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| E
L P A D R E D E I S A |
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| CRÓNICA
MUY SUBJETIVA |
miércoles,
20 de junio de 2001 12:20 |
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(Largo)
Para Antonio Villalba y todos los que se quieran tragar el
rollo
El día
de la presentación del libro se ha ido convirtiendo,
casi sin que me diera cuenta, en una especie de rito anual
que, como todos los ritos, tienen su parte buena y su parte
mala. Todo empezó en junio de 1997, cuando yo iba de
alumna al taller de Enrique. Lo escribí hace más
de un año de esta manera:
>>
Ayer tuve clase de novela. Luego nos fuimos de cañas,
como siempre, y fue bien entretenido. Me quedé hasta
las tantas hablando con Paco Mañas y recordando viejos
tiempos.
Paco y yo íbamos a la misma clase de relato todos los
viernes del curso 96/97. Fue un grupo muy especial en el que,
por alguna razón, corría una corriente mágica
entre todos. Con Paco y con otro par de personas solíamos
quedar antes de la clase a eso de las cuatro, para echarnos
unas partiditas de mus. Después nos íbamos a
clase, que ese año todavía era en la casa de
Enrique, y nos encantaba ese contraste entre el mus y la literatura.
Y allí estábamos todos: Celia y Clarita (que
todavía son mis amigas), Miguel (que se fue a Guatemala
y estaba enamorado de Celia), Rosa (una divorciada divertidísima),
Gabriela (argentina de nacimiento y vocación), José
Antonio (siempre tan callado, pero cómo escribía,
el cabrón), Guillermo (que era yonqui y venía
colocado hasta las cejas, y tenía sida, y Clara le
ordenaba los papeles mientras él leía con voz
pastosa relatos llenos de acción urbana, cuando se
le podía entender algo), Paco Cueto (que trabajaba
conmigo en Fuentetaja, y fuimos novios ese año, y ahora
no me hablo con él), Elisa (con esa gran boca sonriente
de relaciones públicas), Rosa la joven (que sólo
tenía dieciocho años pero escribía como
los ángeles)... Leíamos nuestros cuentos, nos
los comentábamos, nos descubríamos, discutíamos,
nos acalorábamos, y la ilusión y la magia volaban
en violentas ráfagas alrededor de la mesa con velas.
Salíamos vacíos por dentro, como globos desinflados;
cada uno había expulsado su cuento, ése que
le había costado tanto esfuerzo parir a lo largo de
la semana, y de pronto ya estaba, un cuento más a la
carpeta de los cuentos terminados, y era como un sinsentido,
la nada, la depresión post-parto, y daba igual que
a los demás les hubiera gustado o no, porque el vacío
no te lo quitaba nadie. Sin haber emergido totalmente de la
ficción, nos íbamos a mojar en cerveza nuestra
exaltación hueca a La Musa, nuestro bar de aquel año.
Acabábamos de madrugada, a las cinco, a las seis, bailando
borrachos o jugando al billar en cualquier antro de Malasaña.
Paco Mañas y yo estuvimos recordando todo esto ayer,
y el día de la presentación del libro con relatos
de todos los participantes, el último día de
ese curso maravilloso, en el que Paco, que ya era perro viejo,
expresó en voz alta lo que todos llevábamos
dentro, esa pena insondable porque aquello se había
acabado y era algo que nunca más se volvería
a repetir, porque la magia es caprichosa y no da una segunda
oportunidad. Y yo le decía: no digas eso, Paco, pero
sabía que tenía razón, que aquello se
había acabado. Y yo ahora recuerdo ese día perfectamente,
con miles de matices. La presentación fue en el Clamores,
yo llevaba un vestidito de verano corto, a cuadritos, y un
collar que mi hermano me había traído de Marruecos
y la cara encendida. Tenía el pelo largo y rizado y
casi rubio. Me recuerdo resplandeciente y estaba con Paco
Cueto, que llevaba una camisa blanca-blanquísima y
yo le quería mucho, aunque no estaba enamorada, pero
casi, y él me quería a mí y yo era moderadamente
feliz. Y estaba cantando Alberto Pérez, que es amigo
de Enrique y me había dicho que me lo iba a presentar
después de la actuación, porque Alberto Pérez
siempre había sido mi ídolo, con sus preciosos
boleros. Y me lo presentó, y cuando supo mi nombre
empezó a hablarme del cuento que yo había incluido
en el libro, «El beso», un escatológico
monólogo interior; se acordaba de cada detalle del
cuento y yo estaba avergonzadísima porque no quería
hablar de mi cuento sino de su música, pero él
venga con el beso por aquí y el beso por allá,
con palabras lúcidas y como a ráfagas de ametralladora,
y yo no entendía nada y pensé que Enrique le
habría dicho que había una chica que le quería
conocer y que él se habría leído apresuradamente
mi cuento por eso, para poder hablarme de él cuando
me lo presentaran, y me escabullí en cuanto pude, corriendo,
y le dejé hasta con la palabra en la boca. Yo no sabía
todavía que al cabo de un año lo volvería
a ver, en circunstancias muy diferentes, al famoso Alberto
Pérez, el de la Mandrágora, el de Si yo fuera
presidente, cuando yo estaba hundida y llevaba gafas porque
me estaban revisando la vista y tenía el pelo corto,
liso y moreno, ni que me volvería a hablar de mi cuento,
acordándose de cada detalle, ni que me diría
que se lo había mandado a un amigo de México,
donde lo habían leído por la radio, ni que recordaría
también mi nombre y apellidos, y hasta la ropa que
llevaba ese día de junio, el de la presentación
del libro, ni que me cantaría un bolero en el hueco
de un garaje camino de un taxi, un bolero sólo para
mí, pero esa es otra historia que yo todavía
no conocía. Yo en ese momento le dejé con la
palabra en la boca y volví con mi Paco, que le gustaba
a una del grupo de los jueves, que nos miraba triste, pero
era mío, qué le íbamos a hacer. Y luego
fuimos a cenar a un restaurante brasileño, y yo me
tuve que tomar otro Frenadol porque tenía fiebre, una
fiebre extraña que no pertenecía a un catarro
ni a una gripe porque no había más síntomas,
sólo fiebre, no mucha, unas décimas, pero la
suficiente como para vivirlo todo en una especie de sueño
muy placentero. Después nos fuimos a bailar al Swing,
y yo me abrazaba a Paco, cada vez con más fiebre pero
cada vez más feliz, y Celia salió corriendo,
y yo detrás de ella, y me la encontré apoyada
en un coche, borracha perdida y llorando, porque Miguel había
intentado besarla, qué cosas. Y la acompañé
a un taxi, sujetándola, y luego volví, y bailé
con Enrique, y luego con Paco, y me caía de cansancio
y de fiebre. Y todo, todo en ese día era tan idílico
que, visto desde ahora y con una cámara de cine, era
como en esas películas de mafiosos, como El Padrino,
en que en una parte de la pantalla aparece un baile en el
que todos los buenos se divierten y bailan y cantan, felices,
mientras en la otra mitad se está fraguando el desastre,
los malos cargan sus pistolas y se preparan para destruir
la felicidad de toda esa buena gente. Porque al día
siguiente era domingo y yo estaba peor, y llamé a mi
madre para decirle que no iba a ir a comer porque estaba liada,
no le dije que tenía fiebre para que no se preocupara,
pero ella me dijo que casi mejor que no fuera, porque tenía
a mi padre con treinta y nueve de fiebre y tenía que
cuidarlo, treinta y nueve de fiebre sin más síntomas.
