M E N S A J E S   D E   I S A   S O B R E  C R Í T I C A   L I T E R A R I A
 
TIPOS DE CRÍTICA
ACTITUD ANTE LA CRÍTICA
LOS PELIGROS DE LA CRÍTICA
LA CRÍTICA EN EL FORO DE DEBATE
DEBATE SOBRE LA CRÍTICA
DIFERENCIA ENTRE LECTOR Y CRITICO
¿CRÍTICO = ESCRITOR FRUSTRADO? I
¿CRÍTICO = ESCRITOR FRUSTRADO? II
¿CRÍTICO = ESCRITOR FRUSTRADO? III
¿CRÍTICO = ESCRITOR FRUSTRADO? IV
¿CRÍTICO = ESCRITOR FRUSTRADO? V



 

  TIPOS DE CRÍTICA
miércoles, 28 de febrero de 2001 21:34

   

Dice David: Lo que pasa es que al lector le gusta, a mí me gusta, tu crítica y la asocia con la calidad de la novela criticada... y se la compra.

Hombre, David, muchas gracias. A cualquier crítico le gustaría escuchar eso... Pero no creo que sea exactamente así (en ese caso te comprarías "mis" libros, y no los de Eloy Tizón). Y tampoco lo que yo he hecho es exactamente una crítica, sino una especie de "trailer" de la novela. Subjetivo, eso sí, y con la intención de picar la curiosidad del lector para que le apetezca comprarse el libro. Pero sobre una base real. Supongo que a mucha gente que se lea el texto no le apetecerá nada leerse la novela, porque hay lectores para todos los gustos, y a muchos todo eso de Mármara y Carlomagno y la papelería y Maracaiba les puede sonar a cuento chino (por ejemplo, a los lectores de ensayo y novela histórica). Y yo lo que quería era precisamente atraer a los lectores a los que sí les puede gustar la novela pero que no tienen conocimiento de su existencia... y los otros que no se gasten el dinero, por favor. En fin, que en realidad es la reseña de una lectora entusiasta que refleja ese entusiasmo e intenta contagiárselo a los que suelen pillar ese tipo de catarro.

Pero, ¿cómo haces si la novela no te ha gustado? Nunca he fantaseado con ser crítico literario, pero, por un lado, no creo que me gustara escribir una crítica no favorable de un autor al que no conozco, porque, sin ese vínculo personal, entiendo que pesaría más el efecto negativo que la intención constructiva. Por otro lado, si solo se escriben críticas elogiosas, perdería credibilidad o, peor aún, parecería un adulador, buscara o no favores recíprocos a cambios.

Huy, creo que ahí has mezclado un montón de cosas. Y es que hay muchas formas de hacer crítica, dependiendo precisamente de a quién van dirigidas, y para qué.

Una cosa es hacer críticas literarias de actualidad en un periódico, por ejemplo, para que los lectores se orienten en sus lecturas. En ese caso el crítico, siempre desde algo subjetivo (lo que entienda él por buena literatura) habrá de dar una idea lo más clara posible del contenido y de la calidad del libro; por tanto, intentar hacer críticas constructivas empañaría el propio objetivo de la crítica. Es decir, no tenemos por qué enseñar a Umbral cuáles son sus defectos o cómo solucionarlos, sino mostrar al lector la calidad del libro de Umbral (si él se enfada o se envanece nos tiene que dar exactamente igual).

Otra cosa es lo que yo voy a hacer en "La insignia": escribir lo que me dé la gana de los libros que me dé la gana. Como puedo elegir (no es mi labor en este caso mantener al lector al tanto de lo que va publicándose), escribiré críticas favorables de libros que me han gustado para animar a otras personas a que se los lean, que me parece mucho más gratificante que estarme leyendo mala literatura para ponerla a parir.

Otra cosa es hacer crítica literaria para personas concretas que quieren aprender a escribir mejor (lo que hago en los talleres) o para amigos escritores. Ahí sí que entra la crítica constructiva en acción. Cualquier narración tiene aciertos y defectos. Se trata (yo lo veo así, por lo menos) de hacer un balance entre unos y otros, inclinando la balanza siempre hacia el lado de los defectos, que son de los que más va a aprender la persona (y que conste que haría lo mismo con García Márquez si se me apuntara al taller). Es decir, se trata de que el escritor tenga una opinión externa (lo más racionalizada y objetiva posible) que le permita mejorar el texto, y también de que vaya aprendiendo a mirar sus escritos con ojos críticos. Todo esto, por supuesto, sin acritud y extrayendo siempre también las cualidades.

Y luego está la crítica literaria dirigida a un público más general (más abstracto), pero también con una intención didáctica. En este caso uno no conoce los defectos concretos de las personas que van a leerle, así que ha de atenerse a generalidades. En el caso de mi libro sobre el personaje ponía ejemplos de buena y mala literatura, sacando virtudes y defectos en los que creía que se podrían ver reflejados los lectores/escritores, dependiendo de lo que quisiera explicar (que conste que me permití hasta hacer una crítica desfavorable de Proust). Los ejemplos de mala literatura los saqué de libros publicados (y en general bastante vendidos), y algunas de las críticas reconozco que eran bastante despiadadas, como esta que hago de una novela de Soledad Puértolas:

Las novelas poco convincentes suelen flaquear, muy a menudo, por este lado. Cuando el autor intenta, a partir de unos cuantos rasgos que elige para su personaje, moverlo como una marioneta a través de la acción, sin preocuparse lo más mínimo de cuál es el temperamento de su criatura o de preguntarle si le apetece de verdad recorrer el camino que le ha marcado, esto suele reflejarse en que el protagonista aparece desdibujado y turbio; en que se mueve maquinalmente y no por su propia naturaleza. Como consecuencia, sus actos resultan incoherentes y la narración se arrastra en un sinsentido constante, renqueando a lo largo de las páginas como si llevara muletas.

Este problema tiene que ver, indudablemente, con la inmersión del autor en el personaje. La coherencia y fuerza de una novela no se pueden conseguir manejando los hilos desde fuera, como si jugáramos una partida de ajedrez; sólo la mente y los ojos de los personajes nos podrán señalar el camino que han de seguir, y si el escritor no es capaz de identificarse con ellos, la novela se desmembrará y aburrirá al lector.

