C R Ó N I C A S   D E   I S A
 
CRÓNICA DEL PRIMER ENCUENTRO
CRÓNICA MUY SUBJETIVA
NEIL YOUNG EN LA CORUÑA
CRÓNICA DE LAVAPIÉS
CRÓNICA DEL SURBITÓN
CRÓNICA DEL JAMÓN
FERIA DEL LIBRO
APUNTES A LA CRÓNICA DEL CÓRDOBA
CRÓNICA DEL FALLO DEL CONCURSO ERÓTICO
CRÓNICA IMPREBIS
CRÓNICA DEL FALLO DEL CROA
CRÓNICA DEL ACTO DE MARIBEL

 

 

  CRÓNICA DEL PRIMER ENCUENTRO
miércoles, 06 de junio de 2001 16:42

   

(También vale para la Breve Enciclopedia de Personajes Imaginarios)

Berna Wang: Pelo largo y liso, negrísimo, brillante, sedoso... Se recomienda acariciarlo con las yemas de los dedos y pedir un deseo. Mujer, esta sí, de empaque. Habla mucho y puede parecer, cuando se la conoce poco, que se parapeta tras las palabras. Es la única madrileña que permanece quieta mientras habla; sólo hace los movimientos necesarios -muy medidos- para echar la ceniza, para tomar un sorbo de cerveza, para ladear ligeramente la cabeza mientras ríe... justo, justo como la protagonista de "Tigre y dragón". Si no leyéramos sus mensajes, si no se supiera que siempre está ahí donde y cuando se la necesita, si no fuera por sus ojos chispeantes y ciertas sonrisas que se le escapan, podría parecer una persona fría e innacesible, una augusta estatua de palabras en medio de la plaza sobre la que las palomas no osan posarse.

Alice Kekejian: Con ella sí se atreven las palomas porque nada más aparecer abraza a todo ser vivo con su sonrisa amplia. La distancia no es lo suyo; todos ganamos con su presencia tranquilizadora y primaveral, con su pelo alegre y rizado. Escucha a todos por igual, asiente a cada uno de los comentarios, se ríe con cada una de las bromas y apoya a los titubeantes. Podría parecer, por eso, que pasa inadvertida. Pero en el fondo uno sabe que sin ella estaríamos expuestos a todos los males del invierno, que absorbe con naturalidad transformándolos en luz.

Patricia Rivas: Otra mujer de empaque. Tiene la cara afilada y un hablar rápido, algo nervioso. Por detrás asoma una solicitud amable, un cariño confiado que no espera avales. Es la única que, sin que apenas se sepa de ella, se atreve a mostrar que le importamos superando el miedo a naufragar. Y es que le importan todos los asuntos de este mundo -aunque sobre todo su hijo-; en todo se implica, hasta en la lluvia o el sol, que se convierten, al trasluz de su tono de voz, en miembros de su cuerpo.

David Gallego: Sus labios gruesos perfilan las frases como las manos callosas de un escultor modelan una uña sobre el mármol. Tiene una mente rápida, eficaz y calculadora que desaprovecha en chistes, sueños y vainas en lugar de ponerla al servicio de la humanidad para fines más productivos, como construir puentes o descubrir la próxima estrella. Y es que no es un ser de tierra, sino de Gandaria o de Las Batuecas. Traduce novelas rosas. En su próxima reencarnación será alquimista o navegante; en todo caso, otra inútil profesión. No tiene remedio.

Inés Arias: Delgadita, jovencísima. Sus labios remedan los de esas muñecas antiguas que decían "mamá" (¿ya son antiguas esas muñecas? ¡Dios mío!), sólo que hablan de hombres muertos de infarto tras cruzar mares congelados. Uno no puede parar de mirar sus ojos de avellana y preguntarse si su edad no es incompatible con su compostura. Es la única escritora -que se sepa- de espalda erguida, que lleva el mojito hasta su boca en lugar de lanzarse sobre la bebida como buitre jorobado sobre la carroña. Nos sentimos incómodos cuando nos pregunta, con humildad, cómo se construye una novela.

Antonio Villalba: Es una de esas personas -¿personajes?- que nos parece haber visto antes, en una película o en una novela, apoyado en una tasca o pescando en cierto río del norte. Se ven las comisuras afables de sus labios por detrás de una pipa que parece tener vida propia, pues tan pronto se enciende como se apaga -simpático lucero de la conversación-. Con un grave hilo de voz puntualiza -como escribe- en el momento preciso lo justo y necesario, lo que falta. De modo que los demás tenemos la impresión de estar constantemente diciendo lo que sobra.

Luis Álvarez: Otro personaje. Su nariz algo hendida y sus cejas constantemente en movimiento le dan cierto aire amenazante, y él juega con esa apariencia mirándote directamente al cerebro. Sobreactúa a veces de un modo histriónico, pero otras veces se ríe con ganas y suelta alguna bondad. Se desubica con rapidez en el espacio porque su mundo es otro, como el de David: la amazónica Gandaria. También es un cerebro desaprovechado para la causa. Tampoco tiene remedio.

Luce Gamo: Aparece como si hubiera estado a punto de no venir, y permanece como si fuera a marcharse en cualquier momento. De hecho lo hace. Su pelo acaracolado recuerda sus palabras escritas, pero su boca sólo se abre para mostrar cuatro graciosos dientes en una sonrisa tímida. Mientras calla, su alma escribe besos y conjuros en el aire.

 

 

  CRÓNICA MUY SUBJETIVA
miércoles, 20 de junio de 2001 12:20


   
(Largo)
Para Antonio Villalba y todos los que se quieran tragar el rollo

El día de la presentación del libro se ha ido convirtiendo, casi sin que me diera cuenta, en una especie de rito anual que, como todos los ritos, tienen su parte buena y su parte mala. Todo empezó en junio de 1997, cuando yo iba de alumna al taller de Enrique. Lo escribí hace más de un año de esta manera:

>> Ayer tuve clase de novela. Luego nos fuimos de cañas, como siempre, y fue bien entretenido. Me quedé hasta las tantas hablando con Paco Mañas y recordando viejos tiempos.

