C R Ó N I C A S   D E   I S A
 
CRÓNICA DEL PRIMER ENCUENTRO
CRÓNICA MUY SUBJETIVA
NEIL YOUNG EN LA CORUÑA
CRÓNICA DE LAVAPIÉS
CRÓNICA DEL SURBITÓN
CRÓNICA DEL JAMÓN
FERIA DEL LIBRO
APUNTES A LA CRÓNICA DEL CÓRDOBA
CRÓNICA DEL FALLO DEL CONCURSO ERÓTICO
CRÓNICA IMPREBIS
CRÓNICA DEL FALLO DEL CROA
CRÓNICA DEL ACTO DE MARIBEL

 

 

  FERIA DEL LIBRO
sábado, 15 de junio de 2002 10:23

   

Dice Cristinap: Uy no me había acordado que hoy era el día en que íbais a la Feria a firmar, que no os de mucho calor, que firmeis mucho, que os digan cosas bonitas, que hagais muchas risas. Un beso, contad mañana.

Pues Berna y yo firmamos exactamente seis libros, y ganamos a Enrique y Lara por 6-3. :-)) Uno a Alice, otro a David, otro a Ana Saturno y Jenaro (a los que intenté convencer de que se compraran dos libros, porque luego si se separaban a ver quién se quedaba con él; pero no hubo forma, oyessss), otro a mi amiga Bea, otro a mi amigo Antonio y otro a mi amiga Maritxu.

Y si no fuera porque mi compañera de firmas era una cosa con resaca y ojos entrecerrados que había dormido tres horas, me lo hubiera pasado bien... Que no, que es broma, que estuvo putamadre.

Hacía calor. Sí. Mucho calor. Y polvo. Odio la Feria del Libro por el polvo que genera. Llegué sobre las seis y cuarto. Para evitar tentaciones no llevaba apenas dinero en la cartera, e iba pasando entre las dos líneas de casetas deprisa, con la vista puesta en la parte de arriba, en los números de los puestos. 5, 10, 35, 67... Así hasta la 114, sin pararme en un solo puesto. Allí, en la 114, estaban Lara y Anrique (se habían confundido al poner el nombre en el cartel). Se instalaron en sendas sillas, y pusieron cara de circunstancias. La chica de la caseta llenó aquello de libros del taller, y a esperar. Lara trató de convencer al padre de un niño que se paró a mirar el libro para que se lo comprara. Pero el padre lo abrió y dijo: "Uf. Esto tiene muchas letras". Lara continuó embaucándole, pero, aunque el padre enrojecía ante las sinuosidades de la voz atoallada de Lara, el niño parecía aterrado con la idea de que a su padre le diera por comprarle ese coñazo de libro. Luego llegó Alber y se puso a decir a voz en grito: "¡Qué libro más maravilloso! ¡Todo el mundo lo debería tener en su biblioteca!" y tal. Pero nada. La gente se alejaba, asustada, pensando "Vaya loco".

Después de una hora y media de calor, llegó Berna y nos pusimos. La gente llegaba y nos preguntaba: "Quería comprar la obra completa de Calderón de la Barca"; Berna se queda mirándoles con cara de zombi, y yo respondía: "Nosotras es que no somos de aquí. Dile a esa chica de allá". Otros venían preguntando por Vanessa. Una vino preguntando por Valladares. "Francisco Valladares", y nosotras que no, que el que había estado allí era "Anrique Valladares". "Ah. Yo lo había escuchado por los altavoces y pensé que era Paco Valladares. ¿Y no es familiar?". No fuimos rápidas, le teníamos que haber dicho que era su hijo, que escribía unas historias maravillosas. Pero nada. La señora se alejó, decepcionada. Luego nos vino otro que me preguntó: "¿Tú eres escritora?", y yo le contesté: "Eeeeh. Bueno. Yo soy escritora de prólogos". A Berna no le preguntó nada, porque pensó que no hablaba español. Y luego hablamos de lo difícil que nos resultaba en voz alta decir: "Soy escritor". Yo le decía a Berna: «Dilo, Berna. Di: "Soy escritora"». Y Berna: "No puedo". No sé si era por la resaca o porque de verdad no podía.

Entre una cosa y otra se pasó la hora y media y pudimos salir de ahí e irnos a tomar una cervecita, que en realidad era lo que nos apetecía.

Besos

Isa

 

  APUNTES A LA CRÓNICA DEL CÓRDOBA
martes, 18 de junio de 2002 10:25




Apuntes a la crónica de Berna:

>> No, no es una crónica. Sólo un torpe intento. [Ya, ya, claro. Es que, como sabéis, Berna no sabe narrar] Y porque hace muchísimo calor y no puedo dormir y además estoy un poco triste y quiero que se me pase, así que voy a intentarlo.

Domingo 16 de junio. Lara me despierta media hora antes de que suene el despertador para preguntarme cómo y cuándo hemos quedado (se retiró del Taboo antes que nosotras). Le digo que a la una y cuarto en Moncloa, con Alice, donde el intercambiador, en la bajada al Parque del Oeste. Me dice que no, que a la una, y que en la acera de enfrente, y que ya llama ella a Isa y a Alice. Le digo que bueno, que a sus órdenes. [Lo que quiere decir Berna es que es una mandona esta chica] Renuncio a la media hora de sueño perdida, me hago un café y me meto en la ducha. Suena otra vez el teléfono. Es él, [¿¡Y cómo es éeeeeel!?] que me pregunta [¿¡En qué lugar se enaaaamoró de tiiiii!? ¿¡De dóooonde eeeees!? ¿¡A queeeeé dedica el tieeempo liiiibreeeee!?] qué tal anoche, la presentación del libro. Balbuceo cualquier cosa: estoy todavía medio dormida y escuchar su voz me hace sonreír de forma incontrolada. Y he dormido poco, así que no puedo hablar con congruencia y sonreír al mismo tiempo. O sea, que seguro que le dije cuatro cosas sin sentido.
Meto en el discman el disco de Estrella Morente que me llevó Alice la noche anterior. Yo, ni idea de flamenco y así, pero tengo mis "momentos flamenco" desde el cumple de Isa [A mí no me eches la culpa, ¿eh?], que le compré a la china del topmanta el de Niña Pastori y el de Carmen Linares. Hace calor. Muchísimo calor. El (autobús) circular tarda más de veinte minutos en aparecer y llega justo cuando estoy pensando ya en parar un taxi porque llego tarde (menos mal que no lo hago, porque llegué con sólo dos minutos de retraso e Isa y Lara llegaron diez minutos después) [Vale, vale; que yo llevaba unas chanclas de esas desagradables que se meten entre dedo y dedo y tardé como media hora en llegar desde mi portal hasta la esquina de la calle, donde me esperaba Lara con el coche abollao]. En el autobús, la señora que está sentada a mi lado me ve sacar el móvil del bolso y mirarlo y me enseña el suyo y me pregunta si sé cómo funciona. Le digo que no, que yo sólo sé usar los que son como el mío, que lo siento. Sonríe. Sonrío. Me siento un poco imbécil, pero me da igual. Seré imbécil, pero estoy contenta.

