992

Falleció a los 92 años como un pajarillo la «señora Gregoria» —así la llamábamos.

Fue «nosotros» sin pertenecer a la familia, fue un miembro de ella, fue la mejor abuela para nuestros hijos, fue un sentimiento lozano para todos.

Era una mujer del pueblo, era media historia de España. Era todo lo «roja» que había que ser para defender Madrid cuando estalló la guerra civil. Y Franco la hizo viuda —su marido murió en la cárcel por rojo—. No era posible odiar más a Franco de lo que ella lo odió: ¿cómo no odiarlo si le arrebató aquel dulce amor al que siempre recordó con juvenil enamoramiento?

Hace unos veinte años, todavía bajo el franquismo, me traje de París un disco prohibido en España: Canciones de la Guerra Civil española. Hice que la señora Gregoria escuchara unas canciones que no había escuchado desde hacía tantos años... Se quedó sobrecogida al sonar los primeros acordes, los primeros estribillos. Su cuerpo se fue encogiendo, su rostro se fue abatiendo, sus ojos comenzaron a lagrimear copiosamente mientras iba tarareando con voz apenas audible aquello de «el ejército del Ebro, rumba-la rumba-la ba...», aquello de «Puente de los Franceses, mamita mía, nadie te pasa...». No dejé que sonaran muchas canciones, porque la emoción de aquella mujer parecía excesiva. Permaneció un largo rato llorando dulcemente y, a fin de cuentas, fue feliz.

Y ayer Carmen y yo dedicamos un homenaje a la señora Gregoria, tras asistir a su entierro. Escuchamos las mismas canciones y nos emocionamos como ella y, como ella, lloramos. Nos sentimos así menos desgraciados porque la Sra. Gregoria sigue viviendo en aquellas canciones.

«El ejército del Ebro, rumba-la rumba-la ba, una noche el río pasó, ay Carmela, ay Carmela...»

«Puente de los Franceses, mamita mía, nadie te pasa, porque los madrileños, mamita mía, que bien te guardan...»

Ay Gregoria, ay Gregoria, mamita mía, que bien te guardas... <<

  

 

 EL ANTES Y EL DESPUÉS
miércoles, 17 de julio de 2002 20:17

   


Desde hace cinco años, por estas fechas me entra la desazón, tengo pesadillas, me parece que me voy a morir, que todo pasa muy rápido. Hoy hemos comido mi madre, mi hermano, mi tía María Teresa (que vive en EE UU) y yo.

Y en medio de la comida hemos recordado que justo hoy hace cinco años que murió mi padre.

Ayer comentaba con un amigo, cuyo padre murió hace once años, que la única -la única- cosa buena de que te ocurra algo así en la vida es que ya no tienes que pasar por ella. Hay un antes y un después. Pepe, el amigo con el que hablaba, era biólogo, había hecho el doctorado y tenía un futuro brillante como investigador. Pensaba hacer el postdoctorado en Berkeley o algún sitio similar junto a algún biólogo de renombre. Y se murió su padre. Y su madre enfermó y murió a los pocos años. Ahora Pepe hace trajes para montajes teatrales, utiliza la composición molecular para crear formas originales, y sus conocimientos de química para elegir los materiales y las texturas idóneas.

Hoy, decía, hemos comido en familia. Y no hemos parado de recordar anécdotas divertidas de la infancia y de mi padre. Hace cinco años estábamos en el tanatorio, desconcertados, sin saber muy bien qué diablos había pasado, con mi padre al otro lado de un cristal. Si le mirabas fijamente, parecía que respiraba. Parece ser que ocurre eso con los muertos. Hacíamos bromas macabras y nos reíamos sin control. No sabíamos qué diablos había pasado.

Hoy seguimos sin saberlo, pero hemos recordado lo bueno. Mi madre ha llorado, de pena y de risa, y le hemos confesado, por primera vez, que les quitábamos dinero de la cartera. Hemos decidido, también, que haremos un viaje los tres juntos a Cataluña. Y a Sidi Ifni, donde mi padre hizo el servicio militar. Hemos mirado a la vez hacia atrás y hacia delante, como quien repasa, elige y decide.

