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| M
E N S A J E S D E I S A S O
B R E C R Í T I C A L I T E R A R I A |
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| TIPOS
DE CRÍTICA |
miércoles,
28 de febrero de 2001 21:34 |
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Dice David: Lo que pasa es que
al lector le gusta, a mí me gusta, tu crítica
y la asocia con la calidad de la novela criticada... y se
la compra.
Hombre,
David, muchas gracias. A cualquier crítico le gustaría
escuchar eso... Pero no creo que sea exactamente así
(en ese caso te comprarías "mis" libros,
y no los de Eloy Tizón). Y tampoco lo que yo he hecho
es exactamente una crítica, sino una especie de "trailer"
de la novela. Subjetivo, eso sí, y con la intención
de picar la curiosidad del lector para que le apetezca comprarse
el libro. Pero sobre una base real. Supongo que a mucha gente
que se lea el texto no le apetecerá nada leerse la
novela, porque hay lectores para todos los gustos, y a muchos
todo eso de Mármara y Carlomagno y la papelería
y Maracaiba les puede sonar a cuento chino (por ejemplo, a
los lectores de ensayo y novela histórica). Y yo lo
que quería era precisamente atraer a los lectores a
los que sí les puede gustar la novela pero que no tienen
conocimiento de su existencia... y los otros que no se gasten
el dinero, por favor. En fin, que en realidad es la reseña
de una lectora entusiasta que refleja ese entusiasmo e intenta
contagiárselo a los que suelen pillar ese tipo de catarro.
Pero,
¿cómo haces si la novela no te ha gustado? Nunca
he fantaseado con ser crítico literario, pero, por
un lado, no creo que me gustara escribir una crítica
no favorable de un autor al que no conozco, porque, sin ese
vínculo personal, entiendo que pesaría más
el efecto negativo que la intención constructiva. Por
otro lado, si solo se escriben críticas elogiosas,
perdería credibilidad o, peor aún, parecería
un adulador, buscara o no favores recíprocos a cambios.
Huy, creo
que ahí has mezclado un montón de cosas. Y es
que hay muchas formas de hacer crítica, dependiendo
precisamente de a quién van dirigidas, y para qué.
Una cosa es hacer críticas literarias de actualidad
en un periódico, por ejemplo, para que los lectores
se orienten en sus lecturas. En ese caso el crítico,
siempre desde algo subjetivo (lo que entienda él por
buena literatura) habrá de dar una idea lo más
clara posible del contenido y de la calidad del libro; por
tanto, intentar hacer críticas constructivas empañaría
el propio objetivo de la crítica. Es decir, no tenemos
por qué enseñar a Umbral cuáles son sus
defectos o cómo solucionarlos, sino mostrar al lector
la calidad del libro de Umbral (si él se enfada o se
envanece nos tiene que dar exactamente igual).
Otra cosa es lo que yo voy a hacer en "La insignia":
escribir lo que me dé la gana de los libros que me
dé la gana. Como puedo elegir (no es mi labor en este
caso mantener al lector al tanto de lo que va publicándose),
escribiré críticas favorables de libros que
me han gustado para animar a otras personas a que se los lean,
que me parece mucho más gratificante que estarme leyendo
mala literatura para ponerla a parir.
Otra cosa es hacer crítica literaria para personas
concretas que quieren aprender a escribir mejor (lo que hago
en los talleres) o para amigos escritores. Ahí sí
que entra la crítica constructiva en acción.
Cualquier narración tiene aciertos y defectos. Se trata
(yo lo veo así, por lo menos) de hacer un balance entre
unos y otros, inclinando la balanza siempre hacia el lado
de los defectos, que son de los que más va a aprender
la persona (y que conste que haría lo mismo con García
Márquez si se me apuntara al taller). Es decir, se
trata de que el escritor tenga una opinión externa
(lo más racionalizada y objetiva posible) que le permita
mejorar el texto, y también de que vaya aprendiendo
a mirar sus escritos con ojos críticos. Todo esto,
por supuesto, sin acritud y extrayendo siempre también
las cualidades.
Y luego está la crítica literaria dirigida a
un público más general (más abstracto),
pero también con una intención didáctica.
En este caso uno no conoce los defectos concretos de las personas
que van a leerle, así que ha de atenerse a generalidades.
En el caso de mi libro sobre el personaje ponía ejemplos
de buena y mala literatura, sacando virtudes y defectos en
los que creía que se podrían ver reflejados
los lectores/escritores, dependiendo de lo que quisiera explicar
(que conste que me permití hasta hacer una crítica
desfavorable de Proust). Los ejemplos de mala literatura los
saqué de libros publicados (y en general bastante vendidos),
y algunas de las críticas reconozco que eran bastante
despiadadas, como esta que hago de una novela de Soledad
Puértolas:
Las
novelas poco convincentes suelen flaquear, muy a menudo, por
este lado. Cuando el autor intenta, a partir de unos cuantos
rasgos que elige para su personaje, moverlo como una marioneta
a través de la acción, sin preocuparse lo más
mínimo de cuál es el temperamento de su criatura
o de preguntarle si le apetece de verdad recorrer el camino
que le ha marcado, esto suele reflejarse en que el protagonista
aparece desdibujado y turbio; en que se mueve maquinalmente
y no por su propia naturaleza. Como consecuencia, sus actos
resultan incoherentes y la narración se arrastra en
un sinsentido constante, renqueando a lo largo de las páginas
como si llevara muletas.
Este problema tiene que ver, indudablemente, con la inmersión
del autor en el personaje. La coherencia y fuerza de una novela
no se pueden conseguir manejando los hilos desde fuera, como
si jugáramos una partida de ajedrez; sólo la
mente y los ojos de los personajes nos podrán señalar
el camino que han de seguir, y si el escritor no es capaz
de identificarse con ellos, la novela se desmembrará
y aburrirá al lector.
Veamos un ejemplo de personaje difuso, extraído de
una novela publicada actualmente:
"Olga
me llevó a ese café, me presentó a todas
esas personas a quienes yo conocía de oídas,
escritores, periodistas, pintores, abogados, todos políticos
al fin y al cabo, todos interesados en transformaciones sociales,
en procesos históricos, en revoluciones, en teorías.
En seguida me di cuenta de que Olga, aunque no hablaba mucho,
era allí, en la tertulia del Somos, como lo había
sido en el colegio, el centro de la reunión. Olga ejercía
de reina silenciosa y distante y, aun cuando su superioridad
no era sólo una cuestión de edad, estaba claro
que era la mayor de las mujeres, la que había vivido
más y conocido Dios sabe cuántas personas, y
de qué modo, y, sobre todo, personas importantes, raras,
seductoras, más aún que las que en ese momento
nos rodeaban. Otra vez, como en el colegio, tenía tras
de sí un territorio extraordinario para su uso exclusivo.