Y cuando colgué el teléfono yo le dije a Paco,
fíjate qué casualidad, que mi padre está
con fiebre y yo también, pero menos (¿será
porque soy la hija?), fiebre sin más síntomas.
Y ahí empezó la pesadilla porque el martes ingresaron
a mi padre en la UVI con los pulmones destrozados, y yo seguía
con la fiebre, y cuando le fui a ver con mi madre, a esa horrible
sala con una cama en el medio, desangelada y triste, mi padre
nos vio y se echó a llorar, con la cara deformada por
el miedo, y nosotras queríamos tocarle pero estaba
prohibido hacerlo sin los malditos guantes, era obligatoria
la bata verde como de papel, y la mascarilla, y los guantes,
y nos volvimos deprisa para coger los guantes para poder tocarle,
acariciarle, consolarle, y entonces él se creyó
que nos íbamos y, entre sus lágrimas, hizo un
gesto desesperado y patético para que no, para que
no nos fuéramos, pero nosotras sólo queríamos
ponernos los putos guantes que no querían entrar en
las manos, y ya nos los pusimos y le acariciamos, y él
se controló y se tragó las lágrimas,
pero la cara de terror no se le quitaba, y el cuarto de hora
se pasó volando y había que irse, y queríamos
dejarle el periódico pero no se podían dejar
objetos del exterior, las infecciones, ya se sabe, y nos fuimos
y yo todavía no sabía, me cago en dios, que
esa había sido la última vez que había
visto a mi padre consciente, porque al día siguiente
a mí me subió la fiebre a treinta y ocho, y
después a treinta y ocho y medio, y después
a treinta y nueve, y pasé los días más
espantosos de mi vida, con Paco cuidándome y pendiente
del teléfono para recibir noticias de mi padre, que
iba empeorando pero a mí no me lo decían para
no preocuparme, pero yo lo sabía, lo sentía
en mi propio cuerpo, en mi propia fiebre, en el aire que no
me entraba en los pulmones, y sudaba y deliraba por las noches,
y en casa estaba mi gata y la gata de Miguel, que estaba haciendo
obras en su bohardilla y me la había dejado, y las
dos en celo, maullando sin parar día y noche, aquello
era una pesadilla infernal, y yo me debatía en una
lucha interior porque a ratos me olvidaba de mi padre y pensaba
en que sólo quería ponerme buena, sólo
pensaba en mí, y era como una lucha a muerte entre
mi padre y yo, y yo decidí que quería salvarme
a costa de lo que fuera, y me sentía culpable por ello,
pero yo quería salvarme, y una noche la fiebre alcanzó
los treinta y nueve y medio, y Paco me llevó a Urgencias,
y les contamos lo que le estaba pasando a mi padre, aunque
en realidad no se sabía si era neumonía o tuberculosis
o qué, y me hicieron radiografías y análisis
y de todo, pero mis pulmones estaban bien, me dieron unos
antibióticos que luego el médico de cabecera
me dijo que eran para dromedarios, y me mandaron para casa.
Y a partir de ahí la fiebre me empezó a bajar
muy lentamente, y yo pude ir a ver a mi padre otra vez, pero
ya estaba intubado y sedado con morfina, me cago en dios,
con esa máquina averna, y entrar en la habitación
era como hacerlo en un lugar de ultratumba, con el sonido
multiplicado por diez del aire entrando y saliendo artificialmente
de los pulmones de mi padre por un tubo que se perdía
en su boca semiabierta, y todos esos tubitos macabros que
se metían en su cuerpo inerte, introduciéndole
líquidos de todos los colores y texturas, treinta antibióticos
distintos porque no sabían lo que tenía, porque
alguno tendría que hacer efecto, el cuerpo de mi padre
agujereado, desnudo, con una pequeña toalla que le
cubría sus partes, los ojos cerrados y los párpados
brillantes por la vaselina, y la enfermera diciéndonos
que qué hacía con la dentadura postiza, hijaputa
de enfermera, y así día tras día, sólo
un cuarto de hora, aprendiendo a descifrar los numeritos de
la máquina, inventándonos mejorías porque
hoy marcaba ochenta y no cien el indicador de la izquierda,
o porque el sonido no parecía tan artificial, día
tras día durante un mes yendo, y aprendiendo a hablar
a ese cuerpo que había dejado ya de luchar, que había
decidido morirse, diciéndole a ese cuerpo todo lo que
nunca le había dicho a mi padre, me cago en dios, diciéndoselo
en voz alta, papá, tú no sabes todo lo que te
quiero, yo tampoco lo sabía, sólo ahora, aquí,
hablándote cuando ya es demasiado tarde, por favor,
ponte bien, ponte bueno porque tengo un montón de cosas
que decirte, que contarte, porque si te pones bueno te vas
a dar cuenta de todo lo que te queremos, bobadas, diciendo
bobadas tardías, inútiles, y las enfermeras
pasando, y tú hablando y acariciando a tu padre como
a un animalillo, y así un mes con todos sus días,
y yo con fiebre, que se me quedó en treinta y siete
y medio, y con dolor de estómago, y el médico
de cabecera, un encanto de tío, haciéndome todo
tipo de pruebas, y la de la tuberculosis dando muy positivo,
o sea que había estado en contacto con el bacilo, pero
que no estaba activo, y que tenía que tomar un tratamiento
de pastillas durante seis meses, sin beber alcohol, y luego
una especie de cansancio que no se me pasaba, que me impedía
casi levantarme, que hacía que el camino hasta la panadería
me pareciera infranqueable, andando poquito a poco, apoyándome
en las farolas, y el médico que decía que eso
era cansancio crónico, y más pruebas, y la fiebre
siempre ahí, obsesionándome, subiendo a la hora
del crepúsculo, y mi padre perdiendo sus pulmones por
momentos, y los otros órganos resintiéndose
de los antibióticos y la postración, y más
máquinas a su alrededor, ahora la de drenaje para sacar
el agua acumulada, y la de diálisis para los riñones,
y así ir viendo cómo ese cuerpo se iba descomponiendo
por dentro, pero siempre la esperanza, hoy parece que va mejor,
