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| C
R Ó N I C A S D E I S A |
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| CRÓNICA
DEL PRIMER ENCUENTRO |
miércoles,
06 de junio de 2001 16:42 |
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(También
vale para la Breve Enciclopedia de Personajes Imaginarios)
Berna
Wang: Pelo largo y liso, negrísimo, brillante, sedoso...
Se recomienda acariciarlo con las yemas de los dedos y pedir
un deseo. Mujer, esta sí, de empaque. Habla mucho y
puede parecer, cuando se la conoce poco, que se parapeta tras
las palabras. Es la única madrileña que permanece
quieta mientras habla; sólo hace los movimientos necesarios
-muy medidos- para echar la ceniza, para tomar un sorbo de
cerveza, para ladear ligeramente la cabeza mientras ríe...
justo, justo como la protagonista de "Tigre y dragón".
Si no leyéramos sus mensajes, si no se supiera que
siempre está ahí donde y cuando se la necesita,
si no fuera por sus ojos chispeantes y ciertas sonrisas que
se le escapan, podría parecer una persona fría
e innacesible, una augusta estatua de palabras en medio de
la plaza sobre la que las palomas no osan posarse.
Alice
Kekejian: Con ella sí se atreven las palomas porque
nada más aparecer abraza a todo ser vivo con su sonrisa
amplia. La distancia no es lo suyo; todos ganamos con su presencia
tranquilizadora y primaveral, con su pelo alegre y rizado.
Escucha a todos por igual, asiente a cada uno de los comentarios,
se ríe con cada una de las bromas y apoya a los titubeantes.
Podría parecer, por eso, que pasa inadvertida. Pero
en el fondo uno sabe que sin ella estaríamos expuestos
a todos los males del invierno, que absorbe con naturalidad
transformándolos en luz.
Patricia
Rivas: Otra mujer de empaque. Tiene la cara afilada y un hablar
rápido, algo nervioso. Por detrás asoma una
solicitud amable, un cariño confiado que no espera
avales. Es la única que, sin que apenas se sepa de
ella, se atreve a mostrar que le importamos superando el miedo
a naufragar. Y es que le importan todos los asuntos de este
mundo -aunque sobre todo su hijo-; en todo se implica, hasta
en la lluvia o el sol, que se convierten, al trasluz de su
tono de voz, en miembros de su cuerpo.
David
Gallego: Sus labios gruesos perfilan las frases como las manos
callosas de un escultor modelan una uña sobre el mármol.
Tiene una mente rápida, eficaz y calculadora que desaprovecha
en chistes, sueños y vainas en lugar de ponerla al
servicio de la humanidad para fines más productivos,
como construir puentes o descubrir la próxima estrella.
Y es que no es un ser de tierra, sino de Gandaria o de Las
Batuecas. Traduce novelas rosas. En su próxima reencarnación
será alquimista o navegante; en todo caso, otra inútil
profesión. No tiene remedio.
Inés
Arias: Delgadita, jovencísima. Sus labios remedan los
de esas muñecas antiguas que decían "mamá"
(¿ya son antiguas esas muñecas? ¡Dios
mío!), sólo que hablan de hombres muertos de
infarto tras cruzar mares congelados. Uno no puede parar de
mirar sus ojos de avellana y preguntarse si su edad no es
incompatible con su compostura. Es la única escritora
-que se sepa- de espalda erguida, que lleva el mojito hasta
su boca en lugar de lanzarse sobre la bebida como buitre jorobado
sobre la carroña. Nos sentimos incómodos cuando
nos pregunta, con humildad, cómo se construye una novela.
Antonio
Villalba: Es una de esas personas -¿personajes?- que
nos parece haber visto antes, en una película o en
una novela, apoyado en una tasca o pescando en cierto río
del norte. Se ven las comisuras afables de sus labios por
detrás de una pipa que parece tener vida propia, pues
tan pronto se enciende como se apaga -simpático lucero
de la conversación-. Con un grave hilo de voz puntualiza
-como escribe- en el momento preciso lo justo y necesario,
lo que falta. De modo que los demás tenemos la impresión
de estar constantemente diciendo lo que sobra.
Luis Álvarez:
Otro personaje. Su nariz algo hendida y sus cejas constantemente
en movimiento le dan cierto aire amenazante, y él juega
con esa apariencia mirándote directamente al cerebro.
Sobreactúa a veces de un modo histriónico, pero
otras veces se ríe con ganas y suelta alguna bondad.
Se desubica con rapidez en el espacio porque su mundo es otro,
como el de David: la amazónica Gandaria. También
es un cerebro desaprovechado para la causa. Tampoco tiene
remedio.
Luce Gamo:
Aparece como si hubiera estado a punto de no venir, y permanece
como si fuera a marcharse en cualquier momento. De hecho lo
hace. Su pelo acaracolado recuerda sus palabras escritas,
pero su boca sólo se abre para mostrar cuatro graciosos
dientes en una sonrisa tímida. Mientras calla, su alma
escribe besos y conjuros en el aire.
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| CRÓNICA
MUY SUBJETIVA |
miércoles,
20 de junio de 2001 12:20 |
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(Largo)
Para Antonio Villalba y todos los que se quieran tragar el rollo
El día
de la presentación del libro se ha ido convirtiendo,
casi sin que me diera cuenta, en una especie de rito anual que,
como todos los ritos, tienen su parte buena y su parte mala.
Todo empezó en junio de 1997, cuando yo iba de alumna
al taller de Enrique. Lo escribí hace más de un
año de esta manera:
>>
Ayer tuve clase de novela. Luego nos fuimos de cañas,
como siempre, y fue bien entretenido. Me quedé hasta
las tantas hablando con Paco Mañas y recordando viejos
tiempos.
Paco y yo íbamos a la misma clase de relato todos los
viernes del curso 96/97. Fue un grupo muy especial en el que,
por alguna razón, corría una corriente mágica
entre todos. Con Paco y con otro par de personas solíamos
quedar antes de la clase a eso de las cuatro, para echarnos
unas partiditas de mus. Después nos íbamos a clase,
que ese año todavía era en la casa de Enrique,
y nos encantaba ese contraste entre el mus y la literatura.
Y allí estábamos todos: Celia y Clarita (que todavía
son mis amigas), Miguel (que se fue a Guatemala y estaba enamorado
de Celia), Rosa (una divorciada divertidísima), Gabriela
(argentina de nacimiento y vocación), José Antonio
(siempre tan callado, pero cómo escribía, el cabrón),
Guillermo (que era yonqui y venía colocado hasta las
cejas, y tenía sida, y Clara le ordenaba los papeles
mientras él leía con voz pastosa relatos llenos
de acción urbana, cuando se le podía entender
algo), Paco Cueto (que trabajaba conmigo en Fuentetaja, y fuimos
novios ese año, y ahora no me hablo con él), Elisa
(con esa gran boca sonriente de relaciones públicas),
Rosa la joven (que sólo tenía dieciocho años
pero escribía como los ángeles)... Leíamos
nuestros cuentos, nos los comentábamos, nos descubríamos,
discutíamos, nos acalorábamos, y la ilusión
y la magia volaban en violentas ráfagas alrededor de
la mesa con velas. Salíamos vacíos por dentro,
como globos desinflados; cada uno había expulsado su
cuento, ése que le había costado tanto esfuerzo
parir a lo largo de la semana, y de pronto ya estaba, un cuento
más a la carpeta de los cuentos terminados, y era como
un sinsentido, la nada, la depresión post-parto, y daba
igual que a los demás les hubiera gustado o no, porque
el vacío no te lo quitaba nadie. Sin haber emergido totalmente
de la ficción, nos íbamos a mojar en cerveza nuestra
exaltación hueca a La Musa, nuestro bar de aquel año.
Acabábamos de madrugada, a las cinco, a las seis, bailando
borrachos o jugando al billar en cualquier antro de Malasaña.
Paco Mañas y yo estuvimos recordando todo esto ayer,
y el día de la presentación del libro con relatos
de todos los participantes, el último día de ese
curso maravilloso, en el que Paco, que ya era perro viejo, expresó
en voz alta lo que todos llevábamos dentro, esa pena
insondable porque aquello se había acabado y era algo
que nunca más se volvería a repetir, porque la
magia es caprichosa y no da una segunda oportunidad. Y yo le
decía: no digas eso, Paco, pero sabía que tenía
razón, que aquello se había acabado. Y yo ahora
recuerdo ese día perfectamente, con miles de matices.
La presentación fue en el Clamores, yo llevaba un vestidito
de verano corto, a cuadritos, y un collar que mi hermano me
había traído de Marruecos y la cara encendida.