Eso era lo que se decía de Olga, lo que se daba por
supuesto al hablar con ella: su intimidad con los grandes
personajes, su misteriosa amistad con esos hombres admirados
cuyos nombres, a todos los demás, nos infundían
tanto respeto que apenas nos atrevíamos a pronunciarlos.
El relativo silencio de Olga en la tertulia se rompía
después, a la salida del Somos. Me cogía del
brazo y echábamos a andar junto a la verja del Retiro.
Ésos son los atardeceres de verano que recuerdo ahora.
Ese aire cálido, cargado de olores y nostalgia, ha
venido hasta mí a través de la ventana abierta,
con todas las palabras, ya irreconocibles, de Olga, que, colgada
de mi brazo, hablaba y hablaba, como aquella tarde en la enfermería
del colegio, en el cuarto en penumbra en el que nos había
recluido la madre enfermera. Ahora, años después,
a la salida del Somos, Olga me contaba sus aventuras, me relataba
sus amores."
Vaya,
parece que en este fragmento no se puede ver a Olga por ningún
sitio. Hablaba y hablaba... pero, ¿qué decía?
Todo es vago en ella: parece que la narradora se niega a darnos
detalles concretos sobre Olga. Estamos en la página
dieciséis. Puede que nos haya pasado desapercibida
alguna secuencia anterior en la que se la definía.
Vamos a retroceder hasta aquella tarde en la enfermería
del colegio, en la página diez, por si ahí conseguimos
escuchar a Olga, ver a Olga:
"Sin
duda ésa fue la primera vez que estuvimos juntas Olga
y yo, juntas y solas, y la primera vez que hablamos, que,
sobre todo, habló Olga, porque, una vez que la puerta
se cerró tras los pasos silenciosos de la madre enfermera
y que el cuarto, con las contraventanas y la puerta cerradas,
estaba casi completamente oscuro, Olga empezó a hablar,
a contar una cosa tras otra, a reírse incluso, y aunque
hablaba en susurros a veces alzaba la voz, de manera que,
si la madre enfermera estaba en el cuarto contiguo, nos tenía
que oír, pero quizá estaba en otro cuarto más
alejado o dormitaba, porque no entró sino mucho después,
casi al cabo de la tarde. No sé lo que Olga me contaría
durante aquel rato que compartimos en la enfermería,
supongo que chismes de la vida del colegio, y aún creo
que yo no podía escucharla del todo, impresionada por
el hecho de que Olga Francines, la famosa Olga Francines,
me estuviera hablando a mí, que era una absoluta desconocida
para ella, una niña, por lo demás, cinco años
más pequeña. [...] Puede que yo tuviera entonces
diez años y ella quince, y la verdad fue que después
de haber pasado aquella tarde en la enfermería, yo
miraba a Olga como si me perteneciera un poco, ya no era la
Olga lejana que todas admirábamos y que no tenía
nada que ver conmigo, era una Olga que me había hablado
durante horas."
Olga
no para de hablar, y sin embargo al lector le parece alguien
de lo más silencioso, porque, por alguna razón,
se nos ocultan sus palabras. Retrocedamos algo más
para saber al menos por qué todas las alumnas del colegio
admiraban a Olga:
"Admirábamos
a Olga [...] por su vida extraordinaria y secreta, por el
padre al que nuestra imaginación había hecho
diplomático y que iba y venía por el mundo inmenso,
esos países remotos y exóticos de los que sin
duda le traía a Olga algún recuerdo. La admirábamos
por no tener una familia normal, por tener siempre a las monjas
pendientes de ella, porque en cierto modo todo giraba a su
alrededor."
Como
se puede ver, las razones por las que las niñas admiraban
a Olga son externas a la propia Olga. No hay manera de visualizarla,
ni de escucharla, ni de conocer su carácter. Sigamos
indagando, a ver si logramos atraparla. ¿Por qué
tenía siempre a las monjas pendientes de ella?
"Pero
nadie compadecía a Olga, salvo las monjas, que quizás
tampoco la compadecían, pero que la miraban con un
poco de temor, como si ellas, encargadas de cuidar a Olga
durante tantas vacaciones, tuvieran miedo de no estar a la
altura, de fallar. [...] Por vivir muchas temporadas sola
con las monjas tenía con ellas una confianza que a
todas las demás nos parecía asombrosa, indescifrable..."
Tampoco
se contesta aquí a nuestra pregunta sino con evasivas;
en ningún caso con algo que aluda a la persona de Olga.
Durante dieciséis páginas se nos ha estado hablando
de una Olga que no existe, y por tanto todas sus acciones
(hablar o permanecer callada, pasear o ir a las tertulias)
resultan inverosímiles, aun sin ser extraordinarias.
Podríamos seguir buscando pistas y respuestas hacia
atrás o hacia adelante, pero siempre nos encontraremos
con esa vaguedad elusiva que nunca nos permite aprehender
al personaje por completo.
Después Olga se enamora, se desenamora y hasta habla,
pero es alguien abstracto a quien le ocurren cosas, porque
en ningún momento se nos muestra en su individualidad,
en sus gestos característicos. Da la impresión
de que no es ella quien actúa, sino la narradora quien
la mueve y habla por ella como lo haría un ventrílocuo
con su muñeco:
"¡Qué
enamorada estoy!, exclamaba, interrumpiendo el desordenado
relato, y fijando los ojos inmensos, brillantes, en ese punto
indefinido del amor que era invisible para mí. ¡Si
lo llegas a ver, allí, frente a mí, diciéndome
esas cosas tan desoladoras: estoy agotado y vacío,
desconectado del mundo, ya no volveré a escribir, no
me interesa la vida! [...] ¡Es horrible lo mal que resultan
las cosas contadas!, protestaba Olga. ¡Si lo hubieras
podido ver cuando se volvió hacia mí delante
de la puerta de la pensión y me miró como pidiéndome
perdón por tener que llevarme a un sitio como ése,
y suplicándome a la vez que no me volviera atrás,
que me necesitaba...! Las escaleras, estrechas y sucias, en
penumbra, ese olor indefinido y rancio de las viviendas baratas,
esos sordos sonidos -voces, televisión, radio, pasos-
de los fantasmales vecinos de los pisos... Pero todo se transformaba
y valía la pena, porque Luis pedía perdón
y la pedía a ella, tenerla, amarla. ¡Ése
es el instante por el que se lucha y se muere, la razón
de las existencias erráticas de los seres humanos!