y los médicos prepotentes, subidos en su pedestal,
atendiendo a manadas de gente desesperada, tres minutos para
cada familia, y uno decía que era tuberculosis y el
otro que neumonía, y se traían una lucha entre
ellos cuya víctima era ese pobre cuerpo que moría
por momentos, y muy mal, señores, muy mal, yo que ustedes
no guardaría esperanzas, con esa cara fría de
esfinge, hijos de puta, y un día vimos que ese cuerpo
deformado, que ya no era mi padre, tenía los pies azules,
y entonces ya sí, entonces la esperanza se desprendió
como un esparadrapo podrido, y yo ya sabía que mi padre
estaba muerto, aunque le siguieran metiendo aire en el cuerpo
dios sabe para qué, y a la mañana siguiente,
en el trabajo, yo decidí que me iba al hospital porque
ese día, el 17 de julio de 1997, mi padre, aunque ya
estaba muerto, iba a morir otra vez y para siempre, y sí,
ya nos dijeron que duraría horas, y entramos los tres,
mi hermano, mi madre y yo, mi hermana no sé dónde
estaba, en Santander, supongo, y nos despedimos, abrazados
los tres quizá por primera y última vez en la
vida, de mi padre, y de ese cuerpo, de los dos nos despedimos,
adiós, papá, adiós. Pero era una despedida
de mentira, yo no sabía todavía que no era tan
fácil despedirse de un padre, que la cosa duraría
dos años, que la fiebre seguiría seis meses,
que yo dejaría a Paco al cabo de tres meses, vencida
por el cansancio y la falta de ganas de vivir, que no me apetecería
hacer el amor hasta al cabo de un año y medio, que
para asumir la muerte de uno mismo no basta decir adiós,
que pasaría muchos meses agotando mi mente, sin poder
remediarlo, en la búsqueda de salidas a lo que no la
tenía, chocándome con una barrera, siempre la
misma, está muerto, está muerto y yo moriré,
no hay solución, pero mi mente volvía a la carga,
no puede ser, tiene que haber alguna manera, alguna vía,
y no, otra vez de cabeza contra el muro sin puertas ni límites.
<<
Así
que el día de la presentación del libro es muy
especial para mí. Nada más entrar en el Clamores,
el paso del tiempo se solidifica y no me deja respirar. Llego
de las primeras, me siento en la mesa en la que Enrique está
preparando con algunos alumnos los discursos que darán,
me pido una cerveza y me pongo a doblar trípticos de
las Jornadas de Creatividad para irlos colocando por las mesas.
Mientras, charlo con uno y con otro de la forma en que lo
haré toda la noche, una especie de hablar por hablar,
una jerigonza amable que ponga freno al estómago, que
no deje que el corazón se escape y lo ponga todo perdido
de sentimentalismo.
Comienza a llegar la gente. Chema aparece con su hijita Paula,
que está ya tan mayor y tan seria que da vértigo
mirarla. Llegan mis alumnos con familiares y amigos, y no
nos podemos comportar con naturalidad como en las clases.
Sonreímos envarados y me presentan. "Esta es mi
profe". A todos los familiares se les escapa una exclamación
de sorpresa, un leve rictus de contrariedad. "¿¡Esta!?",
exclaman por dentro. Luce lo dijo, no soy una mujer de empaque.
Les miro con pena, como diciéndoles "Qué
le vamos a hacer", y fingimos que no hemos intercambiado
nada más que los saludos de rigor.
Aparece Charo arrebolada por los nervios. La hemos elegido
en el grupo de los sábados para que dé el discurso
por ser la más tímida del grupo, porque todavía,
después de dos años, se pone colorada cuando
lee atropelladamente uno de sus cuentos deliciosos. "Cuanto
antes mejor, cuanto antes mejor", repite. El local se
va llenando, la gente intenta buscar una mesa libre desde
donde se vea el escenario, en el que van colocando la mesa
con micrófonos. Cada vez hay más barullo, y
cuando sale Enrique a decir unas palabras nadie escucha, como
siempre. Yo voy de una mesa a otra con mi jerigonza. Saludo
a Mercedes y a su Paco, a Beltrán y a su Nieves, a
Cheyenne y a su amiga. Me siento un ratito con los del sábado,
pero me tengo que levantar en seguida porque he visto a no
sé quién. Enrique me coge por el brazo y me
arrastra hasta Alberto Pérez, que todos los años
anda por ahí, pero ya no es lo mismo. Yo estoy tranquila
y le pregunto por sus giras. Intercambiamos las informaciones
anuales de rigor y yo lo tengo que dejar porque aparece Begoña,
y Mara, y Amparo, que la pobrecita no sabía que acabarían
robándole el bolso en el Café de la Palma.
Aparece Germán con mi amiga Paloma, y me abalanzo sobre
ellos como sobre la salvación, como sobre los pilares
fijos del presente que detienen por un rato ese bloque sólido
del tiempo que me ahoga. Intento presentárselos a mis
alumnos, pero la sala ya está demasiado llena e intransitable.
Nos recluimos en un rincón junto al escenario, y veo
a dos chicos en sillas de ruedas. Pregunto a uno de ellos
si es Javier Lara, y me dice que es el otro. Javier Lara es
del grupo de relato de Internet, y nos saludamos calurosamente.
Les abro un hueco frente al escenario donde puedan ver bien.
Luego voy a buscar a Oswaldo, que ha venido de Buenos Aires
especialmente para la presentación, y lo llevo donde
Javier. Cuando los veo abrazarse tengo que apretar los labios,
por lo del corazón. Los dejo con sus emociones y me
marcho rápido. No puedo ver estas cosas.
También saludo a Ángel, que viene todo encorbatado,
con esos trajes que se pone a veces que parece que se le quieren
salir del cuerpo. Y a Javier Sagarna, que se está dejando
el pelo largo y parece un 'beatle' o, como dice Ángel,
una funcionara de prisiones. Me encuentro a Pilar y a Mar,
que son alumnas del año pasado, las dos psicólogas
y flamantes. Presento a Germán y Pilar, y Pilar me
dice por lo bajo que me pega mucho. Germán lo oye y
le dice que parece que está hablando de sillones y
cortinas, que de qué va. Nos reímos.