Después mi madre se ha ido al cine con mi tía, tan contenta.

Hay un antes y un después. Y lo único -lo único- bueno es que en el después, que parecía el abismo, uno se encuentra, un buen día, con un cofre lleno de tesoros.

Besos

Isa

 

  MI PADRE Y EL COMUNISMO
domingo, 24 de noviembre de 2002 10:43

 

Hola.

Leí con mucha atención los mensajes sobre la religión, la dictadura y la política de Carlos, Cristinap, David y Nat. He aprendido un montón y le he dado vueltas a un tema en el que no había pensado demasiado. Yo soy de la generación-para-la-que-la-muerte-de-Franco-significó-una-semana-sin-clase, la generación del bienestar, de los que tenemos pavor a la violencia aunque añoramos la época en que la gente creía en algo, de los que ni chicha ni limoná. Creo entender a los que se alegran de ciertas muertes, y a los que creen en Dios. Pero en el fondo no entiendo nada. Y lo intento, ¿eh?

La semana pasada me ocurrió una de esas cosas que nada más llegar a casa necesité escribir, a ver si mi cabeza se aclaraba un poco. Me he pensado mucho si mandar esto a la lista o no mandarlo. No sé para qué le doy tantas vueltas, si al final siempre gana la confianza que os tengo y el "Lo mando o lo mando". Ahí va.

DIOS ESTÁ EN TODAS PARTES

Hoy hemos quedado a comer mi hermano y yo con M. Nos quería explicar con calma la continuación de una historia que nos había empezado a contar en julio del 97, pocos días después de la muerte de mi padre. En aquella ocasión, yo salí muy enfadada de la reunión. Mi padre acababa de morir, y dos personas —dos desconocidos— venían a explicarnos quién era mi padre. Mi padre había sido una persona que había sacrificado su vida por una causa: el Partido Comunista de España (Dios). Mi padre había permanecido en la clandestinidad hasta que se murió, a los 67 años, dos años después de jubilarse, trece años después de la muerte de Franco.

Dos personas —desconocidas— tuvieron que decirnos qué hacía mi padre. Nosotros nunca lo habíamos preguntado. Se daba por hecho que en mi casa no se preguntaba nada. Nunca nos tuvieron que negar una respuesta, porque nunca hicimos la pregunta: era un trato implícito, un pacto de silencio en el que sólo una parte sabía las razones. En la infancia, en la adolescencia y en la juventud, tenía amigos que bromeaban con que mi padre se dedicaba a asuntos sucios, porque yo no sabía responder a la pregunta de dónde trabajaba. Mi padre era un desconocido y otros dos desconocidos nos contaron que mi padre trabajaba como responsable financiero de un grupo de empresas que se dedicaban a financiar al PCE, hasta la muerte de Franco en la clandestinidad, y luego también en la clandestinidad (recuerdo que en España eso es financiación ilegal, y también que todos los partidos la practican). Casi no hacía falta la explicación. El día del entierro de mi padre el Interviú había sacado un reportaje a todo color en el que se destapaba la trama de la financiación ilegal del PCE, y en el que se mencionaba a mi padre como "responsable financiero de todo el entramado". M. e I. nos contaron por extenso en qué consistía "el entramado". Empresas inmobiliarias, cooperativas y gestoras de cooperativas de viviendas, comercio exterior, consultorías, proyectos sociales que intentaban ayudar a la gente menos favorecida... Todas llevadas por accionistas altruistas y cuyos beneficios revertían en el Partido. M. era el relevo de mi padre, su discípulo, aquel a quien había transmitido todo su saber y quien, después de que él se jubilara, controlaría las finanzas del grupo de empresas como auditor interno. M. nos hizo un esquema lleno de brazos con nombres y siglas incomprensibles, localizaciones geográficas y nombres propios, nos dijo que a mi padre le habría gustado dedicarse a escribir, a la política pública, a mil cosas antes que a la economía encubierta... pero esas eran las órdenes del Partido (de Dios), y él había cumplido hasta su muerte su designio de hombre gris, inexistente hasta para su familia. El Partido, a cambio, algunos saludos corteses una vez al año en las recepciones de la fiesta del PCE, una gran corona de flores sobre su cadáver y, vete a saber, alguna alusión cortés a su capacidad de entrega.