Un instante que no pertenece por entero a la vida, que llega
a otro lado, un instante poético... Aquí se
detenía Olga, en el umbral de una teoría sobre
la poesía."
En
este fragmento se puede observar cómo se mezclan las
voces de la narradora y del personaje en un lenguaje envarado
que suena a falsete, como si alguien por detrás de
Olga estuviera tratando de imitar su voz, sin demasiada fortuna.
Sólo hay que fijarse en la cantidad de exclamaciones
sin valor expresivo que se incluyen, en un intento de soslayar
la ausencia de convicción del monólogo, de esa
mixtura de las voces de autora, narradora y personaje.
Por otro lado, da la impresión de que la narradora
estuviera justificándose constantemente, a lo largo
de la narración, por la falta de verosimilitud de lo
narrado: «No sé lo que Olga me contaría
durante aquel rato que compartimos en la enfermería
[...], y aún creo que yo no podía escucharla
del todo...»; «...todas las palabras, ya irreconocibles,
de Olga, que, colgada de mi brazo, hablaba y hablaba»;
«¡Es horrible lo mal que resultan las cosas contadas!,
protestaba Olga».
En esta novela el estilo es correcto, la narración
se sigue sin dificultad, los detalles ambientales son aceptables...;
pero se echa en falta una mayor identificación con
el personaje por parte de la autora y, en consecuencia, por
parte del lector, que se ve obligado a seguir un argumento
construido en torno a un conjunto de vaguedades llamado Olga.
Este tipo de deficiencias relativas a la inmersión
del autor en el personaje de novela hace que el lector reciba
la impresión de que el narrador está contándole
una película que vio el otro día. Y el lector
no necesita que le cuenten la película; quiere verla
con sus propios ojos, que para eso ha pagado la entrada.
Como comprenderás,
me daba un poco igual lo que pudiera opinar Soledad Puértolas
de mi crítica. Lo que me interesaba era ejemplificar
una carencia que pudiera hacer ver a los lectores la necesidad
de identificarse con sus personajes de novela.
En resumen, que yo creo para hacer crítica siempre
hay que tener muy claro el objetivo, y aplicar aquello de
"el fin justifica los medios".
Uf. Ya
me enrollé. Me voy a cenar.
Besos:
Isa.
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| ACTITUD
ANTE LA CRÍTICA |
sábado,
14 de julio de 2001 12:32 |
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Dice David: Alguna vez he pensado
que me agradaría ser profesor... el de qué ya
es otra historia. Pero soy consciente de que para eso es importante,
si no motivar, por lo menos no machacar... Y no digamos ya si
hablamos de esto de la escritura creativa. Te viene alguien
con problemas de bloqueo y, en vez de resaltarle las cosas positivas,
entro a degüello con lo que me parece criticable, y el
pobre no vuelve a escribir una línea.
Pues si
alguien deja de escribir porque le machaquen un cuento va a
tener serios problemas para ser escritor (incluso si no aparece
nunca nadie que se lo machaque). Vamos, que me has tocado la
fibra con el tema, claro. Los bloqueos son miedos, y la única
forma de superarlos es enfrentarse a ellos. Una buena terapia
de choque a veces viene que ni te cuento... (si la crítica
es fundada, por supuesto; y todos los escritores del mundo,
por muy cazurros que sean, saben cuándo una crítica
es fundada -sienten la estocada en lo más profundo de
su alma-; y si la crítica no es fundada, pues a otra
cosa, mariposa).
Besos:
Isa
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| LOS
PELIGROS DE LA CRÍTICA |
sábado,
21 de julio de 2001 9:15 |
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Dice María: Por eso creo
en la validez de la crítica sobre la obra consagrada
la de aquel que ya llegó al otro; y no la crítica
del hacer de aquellos que están en camino, porque se
pueden perder, por falta de estímulo o por vanidad.
Yo
creo que, como en cualquier campo, hay más probabilidades
de que se pierdan los que no reciben ningún tipo de orientación
que los que tienen la oportunidad de observar en "el otro"
el efecto que producen sus obras. Por supuesto, esto no garantiza
ni que acaben siendo unos artistas excepcionales, ni que encuentren
su camino; pero, desde luego, les resultará mucho más
fácil.
Puede que, en un momento dado, pueda venir bien a una persona
concreta que su maestro le diga simplemente: "Pinte, pinte,
pinte". Pero creo que para que ese sistema funcione realmente
se tienen que dar unas cuantas circunstancias: que la persona
tenga ya unas pautas sobre las apoyarse para seguir ese consejo,
que tenga bien desarrollada la capacidad de autocrítica
(si todo lo que hace le parece estupendo, y no hay nadie que
le diga los fallos, no se producirá un verdadero avance
en su camino creativo, por más que pinte cuadro tras
cuadro), que no sea excesivamente insegura (si no hay ningún
signo exterior que le haga ver que sus ejercicios pueden tener
el mismo valor que los de sus compañeros, puede tener
durante toda su vida la impresión errónea de que
nunca será capaz de hacerlo bien, y eso la llevará
al bloqueo más absoluto)...
De hecho, ese es el sistema que se lleva poniendo en práctica
desde hace mucho en los colegios e institutos españoles
en cuanto a la creación literaria. "Escribe una
redacción sobre esto", "Escribe un diálogo",
"Escribe una descripción"... "Escribe,
escribe, escribe". Pero ningún profesor te decía
cómo hacerlo ni, una vez escrito, cómo mejorarlo.
El resultado, no hay más que verlo en el panorama de
la narrativa actual: los más inseguros todavía
no se han atrevido a despegar; los más seguros y autocomplacientes
publican bodrio tras bodrio apadrinados por el Ayuntamiento
de su pueblo, por su amigo editor o por su primo escritor, a
su vez, de bodrios. Cuatro gatos, eso sí, logran encontrar
su camino, como hormiguitas empecinadas, pero son muy-muy pocos,
y esos no reciben ningún apoyo del exterior.
Antes existía lo de las generaciones: los escritores,
que funcionaban a modo de gremio artesanal, se reunían,
se leían los poemas y las novelas, se criticaban unos
a otros... Y así iban avanzando. Ahora, quien tenga las
suerte de poseer las cualidades que antes comentaba tiene que
añadirle una enormísima tenacidad para correr
la maratón en solitario.
Yo creo que esto de la creación artística lo llevan
con mucha más naturalidad en EE. UU. Los futuros escritores
eligen asignaturas en su carrera de Escritura Creativa (Raymond
Carver fue alumno de John Gardner, por ejemplo), hay agentes
literarios en abundancia y los editores no se dejan llevar por
amiguismos... Eso tiene su parte mala, claro, la tendencia a
convertir el arte en un producto de consumo masivo, y como consecuencia,
la proliferación de escritores que se venden por completo
a lo que el gran público demanda. Pero está claro
que el camino para cualquier persona que sienta la inquietud
de escribir es mucho más fácil andarlo con ayuda
que sin ella.
