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| M
E N S A J E S D E I S A S O
B R E N A R R A T I V A |
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| EL
DESEO EN LITERATURA |
sábado,
12 de enero de 2002 13:13 |
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Hola,
Cristinap:
Lo que
ha escrito Miguel, junto con tu respuesta, me hace soltar
una reflexión a la que venía dando vueltas últimamente.
Hace poco envié un relato a la lista que se llamaba
"Deseo" y hablaba de eso, de una persona con un
deseo frustrado en la infancia que lo ejecuta -aunque de la
forma chapucera en que se hacen las cosas en la vida- de mayor.
Cuando lo escribí me parecía absolutamente realista.
Eso PODÍA ocurrir. No sé en qué momento
me di cuenta de que no, de que ese relato era lo que yo DESEABA
que ocurriera.
Esto que ha escrito Miguel creo que también es un deseo;
un deseo que sólo se hace realidad en la literatura.
Y tú dices: esto es lo que yo intento y no me sale.
No se ha jodido, es que no se puede, es que es imposible que
nos libremos, ni por un solo instante, de nuestro pasado.
Sólo se puede ganar la batalla ahí, en la literatura.
Lo que quiero decir es que ni lo que yo expresaba en mi cuento
ni lo que expresa Miguel en su precioso texto puede ocurrir
en la realidad. Sólo expresan deseos; expresan lo que
yo, lo que Miguel querríamos -con todas nuestras fuerzas-
que ocurriera. Pero ni yo podré nunca tener el cochecito
a pedales que NO me regalaron de pequeña ni Miguel
podrá nunca librarse de su pasado.
Pero resulta que al hacer que ocurra en la ficción
estamos mucho más cerca de alcanzarlo -nosotros y los
lectores- en nuestra vida. Resulta que la ficción no
es más que una forma de realidad, ya que es capaz de
cambiar la vida de quienes la trabajan y la leen.
Así pues la literatura está plagada de deseos
imposibles, de estrellas inalcanzables que, sólo por
el hecho estar plasmadas artísticamente, podemos tocar
con los dedos. Es imposible retroceder a la infancia, pero
yo he conseguido mi cochecito a pedales: se llama Germán
y pedaleo en él cada minuto del día. Es imposible
escribir una hoja de reclamaciones al pasado, pero apuesto
a que Miguel conseguirá pronto escribir con tinta fresca.
Y tú, por leerlo, también.
Besos:
Isa
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| LITERATURA
Y PSICOANÁLISIS |
sábado,
19 de enero de 2002 21:17 |
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Hola, Héctor:
No lo he
podido resistir. Tu mensaje, las alusiones al inconsciente,
la recreación de mi primera visita al psicólogo,
la de David, el buceo por el archivo de eListas...
He rescatado un artículo que Alicia Pastore (que ya no
está en la lista) envió siglos ha, "El fantasma
de la creación literaria", que ahí tenía
guardadito en Word. Le he cortado las melenas, a ver si se hace
más tragable, y he dejado lo preciso para explicar lo
que quiero decir (que ya es bastante). Luego sigo.
El
Fantasma de la Creación Literaria
Por: Lic. Claudio Barbará*
[...]
No es en la palabra del autor en donde se hallará la
verdad de la creación literaria. Pues es este aserto
lo que la experiencia enseña: el autor nada sabe sobre
los elementos que conforman su creación, ni los móviles
profundos que determinan su arte. Es en lo que definiremos como
fantasma en donde habrá que buscar la respuesta a la
pregunta sobre el misterio de la creación literaria.
Y en esto Freud nos procura otra pista al definir el fantasear
del sujeto de la siguiente manera: "deseos insatisfechos
son las fuerzas pulsionales de las fantasías, y cada
fantasía singular es un cumplimiento de deseo; una rectificación
de la insatisfactoria realidad" (Freud, 1907). Es decir,
el fantasear se contrapone a las exigencias de la realidad;
y es en la acto que comprende su fantasía en donde el
escritor recrea un mundo distinto de la realidad; esta fantasía
cuya fuerza es impulsada por un deseo inconsciente no pertenece
al campo del saber consciente, escapa a la voluntad y a las
explicaciones que el autor pueda esgrimir sobre su trabajo.