Tenía el pelo largo y rizado y casi rubio. Me recuerdo
resplandeciente y estaba con Paco Cueto, que llevaba una camisa
blanca-blanquísima y yo le quería mucho, aunque
no estaba enamorada, pero casi, y él me quería
a mí y yo era moderadamente feliz. Y estaba cantando
Alberto Pérez, que es amigo de Enrique y me había
dicho que me lo iba a presentar después de la actuación,
porque Alberto Pérez siempre había sido mi ídolo,
con sus preciosos boleros. Y me lo presentó, y cuando
supo mi nombre empezó a hablarme del cuento que yo había
incluido en el libro, «El beso», un escatológico
monólogo interior; se acordaba de cada detalle del cuento
y yo estaba avergonzadísima porque no quería hablar
de mi cuento sino de su música, pero él venga
con el beso por aquí y el beso por allá, con palabras
lúcidas y como a ráfagas de ametralladora, y yo
no entendía nada y pensé que Enrique le habría
dicho que había una chica que le quería conocer
y que él se habría leído apresuradamente
mi cuento por eso, para poder hablarme de él cuando me
lo presentaran, y me escabullí en cuanto pude, corriendo,
y le dejé hasta con la palabra en la boca. Yo no sabía
todavía que al cabo de un año lo volvería
a ver, en circunstancias muy diferentes, al famoso Alberto Pérez,
el de la Mandrágora, el de Si yo fuera presidente, cuando
yo estaba hundida y llevaba gafas porque me estaban revisando
la vista y tenía el pelo corto, liso y moreno, ni que
me volvería a hablar de mi cuento, acordándose
de cada detalle, ni que me diría que se lo había
mandado a un amigo de México, donde lo habían
leído por la radio, ni que recordaría también
mi nombre y apellidos, y hasta la ropa que llevaba ese día
de junio, el de la presentación del libro, ni que me
cantaría un bolero en el hueco de un garaje camino de
un taxi, un bolero sólo para mí, pero esa es otra
historia que yo todavía no conocía. Yo en ese
momento le dejé con la palabra en la boca y volví
con mi Paco, que le gustaba a una del grupo de los jueves, que
nos miraba triste, pero era mío, qué le íbamos
a hacer. Y luego fuimos a cenar a un restaurante brasileño,
y yo me tuve que tomar otro Frenadol porque tenía fiebre,
una fiebre extraña que no pertenecía a un catarro
ni a una gripe porque no había más síntomas,
sólo fiebre, no mucha, unas décimas, pero la suficiente
como para vivirlo todo en una especie de sueño muy placentero.
Después nos fuimos a bailar al Swing, y yo me abrazaba
a Paco, cada vez con más fiebre pero cada vez más
feliz, y Celia salió corriendo, y yo detrás de
ella, y me la encontré apoyada en un coche, borracha
perdida y llorando, porque Miguel había intentado besarla,
qué cosas. Y la acompañé a un taxi, sujetándola,
y luego volví, y bailé con Enrique, y luego con
Paco, y me caía de cansancio y de fiebre. Y todo, todo
en ese día era tan idílico que, visto desde ahora
y con una cámara de cine, era como en esas películas
de mafiosos, como El Padrino, en que en una parte de la pantalla
aparece un baile en el que todos los buenos se divierten y bailan
y cantan, felices, mientras en la otra mitad se está
fraguando el desastre, los malos cargan sus pistolas y se preparan
para destruir la felicidad de toda esa buena gente. Porque al
día siguiente era domingo y yo estaba peor, y llamé
a mi madre para decirle que no iba a ir a comer porque estaba
liada, no le dije que tenía fiebre para que no se preocupara,
pero ella me dijo que casi mejor que no fuera, porque tenía
a mi padre con treinta y nueve de fiebre y tenía que
cuidarlo, treinta y nueve de fiebre sin más síntomas.
Y cuando colgué el teléfono yo le dije a Paco,
fíjate qué casualidad, que mi padre está
con fiebre y yo también, pero menos (¿será
porque soy la hija?), fiebre sin más síntomas.
Y ahí empezó la pesadilla porque el martes ingresaron
a mi padre en la UVI con los pulmones destrozados, y yo seguía
con la fiebre, y cuando le fui a ver con mi madre, a esa horrible
sala con una cama en el medio, desangelada y triste, mi padre
nos vio y se echó a llorar, con la cara deformada por
el miedo, y nosotras queríamos tocarle pero estaba prohibido
hacerlo sin los malditos guantes, era obligatoria la bata verde
como de papel, y la mascarilla, y los guantes, y nos volvimos
deprisa para coger los guantes para poder tocarle, acariciarle,
consolarle, y entonces él se creyó que nos íbamos
y, entre sus lágrimas, hizo un gesto desesperado y patético
para que no, para que no nos fuéramos, pero nosotras
sólo queríamos ponernos los putos guantes que
no querían entrar en las manos, y ya nos los pusimos
y le acariciamos, y él se controló y se tragó
las lágrimas, pero la cara de terror no se le quitaba,
y el cuarto de hora se pasó volando y había que
irse, y queríamos dejarle el periódico pero no
se podían dejar objetos del exterior, las infecciones,
ya se sabe, y nos fuimos y yo todavía no sabía,
me cago en dios, que esa había sido la última
vez que había visto a mi padre consciente, porque al
día siguiente a mí me subió la fiebre a
treinta y ocho, y después a treinta y ocho y medio, y
después a treinta y nueve, y pasé los días
más espantosos de mi vida, con Paco cuidándome
y pendiente del teléfono para recibir noticias de mi
padre, que iba empeorando pero a mí no me lo decían
para no preocuparme, pero yo lo sabía, lo sentía
en mi propio cuerpo, en mi propia fiebre, en el aire que no
me entraba en los pulmones, y sudaba y deliraba por las noches,
y en casa estaba mi gata y la gata de Miguel, que estaba haciendo
obras en su bohardilla y me la había dejado, y las dos
en celo, maullando sin parar día y noche, aquello era
una pesadilla infernal, y yo me debatía en una lucha
interior porque a ratos me olvidaba de mi padre y pensaba en
que sólo quería ponerme buena, sólo pensaba
en mí, y era como una lucha a muerte entre mi padre y
yo, y yo decidí que quería salvarme a costa de
lo que fuera, y me sentía culpable por ello, pero yo
quería salvarme, y una noche la fiebre alcanzó
los treinta y nueve y medio, y Paco me llevó a Urgencias,
y les contamos lo que le estaba pasando a mi padre, aunque en
realidad no se sabía si era neumonía o tuberculosis
o qué, y me hicieron radiografías y análisis
y de todo, pero mis pulmones estaban bien, me dieron unos antibióticos
que luego el médico de cabecera me dijo que eran para
dromedarios, y me mandaron para casa. Y a partir de ahí
la fiebre me empezó a bajar muy lentamente, y yo pude
ir a ver a mi padre otra vez, pero ya estaba intubado y sedado
con morfina, me cago en dios, con esa máquina averna,
y entrar en la habitación era como hacerlo en un lugar
de ultratumba, con el sonido multiplicado por diez del aire
entrando y saliendo artificialmente de los pulmones de mi padre
por un tubo que se perdía en su boca semiabierta, y todos
esos tubitos macabros que se metían en su cuerpo inerte,
introduciéndole líquidos de todos los colores
y texturas, treinta antibióticos distintos porque no
sabían lo que tenía, porque alguno tendría
que hacer efecto, el cuerpo de mi padre agujereado, desnudo,
con una pequeña toalla que le cubría sus partes,
los ojos cerrados y los párpados brillantes por la vaselina,
y la enfermera diciéndonos que qué hacía
con la dentadura postiza, hijaputa de enfermera, y así
día tras día, sólo un cuarto de hora, aprendiendo
a descifrar los numeritos de la máquina, inventándonos
mejorías porque hoy marcaba ochenta y no cien el indicador
de la izquierda, o porque el sonido no parecía tan artificial,
día tras día durante un mes yendo, y aprendiendo
a hablar a ese cuerpo que había dejado ya de luchar,
que había decidido morirse, diciéndole a ese cuerpo
todo lo que nunca le había dicho a mi padre, me cago
en dios, diciéndoselo en voz alta, papá, tú
no sabes todo lo que te quiero, yo tampoco lo sabía,
sólo ahora, aquí, hablándote cuando ya
es demasiado tarde, por favor, ponte bien, ponte bueno porque
tengo un montón de cosas que decirte, que contarte, porque
si te pones bueno te vas a dar cuenta de todo lo que te queremos,
bobadas, diciendo bobadas tardías, inútiles, y
las enfermeras pasando, y tú hablando y acariciando a
tu padre como a un animalillo, y así un mes con todos
sus días, y yo con fiebre, que se me quedó en
treinta y siete y medio, y con dolor de estómago, y el
médico de cabecera, un encanto de tío, haciéndome
todo tipo de pruebas, y la de la tuberculosis dando muy positivo,
o sea que había estado en contacto con el bacilo, pero
