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| C
R Í T I C A S D E R E L A T O S |
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| «TARDE
AUSTERIANA»,
DE BERNA WANG I |
martes,
29 de enero de 2002 20:35 |
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Enlace
a Tarde Austeriana I
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Dice Berna: Desde
luego, esa tarde no tiene nada que ver con la separación,
Pues
algo tendrá que ver... Si no, no se te hubiera ocurrido
ese final. Pero, independientemente de eso, algo ha de tener
que ver en el cuento para que sea cuento.
Pero,
bueno, es evidente que algo se estaba cociendo, por debajo
de la superficie, puesto que nos separamos justo dos meses
después.
Las
claves de eso que se estaba "cociendo por debajo de
la superficie" es lo que tienes que sacar a la luz.
Pero sin que se note.
[...]
intuyo
que ese final funciona bien literariamente por el contraste
con las risas y con esos detalles que ya eran excepcionales
en nuestro matrimonio: salir juntos, ir del brazo, que aparentemente
son como un reencuentro pero que en el fondo a lo que apuntan
es a que se había acabado. O algo así, no
sé. De verdad que no lo sé.
Pues
cuando lo sepas, escribes el cuento ;-) No, en serio. Yo
creo que ese final funciona por lo que tiene de sorpresa
para el lector. De pronto decimos: "¡Cooooño!
Si la cosa iba por otro lado". Lo que pasa es que para
que esa sorpresa no sea una estafa (como cuando Manuel Vicent,
al final de *La balada de Caín*, una novela de saxofonistas
de jazz, mete a todos los personajes en un OVNI que aparca
en el medio de Nueva York), todo nos tiene que encajar en
la cabeza. Lo que tendríamos que exclamar es: "¡Coooooño!
¡Aaaaaah, claaaaro!".
Lo bueno del cuento, si te decidieras a reformarlo, sería
que se cruzarían dos historias: H1, la que el lector
se cree que está leyendo (la de las casualidades
imprevistas); H2, la que está leyendo de verdad (la
de la inminente separación de dos personas que aún
no saben que se van a separar). Y, por supuesto, ha de existir
una relación de causa-efecto entre ambas. Fue una
tarde extraña llena de casualidades precisamente
porque la pareja se iba a separar al cabo de un mes. Es
decir, quizá no fueran casualidades, y quizá
las dos historias son una sola... Creo que era Ángel
Zapata el que decía que en los relatos no podía
haber *casualidades*. Yo estoy de acuerdo, un relato rebosa
*causalidades*, es un sistema perfecto de relaciones de
causa-efecto. Incluso los de Carver, que no pinta nada aquí
(si este relato fuera más carveriano, sería
menos berniano).
Las dos historias tienen mucha fuerza, lo cual es todo una
ventaja. La H1 te sirve para afianzar la tensión
narrativa y tener bien enganchado al lector. Una serie de
actos que nunca se habían dado en la relación,
y de sucesos extraños, como una señora que
sueña con el marido y que va a rezar una misa por
él... Por su parte, la H2 sería algo que flotaría
en el ambiente, como un suave pero insistente olor a nardo
que el lector perciba sin saber que lo está percibiendo,
y que en la última frase le llegue como un pinchazo
en la pituitaria del alma.
Veo claro que por donde habría que trabajar el futuro
relato es por esa segunda historia, aunque yo creo que en
el texto ya hay algunas pistas. Lo que ya no veo tan claro
es cómo trabajarla. Una de dos: o estás dispuesta
a hacer terapia, remangarte y escarbar en la realidad-realidad
o -quizá es más factible- intentas ver a las
dos personas del texto como dos personajes con algunos parecidos
circunstanciales con tu ex marido y contigo, y desde ese
punto empiezas a revivir aquella tarde minuto a minuto,
dispuesta a inventarte lo que te haga falta para la historia,
ocurriera o no en la realidad.
Digo minuto a minuto porque tus ojos, cuando escribiste
la historia, estaban muy atentos a los sucesos casuales
y austerianos, pero no a los augurios de divorcio. Tendrías
que hacer de nuevo el recorrido con otros ojos, para pillar
todos los detalles que hablaran de separación. Después,
tendrías que hacer una selección cuidadosa
de los más representativos y a la vez discretos,
y sembrarlos a lo largo del texto. A veces incluso puede
ser cuestión simplemente de cambiar el tono de una
frase para que de ella salga un suavecito olor a nardo.
Como te decía, veo algunas pistas en el texto:
-En
el primer párrafo: "Hacía mucho que
no íbamos al cine juntos si no era el típico
plan familiar con nuestro hijo; tanto, que por lo general,
cuando me interesaba una película, ya ni siquiera
preguntaba si le apetecía venir". Aquí
hay nardo, al menos para mí.
-En
el quinto párrafo: "Íbamos (lo que
tampoco era habitual) cogidos del brazo, y recuerdo que
me solté". Se soltó. Lo que pasa
es que luego no deberías dar ninguna explicación.
Más bien añadir algo como "Miré
a mi marido y...". ¿Qué vio? ¿Cómo
vio a su marido en ese instante? ¿Qué sintió?
¿Ternura? ¿Pena? ¿Rabia? ¿Miedo
por él?
-En
el mismo: "Cinco minutos después, se despidió
con un "me voy a misa a rezar por usted".
¿Acaso esa mujer tuvo una premonición de los
malos tiempos que se avecinaban para la pareja?
-En
el noveno párrafo: "Jaime y yo estuvimos
el resto de la tarde dando vueltas por la calle sin atrevernos
a mirar a la gente (por si nos encontrábamos con
alguien más)". Sin atreverse a mirar a
la gente... Mmmmm.
-En
el antepenúltimo párrafo: "Creo que
no hablamos mucho, y eso que tardamos más de una
hora en llegar a casa porque nos metimos en otro embotellamiento
y fuimos a paso de tortuga desde el paseo del Prado hasta
Ríos Rosas". ¿Dónde se quedaron
las risas?
Yo creo
que estaría bien que, además, analizaras todos
los lapsos que elides en el texto, precisamente aquellos
en que marido y mujer están solos: el que hay entre
"...el centro era un puro atasco" y "Cuando
por fin conseguimos dejar el coche...", el rato en
que dan vueltas por la calle sin mirar a nadie y, sobre
todo, la vuelta a casa. Y ahí, en ese último
rato, cabría meter, por ejemplo, el que te acordaras
del nombre del policía de Orihuela, y el que pensaras
que tenías que averiguar la obra teatral de la que
se hablaba en la película, entre otras cosas.
Y poco más te puedo decir. Que puede salir un cuento
magnífico. Pero que requiere currárselo bastante,
en el sentido de la psicología de los personajes.
Y ese camino sólo lo puedes recorrer tú.
Besos:
Isa
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| «TARDE
AUSTERIANA»,
DE BERNA WANG II |
sábado,
14 de julio de 2001 12:32 |
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Enlace a
Tarde Austeriana II
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Hola,
Berna:
Tengo
que reconocer que me ha costado un huevo y medio ponerme a
comentarte algo de la segunda versión de la austerianada.
No por nada, sino porque no tenía ni repajotera idea
de qué decirte. Al leer el texto me sentí...
como decepcionada, como diciendo "ya se ha envarao".
Pasados un par de días, creo que tengo más claras
las cosas. Yo creo que lo que nos ha pasado a los que habíamos
leído la primera versión (menos a Cris) es lo
siguiente: cuando uno escribe algo que le ha ocurrido de verdad,
y además lo cuenta bien, y además se lo cuenta
a personas que de antemano están interesadas en su
vida, pues ese texto -independientemente de las cualidades
narrativas- tiene un valor añadido que está
fuera del texto. Es lo que ha pasado con los regalos literarios,
esas joyas de recuerdos que han ido saliendo por aquí:
eran preciosidades, pero quizá si alguien nos hubiera
presentado cualquiera de aquellos recuerdo como una ficción
finalizada y no como algo que le había ocurrido, le
habríamos dado un par de revolcones. Eso no quita para
que tu texto tuviera unas cualidades narrativas que, con unas
cuantas reformas, dieran para un relato.
Y ahora el texto se enfrenta a nosotros de otra forma, a pelo,
sin papás que lo amparen. De ahí yo creo que
viene la decepción. No de que el relato esté
mal, sino de que ya no nos estás contando algo que
te pasó. Insisto en esto para que veas que cuando uno
comenta un texto por segunda vez está influenciado
por motivos ajenos a la bondad del relato. Es decir, como
crítica ya estoy maleada. Y una tercera crítica
ya no me atreveré a hacerla, porque no podría
evitar retener en mi cabeza escenas de las anteriores versiones
que me impedirían hacer una lectura limpia.
Bueno, con esa advertencia previa, te comento. Yo creo que
la cosa va avanzando por buen camino (y si no, mira los comentarios
de Héctor), pero que aún queda un trecho. Casi
todos los elementos nuevos que has incluido creo que están
bien elegidos (lo del árbol y las luces, la niña
que juega a que la puerta no se le cierre en las narices...).
Pero da la impresión de que no te hubieras parado a
unir las piezas, a suavizar las transiciones, a mirar el relato
de un modo artesanal, desde fuera.
No sé si te lo comenté la otra vez, pero si
no te lo vuelvo a decir. Cada una de las escenas, de los hechos,
puede aparecer de un modo casual en la historia 1 (la tarde
austeriana de cine), pero de forma causal en la historia 2
(la pareja que está a punto de divorciarse). Eso quiere
decir que cada escena del relato ha de tener su función,
ha de contarse por algo: porque sirve de anuncio para la historia
2. De ahí pasamos, lógicamente, a que en cada
una de las anécdotas ha de haber algo que evidencie
que algo falla en la pareja.
En lo de las bombillas sí hay un anuncio.
En lo de ir juntos al cine también.
En lo de la anécdota de la puerta yo no veo anuncio,
y mira que me gusta; quizá si cuando la prota dice
"Acabo de acordarme de un juego absurdo..." el marido
no le preguntara cuál, y ella en vez de contárselo
a él, se lo contara a ella misma (además, ahí
el diálogo suena artificial, no lo puedes contar en
forma de diálogo)...
En lo de la mujer que sueña con el marido tampoco veo
nada. Yo, al contrario que Héctor, te recomendaría
que la cosa se quedara en "Mejor vamos a otra cafetería,
no sea que nos la volvamos a encontrar a la salida de misa",
y luego no hubiera ninguna explicación. Además
de convertir esa situación en algo inquietante, darías
a entender que en una situación en que lo normal sería
pedir explicaciones, la mujer no las pide (con lo cual, hay
algo que no marcha). De hecho no las pide, sólo que
como luego el marido se las da, el lector no percibe ese pequeño
matiz.
Con el policía, yo tampoco veo nada en la escena que
me huela a nardo. Por lo tanto, se me hace larga. Y luego,
igual sería buena idea acentuar lo que dice Héctor:
que ni siquiera hablen sobre el nombre (si acaso mencionar
que no lograban acordarse de él). Y luego sí,
que se acuerde de golpe...
Es decir, que las pistas no tienen que ir por frases como
"Qué raro está hoy, pensé"
o "Como era habitual en los últimos tiempos entre
nosotros, por otra parte", sino en el enrarecimiento
inadvertido de la pareja: es el lector, y no ellos, quien
ha de notar que algo falla.