Paco y yo íbamos a la misma clase de relato todos los viernes del curso 96/97. Fue un grupo muy especial en el que, por alguna razón, corría una corriente mágica entre todos. Con Paco y con otro par de personas solíamos quedar antes de la clase a eso de las cuatro, para echarnos unas partiditas de mus. Después nos íbamos a clase, que ese año todavía era en la casa de Enrique, y nos encantaba ese contraste entre el mus y la literatura. Y allí estábamos todos: Celia y Clarita (que todavía son mis amigas), Miguel (que se fue a Guatemala y estaba enamorado de Celia), Rosa (una divorciada divertidísima), Gabriela (argentina de nacimiento y vocación), José Antonio (siempre tan callado, pero cómo escribía, el cabrón), Guillermo (que era yonqui y venía colocado hasta las cejas, y tenía sida, y Clara le ordenaba los papeles mientras él leía con voz pastosa relatos llenos de acción urbana, cuando se le podía entender algo), Paco Cueto (que trabajaba conmigo en Fuentetaja, y fuimos novios ese año, y ahora no me hablo con él), Elisa (con esa gran boca sonriente de relaciones públicas), Rosa la joven (que sólo tenía dieciocho años pero escribía como los ángeles)... Leíamos nuestros cuentos, nos los comentábamos, nos descubríamos, discutíamos, nos acalorábamos, y la ilusión y la magia volaban en violentas ráfagas alrededor de la mesa con velas. Salíamos vacíos por dentro, como globos desinflados; cada uno había expulsado su cuento, ése que le había costado tanto esfuerzo parir a lo largo de la semana, y de pronto ya estaba, un cuento más a la carpeta de los cuentos terminados, y era como un sinsentido, la nada, la depresión post-parto, y daba igual que a los demás les hubiera gustado o no, porque el vacío no te lo quitaba nadie. Sin haber emergido totalmente de la ficción, nos íbamos a mojar en cerveza nuestra exaltación hueca a La Musa, nuestro bar de aquel año. Acabábamos de madrugada, a las cinco, a las seis, bailando borrachos o jugando al billar en cualquier antro de Malasaña. Paco Mañas y yo estuvimos recordando todo esto ayer, y el día de la presentación del libro con relatos de todos los participantes, el último día de ese curso maravilloso, en el que Paco, que ya era perro viejo, expresó en voz alta lo que todos llevábamos dentro, esa pena insondable porque aquello se había acabado y era algo que nunca más se volvería a repetir, porque la magia es caprichosa y no da una segunda oportunidad. Y yo le decía: no digas eso, Paco, pero sabía que tenía razón, que aquello se había acabado. Y yo ahora recuerdo ese día perfectamente, con miles de matices. La presentación fue en el Clamores, yo llevaba un vestidito de verano corto, a cuadritos, y un collar que mi hermano me había traído de Marruecos y la cara encendida. Tenía el pelo largo y rizado y casi rubio. Me recuerdo resplandeciente y estaba con Paco Cueto, que llevaba una camisa blanca-blanquísima y yo le quería mucho, aunque no estaba enamorada, pero casi, y él me quería a mí y yo era moderadamente feliz. Y estaba cantando Alberto Pérez, que es amigo de Enrique y me había dicho que me lo iba a presentar después de la actuación, porque Alberto Pérez siempre había sido mi ídolo, con sus preciosos boleros. Y me lo presentó, y cuando supo mi nombre empezó a hablarme del cuento que yo había incluido en el libro, «El beso», un escatológico monólogo interior; se acordaba de cada detalle del cuento y yo estaba avergonzadísima porque no quería hablar de mi cuento sino de su música, pero él venga con el beso por aquí y el beso por allá, con palabras lúcidas y como a ráfagas de ametralladora, y yo no entendía nada y pensé que Enrique le habría dicho que había una chica que le quería conocer y que él se habría leído apresuradamente mi cuento por eso, para poder hablarme de él cuando me lo presentaran, y me escabullí en cuanto pude, corriendo, y le dejé hasta con la palabra en la boca. Yo no sabía todavía que al cabo de un año lo volvería a ver, en circunstancias muy diferentes, al famoso Alberto Pérez, el de la Mandrágora, el de Si yo fuera presidente, cuando yo estaba hundida y llevaba gafas porque me estaban revisando la vista y tenía el pelo corto, liso y moreno, ni que me volvería a hablar de mi cuento, acordándose de cada detalle, ni que me diría que se lo había mandado a un amigo de México, donde lo habían leído por la radio, ni que recordaría también mi nombre y apellidos, y hasta la ropa que llevaba ese día de junio, el de la presentación del libro, ni que me cantaría un bolero en el hueco de un garaje camino de un taxi, un bolero sólo para mí, pero esa es otra historia que yo todavía no conocía. Yo en ese momento le dejé con la palabra en la boca y volví con mi Paco, que le gustaba a una del grupo de los jueves, que nos miraba triste, pero era mío, qué le íbamos a hacer. Y luego fuimos a cenar a un restaurante brasileño, y yo me tuve que tomar otro Frenadol porque tenía fiebre, una fiebre extraña que no pertenecía a un catarro ni a una gripe porque no había más síntomas, sólo fiebre, no mucha, unas décimas, pero la suficiente como para vivirlo todo en una especie de sueño muy placentero. Después nos fuimos a bailar al Swing, y yo me abrazaba a Paco, cada vez con más fiebre pero cada vez más feliz, y Celia salió corriendo, y yo detrás de ella, y me la encontré apoyada en un coche, borracha perdida y llorando, porque Miguel había intentado besarla, qué cosas. Y la acompañé a un taxi, sujetándola, y luego volví, y bailé con Enrique, y luego con Paco, y me caía de cansancio y de fiebre. Y todo, todo en ese día era tan idílico que, visto desde ahora y con una cámara de cine, era como en esas películas de mafiosos, como El Padrino, en que en una parte de la pantalla aparece un baile en el que todos los buenos se divierten y bailan y cantan, felices, mientras en la otra mitad se está fraguando el desastre, los malos cargan sus pistolas y se preparan para destruir la felicidad de toda esa buena gente. Porque al día siguiente era domingo y yo estaba peor, y llamé a mi madre para decirle que no iba a ir a comer porque estaba liada, no le dije que tenía fiebre para que no se preocupara, pero ella me dijo que casi mejor que no fuera, porque tenía a mi padre con treinta y nueve de fiebre y tenía que cuidarlo, treinta y nueve de fiebre sin más síntomas. Y cuando colgué el teléfono yo le dije a Paco, fíjate qué casualidad, que mi padre está con fiebre y yo también, pero menos (¿será porque soy la hija?), fiebre sin más síntomas. Y ahí empezó la pesadilla porque el martes ingresaron a mi padre en la UVI con los pulmones destrozados, y yo seguía con la fiebre, y cuando le fui a ver con mi madre, a esa horrible sala con una cama en el medio, desangelada y triste, mi padre nos vio y se echó a llorar, con la cara deformada por el miedo, y nosotras queríamos tocarle pero estaba prohibido hacerlo sin los malditos guantes, era obligatoria la bata verde como de papel, y la mascarilla, y los