Nos contaron todo eso y nos dijeron que era TOP SECRET y yo me enfadé. Me enfadé con el Partido, con mi padre, con M. y con I., conmigo misma por no haber querido saber. No he vuelto a ir a la fiesta del PCE. Me huele a rancio, a feudalismo, a Dios. Decidí que iba a ser escritora por todo lo que mi padre no había tenido tiempo de cultivar. Decidí que no había causa válida para sacrificar una vida. Que para quienes están arriba los hombres grises de abajo son puros instrumentos de donde salen los cuartos. Que nadie tiene derecho a pedir a otro que arruine su vida. Que nadie tiene derecho a arruinar su vida por otro... y menos por una CAUSA ficticia, utópica, fabricada por cerebros que pretenden prever lo impredecible, que calculan con personas como si fueran cuentas de un collar. Una Causa que una y otra vez cae en manos de cuatro mangantes...

M. e I. quisieron preservar la memoria de nuestro padre, serle fiel al sincerarse con nosotros, sus hijos. Nosotros existíamos en sus mentes sólo en función de mi padre y yo me enfadé. No sólo querían sincerarse, otorgarnos el don del conocimiento. Querían eso y otra cosa. Mi padre murió sin haber traspasado todas sus acciones a sus sucesores. Y al morirse, las acciones que quedaban en su supuesto poder (porque en realidad el dueño era el Partido, o sea Dios) pasaban a su mujer y a sus hijos. Había que montar una venta ficticia en que nosotros vendíamos (por una cantidad simbólica que ni siquiera se nos entregaba) esas acciones a otro testaferro del Partido. Así lo hicimos. A mí me parecía estupendo lo de darles las acciones. Yo estaba enfadada por otras cosas, mis cosas. Son unos fanáticos, pensaba mientras oía hablar a M. del Partido como si fuera Dios, son unos fanáticos...

Han pasado cinco años de eso. Hoy hemos vuelto a vernos con M. Y nos ha contado el resto de la historia, de la Historia. "Vuestro padre lo predijo", nos ha dicho. Hace como tres años, M. empezó a detectar movimientos extraños en las finanzas del grupo de empresas. Habían nombrado como director del grupo a C., un tipo de Zaragoza que era banquero y que había trabajado para el Partido. Este tipo empezó a tener extraños tratos con bancos poderosos, con Ibercaja y otros. M. se empezó a mosquear, pero C. era intocable, estaba ahí puesto por la mano de Dios. Hoy me he dado cuenta de que cuando M. dice "Dios" lo dice con ironía. Informó al secretario de finanzas del Partido de las cuestiones que iba descubriendo, pero este le dijo que ellos no podían hacer nada, que tuviera paciencia. M. fue descubriendo todo el pastel. C. estaba jugando el juego del poder. Negociaba con las acciones de las empresas como si estas no pertenecieran al Partido, y estaba repartiendo los dineros por las autonomías para mover hilos políticos y desbancar a Francisco Frutos. Y también para enriquecerse. M. volvió a hablar con los dirigentes del Partido. Ellos no querían saber nada, no podían ayudar: que esperaran, les decían, como en Santa María de Iquique.

Entre los fieles y viejos románticos (M., I. y N) juntaban sólo el 40% de las acciones del grupo de empresas, y con eso no tenían capacidad de maniobra para controlar los desmanes de C. (o "Napoleoncito", como le llama M.: cabeza de ratón en provincias, cola de león en Madrid).