Lara e Isa me recogen en Moncloa en un coche gris con la puerta derecha abollada. Después de diez minutos de espera al sol. [Que vaaaaale, joer. Que fueron las putas chanclas.] Nos vamos a Pozuelo. En la estación nos espera Alice. Nos guía hasta el Córdoba. Aparcamos. Vemos a Alice sacar bolsas de hielo. La ayudamos. Son para Mari, la del bar, que se las ha pedido (y que luego le pregunta si somos amigas, y yo digo, bajito, que no, que qué va, que nos ha encontrao por la calle y nos ha cargado con el hielo, notejóe). El partido acaba de empezar y nos metemos donde la barra: un sitio estrechito, oscuro. La barra a la derecha. Un ventilador enorme sobre una repisa a la izquierda. La tele al fondo. [En el techo, un rombo de madera oscura con focos como de discoteca.] Debajo, dos chicos y una chica (más tarde nos presentó Alice: David, Antonio y... se me ha olvidado cómo se llamaba ella). [Vero, se llamaba Vero]

Rafa rezongando tras la barra (¡"no te mees fuera", le dijo a Isa cuando la vio bajar al servicio!, "llevad la cuenta vosotras de lo botellines, que sois nuevas y no os estoy controlando"). La Mari que le dice que nos ponga unos botellines, que hemos traído el hielo. Creo que en el primer tiempo nos tomamos tres per cápita, y eso que alguien dijo que no había más hasta que no metiéramos otro gol. [Que no, que fue Antonio el que puso el ventilador en el 1 al principio, y cuando metimos el primer gol lo puso al 2, y dijo que hasta que metiéramos otro no lo ponía en el 3] Y menos mal que no iba en serio, claro. [Vaya si iba en serio; que yo, después de hora y media de partido asfixiándome, le dije que si teníamos que esperar a otro gol para ponerlo al 3 lo llevábamos claro; entonces él intentó ponerlo al tres, pero el 3 no funcionaba. "Claro, hasta que no metamos otro gol no funciona", dije yo.] Qué calor. Qué sed. Qué agobio.

Otros dos parroquianos junto a nosotras, en la barra. Uno de ellos, de profesión profeta. Que cuando nos pitaron el penalti de Hierro dijo que ya lo sabía él que nos la iba a jugar ese árbitro que estaba cabreado porque Suecia había perdido y nos la tenía jurada desde el principio (no explicó por qué nos la tenía jurada a nosotros, y no a los irlandeses). Los comentarios de Isa. Porque hay algo mejor que ver un partido con niños, Vazman: verlo con alguien inteligente [Gracias, gracias], que no sabe mucho de fútbol y que no se corta a la hora de comentar lo que considera incongruencias. Como "si a mí un tío me grita así, le doy una hostia" (por Camacho) [Es que ese tío es un energúmeno. Pero después pensé en los millones que ganan los futbolistas, y me retracté, y pensé que igual le dejaba que me gritara un poquito] (le explicamos que era normal que los entrenadores fueran así) o "a ese tío que le quiten la banderita, joder" (por el juez de línea que nos pitaba fuera de juego todo el rato). Y entonces gol de Morientes que nos pilló distraídos. Luego, dos goles más anulados por fuera de juego ("que le quiten la bandera a ese señor, joder"). Penalti que para Iker y que aplaudimos (la parada) más que el gol del Moro. Descanso.

Salimos afuera, a la terraza. Nos sentamos con los amigos de Alice. Mari saca una tortilla de patata recién hecha, para chuparse los dedos. Nos cuenta cosas del negocio y nos morimos de la risa. Como aquel día que sólo había pollo y ella ofrecía a los clientes toda clase de pescados y de carnes y luego les decía que se les había estropeado la nevera y que ella pensaba que el pescado y la carne no iban a tener la calidad suficiente, pero que les iba a hacer un pollo al ajillo delicioso... ["Eso", decía, "era cuando esto era un restaurante elegante, que no existían más que "El Ventorro" y este en Pozuelo"] y los clientes, encantados de la vida, mira qué señora más maja [que no nos ha querido dar los alimentos en mal estado] y qué rico está el pollo, oye ("Eso es márketing, Mari", dijo alguien. "¿Y eso qué es?" "Que sabes venderte, Mari"). Y aquella vez que le pidieron unos clientes finolis una tortilla a las hierbas finas y un turnidó (sic), y tuvo que llamar al otro restaurante de Pozuelo a preguntar qué era eso, y le explicaron que la tortilla aquella era de ajo y perejil ("¡acabáramos!"), y que el turnidó, mejor decir que no tenía, que sólo se servía de encargo, porque sabeusté, es una carne muy especial.

Volvimos a entrar. Un peñazo, el segundo tiempo. Isa dice que a ver si empatan los irlandeses, a ver si así se anima la cosa, que está aburrida. [La verdad es que la gente del bar me miró con una cara cuando dije eso...] Joder, si antes lo dice... y ¿animarse? Si casi nos da un infarto, coño. Risas con la pronunciación del comentarista de la tele y las meteduras de pata ("el jugador inglés, digo, quería decir británico, por supuesto") (y decía todo el rato la "república de Irlanda", en vez de "Irlanda", a secas, y en cambio no decía "reino de España", sino "España") [Y decía cosas como: "Luis Enrique presionado; Luis Enrique golpeado; Luis Enrique derribado". Y luego, me fijé que ahora los comentarios son mucho más psicológicos que antes; antes, el José María García se limitaba a decir lo que hacían los jugadores, cómo jugaban, y a gritar un ¡gooooooooool! muy largo que le ahorraba bastante tiempo de comentarios. Ahora, hablan de que si el equipo está deprimido, interpretan en qué ha podido influir en la capacidad psicomotriz de los jugadores el hecho de haber metido un gol tan pronto, etc.]. El penalti de Hierro, qué animal. El cabreo de la gente. Y entonces yo no puedo más y me salgo porque me estoy poniendo nerviosísima. [Pero hacía mucho más calor fuera que dentro] Alice y Lara están sentadas fuera hace rato, en sendas sillas de la terraza, y delante de ellas un pintor de brocha gorda, tranquilo y silencioso, que yo creo que nos preguntó más porque no podía más de nervios que por educación si nosotras pensábamos que ganábamos o no, mientras Isa y yo estábamos encaramadas en sendos taburetes, en la penumbra del bar. Y entonces llega Ramón, el pollero. Con pollo asado y tarta de queso, para la comida. [Y suelta: "¿¡Quién quiere comerse una polla!?". Y luego añade: "Es que no le he mirado el sexo al pollo"] De su asador (que está en Móstoles). Diciendo barbaridades sin parar y llamando de todo a Hierro (y casi como que le dábamos la razón todos, joder, si perdemos la culpa la tendrá él, por imbécil). [¡¡Gilipoooooollaaaaas!! ¡Que eres un gilipooooollaaaas!] Al principio nos dio mucha risa. [Pero cansa, a la larga, cuando te das cuenta de que él ha vivido en todos lados, y conoce a todo el mundo, y cuando le preguntan cuántos habitantes tiene Móstoles, dice: "¿Censados? Pues censados, tiene xxxxx, y sin censar el 10% de esa cantidad"] Porque es verdad que animó la cosa, que Antonio y David estaban muy callaos y el profeta y otro matrimonio mayor se retiraron. Aunque llegó otra pareja de jóvenes, amigos de Alice. Bueno, el pobre Antonio estaba tan nervioso que hubo un momento que, sin saber qué hacer, se puso el sombrero de Lara. Aunque eso fue en la prórroga. Que yo no vi porque estaba a punto del ataque de nervios. [Yo sí, me lo tragué enterito, y cómo molaba ver a todos tan cansados, pero ahí, dando el callo ("pa eso os pagamos", decía yo)]