que no estaba activo, y que tenía que tomar un tratamiento
de pastillas durante seis meses, sin beber alcohol, y luego
una especie de cansancio que no se me pasaba, que me impedía
casi levantarme, que hacía que el camino hasta la panadería
me pareciera infranqueable, andando poquito a poco, apoyándome
en las farolas, y el médico que decía que eso
era cansancio crónico, y más pruebas, y la fiebre
siempre ahí, obsesionándome, subiendo a la hora
del crepúsculo, y mi padre perdiendo sus pulmones por
momentos, y los otros órganos resintiéndose de
los antibióticos y la postración, y más
máquinas a su alrededor, ahora la de drenaje para sacar
el agua acumulada, y la de diálisis para los riñones,
y así ir viendo cómo ese cuerpo se iba descomponiendo
por dentro, pero siempre la esperanza, hoy parece que va mejor,
y los médicos prepotentes, subidos en su pedestal, atendiendo
a manadas de gente desesperada, tres minutos para cada familia,
y uno decía que era tuberculosis y el otro que neumonía,
y se traían una lucha entre ellos cuya víctima
era ese pobre cuerpo que moría por momentos, y muy mal,
señores, muy mal, yo que ustedes no guardaría
esperanzas, con esa cara fría de esfinge, hijos de puta,
y un día vimos que ese cuerpo deformado, que ya no era
mi padre, tenía los pies azules, y entonces ya sí,
entonces la esperanza se desprendió como un esparadrapo
podrido, y yo ya sabía que mi padre estaba muerto, aunque
le siguieran metiendo aire en el cuerpo dios sabe para qué,
y a la mañana siguiente, en el trabajo, yo decidí
que me iba al hospital porque ese día, el 17 de julio
de 1997, mi padre, aunque ya estaba muerto, iba a morir otra
vez y para siempre, y sí, ya nos dijeron que duraría
horas, y entramos los tres, mi hermano, mi madre y yo, mi hermana
no sé dónde estaba, en Santander, supongo, y nos
despedimos, abrazados los tres quizá por primera y última
vez en la vida, de mi padre, y de ese cuerpo, de los dos nos
despedimos, adiós, papá, adiós. Pero era
una despedida de mentira, yo no sabía todavía
que no era tan fácil despedirse de un padre, que la cosa
duraría dos años, que la fiebre seguiría
seis meses, que yo dejaría a Paco al cabo de tres meses,
vencida por el cansancio y la falta de ganas de vivir, que no
me apetecería hacer el amor hasta al cabo de un año
y medio, que para asumir la muerte de uno mismo no basta decir
adiós, que pasaría muchos meses agotando mi mente,
sin poder remediarlo, en la búsqueda de salidas a lo
que no la tenía, chocándome con una barrera, siempre
la misma, está muerto, está muerto y yo moriré,
no hay solución, pero mi mente volvía a la carga,
no puede ser, tiene que haber alguna manera, alguna vía,
y no, otra vez de cabeza contra el muro sin puertas ni límites.
<<
Así
que el día de la presentación del libro es muy
especial para mí. Nada más entrar en el Clamores,
el paso del tiempo se solidifica y no me deja respirar. Llego
de las primeras, me siento en la mesa en la que Enrique está
preparando con algunos alumnos los discursos que darán,
me pido una cerveza y me pongo a doblar trípticos de
las Jornadas de Creatividad para irlos colocando por las mesas.
Mientras, charlo con uno y con otro de la forma en que lo haré
toda la noche, una especie de hablar por hablar, una jerigonza
amable que ponga freno al estómago, que no deje que el
corazón se escape y lo ponga todo perdido de sentimentalismo.
Comienza a llegar la gente. Chema aparece con su hijita Paula,
que está ya tan mayor y tan seria que da vértigo
mirarla. Llegan mis alumnos con familiares y amigos, y no nos
podemos comportar con naturalidad como en las clases. Sonreímos
envarados y me presentan. "Esta es mi profe". A todos
los familiares se les escapa una exclamación de sorpresa,
un leve rictus de contrariedad. "¿¡Esta!?",
exclaman por dentro. Luce lo dijo, no soy una mujer de empaque.
Les miro con pena, como diciéndoles "Qué
le vamos a hacer", y fingimos que no hemos intercambiado
nada más que los saludos de rigor.
Aparece Charo arrebolada por los nervios. La hemos elegido en
el grupo de los sábados para que dé el discurso
por ser la más tímida del grupo, porque todavía,
después de dos años, se pone colorada cuando lee
atropelladamente uno de sus cuentos deliciosos. "Cuanto
antes mejor, cuanto antes mejor", repite. El local se va
llenando, la gente intenta buscar una mesa libre desde donde
se vea el escenario, en el que van colocando la mesa con micrófonos.
Cada vez hay más barullo, y cuando sale Enrique a decir
unas palabras nadie escucha, como siempre. Yo voy de una mesa
a otra con mi jerigonza. Saludo a Mercedes y a su Paco, a Beltrán
y a su Nieves, a Cheyenne y a su amiga. Me siento un ratito
con los del sábado, pero me tengo que levantar en seguida
porque he visto a no sé quién. Enrique me coge
por el brazo y me arrastra hasta Alberto Pérez, que todos
los años anda por ahí, pero ya no es lo mismo.
Yo estoy tranquila y le pregunto por sus giras. Intercambiamos
las informaciones anuales de rigor y yo lo tengo que dejar porque
aparece Begoña, y Mara, y Amparo, que la pobrecita no
sabía que acabarían robándole el bolso
en el Café de la Palma.
Aparece Germán con mi amiga Paloma, y me abalanzo sobre
ellos como sobre la salvación, como sobre los pilares
fijos del presente que detienen por un rato ese bloque sólido
del tiempo que me ahoga. Intento presentárselos a mis
alumnos, pero la sala ya está demasiado llena e intransitable.
Nos recluimos en un rincón junto al escenario, y veo
a dos chicos en sillas de ruedas. Pregunto a uno de ellos si
es Javier Lara, y me dice que es el otro. Javier Lara es del
grupo de relato de Internet, y nos saludamos calurosamente.
Les abro un hueco frente al escenario donde puedan ver bien.
Luego voy a buscar a Oswaldo, que ha venido de Buenos Aires
especialmente para la presentación, y lo llevo donde
Javier. Cuando los veo abrazarse tengo que apretar los labios,
por lo del corazón. Los dejo con sus emociones y me marcho
rápido. No puedo ver estas cosas.
También saludo a Ángel, que viene todo encorbatado,
con esos trajes que se pone a veces que parece que se le quieren
salir del cuerpo. Y a Javier Sagarna, que se está dejando
el pelo largo y parece un 'beatle' o, como dice Ángel,
una funcionara de prisiones. Me encuentro a Pilar y a Mar, que
son alumnas del año pasado, las dos psicólogas
y flamantes. Presento a Germán y Pilar, y Pilar me dice
por lo bajo que me pega mucho. Germán lo oye y le dice
que parece que está hablando de sillones y cortinas,
que de qué va. Nos reímos.
Nos volvemos a nuestro rincón porque van a comenzar los
discursos. La segunda es Charo, de mi grupo, y estoy nerviosa
como un padre ante la actuación de fin de curso. El primer
discurso se me pasa sin que me entere mucho. Y de pronto sale
el hilillo de voz de Charo por el micrófono, como queriendo
pasar inadvertido. Pero la fuerza de las palabras trasciende
el tono de voz. Dice que ha sido coaccionada para estar allí,
que ella no quería, que lleva dos noches sin dormir y
se le ha cortado la regla, que cuando sea tan famosa como Lucía
Etxevarria y Juan José Millás no concederá
entrevistas, que esta es la primera y última vez que
aparece en público, que empezar a escribir ha sido lo
más importante en su vida y ahora no puede vivir sin
su cuaderno de notas, que escribir es meterse en miles de personajes
y también pasarlo mal, que cuando toca el relato de detectives
y uno está en un mare magnum de pistas falsas y cadáveres
improvisados llega Isabel con el relato erótico, y así
siempre; que escribir le sirivió para vengarse de su
ex novio, le hizo tener un accidente y luego, cuando estaba
en el hospital, coger una peritonitis, pero que al final, qué
cosas, le dio pena y lo salvó, y es que la literatura
es así, y luego se sentía mucho mejor. Todo eso
dice Charo y mucho más, pero mejor dicho, y con esa vocecilla...
Todos nos reímos a carcajadas, y yo además estoy
orgullosa como un hipopótamo. Luego habla un hombre mayor
del grupo de Ángel, y también nos reímos
mucho. El resto de los discursos está algo más
flojo; sin duda Charo ha sido la mejor (avisé de que
esta crónica era muy subjetiva).
Cuando terminan de hablar los alumnos, y la gente de aplaudir
y de enjuagarse las lágrimas, Enrique vuelve a salir,
y todos a hacer caso omiso de sus palabras y del subsiguiente
grupo de cuerda. Los pobres, según me dijo Mercedes,
anunciaron su última canción con un inaudible:
"Bueno, esta es la última y ya dejamos de molestar".