Nos volvemos a nuestro rincón porque van a comenzar
los discursos. La segunda es Charo, de mi grupo, y estoy nerviosa
como un padre ante la actuación de fin de curso. El
primer discurso se me pasa sin que me entere mucho. Y de pronto
sale el hilillo de voz de Charo por el micrófono, como
queriendo pasar inadvertido. Pero la fuerza de las palabras
trasciende el tono de voz. Dice que ha sido coaccionada para
estar allí, que ella no quería, que lleva dos
noches sin dormir y se le ha cortado la regla, que cuando
sea tan famosa como Lucía Etxevarria y Juan José
Millás no concederá entrevistas, que esta es
la primera y última vez que aparece en público,
que empezar a escribir ha sido lo más importante en
su vida y ahora no puede vivir sin su cuaderno de notas, que
escribir es meterse en miles de personajes y también
pasarlo mal, que cuando toca el relato de detectives y uno
está en un mare magnum de pistas falsas y cadáveres
improvisados llega Isabel con el relato erótico, y
así siempre; que escribir le sirivió para vengarse
de su ex novio, le hizo tener un accidente y luego, cuando
estaba en el hospital, coger una peritonitis, pero que al
final, qué cosas, le dio pena y lo salvó, y
es que la literatura es así, y luego se sentía
mucho mejor. Todo eso dice Charo y mucho más, pero
mejor dicho, y con esa vocecilla... Todos nos reímos
a carcajadas, y yo además estoy orgullosa como un hipopótamo.
Luego habla un hombre mayor del grupo de Ángel, y también
nos reímos mucho. El resto de los discursos está
algo más flojo; sin duda Charo ha sido la mejor (avisé
de que esta crónica era muy subjetiva).
Cuando terminan de hablar los alumnos, y la gente de aplaudir
y de enjuagarse las lágrimas, Enrique vuelve a salir,
y todos a hacer caso omiso de sus palabras y del subsiguiente
grupo de cuerda. Los pobres, según me dijo Mercedes,
anunciaron su última canción con un inaudible:
"Bueno, esta es la última y ya dejamos de molestar".
Tremenda algarabía. Voy a la barra a pedir y me encuentro
a Patricia, que anda buscando a Javier, su profe de Internet.
De pronto todo el mundo anda buscando a Javier y este ha desaparecido.
Saludo también a Luis Ferrer, otro de Internet. A la
vuelta los veo a todos reunidos, Javier Sagarna, Javier Lara,
Oswaldo, Luis, Patricia... Me voy a acercar a charlar con
ellos pero de pronto pienso que no, que están formando
un círculo mágico que no tengo por qué
destruir con mi presencia. Están en un proceso catártico
de la virtualidad a la existencia, se están tocando
y queriendo con los ojos.
Respiro aliviada cuando Enrique me dice que no va a dar tiempo
a que salgamos los profesores al escenario. Si lo hubiera
sabido desde el principio, habría sido más fácil
aplacar el estómago.
A la salida nos vamos a cenar Germán, Paloma y los
del sábado a un restaurante argentino de la calle San
Bernardo. Parezco un perro pastor, que no se me pierda nadie.
¿Y Alice dónde está? ¿Y ahora
qué pasa? Bueno, ¿venís o no? La cena
es estupenda, hablamos de gatos encerrados en frascos y de
vino, porque Paloma trabaja en exportación de vinos.
Contamos anécdotas y nos reímos a morir. Otra
vez volvemos a nuestro propio ser. Después vamos al
Café de la Palma Manuel, su hijo Manuel, Paloma, Germán,
Begoña, Amparo, Alice y yo. Allí se estropean
las cosas. Manuel se va porque está agobiado. A Amparo
le roban el bolso. A Alice le empieza a doler el estómago.
Germán tiene sueño. Se van todos, y Amparo y
yo nos acercamos a la calle del Pez, donde hay fiestas de
San Antonio y habíamos quedado los de la presentación.
Pero ya es la una y media y no queda mucha gente. Amparo se
marcha y yo me quedo hablando con Pilar, y luego con Ismael,
y luego me voy a casa en una pendiente cuesta abajo.
Al llegar a casa estoy, como cada año, deprimida y
exhausta, con la sensación de que todo ha pasado demasiado
rápido, que no me ha dado tiempo a charlar con Mercedes
y Paco, que a Mar ni la he saludado, que Juana se me ha perdido,
que a Patricia sólo le he dicho hola, que la vida es
una mierda y no nos da tiempo a nada, que la gente va pasando
por delante de ti mientras tú corres también
hacia un sitio indefinido e inútil, como el mensajero
de Kafka, que ser profesora es terrible porque no puedes tener
tantos amigos como alumnos y sin embargo les quieres y te
jode que se alejen o alejarte, te jode el movimiento, no poder
parar el tiempo un instante, instalarte en algún estado
anímico y físico, que el vestidito de cuadros
está inservible en el armario porque ya no me vale,
y aunque me valiera ya no podría recuperar la presentación
de hace cuatro años, en que dejaba salir al corazón
por la boca aunque lo pusiera todo perdido.
Besos:
Isa
P.D.: ¿Alice?
¿Amparo? ¿Patricia? ¿Enrique?
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| MI
PADRE Y LA MUERTE |
jueves,
21 de junio de 2001 18:34 |
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Joer (como
dice Berna). Vaya día más raro el de ayer. Yo
que iba a escribir una crónica normalita, para hacerle
partícipe a Antonio de la presentación, y va y
me sale aquello, que me quedé hecha polvo al terminarlo.
Pero más hecha polvo al leer vuestros mensajes. Yo también
estuve todo el día con el moco colgando, hipersensible.
Es curioso esto de la escritura. A veces uno va con la intención
-absolutamente legítima y sincera- de contar lo que le
ha parecido un suceso, y resulta que es sólo al escribirlo
cuando se da cuenta de lo que realmente ha sentido ante ese
suceso. No sé, Alice, no es que uno no se atreva, es
que hay cosas que sólo salen así, a sístoles
y diástoles de teclado, y qué suerte tenemos los
que podemos arrancarlas de las profundidades, que eso no suele
ocurrir en las mesas de los cafés.
David, que vaya palo lo que escribiste de adolescente. Yo no
fui capaz de escribir sobre ello hasta pasados dos años
largos, y aun así a lágrima viva, ya viste. En
fin, yo creo que no viene mal revisar estas cosas de cuando
en cuando (de muy cuando en cuando, por favor).
Gracias, Ampa, Alice, Juana. El sábado nos tomamos unas
cañas a la salud de los bolsos y los padres perdidos,
de las piedras del riñón y de las guadañas.
Que viva el humor negro, hombre.
Gracias, Enrique, que a veces me falta la visión positiva
y siempre estás ahí para recordármela.
Y gracias también a Berna y a Guido.
Inés, me alegro de que mi mensaje te sacara del letargo.
Tomar decisiones hacia adelante está muy bien. Y creo
que la tuya es de esas.