Y además, estas fantasías, como en el niño
su juego, tienen el objetivo de rectificar la realidad que se
presenta con las exigencias que conllevan para todo ser humano,
una fuerte restricción a la satisfacción de sus
deseos. La realidad es, lo sabemos, ante todo una fuente de
frustraciones a la descarga directa de las tensiones pulsionales
que anidan en el ser humano; por esta vía, por este rodeo
que es el fantasear, nos explica Freud, el hombre alcanza la
realización de sus deseos; por cierto con arreglo a los
condicionamientos que impone la cultura, pero al tiempo liberadora
de fuentes de placer que de otra manera impondrían un
imperante malestar. Ahora bien, ¿de qué medios
se vale el fantasear y cómo habría que comprenderlo?
¿Cuál es la estructura que hace de este hacer
humano que llamamos arte, creación literaria, el irreductible
acto de sublimación de las pasiones del hombre? Pues
bien, habrá que dar la palabra a la palabra.
Los efectos de la palabra. Hay, en la teoría psicoanalítica
una cantidad estimable de entrecruzamientos con la literatura;
y bien visto, hay en la literatura un sin número de nudos
analíticos. En principio hay una relación dada
por la convergencia de su elemento constitutivo: la palabra.
[...] Está en el origen del psicoanálisis esa
unión inestimable entre el ejercicio de la palabra por
el espíritu, y el descubrimiento fundamental de Freud:
el Inconsciente. [...]
[...] ¿De qué están constituidos los trabajos
de pensamiento y las ideas sino de palabras? ¿Qué
se hace en un análisis sino indagar sobre el sentido
que vela y descubre a la vez la palabra? [...] Eso que se llama
el fantasma del autor lo lleva a bregar en pos de una obra que
por fin, en su finalización, le es ajena en la ambigüedad
del término: es decir, no sólo porque de ahí
en adelante le pertenece al lector en circulación social
de la obra, sino en otro sentido, en tanto desconoce lo que
la obra porta en su esencia. Asistimos pues a esa división
fundamental del sujeto que Freud inaugura. El sujeto es portador
de un saber, del cual nada sabe, y que se pone de manifiesto
en sus propios dichos, en el texto que escribe sobre sí.
Para descifrar tanto como para curar, el psicoanálisis
se reserva sus medios, y el espíritu humano encuentra
ese otro medio que llamamos arte, en ambos casos hay convergencia:
"sus medios son los de la palabra en cuanto que confiere
a las funciones del individuo un sentido; su dominio es el discurso
concreto en cuanto campo de la realidad transindividual del
sujeto..." (Lacan, 1953).
[...] se escribe porque no se puede no hacerlo, y en ello se
juega, apenas, la vida misma del escritor. El escritor, o simplemente
todo hombre en el acto de escribir, antes que someter la palabra
a su dominio, es sometido por ella. Cualquier mínima
experiencia personal corrobora este aserto; hasta en el caso
paradojal de su inhibición en aquellos que no pueden
escribir. En todo caso estamos frente al poder dionisíaco
de la escritura, mucho antes de poder percibir en ella el valor
edificante de los ideales. Tenemos pues la palabra como lo fundante
de lo humano, y ese acto enigmático de la escritura.
Además esa particular forma de escritura que hemos llamado
literatura y esa otra que hemos llamado inconsciente freudiano.
Ambas determinadas por esos raros enlaces de palabras. Demos
lugar a una confesión Freudiana, expresada a Giovanni
Papini en 1934: "Todo el mundo cree que yo me atengo antes
que nada al carácter científico de mi trabajo,
y que mi meta principal es el tratamiento de las enfermedades
mentales. Es un tremendo error que ha prevalecido durante años
y que yo he sido incapaz de corregir. Yo soy un científico
por necesidad y no por vocación. Soy, en realidad, por
naturaleza un artista (...) y de ello hay una prueba irrefutable:
en todos los países donde el psicoanálisis ha
penetrado, ha sido mejor comprendido y aplicado por los escritores
y los artistas que por los médicos. (...) Yo he podido
cumplir mi destino por una vía indirecta y realizar mi
sueño: seguir siendo un hombre de letras, aunque bajo
la apariencia de un médico. En todo gran hombre de ciencia
está el germen de la fantasía: pero ninguno propone,
como yo, traducir a teorías científicas la inspiración
que la literatura moderna ofrece." [...] Recordemos que
en los inicios del psicoanálisis, éste fue bautizado
como la cura por la palabra. [...]