En fin, que ahora da la impresión de que cada anécdota
pesa mucho, porque está aislada, inconexa. Faltaría
que hubiese un rasgo común entre todas ellas: una pieza
que no encaja entre marido y mujer.
Vamos, que yo creo que la cosa va bien. Ya sólo se
trata de meterle horas. Trabajo duro, de minero.
Uf. Igual me ha salido muy espesa la crítica. Es que
de verdad que comentar las cosas por segunda vez me da un
miedo...
Besos:
Isa
P.D.:
Igual podrías hacer un intercambio con Héctor:
que él te dé lo que le sobra de racionalidad
y tú le des lo que te sobra de intuición.
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| «MONT
BLANC PINBALL
WIZARD»,
DE HÉCTOR OTERO |
martes,
11 de diciembre de 2001 21:28 |
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Hola,
Héctor:
Vaya,
ahora que he tenido tiempo de escalar el Mont Blanc hasta
la cima y que tenía un ratito para hacer un par de
comentarios sobre el viaje, entra en el buzón otro
cuento tuyo... En fin. Tendrá que esperar a otro puente.
Pues a mí también me ha encantado el cuento.
Más que leérmelo, me lo bebí. Me lo bebí
de una forma muy especial, como sólo bebo cuando tengo
mucha sed. Pero lo curioso es que no tenía sed antes
de empezar la lectura; fue como si el mismo transcurrir del
relato me la provocara, y después me la saciara lentamente,
gota a gota. Una verdadera delicia.
Y me parece dificilísimo mostrar una partida de flipper
a lo largo de tantísimas páginas sin aburrir
al lector. En una película sería quizá
más sencillo, pero hacernos seguir a una bolita por
agujeros, pasillos, hondonadas y baches sin que los detalles
espaciales e inanimados se coman la acción del relato
es todo un logro, caramba. Y yo mientras leía el cuento
estaba viviendo literalmente debajo del cristal, siguiendo
cada movimiento de la bola como si en ello me fuera la vida
(aclaro que nunca he sido muy aficionada a estas maquinitas).
Está claro que el Misterio es todo un personaje...
un personaje al que le acaban rompiendo la jeta, por chulo
y por inclinarse hacia el lado de los perdedores (¿acaso
hay mayor pecado?).
Lo único malo que le veo yo al relato es el final.
El final me ha parecido desconcertante. Yo tampoco entiendo
qué coño le pasa a la Beba. Y creo que es importante
saberlo. Quiero decir, que a pesar de que uno se devora el
relato, todos los hilos parecen ir confluyendo en ese estrechamiento
final, pero lo que la misma narración nos ha anunciado
que será el broche, resulta ser un agujero negro al
que no nos está permitido asomarnos. No creo que esto
llegue a estropear del todo el relato, pero sí que,
al menos a mí, me ha producido un cierto sentimiento
de desencanto, de decepción.
Por supuesto, lo primero que hice ante el desconcierto, y
ya que no me funcionaba la intuición, fue intentar
buscar una interpretación racional que me encajara.
Pero ninguna me convencía. Me faltaban datos, pistas,
salientes a los que agarrarme. Leí veinte veces la
frase. "No era el Misterio, ¿sabes? Era yo...,
joder, era yo..." Y mi cabeza pasaba de una opción
a otra. "Era yo..."
a) ¿a la que Hulk había golpeado y roto en mil
pedazos?
b) ¿a la que se estaban jugando?
c) ¿la que importaba?
Si escogía a) me surgía la pregunta "¿Por
qué?", o "¿Por qué la Beba
siente que es así?" Y esas preguntas abrían
mil puertas más por las que entraba la corriente en
el relato. Si escogía b) o c), la pregunta era "¿Por
qué llora la Beba, si Amable ya lo había entendido?",
y eso me llevaba a la siguiente conclusión, que es
lo que yo creo que falla a lo largo del relato (aunque sólo
se note al final):
No sé quién es la Beba. No sé qué
quiere en la vida ni cómo se comporta; no sé
a qué juega ni cuáles pueden ser sus reacciones.
La Beba es un personaje ausente, aunque se quiera pretender
que no lo es. Y no puedes dar protagonismo a un personaje
al que no has mostrado, que ha permanecido en la sombra durante
toda la narración.
Si hubieras terminado el cuento antes, sin salirte del Mont
Blanc (por cierto, que yo creo que a este relato le vendría
de perlas una unidad espacial, sin cambios de escenario),
y la Beba sólo hubiese intervenido para decir "Amable,
joder, Amable...", yo creo que podía haber dado
el pego. La Beba hubiera sido entonces un personaje secundario
que, aunque sería importante para uno de los protagonistas
(Amable), no lo sería para el lector sino como detonante
de una reacción del protagonista. Aún así,
creo que no estaría de más reforzar a la chica
(al fin y al cabo, es el alma del local...). Pero al añadir
esa vuelta de tuerca y dar a la Beba un motivo por el que
llorar amargamente, la conviertes de alguna manera en uno
de los ejes de gravitación del relato (no tengo ni
idea de física ni sé qué son los ejes
de gravitación, ni siquiera si existen, pero espero
que me entiendas).
Digamos que la acción se sostiene sobre cuatro patas:
el Misterio, Amable, Hulk y la Beba. Una de las patas, la
Beba, es más corta que las demás, por lo que
la acción queda coja. Pa mí que habría
que meterle una cuña.
Si te das cuenta, la Beba aparece tarde y mal, allá
por la página seis (Times New Roman, cuerpo 12, doble
espaciado). La razón principal por la que los chicos
admiran a Amable es por su maestría con el flipper.
Hay más razones, claro. La primera razón de
"las otras" es porque es independiente, libre. Y
la segunda razón de ese "resto" es la Beba.
Como el narrador la sitúa en último lugar, el
lector lo hace también.
Gastas sólo la mitad de un párrafo en hablarnos
de ella (y mira que te explayas con el resto). La describes
físicamente (aunque no nos muestras cuál es
"su olor característico" ni "sus gestos
especiales"). Nos explicas que era inalcanzable y que
era el alma del local. De ahí pasas a hablar de Amable.
Como te decía antes, para ser el alma del local la
vemos poco. Entiendo que el alma es invisible, pero ya sabemos
todos que en un relato hasta lo invisible hay que mostrarlo,
hasta el silencio hay que hacerlo escuchar, hasta lo intangible
tiene que materializarse bajo las yemas de nuestros dedos.
Y, aunque el narrador me dice que la Beba es importante, yo
no percibo esa importancia en la narración.
La siguiente vez que aparece es dos páginas más
allá, cuando Hulk se acerca al Misterio, y la mira,
y ella mira a Amable, "como advirtiéndole de un
peligro inminente".
Después Hulk juega su partida, y la Beba desaparece
durante tres folios hasta que le toca a Amable jugar. "Miraba
a la Beba y le temblaban las rodillas." Muy buena intervención,
pero escasa.
Amable juega su partida -de tres páginas- y el Misterio
ocupa toda la pantalla. Cuando estamos ya casi en el clímax,
aparece la Beba precipitadamente: "Miré a la Beba.
Ella también estaba llorando. Alcanzaba lentamente
ese punto en el que la tristeza estalla hasta llegar al clímax.
Y en un momento llegó. La chica miró a Amable,
después miró a Hulk, que seguía impretérrito,
y después otra vez a Amable. Con un gesto eléctrico,
agarró suavemente el brazo izquierdo de su chico".
Aunque para mí un gesto eléctrico sea lo contrario
de la suavidad, y aunque "agarrar" es "asir
fuertemente con la mano [o la garra]", no estoy para
sutilezas y me lo creo todo. Pero tengo que reconocer que
la escena me emocionaría mucho más si la Beba,
además de provocar un pozo de ternura en las pestañas
de Amable, lo hiciera en las mías. Directamente, sin
intermediarios. Esa acción de la Beba no me queda más
remedio que sentirla y entenderla a través de Amable,
y eso le resta fuerza.
Luego viene el final, y me choca, en primer lugar, que el
narrador nos saque del Mont Blanc. ¿Y qué hace
la Beba en su portal? ¿Y por qué se molesta
en hablar al narrador? ¿Y por qué llora? ¿Y
quién es ella? ¿En qué lugar se enamoró...?
Etc.
Pues eso es lo que he visto en el relato. Magnífico,
por lo demás.
Besos:
Isa
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| «ASUN»,
DE HÉCTOR OTERO |
lunes,
28 de enero de 2002 21:10 |
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Enlace
al relato: Asun
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Hola,
Héctor:
Bueno,
un par de comentarios rápidos sobre el cuento.
Me parece que el relato tiene lo esencial para funcionar,
ya que se lee del tirón. Hay tres personajes bastante
definidos que tienen una historia que contar. Y, como siempre
en tus relatos, hay una especie de tensión contenida
en la forma de narrar, algo que nos hace ver que lo que se
está contando es importante, trascendente, en este
caso doloroso, para quien lo narra (no me refiero al autor,
sino al narrador), y eso nos hace seguir leyendo hasta el
final.
Pero, también como he observado en otros relatos tuyos,
el narrador pesa como una losa, asfixia a los personajes,
los enmudece e inmoviliza.
Decía Berna que faltaban datos. Y yo entiendo perfectamente
lo que quiere decir. Pero lo voy a decir de otra forma: sobran
datos. Hay demasiados datos, demasiadas explicaciones de ese
narrador que al final deja sin respiración a los personajes.
Y pocas acciones.
Quizá el hecho de que el relato esté narrado
en primera persona ha hecho que le hayas dado prioridad al
narrador sobre el personaje de Miguel. A medida que va avanzando
la narración se va intelectualizando, convirtiéndose
en una especie de reflexión o análisis, y lo
que ocurre en la librería da la impresión de
que ocurre dentro de la cabeza no tanto de Miguel sino del
narrador, que trata de explicarse lo que ocurre en lugar de,
simplemente, narrarlo.
Tú dices que Berna no debería hacerse preguntas,
porque lo que importa realmente es que las cosas son así.
Pero si te das cuenta, eres tú el que trata de darnos
una explicación lógica de lo que narras, en
vez de contarlo sin más. Y las explicaciones no funcionan
en la narrativa, porque la literatura es precisamente hacer
que los hechos encajen sin acudir a lo racional. La lógica
nunca va a lograr llevarnos en un cuento más que al
caos y, desde luego, nunca nos va a saciar. Siempre nos van
a faltar datos porque no hay modo de explicar por completo
un desamor de forma lógica. Un desamor se muestra,
y el lector entonces lo entiende porque se lo ha creído;
esos personajes eran verosímiles y a través
de sus acciones, de los objetos y de la luz que los rodeaba,
comprendemos que las cosas no podían ser de otra manera.
Además, una explicación se puede rebatir, uno
puede estar a favor o en contra. La acción de un personaje
bien creado es incuestionable. Y yo creo que en este cuento,
si te olvidaras de esa parte analítica del narrador
(incluso lo que quieres contar se podría hacer desde
un narrador en tercera persona omnisciente sobre Miguel) y
te dedicaras más a observar cómo se mueven y
qué dicen de verdad tus personajes, rápidamente
lo convertías en un relato maravilloso. Y triste, eso
sí.