Y nada, que no hay gol de oro (que yo casi estaba deseando que lo metieran, cualquiera, aunque fuera Irlanda, coño, para que acabase la agonía de una vez). [Yo es lo que quería, que los penaltis son muy emocionantes] Jugando con diez, con Raúl y no sé quién más lesionados, y sin Morientes, vamos y aguantamos la prórroga entera. Pero ahora viene la lotería de los penaltis. Volví a entrar. Me senté junto a la barra. David y Ramón hacían los cuernos con la mano y gritaban cada vez que iba a tirar un irlandés. Me hice polvo la mano de los golpes y la garganta de los gritos. [Joer, mira que hay que ser malo para, con lo grande que es la portería, tirar los balones fuera] Cuando iba a tirar Mendieta el último, volví a salirme. Me sentía incapaz de ver cómo fallaba y tener que chuparme otra tanda de penaltis, esta vez a ver quién acertaba el primero. En el último momento quise cerrar los ojos para no verlo, pero al final no pude. Y fue gol. Joder.

Saltamos. Gritamos. Qué alivio, madre mía. Otro botellín, Rafa.

Luego comimos pollo asado, y tarta de queso, y alguien propuso hacer un... como se llame (kas de naranja, licor de melocotón, vino, hielo). No es chimichurri. ["pitilingorri", aunque Mari lo llamaba "pitilinchichi" o algo así; uf, menos mal que sólo me tomé un vaso] Pero suena parecido. Tomamos un poquito, estuvimos un rato de tertulia y nos fuimos a casa de Alice, a la piscina. Estaba a medio llenar, pero el agua estaba congelada: una delicia. Ojalá pudiera meterme ahora mismo. Y ya cotilleamos un poco, tomamos un poco el sol, nos mojamos. Esas cosas. Y nos volvimos a casa.

Creo que se me olvidan un montón de cosas, pero me siento incapaz.de recordarlas. Isa, Lara, Alice... joder...

Voy a ducharme con agua fría y a intentar dormir. Qué calor.

Besos y sonrisas.

B <<

 

  CRÓNICA DEL FALLO DEL CONCURSO ERÓTICO
miércoles, 17 de julio de 2002 19:50

   

Me estaba leyendo el cuarto tomo de Proust sin dibujos ni nada cuando se aproximó David. Me costó incorporarme para besarle. He empezado a ir de nuevo al gimnasio y tenía unas agujetas del copón. Nos dio tiempo a hablar cuatro palabras antes de que llegara Antonio, y me tuve que incorporar de nuevo con crujido de músculos. Y luego Ana y Jenaro. Y así hasta que perdí la cuenta de mis agujetas y acabamos ocupando cuatro o cinco mesas.

No sé por qué, esta quedada me recordó a una de las primeras que tuvimos. Sí, ya sé por qué. Porque también venía JGV. Aquella vez yo estaba muy nerviosa por eso de quedar con la gente de Internet. Esta vez también. Así que descubrí que lo de ponerme nerviosa es algo mío, y nada tiene que ver con el exterior.

Cuando hay mucha gente es imposible abarcarla. Y entonces me siento impotente y no abarco a nadie. Y uno sabe que eso no se volverá a repetir -tanta gente querida- hasta al cabo de un montón de tiempo. Y entonces la impotencia. Antonio a mi lado, familiar y tranquilo. Berna al otro, de cháchara con Jenaro y Ana y su hermano, que se debía de sentir un extraterrestre (¿o éramos nosotros los extraterrestres para él?). David, que siempre me supera en nerviosismo. Y en juegos de palabras. Er Samsa, al que cualquiera adoptaría: ponga un Samsa en su vida. Mariana, el buhíto de la lista, mirándolo todo con esos ojos de cámara fotográfica, que hasta parece que hacen clic cuando pestañean. Saldama, con su alegría y su timidez y su desparpajo. Inés nada metafórica, que no fue una aparición. Y JGV, que entran ganas de comérselo. Y Enrique V con su palmera de chocolate. Y Ampa imponente como su casa nueva. Y Bea y Enrique, cargado de libros del taller. Y Rosa, tan mayor, guapísima, que no sé en qué momento desapareció. Y un Remo histriónico, onomatopéyico, replicante y estadístico. Y Nacho con la peque, tan amorosos los dos.

JGV me cargó con un paquete que olía a lluvia. Lo abrí y eran los libros de Maribel, todos dedicados. Fui dando a cada uno el suyo, hasta que llegó un punto en que me olvidé, y me vine a casa con unos cuantos, que me habréis de reclamar: el de Mariana, el de Pableras, el de Saldama, el de Nuchi, el de Lara, el de Pilar, el de Cristinap, el de Alice y el de Rosario.

El discurso de David, tan divertido, tan lleno de buenos y malos chistes... Y el jaleo, la música, las cervezas, las estadísticas del concurso, los brindis... Y luego la cena, con Reyes y Elena y Enrique Triana. Y los mojitos. Y risas y buenos recuerdos. Y una breve charla al final, con Berna y Pepe, que nos contó el viaje a Temuco, y absorbimos cada letra, cada imagen, cada gesto de ternura. La Chabela, Guido, Maribel y Tino. La lluvia. Un poquito de pena como un abrazo que no se ha dado.

Y entonces nos echaron del bar. Y me guardé una última imagen de Pepe contra la valla del edificio a medio construir de enfrente de mi casa, con el cartel de "Prohibido el paso a toda persona ajena a la obra". Allí se ha quedado prendida la silueta de JGV, con los hombros un poco caídos y los ojos brillantes, y una eterna sonrisa condescendiente en los labios. Otra vez adiós, hasta otra, nos veremos.

Y en fin. Una crónica más. O menos. La vida sigue, como un barquito de papel.

Besos

Isa

  

 

  CRÓNICA IMPREBIS
domingo, 29 de septiembre de 2002 13:38

 


¿No vais a contar nada del teatro? Anda no seais perezosos....

Que he andado "pelín" liada, y por eso no hice la crónica.

Lo del teatro estuvo estupendo. Los chavales actuaban muy bien, el cantautor que los acompañaba cantaba muy bien, y el espectáculo fluía como de la nada, hasta que...

Pero empecemos por el principio. A la entrada del teatro estábamos Enrique V, David, Pack, Inés, Nacho y Elizabeth. Alice, como siempre, llegó tarde, y cuando le indicamos dónde tenía que conseguir la entrada casi se cuela en la boca de metro.