[...] Se le adjudica a Pirandello la siguiente sentencia: a
la vida se la vive o a la vida se la escribe. [...] Pirandello
pone en palabras [...] esta división singular entre lo
que por un lado es el bullicio del afuera, de la vida; y ese
silencio interior desgarrador que no tolera perturbación
alguna, esa soledad profunda que en el acto mismo de la escritura
excluye al sujeto de lo que podríamos llamar el sentimiento
de ser en el mundo. [...] Esta exclusión sin duda advierte
sobre un desgarro, que de ninguna manera puede ahorrarse, al
parecer, nadie que abrace el oficio de escritor. Esa "o":
o bien se vive, o bien se escribe, no deja alternativa posible.
Se presenta una decisión a tomar; una decisión
en donde dos mundos se excluyen mutuamente. Se podrá
habitar uno a costa de perder el otro. ¿Ser escritor,
entonces, supone descender a esa oscuridad en donde el asiento
de ser en el mundo, se excluye? Los ejemplos que en la historia
de la literatura demostrarían que el ensueño en
el que se ve sumergido el artista, esa particular manera de
estar en el mundo, son muchos y bastante conocidos. El punto
a indagar es si como impone el imperativo escribir o vivir,
es una decisión que el sujeto puede tomar a partir de
recurrir a sus razones y a su voluntad. Estamos en condiciones
de afirmar, y en este punto los escritores mismos nos acompañarán,
que ni la razón ni la voluntad participan en las determinaciones
que hacen que un sujeto acepte un destino que se le impone como
un abismo, el de escribir. Se escribe contra las razones y contra
la voluntad, se acepta esa búsqueda de una soledad esencial
que no es la de estar retirado en la vida, sino la soledad pura
que exige la creación, acto que va más allá
de la voluntad del individuo. ¿En dónde habrá
que buscar los móviles que hacen que un individuo, muchas
veces en contra de sus intereses vitales, insista en una actividad
que se le impone al espíritu con la fuerza de un designio?
¿En dónde habrá que buscar para completar
esa ignorancia esencial que todo autor tiene sobre las causas
primeras de su obra y de aquello que empuja sin cesar en pos
de seguir escribiendo?
[...]
El conflicto íntimo del escritor y su fantasma, esa desesperación
de estar en la frontera entre dos mundos, el de la escritura
y el mundano sin poder decidirse definitivamente por ninguno
de los dos, no parece ser sólo patrimonio de los escritores,
sino que estos, por la cercanía que Freud les reconocía
en develar los misterios del alma humana, están en condiciones
de sublimar por medio de la creación literaria, lo que
a otros sólo se les aparece al modo del malestar individual.
Malestar singular e irreductible a la condición humana,
que el artista convierte en goce contemplativo para el resto.
Éxtasis que se dibuja en el alma del lector. En esto
radica el padecer Kafkiano. Conflicto entre dos exigencias a
las cuales el escritor dedica muchas páginas de su Diario,
dejando entrever el desgarro, esa hiancia existente entre el
acto literario, y el acto del hombre en el mundo. O bien el
tiempo y la soledad necesarios para consagrarse a la obra; o
bien, la opresora exigencia de la realidad, es decir, el trabajo,
la familia, los asuntos mundanos; o como lo expresó Freud,
todo hombre adulto sabe lo que de él esperan: que ya
no juegue ni fantasee, sino que actúe en el mundo real.
Esta dicotomía, esta exclusión mutua de dos universos
que se contraponen, nos sitúa sobre la pista del poder
de la renuncia, de toda renuncia. Pero por otro lado la estructura
misma en cómo está planteado este dilema, devela
inevitablemente el callejón sin salida que encierra esta
oposición del tipo la bolsa o la vida, que podríamos
traducir como la escritura o la vida, dejando al descubierto
que es una falsa alternativa pues la primera opción,
necesariamente, implica el interdicto del ser en el mundo. No
hay posibilidad de escapar a las penurias que impone la realidad,
y no es posible que Kafka, aún en su pedido imperativo
de un universo reducido sólo al filo del goce de la escritura
escape a su carne. Sin embargo, habrá una solución
de compromiso en el sentido freudiano que la obra del autor
corrobora, y que podríamos traducir del siguiente modo:
"sigo escribiendo y sigo siendo en el mundo", aquí
la obra misma del autor da testimonio de ese espacio que denuncia
el conflicto íntimo de Kafka. El uso del gerundio no
es casual: escribiendo, aunque no se escriba nada, aunque se
escriba poco, aunque el tiempo no alcance para la obra; siendo,
aunque no se logre anclaje definitivo en la vida, aunque se
dude, aunque avance para luego retroceder. La solución
prolonga la existencia, en una proscatinación del conflicto.