Tanto análisis (además bastante azaroso, para
mí por lo menos imposible de seguir) hace que acabemos
con un follón en la cabeza de mucho cuidado, de forma
que ya ni vemos a los personajes. Y si no nos creemos a los
personajes, difícilmente nos va a encajar ya nada de
lo que digan, piensen o hagan. La analítica consiste
en buscar razones y contrarrazones, motivos, implicaciones...
que se van acumulando, contradiciendo o mezclando de forma
tal que perdemos de vista a Miguel, y a Asun, a la que en
realidad nunca vemos porque sólo existe en la mente
de Miguel, apenas se muestra si no es por una serie de diálogos
previa, simultánea o posteriormente intrepretados y
descuartizados por el narrador. De este modo, al final del
relato salimos con una idea mucho más difusa de los
personajes que en el primer folio. A mí, de hecho,
lo que me pegaba era que Miguel se metiera en la habitación
de María Isabel. Aunque la verdad, tampoco me importó
mucho, porque ya no sé muy bien qué es lo que
Miguel podía hacer o dejar de hacer.
Y María Isabel es un buen personaje porque hace lo
que tiene que hacer: actuar, mirar, hacer gestos, hablar,
porque tiene ojos, boca, porque cruza las piernas o las descruza,
porque aunque el narrador también intenta interpretarla
ella no se deja, va a su bola. También era más
fácil, claro, es un personaje plano que tiene las cosas
muy claritas, y no se le pide más en el relato.
Pero pasando al asunto de la analítica, te señalo
algunos de los puntos que la evidencian:
1. Aparecen
el texto una serie de elementos físicos (que se pueden
ver y tocar), como la pluma azul, un par de compactos, un
ordenador portátil, un par de corbatas, un periférico,
un mechero, palos de golf, libros... De hecho, para inroducir
la escena de la librería usas uno de esos elementos:
la deuda pendiente de "El rodaballo", y lo que ello
conlleva: cuatrocientas pesetas (cuatro moneditas redondas,
duras y frías). Pero esos elementos, en vez de tomar
cuerpo en el relato como puntos de anclaje, se convierten
en mera anécdota, en mera excusa para nuevas reflexiones
o interpretaciones del narrador. Yo creo que si les hubieras
dado uso te hubieran ahorrado unos cuantos párrafos.
2. Cuando
Miguel entra en la librería, no se fija en el aspecto
físico de Asun. ¿Un poco extraño, no?
Después de veintitantos años, lo normal es que
el hombre tenga algo de curiosidad por cómo se conserva
o deja de conservarse la mujer de la que tan enamorado estuvo.
Lo único que se dice, y no en el momento de entrar,
sino bastante más adelante, es que era "algo más
ancha de como yo la recordaba y bastante más sutil
en sus movimientos y en el tono de voz" (y ni siquiera
sabemos cómo de ancha era antes ni que movimientos
hacía ni cuál era su tono de voz). Y como el
narrador no nos la describe, nosotros no la vemos. Por otra
parte, supongo que uno en una ocasión así siempre
fantasea (porque los rostros permanecen imperturbables en
la memoria) con que la persona esté tal como la dejó
la última vez que la vio, por lo que el encuentro con
la cruda realidad suele ser poco menos que traumático.
De modo que no sólo no vemos a Asun, sino que además
nos da la impresión de que a Miguel no le importa y,
lo que es peor, no le importaba esta mujer. Igual por esto
luego te da por apagar la luz ;-)
3. Los
diálogos parecen, algunas veces, meras excusas para
dar lugar a nuevas reflexiones, cuando los diálogos
en una narración están precisamente para mostrar
e informar al lector (es el lector el que tiene, si acaso,
que reflexionar); y, otras veces, el análisis impregna
hasta los diálogos.
Ejemplos:
-No me espera nadie, si es eso lo que quieres saber.
-Oye, yo... esto... no quise decir...
Yo balbuceaba mientras ella recomponía las cerraduras
de la puerta y apagaba la luz del escaparate. Parecía
que yo no estuviese allí. Me pregunté si Asun
me odiaba, estimando que mi propia opinión era tendente
a pensar que sí. Tal vez se estaba vengando de mí.
En ese caso, no podía reprochárselo. Así
que permanecí allí, de pie en medio de un librería
en penumbra, esperando instrucciones. [un personaje demasiado
consciente, en un momento así, de las intenciones del
otro]
-Y me echaste de menos.
Quise decir que sí. Lo quise con un deseo ferviente,
tan ferviente como falso."
-Eso es cierto, sí. Nunca me has mentido. Con mentirte
a ti mismo te ha bastado.
En el fondo, siempre amamos por las mismas razones. Sabe Dios
por qué razón las mujeres aman a los hombres.
Pero los hombre siempre elegimos a aquella mujer a la que
una extraña combinación de sensibilidad, sentido
crítico y unas gotas de instinto de posesión
convierten en un ser clarividente capaz de entender lo que
nosotros, en realidad, estamos pensando. Una mujer enamorada
no se alía con su amado, sino con su conciencia.
- Sacas tus consecuencias demasiado pronto, Asun.
- ¿Demasiado pronto? –respondió, elevando
socarronamente la voz. Y yo me sentí un imbécil
por haber caído en una trampa tan burda-. ¿Cuánto
tendría que haber esperado, según tú?
- No me refería a eso.
- No creías referirte a eso, Miguel. No es lo mismo
–el bulto negro caminó hacia mí en la
oscuridad y yo no fui capaz de moverme-. Mira, no conseguirás
que me crea que has venido aquí a darme una explicación.
No te considero tan estúpido como para pensar que yo
puedo querer una explicación después de veinte
años. Tú has venido aquí para poder sentirte
culpable a gusto.
En la oscuridad, di un respingo. Siempre había temido
a Asun. En el fondo, por eso la había amado. Cuando
la amé, era joven, un joven muy tímido. Un personaje
que se colocaba delante de una sábana y allí
era manipulado desde detrás por un ventrílocuo
que era yo mismo. Algo común a todas las personas que
sienten miedo de ser heridas o que consideran que vestir la
irrompible coraza del buen amor es un riesgo excesivo. Siempre
había creído que la metáfora del pelele
y el ventrílocuo era una cosa de aquellos años.
Y ahora ella, como si lo supiera, como si hubiera estado espiando
mis pensamientos todos aquellos años, atacaba justo
al centro, levantaba la sábana y gritaba: ¡Ajá!
Sigues ahí...
- ¿No eres capaz de creer que hay un solo buen
pensamiento dentro de mí, Asun?
- Muchos. Muchos, sí. Algunos incluso para mí.
Pero tú necesitas hacer de esto lo que has decidido
que sea: tu martirio, tu túmulo, la pira funeraria
de tus ilusiones. Tu desgracia da sentido a tu marcha, y lo
sabes. Por eso no has vuelto en veinte años, no fuera
a ser que las ganas de hacer las cosas de otro modo pudiesen
más y de repente descubrieses que el puzzle no encaja
como tú lo has hecho.
- Eres un hijo de puta, Miguel. Quieres que te diga lo
que tú hiciste por mí, pero lo haces para cargar
más el fardo... Oh, lo que pude seguir dándole
y le negué... Qué absurdamente practicáis
los hombres el masoquismo soberbio. Eras un joven creativo,
a ratos genial, sensible, inteligente. Un poeta creíble.
Un compañero de clase. ¿Por qué no había
de enamorarme de ti, eh? Yo también tenía diecinueve
años, Miguel. Yo también necesitaba mi metamorfosis.
¿Qué te crees que fue, un acto de caridad por
mi parte? No siempre se tienen cuarenta años, idiota.
Entonces yo también estaba creciendo y haciéndome.
Y me hice en ti, desde ti. Por ti. [En este diálogo
creo que hay cosas aprovechables, pero resulta demasiado analítico;
es decir, artificial]
4. Se
describen algunos movimientos y gestos de los personajes,
pero no los suficientes. Es decir, mientras están en
la librería no hay apenas acción. Asun recoge
el escaparate y apaga la luz. Se quedan en la oscuridad. Eso
te da mucho juego para centrarte en las reflexiones, pero
poco para ambientar la escena y dejar que los personajes se
muevan, se miren, cojan objetos, elijan un camino u otro,
señalen a un perro que pasa... en definitiva: que actúen,
y que a través de sus acciones, mezcladas con sus palabras,
nos vaya llegando ese desamor, esa imposibilidad del personaje
para recobrar una parte de su vida.
5. Me
ha llamado la atención (y esto va unido a lo de la
falta de la descripción física de Asun) que
los contactos físicos de Miguel y Asun no están
bien reflejados. Dices: "En la oscuridad, tomé
una mano de Asun que encontré en el aire liviano de
la noche. Ella no se resistió. Apreté una palma
contra la suya, empapándola de mi sudor frío".
Dices lo que provocó la mano de Miguel en la de Asun,
pero, ¿y al revés? Dices "la acorralé
junto a la puerta de la calle", pero eso no va acompañado
de una sensación tactil. Más adelante: "La
agarré por la cintura y ella se resistió débilmente.
Así estuvimos un largo rato, forzadamente abrazados,
hasta que ella se tranquilizó". Después
de veintitantos años sin tocar a una mujer importante
en tu vida, algo sentirá Miguel, ¿no? ¿Cómo
es la cintura? ¿Qué siente al tocarla?
Pues eso
es lo que he visto por ahí, rápidamente. En
cuanto a lo de la primera parte, ya lo dices tu mismo. Demasiada
larga para la función introductoria que cumple. Parece
que pertenece a un cuento distinto, por cierto mucho más
dinámico y verosímil que el otro.
Una cosita: la idea de que Asun diga algo parecido a una canción
que él ha compuesto me parece genial (aunque, la verdad,
me suena un poco artificial lo de "Y me hice en ti, desde
ti. Por ti").
Y ya te digo, yo creo que sí que tienes pillados a
los personajes (sí que eres capaz de identificarte
con ellos), lo que pasa es que no les has dado cancha. Quiero
decir, que posiblemente -aunque nunca puede estar uno seguro-
si reescribieras el relato tal como te propongo no variaría
esencialmente el nudo y el desenlace. La diferencia estaría
en que nos lo creeríamos. Vamos, que la verdad está
ahí, rondando, pero hay que mostrarla bien.
Besos:
Isa
|
|
| «YOLANDA
LLEVABA MEDIAS,
DE HÉCTOR OTERO |
sábado,
16 de febrero de 2002 14:33 |
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Hola,
Héctor:
Me ha gustado mucho el cuento.
Me he molestado en ponerte en azulito claro lo que yo creo que
le sobra, por si te sirve de ayuda. Todo tiene que ver con ese
narrador tan desesperantemente analítico que no deja
al lector ir desentrañando, interpretando y disfrutando
las acciones de los personajes. En total, me he cargado un folio
o así.
Besos:
Isa
"La
primera vez que Bruno se enamoró era una tarde de invierno,
después de una cruel clase de gimnasia. Cada martes,
de cuatro a seis, la clase tenía que preparar la exhibición
de primavera. Todavía tenían tres meses por delante,
pero el profesor, un recién llegado con título
del INEF y todo, les daba caña immisericordemente
durante dos horas como si ese mismo sábado
fuera la absurda demostración y ya hubiera que hacerla
a la perfección. En los últimos veinte
minutos de clase, y haciendo uso de un extraño provilegio,
las chicas se habían marchado. Eran apenas seis en una
clase de treinta y tantos y todos las despidieron con las habituales
miradas de medio lado. Sudaban juntos, corrían juntos,
saltaban juntos los aparatos. Pero jamás una sola de
las seis alumnas se había quitado el pantalón
del chándal delante de la clase y
ese tipo de secretos animaba la imaginación.