Un buen día, M., I. y N. se hartaron, salieron de las calderas y prepararon un motín contra el capitán del barco. Ya que Dios no se apiadaba de ellos, tendrían que tomar decisiones propias. Tenían que conseguir la mayoría de las acciones para poder derribar al ladrón. Hablaron con un tal H., que tenía una pequeña porción de acciones, que se puso a su favor. Y también con un tal P., de Cataluña, que resulta ser el testaferro al que pasaron las acciones que nosotros cedimos después de la muerte de mi padre. Con el primero (que provenía de las juventudes cristianas), apelaron a su mala conciencia; al segundo (más pragmático) le prometieron golosinas lucrativas. Una vez en posición de poder exigir cuentas a C., le enviaron una carta, en la que le instaban a atenerse a las normas del Partido. C. les contestó que esas empresas nada tenían que ver con el Partido, que llevaban temas sociales y que no tenía por qué aguantar presiones políticas. Ellos le amenzaron con echarle directamente.

Eso fue antes del verano. A principios de septiembre, M. llegó un día a su despacho y se encontró a un tal A. registrando todos los armarios. Se marchó inmediatamente y volvió con un notario. También habían registrado y destrozado el despacho de I. Al día siguiente los despidieron: a M., a I., a N. En la notificación del despido pone: por falta de asistencia al puesto de trabajo durante los días de tal a tal de no sé qué mes. C. había comprado a H. y P., que se habían vendido sin resistencia.

Volvieron a hablar con el secretario de finanzas y con el secretario general del PCE. Y ahora se han decidido a salir del armario. El PCE va a ir a juicio contra el PCE. Han denunciado a C. por ilegalidades varias. Intentarán demostrar que ese grupo de empresas pertenece al PCE, por lo que C. no puede hacer lo que le dé la gana con las acciones. Van a intentar que el juicio sea por lo civil, pero si no les queda más remedio, irán por lo penal. Eso significa que pueden ir a la cárcel. Los malos, pero también los buenos, por financiar ilegalmente a un partido.

Hoy I. estaba en el hospital porque a su hija de cuatro años le han encontrado un tumor de cuatro centímetros. N. estaba en el hospital porque, a consecuencia del disgusto, le ha dado un derrame cerebral que le ha dejado medio muerto y sin memoria. M. estaba allí, con nosotros, comiendo, y después fumando y bebiendo, y tratando de transmitirnos su sensación de fracaso, de desilusión, de soledad. Pidiéndonos perdón por no haber sabido manejar el relevo de mi padre tan bien como lo habría hecho él. Y también diciéndonos que luchará hasta el final, que no se piensa rendir, que su espíritu sigue joven. Espera que los malos pacten con ellos por una cantidad de dinero suficiente para montar otro grupo de empresas de labor social que financien... ¿a qué partido?, ¿a qué escisión de Dios? Mi hermano y yo le hemos preguntado, asombrados, que cómo el funcionamiento del entramado no preveía las debilidades humanas hasta el punto de permitir que un espabilado echara abajo todo el castillo. Nos ha dicho que su labor, como la de mi padre, había sido siempre alimentar las calderas, sin mirar qué rumbo llevaba el barco. Que desde la clandestinidad se presuponía a los militantes una integridad, y que esa integridad mantenía el sistema, un sistema piramidal de poder que ahora les ha aplastado. "Pero... —le he preguntado— ya no volverás a hacer eso, ¿no? Me refiero a alimentar unas calderas sin mirar el rumbo que lleva el barco...". "Sí, por supuesto que lo volveré a hacer", ha dicho él.

Hemos terminado de comer y nos hemos tomado unos chupitos, y luego otros, y luego otros. Hablábamos de las debilidades de las personas, del porcentaje de integridad en los seres humanos, y he visto a un M. ingenuo de ojos claros, dispuesto a ir a la cárcel por desbancar a un malvado. Nos ha dicho que, en el caso de que el juicio acabe en lo penal, igual nos toca testificar, decir que cedimos las acciones de nuestro padre, que se trataba de una venta ficticia, que no percibimos dinero a cambio.