Tremenda algarabía. Voy a la barra a pedir y me encuentro
a Patricia, que anda buscando a Javier, su profe de Internet.
De pronto todo el mundo anda buscando a Javier y este ha desaparecido.
Saludo también a Luis Ferrer, otro de Internet. A la
vuelta los veo a todos reunidos, Javier Sagarna, Javier Lara,
Oswaldo, Luis, Patricia... Me voy a acercar a charlar con ellos
pero de pronto pienso que no, que están formando un círculo
mágico que no tengo por qué destruir con mi presencia.
Están en un proceso catártico de la virtualidad
a la existencia, se están tocando y queriendo con los
ojos.
Respiro aliviada cuando Enrique me dice que no va a dar tiempo
a que salgamos los profesores al escenario. Si lo hubiera sabido
desde el principio, habría sido más fácil
aplacar el estómago.
A la salida nos vamos a cenar Germán, Paloma y los del
sábado a un restaurante argentino de la calle San Bernardo.
Parezco un perro pastor, que no se me pierda nadie. ¿Y
Alice dónde está? ¿Y ahora qué pasa?
Bueno, ¿venís o no? La cena es estupenda, hablamos
de gatos encerrados en frascos y de vino, porque Paloma trabaja
en exportación de vinos. Contamos anécdotas y
nos reímos a morir. Otra vez volvemos a nuestro propio
ser. Después vamos al Café de la Palma Manuel,
su hijo Manuel, Paloma, Germán, Begoña, Amparo,
Alice y yo. Allí se estropean las cosas. Manuel se va
porque está agobiado. A Amparo le roban el bolso. A Alice
le empieza a doler el estómago. Germán tiene sueño.
Se van todos, y Amparo y yo nos acercamos a la calle del Pez,
donde hay fiestas de San Antonio y habíamos quedado los
de la presentación. Pero ya es la una y media y no queda
mucha gente. Amparo se marcha y yo me quedo hablando con Pilar,
y luego con Ismael, y luego me voy a casa en una pendiente cuesta
abajo.
Al llegar a casa estoy, como cada año, deprimida y exhausta,
con la sensación de que todo ha pasado demasiado rápido,
que no me ha dado tiempo a charlar con Mercedes y Paco, que
a Mar ni la he saludado, que Juana se me ha perdido, que a Patricia
sólo le he dicho hola, que la vida es una mierda y no
nos da tiempo a nada, que la gente va pasando por delante de
ti mientras tú corres también hacia un sitio indefinido
e inútil, como el mensajero de Kafka, que ser profesora
es terrible porque no puedes tener tantos amigos como alumnos
y sin embargo les quieres y te jode que se alejen o alejarte,
te jode el movimiento, no poder parar el tiempo un instante,
instalarte en algún estado anímico y físico,
que el vestidito de cuadros está inservible en el armario
porque ya no me vale, y aunque me valiera ya no podría
recuperar la presentación de hace cuatro años,
en que dejaba salir al corazón por la boca aunque lo
pusiera todo perdido.
Besos:
Isa
P.D.: ¿Alice?
¿Amparo? ¿Patricia? ¿Enrique?
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| NEIL
YOUNG EN LA CORUÑA |
jueves,
19 de julio de 2001 19:26 |
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Decía José María:
Dices, que has visto a Neil Young, y no te dignas en decirnos,
¿ Cómo ha estado?, en Jerez actua hoy, en el
EsparragoRock, pero yo no tengo esa suerte de poder ir a verlo.
Pues el
de La Coruña fue, parece ser, el mejor concierto de
la gira.
Llegamos mi novio y yo como a las nueve de la mañana
(después de habernos levantado a las cinco) al aeropuerto
de La Coruña. Por cierto, no me gustó nada esa
ciudad. Que me perdonen los gallegos, pero es
triste, gris y destartalada como ella sola.
Estuvimos buscando hostal, y luego paseando
por allí. Lloviznaba y hacía viento. Nos tumbamos
en la playa un rato, hasta que la humedad se nos metió
en los huesos, y Germán me arrastró al hotel
donde se alojaban los músicos. Había unos cuantos
periodistas allí, a la puerta, pero nosotros éramos,
junto con un gordito de aspecto anglosajón, los únicos
tristes fans (y yo, ni siquiera alcanzaba ese estatus). Después
de dos horas esperando y en las que me terminé por
fin *Para ser novelista*, salió el bajista, y Germán
se apresuró a saludarle y a pedirle, en un inglés
macarrónico, que por qué no tocaban esa noche
determinada canción de cuyo nombre no logro acordarme.
"Maybe, maybe", dijo con sonrisa complaciente (pero
luego no la tocaron, claro). A Neil Young no hubo forma de
verle. ¿Para qué?, me preguntaba yo encogiéndome
de hombros, si le íbamos a ver esa noche. Pero bueno,
cosas de fans. Finalmente logré llevarme a Germán
de allí a rastras y fuimos a comer parrochas y pulpo
a feira, riquísimo, por cierto.
Después de una siesta de dos horas, nos encaminamos
al Coliseo, que parecía que estaba cerca del hostal,
pero había que atravesar tres polígonos industriales
y unas cuantas autopistas. Llegamos como a las siete y media.
Había poquita gente... Cuatro gatos frente al escenario
y otros cuatro en las gradas. Nos apostamos con nuestra empanada
de vieiras y nuestra cerveza bien fría en la tercera
o cuarta fila, pegaditos al escenario. A las ocho o así
-todavía de día- salió un grupo gallego
de cuyo nombre tampoco logro acordarme, ni falta que hace,
y nos tuvimos que levantar, para que no se sintieran ofendidos.
Seguíamos siendo cuatro gatos, y era de día,
y la verdad es que les había tocado el infame papel
de romper el hielo. De todas formas, no se lo montaron muy
bien. Intentaban hacernos gritar gilipolleces de los estribillos
y les daba rabia que no nos supiéramos las letras.
Se les notaba molestos, sobre todo al cantante, que a veces
nos miraba con desprecio. Y eso que había un grupillo
que se las sabían todas. El caso es que todas las canciones
eran iguales y, a pesar de que cantaban en español,
no se les entendía ni jota de lo que decían,
y yo me hubiera sentado de nuevo con mucho gusto si no me
hubiera sentido como en las iglesias, donde sigo el movimiento
general para no hacer nada inadecuado.
Por fin se marcharon. Después de otra media hora y
una cerveza más aquello se empezaba a llenar. Pero
vamos, todavía no estábamos apretados. Y salió
Beck, que es un chavalín muy loco de veintitantos años
que parece que tiene dieciocho, de pelo cobrizo y cara de
bebé. Ahí la gente empezó a meter saltos.
La verdad es que estuvo animado. Nos hizo entrar en calor
con sus botes por el escenario. Quizá se hacía
demasiado el excéntrico, para mi gusto. Así
hasta las once.
Cuando terminó Beck yo estaba agotada, pero ya era
demasiado tarde para salir de allí. Cuando me dio por
mirar hacia atrás, ya no se veían más
que cabezas, brazos y ojos brillantes hasta las gradas del
fondo. Había que aguantar. Neil Young y los Crazy Horse
todavía tardaron media hora en salir, y no paraba de
llegar gente. Llegó un momento en que uno no podía
ni alzar la mano para rascarse el ojo. Yo estaba alarmada,
exhausta, y lo único que me mantenía allí
(aparte de la imposibilidad de moverme en cualquier dirección)
era la cara de éxtasis de Germán, que parecía
que levitaba entre aquella masa sudorosa. Luego me enteré
que había allí doce mil personas.
Finalmente salió Neil Young y su cuadrilla. En cuanto
empezaron a tocar la gente empezó a efervescer como
las pastillas. El Young ya no es tan young, tiene el pelo
blanco y la cara hinchada, aunque la disimulaba bajo un sombrero
de cow-boy. El guitarra (¿Sampedro?) está gordo
como un tonel. Y el bajo (¿Talbot?) parece un vampiro.
Sin embargo, a lo largo del concierto Sampedro parecía
liviano como un globo y Neil Young sacó la misma voz
de siempre, finita y nada cascada. Los de la primera fila
empezaron a ondear camisetas de Pearl Jam, que luego me dijo
Germán que era un grupo al que apadrinó Neil
Young y con el que tocó alguna vez (y que son jóvenes
y marchosos). Se ve que eso encabritó a los del escenario
(se pensarían que les estaban llamando viejos), porque
se desbocaron. Cuando parecía que se iba a terminar
una canción, la alargaban por lo menos diez minutos,
y cada segundo parecía que iba a ser el último,
del estruendo que montaban, con la batería y las guitarras
a todo gas. La verdad es que yo temía por sus vidas,
porque no podía comprender que ese grupo de ancianitos
pudieran derrochar tanta energía. "En cualquier
momento se caen redondos", pensaba yo. Pero no, cada
vez saltaban más. Se miraban, se hacían guiños,
se sonreían, destrozaban cuerdas y más cuerdas...