Como tratando de despertar a los chicos
de sus ensoñaciones sin concreción, el
profesor había decretado carrera de manos. De nada sirvió
suspirar y protestar; nadie se iría a las duchas sin
pasar por aquella tortura.
La carrera de manos se hacía por parejas frente a la
espaldera. Uno se quedaba de pie, y otro en carretilla. El que
estaba de pie cogía los pies del otro y éste escalaba
los listones de la espaldera con las manos. Estaba prohibido
soltar las piernas del escalador para permitirle apoyarlas en
los listones, siquiera un par de segundos. El escalador tocaba
el techo, bajaba, y cambio de papeles. Las carreras eran siempre
a veinte vueltas, lo cual quería decir que cada uno de
los miembros de cada equipo tenía que subir, a pulso,
diez veces. Bruno se emparejó con Julio, su colega de
pupitre en Ciencias Naturales, un tipo demasiado gordo y demasiado
torpe; exactamente como él.
Afortunadamente, el asma crónica de un par de compañeros
de clase les salvaba siempre de quedar los últimos, pero
eso no evitaba que terminasen destrozados, estragados, sudados
y maldiciendo.
Aquella tarde, cuando las tres mejores parejas de la clase completaron
sus recorridos, Bruno y Julio iban los terceros por la cola,
y entre que la carrera no fue intensa y que las tablas gimnásticas
se habían ensayado con pobreza de resultados minutos
antes, el profe se cabreó y, a grito pelado, resolvió
que, aunque hubiese un ganador, un segundo y un tercero, todas
las parejas deberían terminar sus veinte recorridos reglamentarios
antes de poder irse al vestuario. Bruno y Julio acabaron los
últimos, porque para los asmáticos que les seguían
en la cola de la clase hubo clemencia y amnistía. En
las dos o tres últimas pasadas ya no sabían si
subían agarrándose con las manos o con un par
de muñones deformes.
Llegaron a las duchas con prisa, ya llegaba la hora de la salida
del colegio y casi no había tiempo para quedarse debajo
del agua deshaciéndose de la mala
experiencia, que en siete días se repetiría como
un sádico reloj de adolescencia. Bruno pensó,
bajo el chorro, qué coño, ya tengo trece años
y sé llegar a casa por mis medios (o sea, en el autobús
de línea que pasaba frente al colegio), así que
si pierdo el bus del
cole qué más da. Dicho y hecho, se apoyó
contra la pared, desnudo y aturdido, y se quedó bajo
el agua tratando de no pensar en el tiempo, en esos minutos
fundamentales de la partida, que pasaban tan deprisa.
Era un placer privado,
pero en aquellas duchas de aquel lugar tan sólo masculino
nada podía ser privado. Llovieron pastillas de jabón,
y toallas empapadas, y blasfemias al uso, y bronca y como se
acerque el Padre Ramiro nos la cargamos, y qué, joder.
Reinstalado en su existencia normal, Bruno colaboró en
la batalla, rió como los demás, y,
a pesar de su intención primera, se dejó
arrastrar por la corriente de cuerpos desnudos que se trasladó
rápidamente a los vestuarios con la intención
de ponerse la ropa de calle con tiempo suficiente como para
llegar a los autobuses.
Fue en el vestuario, y en la conversación de sus compañeros
cuando tomó conciencia de sentimientos extraños
que nunca se había parado a observar. Outeiriño,
un compañero inmenso que el año anterior había
llegado a las finales atléticas nacionales de su categoría
lanzando el peso, fue quien hizo el comentario que le disparó
sin poder evitarlo a unos terrenos donde quedaría instalado
por la eternidad. Nunca antes había pensado en ello,
en la misma medida que desde entonces no dejó de hacerlo.
- Mi hermano, el de segundo de BUP -relataba Outeiriño,
miembro de una dinastía que tenía
en aquel momento cuando menos un miembro en cada ciclo de enseñanza-
me dijo el otro día que ya ha follado.
Risas. Incredulidades. Inevitables palabras gruesas. Pero, en
el fondo, creencia total y completa. Todos conocían al
hermano de Outeiriño (tal buen lanzador como él),
y sabían que era más que probable que dijese la
verdad. Con tantos hermanos, tan crecido como estaba y con un
cuerpo tan trabajado por la competición atlética,
era lógico pensar que la combinación
de belleza física y laxitud paterna hubiera hecho
posible aventura de tal calibre. Por ello, tras las primeras
risas y balandronadas, alguien dijo y cómo es, Oute,
qué te dijo que se siente.
- Dice que no se puede explicar. Que no es como cuando meas
con ganas, ni son cosquillas.... joder, que no es nada de eso
y todo eso a la vez.
Ya todos le escuchaban en silencio. Bruno se ponía en
ese momento los pantalones y, por primera vez en su vida, notó
que a veces no es tan fácil. En cualquier caso, Outeiriño,
que había descubierto el placer
de ser el centro de la reunión, decidió
no ser más explícito, probablemente por falta
de datos.
- El muy gilipollas anduvo varios días como con cargo
de conciencia. Pero dice que va a repetir. ¡Dice que la
tía tiene las tetas tan suaves...!
Toda la sala del vestuario era un solo grito cuando hizo su
aparición la cabeza de un hipertiroideo padre Ramiro,
un rostro de pocos amigos en realidad preocupado porque los
tubos de escape de los autobuses habían comenzado ya
a rugir mientras aquella panda de gañapanes seguía
allí haciendo el tonto. Les sacó del vestuario
a pescozones, de los cuales a Bruno le tocaron dos o tres, que
aún así no menguaron su excitación interior
y una desazón general que
hasta le provocaba un pequeño tembleque de las manos.
O tal vez era el esfuerzo pretérito
de la espaldera.
Bruno corrió y corrió hacia los autobuses, sin
poder pensar en nada, ni siquiera en la inesperada dureza que
le había aparecido en la entrepierna y, sorprendentemente,
le trababa en la carrera. En el autobús,
Bruno comenzó su larga e interminable reflexión
sobre las mujeres, su cuerpo, su alma, y los sentimientos que
él albergaba hacia todo ello. Se sentó
en el autobús a propósito con un chaval más
pequeño que él, buscando
que nadie le molestase en su introspección. Se sentía
invadido por sensaciones nuevas que necesitaba diseccionar con
la intención, con los años supo que vana, de comprenderlas.
Lo que más le preocupaba y le excitaba a la vez
era eso de las tetas suaves. Trasladó su imaginación
a la punta de sus dedos e intentó reproducir unas tetas
suaves rozando su piel; trató de ser él los dedos
de Outeiriño el de segundo de BUP. Gimió, o suspiró,
o tal vez gimió, y su compañero de asiento le
miró como si estuviera echando la pota. Buscó
sensaciones cercanas que le ayudasen; siempre le había
gustado meter las manos en harina, o en la crema de manos de
su madre, o en la nata montada. ¿Serían, tal vez,
unas tetas suaves como leche sólida? Joder, qué
estupidez. Necesitaba referentes reales, así que levantó
la cabeza por encima del respaldo de delante; entonces notó
que sudaba copiosamente, como si viniera de hacer una
carrera de manos sin ducha posterior. En el autobús la
gente iba charlando a voz en grito, los muchachos peleándose
y tirándose cosas y las chicas, todas entre 14 y 16 años,
normalmente arrodilladas sobre el asiento cuchichéándose
tonterías entre ellas. Casi todas ellas eran, pues, claramente
visibles. Bruno desechó aquéllas que no conocía,
y se fijó en las de su curso. Marta Peregrino era muy
blanca de tez, pero su sonrisa, que en aquel mismo instante
mostraba, delataba unos infantiles dientes torcidos y por reconstituir
que convertían su risa, tan habitual como agradable al
oído, en una mueca digna de Cristopher Lee; Laura Armesto
era tan morena que parecía sucia, y siempre parecía
tener un hilillo de saliva en la comisura de la boca. Además,
todas estaban, ¿cómo decirlo?, tan poco desarrolladas...
Bruno estaba a punto de decidirse por las más mayores
(al fin y al cabo, para qué mentirse,
sólo se trataba de mirar) cuando reparó
en Yolanda Miguélez, compañera suya de clase.
En un instante se preguntó
y se reprochó la misma cosa:
cómo jamás había reparado en ella. Era
una chica bajita, de ojos achinados, un poco sonrosadota en
los mofletes, marca de la casa de los gallegos de interior.
Pero nada de eso había detenido sus ojos en ella; lo
que troqueló a Bruno en aquella contemplación,
desde aquel momento hasta los exámenes finales, fueron
dos anuncios de tetas que presionaban con modestia el jersey
azul que la cubría. En verdad había que fijarse
para notarlo, pero a Bruno aquello le pareció más
bien una evidencia insoslayable. Eran dos bultos extremadamente
puntiagudos, para ser más exactos dos bultos todo punta,
punta en sí mismos, sin más volumen que las propias
puntas, pero qué puntas. En ese
mismo momento, en una reflexión imposible de racionalizar,
Bruno adquirió conciencia, sin poder incluso describírselo
a sí mismo, de lo que eran unas tetas suaves: las de
Yolanda Miguélez. Su mandíbula inferior debió
de caer sin fuerza, porque, dos o tres siglos después
de detenerse en aquel interminable/suave jersey azul monticulado,
alguien le soltó una colleja bestial desde el asiento
de atrás.
- ¡Pasmao, Bruno, joder! ¡Pasmao! ¿Qué
estás, haciéndote una paja mirando a la Miguélez?
Bruno no supo cuál de sus compañeros
le había hablado de aquella forma. Sólo supo que
el exabrupto se había escuchado en medio autobús
y contempló, aterrado, cómo Yolanda Miguélez
se volvía para mirarle como movida por un impulso eléctrico,
e inmediatamente torcía su boca en un gesto de asco muy
característico de las niñas en la edad del pavo.
Él pensó en esconderse de su vista, pero inmediatamente
después se dio cuenta de que, si lo hacía,
para todos sus compañeros sería evidente su repentino
enamoramiento, o lo que fuera que era
eso. Y eso no podía ocurrir. Optó, pues,
por arrodillarse en su propio asiento, mirar hacia atrás,
y preguntar a gritos por la autoría del golpe que había
recibido en la nuca. Como no recibió respuesta cierta,
se lió a tortazos con los más cercanos de quienes
se reían de él. Aturdido
como estaba, no pudo evitar recibir tres o cuatro golpes certeros
por cada uno que lograba colocar en blando.
Aquella noche Bruno durmió mal, pero
aun así se levantó en la mañana como animado
y melancólico a la vez. A la idqa
al colegio Yolanda Miguélez no iba en su autobús,
(lo tomaba a la vuelta para ir a buscar
a su madre al trabajo); así pues no tuvo que preocuparse
de ella, En cuanto a sus amigos, parecían haber olvidado
por completo la anécdota de la tarde anterior, con
esa ausencia selectiva de memoria que caracteriza a las buenas
amistades. En realidad, Bruno se sentía, se quería
sentir el único testigo de lo del día anterior.