Entramos, y empezamos a discutir sobre lo que había que escribir en los papelitos. Algunos aguafiestas decidieron que no querían putear a los actores, que les caían bien, y que iban a escribir algo sencillito. Enrique V, que tiene puesto un filtro para que todos los mensajes de "escreativa" pasen a la papelera menos los que le mencionen a él, o la palabra "gratis" o la palabra "cabrón", dijo que él no sabía de qué iba la vaina y que no le comiéramos la cabeza. En definitiva, que al final debimos de ser tres los que escribimos algo relacionado con lo OA y el surbitón.

Conseguimos entrar a la sala de una forma absolutamente desordenada y ocupar nuestra fila, y en el asiento libre que dejó Berna colocamos los abrigos (gracias, Berna ;-)). Antes de que empezara el espectáculo se nos acercó una chica y nos preguntó si éramos los de la lista, a lo que Alice y yo respondimos que de qué se nos acusaba... Yo creía que era Cristina Anchustegui Melgarejo, que a última hora dijo que allí nos veríamos. No hacía más que decirle Cristina por aquí y Cristina por allá hasta que me dijo: "Yo no soy Cristina". Anda la hostia. No era Cristina. Era María José Conde, que ha intervenido un par de veces, y siempre para jorobar ;-)), que si los miembros de la lista que se habían desapuntado por el verano y luego se habían reapuntado después del 2 de septiembre habían de tener derecho a votar en el CROA, que si patatín, que si patatán. Que venía con su marido y que no había podido pillar entradas en nuestra fila, porque un impresentable (el chico que Alice tenía al lado) le había quitado el sitio en sus mismas narices. El chico miraba al frente, asustado, ante nuestras caras de reproche. María José nos instó a que le dijáromos los nombres de todos los de la fila. Le dio mucha pena que no viniera Berna, pero nosotros estábamos encantados con el asiento libre. "¿Y aquellos de allí?". "No, a aquellos de allí no tenemos el gusto...". Después de la mutua inspección técnica, María José dijo que nos veíamos a la salida y se fue a los asientos a los que habían sido relegados su marido y ella por el impresentable que estaba al lado de Alice.

El cantautor que acompañaba al grupo salió y empezó a cantar una tonada y a animarnos a que la cantáramos nosotros. "La-la-la-la-ra-raaaaaaá/La-la-la-ra-reeeeeeéiii". No le hizo falta hacer muchos aspavientos para que nos creyéramos que estábamos en OT. Lo malo fue cuando tuvimos que combinar las palmas con la letra. Ahí se armó el desbarajuste padre, y cuando salieron los actores no les hicimos mucho caso, entretenidos como estábamos en nuestras nociones básicas de ritmo "laraléi".

Al final comenzó la movida. Empezaron a sacar papelitos y hacer un gag detrás de otro. En los papelitos salieron cosas como "Estoy hasta las narices de mi trabajo", "Bush, joputa, cabrón", "Competiciones infantiles de tenis", "No por mucho tempranar amanece más madruga", "Los aduaneros de Anán", "Me enervas", etc., lo que da una idea del estado psíquico de quienes van a ver este tipo de espectáculos. Por lo general sacaron mucho partido a las frases, los diálogos eran excelentes y nos reímos a morir.

Pero les quedaba superar la prueba de fuego. Pack comentó en la lista que creía que ellos ya tenían preparados los gags (una amplia variedad) y luego adaptaban las frases a un gag, y no al revés. Yo le dije que creía que no, y que era improvisación cien por cien. Y allí estaba la prueba de fuego. El chico zarandea el ánfora, saca un papelito, frunce el ceño, achina los ojos... y lee: "En el país de lo onírico...". Se queda atascado. Gran ovación en la fila cinco. Dice: "¿Vosotros os habéis creído que somos farmacéuticos o qué?". Sigue leyendo: "En el país de lo onírico las enfermedades ac... acuáticas se curan con...". Se vuelve a quedar atascado. La gente dice que deje esa frase y saque otra. Parece que va a hacerlo cuando Inés grita: "¡Surbitón! ¡Surbitón Complex!". El actor la mira, vuelve a mirar al papel, y lee, esta vez de corrido: "En el país de lo onírico las enfermedades acuáticas se curan con Surbitón Complex". Grandes risas, aplausos y ovaciones en la fila cinco.

Se van los actores a su esquinita con el que les ayuda a montar los sketches. Le toca al cantautor, mientras tanto, improvisar una canción relacionada con la frase. Tiene la cara a cuadros, literalmente. Empieza a rasgar la guitarra. Para. Vuelve a rasgar la guitarra. Dice: "Estoy... de acuerdo". Vuelve a rasgar la guitarra. Pasan los segundos y no sabe que más decir. Todos aplaudimos para sacarle del embolado. Los actores tienen que hacer algo rápidamente, no pueden dejar al cantautor bloqueado, sin saber qué cantar.

Respresentan el peor gag de todos. Hacen como que son sueños que están en el agua, nadando, y que están dentro de la cabeza de un loco, y que cuando abra los ojos desaparecerán. Los diálogos son flojos. Lo salvan un poco con la expresión corporal. Pero queda un gag muy flojo. Pack ganó la apuesta: no improvisan los gags en función de las frases, sino que es todo una estafa ;-). Les hemos reventado el espectáculo con la frasecita de Inés. Somos unos revientaconcursos y unos revientatodo. Nos deberíamos dedicar a la política, está claro.

Luego representan un par de gags más, y termina la obra. Más no nos podíamos reír. Por lo que han sabido hacer, y también por lo que no.

(Me voy a ver el telediario de Tele 5.)

Besos

Isa

 

  CRÓNICA DEL FALLO DE CROA
domingo, 27 de octubre de 2002 11:01

    

[La empecé ayer, sábado, y la he terminado hoy, domingo]

Ayer habíamos quedado en el curro de Pack, en la calle San Bernardo, a las 19.50 h. Ayer tenía un día raro, un día zombi, como el mensaje de los dinosaurios. A las dos y cinco me acordé de que tenía ir al banco a cambiar dinero para la venta de camisetas y de que más valía que me acercara a la Librería Fuentetaja a por el vale del premio, porque si no sería como ser padrino en una boda y olvidarse las arras. Me fui volando, pero al banco no llegué a tiempo. Primer despiste del día.

Y es que descubrí algo en mi cocina que me tenía como preocupada, sumándose al asunto de los dinosaurios, que me tenía melancólica. La Mikusha llevaba días que no paraba de subirse al microondas e intaba escalar por los armarios para llegar al techo. Germán y yo nos preguntábamos qué diablos le pasaba y maldecíamos por tener una gata con problemas de hiperactividad. Ya lo que faltaba es que quisiera andar por el techo. En fin, que por la mañan la vi ahí de nuevo, encaramada al microondas y tirando los frascos de especias porque quería subirse al techo, y se me ocurrió seguir la mirada de la gata. Y descubrí en el techo unas cositas oscuras. Entrecerré los ojos, y resulta que eran unos gusanos pequeñitos, uno de los cuales estaba haciendo contorsionismos a cinco o seis centímetros del hocico inquisitivo de la gata. Miré todo el techo de la cocina, y vi que había más. Como cinco o seis gusanitos. No sé vosotros, pero yo nunca he tenido gusanitos en los techos de mis cocinas, y es algo que me inquieta bastante, como las escolopendras del relato de Vaz. Ni de coña me atrevía a subirme a una silla y matar a los gusanitos, pero estar ahí pensando que allí arriba esos seres se retorcían y descolgaban a sus anchas sobre mi cabeza me causaba terror. Esa situación me recordaba a la película de David Lynch "Erase head", en la que el protagonista tenía unos gusanos parecidos metidos en una especie de armarito con celosía, y cuando llegaba a su casa putefracta lo primero que hacía era mirar a los gusanitos, a ver cómo estaban. Y ahora comprendía que el protagonista de la peli no es que quisiera a los gusanitos, sino que no se atrevía a matarlos, como yo con los míos. Total, que me tiré todo el día sin entrar a la cocina, pero a la vez obsesionada con el tema, y asomando un poco la gaita cada dos por tres para ver si seguían allí, si se habían movido, y si se habían reproducido.