Pues eso, que a esto le llamo yo sentirse acompañada,
para lo bueno y para lo malo. Seguro que mi padre se pondría
muy contento de saber que, cuatro años después
de su muerte, unas personas a las que estuvo lejos de conocer
le han llorado (apuesto a que no se lo creería, más
teniendo que ver con estas vainas de Internet). Y es que a él
le jodía de verdad eso de morirse. Cinco años
antes escribió esto:
>>
Nadie me preguntó, en el momento oportuno, si quería
nacer. Pero si me lo hubieran preguntado, yo habría contestado:
¡sí!
Nadie me preguntará, en el momento oportuno, si querré
morir. Pero si me lo preguntaran, yo contestaría: ¡no!
Y es posible que muera aparentando una mansedumbre a la que
podría aplicarse el calificativo que menos califica por
lo mucho que de él se abusa: el de «admirable».
Por debajo del disimulo, sin embargo, estaré mordiendo
como un perro rabioso los tobillos de lo frío, de lo
inerte y de lo oscuro cuando se adueñen de mí
para situarme más allá de la palpitación
del tiempo.
Una necesidad insensata hará que muera, por mucho que
yo no lo desee. De nada sirve cualquier rebeldía contra
este no: estoy condenado a muerte por una necesidad sin cordura.<<
Besos:
Isa
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| MI
PADRE Y LA SEÑORA GREGORIA |
lunes,
10 de junio de 2002 17:29 |
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Joder.
Qué bonito es. Qué bonito. Qué viaje,
y sólo es del sofá a la cómoda.
Me ha recordado, no sé por qué, a mi abuela
postiza (porque yo a mis abuelos naturales no los conocí;
bueno, sólo a uno, pero se murió cuando yo era
muy pequeña), a la Sra. Gregoria. A lo viejita que
era desde que la recuerdo (yo creo que la recuerdo desde bebé)
y lo que la queríamos. Y qué verdad más
grande, esa de que el amor que hemos dado es lo que nos mantiene
vivos, el que nos ha hecho personas, el que nos da la alegría,
porque con alegría se recuerda al final a las personas
a las que se ha querido.
Mi padre escribió esto sobre la Sra. Gregoria, mi yaya.
Tan sencillo... y me hace llorar:
>>
Diciembre de 1992
Falleció
a los 92 años como un pajarillo la «señora
Gregoria» —así la llamábamos.
Fue «nosotros» sin pertenecer a la familia, fue
un miembro de ella, fue la mejor abuela para nuestros hijos,
fue un sentimiento lozano para todos.
Era una mujer del pueblo, era media historia de España.
Era todo lo «roja» que había que ser para
defender Madrid cuando estalló la guerra civil. Y Franco
la hizo viuda —su marido murió en la cárcel
por rojo—. No era posible odiar más a Franco
de lo que ella lo odió: ¿cómo no odiarlo
si le arrebató aquel dulce amor al que siempre recordó
con juvenil enamoramiento?
Hace unos veinte años, todavía bajo el franquismo,
me traje de París un disco prohibido en España:
Canciones de la Guerra Civil española. Hice que la
señora Gregoria escuchara unas canciones que no había
escuchado desde hacía tantos años... Se quedó
sobrecogida al sonar los primeros acordes, los primeros estribillos.
Su cuerpo se fue encogiendo, su rostro se fue abatiendo, sus
ojos comenzaron a lagrimear copiosamente mientras iba tarareando
con voz apenas audible aquello de «el ejército
del Ebro, rumba-la rumba-la ba...», aquello de «Puente
de los Franceses, mamita mía, nadie te pasa...».
No dejé que sonaran muchas canciones, porque la emoción
de aquella mujer parecía excesiva. Permaneció
un largo rato llorando dulcemente y, a fin de cuentas, fue
feliz.
Y ayer Carmen y yo dedicamos un homenaje a la señora
Gregoria, tras asistir a su entierro. Escuchamos las mismas
canciones y nos emocionamos como ella y, como ella, lloramos.
Nos sentimos así menos desgraciados porque la Sra.
Gregoria sigue viviendo en aquellas canciones.
«El ejército del Ebro, rumba-la rumba-la ba,
una noche el río pasó, ay Carmela, ay Carmela...»
«Puente de los Franceses, mamita mía, nadie te
pasa, porque los madrileños, mamita mía, que
bien te guardan...»
Ay Gregoria, ay Gregoria, mamita mía, que bien te guardas...
<<
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| EL
ANTES Y EL DESPUÉS |
miércoles,
17 de julio de 2002 20:17 |
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Desde hace cinco años, por estas fechas me entra la
desazón, tengo pesadillas, me parece que me voy a morir,
que todo pasa muy rápido. Hoy hemos comido mi madre,
mi hermano, mi tía María Teresa (que vive en
EE UU) y yo.
Y en medio de la comida hemos recordado que justo hoy hace
cinco años que murió mi padre.
Ayer comentaba con un amigo, cuyo padre murió hace
once años, que la única -la única- cosa
buena de que te ocurra algo así en la vida es que ya
no tienes que pasar por ella. Hay un antes y un después.
Pepe, el amigo con el que hablaba, era biólogo, había
hecho el doctorado y tenía un futuro brillante como
investigador. Pensaba hacer el postdoctorado en Berkeley o
algún sitio similar junto a algún biólogo
de renombre. Y se murió su padre. Y su madre enfermó
y murió a los pocos años. Ahora Pepe hace trajes
para montajes teatrales, utiliza la composición molecular
para crear formas originales, y sus conocimientos de química
para elegir los materiales y las texturas idóneas.
Hoy, decía, hemos comido en familia. Y no hemos parado
de recordar anécdotas divertidas de la infancia y de
mi padre. Hace cinco años estábamos en el tanatorio,
desconcertados, sin saber muy bien qué diablos había
pasado, con mi padre al otro lado de un cristal. Si le mirabas
fijamente, parecía que respiraba. Parece ser que ocurre
eso con los muertos. Hacíamos bromas macabras y nos
reíamos sin control. No sabíamos qué
diablos había pasado.
Hoy seguimos sin saberlo, pero hemos recordado lo bueno. Mi
madre ha llorado, de pena y de risa, y le hemos confesado,
por primera vez, que les quitábamos dinero de la cartera.
Hemos decidido, también, que haremos un viaje los tres
juntos a Cataluña. Y a Sidi Ifni, donde mi padre hizo
el servicio militar. Hemos mirado a la vez hacia atrás
y hacia delante, como quien repasa, elige y decide.
Después mi madre se ha ido al cine con mi tía,
tan contenta.
Hay un antes y un después. Y lo único -lo único-
bueno es que en el después, que parecía el abismo,
uno se encuentra, un buen día, con un cofre lleno de
tesoros.