Saqué el segundo premio de pintura del CEAP allá
por los años 65, el mismo año que terminaba de
"cursar" mi carrera... A partir de ese premio, por
muchos años no pinté más, y cuando volví
siempre lo hice con miedo y aún hoy no lo puedo superar.
Yo creo que ese es el peligro de los reconocimientos prematuros,
y he escuchado bastantes casos similares. Un premio en un mal
momento puede caer como una losa que hay que cargar en adelante,
igual que los artistas que han sido famosos de niños.
Para que uno pueda asimilar un reconocimiento también
ha de estar mínimamente seguro de que lo que ha hecho
vale la pena. Yo suelo recomendar a mis alumnos que se presenten
a concursos cuando ya llevan un año, como mínimo,
en el taller, aunque hay algunos que podrían ganar premios
antes. Pero, como decía Ángel, cuando uno se presenta
a un concurso ha de estar más o menos seguro de lo que
hace, y ser consciente de que el resultado (aunque le pueda
alegrar o entristecer) no va a afectar a lo que ya considera
su oficio o vocación.
Besos:
Isa.
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| LA
CRÍTICA EN EL FORO DE DEBATE |
sábado,
24 de noviembre de 2001 14:23 |
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Hola a todos:
A
ver. Hace tiempo Inés comentó que en la última
quedada me había oído -de refilón- decir
algo como que se venían haciendo críticas en
la lista de dudosa utilidad para el autor del texto. A partir
de ahí se creó un revuelo en el que unos y otros
opinaron, muchos dejaron de emitir juicios, otros se quejaron
de ello, etc. Después vino un bajón generalizado
cuya causa aún se está investigando en el laboratorio
H de la lista, y que se podría decir que estuvo provocado
por los desmanes climáticos del otoño si no
fuera porque en algunos países al otro lado del charco
están entrando en un caluroso verano. Después
de un par de ajustes en la sala de máquinas parece
que el submarino ha vuelto a arrancar. Sin embargo, se quedó
flotando una pregunta: ¿cuál es el modo en que
una crítica ayuda al escritor, tanto a reformar su
texto como a solucionar errores en futuros relatos?
Yo, evidenciando mi temperamento autista, me mantuve en un
silencio tozudo. Puedo decir que tenía mucho trabajo
y que no encontraba el hueco para hablar sobre ello. Y sería
verdad. Pero no sería toda la verdad. También
ocurre que es un tema muy espinoso sobre el que me cuesta
mucho declararme. Siempre he realizado mi trabajo de una forma
bastante intuitiva, a palos de ciego, y ponerme ahora a confeccionar
un método —o, mejor dicho, a exteriorizarlo—
me cuesta un gran esfuerzo. Además, una cosa es decir
algo en una charleta de amigos, y otra muy distinta es escribir
sobre ello. Entre una cosa y otra me he pasado un temporadita
cargando la palabra "crítica" como un pesado
fardo a mi espalda. Mi inconsciente ha debido de estar trabajando
con fruición en aligerar la carga, porque de pronto
ya veo las cosas más claras, y la presión ha
desaparecido. Por eso escribo, claro, y porque es sábado
por la mañana, hace frío fuera, suena Neil Young
en la cadena y Germán se ha prestado a hacer unas lentejitas.
No sé todavía muy bien qué voy a contaros...
Será como hablar en voz alta, y a ver qué sale
de ahí.
Algunos os acordaréis de que hace tiempo María
(mariagiana; por cierto, ¿estará todavía
entre nosotros?) mandó un par de mensajes en los que
venía a decir que no estaba de acuerdo con la crítica
(así, en abstracto), porque le parecía que podía
ser contraproducente para el autor. Coincidir con ella me
hubiera llevado a dejar mi trabajo y ponerme a pedir en la
calle (lo único que sé hacer en la vida es criticar
textos); sin embargo, tampoco acababa de estar en claro desacuerdo.
Vamos, que yo siempre había dado por hecho que las
críticas eran beneficiosas para el escritor y nunca
me había parado a cuestionarme esa afirmación.
A ese asunto le di muchas vueltas (bueno, se las dio mi inconsciente),
y en algún momento debió de variar mi concepción
de la crítica. La sigo considerando útil, por
supuesto, pero de otra forma.
No creo que haya que ver al escritor -en absoluto- como una
frágil criatura cuyo talento hay que arropar y cuidar,
teniendo cuidado de no empañarlo con sugerencias ni
bloquearlo con críticas. Ante todo, considero a los
escritores personas adultas que saben valerse por sí
mismas y no se dejan dañar por críticas inútiles;
y si lo hacen, otros muchos obstáculos más entorpecedores
impedirán que se acaben desarrollando como escritores.
Ahora bien, también es verdad que una crítica
puede ser estupenda (en el sentido de "acertada")
y sin embargo no servirle para nada al escritor concreto que
la recibe, e incluso despistarle o desviarle de otras cuestiones
fundamentales.
Antes, yo me tomaba la crítica como un análisis
textual. Había que mirar con lupa el texto, encontrar
los puntos flacos, buscar el porqué, ser capaz de explicarlo
de una forma clara e indicar cómo mejorar el escrito.
Esto de los talleres literarios —la enseñanza
de la escritura— es bastante nuevo, y todos los libros
y métodos de crítica literaria que yo he leído
no van enfocados a enseñar a las personas a escribir,
sino que están pensados para orientar a los lectores,
para entresacar los mecanismos de la creación, para
estudiar los géneros literarios o para evaluar la calidad
de un escrito. Es decir, toman al texto como protagonista
(el autor que lo compuso no importa). La pregunta que harían
sería: ¿Cómo se puede mejorar este texto?
Y así veía yo la labor crítica. Teóricamente,
claro, porque en la práctica, en mis clases, las críticas
dependían de otros factores que nunca me había
parado a analizar seriamente (el carácter de cada alumno,
el momento del aprendizaje en el que se encontrara, etc.).
El caso es que ahora me planteo la crítica de otra
manera, quizá menos exhaustiva y analítica,
pero creo que más útil para el autor de un relato.
El método para criticar partiría de esta pregunta:
¿Qué necesita saber el autor para mejorar este
texto? Y la respuesta es: el autor necesita un lector incomparable.
Así que un buen crítico —en el sentido
en el que estamos hablando— sería el mejor lector.
Una especie de lector ideal, según la concepción
de lector ideal que tenga el autor.