Escuchemos a Kafka en la intimidad de su Diario: "A esta
tarea literaria no puedo consagrarme por completo, tal como
habría de ser, y ello por diversos motivos, aparte de
mi situación familiar (...) estoy empleado en una compañía
de seguros sociales. Ahora bien, esas dos profesiones jamás
pueden soportarse mutuamente ni permitir una felicidad común.
La menor felicidad en una se convierte en enorme desgracia para
la segunda." No será la única vez ni el único
modo en que el autor explicitará su conflicto entre la
tarea literaria y las exigencia del mundo, tema que lo perseguirá
hasta sus últimos días. Esas dos profesiones que
jamás pueden soportarse mutuamente. Ciertamente a la
vida se la soporta de una manera y al acto de escribir de otra.
En Kafka la disyuntiva se presenta en esos términos:
para llevar a cabo la obra literaria como habría de ser,
habría que lograr el extrañamiento total de la
vida; o bien, para vivir habría que renunciar a la escritura;
planteo este último que Kafka no propondrá jamás.
[...] En este punto el acto de escribir sería un acto
sin otro. No obstante hay allí un otro privilegiado:
el lector, ese lector ideal de la obra. El que viene a terminar
con la obra, a finalizarla o a darle el sentido; en última
instancia aquel que reconoce que allí hay una obra y
un autor. Acto cuya paradoja sustancial le confiere su sentido:
es este lector el que habrá de permitir que la obra se
realice como tal, en el mismo instante en que enajena a la obra
de su autor para siempre. Ya no le pertenecerá, es patrimonio
absoluto ahora de ese otro inefable. M. Blanchot escribe en
El Espacio Literario: "tiene (Kafka) una familia, una profesión.
Pertenece al mundo y debe pertenecerle. El Diario está
atravesado de notas desesperadas en las que vuelve el pensamiento
del suicidio, porque el tiempo falta: el tiempo, la fuerza física,
la soledad, el silencio (...) Más tarde, cuando la enfermedad
le permita disponer de más tiempo, el conflicto se mantiene,
se agrava, cambia de forma (...) Kafka necesita más tiempo,
pero también necesita menos mundo. El mundo es ante todo
su familia, cuya cohersión soporta difícilmente
sin poder librarse nunca. Luego, su novia, su deseo esencial
de cumplir la ley que quiere que el hombre realice su destino
en el mundo, tenga una familia, hijos, pertenezca a la comunidad".
Desesperación: no hay tiempo, ni soledad, ni silencio
suficientes; Kafka se lo repite una y otra vez. Con más
tiempo y más soledad, sin esa ley que quiere que el hombre
realice su destino en el mundo, ¡qué obra no sería
capaz de escribir! -se lamenta Kafka. Sin embargo sabemos que
es un ardid: todo el tiempo es ningún tiempo, toda la
soledad y todo el silencio es nada. La consecuencia sería
fatal. No hay posibilidad de escapar del mundo, no hay posibilidad
tampoco de deshacerse del cuerpo. [...]
[...] podemos decir que la verdad posee estructura de ficción.
Y esa verdad es la que la obra de arte pone a disposición;
para ello es necesario que respete ciertas reglas estéticas
que la cultura le impone a la obra. Le impone ante todo el velo.
Un velo que cubre lo insoportable de ser escuchado, de ser visto,
de ser contemplado. Por esto no toda escritura es literatura.
Y no nos referimos aquí a los dones técnicos de
una obra en referencia a otra; sino a cumplir con ese velamiento
estético de la verdad, que a su vez deja transparentar
que es allí en donde se encuentra. Si la verdad tiene
estructura de ficción; será en estructura ficcional
que la Verdad del Sujeto aparece en toda su intensidad. [...]