A las cuatro y media o cinco me dormí una siesta, que fue interrumpida muy atinadamente por una llamada de David para ver a qué hora habíamos quedado.

A las 18.30 h me puse a preparar el discurso, porque veía que me pillaba el toro. Lo leí un par de veces en voz alta intentando parecer natural, pero no había forma, así que lo dejé por imposible. Terminé a tiempo para vestirme corriendo... Vaya por Dios, los pantalones negros, que hacían juego con la camiseta del Surbitón, estaban en el cesto de la ropa sucia. Pero encontré unos que hacían juego con el tono ocre del fondo de la imagen. Me puse unas botas de tacón que maldita la hora, porque cinco minutos después, cuando bailaba claqué por los baldosines de San Bernardo, ya me habían destrozado los pies. Cogí las impresiones de las imágenes de Joaquín y salí pitando. "Seguro que me olvido algo", pensé. Pero hice recuento, y no, no me olvidaba nada.

Me acerqué a la papelería de San Bernardo a comprar papel celo que pegara por las dos caras, para poder poner los pósters, y al cruzar la calle vi que Pack se metía en el portal de su curro, con una chica rubia. Aporreé el cristal y me abrió la puerta. En ese momento me di cuenta de que se me había olvidado lo más importante: la bolsa de camisetas que guardaba en mi casa. Segundo olvido del día. Así se lo dije a Pack, deseando que me respondiera: "Da igual, no te preocupes, total, tenemos suficientes...". Lo que escuché fue: "Ah, no te preocupes, vuelves a por ellas y te esperamos aquí". Mu bien, vuelta a taconearme toda la calle San Bernardo parriba, la Palma parriba, los tres pisos parriba. Cojo las camisetas, me vuelvo a marchar, escaleras pabajo, Palma pabajo, San Bernardo pabajo. Llego al portal de Pack, me equivoco de telefonillo porque el tercero izquierda es el botón de la derecha y el tercero derecha es el botón de la izquierda, y se tiene que poner cada miembro de la familia para explicármelo. Yo estoy sudando a pesar de llevar sólo la camiseta del Surbitón y el abrigo. Al fin llamo al que es y me contesta Pack, y le digo que me abra y el me dice ¿Isabel?, yo no conozco a ninguna Isabel, se ha equivocado de número... Le grito que me abra de una vez y me abre. Subo, y les cuento mis cuitas, que vaya día, que se me ha olvidado cambiar dinero, que... Pack me presenta a la chica rubia, que ya no me acuerdo cómo se llama, pero da una seguridad de la hostia, como si controlara todo lo relativo al concurso desde el principio, y con su mirada de "Conmigo aquí no tienes nada que temer" me tranquilizo.
Nos vamos pitando al Madragoa, calle Pez parriba, taca-taca-taca, con pasitos cortos, si no era peor. Llegamos a las 20.10 h. y zas. El Madragoa está cerrado. Pos vaya. Llamo a Germán para que llame a Luismi, el dueño del Madragoa, y le diga que a qué mierda de hora piensan abrir. Mientras espero la llamada de Germán aparece por allí María José. Y luego un invidente con su bastón, que se queda parado a la puerta del Madragoa. Le decimos que está cerrado, y que si viene a lo del concurso. Dice que ha quedado con Luismi, que se llama Samuel y que en su tierra, Colombia, hay cientos de dialectos y entre ellos el de los indios Páez, como Enrique. De pronto me paro a mirar la escena, y me parece de lo más surrealista. Allí, con el ciego y rodeados de tropecientas bolsas de camisetas... Samuel nos enseña el libro que trae, que es sobre monstruos, para sacar ilustraciones para un artículo o no sé qué que va incluir en Babab, la revista que lleva Luismi en Internet. Y nos ponemos a mirar las ilustraciones Pack y yo, y yo me pregunto cómo diablos va a elegir las ilustraciones el ciego, y que casi mejor que no las vea porque algunas dan mucha grima. Como los gusanitos del techo de mi cocina.

En esto me llama Germán para decirme que Luismi le ha dicho que ya vienen para acá. Pero todavía tardan un rato, en el que me da tiempo a ponerme más histérica todavía. Llega una de las camareras pero, curiosamente, es la única que no tiene llaves. Así que vamos formando una multitud compuesta de seres humanos, camisetas y alfombrillas de ratón a la puerta del Madragoa. Por fin llega otra chica, y esta parece que sí que tiene la llave de la felicidad. Entramos y vamos a bajar, el primero David, del brazo de Samuel. Pero aún no han encendido las luces de abajo, y tiene que ser el ciego el que acabe guiando a David.

Abajo todo está hecho un desastre. Sillas por todos lados, una batería en medio del escenario, una luz lúgubre... Viene una de las camareras y me dice que Luismi le ha dicho que se ponga a mi disposición. Me toca ponerme a tomar decisiones, lo peor para una indecisa histérica. Le digo que quite las sillas pero que en realidad quizá mejor que no. Le digo que necesitamos una mesa para que haga de mostrador en uno de los arcos de entrada a una especie de reservado, pero que no sé si mejor ponerla en otro sitio. La chica se empieza a poner también nerviosa porque no sabe qué hacer. Pero al final, entre idas y venidas, conseguimos entendernos. Mientras tanto, Samuel está parado en medio del local, en medio de las sillas y las bolsas de camisetas. Le decimos que si quiere sentarse, y dice que mejor espera a que arreglemos el desaguisado ("¿Pero no era ciego?", me diréis; yo qué sé, queridos lectores, aquello parecía una película de Buñuel).

Empezamos a colgar los carteles. Pero no hay forma de averiguar los secretos del papel celo de dos caras, y allí nos tiramos todos un buen rato tratándole de sacar su doble cara. Por fin Pack lo consigue (Pack, eres una máquina). Pero el papel no pega ni en los ladrillos ni en la viga. Nuestro gozo en un pozo. No podemos pegar los carteles y el mundo se nos cae encima. Pack pide caja de herramientas. Martillo. Clavos. Grapadora. Al final consigue colgar algunos carteles y graparse un dedo. Primer damnificado del día. Me acuerdo de Zedelka y de la fiesta del jamón.