Es decir, si alguien escribe un relato policíaco, es
obvio que el lector que busca es aquel que acepte de entrada
las claves del género. Entonces el crítico,
aunque odie a muerte el género policíaco, y
tenga sus razones para ello, ha de olvidarse de esto y juzgar
el escrito dentro de los límites que marca el género.
Si intenta que el autor profundice más en la psicología
de los personajes, deje un final abierto y resucite al muerto,
es decir, si propone al autor que recomponga el relato al
estilo de Chéjov, no le estará ayudando mucho,
pues —aunque el relato que saliera podría ser
magnífico— no era eso lo que quería escribir
el autor, así que se quedará desconcertado y,
aun en el caso de que siguiera nuestros consejos, no conseguiría
sino dar un rodeo en el camino del aprendizaje.
Entonces, la mejor forma en que puede leer el crítico
un relato es intentando olvidarse de su lado crítico
y sacando todas las antenas de su lado lector. Es decir, siendo
un lector avisado. Un lector que sea capaz de registrar (es
muy bueno leer con un boli y hacer marcas ininteligibles o
subrayados rápidos) los momentos en que se le cierran
los ojos, las partes en que no es capaz de asimilar todos
los datos que se dan, la emoción al leer determinada
frase, la ansiedad por llegar al final, etc., etc., etc. Sería
como llenarse el cuerpo de esos sensores que registran la
frecuencia de los latidos del corazón, el paso de un
estado del sueño a otro, etc.
Cuando termine la lectura, tendrá un montón
de informaciones y datos, que serán la materia prima
de la crítica. Algunos no será necesario usarlos.
Por ejemplo, puede que al principio no se entendiera una alusión;
pero si eso no llegó a descentrarnos en la lectura,
y más adelante la alusión se ve justificada,
entonces no hay ni que tomar en cuenta esa primera impresión.
Una forma que podría adoptar la crítica sería,
por ejemplo, la exposición de los datos que hemos ido
recopilando en estado puro, en bruto, con un puro orden cronológico.
Es una opción, pero no creo que sea la mejor, pues
tanto caos puede sembrar la confusión en la mente del
autor. Lo mejor es cribar esa información y, una vez
seleccionado lo más importante, jerarquizarla. Todos
los puntos débiles que hayamos detectado en nuestra
lectura estarán posiblemente relacionados, pues cuando
un texto hace aguas por un sitio, todo se humedece. Tenemos
que encontrar, como los fontaneros, la rotura de la cañería,
el punto por el que el texto empezó a fallar. Y eso
es lo que hemos de ofrecer al escritor: "Mira, el agujero
estaba aquí. Cuando lo tapes, acuérdate de pasar
bien la fregona por los rincones y dar brillo al suelo, que
se ha puesto todo perdido".
Eso es lo fundamental, según mi punto de vista. Luego,
si nos queda tiempo, podemos dar sugerencias sobre cómo
poner los parches o hacer las soldaduras, mostrarle al autor
un catálogo de fregonas o ayudarle a pulir el suelo.
Pero eso ya es secundario y, además, sería un
segundo paso (no conviene saturar al autor). Lo importante
es hacerle ver que el lector, ese lector ideal con el que
sueña por las noches, desvió los ojos hacia
la ventana y bostezó mientras el asesino preparaba
los bártulos para matar a su víctima.
De esta forma, resultaría conveniente -según
lo veo yo- seguir estas tres normas:
-No decirle al autor aquello que nos habría gustado
leer en lugar de lo que ha escrito. Reformar el texto es labor
del escritor. Para que se dé cuenta de lo que falla,
y sea capaz de verlo en sucesivas ocasiones, tenemos que mostrarle
la rotura, pero no taparle el agujero (por otra parte, no
podríamos evitar hacerlo de forma subjetiva y según
nuestros criterios, con lo que podría servir para mejorar
una parte del texto, pero rompería posiblemente la
coherencia).
-No ser demasiado pejigueros. Si -leyéndolo como lectores-
un relato funciona, nos engancha y emociona, cubre todas las
expectativas que nos marcaba y enciende una luz sobre alguna
parcela de la vida, no hay ninguna razón para ponerse
pejiguero y buscarle las vueltas, o hacer una relectura escarbando
en cada frase, etc. Yo antes decía que si García
Márquez se apuntara a mis clases, le criticaría
los textos como al resto de los alumnos. Ahora no puedo decir
lo mismo. Más bien, cuando leo o escucho un relato,
pienso si mis impresiones y mi emoción como lectora
se puede equiparar a lo que sentí al leer *Cien años
de soledad*; si no es así, ese salto es el que me permite
medir la hondura de la crítica, el diámetro
de la rotura.
-Al contrario. Si hay una rotura en la general, es decir,
un fallo de bulto que exige una reescritura del texto (como
la superficialidad del protagonista, el tono del narrador
o un enfoque equivocado en el tratamiento del tema), de nada
sirve centrar la crítica en la palidez de las metáforas
o en el desajuste de un diálogo. Ir al grano es importante
para no despistar al escritor con problemas que vendrían
en una segunda etapa del aprendizaje o de la revisión.
Bueno, y seguro que se me quedan muchísimas cosas en
el tintero (es la primera vez que me pongo a escribir sobre
esto), pero podemos ir sacándolas a la luz entre todos,
¿no?
Por último, añado una serie de consejos que
incluí en mi libro sobre el personaje dirigidas al
escritor que recibe críticas. Creo que siguen teniendo
vigencia. Ahí van:
1. Si nuestro amigo nos da una opinión crítica,
no es porque nos odie o sienta envidia malsana por nuestras
virtudes artísticas. Hay que evitar las paranoias y
confiar en él.
2. Si lo que nos dice no atiende a nuestras expectativas,
más vale contener el enfado, aun a costa de salir corriendo
con cualquier excusa. Si nuestro amigo se siente coaccionado
por posibles represalias, no servirá como lector para
otras ocasiones.
3. Tenemos que dejar de lado, durante la conversación,
el amor propio. No somos dioses, sino seres limitados. Si
nos encerramos en una actitud orgullosa, no podremos asimilar
ni una palabra de las que nos digan.
4. Si nuestra cita es con varios lectores, hay que procurar,
en el caso de que todos tengan dudas sobre determinada secuencia,
no atribuir a cada uno un defecto que le imposibilita para
la comprensión del hecho artístico. Lo más
posible es que la culpa sea nuestra.
5. Es mejor no caer en la tentación de —ante
los puntos oscuros— justificar nuestros motivos o explicar
en detalle la historia. Lo que los lectores no hayan entendido
en una primera lectura hay que revisarlo o dejarlo por imposible.