Nos ha hablado también de su hijo de quince años, que no sabe nada sobre los trabajos de su padre, igual que nosotros no sabíamos nada de los del nuestro. Le hemos dicho que hable con él antes de que sea demasiado tarde, que le deje conocer a su padre, ya que nosotros no hemos podido conocer al nuestro más que después de su muerte. Nos ha contado que mi padre le había dicho que, en su jubilación, iba a tratar de solucionar esa incomunicación con su familia. Que se iba a ir con mi madre a Santander, a relajarse, y que entonces empezaría a hablar, a contarnos a sus hijos quién era él, qué había hecho en la vida. Con calma, con pausa. Pero se murió antes. Le hemos dicho que hubiera dado igual, que nosotros ya éramos mayores y el daño de esa ausencia del padre ya estaba hecho, aunque se hubiera muerto diez años más tarde. Pero que él si lo puede remediar aún con su hijo. Que ya está bien de clandestinidad. Que igual que nos ha contado a nosotros le cuente a él. M. desviaba el tema, justificaba a mi padre como si nosotros le quisiéramos atacar. En realidad, se justificaba a sí mismo por una vida entregada al trabajo, a la causa...
Nos ha hablado también de cómo se truncó su destino, pues justo cuando se iba a ir de Francia con una cátedra a Santiago de Chile estalló el golpe, así que se quedó en España. Y de cuando mi padre y él iban a comerciar con burros a Pakistán. Y de alguna borrachera gloriosa a la salida del trabajo, en que mi padre se le confiaba. Nosotros le mirábamos envidiosos, bebiéndonos de un trago esos momentos de complicidad que nosotros nunca pudimos saborear.

Nos ha dicho cien veces que no se va a rendir. Que seguirá jugando sus cartas hasta el final, por su abuelo, por su padre y por el nuestro, porque todas esas personas que ya no están sólo le tienen a él para que luche por lo que ellas lucharon.

Nos ha dicho que, entre las cosas que desaparecieron de su despacho, estaba el libro de mi padre, Centímetros, que tuvo que firmar con el pseudónimo Ramón La Riba porque Dios le había dicho que no podía aparecer su nombre públicamente. Nos ha suplicado que si le podemos dar un ejemplar, porque era lo único que le importaba de lo que le robaran de su despacho. Esos "centímetros" de los que habla mi padre en la novela, nos ha explicado M., son los que avanza un individuo en la lucha a lo largo de una vida entera. Y merece la pena, nos ha dicho.

Le hemos preguntado si todo lo que nos ha dicho era secreto. Y nos ha contestado que era absolutamente público. Ha llegado la hora de revisar la Historia. Dios no existe. "Pero esto es una especie de suicidio", le he dicho, súbitamente asustada. Y se ha encogido de hombros. Lo que un día tuvo sentido, hoy está carcomido por el dinero y las ansias de poder, por personajillos con aires de grandeza y problemas psiquiátricos que juegan a la omnipotencia. "Vuestro padre decía —nos comenta M.— que la pirámide se alza en un orden inverso de ineptitud: el más inepto arriba."

"¿Qué vas a hacer con el carné del PCE?", le he preguntado. Me ha mirado de frente. "Nunca lo he tenido", me ha contestado. Hemos pegado un bote en la silla. Resulta que una de las personas que más ha defendido a Dios, no es católico. M. nos ha contado que el Partido, en la época de la clandestinidad, ponía pruebas a los candidatos que querían pertenecer a sus filas. A él le mandaron a Badajoz a investigar las cuentas de varias empresas. Estuvo viviendo, literalmente, debajo de un puente. Pasó la prueba, y regresó triunfante. Y entonces les dijo que se metieran el carné por donde les cupiera.