De pronto me acuerdo de Samuel, que sigue parado allí en medio. Le vuelvo a decir si se quiere sentar, y esta vez me dice que sí. Le llevo hasta el banco corrido que hay a lo largo de la pared, se sienta, y le pregunto si quiere tomar algo, confiando en que me diga que no. "Un vino tinto", me dice. Me subo a pedirle un vino. Escaleras parriba. Se lo bajo haciendo equilibrios. Taca-taca-taca. Escaleras pabajo. Le doy el vino a Samuel, me dice que me siente allí a su lado para charlar un rato, pero le digo que hay que arreglar todo aquello y me vuelvo a mis quehaceres. Samuel bebe un trago, luego se levanta y le dice a uno de los camareros que se va, que ya está harto de esperar y que el vino le produce acidez. Pues vaya.

Traen la mesa, y me pongo a colocar las camisetas. Va llegando la gente. Aparece Félix, de la Estrella Digital (el que escribió el artículo aquel del concurso comparándolo con una Operación Triunfo de escritores). Le miento y le digo que me gustó mucho su artículo. Aparece un chaval de una revista de Internet que no me acuerdo cómo se llama. No le miento y le digo que nunca he visto esa revista. "Pues me mandáis información", me dice. Ah. Pues ni idea. Me levanto y los dejo allí a los dos. Sigo colocando camisetas. Llega Alice y Cristinap. La llegada de Alice me tranquiliza. Ella trae calderilla. Ella trae un papelito con el stock de camisetas, las tallas, los encargos, los modelos... Ella trae una cajita para meter el dinero. Ella trae la organización, la sonrisa, la paz y la belleza mixta. Ella es la princesa Kekejian.

Va llegando más y más gente, aunque el bar no está del todo arreglado todavía. Los camareros pululan por allí poniendo una velita aquí, un cenicero allá. Colocan el micrófono en el escenario y hacen la prueba de sonido. Parece que funciona. Vienen los de las bebidas, los del hielo.

Llega mi grupo de amigos de fuera de la lista: Bea, Emilio, Antonio, Pepe, Sito, Carlos, Maritxu... María José Codes se acerca a Bea y le dice: "Yo a ti te conozco. Tú eres Beatriz de Pedro. Fuimos juntas a clase cuando teníamos seis años". Toma ya. Eso se llama memoria histórica. Sí señor. Eso es ojo, y no lo que tengo yo para los microcuentos.

La sala se va llenando. Conozco a bastante gente, pero hay otros a los que no. María José me pregunta que quiénes son un señor y un niño que están sentados en un rincón. Ni p. idea. María José me sugiere que es mi labor preguntar a la gente quiénes son, si se han presentado al concurso, etc. En realidad, es que se muere de curiosidad. Es un hombre delgado, casi escuálido, apagado, con camisa abrochada hasta el cuello, vestido como... como mi padre en su juventud o cosa así. El niño también está muy serio. Le hace preguntas a su padre y éste se las contesta en voz baja. Me acerco a ellos y le pregunto al hombre si se ha presentado al concurso. Me dice que sí muy compungido y se levanta, muy educado, para hablar conmigo. Alaba la iniciativa con palabras comedidas y mirada triste. Me despido y sigo saludando a unos y a otros. Llega Nacho y la Peque, y Berna, y Enrique V, y Elia con su famoso arquitecto, que parecía que teníamos más ganas de conocer al arquitecto que a Elia ;-)... Tanto, que me da corte decirle que me lo presente.
Se va acercando la hora fatal del escenario. Cada dos minutos le digo a David que se vaya preparando, que ya nos va a tocar. No lo hago para ponerle nervioso, pero lo consigo. Alice se ha hecho con el tenderete de camisetas como una vendedora profesional. Apunta aquí y allá, enseña modelos, los vuelve a doblar, decide cuál es la camiseta que le queda mejor a cada cual... Consigue que los clientes se pongan en sus manos sin recelo. Esta chica es una joya. Si tuviera un hijo en edad de merecer le daría su mano (y el resto). O a lo mejor la solución está en casarla con Joaquín. Joaquín se dedicaría a hacer camisetas y Alice a venderlas. Maravillosa pareja. Bueno, el caso es que me coge por banda María José y me dice que no puede ser, que me ha mandado de enviada especial y no he vuelto con las noticias. Le cuento lo del hombre serio, y María José se queda disgustada. "No puede ser que se haya presentado a este concurso y esté tan serio." Yo me quedo pensando. Parece disgustada de verdad. Al final le digo que los señores serios también tienen derecho a escribir relatos malos. María José no se queda muy conforme, pero no se le ocurre nada que contestar. Yo sigo mi deambular constante. Si me paro a pensarlo, no he hecho nada en todo el día. Pero la sensación es de haber estado descargando camiones.

Son las 22.15 h y le digo a Eva, la novia de Luismi, que vamos a empezar. Bajan las luces y dejan un escuálido foco que se dirige al escenario. Apagan la música. Cojo mi papel arrugado, dejo la Coronita, el tabaco y el mechero en una repisa y voy para allá. Cuanto antes me lo saque de encima, mejor. Me pongo delante del micrófono y digo: "¿Me se oye?" Pero no, no me se oye. La camarera manipula los botones de la mesa de mezclas. Pero es camarera, no técnica de sonido. Seguimos probando. Al final, por casualidad, damos con la combinación secreta de los botones, porque se me oye. Así pues, tengo que comenzar a hablar. Miro el papel y me doy cuenta de que no veo un pimiento. Me lo acerco, y aquello se convierte en una telaraña confusa. "No veo nada", le digo al público. Y es cierto. Y como sólo me he leído dos veces el discurso, pues no me acuerdo de nada, aunque es cortito. Al final logro entrever algo sobre una "bienvenida", y digo: "Os doy la bienvenida a todos los que habéis venido". Esto me lo dice luego Reyes, que pensaba que era una frase onírica hecha aposta; que me salió muy natural, dice. Mala leche es lo que tiene la gente. Pues nada. Después de dar la bienvenida a los venidos me vuelvo a quedar en blanco. "Es que no veo", repito. Pero nada. El público no tiene clemencia de mí. Oigo risas, y luego silencio. Empiezo a decir lo primero que se me ocurre y, como por arte de magia, empiezo a recordar algo del discurso, e intento hilarlo como puedo. Llega una parte que no puedo decir sin leer, porque son muchos adjetivos seguidos para describir a los miembros del jurado, así que me pongo el papel a un centímetro de los ojos y lo leo del tirón. Llego a la lista de miembros del jurado. Cuando llego a Pack, digo lo que viene en el papel: "Pack, al que podréis ver por algún lado con una cámara en el ojo". Sigo hablando, y de pronto me doy cuenta de que tenía a Pack con la cámara pegado a mí, a medio metro escaso. Interrumpo el discurso y pongo cara de disculpa: "Ah, estaba aquí". Estupendo. Oratoria brillante, se puede llamar a lo mío. En fin, que le echo el muerto a David y me voy al cálido y oscuro anonimato del reservado.