Veamos un ejemplo de personaje difuso, extraído de una novela publicada actualmente:

"Olga me llevó a ese café, me presentó a todas esas personas a quienes yo conocía de oídas, escritores, periodistas, pintores, abogados, todos políticos al fin y al cabo, todos interesados en transformaciones sociales, en procesos históricos, en revoluciones, en teorías. En seguida me di cuenta de que Olga, aunque no hablaba mucho, era allí, en la tertulia del Somos, como lo había sido en el colegio, el centro de la reunión. Olga ejercía de reina silenciosa y distante y, aun cuando su superioridad no era sólo una cuestión de edad, estaba claro que era la mayor de las mujeres, la que había vivido más y conocido Dios sabe cuántas personas, y de qué modo, y, sobre todo, personas importantes, raras, seductoras, más aún que las que en ese momento nos rodeaban. Otra vez, como en el colegio, tenía tras de sí un territorio extraordinario para su uso exclusivo. Eso era lo que se decía de Olga, lo que se daba por supuesto al hablar con ella: su intimidad con los grandes personajes, su misteriosa amistad con esos hombres admirados cuyos nombres, a todos los demás, nos infundían tanto respeto que apenas nos atrevíamos a pronunciarlos.

El relativo silencio de Olga en la tertulia se rompía después, a la salida del Somos. Me cogía del brazo y echábamos a andar junto a la verja del Retiro. Ésos son los atardeceres de verano que recuerdo ahora. Ese aire cálido, cargado de olores y nostalgia, ha venido hasta mí a través de la ventana abierta, con todas las palabras, ya irreconocibles, de Olga, que, colgada de mi brazo, hablaba y hablaba, como aquella tarde en la enfermería del colegio, en el cuarto en penumbra en el que nos había recluido la madre enfermera. Ahora, años después, a la salida del Somos, Olga me contaba sus aventuras, me relataba sus amores."

Vaya, parece que en este fragmento no se puede ver a Olga por ningún sitio. Hablaba y hablaba... pero, ¿qué decía? Todo es vago en ella: parece que la narradora se niega a darnos detalles concretos sobre Olga. Estamos en la página dieciséis. Puede que nos haya pasado desapercibida alguna secuencia anterior en la que se la definía. Vamos a retroceder hasta aquella tarde en la enfermería del colegio, en la página diez, por si ahí conseguimos escuchar a Olga, ver a Olga:

"Sin duda ésa fue la primera vez que estuvimos juntas Olga y yo, juntas y solas, y la primera vez que hablamos, que, sobre todo, habló Olga, porque, una vez que la puerta se cerró tras los pasos silenciosos de la madre enfermera y que el cuarto, con las contraventanas y la puerta cerradas, estaba casi completamente oscuro, Olga empezó a hablar, a contar una cosa tras otra, a reírse incluso, y aunque hablaba en susurros a veces alzaba la voz, de manera que, si la madre enfermera estaba en el cuarto contiguo, nos tenía que oír, pero quizá estaba en otro cuarto más alejado o dormitaba, porque no entró sino mucho después, casi al cabo de la tarde. No sé lo que Olga me contaría durante aquel rato que compartimos en la enfermería, supongo que chismes de la vida del colegio, y aún creo que yo no podía escucharla del todo, impresionada por el hecho de que Olga Francines, la famosa Olga Francines, me estuviera hablando a mí, que era una absoluta desconocida para ella, una niña, por lo demás, cinco años más pequeña. [...] Puede que yo tuviera entonces diez años y ella quince, y la verdad fue que después de haber pasado aquella tarde en la enfermería, yo miraba a Olga como si me perteneciera un poco, ya no era la Olga lejana que todas admirábamos y que no tenía nada que ver conmigo, era una Olga que me había hablado durante horas."

Olga no para de hablar, y sin embargo al lector le parece alguien de lo más silencioso, porque, por alguna razón, se nos ocultan sus palabras. Retrocedamos algo más para saber al menos por qué todas las alumnas del colegio admiraban a Olga:

"Admirábamos a Olga [...] por su vida extraordinaria y secreta, por el padre al que nuestra imaginación había hecho diplomático y que iba y venía por el mundo inmenso, esos países remotos y exóticos de los que sin duda le traía a Olga algún recuerdo. La admirábamos por no tener una familia normal, por tener siempre a las monjas pendientes de ella, porque en cierto modo todo giraba a su alrededor."

Como se puede ver, las razones por las que las niñas admiraban a Olga son externas a la propia Olga. No hay manera de visualizarla, ni de escucharla, ni de conocer su carácter. Sigamos indagando, a ver si logramos atraparla. ¿Por qué tenía siempre a las monjas pendientes de ella?

"Pero nadie compadecía a Olga, salvo las monjas, que quizás tampoco la compadecían, pero que la miraban con un poco de temor, como si ellas, encargadas de cuidar a Olga durante tantas vacaciones, tuvieran miedo de no estar a la altura, de fallar. [...] Por vivir muchas temporadas sola con las monjas tenía con ellas una confianza que a todas las demás nos parecía asombrosa, indescifrable..."

Tampoco se contesta aquí a nuestra pregunta sino con evasivas; en ningún caso con algo que aluda a la persona de Olga.

Durante dieciséis páginas se nos ha estado hablando de una Olga que no existe, y por tanto todas sus acciones (hablar o permanecer callada, pasear o ir a las tertulias) resultan inverosímiles, aun sin ser extraordinarias. Podríamos seguir buscando pistas y respuestas hacia atrás o hacia adelante, pero siempre nos encontraremos con esa vaguedad elusiva que nunca nos permite aprehender al personaje por completo.

Después Olga se enamora, se desenamora y hasta habla, pero es alguien abstracto a quien le ocurren cosas, porque en ningún momento se nos muestra en su individualidad, en sus gestos característicos. Da la impresión de que no es ella quien actúa, sino la narradora quien la mueve y habla por ella como lo haría un ventrílocuo con su muñeco:

"¡Qué enamorada estoy!, exclamaba, interrumpiendo el desordenado relato, y fijando los ojos inmensos, brillantes, en ese punto indefinido del amor que era invisible para mí. ¡Si lo llegas a ver, allí, frente a mí, diciéndome esas cosas tan desoladoras: estoy agotado y vacío, desconectado del mundo, ya no volveré a escribir, no me interesa la vida! [...] ¡Es horrible lo mal que resultan las cosas contadas!, protestaba Olga. ¡Si lo hubieras podido ver cuando se volvió hacia mí delante de la puerta de la pensión y me miró como pidiéndome perdón por tener que llevarme a un sitio como ése, y suplicándome a la vez que no me volviera atrás, que me necesitaba...! Las escaleras, estrechas y sucias, en penumbra, ese olor indefinido y rancio de las viviendas baratas, esos sordos sonidos -voces, televisión, radio, pasos- de los fantasmales vecinos de los pisos... Pero todo se transformaba y valía la pena, porque Luis pedía perdón y la pedía a ella, tenerla, amarla. ¡Ése es el instante por el que se lucha y se muere, la razón de las existencias erráticas de los seres humanos! Un instante que no pertenece por entero a la vida, que llega a otro lado, un instante poético... Aquí se detenía Olga, en el umbral de una teoría sobre la poesía."