En el restaurante ya sólo quedamos nosotros. Nos levantamos para irnos. Fuera está lloviendo. M. con su maletín y sus dedos manchados de nicotina mojándose bajo la lluvia. Le digo que le sujeto el maletín para que se ponga la gabardina. Se queda como desconcertado. Finalmente deja el maletín en el suelo, bajo el umbral del restaurante, y se pone la gabardina. Nos mira con ojos de niño travieso: "¿La última?". No podemos decirle que no; no queremos decirle que no. Nos vamos a un café. Como me tome otro orujo de hierbas, reviento. Me pido otro orujo de hierbas. M. empieza a sacar papeles de su maletín. La demanda, la carta de despido, cartas de ellos a C., cartas de C. a ellos... Hacemos como que las leemos. Le miramos. Nos miramos. Yo no sé qué pensar, ni qué decir. Me gustaría poder ayudarle, se lo merece. Pero no lo entiendo. Intento comprender a mi padre, y a M., que es como una extremidad de mi padre. Me alegro de que nos haya contado todo esto. Es casi como si lo hubiera hecho mi padre; está a un centímetro de él, y ese centímetro es, en efecto, importante: hablar, por fin, con libertad. Nos pregunta si nosotros no tenemos principios. Le digo que sí, pero no políticos. No puedo montarme en un barco sin saber a dónde va. Por eso no me monto. Tampoco creo en Dios. Me despidieron de un sindicato de forma improcedente; me pidieron que me fuera tranquilita y sin pedir indemnización, por la Causa. Fui a juicio y lo gané. Intento practicar mis principios fuera de la política, para evitar las náuseas. El fin no justifica los medios. Estaban jugando con el fuego capitalista, y lo que les ha ocurrido era tan previsible que no entiendo cómo han podido permanecer ciegos, encerrados en una creencia divina de la integridad del ser humano. "La utopía es necesaria", dice M. Y yo no lo entiendo. Creo en la ilusión y en el trabajo y en las personas a las que quiero. Pero no creo en un mundo perfecto. Me gustaría luchar por un mundo mejor, pero no a cualquier precio ni con cualquier medio. "Vosotros tocasteis con la punta de los dedos la utopía", le dice mi hermano a M. Quizá sea eso lo que nos separa; yo a la utopía nunca la he visto ni de lejos. Y desconfío de quien me la intenta vender. A lo mejor ese es mi centímetro.

No los entiendo, pero me voy reconciliando con M., con I., con mi padre. Estoy deseando llegar a casa para contárselo a Germán, a ver qué se puede hacer desde la prensa. Ahora soy yo la ingenua. Cuando se lo cuento, Germán me dice que la única noticia posible que ve ahí es la de la financiación ilegal del partido. "No, no —le digo—. Pero se trata de ayudarles, no de joderles." Se encoge de hombros. Dice que lo demás son rencillas internas del Partido que no interesan a nadie. ¿Cómo que no? Se trata de una pandilla de mangantes infiltrada en un partido de idealistas. "Eso también es el PCE", me dice Germán. Me quedo a cuadros. Se trata de la vida de mi padre, de la vida de M., de I., de N... Las vidas enteras de personas tiradas por la borda. Tantos centímetros adelante en la dictadura, para andar kilómetros atrás en la democracia.

No sé qué hacer, y de pronto me doy cuenta de que no se trataba de entender las cosas, sino de asumirlas, de reconciliarme con ellas. A mi padre no le obligó el Partido a seguir su destino. Fue su decisión, igual que la mía es no tirar por ese lado. Él eligió, y no se trata de entenderlo sino de aceptarlo. Vivió en otra época, y posiblemente en ese momento, y tal y como era él, fue lo mejor que pudo hacer.

Me parece como que tengo que hacer algo por la memoria de mi padre, y por M., su prolongación en la Tierra, y me veo impotente. Sólo se me ocurre seguir el ejemplo de M., y hacer públicos —por fin— mis sentimientos y mis dudas en mi entorno, en esta lista de mis entrañas, que nunca me ha defraudado. No sé si vale para algo o es simple desahogo; sólo sé que no se me ocurre otra forma de ayudarles, de ayudarme.

Besos:

Isa