Pero resulta que no me quiero perder ni una palabra del discurso de David, y al final acabo en medio de la sala, ausente y tranquila, riéndome como una niña el día de los Reyes Magos. Y es que los discursos de David son un regalo para los oídos, para la vista, para la inteligencia. Tiene que parar varias veces el discurso por los aplausos y los vítores. Dice un par de cosas sobre los escritores de novelas que realmente merecen la pena. Es la hostia. Y todo mientras sujeta el micrófono para que no se le caiga encima. Malabarista del gesto y la palabra. Torero del ingenio. Albañil del verbo. Pastelero del juego de palabras y del chistecillo ligero. Olé. Cuando llega a la parte de los finalistas y del ganador, se va el sonido. Ni hecho aposta para conseguir tensión narrativa. Cuando estoy yendo a buscar a alguien que arregle aquello, suena de nuevo la voz de David.

Dice los nombres de los finalistas. Aplaudimos al vacío. Dice el nombre de la ganadora: Clara Mata. Yo sabía que estaba allí, pero no sabía quien era. Un chica menuda de camisa blanca y pelo rubio teñido se encoge cuanto puede al escuchar su nombre. Sus amigas, tres veces más grandes que ella, todas con el pelo rubio teñido (mentira, luego he visto las fotos y dos de ellas tienen el pelo negro; memoria selectiva que tiene una) y tres capas de maquillaje, parece que se la van a comer. Sale al escenario. David le hace tres ingeniosas preguntas, pero no deja que responda (y hace bien, lo que importaban eran las preguntas, no las respuestas). Le dice que lea el relato. La chica no quiere. Le repite que lea el relato. La chica dice que nones. Nos ponemos todos a una a gritar: "Que-lo-leeeeee-a, que-lo-leeeeee-a". Al final lo lee. Bastante bien, lo lee. Aunque con un tonillo irónico como burlándose de lo que lee que le quita parte del encanto al cuento. Nos reímos mucho: es lo que tiene que haya ganado uno de los graciosos y no uno de los somníferos.

Termina el acto. Me acerco a hablar con Clara. Por allí pulula Ignacio Fernández, el que lleva Literaturas.com, y el de la revista cuyo nombre no puedo acordarme, y el de la Estrella Digital. Quieren publicar el relato en sus páginas. Clara dice: "Pero con pseudónimo, por favor. Que si no mi reputación...". Creo que es José Ignacio el que se acerca y me dice: «Joer. Pues yo le he sacado fotos. Va a salir la foto y debajo va a poner "Martín"». José Ignacio, Félix y el otro chico nos descojonamos vivos. Luego le digo a Clara que para la semana que viene nos quieren sacar en dos programas de Telemadrid. En el "Básico" de LaOtra, y en uno que se llama "Los cinco sentidos" y que no tengo ni idea de qué va (por cierto, ¿alguien lo ha visto?; creo que lo echan a la hora de máxima audiencia: a las 2.00 h de la madrugada). Clara y sus amigas sí conocían el programa. Como Clara ha dicho que no quiere aparecer con su nombre real en las revistas de Internet, me imagino que a lo de la tele me va a decir que nanay. Pone cara de estar pensándoselo y, finalmente, dice: "Mmmmm. Vale." "Esta chica va a llegar alto", me dice luego el de Literaturas.com. Detalle: no compró ni una camiseta. :-(

Dejo a Clara y me voy un rato donde las camisetas, que siguen custodiadas maternalmente por Alice. No se están vendiendo muchas. "La ruina", pienso. En fin. Luego me voy a la barra, a por mi cuarta Coronita. La gente se empieza a marchar. Claro, tendrán hambre. Y, aparte, hay problemas con la música. Germán ya ha llegado y se va a poner a pinchar. Pero hay que transportar la mesa de mezclas desde el escenario hasta el garito del pincha. Luego, los bafles no funcionan. Vamos, que hasta la una o así la música se oye como a ráfagas. Inés y alguien más se van a por viandas al Palentino. Les encargo un sándwich mixto. Pack ha desaparecido sin avisar, como es costumbre en él. Me da rabia. Se le coge cariño, a Pack. A pesar de su extraño sentido del humor, del que se suele reír él solo ;-).

El caso es que yo voy de aquí para allá pero no consigo instalarme en ningún sitio. Se me pasan las horas como si ná. Me doy cuenta del paso del tiempo cuando me vienen a dar un beso de despedida Mercedes. Y luego Elia. Y así van goteando las despedidas. Y me muero de rabia porque apenas he hablado con nadie. ¿Y entonces qué he hecho? No sé. Deambular como un zombi de un lado a otro. ¿Los zombis bailan claqué? Taca-taca-taca. Me como mi sándwich mixto. Me siento un rato con mis colegas, que andan también comiendo montados de lomo y fumando porros, a partes iguales. Charlo un rato con Bea, pero me vuelvo a levantar. Parece que tengo el azogue, como diría la abuela de Germán. De la barra al cubículo de las camisetas, de ahí a una mesa a buscar mi tabaco... Se acaba despidiendo hasta Enrique V, que parecía que no se iba a marchar nunca ;-). Con él si he hablado un poquito, menos mal. Pack aparece de nuevo. Me llevo un alegrón, no sé por qué.

Charlo un rato con Pedro J. Zufiria, que es profesor de teleco y alumno mío de la Universidad Politécnica, y cuyo relato resultó seleccionado en la primera tanda, y finalmente quedó el undécimo en las votaciones. Me dice que ganar en un concurso de este tipo ya es cutre, pero más todavía quedar en el puesto número once. Que es como obtener el segundo premio en un concurso de tontos. Me río mucho con él. Pero también se marcha.

Hay un ratito, en la barra, en que nos reímos un montón, con Nacho y con Berna. Y ahí hablamos de las mil putas y el enano claustrofóbico. Pero eso también se acaba. Se marcha Alice, y Cristinap, y María Marta. Nines dice todo el rato que se va a ir, porque tiene clase al día siguiente por la mañana. Yo le digo lo beneficiosas que son las resacas para comentar relatos, porque el tiempo pasa más lentamente, y los cuentos se solidifcan en tu cabeza, y puedes ver rápidamente lo que falla. Mis argumentos no la convencen mucho, pero el caso es que se queda casi hasta el final. Hablo también un rato con Inés sobre el curso de redacción. Estoy charlatana y vehemente. Voy por mi sexta Coronita. Los del Madragoa nos conocen por el desmedido consumo de Coronitas cuando vamos por allí. Charlo también con Javier Sagarna, y con su mujer, y con Enrique Riaza (que estuvo en las Jornadas de Creatividad del verano) y con un amigo suyo. Los acabo cansado con mi verborrea repentina y se marchan.

Deben de ser como las tres de la mañana cuando encienden las luces. Y en nuestras caras se refleja la devastación de la batalla. Tengo la imagen de Sonia allí sentada, con la barbilla apoyada en la mano, y sus enormes ojos un poco tristes. Pero tampoco con ella hablé apenas. Enrique Páez también se ha marchado ya. Quedamos cuatro gatos luchando por la eternidad de la noche. David se va a acompañar a Sonia a un taxi. Germán dice que nos vayamos. Pack dice que hay que esperar a David. Germán y yo nos quedamos al fondo, en la barra, con Eva y Luismi, que delante de nosotros se pone a echar la bronca a las camareras por no haber llegado a su hora. Eso me desagrada. Le digo que no pasa nada, que al fin y al cabo dio tiempo a todo. Sólo sirve para picarle más.