Besos
Isa
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| MI
PADRE Y EL COMUNISMO |
domingo,
24 de noviembre de 2002 10:43 |
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Hola.
Leí
con mucha atención los mensajes sobre la religión,
la dictadura y la política de Carlos, Cristinap,
David y Nat. He aprendido un montón y le he dado
vueltas a un tema en el que no había pensado demasiado.
Yo soy de la generación-para-la-que-la-muerte-de-Franco-significó-una-semana-sin-clase,
la generación del bienestar, de los que tenemos pavor
a la violencia aunque añoramos la época en
que la gente creía en algo, de los que ni chicha
ni limoná. Creo entender a los que se alegran de
ciertas muertes, y a los que creen en Dios. Pero en el fondo
no entiendo nada. Y lo intento, ¿eh?
La semana pasada me ocurrió una de esas cosas que
nada más llegar a casa necesité escribir,
a ver si mi cabeza se aclaraba un poco. Me he pensado mucho
si mandar esto a la lista o no mandarlo. No sé para
qué le doy tantas vueltas, si al final siempre gana
la confianza que os tengo y el "Lo mando o lo mando".
Ahí va.
DIOS
ESTÁ EN TODAS PARTES
Hoy
hemos quedado a comer mi hermano y yo con M. Nos quería
explicar con calma la continuación de una historia
que nos había empezado a contar en julio del 97,
pocos días después de la muerte de mi padre.
En aquella ocasión, yo salí muy enfadada de
la reunión. Mi padre acababa de morir, y dos personas
—dos desconocidos— venían a explicarnos
quién era mi padre. Mi padre había sido una
persona que había sacrificado su vida por una causa:
el Partido Comunista de España (Dios). Mi padre había
permanecido en la clandestinidad hasta que se murió,
a los 67 años, dos años después de
jubilarse, trece años después de la muerte
de Franco.
Dos personas —desconocidas— tuvieron que decirnos
qué hacía mi padre. Nosotros nunca lo habíamos
preguntado. Se daba por hecho que en mi casa no se preguntaba
nada. Nunca nos tuvieron que negar una respuesta, porque
nunca hicimos la pregunta: era un trato implícito,
un pacto de silencio en el que sólo una parte sabía
las razones. En la infancia, en la adolescencia y en la
juventud, tenía amigos que bromeaban con que mi padre
se dedicaba a asuntos sucios, porque yo no sabía
responder a la pregunta de dónde trabajaba. Mi padre
era un desconocido y otros dos desconocidos nos contaron
que mi padre trabajaba como responsable financiero de un
grupo de empresas que se dedicaban a financiar al PCE, hasta
la muerte de Franco en la clandestinidad, y luego también
en la clandestinidad (recuerdo que en España eso
es financiación ilegal, y también que todos
los partidos la practican). Casi no hacía falta la
explicación. El día del entierro de mi padre
el Interviú había sacado un reportaje a todo
color en el que se destapaba la trama de la financiación
ilegal del PCE, y en el que se mencionaba a mi padre como
"responsable financiero de todo el entramado".
M. e I. nos contaron por extenso en qué consistía
"el entramado". Empresas inmobiliarias, cooperativas
y gestoras de cooperativas de viviendas, comercio exterior,
consultorías, proyectos sociales que intentaban ayudar
a la gente menos favorecida... Todas llevadas por accionistas
altruistas y cuyos beneficios revertían en el Partido.
M. era el relevo de mi padre, su discípulo, aquel
a quien había transmitido todo su saber y quien,
después de que él se jubilara, controlaría
las finanzas del grupo de empresas como auditor interno.
M. nos hizo un esquema lleno de brazos con nombres y siglas
incomprensibles, localizaciones geográficas y nombres
propios, nos dijo que a mi padre le habría gustado
dedicarse a escribir, a la política pública,
a mil cosas antes que a la economía encubierta...
pero esas eran las órdenes del Partido (de Dios),
y él había cumplido hasta su muerte su designio
de hombre gris, inexistente hasta para su familia. El Partido,
a cambio, algunos saludos corteses una vez al año
en las recepciones de la fiesta del PCE, una gran corona
de flores sobre su cadáver y, vete a saber, alguna
alusión cortés a su capacidad de entrega.
Nos contaron todo eso y nos dijeron que era TOP SECRET y
yo me enfadé. Me enfadé con el Partido, con
mi padre, con M. y con I., conmigo misma por no haber querido
saber. No he vuelto a ir a la fiesta del PCE. Me huele a
rancio, a feudalismo, a Dios. Decidí que iba a ser
escritora por todo lo que mi padre no había tenido
tiempo de cultivar. Decidí que no había causa
válida para sacrificar una vida. Que para quienes
están arriba los hombres grises de abajo son puros
instrumentos de donde salen los cuartos. Que nadie tiene
derecho a pedir a otro que arruine su vida. Que nadie tiene
derecho a arruinar su vida por otro... y menos por una CAUSA
ficticia, utópica, fabricada por cerebros que pretenden
prever lo impredecible, que calculan con personas como si
fueran cuentas de un collar. Una Causa que una y otra vez
cae en manos de cuatro mangantes...
M. e I. quisieron preservar la memoria de nuestro padre,
serle fiel al sincerarse con nosotros, sus hijos. Nosotros
existíamos en sus mentes sólo en función
de mi padre y yo me enfadé. No sólo querían
sincerarse, otorgarnos el don del conocimiento. Querían
eso y otra cosa. Mi padre murió sin haber traspasado
todas sus acciones a sus sucesores. Y al morirse, las acciones
que quedaban en su supuesto poder (porque en realidad el
dueño era el Partido, o sea Dios) pasaban a su mujer
y a sus hijos. Había que montar una venta ficticia
en que nosotros vendíamos (por una cantidad simbólica
que ni siquiera se nos entregaba) esas acciones a otro testaferro
del Partido. Así lo hicimos. A mí me parecía
estupendo lo de darles las acciones. Yo estaba enfadada
por otras cosas, mis cosas. Son unos fanáticos, pensaba
mientras oía hablar a M. del Partido como si fuera
Dios, son unos fanáticos...
Han pasado cinco años de eso. Hoy hemos vuelto a
vernos con M. Y nos ha contado el resto de la historia,
de la Historia. "Vuestro padre lo predijo", nos
ha dicho. Hace como tres años, M. empezó a
detectar movimientos extraños en las finanzas del
grupo de empresas. Habían nombrado como director
del grupo a C., un tipo de Zaragoza que era banquero y que
había trabajado para el Partido. Este tipo empezó
a tener extraños tratos con bancos poderosos, con
Ibercaja y otros. M. se empezó a mosquear, pero C.
era intocable, estaba ahí puesto por la mano de Dios.