En este fragmento se puede observar cómo se mezclan las voces de la narradora y del personaje en un lenguaje envarado que suena a falsete, como si alguien por detrás de Olga estuviera tratando de imitar su voz, sin demasiada fortuna. Sólo hay que fijarse en la cantidad de exclamaciones sin valor expresivo que se incluyen, en un intento de soslayar la ausencia de convicción del monólogo, de esa mixtura de las voces de autora, narradora y personaje.

Por otro lado, da la impresión de que la narradora estuviera justificándose constantemente, a lo largo de la narración, por la falta de verosimilitud de lo narrado: «No sé lo que Olga me contaría durante aquel rato que compartimos en la enfermería [...], y aún creo que yo no podía escucharla del todo...»; «...todas las palabras, ya irreconocibles, de Olga, que, colgada de mi brazo, hablaba y hablaba»; «¡Es horrible lo mal que resultan las cosas contadas!, protestaba Olga».

En esta novela el estilo es correcto, la narración se sigue sin dificultad, los detalles ambientales son aceptables...; pero se echa en falta una mayor identificación con el personaje por parte de la autora y, en consecuencia, por parte del lector, que se ve obligado a seguir un argumento construido en torno a un conjunto de vaguedades llamado Olga.

Este tipo de deficiencias relativas a la inmersión del autor en el personaje de novela hace que el lector reciba la impresión de que el narrador está contándole una película que vio el otro día. Y el lector no necesita que le cuenten la película; quiere verla con sus propios ojos, que para eso ha pagado la entrada.

Como comprenderás, me daba un poco igual lo que pudiera opinar Soledad Puértolas de mi crítica. Lo que me interesaba era ejemplificar una carencia que pudiera hacer ver a los lectores la necesidad de identificarse con sus personajes de novela.

En resumen, que yo creo para hacer crítica siempre hay que tener muy claro el objetivo, y aplicar aquello de "el fin justifica los medios".

Uf. Ya me enrollé. Me voy a cenar.

Besos:

Isa.

 

  ACTITUD ANTE LA CRÍTICA
sábado, 14 de julio de 2001 12:32


Dice David: Alguna vez he pensado que me agradaría ser profesor... el de qué ya es otra historia. Pero soy consciente de que para eso es importante, si no motivar, por lo menos no machacar... Y no digamos ya si hablamos de esto de la escritura creativa. Te viene alguien con problemas de bloqueo y, en vez de resaltarle las cosas positivas, entro a degüello con lo que me parece criticable, y el pobre no vuelve a escribir una línea.

Pues si alguien deja de escribir porque le machaquen un cuento va a tener serios problemas para ser escritor (incluso si no aparece nunca nadie que se lo machaque). Vamos, que me has tocado la fibra con el tema, claro. Los bloqueos son miedos, y la única forma de superarlos es enfrentarse a ellos. Una buena terapia de choque a veces viene que ni te cuento... (si la crítica es fundada, por supuesto; y todos los escritores del mundo, por muy cazurros que sean, saben cuándo una crítica es fundada -sienten la estocada en lo más profundo de su alma-; y si la crítica no es fundada, pues a otra cosa, mariposa).

Besos:

Isa

 

  LOS PELIGROS DE LA CRÍTICA
sábado, 21 de julio de 2001 9:15

   

Dice María: Por eso creo en la validez de la crítica sobre la obra consagrada la de aquel que ya llegó al otro; y no la crítica del hacer de aquellos que están en camino, porque se pueden perder, por falta de estímulo o por vanidad.

Yo creo que, como en cualquier campo, hay más probabilidades de que se pierdan los que no reciben ningún tipo de orientación que los que tienen la oportunidad de observar en "el otro" el efecto que producen sus obras. Por supuesto, esto no garantiza ni que acaben siendo unos artistas excepcionales, ni que encuentren su camino; pero, desde luego, les resultará mucho más fácil.

Puede que, en un momento dado, pueda venir bien a una persona concreta que su maestro le diga simplemente: "Pinte, pinte, pinte". Pero creo que para que ese sistema funcione realmente se tienen que dar unas cuantas circunstancias: que la persona tenga ya unas pautas sobre las apoyarse para seguir ese consejo, que tenga bien desarrollada la capacidad de autocrítica (si todo lo que hace le parece estupendo, y no hay nadie que le diga los fallos, no se producirá un verdadero avance en su camino creativo, por más que pinte cuadro tras cuadro), que no sea excesivamente insegura (si no hay ningún signo exterior que le haga ver que sus ejercicios pueden tener el mismo valor que los de sus compañeros, puede tener durante toda su vida la impresión errónea de que nunca será capaz de hacerlo bien, y eso la llevará al bloqueo más absoluto)...

De hecho, ese es el sistema que se lleva poniendo en práctica desde hace mucho en los colegios e institutos españoles en cuanto a la creación literaria. "Escribe una redacción sobre esto", "Escribe un diálogo", "Escribe una descripción"... "Escribe, escribe, escribe". Pero ningún profesor te decía cómo hacerlo ni, una vez escrito, cómo mejorarlo. El resultado, no hay más que verlo en el panorama de la narrativa actual: los más inseguros todavía no se han atrevido a despegar; los más seguros y autocomplacientes publican bodrio tras bodrio apadrinados por el Ayuntamiento de su pueblo, por su amigo editor o por su primo escritor, a su vez, de bodrios. Cuatro gatos, eso sí, logran encontrar su camino, como hormiguitas empecinadas, pero son muy-muy pocos, y esos no reciben ningún apoyo del exterior.

Antes existía lo de las generaciones: los escritores, que funcionaban a modo de gremio artesanal, se reunían, se leían los poemas y las novelas, se criticaban unos a otros... Y así iban avanzando. Ahora, quien tenga las suerte de poseer las cualidades que antes comentaba tiene que añadirle una enormísima tenacidad para correr la maratón en solitario.