guantes, y nos volvimos deprisa para coger los guantes para poder tocarle, acariciarle, consolarle, y entonces él se creyó que nos íbamos y, entre sus lágrimas, hizo un gesto desesperado y patético para que no, para que no nos fuéramos, pero nosotras sólo queríamos ponernos los putos guantes que no querían entrar en las manos, y ya nos los pusimos y le acariciamos, y él se controló y se tragó las lágrimas, pero la cara de terror no se le quitaba, y el cuarto de hora se pasó volando y había que irse, y queríamos dejarle el periódico pero no se podían dejar objetos del exterior, las infecciones, ya se sabe, y nos fuimos y yo todavía no sabía, me cago en dios, que esa había sido la última vez que había visto a mi padre consciente, porque al día siguiente a mí me subió la fiebre a treinta y ocho, y después a treinta y ocho y medio, y después a treinta y nueve, y pasé los días más espantosos de mi vida, con Paco cuidándome y pendiente del teléfono para recibir noticias de mi padre, que iba empeorando pero a mí no me lo decían para no preocuparme, pero yo lo sabía, lo sentía en mi propio cuerpo, en mi propia fiebre, en el aire que no me entraba en los pulmones, y sudaba y deliraba por las noches, y en casa estaba mi gata y la gata de Miguel, que estaba haciendo obras en su bohardilla y me la había dejado, y las dos en celo, maullando sin parar día y noche, aquello era una pesadilla infernal, y yo me debatía en una lucha interior porque a ratos me olvidaba de mi padre y pensaba en que sólo quería ponerme buena, sólo pensaba en mí, y era como una lucha a muerte entre mi padre y yo, y yo decidí que quería salvarme a costa de lo que fuera, y me sentía culpable por ello, pero yo quería salvarme, y una noche la fiebre alcanzó los treinta y nueve y medio, y Paco me llevó a Urgencias, y les contamos lo que le estaba pasando a mi padre, aunque en realidad no se sabía si era neumonía o tuberculosis o qué, y me hicieron radiografías y análisis y de todo, pero mis pulmones estaban bien, me dieron unos antibióticos que luego el médico de cabecera me dijo que eran para dromedarios, y me mandaron para casa. Y a partir de ahí la fiebre me empezó a bajar muy lentamente, y yo pude ir a ver a mi padre otra vez, pero ya estaba intubado y sedado con morfina, me cago en dios, con esa máquina averna, y entrar en la habitación era como hacerlo en un lugar de ultratumba, con el sonido multiplicado por diez del aire entrando y saliendo artificialmente de los pulmones de mi padre por un tubo que se perdía en su boca semiabierta, y todos esos tubitos macabros que se metían en su cuerpo inerte, introduciéndole líquidos de todos los colores y texturas, treinta antibióticos distintos porque no sabían lo que tenía, porque alguno tendría que hacer efecto, el cuerpo de mi padre agujereado, desnudo, con una pequeña toalla que le cubría sus partes, los ojos cerrados y los párpados brillantes por la vaselina, y la enfermera diciéndonos que qué hacía con la dentadura postiza, hijaputa de enfermera, y así día tras día, sólo un cuarto de hora, aprendiendo a descifrar los numeritos de la máquina, inventándonos mejorías porque hoy marcaba ochenta y no cien el indicador de la izquierda, o porque el sonido no parecía tan artificial, día tras día durante un mes yendo, y aprendiendo a hablar a ese cuerpo que había dejado ya de luchar, que había decidido morirse, diciéndole a ese cuerpo todo lo que nunca le había dicho a mi padre, me cago en dios, diciéndoselo en voz alta, papá, tú no sabes todo lo que te quiero, yo tampoco lo sabía, sólo ahora, aquí, hablándote cuando ya es demasiado tarde, por favor, ponte bien, ponte bueno porque tengo un montón de cosas que decirte, que contarte, porque si te pones bueno te vas a dar cuenta de todo lo que te queremos, bobadas, diciendo bobadas tardías, inútiles, y las enfermeras pasando, y tú hablando y acariciando a tu padre como a un animalillo, y así un mes con todos sus días, y yo con fiebre, que se me quedó en treinta y siete y medio, y con dolor de estómago, y el médico de cabecera, un encanto de tío, haciéndome todo tipo de pruebas, y la de la tuberculosis dando muy positivo, o sea que había estado en contacto con el bacilo, pero que no estaba activo, y que tenía que tomar un tratamiento de pastillas durante seis meses, sin beber alcohol, y luego una especie de cansancio que no se me pasaba, que me impedía casi levantarme, que hacía que el camino hasta la panadería me pareciera infranqueable, andando poquito a poco, apoyándome en las farolas, y el médico que decía que eso era cansancio crónico, y más pruebas, y la fiebre siempre ahí, obsesionándome, subiendo a la hora del crepúsculo, y mi padre perdiendo sus pulmones por momentos, y los otros órganos resintiéndose de los antibióticos y la postración, y más máquinas a su alrededor, ahora la de drenaje para sacar el agua acumulada, y la de diálisis para los riñones, y así ir viendo cómo ese cuerpo se iba descomponiendo por dentro, pero siempre la esperanza, hoy parece que va mejor, y los médicos prepotentes, subidos en su pedestal, atendiendo a manadas de gente desesperada, tres minutos para cada familia, y uno decía que era tuberculosis y el otro que neumonía, y se traían una lucha entre ellos cuya víctima era ese pobre cuerpo que moría por momentos, y muy mal, señores, muy mal, yo que ustedes no guardaría esperanzas, con esa cara fría de esfinge, hijos de puta, y un día vimos que ese cuerpo deformado, que ya no era mi padre, tenía los pies azules, y entonces ya sí, entonces la esperanza se desprendió como un esparadrapo podrido, y yo ya sabía que mi padre estaba muerto, aunque le siguieran metiendo aire en el cuerpo dios sabe para qué, y a la mañana siguiente, en el trabajo, yo decidí que me iba al hospital porque ese día, el 17 de julio de 1997, mi padre, aunque ya estaba muerto, iba a morir otra vez y para siempre, y sí, ya nos dijeron que duraría horas, y entramos los tres, mi hermano, mi madre y yo, mi hermana no sé dónde estaba, en Santander, supongo, y nos despedimos, abrazados los tres quizá por primera y última vez en la vida, de mi padre, y de ese cuerpo, de los dos nos despedimos, adiós, papá, adiós. Pero era una despedida de mentira, yo no sabía todavía que no era tan fácil despedirse de un padre, que la cosa duraría dos años, que la fiebre seguiría seis meses, que yo dejaría a Paco al cabo de tres meses, vencida por el cansancio y la falta de ganas de vivir, que no me apetecería hacer el amor hasta al cabo de un año y medio, que para asumir la muerte de uno mismo no basta decir adiós, que pasaría muchos meses agotando mi mente, sin poder remediarlo, en la búsqueda de salidas a lo que no la tenía, chocándome con una barrera, siempre la misma, está muerto, está muerto y yo moriré, no hay solución, pero mi mente volvía a la carga, no puede ser, tiene que haber alguna manera, alguna vía, y no, otra vez de cabeza contra el muro sin puertas ni límites. <<