¿En qué sentido entonces verdad y ficción
se emparentan? "Es en tanto que no tiene estructura de
correspondencia, que la verdad no es la exactitud (...) La verdad
es verificada por la coherencia. (...) De modo que no existe,
entre la palabra y la cosa, la correspondencia." (J.A.Miller,
1989). Llegados al punto de admitir que entre la cosa, el objeto,
y la verdad, no hay adecuación de exactitud, y la única
existencia a la cual puede aspirar la cosa es una existencia
en el lenguaje; se nos presenta como evidente que es en una
estructura ficcional en donde se hace presente el objeto, y
es en la coherencia textual del discurso a la cual le debe su
consistencia, en donde habrá que buscar un saber sobre
ese objeto. El acto de la escritura crea su objeto literario,
y su verosimilitud está dada por la coherencia textual;
y no por el contrario, en el hecho de su adecuación a
una supuesta realidad objetiva. ¿No nos es más
compresible que antes de que Moby Dick se sintiera perseguida
por su cazador, fue la ballena blanca la que persiguió
hasta dar caza al autor? Es al tiempo que Moby Dick alcanza
la existencia, que deja en la orfandad a su creador. Bajo esta
mirada, el conflicto de Kafka sobre el mundo de lo ficcionario
y el mundo de la realidad y sus exigencias; o el planteo axiomático
de Pirandello cobran otra perspectiva. Lo que estos autores
no podían saber era que el resultado mismo del acto de
su escritura eran ellos mismos, lo menos sabido de sí,
en su realización fantasmática. La obra les daba
caza, los alcanzaba, los mortificaba con su persecución
infatigable; y en su obra quedarían inscriptas las inflexiones
y vicisitudes de esa cacería, imperativa en sus formas,
pero inconsciente en su estructura.
El Renunciamiento. [...] La experiencia particular de Arthur
Rimbaud, en lo paradigmático de su decisión de
no escribir más en la cumbre de su revelación
poética, encierra ese malestar que imprime al autor consagrarse
a una obra que va más allá de los libros escritos
y por escribirse. En *La alquimia del Verbo* escribe, o mejor
sería decir nos grita -él que ha atravesado su
temporada en el infierno-: "Me vanaglorié de inventar
un verbo poético (...) terminé por encontrar sagrado
el desorden de mi espíritu (...) Mi carácter se
agriaba". En un movimiento que va del éxtasis al
desorden del espíritu, de la lujuria del verbo al deterioro
del sentimiento de sí, el poeta siendo aún demasiado
joven, percibe el vacío subjetivo en que lo ha dejado
la bohemia parisina. ¿Detrás de qué cosa
está Rimbaud? No es su obra, hecha o por hacer, no es
la vanguardia que él mismo ha elogiado en otro tiempo
entusiasta y que ahora desprecia con virulencia. No es el amor
prohibido por Verleine, no es el gusto por el escándalo,
no es su radical destrucción de la tradición literaria
que lo antecede. Rimbaud se rinde ante sí mismo. Como
afirma de sí mismo, ya es un hombre; está dispuesto
a conquistar otro mundo, no el mundo de la letras, no ese mundo
al que se consagra el escritor, sino ese otro desconocido mundo
desierto, ajeno, brutal, tal como se le aparece, en donde el
hombre se realiza y hace fortuna; ese otro mundo y sus exigencias
que tanto perturban a Kafka. Temprano, pero luego de inventar
su verbo poético, dijo no. El resto de la historia es
demasiado conocida, el autoexilio en Africa, el tormento, finalmente
la muerte. Sin embargo no logró jamás vanagloriarse
de esto último; de lo único que un escritor puede
hacerlo, de frenar la mano que escribe. Una breve obra, sin
embargo grandiosa: ¿en qué radica esa grandiosidad,
ese atípico, esa atracción inevitable que ejerce
el poeta maldito, si no es en lo entrañable del apartamiento
de la mano que escribe por la que no lo hace, al decir de Blanchot?
Primera presunción: un escritor no lo es tal porque escribe
a lo largo de toda su vida, siquiera porque construye una obra
esforzada; es la obra la que lo realiza a él. La escritura
crea a su objeto, que no son los libros, sino el propio autor.