Bueno, hubo unas cuantas canciones acústicas, tranquilitas,
pero pocas. Y una la tocó Neil Young solo, al órgano,
de espaldas al público. Yo estaba que me caía,
pero la gente estaba tan animada, y los del escenario parecían
estar pasándoselo tan bien, que me mantuve en pie,
e incluso salté como una loca con la de "People
rocking in a free world" (¿es así?). Después
de dos horas, como a la una y media, terminaron. Pero la gente
no estaba dispuesta a marcharse tan pronto. Empezaron con
el "Oé, oé-oé-oé". Salieron
de nuevo y se marcaron otras dos canciones interminables.
Se volvieron a marchar. La gente no se movía. Y gritaba,
y gritaba, y gritaba. Volvieron a salir. Otra más.
Se marcharon. Y nada, que no había forma, "Oé,
oé-oé-oé". Empezaron a desmontar
aquello los técnicos y encendieron las luces. Pero
entonces volvieron a salir. Y otra más. Ya fue la última.
Luego he leído una entrevista que le hacían
al guitarrista, y parece ser que en ese concierto disfrutaron
de la leche, que él es de padres gallegos y tocar allí
era algo especial, y que después del concierto quería
seguir tocando en un garito de por allí, pero no encontró
con quién hacerlo.
Y bueno, después de más de seis horas de pie,
nos marchamos. Tardé tres días en recuperarme.
Germán fue también al Espárrago Rock
a verle de nuevo (qué afición, Dios mío),
pero volvió muy decepcionado, porque no tuvo nada que
ver con el concierto de La Coruña.
Eso es todo. Aunque me gusta Neil Young, no soy experta en
rock y para la música en general soy un poco lerda,
así que no soy la más indicada para hablar del
concierto. Pero bueno, he hecho lo que he podido.
Besos:
Isa
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| CRÓNICA
DE LAVAPIÉS |
martes,
09 de octubre de 2001 12:43 |
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Cuando
uno sale del metro de Lavapiés tiene la impresión
de que desemboca en otro país. Huele a especias y la
vista sólo puede apreciar una desenfocada amalgama
de colores. Un inglés me dijo una vez que los españoles,
vistos de lejos, visten de un gris homogéneo. Desde
entonces me empecé a fijar, y es verdad que tendemos
a vestir en colores grises, marrones, negro y blanco. El caso
es que en Lavapiés sientes que algo inusual te estalla
en la pupila. Los bancos de la plaza rebosan de jóvenes
magrebíes, ecuatorianos, senegaleses y españoles
que se pasan la lata de cerveza o el cartón de Don
Simón al ritmo de la música que vomita un radiocasete
de los años setenta. Gritos, risas y advertencias lanzadas
en diversas jergas sobrevuelan tu cabeza y los oídos
trastabillean en esa mezcla de lenguaje cheli, jerigonza aspirada
y rotundidad africana.
Pero el viernes llovía, así que ese paisaje,
fabricado ex profeso para la intensidad luminosa de un mediodía
de junio, se veía dañado en su idiosincrasia,
como traicionado por la luz que se escapaba a ráfagas
tras los nubarrones, adelantando en varias horas la oscuridad.
Los habitantes de ese mundo no se habían doblegado,
pero su colorido había perdido intensidad y consistencia
como el papel mojado. Algunos se cobijaban en los soportales,
otros merodeaban alrededor del quiosco cerrado, y otro grupo
soportaba el chaparrón con resignación ruidosa.
Allí estaba Berna esperándome, con zapatos rojos,
paraguas azul y gabardina que por dentro hacía juego
con el paraguas. Y ella hacía juego con el paisaje
de notas discordantes. La acompañé a un cajero
(Berna siempre se empeña en sacar dinero en la Plaza
de Lavapiés) y nos dirigimos al Barbieri. Había
mesas fuera, pero decidimos que no era día de terracita.
Entramos. A lo lejos vi una pipa hundida en uno de los ruinosos
asientos que bordean el café. Detrás, una barba
sonriente. Antonio Villalba. El más madrugador del
condado. Nos saludamos. Berna fue lista y se sentó
a su lado. Yo no reparé en que su inaudible tono de
voz se confabularía con mi mal oído para mantenerme
toda la noche ignorante de su vida y milagros.
Antes de que nos diera tiempo a pedir apareció Carlos
Sobrino, con su sonrisa bonachona y satisfecha de hombre que
disfruta de su segundo año sabático. Decía
mi padre que los chinos piensan que cuanto más grande
tienes los lóbulos de las orejas más feliz eres.
A Carlos no se los miré, pero apuesto a que le arrastraban
por el suelo.
Creo que luego llegó Alice, pero ahí ya me empiezo
a liar. Porque Cris e Inés y Cristina no se demoraron
mucho. Inés estaba irreconocible: se ha cortado el
pelo y se ha hecho una mujer de veintidós patitos.
Una mujer que se viene a España en febrero a vivir
con Cris al piso de David. Pero eso ya lo anunciaron oficialmente
en el último (y único) chat. Cris se sentó
a mi lado, en el sector de No Fumadores con el Sudor de Nuestras
Frentes (NFSNF).
Cuando ya habíamos cobijado esperanzas de que David,
por una bendita vez, no venía, apareció su cabeza
despistada y despeluchada a lo lejos. Tuvimos que sujetar
a Cristina Pabón para que no se abalanzara sobre él
y diera un espectáculo en tan ilustre café.
Parece ser que lo amamantó cuando era bebé y
todavía guarda instintos maternales hacia nuestro comoderador.
A todo esto yo iba por la tercera cerveza, ya que no tenía
que conducir y nadie me avisó de que es mejor que los
cronistas oficiales permanezcan sobrios. Las conversaciones
se confunden en mi cabeza. Recuerdo que Carlos insistía
en que me tenía que poner espesa y sesuda en la lista,
para frenar las corrientes de frivolidad que últimamente
corrían por ella, a lo que yo me oponía con
rotundidad, quizá porque mi madre lleva treinta años
llamándome frívola.
También hubo un intercambio de libros: Carlos le dio
a Inés unos ejemplares del mil ochocientos y pico asegurando
que los iba a tirar a la basura, ante lo que Inés se
echó las manos a la cabeza (no sé por qué,
si ahora va y pierde la maleta); yo le presté a Alice
la novela de Guido "Casas en el agua", que a su
vez me había prestado Berna. Y a Berna le devolví
un libro sobre Haroldo Conti que me había dejado cinco
meses atrás. David me había traído un
librito de Chéjov porque una de las *Obras cortas en
un acto* se titulaba "Los perjuicios del tabaco",
aunque yo creo que ni se lo había leído, ya
que lo único que se dice del tabaco en esa obra es
"El tabaco es, sobre todo, una planta". En fin.
Llegó Begoña con dos amigos. Y Amparo la del
Musgo Cósmico, que nada más entrar nos echó
una charla sobre el taxista que la había traído,
todo por no decir que se le había ido el santo al cielo
y por eso llegaba tarde. "¡Os lo juro!", decía
a voz en grito, cuando nadie había puesto en tela de
jucio su secreta atracción sexual por el taxista.
Después de tanto tiempo haciendo el paripé intelectual
en el café Barbieri -frecuentado por Galdós
y compañía, no lo olvidemos- nos empezamos a
impacientar. Lo que en realidad nos apetecía era ponernos
ciegos de mojitos, y el café irlandés será
muy fino, pero nos sabía a poco. Cuando estábamos
a punto de irnos tumultuosamente llegaron Nacho y Costilla;
nos dio tiempo a disimular y a decir: "¡Ah! Os
estábamos esperando".
Yo hice la prueba del algodón y reté a Nacho
a que me ubicara. Una vez más hubo que reconocerlo:
yo no tengo ninguna pinta de ser "la jefa", porque
Nacho dijo diez nombres antes de que le soplaran mi glorioso
estatus. A él sí se le ubica enseguida, porque
tiene la misma cara que el muñequito que siempre envía
en sus mensajes. Así: :o) Lo juro. Bueno, con perilla.
Me rectifico: :o)} .
De eso también se habló. De que no sólo
no tengo ninguna pinta de ser "la jefa", sino de
que además tampoco actúo como tal. Las cosas
llegaron incluso más lejos: se corren rumores de que
ni siquiera estoy apuntada a la lista. Yo no me defendí,
como buena ausente que soy.
El caso es que con la llegada de Nacho y Costilla (ta bien,
se llama Elizabeth, es muy morena de pelo rizado y negro y
ojos encendidos -como esas mujeres que en los dramones mexicanos
pegan un tiro al amante cuando descubren que las engaña
con su mujer- y tiene pinta de ser simpatiquísima)
nos pudimos ir adonde los mojitos.