Le preocupaba que ella no lo hubiese olvidado.
Las trazas que observó, en las primeras horas de clase,
iban por ese camino. Yolanda no le miraba, ni para bien ni para
mal; o sea, como hasta entonces. Eso le dio a él la oportunidad
de observar con fruición y sin
temor de ser descubierto. Infiel a sus costumbres, comenzó
a buscar, en las clases donde los puestos no eran fijos, los
pupitres del final de la clase, a salvo de collejas y descubiertas
inesperadas.
Cualquier día de aquel invierno, pues, Bruno comenzó
a mirarla. A mirar a Yolanda Miguélez.
Sin saber que, de alguna forma, ya nunca
dejaría de hacerlo.
Por supuesto, al principio eran las tetas. Estaban allí
otra vez. El jersey era otro, pero los dos dibujos puntiagudos,
levemente presentes, eran los mismos. Bruno se hubiera anclado
de por vida a las tetas de no ser porque Yolanda (y él
incluso) se movía de vez en cuando y, aun sin quererlo
él, en su campo visual entraban otras cosas. Fue así
como descubrió que Yolanda Miguélez tenía
una forma de quitarse la media melena de la cara entre decadente
y triste, un gesto de la mano, siempre el mismo, que él
consideraba armónico con la suavidad de sus facciones,
con su cara ovalada y sin estridencias, mandíbula coherente
y nariz sólo un poco respingona. Con el tiempo descubrió
en aquel rostro una sonrisa casi totalmente horizontal y blanca,
muy blanca, y siempre salpicada de la frescura de dos labios
muy rojos, permanentemente húmedos. Un día, no
mucho más tarde del primer día, una ubicación
estratégica especialmente rentable
(él en el segunda fila empezando por la ventana y atrás
de todo, ella, en la primera y tres pupitres por delante)
le permitió ver sus piernas. Yolanda llevaba, claro,
el uniforme del colegio, una falda gris y unos calcetines bajos
azul marino. Bruno observaba la parte trasera de sus pantorrillas
mientras el profesor de matemáticas explicaba cómo
había nacido el número e en la imaginación
de algún capullo. Repentinamente, Yolanda fue convocada
a la pizarra, y salió del pupitre como las actrices de
las películas americanas de los coches: juntando las
rodillas y girando su cuerpo a la izquierda hasta quedar enfilada
hacia el pasillo entre pupitres. Bruno, aterido
de emoción, contempló entonces dos rodillas
regulares color beige suave juntas, tierna, amorosamente escoltadas
por una falda que también prometía suavidad. Yolanda
Miguélez caminó hacia la pizarra mostrando la
parte posterior de sus rodillas, y Bruno concluyó
que jamás había visto algo tan proporcionado,
sencillo, en una palabra, definitivo. Las tetas ya crecerían;
con eso tenía suficiente.
En los recreos no escuchó comentario
alguno por parte de sus amigos que le hiciera sospechar que
ellos habían entendido; por eso mismo, no le resultó
difícil mantener el secreto. Eso sí, a la hora
de bajar al patio y echar un minipartido de baloncesto, para
él ya no era igual que la contienda se produjese en ausencia
de espectadores o que Yolanda Miguélez se encontrase
siquiera cerca del campo. Aunque él
no la viera mirando, su cercanía,
después de un primer azoramiento que tenía como
resultado un par de pases mal dados, tal vez un vergonzoso mate
fallido, parecía dar alas a sus normalmente pesados
tobillos. De hecho, Bruno terminó convencido de que era
Yolanda Miguélez, y los extraños
sentimientos que en él provocaba, la responsable de que,
en unas pocas semanas, lograse escalar un par de puestos
en la pirámide de jugadores de baloncesto. Acostumbrado
a residir en el capítulo de la escoria, acostumbrado
a ser el último o el penúltimo de los elegidos
en la confección de equipos, Bruno se encontró
con que a veces incluso había capitanes que se lo disputaran,
una vez ya repartidos los más altos, los más fuertes
y los más ágiles de sus compañeros.
De hecho, el momento más feliz de su vida (como
todos los episodios realmente sabrosos, prontamente olvidado
en cuanto llegó la madurez) se produjo una tarde
ya con la primavera apuntando en el cielo coruñés;
una tarde que su clase tenía que haber estado en el laboratorio
de Química, pero en la que una oportuna
indisposición del profesor les había regalado
cuarenta y cinco minutos extra de ocio.
Se había montado el habitual partido de baloncesto y
las chicas estaban allí, en la grada. Al ser un recreo
extemporáneo, no se podía estar dentro del edificio,
pues el resto del colegio estaba en clase,
y la cafetería, por ser hora lectiva,
también estaba cerrada. Así que no estaban allí
por afición sino porque no tenían más remedio
y mirar a los chicos ensayar canastas era, la única opción
que tenían aquellas seis adolescentes. Así
que allí estaban, sentadas todas juntas, más
atentas a sus cotilleos que a las fintas y los tiros en suspensión,
pero allí mismo. Bruno fue elegido en el equipo que jugaba
de cara a las gradas, y con una pericia
que ya sentía habitual consiguió concentrarse
a partes iguales en el juego y en las rodillas de Yolanda,
sin descuidar ninguna de sus obligaciones.
Pasado un cuarto de hora, llegó la jugada decisiva, no
del partido sino de la vida de uno de sus jugadores. Fue un
robo de balón muy característico de Naya, el capitán
del equipo de Bruno. Ocupaba plaza en
la selección de su curso que competía con relativo
éxito incluso con colegios de León y aún
más lejos. Era un maestro en robar balones a base
de golpetazos con sus famosas manazas, que le habían
valido desde muy pequeño el mote de Manubrio. Todo el
equipo menos Bruno estaba concentrado bajo la canasta propia,
defendiendo con la característica
violencia adolescente que cuenta con el perdón solidario
del contrario. Se veían rodillazos, fuertes golpes
de cuerpo, y se oían juramentos de todas las clases.
Un contrario de medio pelo, más
o menos como Bruno, se armó de valor y entró
a canasta tratando de machacar. A medio vuelo, el manubrio derecho
de Manubrio impactó con la pelota haciendo un característico
sonido metálico, y la pelota botó sin dueño
hasta que Naya la recuperó. Fue algo tan rápido
que el equipo atacante quedó sorprendido y desguarnecido.
Sólo era cuestión de armar el contraataque.
Bruno estaba en una posición privilegiada, adelantado.
El contraataque le pertenecía. Pero,
aún así, consideró
que sus oportunidades eran nulas. Naya también
tenía una chica, ésta sí novia reconocida,
sentada en la grada; y, aunque no fuera
así, era un jugador de baloncesto extraordinario.
Cabía esperar de él que acaparase esos robos de
balón en forma de contraataque personal, yo me corro
todo el campo con más rapidez que ninguno, llego solo,
machaco y hasta me marco un bailecito de triunfo para que las
chicas me vean. Lo hacía siempre, y nada hacía
pensar que esta vez las tornas fuesen a cambiar. A pesar de
ello, Bruno asumió su responsabilidad de miembro del
equipo, y corrió con toda la rapidez de que fue capaz
hacia la canasta contraria, solo y desmarcado, sin perder de
vista la pelota y berreando "¡Manubrio, eh, Manubrio,
aquí!".
Tan fuerte era su deseo, que aquella tarde
el Destino, los trasgos o sabe Dios quién decidió
arrimarle el hombro. Ni qué decir tiene que Naya,
poseedor del balón, enfiló el campo contrario
con la vista puesta tan solo en la canasta rival. Sin
embargo, aquella tal vez golpeó un amor propio inesperado.
Quizás aquel contrario de medio pelo también tenía
unas tetas o unas rodillas admiradas en la grada o,
simplemente, el deseo de Bruno había empapado de tal
forma el ambiente que nadie, salvo el orgulloso Manubrio, podía
sustraerse a él. El caso es que el contrario que había
intentado entrar en bandeja recibiendo a cambio un manubriazo
y tremenda humillación decidió, por una
vez en la vida, no dar por perdida una pelota robada por el
poderoso Manubrio. Con inusitada, diríase
que increíble energía, consiguió
solventar la ventaja inicial de Naya, y lo que el atacante había
avanzado en tres pasos él lo hizo en dos y más
deprisa, colocándose delante de él y obligando
al Manubrio a acercarse peligrosamente al lateral de la pista.
En una fracción de segundo, Naya estaba aislado de sus
compañeros junta a la línea del
campo, había tenido que volver a coger la pelota con
las dos manos, y tenía frente a sí a un contrario
agraviado, que daba la impresión de estar dispuesto a
romperle los cojones si hacía falta para que no pasara.
Y había dado dos pasos. Si daba uno más serían
pasos. Si botaba la pelota serían dobles. No tenía
más remedio que pasarla.
El equipo contrario ya estaba dispuesto a cantar dobles, tal
era el orgullo de Naya y su incapacidad de ceder una jugada
que consideraba suya. Desde luego, Bruno
vio con claridad desde la otra punta del campo que Manubrio
calculaba la posibilidad de una finta que le permitiera seguir
adelante y anotar; después discutiría interminablemente
si verdaderamente habían sido dobles. Debió
ser la decisión que leyó en los ojos de su contrario
lo que le hizo cambiar de idea, levantar la cabeza y terminar
viendo a Bruno solo y gritando en las lindes de la bombilla
contraria. De un certero gancho hizo volar la pelota veinte
metros hasta la posición exacta de Bruno, que la esperó
con las manos por delante y las rodillas temblonas.
Bruno vio llegar la pelota y, contrariamente a lo que le solía
ocurrir, la agarró con seguridad: Miró la canasta,
calculó en una milésima
de segundo: un bote, dos pasos y adentro. Botó,
agarró de nuevo el balón con fuerza, dio dos pasos
y aaaaarriba...
Ya en el aire se dio cuenta de que estaba más lejos de
lo inicialmente previsto. Como un rayo,
por su mente pasó primero la convicción de que
si estiraba los brazos la pelota apenas rozaría el hierro
de la canasta y que no lograría meterla; y después,
el juramento interior de que no permitiría que sus pies
volviesen a tocar el suelo sin haber encestado. El resto lo
hizo la intuición. Bruno dio un brusco golpe al
aire con la mitad derecha de su cuerpo y tuvo la conciencia
de que todo él comenzaba a rotar. No pensaba nada, no
sentía nada. Tal vez la gente gritaba o maldecía,
pero él estaba inmerso en el silencio de su Gran Momento.
Lo siguiente que vio fue a sus nueve compañeros de partido,
mirándole en la distancia, manchas grises en una foto
movida. Supo entonces que el giro había terminado y que
estaba de espaldas a la canasta. De memoria
(pero qué memoria, si no lo había hecho nunca,
nadie lo había hecho jamás) y ya seguro de su
triunfo, lanzó sus dos brazos hacia atrás
y por encima de su cabeza. Notó el golpe duro de sus
muñecas contra el hierro de la canasta y después
oyó, aunque ya no le hacía
falta para estar seguro, cómo la pelota botaba
en el suelo, justo al lado de él, exactamente debajo
de la canasta. Había entrado limpia y definitiva. Bruno
había dado un mate de espaldas. Como los negros del telediario.