Así que el día de la presentación del libro es muy especial para mí. Nada más entrar en el Clamores, el paso del tiempo se solidifica y no me deja respirar. Llego de las primeras, me siento en la mesa en la que Enrique está preparando con algunos alumnos los discursos que darán, me pido una cerveza y me pongo a doblar trípticos de las Jornadas de Creatividad para irlos colocando por las mesas. Mientras, charlo con uno y con otro de la forma en que lo haré toda la noche, una especie de hablar por hablar, una jerigonza amable que ponga freno al estómago, que no deje que el corazón se escape y lo ponga todo perdido de sentimentalismo.

Comienza a llegar la gente. Chema aparece con su hijita Paula, que está ya tan mayor y tan seria que da vértigo mirarla. Llegan mis alumnos con familiares y amigos, y no nos podemos comportar con naturalidad como en las clases. Sonreímos envarados y me presentan. "Esta es mi profe". A todos los familiares se les escapa una exclamación de sorpresa, un leve rictus de contrariedad. "¿¡Esta!?", exclaman por dentro. Luce lo dijo, no soy una mujer de empaque. Les miro con pena, como diciéndoles "Qué le vamos a hacer", y fingimos que no hemos intercambiado nada más que los saludos de rigor.

Aparece Charo arrebolada por los nervios. La hemos elegido en el grupo de los sábados para que dé el discurso por ser la más tímida del grupo, porque todavía, después de dos años, se pone colorada cuando lee atropelladamente uno de sus cuentos deliciosos. "Cuanto antes mejor, cuanto antes mejor", repite. El local se va llenando, la gente intenta buscar una mesa libre desde donde se vea el escenario, en el que van colocando la mesa con micrófonos. Cada vez hay más barullo, y cuando sale Enrique a decir unas palabras nadie escucha, como siempre. Yo voy de una mesa a otra con mi jerigonza. Saludo a Mercedes y a su Paco, a Beltrán y a su Nieves, a Cheyenne y a su amiga. Me siento un ratito con los del sábado, pero me tengo que levantar en seguida porque he visto a no sé quién. Enrique me coge por el brazo y me arrastra hasta Alberto Pérez, que todos los años anda por ahí, pero ya no es lo mismo. Yo estoy tranquila y le pregunto por sus giras. Intercambiamos las informaciones anuales de rigor y yo lo tengo que dejar porque aparece Begoña, y Mara, y Amparo, que la pobrecita no sabía que acabarían robándole el bolso en el Café de la Palma.

Aparece Germán con mi amiga Paloma, y me abalanzo sobre ellos como sobre la salvación, como sobre los pilares fijos del presente que detienen por un rato ese bloque sólido del tiempo que me ahoga. Intento presentárselos a mis alumnos, pero la sala ya está demasiado llena e intransitable. Nos recluimos en un rincón junto al escenario, y veo a dos chicos en sillas de ruedas. Pregunto a uno de ellos si es Javier Lara, y me dice que es el otro. Javier Lara es del grupo de relato de Internet, y nos saludamos calurosamente. Les abro un hueco frente al escenario donde puedan ver bien. Luego voy a buscar a Oswaldo, que ha venido de Buenos Aires especialmente para la presentación, y lo llevo donde Javier. Cuando los veo abrazarse tengo que apretar los labios, por lo del corazón. Los dejo con sus emociones y me marcho rápido. No puedo ver estas cosas.

También saludo a Ángel, que viene todo encorbatado, con esos trajes que se pone a veces que parece que se le quieren salir del cuerpo. Y a Javier Sagarna, que se está dejando el pelo largo y parece un 'beatle' o, como dice Ángel, una funcionara de prisiones. Me encuentro a Pilar y a Mar, que son alumnas del año pasado, las dos psicólogas y flamantes. Presento a Germán y Pilar, y Pilar me dice por lo bajo que me pega mucho. Germán lo oye y le dice que parece que está hablando de sillones y cortinas, que de qué va. Nos reímos.

Nos volvemos a nuestro rincón porque van a comenzar los discursos. La segunda es Charo, de mi grupo, y estoy nerviosa como un padre ante la actuación de fin de curso. El primer discurso se me pasa sin que me entere mucho. Y de pronto sale el hilillo de voz de Charo por el micrófono, como queriendo pasar inadvertido. Pero la fuerza de las palabras trasciende el tono de voz. Dice que ha sido coaccionada para estar allí, que ella no quería, que lleva dos noches sin dormir y se le ha cortado la regla, que cuando sea tan famosa como Lucía Etxevarria y Juan José Millás no concederá entrevistas, que esta es la primera y última vez que aparece en público, que empezar a escribir ha sido lo más importante en su vida y ahora no puede vivir sin su cuaderno de notas, que escribir es meterse en miles de personajes y también pasarlo mal, que cuando toca el relato de detectives y uno está en un mare magnum de pistas falsas y cadáveres improvisados llega Isabel con el relato erótico, y así siempre; que escribir le sirivió para vengarse de su ex novio, le hizo tener un accidente y luego, cuando estaba en el hospital, coger una peritonitis, pero que al final, qué cosas, le dio pena y lo salvó, y es que la literatura es así, y luego se sentía mucho mejor. Todo eso dice Charo y mucho más, pero mejor dicho, y con esa vocecilla... Todos nos reímos a carcajadas, y yo además estoy orgullosa como un hipopótamo. Luego habla un hombre mayor del grupo de Ángel, y también nos reímos mucho. El resto de los discursos está algo más flojo; sin duda Charo ha sido la mejor (avisé de que esta crónica era muy subjetiva).

Cuando terminan de hablar los alumnos, y la gente de aplaudir y de enjuagarse las lágrimas, Enrique vuelve a salir, y todos a hacer caso omiso de sus palabras y del subsiguiente grupo de cuerda. Los pobres, según me dijo Mercedes, anunciaron su última canción con un inaudible: "Bueno, esta es la última y ya dejamos de molestar". Tremenda algarabía. Voy a la barra a pedir y me encuentro a Patricia, que anda buscando a Javier, su profe de Internet. De pronto todo el mundo anda buscando a Javier y este ha desaparecido. Saludo también a Luis Ferrer, otro de Internet. A la vuelta los veo a todos reunidos, Javier Sagarna, Javier Lara, Oswaldo, Luis, Patricia... Me voy a acercar a charlar con ellos pero de pronto pienso que no, que están formando un círculo mágico que no tengo por qué destruir con mi presencia. Están en un proceso catártico de la virtualidad a la existencia, se están tocando y queriendo con los ojos.

Respiro aliviada cuando Enrique me dice que no va a dar tiempo a que salgamos los profesores al escenario. Si lo hubiera sabido desde el principio, habría sido más fácil aplacar el estómago.

A la salida nos vamos a cenar Germán, Paloma y los del sábado a un restaurante argentino de la calle San Bernardo. Parezco un perro pastor, que no se me pierda nadie. ¿Y Alice dónde está? ¿Y ahora qué pasa? Bueno, ¿venís o no? La cena es estupenda, hablamos de gatos encerrados en frascos y de vino, porque Paloma trabaja en exportación de vinos. Contamos anécdotas y nos reímos a morir. Otra vez volvemos a nuestro propio ser. Después vamos al Café de la Palma Manuel, su hijo Manuel, Paloma, Germán, Begoña, Amparo, Alice y yo. Allí se estropean las cosas. Manuel se va porque está agobiado. A Amparo le roban el bolso. A Alice le empieza a doler el estómago. Germán tiene sueño. Se van todos, y Amparo y yo nos acercamos a la calle del Pez, donde hay fiestas de San Antonio y habíamos quedado los de la presentación. Pero ya es la una y media y no queda mucha gente. Amparo se marcha y yo me quedo hablando con Pilar, y luego con Ismael, y luego me voy a casa en una pendiente cuesta abajo.

Al llegar a casa estoy, como cada año, deprimida y exhausta, con la sensación de que todo ha pasado demasiado rápido, que no me ha dado tiempo a charlar con Mercedes y Paco, que a Mar ni la he saludado, que Juana se me ha perdido, que a Patricia sólo le he dicho hola, que la vida es una mierda y no nos da tiempo a nada, que la gente va pasando por delante de ti mientras tú corres también hacia un sitio indefinido e inútil, como el mensajero de Kafka, que ser profesora es terrible porque no puedes tener tantos amigos como alumnos y sin embargo les quieres y te jode que se alejen o alejarte, te jode el movimiento, no poder parar el tiempo un instante, instalarte en algún estado anímico y físico, que el vestidito de cuadros está inservible en el armario porque ya no me vale, y aunque me valiera ya no podría recuperar la presentación de hace cuatro años, en que dejaba salir al corazón por la boca aunque lo pusiera todo perdido.


Besos:

Isa

P.D.: ¿Alice? ¿Amparo? ¿Patricia? ¿Enrique?

 

 

  NEIL YOUNG EN LA CORUÑA
jueves, 19 de julio de 2001 19:26

   

Decía José María: Dices, que has visto a Neil Young, y no te dignas en decirnos, ¿ Cómo ha estado?, en Jerez actua hoy, en el EsparragoRock, pero yo no tengo esa suerte de poder ir a verlo.