Antes, eso sí, informé públicamente a
los contertulios de que David, cuando vino a devolverme la
chupa de Germán, tiró una lata de Coca-Cola
vacía al bote del detergente en lugar de echarla al
cubo de la basura. Inmediatamente, por supuesto, se ocupó
de tergiversar mis palabras, de modo que al final parecía
que había sido yo la que le había arrebatado
la lata de las manos, procediendo después a encestarla
en el retrete.
Cuando salimos ya había dejado de llover y se había
proclamado Lavapiés La Nuit. La plaza estaba mucho
más animada. Había un hombre que daba un discurso
inmerso en un corro de gente. Al principio pensamos que era
una manifestación de inmigrantes, pero resultó
ser un predicador y su audiencia desesperada. Malos tiempos
para la lucha.
Nos dirigimos al Eucalipto, en la calle Argumosa, sin hacer
una parada táctica para picar algo, ya que eso nos
hubiera devuelto a un estado de normalidad inaceptable en
las reuniones de colisteros. Dejamos por el camino a Antonio,
que con la excusa de que tiene que coger el tren siempre aprovecha
para escabullirse en esa etapa en la que empezamos a proferir
incoherencias como si tuviéramos el tercer grado de
Althzeimer (en el caso de que fuera por grados esa enfermedad).
Por cierto, para muestra un botón; alguien contó
el siguiente chiste: "¿Cómo se llamaba
ese alemán que me tiene loquita?" :*-((((
Más que entrar en el bar, se puede decir que lo ocupamos.
La única diferencia es que el invadido parecía
de lo más satisfecho, mientras tomaba nota: diez mojitos
y tres zumos de maracuyá. Yo no había visto
tanto mojito junto en mi vida. Y tampoco había bebido
tanto mojito seguido. El primero nos lo tomamos de un trago
a la salud del Hamlet. "Ser o no ser", dijimos,
y optamos por morir de cirrosis.
Así es imposible hacer una crónica seria. Sólo
recuerdo que a un lado tenía a Cristina, al otro a
Begoña y enfrente a Cris. A Cristina la debí
de aburrir muchísimo, porque en seguida se fue, sin
pagar ni nada, corriendo. Mira que le había ofrecido
mi sitio a David, pero nada...
Aprovechamos la huida de Cristina para cambiar de posición
como en una ruleta (ya que nos habíamos dispuesto en
tan reducido espacio como las piezas del Tetris). Me puse
a charlar un rato con Nacho, que me contó cómo
le había ido el taller que había impartido en
México. Los mojitos debieron de golpear aún
más mi mente neurótica, porque lo que comenzó
como una charla de lo más pacífica acabo en
una acalorada discusión a tres bandas: Amparo y yo
nos acusábamos mutuamente de cobardes por no atrevernos
a escribir, David afirmaba que con sus historias no quería
decir absolutamente nada, y yo exteriorizaba, con lágrimas
en los ojos, el sufrimiento que supone escribir la verdad
con tinta de sangre. Total, que cuando bajé al servicio
me di cuenta de que me caía por las escaleras. Decidí
que lo más prudente era abandonar el barco, antes de
lanzarme contra un ejército de molinos de viento armada
con un triste bolígrafo despuntado.
Hubo más prudentes en la tripulación, y allí
dejamos a Carlos, Inés, Cris, Begoña y alguien
más, agarrados al mástil de proa y cantando
aquella de "la botella de ron...".
Me fui a casa con la sensación de que me tenía
que haber quedado, que estas reuniones toman cada vez más
forma (no me preguntéis "forma" de qué),
que parece que vamos tomando cierta intimidad, complicidad,
intensidad, yo qué sé... quizá sólo
más mojitos.
Besos:
Isa
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| CRÓNICA
DEL SURBITÓN |
sábado,
02 de marzo de 2002 11:34 |
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Hola.
Pues
tendré que hacer mi crónica también.
Andaba por aquí, por casa, con el culo inquieto.
Tampoco pude dormir la siesta. Germán me había
dejado sintonizada la cadena SER, porque yo no sé
cómo demonios funciona la cadena de música.
Así que tenía la radio puesta, pero por si
acaso, la conecté también por Internet, porque
Berna había dicho que estaba en el ciento nosecuántos
de FM, y Germán me la había dejado en AM.
Estaban hablando de otra cosa. Llamé enfadada a Germán
y le dije que sólo quedaban diez minutos y que me
había dejado la radio mal puesta. Él me aclaró
que la SER era la misma en AM que en FM, y que me la había
dejado bien puesta, que él estaba allí en
la redacción escuchándola. Al final me di
cuenta de que en Internet la cosa iba con unos segundos
de retraso, como también había dicho Berna,
y por eso me parecía que estaban hablando de otra
cosa (ya veis la atención que le estaba poniendo
yo a la radio).
En fin, que se acercaba la hora, y la certeza de que el
Millás tenía que hablar de nosotros por narices
iba adquiriendo cada vez más realidad. No sé
por qué, pero antes de que empezara a hablar, yo
ya sabía que algo tenía que decir. Total,
que el Millás empieza a hablar: "Esta semana
ha ocurrido algo...". Y ya, ya lo sabía, ya
lo sabíamos, porque la sensación no era de
estar sola escuchando la radio, sino de hacerlo con todos
vosotros. Yo paseaba por todo el salón, arriba y
abajo, sonriendo, pletórica... El Millás no
para de hablar del Surbitón. Está claro que
le hubiera gustado inventarlo él. Como si la audiencia
y el locutor no le creyeran, tiene que leer varios fragmentos
de relatos donde aparece la palabra "Surbitón".
Por alguna razón le hace mucha gracia esa palabra
(no sé por qué, si es una medicina de lo más
seria y rigurosa). Avisa que el ganador de la semana es
un surbitoniano. Ya está. Me llega la risa. Tengo
ganas de abrazar a alguien y me voy al ordenador, y mando
a la lista un mensaje de que hemos ganao, hemos ganao...
Lo conseguimos. Momento de gloria, pero colectivo, de lo
más sabroso.
Lee los relatos esos horrorosos de la ginecóloga
y el ginecólogo, y el del hombre sin cabeza. Qué
pesado, pienso, está desaprovechando el programa
en chorradas. Venga, venga, date prisa. Se tiran el locutor
y él media hora en un tira y afloja sobre la cabeza
cortada. Y luego lo típico, que si la virtud del
cuento era que contaba algo extraordinario como si fuera
la cosa más normal del mundo, como Kafka en *La metamorfosis*.
"Ya -pienso-, que has pillado ese cuento para poder
soltar lo de Kafka. Si lo sabré yo, listillo."
Por fin termina con ese rollo y vuelve sobre el Surbitón.
El tío sigue flipando, y lee más fragmentos
de relatos. Me parto cuando habla de Berna.
"Berna Wang... extraño nombre, ¿verdad?
¿De dónde será?", y yo me imaginaba
la mente del Millás viajando a parajes exóticos
muy lejos de Chamberí. Ya por fin, dice lo del ganador.
Oigo mi nombre y todo se vuelve irreal de golpe. Estoy justo
delante del espejo y me veo sonreír. Yo. Ha dicho
mi nombre. Inmediatamente viene el sentimiento de culpa
a acompañar a la alegría. ¿Por qué
yo? No debería..., no puede ser, no puedo sentirlo
como mío, porque es de todos, pero a la vez qué
alegría, era mi cuento, pero si a mí el Millás
me cae fatal, me tendría que dar igual que a ese
tío le guste mi cuento, lo va a leer, lo va a leer,
qué vergüenza, qué miedo, qué
alegría. Lo lee, y no es mi cuento, es otro el que
sale, con algunos matices tiernos en esa voz gangosa que
yo no le había puesto. Llega al Surbitón y
se empieza a descojonar. No tiene gracia, joder, por qué
te ríes, esa parte es la más triste... Se
pone serio otra vez, pero vuelve aparecer el Surbitón
y se parte. Se lo perdono, porque el hombre está
claro que se ha enamorado de la medicina. Y dice (yo estoy
preparada para que me lo destroce -es lo que habría
hecho yo-) qué bonito. El presentador dice y qué
triste. Y Millás, pero que bonito. Y el presentador,
pero también qué triste. No... triste, tampoco
tanto, es bonito, dice el Millás. Ya, dice el presentador,
pero es triste. Bueno, como tú quieras, acaba el
Millás. Y se les acaba el tiempo en esa tontería
de lo bonito y lo triste. No les da tiempo a criticármelo.
Qué guay.
Y ya el chat, las llamadas. Germán me llama desde
la redacción. Luego me cuenta cómo lo estaban
escuchando allí (espero que nos llegue una crónica
detallada de lo que ocurrió en La Estrella Digital,
hecha por nuestro corresponsal Rafael -sé que estás
por ahí, Rafa-). Hablo con Alice, y estamos las dos
más nerviosas que la hostia. Mientras tanto vienen
dos amigas a casa, y se lo cuento todo (tardo cuatro horas
en contárselo) y se ponen más nerviosas que
yo. Después nos vamos a tomar un café y ya
dejamos de hablar del tema. Pero yo todo el rato tengo la
mitad de la cabeza tomada por la Revolución del Surbitón.