Había hecho lo que nadie había hecho jamás
y él tampoco volvería a hacer. Sus colegas, excepto
Naya, berreaban como indios de película del oeste. Al
día siguiente, todo el mundo hablaría de la canasta
de Bruno.
Pero todo eso a él le dio igual.
Miró hacia la grada y el placer interior que sintió
no se parecía a nada conocido. Las chicas, Yolanda Miguélez
incluída, aplaudían. Sí. Reían como
pájaros histéricos, y aplaudían
moderada pero decididamente. Él no se atrevió
a mirarla. No se atrevió a pensar si eran sinceros los
aplausos. No se atrevió a saludarlas (desde
luego, hubiera sido un oprobio; las chicas, al menos
oficialmente, eran todas tontas). Sólo
se permitió pensar fugazmente, mientras volvía
hacia posiciones de defensa donde reasumiría su condición
de jugador del montón, si en verdad era cierto lo que
decían los mayores y todavía existían sensaciones
(por ejemplo, unos dedos rozando unas tetas blancas y suaves)
superiores a aquélla.
Los meses pasaron. Meses en los que Bruno miró y miró.
Y miró a Yolanda Miguélez, en las clases, en los
pasillos, en el patio del colegio. La miró hablar con
sus amigas, concentrarse al escribir, retorcer su pelo antes
de los exámenes, la miró comer, beber, atusarse
la melena, arrancarse pelusas del jersey y también reír
y enfadarse y volver a hacer ese gesto de asco que le había
dedicado una tarde en el autobús del colegio, una tarde
que parecía tan lejana como la niñez. Seguí
siendo
el mismo alumno regordete y secreto mirón de un par de
rodillas, secreto imaginador de unas tetas imposibles.
Jamás cruzó palabra en el colegio con Yolanda
Miguélez; tenía un pacto
consigo mismo que consistía en no hablarle (pues temía
que, descubierto su secreto, Yolanda buscase terrenos en las
aulas a años-luz de su posición), al menos mientras
ella no se percatara de su inocente voyeurismo angustiado.
Ni Yolanda ni sus amigas, ni desde luego los amigos de Bruno,
dieron muestras jamás de haberse percatado de su doliente
afición clandestina. El amor, o
algo que él definía como amor a falta de mayores
concreciones, crecía en su interior. A
veces, en realidad, dudaba sobre si en realidad la amaba, porque
el sentimiento primigenio, aquel deseo irrefrenable por
tocar las tetas de Yolanda Miguélez, había desaparecido
prácticamente. Su afición a mirarla, a inventariar
sus gestos más característicos, a imaginar simplemente
cómo sería cogerle la mano y pasearla por el Dique
de Abrigo empapándose de lo que
él creía un aura de dulzura, había
borrado todo lo demás. Muchas veces, los fines de semana
cuando dormía algo más, se despertaba en su cama
excitado por sueños en los que rozaba tetas limpias como
el marfil y suaves como melocotones; había vuelto, años
después, a mojar la cama de una orina espesa de origen
para él desconocido. De aquel asunto nuevo no entendía
nada, salvo una cosa: las tetas con las que soñaba, las
tetas que le empapaban los muslos no eran, no podían
ser las de Yolanda Miguélez. A ella la quería
para tomarla por la mano y sonreírle, y mirarla, y mirarla.
Y no conseguía soportar pensar [¿soportaba
pensar?] que otro compañero se fijase, alguna
vez, en sus tetas o en sus rodillas.
Un viernes de finales de mayo Bruno pudo dar por finiquitado
el curso en lo que a las complicadas matemáticas se refería.
Un curso razonablemente bien llevado se había coronado
con un último parcial sustitutivo del final que, él
lo sabía, no le había salido nada mal. Abandonó
exultante el colegio, contemplando una Coruña inmensa
bajo un sol brillante. No era el único que tenía
esa sensación. La mayoría de sus íntimos,
también convencidos del aprobado, cantaban, reían
y se peleaban en el autobús celebrando por adelantado
las buenas nuevas. Ese estado de euforia fue lo que les llevó
a quedar a media tarde para tomarse unos vinos en La Franja
y armar algo de ruido. La tarde transcurrió así,
entre bromas y chanzas continuas, y devino en una borrachera
colectiva de amplio calado.
Ya era casi de noche cuando bajaron al Orzán a pelearse
en la arena. Fue entonces cuando Héctor Otero, vecino
del barrio, se ofreció para subir a su casa y bajar su
balón de reglamento, partido, partido, qué de
puta madre. Bruno se sentía en el mejor momento de su
vida, feliz, relajado y borracho y mirando [a]
unas chicas que paseaban por la arena... Porque sí, eran
unas chicas, y además conocidas, como en seguida se percató
el grupo. Básicamente las compañeras de clase,
con algún apéndice proveniente de algún
otro colegio de la ciudad. En un primer momento, Bruno pensó
que Yolanda no estaba entre ellas; llegó a estar convencido,
de hecho. Sin embargo, ni las brumas del alcohol pudieron impedirle
que, finalmente, cuando ya todos estaban rodeándolas
y gastándoles bromas, hubiera de reconocerse que una
mujer (mujer, sí) integrada en el grupo, profusa aunque
discretamente maquillada y rodeada de un hermoso vestido amarillo
que descubría un cuerpo jamás dibujado por el
uniforme colegial, era Yolanda. Como meses atrás en el
bus del colegio, su mandíbula cayó sin fuerza
mientras los demás hablaban de cualquier cosa y Yolanda,
afortunadamente, no le miraba a él.
La mente de Bruno balbuceaba. Es que, es que, es que aquellas
tetas que no eran tetas... Qué increíble. Dos
bultos que casi no eran nada se convertían en aquel vestido
en una presencia evidente, en una preeminencia anatómica
que hasta los ciegos notarían. La media melena de Yolanda,
peinada casi en su totalidad hacia un mismo lado, cambiaba su
rostro hasta tal punto que la niña dulce del aula se
convertía en una mirada azul y sensual, sensual. Y sus
labios, repentinamente rojos, intensos [antes dijiste
que eran muy rojos, cuando hablabas de la sonrisa recta].
Sus piernas, liberadas de los calcetines azules que habitualmente
cubrían sus tobillos, mostraban una regular desnudez
blanca y torneada.
Bruno la contemplaba, una vez más. Contemplaba una mujer
y sentía que, tal y como aprendería
a decir pocos años después, la deseaba;
igual que aquella tarde del vestuario deseó a la imagen
de la chica sin nombre que hizo el amor con Outeiriño
el de Segundo. Pero, al mismo tiempo, algo
en el interior de Bruno luchaba a muerte, porque aquéllo
se parecía mucho a las imágenes irreproducibles
por su consciencia con las que soñaba los domingos
por la mañana, antes de temblar su cuerpo todo;
y, sin embargo, al tiempo no quería renunciar a la existencia
tan bella como dolorosa que había tenido hasta entonces;
la existencia de un mirón que jamás tenía
lo que quería pero al que nunca le traicionaban sus deseos
y el alma le rebosaba dulzura. Dulce, sensual, dulce,
sensual; su mente deshojaba una margarita de
madurez sin que él pudiese evitarlo.
Las chicas se acercaron al agua, y algunos chicos las siguieron.
El grupo dejó de ser compacto, y se distribuyó
según afinidades personales. Yolanda se quedó
sola, entre
otras cosas porque su actitud era diferente; mientras
el resto jugaba con el agua, tratando de que las olas no les
alcanzasen los pies, ella se quedó quieta, dejando que
el agua le mojara las piernas. En otras circunstancias Bruno
se hubiera quedado donde estaba, mirándola
en la distancia como de costumbre. No obstante, la consciencia
de un doble cambio (el de ella, estético; el de él,
cosmológico) le hizo valiente, o tal vez simplemente
le obligó a admitirse que tenía que enfrentarse
a la nueva realidad con mayor audacia que en el pasado.
Caminó hacia ella, se colocó junto a ella, hizo
ademán de mirarla a ella, y ella siguió impasible,
los ojos puestos en el horizonte, pensando en cualquier cosa
menos en él.
- Estás descalza. Te estás mojando los pies. -acertó
a decir él, con esa torpeza de
quien, de puro estragamie nto mental, es incapaz de decir algo
que no sea obvio.
- Tranquilo, que no me mojo -respondió ella, sin mirarle.
Él bajó la vista, sin comprender. Las olas anegaban
los pies desnudos de Yolanda (y, de paso, los zapatos de él,
lo cual hacía más absurda todavía su pretendida
preocupación). Pero esos pies, esos pies... sí,
se fijó; brillaban de una forma especial, jugaban con
la tenue luz del crepúsculo salpicando aquella piel blanca
de diminutas perlas. Bruno se agachó y, sin pedir permiso,
puso su mano sobre el pie derecho de Yolanda. Pellizcó
suavemente, y sintió entre sus dedos la limitada suavidad
rugosa del nylon. [QUÉ PÁRRAFO MÁS
BONITO]
- ¡Ah! ¿Entonces...?
Yolanda Miguélez sonreía, casi divertida.
- Llevo medias. ¡Claro! ¿Qué te pensabas?
Yolanda llevaba medias, sí, y Bruno se sintió
poca cosa ahí, agachado y mirándola de abajo a
arriba, ahora tan cerca de aquellas piernas vestidas de madurez.
Él jamás se había puesto entonces una corbata.
Por no poder, en su casa ni siquiera podía tomar café
después de las comidas. Pero Yolanda, la dulce Yolanda
del aura inocente a la par que sensual, llevaba medias; residía
en otro mundo que no era el suyo,
un mundo poblado por adolescentes escotadas y maquilladas y
por hombres seguros de sí mismos, que pueden contar (sea
verdad o mentira, da igual) que ya han follado, y aspirar
a ser creídos.
Las chicas se fueron, Yolanda incluida, sabe Dios dónde.
Subían las escaleras del Orzán y ya los chavales
de la panda armaban el partido fabricando los montones de arena
de las porterías. Héctor Otero llegó con
el balón. A Bruno le eligieron de los últimos,
como siempre, y le colocaron de defensa, para que no tuviera
que correr mucho tan gordo como estaba. Aquella tarde,
sin embargo, el equipo de Bruno
perdió por goleada, a causa de
la falta de un defensa que se dedicó, sistemáticamente,
a intentar cercar la puerta contraria. [Sin embargo,]
Por el centro y por ambas bandas corrió Bruno como una
bestia detrás de la pelota. Alguien le dijo joder, Bruno,
a ver si va a resultar que ahora quieres ser un futbolista de
verdad. Nada más lejos de la realidad.
Todo lo que Bruno quería, pero
eso sólo lo supo bastantes años más tarde,
era terminar cuanto antes ese partido y todos los que le pusieran
por delante."
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| «MESA
CON VISTAS»,
DE DAVID GALLEGO |
miércoles,
10 de abril de 2002 8:56 |
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Enlace
al relato: Mesa con vistas
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Joder,
David. El argumento es precioso.
Es una lástima que no le hayas dado la suficiente importancia.
Me gusta el principio y me gusta el argumento, pero me ha resultado
difícil llegar hasta el final porque no me creo nada.