Pues el de La Coruña fue, parece ser, el mejor concierto de la gira.

Llegamos mi novio y yo como a las nueve de la mañana (después de habernos levantado a las cinco) al aeropuerto de La Coruña. Por cierto, no me gustó nada esa ciudad. Que me perdonen los gallegos, pero
es triste, gris y destartalada como ella sola. Estuvimos buscando hostal, y luego paseando por allí. Lloviznaba y hacía viento. Nos tumbamos en la playa un rato, hasta que la humedad se nos metió en los huesos, y Germán me arrastró al hotel donde se alojaban los músicos. Había unos cuantos periodistas allí, a la puerta, pero nosotros éramos, junto con un gordito de aspecto anglosajón, los únicos tristes fans (y yo, ni siquiera alcanzaba ese estatus). Después de dos horas esperando y en las que me terminé por fin *Para ser novelista*, salió el bajista, y Germán se apresuró a saludarle y a pedirle, en un inglés macarrónico, que por qué no tocaban esa noche determinada canción de cuyo nombre no logro acordarme. "Maybe, maybe", dijo con sonrisa complaciente (pero luego no la tocaron, claro). A Neil Young no hubo forma de verle. ¿Para qué?, me preguntaba yo encogiéndome de hombros, si le íbamos a ver esa noche. Pero bueno, cosas de fans. Finalmente logré llevarme a Germán de allí a rastras y fuimos a comer parrochas y pulpo a feira, riquísimo, por cierto.

Después de una siesta de dos horas, nos encaminamos al Coliseo, que parecía que estaba cerca del hostal, pero había que atravesar tres polígonos industriales y unas cuantas autopistas. Llegamos como a las siete y media. Había poquita gente... Cuatro gatos frente al escenario y otros cuatro en las gradas. Nos apostamos con nuestra empanada de vieiras y nuestra cerveza bien fría en la tercera o cuarta fila, pegaditos al escenario. A las ocho o así -todavía de día- salió un grupo gallego de cuyo nombre tampoco logro acordarme, ni falta que hace, y nos tuvimos que levantar, para que no se sintieran ofendidos. Seguíamos siendo cuatro gatos, y era de día, y la verdad es que les había tocado el infame papel de romper el hielo. De todas formas, no se lo montaron muy bien. Intentaban hacernos gritar gilipolleces de los estribillos y les daba rabia que no nos supiéramos las letras. Se les notaba molestos, sobre todo al cantante, que a veces nos miraba con desprecio. Y eso que había un grupillo que se las sabían todas. El caso es que todas las canciones eran iguales y, a pesar de que cantaban en español, no se les entendía ni jota de lo que decían, y yo me hubiera sentado de nuevo con mucho gusto si no me hubiera sentido como en las iglesias, donde sigo el movimiento general para no hacer nada inadecuado.

Por fin se marcharon. Después de otra media hora y una cerveza más aquello se empezaba a llenar. Pero vamos, todavía no estábamos apretados. Y salió Beck, que es un chavalín muy loco de veintitantos años que parece que tiene dieciocho, de pelo cobrizo y cara de bebé. Ahí la gente empezó a meter saltos. La verdad es que estuvo animado. Nos hizo entrar en calor con sus botes por el escenario. Quizá se hacía demasiado el excéntrico, para mi gusto. Así hasta las once.

Cuando terminó Beck yo estaba agotada, pero ya era demasiado tarde para salir de allí. Cuando me dio por mirar hacia atrás, ya no se veían más que cabezas, brazos y ojos brillantes hasta las gradas del fondo. Había que aguantar. Neil Young y los Crazy Horse todavía tardaron media hora en salir, y no paraba de llegar gente. Llegó un momento en que uno no podía ni alzar la mano para rascarse el ojo. Yo estaba alarmada, exhausta, y lo único que me mantenía allí (aparte de la imposibilidad de moverme en cualquier dirección) era la cara de éxtasis de Germán, que parecía que levitaba entre aquella masa sudorosa. Luego me enteré que había allí doce mil personas.

Finalmente salió Neil Young y su cuadrilla. En cuanto empezaron a tocar la gente empezó a efervescer como las pastillas. El Young ya no es tan young, tiene el pelo blanco y la cara hinchada, aunque la disimulaba bajo un sombrero de cow-boy. El guitarra (¿Sampedro?) está gordo como un tonel. Y el bajo (¿Talbot?) parece un vampiro. Sin embargo, a lo largo del concierto Sampedro parecía liviano como un globo y Neil Young sacó la misma voz de siempre, finita y nada cascada. Los de la primera fila empezaron a ondear camisetas de Pearl Jam, que luego me dijo Germán que era un grupo al que apadrinó Neil Young y con el que tocó alguna vez (y que son jóvenes y marchosos). Se ve que eso encabritó a los del escenario (se pensarían que les estaban llamando viejos), porque se desbocaron. Cuando parecía que se iba a terminar una canción, la alargaban por lo menos diez minutos, y cada segundo parecía que iba a ser el último, del estruendo que montaban, con la batería y las guitarras a todo gas. La verdad es que yo temía por sus vidas, porque no podía comprender que ese grupo de ancianitos pudieran derrochar tanta energía. "En cualquier momento se caen redondos", pensaba yo. Pero no, cada vez saltaban más. Se miraban, se hacían guiños, se sonreían, destrozaban cuerdas y más cuerdas... Bueno, hubo unas cuantas canciones acústicas, tranquilitas, pero pocas. Y una la tocó Neil Young solo, al órgano, de espaldas al público. Yo estaba que me caía, pero la gente estaba tan animada, y los del escenario parecían estar pasándoselo tan bien, que me mantuve en pie, e incluso salté como una loca con la de "People rocking in a free world" (¿es así?). Después de dos horas, como a la una y media, terminaron. Pero la gente no estaba dispuesta a marcharse tan pronto. Empezaron con el "Oé, oé-oé-oé". Salieron de nuevo y se marcaron otras dos canciones interminables. Se volvieron a marchar. La gente no se movía. Y gritaba, y gritaba, y gritaba. Volvieron a salir. Otra más. Se marcharon. Y nada, que no había forma, "Oé, oé-oé-oé". Empezaron a desmontar aquello los técnicos y encendieron las luces. Pero entonces volvieron a salir. Y otra más. Ya fue la última.

Luego he leído una entrevista que le hacían al guitarrista, y parece ser que en ese concierto disfrutaron de la leche, que él es de padres gallegos y tocar allí era algo especial, y que después del concierto quería seguir tocando en un garito de por allí, pero no encontró con quién hacerlo.

Y bueno, después de más de seis horas de pie, nos marchamos. Tardé tres días en recuperarme. Germán fue también al Espárrago Rock a verle de nuevo (qué afición, Dios mío), pero volvió muy decepcionado, porque no tuvo nada que ver con el concierto de La Coruña.

Eso es todo. Aunque me gusta Neil Young, no soy experta en rock y para la música en general soy un poco lerda, así que no soy la más indicada para hablar del concierto. Pero bueno, he hecho lo que he podido.