Llega David, y empezamos a discutir él, Pack y yo sobre quién se lleva las camisetas. Decidimos que nos las llevamos entre David y yo, y Pack parece como que se enfada por no poder cargarlas. Me da por darle un beso en la oreja. Algunos se ponen agresivos con el alcohol. A mí me da por repartir besos y abrazos a tutiplén, como dice Joaquín, ya que en estado sobrio no me atrevo a hacerlo. Abrazoterapia, lo llamábamos por estos lares.

Recogemos las camisetas y nos estamos marchando cuando nos acordamos de los posters. Estoy quitando algunos de las paredes cuando Luismi me dice que deje alguno, para hacer propaganda del taller. Yo le digo que no es necesario. Él insiste. "Por ejemplo estos dos", dice: el del Quijote y el del cabezón. Yo le digo que no, que se lo agradezco mucho, pero que no tengo ninguna intención en hacer propaganda del taller en el Madragoa. Él dice que bueno, que si no quiero... Yo le digo que a mí los posters me dan igual, pero que si lo dice por hacer propaganda, que no tengo ningún interés. Aquello se está convirtiendo en una discusión bastante espesita. Él dice que vale, que si no le quiero dejar los posters tampoco pasa nada. Yo insisto, y le digo que si le gustan los posters que me lo diga claramente y no tengo problema en darle un par de ellos, pero que no me toque las narices con lo de la propaganda. Finalmente me dice que vale, que sí, que le gustan y los quiere. Ahí se acaba la discusión, le doy los que quería, y subo hacia la salida.

En la puerta me encuentro con Germán, David, Pack, Bea, Inés y Rafa y nos ponemos a caminar hacia San Bernardo. Yo casi no puedo andar ya. David se despide en su calle. Pack y yo alcanzamos al resto en San Bernardo. Todos van cogiendo taxis, y Germán y yo andamos despacito hasta casa. Estoy un poco triste, enfadada, yo qué sé. Se me ha escapado la noche entre los dedos, y se me ha quedado el mal sabor de boca de la discusión con Luismi.

Ayer por la mañana, sin embargo, después de descansar, ya me sentía bien y tranquila. Ya habrá oportunidad de ver a la gente con más sosiego. No se van a escapar. Además, Germán eliminó a los gusanitos del techo de la cocina, ante las atentas miradas mía y de la gata. Hoy había más. También se los ha cargado. Y aquí seguimos, en nuestra lucha particular con los gusanitos del techo de la cocina. Pero ayer fue un día hermoso, con la melancolía de la resaca de bebida y de amigos y de nerviosismo. Fuimos a ver "Lugares comunes" y me encantó y lloré y me enfadé con el director porque mató a Luppi demasiado pronto.

"Todo pasa y todo queda / pero lo nuestro es pasar / pasar haciendo caminos / caminos sobre la mar", que diría Machado.

Besos
Isa

 

 

 

 

  CRÓNICA DEL ACTO DE MARIBEL
domingo, 15 de diciembre de 2002 17:08


Que antes de que venga Enrique V a instalarme un odenador nuevo y, por consiguiente, empiecen los problemas, hago una brevísima y resacosísima crónica a retazos de lo de ayer.

La primera hora fue un poco inquietante. Llegaba gente y más gente, pero no se podía bajar al sótano porque estaban representando una interminable obra de teatro. La gente se agolpaba en la calle, en toda la parte de arriba del bar... Pero, increíblemente, no se iban. ¿Querían ver de verdad el espectáculo, o era por pura benevolencia?

La princesa Kekejian llegó tardísimo, por culpa de los atascos. Era la que traía las pegatinas que servirían de entrada y la que tenía que presentar el espectáculo, así que sin ella no éramos nadie. Llegó con la lengua fuera justo en el momento en que los tiros anunciaban que en la obra de teatro se estaban cargando a todos los personajes.

Pack repartía preciosas participaciones impresas en color.

Cristinap fue una magnífica taquillera a la que de vez en cuando se la veía contando billetes y más billetes.
Aquello se puso de bote en bote, y no se escapó nadie de pagar la entrada, porque David pasó mesa por mesa registrando a todo el mundo, a ver si tenían su pegatinita.

Lara estaba tan tranquila detrás del escenario, y nos aguantó con paciencia todos los histerismos, repentinas desapariciones, y apariciones de última hora.

Alice no se había preparado nada, y era divertidísimo verla salir y decir: "Bueno, pues eso, que aquí tenéis a Berna", y marcharse corriendo.

Nacho fue el primero y le tocó ir calentando al público con su monólogo sobre desnudos. Por supuesto, incluyó lo de los calcetines. :-D

Carlos Sobrino hizo una magnífica lectura metaliteraria de su cuento, comentando cada dos por tres lo que el personaje hacía o dejaba de hacer.

Inés estuvo estupenda leyendo los mensajes de Maribel; sobre todo me gustó el "Me gusta, no me gusta" y el de la hamburguesa: fue emocionante.

Berna estaba tan tranquila en el escenario; vamos, que se hubiera quedado allí a vivir de no haber tenido que dejar paso al siguiente. Me encantó el poema del los refranes al revés leído por ella.

Leo Minax fue un encanto (por cierto, propongo que le enviemos un mensaje colectivo dándole las gracias); estaba con gripe y el sonido era horroroso pero, a pesar de eso, salió dos veces y cantó unas canciones preciosísmas. E incluso dijo: "Vaya, le estoy cogiendo el gustillo a la distorsión del sonido".

Sonia leyó muy bien el cuento de Guido, sin equivocarse ni una vez. Luego, entre bambalinas, me confesó: "¡Es que me lo sabía de memoria!".

Yo leí fatal mi cuento. Mira que era cortito, y me equivoqué tres veces.

David estuvo absolutamente hilarante con su monólogo (mándalo, mándalo, mándalo). La gente se retorcía de la risa.

Bea Cuentacuentos estuvo genial, a pesar de la inverosimilitud de que un medio pollito no puede ir andando y andando, meneando las caderas como Bea.

Germán, a pesar de pasarse todo el día con pánico escénico, fiebre, dolor de estómago, regresiones a la infancia ("¡No quiero tocar, no quiero tocar!") salió y tocó dos canciones. A mí me encantó, pero creo que no soy objetiva.

El público fue de lo más respetuoso. No sólo esperó pacientemente a que se pudiera entrar, sino que permaneció en silencio durante la hora y media larga de actuación; se rió cuando había que reírse, lloró cuando había que llorar y aplaudió cuando uno de nosotros daba la señal de que había que aplaudir. Entre la gente, hay algunos (primos de amigos del cuñado de alguno de nosotros) que ya son fans y que se apuntarán a cualquier cosa que hagamos. Es la hostia.

En fin, todo salió a pedir de boca dentro del caos reinante, y cada uno puso su granito de arena para que fuera así. Era un ambiente estupendo y, aunque no tenía yo el cuerpo pa muchas fiestas, conseguisteis que estuviera muy a gusto toda la noche.

Besos

Isa

PD: La de los resultados de la ecografía fui yo, claro.