Hoy me he dado cuenta de que cuando M. dice "Dios"
lo dice con ironía. Informó al secretario
de finanzas del Partido de las cuestiones que iba descubriendo,
pero este le dijo que ellos no podían hacer nada,
que tuviera paciencia. M. fue descubriendo todo el pastel.
C. estaba jugando el juego del poder. Negociaba con las
acciones de las empresas como si estas no pertenecieran
al Partido, y estaba repartiendo los dineros por las autonomías
para mover hilos políticos y desbancar a Francisco
Frutos. Y también para enriquecerse. M. volvió
a hablar con los dirigentes del Partido. Ellos no querían
saber nada, no podían ayudar: que esperaran, les
decían, como en Santa María de Iquique.
Entre los fieles y viejos románticos (M., I. y N)
juntaban sólo el 40% de las acciones del grupo de
empresas, y con eso no tenían capacidad de maniobra
para controlar los desmanes de C. (o "Napoleoncito",
como le llama M.: cabeza de ratón en provincias,
cola de león en Madrid).
Un buen día, M., I. y N. se hartaron, salieron de
las calderas y prepararon un motín contra el capitán
del barco. Ya que Dios no se apiadaba de ellos, tendrían
que tomar decisiones propias. Tenían que conseguir
la mayoría de las acciones para poder derribar al
ladrón. Hablaron con un tal H., que tenía
una pequeña porción de acciones, que se puso
a su favor. Y también con un tal P., de Cataluña,
que resulta ser el testaferro al que pasaron las acciones
que nosotros cedimos después de la muerte de mi padre.
Con el primero (que provenía de las juventudes cristianas),
apelaron a su mala conciencia; al segundo (más pragmático)
le prometieron golosinas lucrativas. Una vez en posición
de poder exigir cuentas a C., le enviaron una carta, en
la que le instaban a atenerse a las normas del Partido.
C. les contestó que esas empresas nada tenían
que ver con el Partido, que llevaban temas sociales y que
no tenía por qué aguantar presiones políticas.
Ellos le amenzaron con echarle directamente.
Eso fue antes del verano. A principios de septiembre, M.
llegó un día a su despacho y se encontró
a un tal A. registrando todos los armarios. Se marchó
inmediatamente y volvió con un notario. También
habían registrado y destrozado el despacho de I.
Al día siguiente los despidieron: a M., a I., a N.
En la notificación del despido pone: por falta de
asistencia al puesto de trabajo durante los días
de tal a tal de no sé qué mes. C. había
comprado a H. y P., que se habían vendido sin resistencia.
Volvieron a hablar con el secretario de finanzas y con el
secretario general del PCE. Y ahora se han decidido a salir
del armario. El PCE va a ir a juicio contra el PCE. Han
denunciado a C. por ilegalidades varias. Intentarán
demostrar que ese grupo de empresas pertenece al PCE, por
lo que C. no puede hacer lo que le dé la gana con
las acciones. Van a intentar que el juicio sea por lo civil,
pero si no les queda más remedio, irán por
lo penal. Eso significa que pueden ir a la cárcel.
Los malos, pero también los buenos, por financiar
ilegalmente a un partido.
Hoy I. estaba en el hospital porque a su hija de cuatro
años le han encontrado un tumor de cuatro centímetros.
N. estaba en el hospital porque, a consecuencia del disgusto,
le ha dado un derrame cerebral que le ha dejado medio muerto
y sin memoria. M. estaba allí, con nosotros, comiendo,
y después fumando y bebiendo, y tratando de transmitirnos
su sensación de fracaso, de desilusión, de
soledad. Pidiéndonos perdón por no haber sabido
manejar el relevo de mi padre tan bien como lo habría
hecho él. Y también diciéndonos que
luchará hasta el final, que no se piensa rendir,
que su espíritu sigue joven. Espera que los malos
pacten con ellos por una cantidad de dinero suficiente para
montar otro grupo de empresas de labor social que financien...
¿a qué partido?, ¿a qué escisión
de Dios? Mi hermano y yo le hemos preguntado, asombrados,
que cómo el funcionamiento del entramado no preveía
las debilidades humanas hasta el punto de permitir que un
espabilado echara abajo todo el castillo. Nos ha dicho que
su labor, como la de mi padre, había sido siempre
alimentar las calderas, sin mirar qué rumbo llevaba
el barco. Que desde la clandestinidad se presuponía
a los militantes una integridad, y que esa integridad mantenía
el sistema, un sistema piramidal de poder que ahora les
ha aplastado. "Pero... —le he preguntado—
ya no volverás a hacer eso, ¿no? Me refiero
a alimentar unas calderas sin mirar el rumbo que lleva el
barco...". "Sí, por supuesto que lo volveré
a hacer", ha dicho él.
Hemos terminado de comer y nos hemos tomado unos chupitos,
y luego otros, y luego otros. Hablábamos de las debilidades
de las personas, del porcentaje de integridad en los seres
humanos, y he visto a un M. ingenuo de ojos claros, dispuesto
a ir a la cárcel por desbancar a un malvado. Nos
ha dicho que, en el caso de que el juicio acabe en lo penal,
igual nos toca testificar, decir que cedimos las acciones
de nuestro padre, que se trataba de una venta ficticia,
que no percibimos dinero a cambio.
Nos ha hablado también de su hijo de quince años,
que no sabe nada sobre los trabajos de su padre, igual que
nosotros no sabíamos nada de los del nuestro. Le
hemos dicho que hable con él antes de que sea demasiado
tarde, que le deje conocer a su padre, ya que nosotros no
hemos podido conocer al nuestro más que después
de su muerte. Nos ha contado que mi padre le había
dicho que, en su jubilación, iba a tratar de solucionar
esa incomunicación con su familia. Que se iba a ir
con mi madre a Santander, a relajarse, y que entonces empezaría
a hablar, a contarnos a sus hijos quién era él,
qué había hecho en la vida. Con calma, con
pausa. Pero se murió antes. Le hemos dicho que hubiera
dado igual, que nosotros ya éramos mayores y el daño
de esa ausencia del padre ya estaba hecho, aunque se hubiera
muerto diez años más tarde. Pero que él
si lo puede remediar aún con su hijo. Que ya está
bien de clandestinidad. Que igual que nos ha contado a nosotros
le cuente a él. M. desviaba el tema, justificaba
a mi padre como si nosotros le quisiéramos atacar.
En realidad, se justificaba a sí mismo por una vida
entregada al trabajo, a la causa...
Nos ha hablado también de cómo se truncó
su destino, pues justo cuando se iba a ir de Francia con
una cátedra a Santiago de Chile estalló el
golpe, así que se quedó en España.