Por la noche cenamos en casa de un amigo con un montón
de gente. Otra vez tengo que explicarlo todo detenidamente,
con pelos y señales. Muchos de mis amigos dicen:
"¿Veis? Ya sabía yo que Isabel iba a
ser famosa algún día". Yo me quedo flipada,
porque nunca me habían dicho tal cosa. Y por supuesto,
todo el mundo pide por adelantado una loncha de jamón.
"Es que no es sólo mío", digo. Ellos
no entienden muy bien la movida esa de la revolución
y tal. Lo que importa, al fin y al cabo, es el jamón.
Cuando llego a casa, a la una de la mañana, me pongo
a leer todo el mogollón de mensajes, las felicitaciones,
los abrazos, la inquietud de David... Me da rabia haber
llegado tan tarde, porque si no me hubiera acercado corriendo
al Palentino. Qué putada. Luego llega a Germán,
y hablamos del Surbitón un buen rato. "Qué
novia más lista tengo", dice. Y me toma el pelo:
"¿A que ya te cae mejor el Millás?"
y cosas por el estilo.
En fin. Que vaya día más feliz. Que a ver
si nos dan rapidito el jamón y lo celebramos a todo
lo grande y nos lo comemos entero para coger fuerzas. Qué
rabia me da que sea algo que no se pueda compartir con los
de fuera. A ver si la próxima vez nos dan un premio
que nos llegue para pagarnos a todos un viaje a Temuco (esa
es Isa, soñando).
Os quiero
un montón.
Besos:
Isa.
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| CRÓNICA
DEL JAMÓN |
martes,
09 de abril de 2002 9:12 |
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A
mí me encantan las fiestas. Pero cuando soy yo la anfitriona
las temo, porque sé que me pongo tensa, que se me pasa
la fiesta dando botes y sin que me entere, que me siento responsable
de cada persona que decide retirarse y de cada pequeño
incidente... Pero esta vez no era así. Germán
estaba preocupado porque decía que era imposible que
cupiéramos los veinticinco que íbamos a ser
en la casa. Yo le decía que si no cabíamos,
pues nos tendríamos que bajar a tomar algo por ahí.
Y además, que posiblemente se fueran turnando, y los
que siempre llegan tarde cogerían el relevo a los que
siempre se marchan temprano.
En fin, que llegó el día señalado y Germán
y yo nos fuimos a comer a *El Bocho*, una casa de comidas
asturiana de la que siempre nos marchamos con un considerable
incremento de la masa corporal. Después compramos pan
y regresamos a casa. Me eché una merecida siesta, y
luego estuve leyendo tranquilamente hasta las siete y media
o así. Bajamos a por bebidas y nos pusimos a preparar
la casa. Yo, la cocina. Germán, el salón. Dispuse
unas aceitunas, patatas fritas, cortezas y taquitos de queso.
Desnudé al jamón y le saqué brillo, dejándolo
listo para su actuación estelar. Coloqué los
vasos de plástico (100), los platos, las servilletas
y los palillos.
El telefonillo sonó por primera vez a las ocho. Era
Alice, cargada hasta las orejas. Traía humus de garbanzos
y de berenjena, tabulé (que es una ensalada hecha con
perejil, la sémola esa del kuskús, limón
y no sé qué más), un flan de café
y la famosísima tarta de queso. Traía también
las especias y... hasta el aceite. "Mamá, cómo
eres, ¿tú te crees que en el resto de las casas
no tienen aceite?" Pero ni caso le hizo su madre. Lo
que sí le dijo fue que devolviera todos los cacharros.
Y Alice se los debió de llevar, excepto el bol de la
ensalada [primer objeto perdido].
Mientras Alice preparaba sus cositas y yo seguía cortando
queso, cotilleamos un rato sobre la crónica de David
y sobre los datos que vamos recopilando sobre Héctor.
Luego me fui a lavar las manos y a cambiarme, pero no había
forma de que se me fuera el olor a queso, que intenté
paliar con unos cuantos litros de colonia.
Para cuando salí del baño ya estaba Rafa por
ahí dando el coñazo, así que le pusimos
a partir lomo y a afilar los cuchillos del jamón con
los dos afiladores con que había venido equipado [segundo
objeto perdido]. Ahí fue cuando le informamos de que
era un bombero musculoso del que se había prendado
más de uno, ante lo que se quedó preocupadamente
sorprendido. Yo fui sirviendo cerveza para Alice y para mí.
Después coloqué unas cuantas velas estratégicamente
para que incendiaran el salón a la primera de cambio.
En esto llegó Inesilla, cargadita de manzanas, tralará...
este... de botellas de cava y vino. La nevera empezaba a estar
pletórica de alcohol. Y nosotros, locuaces. Inés
nos empezó a contar no sé qué, pero yo
no me acuerdo, porque estaba mirando cómo se iba quitando
el abrigo, y después la chaqueta, y se quedaba en un
jersey de esos de cuello vuelto sin mangas cuya vista provocan
frío y calor simultáneamente. Fue como un strip-tease
muy lento y casto envuelto en la música de acompañamiento
de sus palabras.
Enseguida llegó Pableras, y me di cuenta de que ya
le conocía, de haberle visto por las clases de Enrique,
en presentaciones sucesivas de libros... Venía alegre,
simpático, aceptando de entrada una cerveza intravenosa.
Acababa de estar en el concierto de Pilar, pero no se había
juntado con los demás porque no los conocía.
Venía contando maravillas.
Y ahí me empiezo a perder. Ya éramos multitud.
Germán estaba de lo más anfitrión (y
yo se lo agradecí un montón), confiscando el
abrigo y el bolso (con la cartera) a todo el que entraba por
la puerta y, simultáneamente, controlando la música,
bebiéndose un whisky, fumándose un porro, tocando
la guitarra... en fin, con sus ocho tentáculos desplegados
a lo largo y ancho -y alto- de la casa.
Antonio fue de los primeros en llegar, no sé si antes
o después de Pableras. Hablamos un ratitín,
y luego ya sólo recuerdo que me preguntó si
podía mirar los libros (vaya preguntas más raras
que hace Antonio) y luego, que se iba (no sé si por
lo que había visto en las estanterías o porque
sí, como siempre). Vino, eso sí, con su pipa.
Llegó también el grueso de la reunión,
es decir, Zedelka. Con Berna, Cristinap, Nuchi, David, Enrique
V y no sé si alguien más. Venían también
del concierto de Pilar. Berna estaba guapiiiiiiiiiiiísima,
con un sencillo vestido granate y ese pelo... Yo me río
cuando dice que se lo alisan en la peluquería (¿cómo
se puede alisar el colmo de lo liso?), pero algo le deben
de hacer porque brilla como los ojos de mil pequeños
elfos (de ahí se habían escapado los que viste,
Mariana). Y pude comprobar que las cosas que se dicen en la
lista a veces son verdad, porque Cristinap se había
dejado el pelo completamente blanco, en contraste con el de
Berna.
Mariana también estaba por allí, con coletitas
y sonriendo sin parar. Tuvo que explicar mil veces que su
dentista le había aplazado la cita hasta el lunes,
porque parece que cuando uno envía a la lista una información,
se nos queda grabada a fuego en el cerebro, y si Mariana había
dicho que no sabía si podría ir a la fiesta
porque tenía cita con el dentista, era casi imperdonable
verla aparecer sonriendo sin anestesia.
Cristinap y Nuchi enseguida hicieron clan alrededor de una
vela, junto a la salamandra. Leían conjuros extraños
y combatían a ver quién daba el fa de pecho.
Yo me senté un rato con ellas. No sé qué
decían de Vázquez Montalbán, que parece
ser que no tiene ni idea de coplas. Todavía me pregunto
qué tiene que ver Vázquez Montalbán con
las coplas. Mientras, el grueso de la reunión, es decir,
Zedelka, estaba en la cocina, claro. En algunos momentos había
cola para entrar. La próxima vez sacaré todos
los muebles de la cocina y haré allí la fiesta.
Llegaron también Lara, con libros [tercer objeto perdido],
y Alber, que no se quiso quitar el abrigo hasta que subí
el de Lara, y entonces ya sí. Y Enrique, de cuya corporeidad
doy fe, y también de su odio por los narradores omniscientes.