No me creo al narrador ni me creo que esté interesado
en contarme su historia. Desconfío de su voz, y ya todo
se va a tomar por saco.
Esa no es la voz de un mendigo. Una persona que pasa las horas
en la mesa de un bar, que ha llegado a perderse en su supervivencia
hasta el extremo de vivir en la calle... es alguien que por
fuerza ha de estar desequilibrado. Y lo más posible es
que esté borracho (si en un relato introduces a un mendigo,
ese mendigo está en un bar, y no está borracho,
ya puedes ir dando un par de buenas explicaciones al respecto
para que la situación sea verosímil). Su voz puede
tener momentos de lucidez, pero por lo general nos tiene que
sonar cazallera, desilusionada, escéptica, a ratos inconexa,
a ratos digresiva, llena de hipos y exabruptos, ronca... yo
qué sé. Pero desde luego no en ese registro cuidado
que mima cada palabra y cada giro, que sube al discurso del
narrador en una voz tan razonable, coherente y estudiada como
la de David Gallego acodado en la barra del Palentino, observando
al "hombre del traje raído", y cómo
"el jefe ha vuelto a recriminarle una injusticia".
Y, por supuesto, ese giro que da el narrador, ese juego inicial
con que engaña al lector, haciéndole pensar que
va a contar la historia en tercera persona para luego pasar
a la primera, tampoco es algo en que se pueda entretener una
persona hundida cuya vida está destrozada. Así
que el truco se convierte en estafa. Así que cometes
un doble asesinato: el del narrador y el del personaje (a los
que haces coincidir en la misma voz). Ya no nos creemos a ninguno
de los dos. Y escuchar una historia, por muy bonita que sea,
de boca de un impostor... cuesta.
Te estás mirando el ombligo, David. No te importa la
historia que estás contando, sino el modo en que la estás
contando. Estás enamorado de la forma de las palabras,
y de esta manera traicionas su significado. Un mendigo que lleva
años y años esperando el momento de hablar con
una persona no interrumpe sus palabras —en el momento
justo de cumplir su destino— para pensar «Mi propia
voz se me hace tan extraña como a oídos de Félix
y los clientes habituales, acaso convencidos de mi mudez»,
y menos con esas palabras tan medidas. Ese "andrajo",
como tú mismo lo denominas, creo que se merece una exploración
interior más profusa, más humana que el mero uso
retórico de su carcasa. A este mendigo le utilizas como
Virgilio a los pastores de sus *Églogas*. Y la retórica
ya no se lleva. Apesta a falsedad.
Te incluyo un fragmento de Ángel Zapata
(en *La práctica del relato*) donde habla de ese pacto
implícito de sinceridad entre narrador y lector que creo
que se rompe en tu relato:
Obviamente,
cada [historia] nos resultará creíble por razones
distintas [...]. Ahora bien: antes de que las acciones que narra
un texto se hagan creíbles o no, el lector ha de creer
que de hecho se le está contando esa historia.
Sin reticencia alguna, sin la menor reserva, el lector deberá
quedar preso en esa situación que es estar escuchando
un relato de boca de un narrador o un personaje. Y en este sentido
hay una verosimilitud previa a los pormenores del argumento
mismo, y que depende enteramente de la fiabilidad que otorguemos
al narrador.
Con esto llegamos al núcleo mismo de la naturalidad,
y a su valor incomparable como actitud expresiva. Porque el
problema que plantean los estilos rebuscados, artificiosos,
no es ya que nos propongan, como lectores, una narración
un poco caprichosa o extravagante en sus maneras. El auténtico
problema de los estilos fingidos es que en ellos oímos
a alguien que finge estar contando, pero no cuenta de verdad.
¿Por qué se pillan tan pronto las mentiras de
un crío? Bueno... muchas veces porque su misma ingenuidad
les hace tramar auténticos disparates, es cierto. Pero
también, y antes de ello, porque al niño le leemos
la mentira en los ojos; porque sus palabras y su tono de voz
nos ponen sobre aviso de que no está contando algo, sino
haciendo que cuenta.
Algo muy semejante es lo que ocurre con el escritor inexperto.
Su voz, su tono, las palabras que elige, nos alertan en unas
pocas líneas de que está fingiendo tramar una
fábula, lo que es muy diferente a fabular de verdad.
Tan sutil como pueda parecer a simple vista, es mucho y muy
importante lo que una distinción así pone en juego.
[...] pienso que el matiz se percibe de un modo muy nítido
en el [siguiente] ejemplo [...]:
"Hace
casi dieciocho años, un luminoso día de primavera
en que los árboles del parque exhibían, orgullosos,
sus verdes variados, hasta que el sol los rozaba en una caricia
de plata, salí a la terraza para despabilarme..."
[...]
el contenido de esta frase puedo creerlo a grandes rasgos. Admito
ese cortejo de los árboles y el sol como un estado subjetivo
del propio personaje, entregado a una divagación lírica.
Pero lo que en absoluto paso a creer ante una frase semejante
es que el personaje en cuestión esté contándome
algo. Hace como que cuenta. Finge contar. Y como en el caso
de los embustes infantiles, leo el fingimiento en sus ojos.
El narrador simula estar contando, es decir: cediendo a la necesidad
de referir una historia... cuando en realidad está colocando
una palabra vistosa detrás de otra, buscando expresiones
e imágenes convencionalmente líricas o literarias.
Porque está claro que los hechos no le apremian. Las
palabras que emplea para narrarlos son puro adorno, bisutería
verbal, y no tuercas y engranajes que giran al servicio de la
acción. Son púberes canéforas que ofrendan
el acanto; y por eso también sospecho no sólo
del interés de su historia, sino del personaje mismo,
como sospechaba el viejo Aristóteles de los retóricos
manieristas y de los vinos mezclados.
Pues
eso. El argumento me ha encantado. Merecería una reescritura.
Besos
Isa
|
|
| «DARÍA
ALGO POR SABER,
DE BERNA WANG |
jueves,
04 de julio de 2002 10:15 |
 |
  |
Enlace al relato: Daría algo por saber
primera versión
| segunda
versión
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|
  |
A
ver.
Esta vez me he leído todos los comentarios antes
de hacer el mío. Estoy totalmente de acuerdo con
Luis H: no vazvarices la historia, porque te la cargas.
El Vaz anda pensando en otra historia, quizá la
suya.
Y
entonces caigo: en efecto, el hombre no es el hombre apasionadamente
comprometido con la tragedia de la mujer que yo había
imaginado al leer el primer relato y esta segunda versión
por primera vez. Él también tiene sus distancias.
Estamos ante el cuento de dos espíritus encapsulados
que apenas se tocan. La incomunicación no es vectorial,
sino bilateral, compartida, respetada por ambas partes.
Lo que pasa es que mira lo que he tardado en caer.
Pues
mira que yo te lo estaba gritando mientras leía
tu comentario. El relato es la historia de un desencuentro.
Un desencuentro de dos personas. Al tío yo me lo
he imaginado (esta vez me lo he imaginado) como a Echanove
en la serie aquella en que hacía de abogado de
oficio (¿era esa?; ¿no sería "Anillos
de oro"?; ¿era la misma?). Alguien que mira
y piensa, pero apenas actúa. Y la melancolía,
que yo creo que sí impregna el cuento, la pone
él, no ella; esa melancolía pasiva de quien
deja pasar la ocasión sin mover un dedo. Ella pone
la ausencia, y la tristeza, que está aunque no
se diga; está en su figura tras el cristal y en
su flequillo, está en su forma de hacer el amor
en silencio, está en su sonrisa sin palabras. La
mezcla de ausencia y tristeza con melancolía y
pasividad dan como resultado: el desencuentro; y en el
lector: la impotencia. Ella busca a alguien que le ponga
los pies en la tierra, que la saque de ese terreno de
nadie, por eso acepta la invitación del narrador,
por eso le llama después. Y sólo consigue
que la rueda siga girando. Mientras hace ese último
e inútil intento, nosotros vemos que quizá
otro hombre la estará mirando, pasivo, a través
de un cristal de Sevilla, alguien que tampoco ha sido
capaz -que está perdiendo la ocasión- de
agarrarla del brazo y llevarla al volcán. Es la
historia de Prometeo. Todo se repite.
Claro, que no sé si estaré influenciada
por la conversación que tuvimos. Pero yo ahora
sí lo veo. Y lo veo así como te lo cuento.
Yo creo que el cuento no necesita más añadidos.
Me parece muy lírico. Aunque el narrador no exponga
explícitamente sus sentimientos, están ahí,
en su forma de narrar un poco perezosa, en los detalles
elegidos. La intensidad emocional y lírica está
dispuesta de forma narrativa. Pero la intención
sigue siendo la de expresar un sentimiento, y no la de
contar una aventura. Para mí, con esta segunda
versión lo has logrado.
Varias cositas:
1)
Estoy de acuerdo con Vaz en que en el primer párrafo
falla algo. La eliminación de la palabra "tristeza"
ha dejado un hueco. Un hueco más gramatical que
semántico, creo yo. "Ella se había
cortado el pelo, estaba muy guapa y ni siquiera me vio".
Mmmmmm. No me convence. Se había cortado el pelo
y estaba muy guapa. Bien. Pero no se une con "ni
siquiera me vio". De hecho, la última parte
de la frase pasa inadvertida, cuando es una pieza fundamental
para el sentido del relato. Porque, además, date
cuenta de que comienzas el relato con la palabra "coincidimos".
Si es él el que la ve, y la persigue, no hay tal
coincidencia. De hecho, no hay coincidencia a lo largo
de todo el relato, así que esa palabra despista.
Yo empezaría el relato con algo así: "La
vi una noche de invierno a la salida de los cines Alphaville.
Iba con un grupo de amigos y pasó de largo...".
Por lo demás, creo que está bien que él
se le acerque -no que la persiga; su pasividad no da para
tanto-. Y que le diga exactamente lo que le dice. "Hola,
¿te acuerdas de mí, soy Roberto". Eso
nos señala que hace tiempo que no se ven, y que
sus encuentros anteriores no han sido muy intensos que
digamos. Y después lo de que ha quedado con Javi
y con Suso. Eso señala la cobardía y la
posterior pasividad. No es capaz de quedar con ella a
solas (o al menos de intentarlo); y nos deja con la duda
de que quizá si él hubiera sido capaz de
decir "¿Te vienes mañana al Jardín
Botánico?", a ella le hubieran brillado los
ojos y hubiera respondido: "Sí, claro".
Sin embargo, él le dice lo que le dice y ella responde:
"Bueno".
Sin embargo, no me acaba de convencer lo de no señalar
el diálogo. Puede que no sea un cuento para meter
diálogos aparte. A lo mejor ni siquiera habría
que entrecomillarlos. Pero lo que no puede ser es que
despisten al lector, y lo de "soy Roberto y después"
despista. ¿Qué tal algo así?:
>> [...] Yo sabía que a ella le gustaba el
fútbol, y a mí me gustaba ella, así
que me acerqué y le dije: Hola, ¿te acuerdas
de mí? Soy Roberto. Y después: Mañana
he quedado en el Palentino con Javi y Suso para ver el
partido; ¿te vienes?
Bueno, dijo ella.
Javi, Suso y yo pedimos [...] <<
Bueno, es sólo una sugerencia. El caso es que hay
algo en esa forma de poner el diálogo, y en la
puntuación, que despista. Y no te puedes permitir
despistar al lector en un cuento tan corto.