Yo creo que esto de la creación artística lo llevan con mucha más naturalidad en EE. UU. Los futuros escritores eligen asignaturas en su carrera de Escritura Creativa (Raymond Carver fue alumno de John Gardner, por ejemplo), hay agentes literarios en abundancia y los editores no se dejan llevar por amiguismos... Eso tiene su parte mala, claro, la tendencia a convertir el arte en un producto de consumo masivo, y como consecuencia, la proliferación de escritores que se venden por completo a lo que el gran público demanda. Pero está claro que el camino para cualquier persona que sienta la inquietud de escribir es mucho más fácil andarlo con ayuda que sin ella.

Saqué el segundo premio de pintura del CEAP allá por los años 65, el mismo año que terminaba de "cursar" mi carrera... A partir de ese premio, por muchos años no pinté más, y cuando volví siempre lo hice con miedo y aún hoy no lo puedo superar.

Yo creo que ese es el peligro de los reconocimientos prematuros, y he escuchado bastantes casos similares. Un premio en un mal momento puede caer como una losa que hay que cargar en adelante, igual que los artistas que han sido famosos de niños. Para que uno pueda asimilar un reconocimiento también ha de estar mínimamente seguro de que lo que ha hecho vale la pena. Yo suelo recomendar a mis alumnos que se presenten a concursos cuando ya llevan un año, como mínimo, en el taller, aunque hay algunos que podrían ganar premios antes. Pero, como decía Ángel, cuando uno se presenta a un concurso ha de estar más o menos seguro de lo que hace, y ser consciente de que el resultado (aunque le pueda alegrar o entristecer) no va a afectar a lo que ya considera su oficio o vocación.
 
Besos:

Isa.

  

 

  LA CRÍTICA EN EL FORO DE DEBATE
sábado, 24 de noviembre de 2001 14:23

   

Hola a todos:

A ver. Hace tiempo Inés comentó que en la última quedada me había oído -de refilón- decir algo como que se venían haciendo críticas en la lista de dudosa utilidad para el autor del texto. A partir de ahí se creó un revuelo en el que unos y otros opinaron, muchos dejaron de emitir juicios, otros se quejaron de ello, etc. Después vino un bajón generalizado cuya causa aún se está investigando en el laboratorio H de la lista, y que se podría decir que estuvo provocado por los desmanes climáticos del otoño si no fuera porque en algunos países al otro lado del charco están entrando en un caluroso verano. Después de un par de ajustes en la sala de máquinas parece que el submarino ha vuelto a arrancar. Sin embargo, se quedó flotando una pregunta: ¿cuál es el modo en que una crítica ayuda al escritor, tanto a reformar su texto como a solucionar errores en futuros relatos?

Yo, evidenciando mi temperamento autista, me mantuve en un silencio tozudo. Puedo decir que tenía mucho trabajo y que no encontraba el hueco para hablar sobre ello. Y sería verdad. Pero no sería toda la verdad. También ocurre que es un tema muy espinoso sobre el que me cuesta mucho declararme. Siempre he realizado mi trabajo de una forma bastante intuitiva, a palos de ciego, y ponerme ahora a confeccionar un método —o, mejor dicho, a exteriorizarlo— me cuesta un gran esfuerzo. Además, una cosa es decir algo en una charleta de amigos, y otra muy distinta es escribir sobre ello. Entre una cosa y otra me he pasado un temporadita cargando la palabra "crítica" como un pesado fardo a mi espalda. Mi inconsciente ha debido de estar trabajando con fruición en aligerar la carga, porque de pronto ya veo las cosas más claras, y la presión ha desaparecido. Por eso escribo, claro, y porque es sábado por la mañana, hace frío fuera, suena Neil Young en la cadena y Germán se ha prestado a hacer unas lentejitas.

No sé todavía muy bien qué voy a contaros... Será como hablar en voz alta, y a ver qué sale de ahí.

Algunos os acordaréis de que hace tiempo María (mariagiana; por cierto, ¿estará todavía entre nosotros?) mandó un par de mensajes en los que venía a decir que no estaba de acuerdo con la crítica (así, en abstracto), porque le parecía que podía ser contraproducente para el autor. Coincidir con ella me hubiera llevado a dejar mi trabajo y ponerme a pedir en la calle (lo único que sé hacer en la vida es criticar textos); sin embargo, tampoco acababa de estar en claro desacuerdo. Vamos, que yo siempre había dado por hecho que las críticas eran beneficiosas para el escritor y nunca me había parado a cuestionarme esa afirmación. A ese asunto le di muchas vueltas (bueno, se las dio mi inconsciente), y en algún momento debió de variar mi concepción de la crítica. La sigo considerando útil, por supuesto, pero de otra forma.

No creo que haya que ver al escritor -en absoluto- como una frágil criatura cuyo talento hay que arropar y cuidar, teniendo cuidado de no empañarlo con sugerencias ni bloquearlo con críticas. Ante todo, considero a los escritores personas adultas que saben valerse por sí mismas y no se dejan dañar por críticas inútiles; y si lo hacen, otros muchos obstáculos más entorpecedores impedirán que se acaben desarrollando como escritores. Ahora bien, también es verdad que una crítica puede ser estupenda (en el sentido de "acertada") y sin embargo no servirle para nada al escritor concreto que la recibe, e incluso despistarle o desviarle de otras cuestiones fundamentales.

Antes, yo me tomaba la crítica como un análisis textual. Había que mirar con lupa el texto, encontrar los puntos flacos, buscar el porqué, ser capaz de explicarlo de una forma clara e indicar cómo mejorar el escrito. Esto de los talleres literarios —la enseñanza de la escritura— es bastante nuevo, y todos los libros y métodos de crítica literaria que yo he leído no van enfocados a enseñar a las personas a escribir, sino que están pensados para orientar a los lectores, para entresacar los mecanismos de la creación, para estudiar los géneros literarios o para evaluar la calidad de un escrito. Es decir, toman al texto como protagonista (el autor que lo compuso no importa). La pregunta que harían sería: ¿Cómo se puede mejorar este texto? Y así veía yo la labor crítica. Teóricamente, claro, porque en la práctica, en mis clases, las críticas dependían de otros factores que nunca me había parado a analizar seriamente (el carácter de cada alumno, el momento del aprendizaje en el que se encontrara, etc.).