Besos:
  
 
Isa

  

 

  CRÓNICA DE LAVAPIÉS
martes, 09 de octubre de 2001 12:43

   

Cuando uno sale del metro de Lavapiés tiene la impresión de que desemboca en otro país. Huele a especias y la vista sólo puede apreciar una desenfocada amalgama de colores. Un inglés me dijo una vez que los españoles, vistos de lejos, visten de un gris homogéneo. Desde entonces me empecé a fijar, y es verdad que tendemos a vestir en colores grises, marrones, negro y blanco. El caso es que en Lavapiés sientes que algo inusual te estalla en la pupila. Los bancos de la plaza rebosan de jóvenes magrebíes, ecuatorianos, senegaleses y españoles que se pasan la lata de cerveza o el cartón de Don Simón al ritmo de la música que vomita un radiocasete de los años setenta. Gritos, risas y advertencias lanzadas en diversas jergas sobrevuelan tu cabeza y los oídos trastabillean en esa mezcla de lenguaje cheli, jerigonza aspirada y rotundidad africana.

Pero el viernes llovía, así que ese paisaje, fabricado ex profeso para la intensidad luminosa de un mediodía de junio, se veía dañado en su idiosincrasia, como traicionado por la luz que se escapaba a ráfagas tras los nubarrones, adelantando en varias horas la oscuridad. Los habitantes de ese mundo no se habían doblegado, pero su colorido había perdido intensidad y consistencia como el papel mojado. Algunos se cobijaban en los soportales, otros merodeaban alrededor del quiosco cerrado, y otro grupo soportaba el chaparrón con resignación ruidosa.

Allí estaba Berna esperándome, con zapatos rojos, paraguas azul y gabardina que por dentro hacía juego con el paraguas. Y ella hacía juego con el paisaje de notas discordantes. La acompañé a un cajero (Berna siempre se empeña en sacar dinero en la Plaza de Lavapiés) y nos dirigimos al Barbieri. Había mesas fuera, pero decidimos que no era día de terracita. Entramos. A lo lejos vi una pipa hundida en uno de los ruinosos asientos que bordean el café. Detrás, una barba sonriente. Antonio Villalba. El más madrugador del condado. Nos saludamos. Berna fue lista y se sentó a su lado. Yo no reparé en que su inaudible tono de voz se confabularía con mi mal oído para mantenerme toda la noche ignorante de su vida y milagros.

Antes de que nos diera tiempo a pedir apareció Carlos Sobrino, con su sonrisa bonachona y satisfecha de hombre que disfruta de su segundo año sabático. Decía mi padre que los chinos piensan que cuanto más grande tienes los lóbulos de las orejas más feliz eres. A Carlos no se los miré, pero apuesto a que le arrastraban por el suelo.

Creo que luego llegó Alice, pero ahí ya me empiezo a liar. Porque Cris e Inés y Cristina no se demoraron mucho. Inés estaba irreconocible: se ha cortado el pelo y se ha hecho una mujer de veintidós patitos. Una mujer que se viene a España en febrero a vivir con Cris al piso de David. Pero eso ya lo anunciaron oficialmente en el último (y único) chat. Cris se sentó a mi lado, en el sector de No Fumadores con el Sudor de Nuestras Frentes (NFSNF).

Cuando ya habíamos cobijado esperanzas de que David, por una bendita vez, no venía, apareció su cabeza despistada y despeluchada a lo lejos. Tuvimos que sujetar a Cristina Pabón para que no se abalanzara sobre él y diera un espectáculo en tan ilustre café. Parece ser que lo amamantó cuando era bebé y todavía guarda instintos maternales hacia nuestro comoderador.

A todo esto yo iba por la tercera cerveza, ya que no tenía que conducir y nadie me avisó de que es mejor que los cronistas oficiales permanezcan sobrios. Las conversaciones se confunden en mi cabeza. Recuerdo que Carlos insistía en que me tenía que poner espesa y sesuda en la lista, para frenar las corrientes de frivolidad que últimamente corrían por ella, a lo que yo me oponía con rotundidad, quizá porque mi madre lleva treinta años llamándome frívola.

También hubo un intercambio de libros: Carlos le dio a Inés unos ejemplares del mil ochocientos y pico asegurando que los iba a tirar a la basura, ante lo que Inés se echó las manos a la cabeza (no sé por qué, si ahora va y pierde la maleta); yo le presté a Alice la novela de Guido "Casas en el agua", que a su vez me había prestado Berna. Y a Berna le devolví un libro sobre Haroldo Conti que me había dejado cinco meses atrás. David me había traído un librito de Chéjov porque una de las *Obras cortas en un acto* se titulaba "Los perjuicios del tabaco", aunque yo creo que ni se lo había leído, ya que lo único que se dice del tabaco en esa obra es "El tabaco es, sobre todo, una planta". En fin.

Llegó Begoña con dos amigos. Y Amparo la del Musgo Cósmico, que nada más entrar nos echó una charla sobre el taxista que la había traído, todo por no decir que se le había ido el santo al cielo y por eso llegaba tarde. "¡Os lo juro!", decía a voz en grito, cuando nadie había puesto en tela de jucio su secreta atracción sexual por el taxista.

Después de tanto tiempo haciendo el paripé intelectual en el café Barbieri -frecuentado por Galdós y compañía, no lo olvidemos- nos empezamos a impacientar. Lo que en realidad nos apetecía era ponernos ciegos de mojitos, y el café irlandés será muy fino, pero nos sabía a poco. Cuando estábamos a punto de irnos tumultuosamente llegaron Nacho y Costilla; nos dio tiempo a disimular y a decir: "¡Ah! Os estábamos esperando".

Yo hice la prueba del algodón y reté a Nacho a que me ubicara. Una vez más hubo que reconocerlo: yo no tengo ninguna pinta de ser "la jefa", porque Nacho dijo diez nombres antes de que le soplaran mi glorioso estatus. A él sí se le ubica enseguida, porque tiene la misma cara que el muñequito que siempre envía en sus mensajes. Así: :o) Lo juro. Bueno, con perilla. Me rectifico: :o)} .

De eso también se habló. De que no sólo no tengo ninguna pinta de ser "la jefa", sino de que además tampoco actúo como tal. Las cosas llegaron incluso más lejos: se corren rumores de que ni siquiera estoy apuntada a la lista. Yo no me defendí, como buena ausente que soy.

El caso es que con la llegada de Nacho y Costilla (ta bien, se llama Elizabeth, es muy morena de pelo rizado y negro y ojos encendidos -como esas mujeres que en los dramones mexicanos pegan un tiro al amante cuando descubren que las engaña con su mujer- y tiene pinta de ser simpatiquísima) nos pudimos ir adonde los mojitos.

Antes, eso sí, informé públicamente a los contertulios de que David, cuando vino a devolverme la chupa de Germán, tiró una lata de Coca-Cola vacía al bote del detergente en lugar de echarla al cubo de la basura. Inmediatamente, por supuesto, se ocupó de tergiversar mis palabras, de modo que al final parecía que había sido yo la que le había arrebatado la lata de las manos, procediendo después a encestarla en el retrete.

Cuando salimos ya había dejado de llover y se había proclamado Lavapiés La Nuit. La plaza estaba mucho más animada. Había un hombre que daba un discurso inmerso en un corro de gente. Al principio pensamos que era una manifestación de inmigrantes, pero resultó ser un predicador y su audiencia desesperada. Malos tiempos para la lucha.