El autor y su obra no se acercan, por lo contrario se repelen
mutuamente; lo inacabado de la escritura no significa lo inacabado
de una obra, sino que es la evidencia de que no se puede decir
todo. No hay obra literaria que abarque el Todo, no por ello
es inconclusa ni infinita. Por esto se continúa escribiendo,
por eso el autor es presa de la voluntad de escribir, está
alienado en esa voluntad que le es tan impropia como lo que
lo constituye. Rimbaud dijo no, en un artificio que lo llevó
a vagar por tierras inhóspitas; y el poeta quedó
en Europa, en la Europa decadente que tanto despreciaba. En
Africa fue uno más confundido entre otros; expropiado
de su palabra, perdido en Abisinia. Basta remitirse a la correspondencia
que mantenía en esa época, lo único que
escribía y destinaba privilegiadamente a su madre, para
encontrarse con ese desgarro. Cabría preguntarse, su
texto *Una temporada en el Infierno*, ¿acaso fue un presagio
de su estadía en el continente africano; o debe entenderse
como esa otra escena en la que se pronunció su fantasma,
en el acto de la escritura? En todo caso el modo en que lo alcanzó
su obra literaria, no es ajena a su muerte en suelo francés.
Muere, muere él en su obra: Rimbaud es Rimbaud. ¿Paradoja
del destino del artista? Todos los hombres han de construir
su destino, y el destino de todo hombre es la muerte. La libertad
del escritor, entonces, no está dada por la capacidad
de escribir sobre cualquier cosa, ni por poder escribir todo
el tiempo, ni por consagrarse a una obra acabada; siquiera por
la coherencia y elección temática o de género;
esa libertad, si hay alguna, está dada por una renuncia.
Una renuncia que abarcaría aquello que se impone como
una necesidad: Escribir. Esto mismo lo ha expresado M. Blanchot
de la siguiente manera: "el dominio del escritor, su poder,
radica en su capacidad de dejar de escribir. No en el uso de
la palabra, ni en la fuerza de seguir escribiendo". ¿Por
qué? ¿Por qué su poder, su libertad, está
dada por una renuncia, que va, paradojalmente en contra del
sentido común?
[...] habrá renunciamiento a la obra, dejarla ir, perderse
en el universo de los objetos, para que exista un escritor.
[...] renuncia al acto de escribir. A la vida se la vive o se
la escribe, sentencia Pirandello; y hay quienes están
dotados singularmente para realizar en la obra literaria lo
que la mayoría de los mortales deben llevar adelante
a fuerza de enfrentar la realidad tal cual se les presenta;
sin poder echar mano a ese recurso, como plantea Freud, de sublimar
en la realización de la obra literaria, en donde es posible
construir un mundo acorde a las exigencias pulsionales individuales.
Con la obra literaria, el autor nos procura una recurso inestimable
de alivio a las tensiones internas. Y a la vez un placer que
nos compensa de las miserias de la vida cotidiana. "El
goce genuino de la obra poética proviene de la liberación
de tensiones en el interior de nuestra alma. Acaso contribuya
en no menor medida a este resultado que el poeta nos habilite
para gozar en lo sucesivo, sin remordimientos ni vergüenzas
algunos, de nuestras propias fantasías" (Freud,
1907). Habremos de concluir que en el fantasma de la creación
literaria participa un misterio irreductible y que todos los
individuos compartimos, y que el talento del autor realiza en
la obra literaria revelando esa palabra que encubre e ilumina
sobre la Verdad de la condición humana.
Cuando
lo leí me revolvió muchísimo, y escribí
lo siguiente:
"Gracias
por enviar este artículo. Me ha parecido muy interesante
(después de pasarlo a Word, unir las líneas, imprimirlo,
subrayarlo en fosforito...). Podría decir que estoy de
acuerdo con casi todo, pero desde un punto de vista psicológico,
y no como escritora. Por tanto, creo que para poder emitir una
opinión fundada tendría que saber bastante más
de psicoanálisis de lo que sé... y olvidarme de
mi lado de escritora (cosa que me resulta imposible).