El caso es que ahora me planteo la crítica de otra manera, quizá menos exhaustiva y analítica, pero creo que más útil para el autor de un relato. El método para criticar partiría de esta pregunta: ¿Qué necesita saber el autor para mejorar este texto? Y la respuesta es: el autor necesita un lector incomparable. Así que un buen crítico —en el sentido en el que estamos hablando— sería el mejor lector. Una especie de lector ideal, según la concepción de lector ideal que tenga el autor.

Es decir, si alguien escribe un relato policíaco, es obvio que el lector que busca es aquel que acepte de entrada las claves del género. Entonces el crítico, aunque odie a muerte el género policíaco, y tenga sus razones para ello, ha de olvidarse de esto y juzgar el escrito dentro de los límites que marca el género. Si intenta que el autor profundice más en la psicología de los personajes, deje un final abierto y resucite al muerto, es decir, si propone al autor que recomponga el relato al estilo de Chéjov, no le estará ayudando mucho, pues —aunque el relato que saliera podría ser magnífico— no era eso lo que quería escribir el autor, así que se quedará desconcertado y, aun en el caso de que siguiera nuestros consejos, no conseguiría sino dar un rodeo en el camino del aprendizaje.

Entonces, la mejor forma en que puede leer el crítico un relato es intentando olvidarse de su lado crítico y sacando todas las antenas de su lado lector. Es decir, siendo un lector avisado. Un lector que sea capaz de registrar (es muy bueno leer con un boli y hacer marcas ininteligibles o subrayados rápidos) los momentos en que se le cierran los ojos, las partes en que no es capaz de asimilar todos los datos que se dan, la emoción al leer determinada frase, la ansiedad por llegar al final, etc., etc., etc. Sería como llenarse el cuerpo de esos sensores que registran la frecuencia de los latidos del corazón, el paso de un estado del sueño a otro, etc.

Cuando termine la lectura, tendrá un montón de informaciones y datos, que serán la materia prima de la crítica. Algunos no será necesario usarlos. Por ejemplo, puede que al principio no se entendiera una alusión; pero si eso no llegó a descentrarnos en la lectura, y más adelante la alusión se ve justificada, entonces no hay ni que tomar en cuenta esa primera impresión.

Una forma que podría adoptar la crítica sería, por ejemplo, la exposición de los datos que hemos ido recopilando en estado puro, en bruto, con un puro orden cronológico. Es una opción, pero no creo que sea la mejor, pues tanto caos puede sembrar la confusión en la mente del autor. Lo mejor es cribar esa información y, una vez seleccionado lo más importante, jerarquizarla. Todos los puntos débiles que hayamos detectado en nuestra lectura estarán posiblemente relacionados, pues cuando un texto hace aguas por un sitio, todo se humedece. Tenemos que encontrar, como los fontaneros, la rotura de la cañería, el punto por el que el texto empezó a fallar. Y eso es lo que hemos de ofrecer al escritor: "Mira, el agujero estaba aquí. Cuando lo tapes, acuérdate de pasar bien la fregona por los rincones y dar brillo al suelo, que se ha puesto todo perdido".

Eso es lo fundamental, según mi punto de vista. Luego, si nos queda tiempo, podemos dar sugerencias sobre cómo poner los parches o hacer las soldaduras, mostrarle al autor un catálogo de fregonas o ayudarle a pulir el suelo. Pero eso ya es secundario y, además, sería un segundo paso (no conviene saturar al autor). Lo importante es hacerle ver que el lector, ese lector ideal con el que sueña por las noches, desvió los ojos hacia la ventana y bostezó mientras el asesino preparaba los bártulos para matar a su víctima.

De esta forma, resultaría conveniente -según lo veo yo- seguir estas tres normas:

-No decirle al autor aquello que nos habría gustado leer en lugar de lo que ha escrito. Reformar el texto es labor del escritor. Para que se dé cuenta de lo que falla, y sea capaz de verlo en sucesivas ocasiones, tenemos que mostrarle la rotura, pero no taparle el agujero (por otra parte, no podríamos evitar hacerlo de forma subjetiva y según nuestros criterios, con lo que podría servir para mejorar una parte del texto, pero rompería posiblemente la coherencia).

-No ser demasiado pejigueros. Si -leyéndolo como lectores- un relato funciona, nos engancha y emociona, cubre todas las expectativas que nos marcaba y enciende una luz sobre alguna parcela de la vida, no hay ninguna razón para ponerse pejiguero y buscarle las vueltas, o hacer una relectura escarbando en cada frase, etc. Yo antes decía que si García Márquez se apuntara a mis clases, le criticaría los textos como al resto de los alumnos. Ahora no puedo decir lo mismo. Más bien, cuando leo o escucho un relato, pienso si mis impresiones y mi emoción como lectora se puede equiparar a lo que sentí al leer *Cien años de soledad*; si no es así, ese salto es el que me permite medir la hondura de la crítica, el diámetro de la rotura.

-Al contrario. Si hay una rotura en la general, es decir, un fallo de bulto que exige una reescritura del texto (como la superficialidad del protagonista, el tono del narrador o un enfoque equivocado en el tratamiento del tema), de nada sirve centrar la crítica en la palidez de las metáforas o en el desajuste de un diálogo. Ir al grano es importante para no despistar al escritor con problemas que vendrían en una segunda etapa del aprendizaje o de la revisión.

Bueno, y seguro que se me quedan muchísimas cosas en el tintero (es la primera vez que me pongo a escribir sobre esto), pero podemos ir sacándolas a la luz entre todos, ¿no?

Por último, añado una serie de consejos que incluí en mi libro sobre el personaje dirigidas al escritor que recibe críticas. Creo que siguen teniendo vigencia. Ahí van:

1. Si nuestro amigo nos da una opinión crítica, no es porque nos odie o sienta envidia malsana por nuestras virtudes artísticas. Hay que evitar las paranoias y confiar en él.

2. Si lo que nos dice no atiende a nuestras expectativas, más vale contener el enfado, aun a costa de salir corriendo con cualquier excusa. Si nuestro amigo se siente coaccionado por posibles represalias, no servirá como lector para otras ocasiones.

3. Tenemos que dejar de lado, durante la conversación, el amor propio. No somos dioses, sino seres limitados. Si nos encerramos en una actitud orgullosa, no podremos asimilar ni una palabra de las que nos digan.

4. Si nuestra cita es con varios lectores, hay que procurar, en el caso de que todos tengan dudas sobre determinada secuencia, no atribuir a cada uno un defecto que le imposibilita para la comprensión del hecho artístico. Lo más posible es que la culpa sea nuestra.