Y de cuando mi padre y él iban a comerciar con burros
a Pakistán. Y de alguna borrachera gloriosa a la
salida del trabajo, en que mi padre se le confiaba. Nosotros
le mirábamos envidiosos, bebiéndonos de un
trago esos momentos de complicidad que nosotros nunca pudimos
saborear.
Nos ha dicho cien veces que no se va a rendir. Que seguirá
jugando sus cartas hasta el final, por su abuelo, por su
padre y por el nuestro, porque todas esas personas que ya
no están sólo le tienen a él para que
luche por lo que ellas lucharon.
Nos
ha dicho que, entre las cosas que desaparecieron de su despacho,
estaba el libro de mi padre, Centímetros, que tuvo
que firmar con el pseudónimo Ramón La Riba
porque Dios le había dicho que no podía aparecer
su nombre públicamente. Nos ha suplicado que si le
podemos dar un ejemplar, porque era lo único que
le importaba de lo que le robaran de su despacho. Esos "centímetros"
de los que habla mi padre en la novela, nos ha explicado
M., son los que avanza un individuo en la lucha a lo largo
de una vida entera. Y merece la pena, nos ha dicho.
Le hemos preguntado si todo lo que nos ha dicho era secreto.
Y nos ha contestado que era absolutamente público.
Ha llegado la hora de revisar la Historia. Dios no existe.
"Pero esto es una especie de suicidio", le he
dicho, súbitamente asustada. Y se ha encogido de
hombros. Lo que un día tuvo sentido, hoy está
carcomido por el dinero y las ansias de poder, por personajillos
con aires de grandeza y problemas psiquiátricos que
juegan a la omnipotencia. "Vuestro padre decía
—nos comenta M.— que la pirámide se alza
en un orden inverso de ineptitud: el más inepto arriba."
"¿Qué vas a hacer con el carné
del PCE?", le he preguntado. Me ha mirado de frente.
"Nunca lo he tenido", me ha contestado. Hemos
pegado un bote en la silla. Resulta que una de las personas
que más ha defendido a Dios, no es católico.
M. nos ha contado que el Partido, en la época de
la clandestinidad, ponía pruebas a los candidatos
que querían pertenecer a sus filas. A él le
mandaron a Badajoz a investigar las cuentas de varias empresas.
Estuvo viviendo, literalmente, debajo de un puente. Pasó
la prueba, y regresó triunfante. Y entonces les dijo
que se metieran el carné por donde les cupiera.
En el restaurante ya sólo quedamos nosotros. Nos
levantamos para irnos. Fuera está lloviendo. M. con
su maletín y sus dedos manchados de nicotina mojándose
bajo la lluvia. Le digo que le sujeto el maletín
para que se ponga la gabardina. Se queda como desconcertado.
Finalmente deja el maletín en el suelo, bajo el umbral
del restaurante, y se pone la gabardina. Nos mira con ojos
de niño travieso: "¿La última?".
No podemos decirle que no; no queremos decirle que no. Nos
vamos a un café. Como me tome otro orujo de hierbas,
reviento. Me pido otro orujo de hierbas. M. empieza a sacar
papeles de su maletín. La demanda, la carta de despido,
cartas de ellos a C., cartas de C. a ellos... Hacemos como
que las leemos. Le miramos. Nos miramos. Yo no sé
qué pensar, ni qué decir. Me gustaría
poder ayudarle, se lo merece. Pero no lo entiendo. Intento
comprender a mi padre, y a M., que es como una extremidad
de mi padre. Me alegro de que nos haya contado todo esto.
Es casi como si lo hubiera hecho mi padre; está a
un centímetro de él, y ese centímetro
es, en efecto, importante: hablar, por fin, con libertad.
Nos pregunta si nosotros no tenemos principios. Le digo
que sí, pero no políticos. No puedo montarme
en un barco sin saber a dónde va. Por eso no me monto.
Tampoco creo en Dios. Me despidieron de un sindicato de
forma improcedente; me pidieron que me fuera tranquilita
y sin pedir indemnización, por la Causa. Fui a juicio
y lo gané. Intento practicar mis principios fuera
de la política, para evitar las náuseas. El
fin no justifica los medios. Estaban jugando con el fuego
capitalista, y lo que les ha ocurrido era tan previsible
que no entiendo cómo han podido permanecer ciegos,
encerrados en una creencia divina de la integridad del ser
humano. "La utopía es necesaria", dice
M. Y yo no lo entiendo. Creo en la ilusión y en el
trabajo y en las personas a las que quiero. Pero no creo
en un mundo perfecto. Me gustaría luchar por un mundo
mejor, pero no a cualquier precio ni con cualquier medio.
"Vosotros tocasteis con la punta de los dedos la utopía",
le dice mi hermano a M. Quizá sea eso lo que nos
separa; yo a la utopía nunca la he visto ni de lejos.
Y desconfío de quien me la intenta vender. A lo mejor
ese es mi centímetro.
No los entiendo, pero me voy reconciliando con M., con I.,
con mi padre. Estoy deseando llegar a casa para contárselo
a Germán, a ver qué se puede hacer desde la
prensa. Ahora soy yo la ingenua. Cuando se lo cuento, Germán
me dice que la única noticia posible que ve ahí
es la de la financiación ilegal del partido. "No,
no —le digo—. Pero se trata de ayudarles, no
de joderles." Se encoge de hombros. Dice que lo demás
son rencillas internas del Partido que no interesan a nadie.
¿Cómo que no? Se trata de una pandilla de
mangantes infiltrada en un partido de idealistas. "Eso
también es el PCE", me dice Germán. Me
quedo a cuadros. Se trata de la vida de mi padre, de la
vida de M., de I., de N... Las vidas enteras de personas
tiradas por la borda. Tantos centímetros adelante
en la dictadura, para andar kilómetros atrás
en la democracia.
No sé qué hacer, y de pronto me doy cuenta
de que no se trataba de entender las cosas, sino de asumirlas,
de reconciliarme con ellas. A mi padre no le obligó
el Partido a seguir su destino. Fue su decisión,
igual que la mía es no tirar por ese lado. Él
eligió, y no se trata de entenderlo sino de aceptarlo.
Vivió en otra época, y posiblemente en ese
momento, y tal y como era él, fue lo mejor que pudo
hacer.
Me parece como que tengo que hacer algo por la memoria de
mi padre, y por M., su prolongación en la Tierra,
y me veo impotente. Sólo se me ocurre seguir el ejemplo
de M., y hacer públicos —por fin— mis
sentimientos y mis dudas en mi entorno, en esta lista de
mis entrañas, que nunca me ha defraudado. No sé
si vale para algo o es simple desahogo; sólo sé
que no se me ocurre otra forma de ayudarles, de ayudarme.
Besos:
Isa
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