Las justificaciones suelen ser —más si provienen
de un escritor— poco elegantes y, sobre todo, inútiles.
6. Hemos de agradecer cortésmente los elogios, pero
dejarlos correr para intentar indagar en los puntos débiles.
7. Todos esperamos, en el fondo de nuestra alma, que los lectores
digan de la obra en cuestión que es lo más impactante
que han leído en su vida, superando con creces la maestría
de un Proust y un Cervantes. Antes de asistir a la cita debemos
hacer, sin embargo, un pacto con la realidad, para que el
desencanto se transforme en ilusión y fuerza renovadas
cuando nos digan cosas como que la novela es «entretenida»;
o que «se puede leer»; o que hay un par de «frases
afortunadas».
Bueno, me da la impresión de que no he dicho ni la
mitad de lo que había pensado decir. Pero no sé,
ahora mismo no se me ocurre nada más. Ahora os toca
a vosotros.
Besos:
Isa.
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| DEBATE
SOBRE LA CRÍTICA |
lunes,
03 de diciembre de 2001 10:14 |
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Hola.
He
estado leyéndome los mensajes relacionados con la crítica,
que por cierto se diluyen en el silencio y su interpretación
con violín y orquesta.
Algunas matizaciones y comentarios caóticos:
Dice
HO: Supongo que por todo eso el escritor que lo es conoce
las rugosidades de su creatividad, las asume y le importa
menos que sus gentes le adviertan de que ha escrito un capítulo
de su novela que se hace infumable. Pero el escritor aficionado,
habitualmente, ha desarrollado ya una relación amorosa
con ese capítulo de suficiente entidad como para
no soportar la idea, no ya de reescribir el capítulo,
sino de abandonar esas cuartillas ya escritas. Y supongo
que una de las labores de los talleres de escritura será
ésa precisamente, enseñar a tirar las cosas
a la papelera y olvidarlas.
Sí,
en efecto, a muchas personas hay que enseñarles a
tirar las cosas a la papelera. Pero a otras tantas hay que
enseñarles a todo lo contrario, a que confíen
en sus posibilidades lo suficiente como para escribir un
relato de principio a fin, por ejemplo, y no se estanquen
a la mitad pensando que aquello es una mierda. Hay que enseñarles
a que no odien sus creaciones.
Por otra parte, he conocido a escritores profesionales que
no se atreven a mostrar más que a un par de personas
lo que escriben antes de que sea publicado, y que llevan
muy mal eso de que se les critique. Y que demuestran tanto
amor por sus creaciones como el más cariñoso
de los padres, aunque ese amor no les impide modificar el
texto una y otra vez. Quizá el amor que muestran
los principiantes hacia sus relatos sería un amor
adolescente, un amor a primera vista que no va muy lejos
aunque duela la ausencia. El amor del escritor por sus obras
es más maduro, hecho de convivencia, guerras, muertes,
acuerdos y concesiones. Ese amor puede no ser pasional,
pero es fructífero y perenne. El otro es intenso
pero volátil.
Vamos, que lo que vendría a marcar la difusa frontera
entre los escritores aficionados de los profesionales es,
yo creo, su capacidad autocrítica equilibrada (por
llamarlo de alguna manera). La autocrítica y el perfeccionismo
han de ser suficientes para mejorar todo lo posible un texto,
pero no tan insistentes que bloqueen la creatividad o impidan
reconocer los aciertos. En esa cuerda floja, haciendo equilibrios,
se mueven los buenos escritores o, mejor dicho, las buenas
obras literarias.
Dentro de esa capacidad creo que juegan un papel fundamental
la voluntad y la paciencia. No hay cosa que más nerviosa
me ponga que gastar en hacer la crítica de un texto
más tiempo que el autor en escribirlo y revisarlo.
Creo que era Cris la que tenía una cita de Conan
Doyle a los pies de sus mensajes: "La genialidad es
una infinita capacidad de tomarse molestias". Pues
eso.
Creo
que el principal error del mal escritor de relatos es elegir
un asunto, un sentimiento, un mensaje, y tirarse hacia él
en plancha sin reparar en más, como teniendo prisa
por expresarlo; sin darse cuenta de que lo hermoso de la
lidia no es engañar al toro, sino hacerlo poco a
poco, templando la suerte, recreándose en ella y
asomándose al balcón. Siempre es lo mismo,
pues; pero unos lo adornan mejor que otros y eso crea la
diferencia entre el maletilla y el maestro.
Me ha
encantado la metáfora taurina (y mira que yo de toros...).
Cuando esto ocurre, salen relatos planos, chatos, que sin
tener por qué ser malos, carecen de la riqueza y
la profundidad de las obras maestras. Pero también
puede ocurrir lo contrario, que el autor intente abarcar
demasiados temas, asuntos, sentimientos y mensajes. Es muy
típico de principiantes el escribir un relato donde
se cuente la vida de un personaje desde que nació
hasta los sesenta y cinco años, queriendo incidir
en sus desamores, en las relaciones traumáticas con
sus padres, en la desazón del paso del tiempo, en
la enfermedad y los hijos, en la muerte y la pobreza y las
relaciones entre ricos y pobres... El resultado suele ser
bastante peor que en el primer caso.
Hablo
de crítica-crítica, por supuesto. Una lista
de distribución no aspira a eso. Se trata de coleguear,
no de escribir tesis doctorales sobre el concepto de tiempo
en la lírica de Berna Wang.
Bueno,
yo creo que una cosa es coleguear, y otra cosa es hacer
una crítica. Se pueden hacer las dos cosas a la vez,
pero no por eso dejan de ser distintas. Una lista de distribución
no aspira, en efecto, a escribir un estudio sobre el concepto
del tiempo en la lírica de la Wang, pero porque eso
no le interesa a nadie en esta lista (o al menos no es lo
que más interesa). Ese es el tipo de análisis
textuales que sirven para indagar en la historia o teoría
de la literatura, pero no para ayudar al escritor.
A lo que tú llamas "crítica-crítica"
yo le llamo análisis textual o comentario de texto.
Según decía el otro día, el tipo de
crítica que creo que ayuda al escritor es una especie
de opinión fundada de lector. Este tipo de crítica
no vale ni menos ni más que la otra; simplemente
persigue un fin distinto. E, igual que la otra, puede ser
más o menos profunda, más o menos pensada,
más o menos absurda. Eso depende del empeño
que ponga quien la haga, el tiempo que le dedique, su capacidad
para interpretar sus impresiones y transmitirlas por escrito,
etc. Pero yo creo que esta lista es un sitio estupendo -por
no decir el idóneo- para practicar ese tipo de crítica
que, por cierto, de poco serviría si tuviera la extensión
de una tesis doctoral.