5. Es mejor no caer en la tentación de —ante los puntos oscuros— justificar nuestros motivos o explicar en detalle la historia. Lo que los lectores no hayan entendido en una primera lectura hay que revisarlo o dejarlo por imposible. Las justificaciones suelen ser —más si provienen de un escritor— poco elegantes y, sobre todo, inútiles.

6. Hemos de agradecer cortésmente los elogios, pero dejarlos correr para intentar indagar en los puntos débiles.

7. Todos esperamos, en el fondo de nuestra alma, que los lectores digan de la obra en cuestión que es lo más impactante que han leído en su vida, superando con creces la maestría de un Proust y un Cervantes. Antes de asistir a la cita debemos hacer, sin embargo, un pacto con la realidad, para que el desencanto se transforme en ilusión y fuerza renovadas cuando nos digan cosas como que la novela es «entretenida»; o que «se puede leer»; o que hay un par de «frases afortunadas».

Bueno, me da la impresión de que no he dicho ni la mitad de lo que había pensado decir. Pero no sé, ahora mismo no se me ocurre nada más. Ahora os toca a vosotros.


Besos:

Isa.

 

  DEBATE SOBRE LA CRÍTICA
lunes, 03 de diciembre de 2001 10:14

 

Hola.

He estado leyéndome los mensajes relacionados con la crítica, que por cierto se diluyen en el silencio y su interpretación con violín y orquesta.

Algunas matizaciones y comentarios caóticos:

Dice HO: Supongo que por todo eso el escritor que lo es conoce las rugosidades de su creatividad, las asume y le importa menos que sus gentes le adviertan de que ha escrito un capítulo de su novela que se hace infumable. Pero el escritor aficionado, habitualmente, ha desarrollado ya una relación amorosa con ese capítulo de suficiente entidad como para no soportar la idea, no ya de reescribir el capítulo, sino de abandonar esas cuartillas ya escritas. Y supongo que una de las labores de los talleres de escritura será ésa precisamente, enseñar a tirar las cosas a la papelera y olvidarlas.

Sí, en efecto, a muchas personas hay que enseñarles a tirar las cosas a la papelera. Pero a otras tantas hay que enseñarles a todo lo contrario, a que confíen en sus posibilidades lo suficiente como para escribir un relato de principio a fin, por ejemplo, y no se estanquen a la mitad pensando que aquello es una mierda. Hay que enseñarles a que no odien sus creaciones.

Por otra parte, he conocido a escritores profesionales que no se atreven a mostrar más que a un par de personas lo que escriben antes de que sea publicado, y que llevan muy mal eso de que se les critique. Y que demuestran tanto amor por sus creaciones como el más cariñoso de los padres, aunque ese amor no les impide modificar el texto una y otra vez. Quizá el amor que muestran los principiantes hacia sus relatos sería un amor adolescente, un amor a primera vista que no va muy lejos aunque duela la ausencia. El amor del escritor por sus obras es más maduro, hecho de convivencia, guerras, muertes, acuerdos y concesiones. Ese amor puede no ser pasional, pero es fructífero y perenne. El otro es intenso pero volátil.

Vamos, que lo que vendría a marcar la difusa frontera entre los escritores aficionados de los profesionales es, yo creo, su capacidad autocrítica equilibrada (por llamarlo de alguna manera). La autocrítica y el perfeccionismo han de ser suficientes para mejorar todo lo posible un texto, pero no tan insistentes que bloqueen la creatividad o impidan reconocer los aciertos. En esa cuerda floja, haciendo equilibrios, se mueven los buenos escritores o, mejor dicho, las buenas obras literarias.

Dentro de esa capacidad creo que juegan un papel fundamental la voluntad y la paciencia. No hay cosa que más nerviosa me ponga que gastar en hacer la crítica de un texto más tiempo que el autor en escribirlo y revisarlo. Creo que era Cris la que tenía una cita de Conan Doyle a los pies de sus mensajes: "La genialidad es una infinita capacidad de tomarse molestias". Pues eso.

Creo que el principal error del mal escritor de relatos es elegir un asunto, un sentimiento, un mensaje, y tirarse hacia él en plancha sin reparar en más, como teniendo prisa por expresarlo; sin darse cuenta de que lo hermoso de la lidia no es engañar al toro, sino hacerlo poco a poco, templando la suerte, recreándose en ella y asomándose al balcón. Siempre es lo mismo, pues; pero unos lo adornan mejor que otros y eso crea la diferencia entre el maletilla y el maestro.

Me ha encantado la metáfora taurina (y mira que yo de toros...). Cuando esto ocurre, salen relatos planos, chatos, que sin tener por qué ser malos, carecen de la riqueza y la profundidad de las obras maestras. Pero también puede ocurrir lo contrario, que el autor intente abarcar demasiados temas, asuntos, sentimientos y mensajes. Es muy típico de principiantes el escribir un relato donde se cuente la vida de un personaje desde que nació hasta los sesenta y cinco años, queriendo incidir en sus desamores, en las relaciones traumáticas con sus padres, en la desazón del paso del tiempo, en la enfermedad y los hijos, en la muerte y la pobreza y las relaciones entre ricos y pobres... El resultado suele ser bastante peor que en el primer caso.

Hablo de crítica-crítica, por supuesto. Una lista de distribución no aspira a eso. Se trata de coleguear, no de escribir tesis doctorales sobre el concepto de tiempo  en la lírica de Berna Wang.

Bueno, yo creo que una cosa es coleguear, y otra cosa es hacer una crítica. Se pueden hacer las dos cosas a la vez, pero no por eso dejan de ser distintas. Una lista de distribución no aspira, en efecto, a escribir un estudio sobre el concepto del tiempo en la lírica de la Wang, pero porque eso no le interesa a nadie en esta lista (o al menos no es lo que más interesa). Ese es el tipo de análisis textuales que sirven para indagar en la historia o teoría de la literatura, pero no para ayudar al escritor.

A lo que tú llamas "crítica-crítica" yo le llamo análisis textual o comentario de texto. Según decía el otro día, el tipo de crítica que creo que ayuda al escritor es una especie de opinión fundada de lector. Este tipo de crítica no vale ni menos ni más que la otra; simplemente persigue un fin distinto. E, igual que la otra, puede ser más o menos profunda, más o menos pensada, más o menos absurda. Eso depende del empeño que ponga quien la haga, el tiempo que le dedique, su capacidad para interpretar sus impresiones y transmitirlas por escrito, etc. Pero yo creo que esta lista es un sitio estupendo -por no decir el idóneo- para practicar ese tipo de crítica que, por cierto, de poco serviría si tuviera la extensión de una tesis doctoral.