Nos dirigimos al Eucalipto, en la calle Argumosa, sin hacer una parada táctica para picar algo, ya que eso nos hubiera devuelto a un estado de normalidad inaceptable en las reuniones de colisteros. Dejamos por el camino a Antonio, que con la excusa de que tiene que coger el tren siempre aprovecha para escabullirse en esa etapa en la que empezamos a proferir incoherencias como si tuviéramos el tercer grado de Althzeimer (en el caso de que fuera por grados esa enfermedad). Por cierto, para muestra un botón; alguien contó el siguiente chiste: "¿Cómo se llamaba ese alemán que me tiene loquita?" :*-((((

Más que entrar en el bar, se puede decir que lo ocupamos. La única diferencia es que el invadido parecía de lo más satisfecho, mientras tomaba nota: diez mojitos y tres zumos de maracuyá. Yo no había visto tanto mojito junto en mi vida. Y tampoco había bebido tanto mojito seguido. El primero nos lo tomamos de un trago a la salud del Hamlet. "Ser o no ser", dijimos, y optamos por morir de cirrosis.

Así es imposible hacer una crónica seria. Sólo recuerdo que a un lado tenía a Cristina, al otro a Begoña y enfrente a Cris. A Cristina la debí de aburrir muchísimo, porque en seguida se fue, sin pagar ni nada, corriendo. Mira que le había ofrecido mi sitio a David, pero nada...

Aprovechamos la huida de Cristina para cambiar de posición como en una ruleta (ya que nos habíamos dispuesto en tan reducido espacio como las piezas del Tetris). Me puse a charlar un rato con Nacho, que me contó cómo le había ido el taller que había impartido en México. Los mojitos debieron de golpear aún más mi mente neurótica, porque lo que comenzó como una charla de lo más pacífica acabo en una acalorada discusión a tres bandas: Amparo y yo nos acusábamos mutuamente de cobardes por no atrevernos a escribir, David afirmaba que con sus historias no quería decir absolutamente nada, y yo exteriorizaba, con lágrimas en los ojos, el sufrimiento que supone escribir la verdad con tinta de sangre. Total, que cuando bajé al servicio me di cuenta de que me caía por las escaleras. Decidí que lo más prudente era abandonar el barco, antes de lanzarme contra un ejército de molinos de viento armada con un triste bolígrafo despuntado.

Hubo más prudentes en la tripulación, y allí dejamos a Carlos, Inés, Cris, Begoña y alguien más, agarrados al mástil de proa y cantando aquella de "la botella de ron...".

Me fui a casa con la sensación de que me tenía que haber quedado, que estas reuniones toman cada vez más forma (no me preguntéis "forma" de qué), que parece que vamos tomando cierta intimidad, complicidad, intensidad, yo qué sé... quizá sólo más mojitos.

Besos:

Isa

 

  CRÓNICA DEL SURBITÓN
sábado, 02 de marzo de 2002 11:34

 

Hola.

Pues tendré que hacer mi crónica también.

Andaba por aquí, por casa, con el culo inquieto. Tampoco pude dormir la siesta. Germán me había dejado sintonizada la cadena SER, porque yo no sé cómo demonios funciona la cadena de música. Así que tenía la radio puesta, pero por si acaso, la conecté también por Internet, porque Berna había dicho que estaba en el ciento nosecuántos de FM, y Germán me la había dejado en AM. Estaban hablando de otra cosa. Llamé enfadada a Germán y le dije que sólo quedaban diez minutos y que me había dejado la radio mal puesta. Él me aclaró que la SER era la misma en AM que en FM, y que me la había dejado bien puesta, que él estaba allí en la redacción escuchándola. Al final me di cuenta de que en Internet la cosa iba con unos segundos de retraso, como también había dicho Berna, y por eso me parecía que estaban hablando de otra cosa (ya veis la atención que le estaba poniendo yo a la radio).

En fin, que se acercaba la hora, y la certeza de que el Millás tenía que hablar de nosotros por narices iba adquiriendo cada vez más realidad. No sé por qué, pero antes de que empezara a hablar, yo ya sabía que algo tenía que decir. Total, que el Millás empieza a hablar: "Esta semana ha ocurrido algo...". Y ya, ya lo sabía, ya lo sabíamos, porque la sensación no era de estar sola escuchando la radio, sino de hacerlo con todos vosotros. Yo paseaba por todo el salón, arriba y abajo, sonriendo, pletórica... El Millás no para de hablar del Surbitón. Está claro que le hubiera gustado inventarlo él. Como si la audiencia y el locutor no le creyeran, tiene que leer varios fragmentos de relatos donde aparece la palabra "Surbitón". Por alguna razón le hace mucha gracia esa palabra (no sé por qué, si es una medicina de lo más seria y rigurosa). Avisa que el ganador de la semana es un surbitoniano. Ya está. Me llega la risa. Tengo ganas de abrazar a alguien y me voy al ordenador, y mando a la lista un mensaje de que hemos ganao, hemos ganao... Lo conseguimos. Momento de gloria, pero colectivo, de lo más sabroso.

Lee los relatos esos horrorosos de la ginecóloga y el ginecólogo, y el del hombre sin cabeza. Qué pesado, pienso, está desaprovechando el programa en chorradas. Venga, venga, date prisa. Se tiran el locutor y él media hora en un tira y afloja sobre la cabeza cortada. Y luego lo típico, que si la virtud del cuento era que contaba algo extraordinario como si fuera la cosa más normal del mundo, como Kafka en *La metamorfosis*. "Ya -pienso-, que has pillado ese cuento para poder soltar lo de Kafka. Si lo sabré yo, listillo."

Por fin termina con ese rollo y vuelve sobre el Surbitón. El tío sigue flipando, y lee más fragmentos de relatos. Me parto cuando habla de Berna.

"Berna Wang... extraño nombre, ¿verdad? ¿De dónde será?", y yo me imaginaba la mente del Millás viajando a parajes exóticos muy lejos de Chamberí. Ya por fin, dice lo del ganador. Oigo mi nombre y todo se vuelve irreal de golpe. Estoy justo delante del espejo y me veo sonreír. Yo. Ha dicho mi nombre. Inmediatamente viene el sentimiento de culpa a acompañar a la alegría. ¿Por qué yo? No debería..., no puede ser, no puedo sentirlo como mío, porque es de todos, pero a la vez qué alegría, era mi cuento, pero si a mí el Millás me cae fatal, me tendría que dar igual que a ese tío le guste mi cuento, lo va a leer, lo va a leer, qué vergüenza, qué miedo, qué alegría. Lo lee, y no es mi cuento, es otro el que sale, con algunos matices tiernos en esa voz gangosa que yo no le había puesto. Llega al Surbitón y se empieza a descojonar. No tiene gracia, joder, por qué te ríes, esa parte es la más triste... Se pone serio otra vez, pero vuelve aparecer el Surbitón y se parte. Se lo perdono, porque el hombre está claro que se ha enamorado de la medicina. Y dice (yo estoy preparada para que me lo destroce -es lo que habría hecho yo-) qué bonito. El presentador dice y qué triste. Y Millás, pero que bonito. Y el presentador, pero también qué triste. No... triste, tampoco tanto, es bonito, dice el Millás. Ya, dice el presentador, pero es triste. Bueno, como tú quieras, acaba el Millás. Y se les acaba el tiempo en esa tontería de lo bonito y lo triste. No les da tiempo a criticármelo. Qué guay.