2)
En el segundo párrafo dices que Javi, Suso y el
narrador se piden unos botellines y se sientan en la mesa
más cercana al televisor. Y dices que ella se pide
un café que no se toma y mira distraída
el partido. Pero yo echo en falta saber dónde se
sitúa. ¿En la barra? ¿En alguna mesa
separada? Si no hubieras dicho dónde se sitúan
ellos, a lo mejor no lo echaría de menos, pero
si te detienes a decirlo, parece casi forzoso que añadas
dónde se pone ella con respecto a ellos. Además,
es un detalle que puedes usar para reforzar el sentido.
¿Hace el intento de acercarse un poco? ¿O
ni siquiera eso? Me parece curioso el detalle de que el
narrador parece que ya ha cumplido con invitarla. Luego,
en el bar, la deja sola. Es ella la que, a partir del
segundo párrafo, intenta acercarse a él
(o más bien, intenta que él reaccione y
sea capaz de rescatarla de las esferas de la ausencia).
Quizá sería un buen momento para hacer una
señal en ese sentido, que luego se reforzará
con que es "ella" la que le lleva a su casa
para hacer el amor. Es esa contradicción la que
le da fuerza al relato; ella manda señales de acercamiento
de una forma ausente. Y él no se atreve a darse
cuenta de que le está gritando: "¡Sácame
de aquí!".
3)
El tercer párrafo me parece glorioso. ¿Cómo
en tan poco se puede decir tanto? Pues lo voy a explicar,
o mejor dicho, lo va a explicar Ángel, que en su
libro El vacío y el centro hace unas reflexiones
muy atinadas al respecto. Nacho y Vaz echan de menos algo
más que "hicimos el amor sin hablarnos".
Buenavida dice que no hicieron el amor, sino que "practicaron
el sexo". Yo no estoy de acuerdo. Me parece que sí
hicieron el amor, que son dos almas que quieren encontrarse
-aunque les sea imposible-, que desde la lejanía
se buscan desesperadamente en ese acto, y eso es amor.
Pero el silencio, la ausencia, no les deja. No tendría
sentido que estas dos personas se acostaran sólo
por sexo. Se acuestan por desesperación, se acuestan
porque él no se la llevó al Jardín
Botánico. "Hicimos el amor sin hablarnos";
"sin hablarnos" y no "en silencio",
porque la ausencia del acto refuerza mucho más
el sentido del relato. Y no hay nada más que decir.
No hay nada más que decir por lo que dice Ángel
sobre el cuento de Ana María Matute "El niño
al que se le murió el amigo":
Un
niño, una madre, la muerte de un pequeño,
unos juguetes huérfanos. Si lo pensamos detenidamente,
todos los elementos que están presentes en «El
niño al que se le murió el amigo»
(personajes, objetos, situaciones) conservan —pese
a todo— un cierto parecido de familia con temas
y recursos de uso frecuente dentro de la ficción
sentimental. [...]
El riesgo [...] que encierra un texto como «El niño
al que se le murió el amigo», consiste sin
duda en que ese grupo de elementos con que juega el relato
ya está connotado, de suyo, por una emotividad
intensa. Tal como ocurre en la literatura sentimental,
la materia que informa la historia son sujetos y objetos
«cargados» de antemano. De manera que basta
enumerarlos (un niño, unos juguetes, un amigo muerto...),
para que el lector sepa —sin necesidad de que el
texto lo haga— que es preciso sentirse emocionado
ante una historia así; que tiene ante los ojos
un argumento lleno de «poesía», y sólo
un desalmado, o un adoquín sin «sensibilidad»,
podrían leerlo sin conmoverse.
Esta, en efecto, es la clase de convenciones y automatismos
sobre los que apuntalan su eficacia todos los géneros
y los subgéneros de la literatura kitsch. Y en
esto reside su insuficiencia como arte.
Un texto kitsch no es nunca artístico en un sentido
pleno. Y no lo es, en la misma medida en que no hace experiencia,
no hace sentido; sino que toma su sentido —y lo
toma ya hecho— de los códigos morales, ideológicos
y estéticos que en cada etapa histórica
de una determinada sociedad regulan lo que podría
llamarse «la comprensión de término
medio»: la clase de creencias en las que todo el
mundo vive; ese suelo mostrenco de convicciones y prejuicios,
supuestamente claros e indudables como la luz del sol.
Sobre la base de esta comprensión, el texto kitsch
pone en escena su peripecia, su asunto. De modo que el
trabajo de la escritura —lejos de recrear o cuestionar
las relaciones significantes que conforman el «mundo»
del lector—, no hace otra cosa que corroborar las
inercias del significado vigentes en cada época:
entretener, tranquilizar, arrullar la modorra del público.
Un niño, una madre, la muerte de un pequeño,
unos juguetes huérfanos. ¿Quién permanecería
indiferente ante una historia así? Pues bien: en
cierto modo cabría responder que el propio narrador
del texto. Y en esta jugada maestra se pone de relieve
la destreza de Ana María Matute.
[...] La historia está contanda por un narrador
equisciente. Y en vista de ello, todo haría pensar
que el narrador está embebido en los afectos del
protagonista, que en cada frase de su relato aflora a
borbotones una emoción.
Ahora bien: nada de esto sucede en realidad. Y lo cierto
—si examinamos la escritura misma— es que
el texto ha adoptado la estrategia contraria.
Faltando a los deberes de la equisciencia, el narrador
de este relato no informa nunca a los lectores en torno
a lo que el personaje siente. No hay un solo sentimiento
nombrado directamente en la escritura. E incluso los sentimientos
que podrían inferirse a partir de la voz del narrador
resultan escasísimos dentro del texto.
[...]
¿Por qué, en definitiva, este relato de
Ana María Matute comunica con tanta eficacia un
sentimiento que no hay, que no está escrito, negro
sobre blanco, en la materialidad del texto mismo?
Bien... pues justamente por eso. Porque no lo hay. Porque
el sentimiento no está dicho en el texto; sino
que está hecho, construido por medio de la escritura.
La autora, sí, sabe de sobra hasta qué punto
su relato está evocando temas y situaciones propios
de la ficción sentimental. Y esta conciencia es
la que la conduce a intentar otra vuelta de tuerca: a
una escritura que subvierte el género; al gesto
que supone relatar una historia sentimental... desde una
perspectiva fuertemente des-sentimentalizada.
Por medio de este giro, queda anulado ya de entrada cualquier
asomo de complicidad. Nada se da por sentado en el relato
de Ana María Matute. Ninguna marca en la escritura
apela al sentimiento del lector. Ningún adjetivo
efectista está exigiéndole que se conmueva.
Y este es un hecho que el texto acusa desde el principio
puesto que el propio narrador:
a) se mantiene alejado del personaje,
b) enfoca los sucesos con objetividad y contención,
c) nunca subraya la supuesta emotividad de la historia
por medio de una prosa gesticulante,
y d) esta escasez de marcas emotivas delimita igualmente
una distancia con respecto al lugar del lector.
El narrador, diríamos, no se comporta como sería
de esperar en una historia de este tipo. Narra los hechos
«a distancia». Cuenta sucesos. Pensamientos.
Y muy raramente emociones.
[...]
El niño sintió que una mano de hielo le
atenazaba el corazón.
Esto es lo que habría escrito un autor sentimental,
o cualquier otra hipérbole por el estilo. Es lo
común. Los personajes suelen «sentir»
hipérboles tremendas en esa clase de literatura.
Aunque eso sí: sintiera el niño lo que sintiera,
decirlo —realmente— sería una lástima.
Porque lo emocionante, después de todo, no son
las tres metáforas gastadas, los cuatro verbos
plañideros con que un mal escritor habría
rellenado ese vacío. Lo emocionante es el vacío
mismo. Es el silencio. [...]
La emoción omitida en la escritura.
Silenciada a lo largo del relato.
El hueco que resultaría zafio rellenar de palabras...
porque es el mismo hueco inconcebible, refractario al
lenguaje, que ha dejado en el niño protagonista
la muerte de su amigo.
El hueco no está dicho en el relato. Está
hecho. Construido por medio de la escritura. Hay un vacío,
sí, en el punto de vista del narrador, un hueco
en el espacio del sentimiento; y este es el hueco que
el lector está notando de continuo. Lo nota, desde
luego, «sin notarlo». Como se nota un hueco.
Pero esta ausencia es la que le conmueve. Y esta distancia
que el narrador mantiene es precisamente la que pone en
contacto al personaje y al lector.
Pues
yo creo que en el caso del relato de Berna, aunque el
tema no es el mismo que en el cuento de Ana María
Matute, ocurre algo similar. La ausencia esta "hecha"
en el relato, y no "dicha". Y por eso funciona.
A mí me funciona, al menos.
Por otra parte, me gusta tu idea de cambiar la frase que
él le dice. Creo que quedaría mejor "Daría
cualquier cosa por saber dónde estás ahora
mismo, princesa". Y me encanta esa frase. Me emociona.
En ella está condensada toda la ternura del narrador,
que hasta ese momento ha sido incapaz de expresar. Y también
toda su impotencia, y toda su incapacidad, y todo su terror.
Lo que sí, y precisamente porque no marcas el diálogo
con comillas ni rayas, creo que no estaría mal
cambiar el orden. En vez de "Daría algo por
saber dónde estás ahora mismo, princesa,
le dije cuando me iba, de madrugada", mejor "De
madrugada, cuando me iba, le dije: Daría cualquier
cosa por saber dónde estás ahora mismo,
princesa". Pero me encanta. Daría "cualquier
cosa", pero no es capaz de darse él mismo,
de lanzarse al rescate. Al final, y por lo que antes he
dicho sobre que la ausencia está "hecha"
y no "dicha", yo eliminaría la coletilla
"no dijo nada". Ya se supone. Si hubiera dicho
algo el narrador lo habría hecho constar. Yo lo
dejaría "Me miró sonriendo", aunque
quizá me faltaría saber algo más
de esa sonrisa.
4)
El cuarto párrafo tampoco me acaba de convencer
del todo, aunque sí que creo que hay que hacer
una marca temporal. ¿Quizá "la esperé"
en lugar de "la eché de menos"? Reforzaría
esa actitud pasiva del narrador, y no tendrías
que acudir al sentimiento explícito (si te fijas,
cualquier expresión explícita del sentimiento
resultaría insuficiente, porque precisamente la
única forma de abarcarlo es la razón de
escribir el cuento; la narración misma es la que
forja el sentimiento del narrador). Una acción
pasiva ("esperar") creo que resultaría
más eficaz que una marca emocional.
5)
Al quinto párrafo no le movería ni una coma.
Creo que está perfecto.
6)
Y en el sexto, es verdad que si quitas "pensé"
adquiere una nueva dimensión el relato. Nos quedaría
la duda, eso sí, de si lo dice en voz alta o simplemente
es una segunda persona postrera. Una frase lanzada al
vacío. Al vacío que es ella, al fin y al
cabo. De todas formas, al ponerlo en párrafo aparte,
lo separas de la conversación que mantienen por
teléfono... No sé, quizá sea buena
idea eliminarlo.
Pues eso. Me encanta el cuento.
Besos
Isa
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