Así, de primeras, el escritor es un cabronazo (o bragazas) que nos reclama una parte de nuestro dorado tiempo, que podríamos emplear en cosas tan edificantes como concursar en Pasapalabra o leer el consultorio de pareja del Cosmopolitan, para que atendamos a los mensajes que ha querido enviarnos. Así las cosas, es inconcebible que le lancemos mentirijillas piadosas porque serían las menos piadosas de las mentiras.

Estoy totalmente de acuerdo, pero me gustaría matizar esos apelativos cariñosos ;-) Quizá porque alguna vez he caído de verdad en considerar al escritor un enemigo al que tengo que descuartizar... Es fácil caer en ello. Y, si se cae, el escritor tomará una postura defensiva que hará imposible una comunicación fructífera. De hecho, esa antipatía y falta de entendimiento es algo ancestral entre críticos y escritores. Pero aquí es diferente, porque estamos hablando de un crítico que quiere ayudar al escritor, y no a la vecina del cuarto, por lo que lo primero que tendrá que hacer es demostrar su buena fe. No ha de actuar a mala leche, ni criticar por criticar, porque entonces se rompe esa base de confianza. Cuando esa base está bien asentada, cuando quien escribe está convencido de que sólo quieren ayudarle, el crítico se puede permitir, si lo considera necesario, decirle al autor: "Sinceramente, creo que este texto deberías tirarlo a la basura".

Yo creo que eso lo hemos conseguido en esta lista poquito a poco y entre todos, quizá porque todos somos críticos y autores a la vez. Y me gustaría subrayar eso, que no es tan fácil que se cree ese clima de respeto cuando se están tocando cuestiones tan delicadas como ilusiones, vocaciones, deseos, ambiciones y muchísimo esfuerzo. Es curioso que en esta lista la gente no se enfada cuando le critican su relato, sino cuando no lo hacen. ¿Será una lista de masoquistas? ;-)

Sólo existen recetas para escribir las malas obras literarias.

Cuidado, que los talleres tampoco pretenden (al menos el nuestro) dar recetas para escribir buenas obras literarias. En los talleres se habla de técnicas narrativas, que no es lo mismo que recetas. Por ejemplo, todos los relatos tienen un narrador; hablar del narrador y de los diferentes tipos de narrador que han ido usando los escritores a lo largo de la historia no es dar una receta, sino señalar algo que ha de estar en toda obra literaria. Luego se podrá usar bien o usar mal, pero señalar su existencia es poner en manos del autor una herramienta muy útil en cuya existencia antes no había reparado.

Por lo demás, cada obra es un mundo de conexiones que se sustenta sobre columnas diferentes, por lo que difícilmente valen las recetas. Por eso en los talleres se trabaja a posteriori, sobre la obra ya escrita, porque ahí sí se puede extraer qué es lo que falla en el sistema de constelaciones que ha intentado crear el autor. En los escritores principiantes sí que se suelen repetir, sin embargo, una serie de síntomas que evidencian la enfermedad del texto (adjetivos antepuestos, proliferación de adverbios terminados en -mente, lenguaje burocrático, etc.). Para evitar esos síntomas sí se pueden dar recetas, aunque el autor sólo suele hacer caso de ellas cuando ya ha comprendido otras cuestiones más de fondo.

Todos nosotros nos movemos, de una forma o de otra, con algunos criterios que son ajenos al juicio frío que podamos hacer de un escrito. Existe una predisposición. Uno no espera encontrarse en una página gratuita de arrakis las mejores prosas del siglo. Y a lo mejor están allí. Por lo demás, nos predisponemos positivamente ante determinada literatura tan sólo por la vitola que rodea su cuello.

Como decía Pepe, ese es el juego en el que no queda más remedio que entrar si uno quiere tomarse esto en serio, si quiere ser leído por alguien más que sus familiares y amigos.

Últimamente le doy vueltas a la cuestión de que la capacidad para convertir la escritura en un oficio requiere un cúmulo de características -cada vez más-, de las cuales el talento es sólo una entre cien. Me da mucha rabia escuchar en el taller relatos buenísimos que a veces, por las características del autor, se quedarán en carne de taller. Por ejemplo, muchas personas -en general, mujeres- tienen una autoestima demasiado baja como para entregar -como para querer entregar a toda costa- sus textos al mundo, como para luchar por ser leídas.

Dice Pepe: Cuando compro la "Revista de libros" u otras publicaciones encuentro dos tipos básicos de artículos críticos [...]: a) "una vez más fulanito nos regala una deliciosa novela con una rotunda estructura y un mágico contenido que nos transporta..."; b) "Claro epígono de Moosker y Strangster en la generación X, este nuevo autor realiza un ejercicio narrativo à la Beaulieu con reminiscencias Blazquecianas, como afirman Bedlerman y Escherson ("Narrativa hipercolorista húngara", 1994)".

El tipo a) sería el tipo de reseña crítica hecha para el lector potencial. El tipo b) sería un análisis del texto dirigido a encasillarlo en una tendencia o género, es decir, para estudiosos de Historia de la Literatura.

Ninguno los dos estilos me parece útil para el autor de la obra. Más bien los veo como escaparates en los que se lucen los críticos sin ningún interés real en el objeto literario, sino en su propio estilo de redacción. En cuanto al posible lector (yo), sólo son útiles si ya tengo una predisposición a leer acerca del autor (en el primer caso con el acento puesto en lo emocional, y en el segundo con énfasis en lo erudito-snob).

Claro que no es útil para la parte escritora del escritor. Ni pretende serlo. En cuanto a que son escaparates en los que se lucen los críticos, eso dependerá de si son buenos críticos o no. Yo hace mucho que no leo una buena crítica en el Babelia, y no compro revistas de libros, pero léete a Clarín, léete a Nabokov, léete a Bajtín...

Y si las de tipo a) no te sirven a ti como posible lector, de nuevo volvemos a lo mismo: estarán mal escritas. Lo que yo observo en los últimos tiempos es que el crítico no se pringa, es decir, quiere transmitir una sensación de que dice cosas buenas sobre el libro, pero lo hace con palabras huecas. Me acuerdo que hace mucho leí una crítica hecha a un tal F. M., que había escrito un libro de microcuentos absurdos que se llamaba "X, Y y Z", y decía algo así: "Este libro puede ser la obra de un genio o la mayor perversión de la literatura". Es decir, ni chicha ni limoná, yo no me pillo los dedos.