Así,
de primeras, el escritor es un cabronazo (o bragazas) que
nos reclama una parte de nuestro dorado tiempo, que podríamos
emplear en cosas tan edificantes como concursar en Pasapalabra
o leer el consultorio de pareja del Cosmopolitan, para que
atendamos a los mensajes que ha querido enviarnos. Así
las cosas, es inconcebible que le lancemos mentirijillas
piadosas porque serían las menos piadosas de las
mentiras.
Estoy
totalmente de acuerdo, pero me gustaría matizar esos
apelativos cariñosos ;-) Quizá porque alguna
vez he caído de verdad en considerar al escritor
un enemigo al que tengo que descuartizar... Es fácil
caer en ello. Y, si se cae, el escritor tomará una
postura defensiva que hará imposible una comunicación
fructífera. De hecho, esa antipatía y falta
de entendimiento es algo ancestral entre críticos
y escritores. Pero aquí es diferente, porque estamos
hablando de un crítico que quiere ayudar al escritor,
y no a la vecina del cuarto, por lo que lo primero que tendrá
que hacer es demostrar su buena fe. No ha de actuar a mala
leche, ni criticar por criticar, porque entonces se rompe
esa base de confianza. Cuando esa base está bien
asentada, cuando quien escribe está convencido de
que sólo quieren ayudarle, el crítico se puede
permitir, si lo considera necesario, decirle al autor: "Sinceramente,
creo que este texto deberías tirarlo a la basura".
Yo creo que eso lo hemos conseguido en esta lista poquito
a poco y entre todos, quizá porque todos somos críticos
y autores a la vez. Y me gustaría subrayar eso, que
no es tan fácil que se cree ese clima de respeto
cuando se están tocando cuestiones tan delicadas
como ilusiones, vocaciones, deseos, ambiciones y muchísimo
esfuerzo. Es curioso que en esta lista la gente no se enfada
cuando le critican su relato, sino cuando no lo hacen. ¿Será
una lista de masoquistas? ;-)
Sólo
existen recetas para escribir las malas obras literarias.
Cuidado,
que los talleres tampoco pretenden (al menos el nuestro)
dar recetas para escribir buenas obras literarias. En los
talleres se habla de técnicas narrativas, que no
es lo mismo que recetas. Por ejemplo, todos los relatos
tienen un narrador; hablar del narrador y de los diferentes
tipos de narrador que han ido usando los escritores a lo
largo de la historia no es dar una receta, sino señalar
algo que ha de estar en toda obra literaria. Luego se podrá
usar bien o usar mal, pero señalar su existencia
es poner en manos del autor una herramienta muy útil
en cuya existencia antes no había reparado.
Por lo demás, cada obra es un mundo de conexiones
que se sustenta sobre columnas diferentes, por lo que difícilmente
valen las recetas. Por eso en los talleres se trabaja a
posteriori, sobre la obra ya escrita, porque ahí
sí se puede extraer qué es lo que falla en
el sistema de constelaciones que ha intentado crear el autor.
En los escritores principiantes sí que se suelen
repetir, sin embargo, una serie de síntomas que evidencian
la enfermedad del texto (adjetivos antepuestos, proliferación
de adverbios terminados en -mente, lenguaje burocrático,
etc.). Para evitar esos síntomas sí se pueden
dar recetas, aunque el autor sólo suele hacer caso
de ellas cuando ya ha comprendido otras cuestiones más
de fondo.
Todos
nosotros nos movemos, de una forma o de otra, con algunos
criterios que son ajenos al juicio frío que podamos
hacer de un escrito. Existe una predisposición. Uno
no espera encontrarse en una página gratuita de arrakis
las mejores prosas del siglo. Y a lo mejor están
allí. Por lo demás, nos predisponemos positivamente
ante determinada literatura tan sólo por la vitola
que rodea su cuello.
Como
decía Pepe, ese es el juego en el que no queda más
remedio que entrar si uno quiere tomarse esto en serio,
si quiere ser leído por alguien más que sus
familiares y amigos.
Últimamente le doy vueltas a la cuestión de
que la capacidad para convertir la escritura en un oficio
requiere un cúmulo de características -cada
vez más-, de las cuales el talento es sólo
una entre cien. Me da mucha rabia escuchar en el taller
relatos buenísimos que a veces, por las características
del autor, se quedarán en carne de taller. Por ejemplo,
muchas personas -en general, mujeres- tienen una autoestima
demasiado baja como para entregar -como para querer entregar
a toda costa- sus textos al mundo, como para luchar por
ser leídas.
Dice
Pepe: Cuando compro la "Revista de libros"
u otras publicaciones encuentro dos tipos básicos
de artículos críticos [...]: a) "una
vez más fulanito nos regala una deliciosa novela
con una rotunda estructura y un mágico contenido
que nos transporta..."; b) "Claro epígono
de Moosker y Strangster en la generación X, este
nuevo autor realiza un ejercicio narrativo à la Beaulieu
con reminiscencias Blazquecianas, como afirman Bedlerman
y Escherson ("Narrativa hipercolorista húngara",
1994)".
El tipo
a) sería el tipo de reseña crítica
hecha para el lector potencial. El tipo b) sería
un análisis del texto dirigido a encasillarlo en
una tendencia o género, es decir, para estudiosos
de Historia de la Literatura.
Ninguno
los dos estilos me parece útil para el autor de la
obra. Más bien los veo como escaparates en los que
se lucen los críticos sin ningún interés
real en el objeto literario, sino en su propio estilo de
redacción. En cuanto al posible lector (yo), sólo
son útiles si ya tengo una predisposición
a leer acerca del autor (en el primer caso con el acento
puesto en lo emocional, y en el segundo con énfasis
en lo erudito-snob).
Claro
que no es útil para la parte escritora del escritor.
Ni pretende serlo. En cuanto a que son escaparates en los
que se lucen los críticos, eso dependerá de
si son buenos críticos o no. Yo hace mucho que no
leo una buena crítica en el Babelia, y no compro
revistas de libros, pero léete a Clarín, léete
a Nabokov, léete a Bajtín...
Y si las de tipo a) no te sirven a ti como posible lector,
de nuevo volvemos a lo mismo: estarán mal escritas.
Lo que yo observo en los últimos tiempos es que el
crítico no se pringa, es decir, quiere transmitir
una sensación de que dice cosas buenas sobre el libro,
pero lo hace con palabras huecas. Me acuerdo que hace mucho
leí una crítica hecha a un tal F. M., que
había escrito un libro de microcuentos absurdos que
se llamaba "X, Y y Z", y decía algo así:
"Este libro puede ser la obra de un genio o la mayor
perversión de la literatura". Es decir, ni chicha
ni limoná, yo no me pillo los dedos.