Yo, por mi parte, a medida que iba avanzando la fiesta pasaba
del lenguaje verbal al de los abrazos, apretones y sonrisas
algo estáticas. Iba de un lado a otro de lo más
empalagosa, mirando tocando y riéndome de todo. En
la cocina, Alber hacía corrillo con sus anécdotas
galantes de gallego resabiado. En el sofá, vi en algún
momento a Pilar arrinconada en un extremo, mientras Germán
se le subía literalmente encima para alcanzar un compact
de la estantería. En mi embriaguez, pensé levemente
que le tenía que advertir que -aun siendo cantante
de tangos- era peligroso encontrarse entre la música
y Germán; que en estos aspectos es un kamikaze. Pero
se me olvidó. Empezaba a correr el cava por mis venas.
Y, por lo que veía alrededor, no sólo por las
mías.
La música seguía siendo la misma, pero sonaba
más bailable. Las conversaciones eran cada vez más
balbucientes, pero parecían poesía en estado
puro. Todo habría sido perfecto si no hubiera sido
porque el bestia de Zedelka se cortó el dedo. Berna
me ordenó que fuera a por su abrigo. Mientras subía
corriendo al dormitorio, le pregunté por las trazas
de éste, a lo que me respondió: "Es negro".
Después de cargar con el bloque negro de abrigos instalado
en la cama y bajar tambaleándome, le di a elegir y
cogió uno, muy decidida. Se marcharon en volandas y
yo no tuve tiempo ni de reaccionar. Ahí pensé,
aunque también sin mucha convicción, que yo
en una situación límite lo llevaba claro.
Pero en seguida nos habíamos olvidado de Zedelka, de
Berna y de David. Como si nunca hubieran estado en esa fiesta.
El que sí se debió de dar cuenta fue el jamón,
que tuvo un rato de respiro hasta que llegó -con una
loncha menos pero con el ánimo entero- su perseguidor
impenitente. Mientras ellos no estaban, nos dedicamos a todas
esas cosas que se hacen cuando no están delante Zedelka,
Berna ni David. Pero en cuanto entraron por la puerta disimulamos
de las mil maravillas. Hubo un instante de morbosa euforia
en que nos creímos que a Ze le habían tenido
que cortar el brazo, pero enseguida nos dimos cuenta de que
lo suyo es puro teatro.
Lo que no sabe el personal es que (JGV: no sigas leyendo;
lo que a continuación se va a contar puede herir tu
sensibilidad), después de que la sangre de Ze embadurnara
las cortinas, la pared y el suelo de la cocina y, por supuesto,
el jamón enterito, Rafa se dedicó a cortar toda
la superficie ensangrentada (para poder seguir comiendo),
y dejó esas lonchas en un plato. En esto se fue a mear,
y cuando regresó... habían desaparecido. Así
que unos cuantos participaron del sacrificio de la venganza
del jamón... Carne curada rebozada en sangre fresca.
¿Estaba rico?
Y la noche continuó y se marchó Nuchi ennochecida.
Zedelka y yo bajamos y le debimos de dar a su cuñado
una imagen lamentable, tirándole de la manga para que
se subiera. "Es que tengo a unas amigas aquí,
en el coche", decía. "Pues tráetelas,
macho", contestó Ze con los ojos enchiribitados.
Pero nada, que no hubo caso. Otra vez parriba, como caballos
desbocados (o al menos eso dijeron los vecinos al día
siguiente).
Recuerdo que en algún momento, la saturnal Ana recorrió
toda la fiesta informando a todo el mundo del lugar exacto
en que se había hecho un agujero en las medias. Estaba
desesperada, y yo creo que traté de decirle que qué
más daba que una se hubiera hecho un agujero en las
medias si no se veía. Pero creo que a esas alturas
ya los pensamientos no traspasaban el umbral inundado de mi
corteza cerebral.
Más noche, que parecía no acabar nunca. Más
baile. Abrazoterapia. Aunque la terapia consistía ya
más en sostenernos unos a otros que en la transmisión
de cariño. Recuerdo haber bailado con Ze, hundida en
su pecho mullido y acogedor, con Rafa (que siempre me intenta
enseñar a bailar infructuosamente), con Germán...
y luego a botes por todo el salón, jugando a los coches
de choque.
De pronto estaba todo el mundo en la ventana, admirando un
paisaje que yo no recuerdo haber visto, aunque Germán
me aseguró que fue a la primera que me lo dijo, y que
estuvimos mirándolo los dos. Pues nada. No recuerdo
nada. Tampoco recuerdo que hubiera lágrimas en la fiesta,
ni que se cayera ningún vaso... Aunque, ahora que lo
pienso, si me acuerdo de que en algún momento vi, como
a cámara lenta, que caía un líquido en
la cocina y que, antes de que tocara el suelo, la mano de
Alice apareció empuñando una bayeta para hacerse
cargo de la situación. La miré. Me miró.
"Sí, qué pasa, no lo puedo evitar",
me dijo. Y nos reímos. Mamá Alice.
Y poco más. Pilar dormida. Yo intentando despertarla.
Y desistiendo. Germán con "The party is over.
Insert coin". Pero ya a nadie le quedaban monedas, aunque
al día siguiente alguna apareció por el suelo
[cuarto objeto perdido]. La fiesta was over. No sé
quién ni con qué métodos logró
despertar a Pilar. Recuerdo que le acerqué sus zapatos
rojos, que tiritaban junto a la ventana. Pensé -sin
fuerzas- que no me hubiera gustado ponerme esos zapatos gélidos
después de emerger de una manta de cuadros, que me
alegraba de estar en mi casita y no tener que salir a la madrugada
fría.
A la mañana siguiente me desperté a la una con
el teléfono, con un dolor de cabeza que llegaba hasta
Temuco. Di vueltas en la cama, sin ninguna gana de bajar y
encontrarme el espectáculo de alcohol, comida y sangre
que me esperaba abajo. Pero el dolor de cabeza no me dejaba
dormir. Finalmente me levanté. Es difícil describir
lo que vi, el paisaje de después de la batalla. La
tarima pegajosa, a ronchas negras. En cada rincón vasos
amontonados con líquidos de diversos colores y texturas,
con colillas flotando en su interior, platos con restos de
tarta y flan mezclados con ceniza y cava, botellas por todas
partes, guitarras, armónicas, humo... Abrí las
ventanas de par en par y me dispuse a recoger todo aquello.
Me reí cuando Nuchi dijo lo de limpiar, porque yo creo
que cuando más disfruto limpiando es cuando esa limpieza
marca una diferencia considerable, cuando hay un antes y un
después. Ser capaz de convertir aquello con lo que
me encontré en la modosita casa que había empezado
siendo me llenó de orgullo ;-) Cuando había
conseguido recoger todos los vasos del salón llamaron
por teléfono. Eran unos amigos, que me fuera a comer
con ellos. Miré el salón y no tardé ni
un segundo en decir: "Sí, ¿dónde
estáis?" Y me piré a comer con ellos, aunque
la resaca no me permitió articular una conversación
coherente.
Regresé después de comer y me metí un
momentito en el chat a saludar. Sólo estaba Pableras,
para recordarme que se había dejado el compact de La
Mandrágora en mi casa [quinto objeto perdido], que
se lo llevara al taller un día de estos. Como ni siquiera
había metido la silla del ordenador, le dejé
en seguida, terminé con el salón y me puse con
la cocina. Me pregunté: ¿cómo se pueden
gastar CIEN vasos de plástico, y además todos
los de cristal? Me contesté al ir recogiendo las botellas
vacías: una de ron, una de ginebra, dos de whisky,
una de Martini, cuatro de cava, diez de cerveza, cinco de
vino, tres de Coca-Cola, una de Fanta, tres de tónica,
un cartón de zumo de manzana... La nevera parecía
un desierto, aunque quedaban aún unas cuantas botellas
de vino (yo creo que porque estaban escondidas en el balcón).
No hay cosa que más asco me dé que el olor del
alcohol que desprende el fregadero en los días de resaca.
Eso, unido a la sangre por cortinas y paredes me terminó
de revolver el estómago. Pero nada. Aguanté
firme hasta el final, mientras Germán rellenaba el
salón y ordenaba el dormitorio, donde apareció
un misterioso pañuelo rojo [sexto objeto perdido].
Y no sabéis qué gusto cuando saqué a
la corrala las cinco bolsas de basura y otras cinco con botellas
vacías, y dentro todo estaba limpito y reluciente.
Qué maravilla fregar e ir viendo como los costrones
negros desaparecían sin dejar rastro. Realmente, limpiar
es de las pocas cosas que uno puede hacer en un día
de resaca. El resto de la tarde estuvimos tirados en el sofá,
y a las diez nos fuimos a ver una película malísima
que culminó el estereotipo de domingo resacoso.
Eso es
todo. Se acabó. Sefiní. ¿He dicho que
me lo pasé muy bien?
Besos
Isa
PD: ¡Ah!
Tendríais que ver cómo ha quedado el jamón.
Ze, tú de pequeño hacías muchos recortables,
¿no?
PPD: La
oficina de objetos perdidos está abierta de nueve a
dos. Segundaventanilla a la izquierda de la Plaza de las Comendadoras.
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