Dice Ricardo Piglia: "Por supuesto no existe ninguna relación entre calidad literaria y consagración crítica o éxito de público. La calidad literaria es algo tan raro y difícil de encontrar que nos hemos acostumbrado a buscarla allí donde la crítica y el mercado niegan los textos o los silencian."

Pero vamos, eso no es razón para invalidar esos tipos de críticas, sino a la mayoría de los que las escriben.

En esta lista, y en otras listas de literatura, se obtienen críticas de cuatro tipos, que menciono por orden de frecuencia: a) "Fantástico, me gustó mucho, me recordó bla bla bla"; b) "Mira, creo que en el segundo párrafo podrías mejorar esto y lo otro..."; c) "Te falta una hache en 'me hechó de casa' " y d) el silencio.
Gracias, Pepe, ya sabes lo bien que nos vienen tus clasificaciones. El segundo tipo es el que, a priori, considero más útil: una visión interna del trabajo, de luthier a luthier: ¿cómo habría puesto yo este puente? ¿Qué forma le habría dado a esta curvatura?

Esto es lo que yo decía que mejor no hacer. Yo creo que hay que señalar: ese puente está roto; donde la historia hace ángulo debería haber una curva. Pero no caer en la tentación de decir cómo lo habríamos hecho nosotros. Dije que al leer nos teníamos que olvidar de nuestro lado crítico y agudizar el lado lector. Olvidé decir que también nos tenemos que olvidar de nuestro lado creador. Como escritores nos será fácil caer en mil fantasías y formas de reconstruir la historia, palabras mucho más dulces, diálogos mucho más vivos. Pero no le sirve al autor, que no tiene nuestro lenguaje ni nuestros mecanismos para construir puentes. Vuelvo a Piglia: "De hecho un escritor es alguien que traiciona lo que lee, que se desvía y ficcionaliza: hay como un exceso en la lectura [...], un uso inesperado del otro texto". Yo creo que hay que procurar no trasladar esa parte utilitaria de la lectura a la crítica. Una cosa es lo que aprenda el escritor en su lectura, el uso que le pueda sacar a los errores y aciertos que vea, y otra diferente es lo que puede aportar al autor.

Joder, parece que con lo que digo pretendo reducir las críticas a la mínima expresión. Estoy reflexionando en el plano teórico sobre lo que sería la crítica ideal. Pero me parece puta madre que cada uno exponga lo que quiera sobre un texto, y que haya diálogo en la lista, y que el autor recoja aquello que le dé la gana sobre lo que le dicen. Vamos, que si yo mando un cuento, y tú me dices cómo hubieras construido tú el puente por el que se tira el protagonista, me encantará saberlo. Lo más posible es que mi forma de reconstruirlo sea diferente, pero no por eso me gustará menos indagar en los mecanismos de creación o de revisión de otro escritor.

No sé si me explico. Es que no me gustaría que luego se dijera: "Es que Isa dijo que...". Que no. Que aquí cada uno es muy libre de decir lo que quiera sobre los textos, e igual que el peor relato es el que no se escribe -como dice Enrique siempre-, la peor crítica es la que no se hace. Además, esa "crítica ideal" de la que hablo es una utopía, claro. Puede servir de guía como una estrella en el cielo, pero es inalcanzable.

Y HO decía en otro mensaje: la pertinaz manía del escritor en implicarse en las cosas de su tiempo, con un concepto, desde mi punto de vista erróneo, de que por el hecho de ser una cosa que se llama "intelectual" su voz debe ser escuchada más que la de un encofrador. [...] La crítica publicada, pues, forma, como tú dices, parte del juego. Decimos en mi tierra: es lo que hay.

Como habréis visto, estoy embebida en la lectura del crítico argentino Ricardo Piglia, y no puedo evitar sacarlo a colación. Aquí van dos fragmentos que me han llamado la atención:

«Cuando Sarmiento llega a presidente de la República se produce un hecho único. [...] El mejor escritor argentino ocupa el poder político. Y pasa algo increíble. ¡Su discurso inaugural se lo escribe Avellaneda! Sarmiento se encierra y escribe un discurso para inaugurar su gobierno, pero sus ministros se lo rechazan [...].

»Me parece una metáfora perfecta de las relaciones del escritor con el Estado. Había que adaptarlo a las necesidades de la política práctica. Y antes que nada había que ajustarle su relación con el lenguaje. Las cosas no han cambiado desde entonces, más bien se han agravado. Para ser integrado un intelectual debe demostrar que se sabe adaptar a la lógica de lo posible.
[...]

»La política se ha convertido en la práctica que decide lo que una sociedad no puede hacer. Los políticos son los nuevos filósofos: dictaminan qué debe entenderse por real, qué es lo posbile, cuáles son los límites de la verdad. Todo se ha politizado en ese sentido. También la cultura. La política inmediata define el campo de reflexión. Parece que los intelectuales tienen que pensar los problemas que les interesan a los políticos.
[...]

»Los intelectuales hablan como si fueran ministros. Se habla de la realidad con el cuidado y el cálculo y el tipo de compromiso y el estilo involuntariamente paródico que usan los que ejercen directamente el poder.»

Bueno, pues ahí queda eso, que tengo que currar.

Besos:

Isa.

 

 

 

  DIFERENCIA ENTRE LECTOR Y CRÍTICO
miércoles, 12 de junio de 2002 17:04


   

Dice Vaz: Ah, por cierto: me cuesta distinguir entre lector y crítico.

Según yo lo entiendo, Enrique se refería a "lector" como el que da una opinión subjetivísima de su lectura, y no intenta extrapolar sus percepciones al resto de los lectores; y "crítico" sería el que hace un intento -un intento, he dicho- de objetivar al máximo sus juicios, que intenta apartar sus gustos personales, sus manías, sus lagunas o sus montañas culturales, y ponerse en el lugar de una especie de lector -imposible, por otra parte- de nivel medio y sin prejuicios.

En cualquier caso, no creo que venga mal saber la opinión de uno u otro tipo de lector. Porque si el cuento sólo se hace verosímil para los que conocen el mundillo del periodismo... mala cosa, ¿no? Y que conste que no tengo ni idea de si es así.

Besos
Isa, que no tiene tiempo para leerse el cuento.