Dice Ricardo Piglia: "Por supuesto no existe ninguna
relación entre calidad literaria y consagración
crítica o éxito de público. La calidad
literaria es algo tan raro y difícil de encontrar
que nos hemos acostumbrado a buscarla allí donde
la crítica y el mercado niegan los textos o los silencian."
Pero vamos, eso no es razón para invalidar esos tipos
de críticas, sino a la mayoría de los que
las escriben.
En
esta lista, y en otras listas de literatura, se obtienen
críticas de cuatro tipos, que menciono por orden
de frecuencia: a) "Fantástico, me gustó
mucho, me recordó bla bla bla"; b) "Mira,
creo que en el segundo párrafo podrías mejorar
esto y lo otro..."; c) "Te falta una hache en
'me hechó de casa' " y d) el silencio.
Gracias, Pepe, ya sabes lo bien que nos vienen tus clasificaciones.
El segundo tipo es el que, a priori, considero más
útil: una visión interna del trabajo, de luthier
a luthier: ¿cómo habría puesto yo este
puente? ¿Qué forma le habría dado a
esta curvatura?
Esto
es lo que yo decía que mejor no hacer. Yo creo que
hay que señalar: ese puente está roto; donde
la historia hace ángulo debería haber una
curva. Pero no caer en la tentación de decir cómo
lo habríamos hecho nosotros. Dije que al leer nos
teníamos que olvidar de nuestro lado crítico
y agudizar el lado lector. Olvidé decir que también
nos tenemos que olvidar de nuestro lado creador. Como escritores
nos será fácil caer en mil fantasías
y formas de reconstruir la historia, palabras mucho más
dulces, diálogos mucho más vivos. Pero no
le sirve al autor, que no tiene nuestro lenguaje ni nuestros
mecanismos para construir puentes. Vuelvo a Piglia: "De
hecho un escritor es alguien que traiciona lo que lee, que
se desvía y ficcionaliza: hay como un exceso en la
lectura [...], un uso inesperado del otro texto". Yo
creo que hay que procurar no trasladar esa parte utilitaria
de la lectura a la crítica. Una cosa es lo que aprenda
el escritor en su lectura, el uso que le pueda sacar a los
errores y aciertos que vea, y otra diferente es lo que puede
aportar al autor.
Joder, parece que con lo que digo pretendo reducir las críticas
a la mínima expresión. Estoy reflexionando
en el plano teórico sobre lo que sería la
crítica ideal. Pero me parece puta madre que cada
uno exponga lo que quiera sobre un texto, y que haya diálogo
en la lista, y que el autor recoja aquello que le dé
la gana sobre lo que le dicen. Vamos, que si yo mando un
cuento, y tú me dices cómo hubieras construido
tú el puente por el que se tira el protagonista,
me encantará saberlo. Lo más posible es que
mi forma de reconstruirlo sea diferente, pero no por eso
me gustará menos indagar en los mecanismos de creación
o de revisión de otro escritor.
No sé si me explico. Es que no me gustaría
que luego se dijera: "Es que Isa dijo que...".
Que no. Que aquí cada uno es muy libre de decir lo
que quiera sobre los textos, e igual que el peor relato
es el que no se escribe -como dice Enrique siempre-, la
peor crítica es la que no se hace. Además,
esa "crítica ideal" de la que hablo es
una utopía, claro. Puede servir de guía como
una estrella en el cielo, pero es inalcanzable.
Y HO
decía en otro mensaje: la pertinaz manía
del escritor en implicarse en las cosas de su tiempo, con
un concepto, desde mi punto de vista erróneo, de
que por el hecho de ser una cosa que se llama "intelectual"
su voz debe ser escuchada más que la de un encofrador.
[...] La crítica publicada, pues, forma, como tú
dices, parte del juego. Decimos en mi tierra: es lo que
hay.
Como
habréis visto, estoy embebida en la lectura del crítico
argentino Ricardo Piglia, y no puedo evitar sacarlo a colación.
Aquí van dos fragmentos que me han llamado la atención:
«Cuando Sarmiento llega a presidente de la República
se produce un hecho único. [...] El mejor escritor
argentino ocupa el poder político. Y pasa algo increíble.
¡Su discurso inaugural se lo escribe Avellaneda! Sarmiento
se encierra y escribe un discurso para inaugurar su gobierno,
pero sus ministros se lo rechazan [...].
»Me parece una metáfora perfecta de las relaciones
del escritor con el Estado. Había que adaptarlo a
las necesidades de la política práctica. Y
antes que nada había que ajustarle su relación
con el lenguaje. Las cosas no han cambiado desde entonces,
más bien se han agravado. Para ser integrado un intelectual
debe demostrar que se sabe adaptar a la lógica de
lo posible.
[...]
»La política se ha convertido en la práctica
que decide lo que una sociedad no puede hacer. Los políticos
son los nuevos filósofos: dictaminan qué debe
entenderse por real, qué es lo posbile, cuáles
son los límites de la verdad. Todo se ha politizado
en ese sentido. También la cultura. La política
inmediata define el campo de reflexión. Parece que
los intelectuales tienen que pensar los problemas que les
interesan a los políticos.
[...]
»Los intelectuales hablan como si fueran ministros.
Se habla de la realidad con el cuidado y el cálculo
y el tipo de compromiso y el estilo involuntariamente paródico
que usan los que ejercen directamente el poder.»
Bueno,
pues ahí queda eso, que tengo que currar.
Besos:
Isa.
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| DIFERENCIA
ENTRE LECTOR Y CRÍTICO |
miércoles,
12 de junio de 2002 17:04 |
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Dice Vaz: Ah, por cierto: me
cuesta distinguir entre lector y crítico.
Según
yo lo entiendo, Enrique se refería a "lector"
como el que da una opinión subjetivísima de su
lectura, y no intenta extrapolar sus percepciones al resto de
los lectores; y "crítico" sería el que
hace un intento -un intento, he dicho- de objetivar al máximo
sus juicios, que intenta apartar sus gustos personales, sus
manías, sus lagunas o sus montañas culturales,
y ponerse en el lugar de una especie de lector -imposible, por
otra parte- de nivel medio y sin prejuicios.
En cualquier caso, no creo que venga mal saber la opinión
de uno u otro tipo de lector. Porque si el cuento sólo
se hace verosímil para los que conocen el mundillo del
periodismo... mala cosa, ¿no? Y que conste que no tengo
ni idea de si es así.
Besos
Isa,
que no tiene tiempo para leerse el cuento.
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