Y ya el chat, las llamadas. Germán me llama desde la redacción. Luego me cuenta cómo lo estaban escuchando allí (espero que nos llegue una crónica detallada de lo que ocurrió en La Estrella Digital, hecha por nuestro corresponsal Rafael -sé que estás por ahí, Rafa-). Hablo con Alice, y estamos las dos más nerviosas que la hostia. Mientras tanto vienen dos amigas a casa, y se lo cuento todo (tardo cuatro horas en contárselo) y se ponen más nerviosas que yo. Después nos vamos a tomar un café y ya dejamos de hablar del tema. Pero yo todo el rato tengo la mitad de la cabeza tomada por la Revolución del Surbitón.

Por la noche cenamos en casa de un amigo con un montón de gente. Otra vez tengo que explicarlo todo detenidamente, con pelos y señales. Muchos de mis amigos dicen: "¿Veis? Ya sabía yo que Isabel iba a ser famosa algún día". Yo me quedo flipada, porque nunca me habían dicho tal cosa. Y por supuesto, todo el mundo pide por adelantado una loncha de jamón. "Es que no es sólo mío", digo. Ellos no entienden muy bien la movida esa de la revolución y tal. Lo que importa, al fin y al cabo, es el jamón.

Cuando llego a casa, a la una de la mañana, me pongo a leer todo el mogollón de mensajes, las felicitaciones, los abrazos, la inquietud de David... Me da rabia haber llegado tan tarde, porque si no me hubiera acercado corriendo al Palentino. Qué putada. Luego llega a Germán, y hablamos del Surbitón un buen rato. "Qué novia más lista tengo", dice. Y me toma el pelo: "¿A que ya te cae mejor el Millás?" y cosas por el estilo.

En fin. Que vaya día más feliz. Que a ver si nos dan rapidito el jamón y lo celebramos a todo lo grande y nos lo comemos entero para coger fuerzas. Qué rabia me da que sea algo que no se pueda compartir con los de fuera. A ver si la próxima vez nos dan un premio que nos llegue para pagarnos a todos un viaje a Temuco (esa es Isa, soñando).

Os quiero un montón.

Besos:
   
Isa.

 

 

  CRÓNICA DEL JAMÓN
martes, 09 de abril de 2002 9:12


A mí me encantan las fiestas. Pero cuando soy yo la anfitriona las temo, porque sé que me pongo tensa, que se me pasa la fiesta dando botes y sin que me entere, que me siento responsable de cada persona que decide retirarse y de cada pequeño incidente... Pero esta vez no era así. Germán estaba preocupado porque decía que era imposible que cupiéramos los veinticinco que íbamos a ser en la casa. Yo le decía que si no cabíamos, pues nos tendríamos que bajar a tomar algo por ahí. Y además, que posiblemente se fueran turnando, y los que siempre llegan tarde cogerían el relevo a los que siempre se marchan temprano.
En fin, que llegó el día señalado y Germán y yo nos fuimos a comer a *El Bocho*, una casa de comidas asturiana de la que siempre nos marchamos con un considerable incremento de la masa corporal. Después compramos pan y regresamos a casa. Me eché una merecida siesta, y luego estuve leyendo tranquilamente hasta las siete y media o así. Bajamos a por bebidas y nos pusimos a preparar la casa. Yo, la cocina. Germán, el salón. Dispuse unas aceitunas, patatas fritas, cortezas y taquitos de queso. Desnudé al jamón y le saqué brillo, dejándolo listo para su actuación estelar. Coloqué los vasos de plástico (100), los platos, las servilletas y los palillos.

El telefonillo sonó por primera vez a las ocho. Era Alice, cargada hasta las orejas. Traía humus de garbanzos y de berenjena, tabulé (que es una ensalada hecha con perejil, la sémola esa del kuskús, limón y no sé qué más), un flan de café y la famosísima tarta de queso. Traía también las especias y... hasta el aceite. "Mamá, cómo eres, ¿tú te crees que en el resto de las casas no tienen aceite?" Pero ni caso le hizo su madre. Lo que sí le dijo fue que devolviera todos los cacharros. Y Alice se los debió de llevar, excepto el bol de la ensalada [primer objeto perdido].

Mientras Alice preparaba sus cositas y yo seguía cortando queso, cotilleamos un rato sobre la crónica de David y sobre los datos que vamos recopilando sobre Héctor. Luego me fui a lavar las manos y a cambiarme, pero no había forma de que se me fuera el olor a queso, que intenté paliar con unos cuantos litros de colonia.

Para cuando salí del baño ya estaba Rafa por ahí dando el coñazo, así que le pusimos a partir lomo y a afilar los cuchillos del jamón con los dos afiladores con que había venido equipado [segundo objeto perdido]. Ahí fue cuando le informamos de que era un bombero musculoso del que se había prendado más de uno, ante lo que se quedó preocupadamente sorprendido. Yo fui sirviendo cerveza para Alice y para mí. Después coloqué unas cuantas velas estratégicamente para que incendiaran el salón a la primera de cambio.

En esto llegó Inesilla, cargadita de manzanas, tralará... este... de botellas de cava y vino. La nevera empezaba a estar pletórica de alcohol. Y nosotros, locuaces. Inés nos empezó a contar no sé qué, pero yo no me acuerdo, porque estaba mirando cómo se iba quitando el abrigo, y después la chaqueta, y se quedaba en un jersey de esos de cuello vuelto sin mangas cuya vista provocan frío y calor simultáneamente. Fue como un strip-tease muy lento y casto envuelto en la música de acompañamiento de sus palabras.

Enseguida llegó Pableras, y me di cuenta de que ya le conocía, de haberle visto por las clases de Enrique, en presentaciones sucesivas de libros... Venía alegre, simpático, aceptando de entrada una cerveza intravenosa. Acababa de estar en el concierto de Pilar, pero no se había juntado con los demás porque no los conocía. Venía contando maravillas.

Y ahí me empiezo a perder. Ya éramos multitud. Germán estaba de lo más anfitrión (y yo se lo agradecí un montón), confiscando el abrigo y el bolso (con la cartera) a todo el que entraba por la puerta y, simultáneamente, controlando la música, bebiéndose un whisky, fumándose un porro, tocando la guitarra... en fin, con sus ocho tentáculos desplegados a lo largo y ancho -y alto- de la casa.

Antonio fue de los primeros en llegar, no sé si antes o después de Pableras. Hablamos un ratitín, y luego ya sólo recuerdo que me preguntó si podía mirar los libros (vaya preguntas más raras que hace Antonio) y luego, que se iba (no sé si por lo que había visto en las estanterías o porque sí, como siempre). Vino, eso sí, con su pipa.

Llegó también el grueso de la reunión, es decir, Zedelka. Con Berna, Cristinap, Nuchi, David, Enrique V y no sé si alguien más. Venían también del concierto de Pilar. Berna estaba guapiiiiiiiiiiiísima, con un sencillo vestido granate y ese pelo... Yo me río cuando dice que se lo alisan en la peluquería (¿cómo se puede alisar el colmo de lo liso?), pero algo le deben de hacer porque brilla como los ojos de mil pequeños elfos (de ahí se habían escapado los que viste, Mariana). Y pude comprobar que las cosas que se dicen en la lista a veces son verdad, porque Cristinap se había dejado el pelo completamente blanco, en contraste con el de Berna.

Mariana también estaba por allí, con coletitas y sonriendo sin parar. Tuvo que explicar mil veces que su dentista le había aplazado la cita hasta el lunes, porque parece que c