El artículo habla de los escritores, pero no desde el
punto de vista de un escritor. Alguien que siente la escritura
como una necesidad no puede plantearse su oficio como una esclavitud
y su libertad como la renuncia a ese oficio, sencillamente porque
eso va contra sus instintos vitales. Malditas las ganas de amargarnos
la vida más todavía. Una necesidad está
ahí (por la causa que sea, en el grado que sea y hasta
que deje de estar), y lo mejor es tomársela como algo
bueno, fructífero, útil. Desde pequeña
me he sentido dividida entre quedarme encerrada en casa leyendo
o escribiendo y salir al mundanal ruido. Si me quedaba en casa
echaba de menos la compañía; si salía,
deseaba haberme quedado en casa con mis libros. Bastante desazón
me sigue causando eso (aunque ya lo tengo más controlado)
para encima plantearme que ni siquiera soy yo la que elijo salir
o quedarme, sino que me viene impuesto por mi inadaptación
al mundo o porque mis padres me quisieron poco de pequeña.
Lo que quiero decir es que entre vivir la escritura (que, en
efecto, nos viene impuesta, como toda necesidad) como si fuera
una cárcel o como un campo florido, los escritores tenemos
clara la opción. ¿Que todo viene por la insatisfacción?
Por supuesto; si uno está satisfecho con lo que tiene
a su alrededor no siente inquietud, y si no tiene inquietudes
no busca. Yo simplemente agradezco poder expulsar esa insatisfacción
por el lado artístico, porque hay muchísima gente
igual de -o más- insatisfecha que ni siquiera tiene esa
opción.
Creo que la similitud entre los psicoanalistas y los escritores
empieza y termina en que usan la palabra para conseguir su objetivo.
Pero el enfoque es muy distinto. Me parece muy normal que Freud
y Barbará analicen la escritura en los términos
en los que lo hacen, si eso les sirve para curar a sus pacientes.
Y a mí, desde "su" enfoque, me parece bastante
razonable lo que dicen.
Cuando yo fui al psicólogo, éste me hizo analizar
mis cuentos para buscar claves que me sirvieran para solucionar
mi problema. Al principio yo no encontraba ni una; era totalmente
ajena a ese enfoque. Luego las fui encontrando, y me sirvieron,
en efecto, para observarme y mejorar. Totalmente inmersa en
esa nueva forma de plantearme las cosas, un día le dije
que creía que había escritores que usaban la escritura
como terapia y otros que la usaban como evasión (yo pertenecía
a este último grupo, confesé). Él la dio
por válida, y añadió otra división:
los escritores que superaban sus traumas por medio de la escritura
y los que realimentaban sus traumas a través de sus obras.
Me puso el ejemplo de los niños cuando juegan a reproducir
sucesos que han ocurrido en su entorno. Si un niño ha
visto a su abuelita tirarse por el balcón y matarse lo
suele representar en sus juegos, y lo puede hacer de dos formas:
repitiendo una y otra vez lo que ocurrió, con su final
catastrófico (eso sería realimentar el trauma),
o puede transformarlo para darle otro final (eso sería
superar el trauma). Así que yo pertenecía a la
clase de los que usaban la literatura como evasión y,
para más inri, realimentaban sus traumas (¡magnífico!).
El resultado de todo aquello fue que, por un lado, solucioné
(bueno, solucionamos a pachas, pero era yo la que sudaba sangre)
mi problema, y ahora estoy tan feliz y contenta por ese lado.
Pero por otro, me tiré año y medio sin escribir
una línea. Sin dejar de sentir la necesidad, pero con
un rechazo visceral hacia mis escritos pasados y futuros. Es
decir, me ha costado mucho trabajo sacarme de encima ese otro
enfoque, que me sirvió en su momento para la parte de
mí que vive en el mundo, pero que no me ayuda en nada
para escribir.
Este artículo me ha hecho rememorar todo aquello. Y,
curiosamente, ha hecho saltar en mí el resorte de rebeldía.
Sí, señores, ver las cosas de esa forma será
muy útil para su oficio, pero no lo es para el mío.
Y tampoco traten de igualarse a los escritores, porque pensando
así no podrán escribir una sola línea de
ficción. Y es que el artículo tiene un tonillo
así como de "Pobrecillos, ellos no lo saben, pero...".
Recuerdo una vez que una conocida me dijo que ella pensaba que
las mujeres nunca alcanzarían a los hombres en la creación
artística. Me quedé mirándola como quien
mira a un extraterrestre. Contesté muy tranquila que
ni siquiera había discusión posible, porque yo,
desde el momento en que me dedicaba a escribir, no podía
admitir semejante cosa. Igual que me parecería una aberración
que cualquier mujer artista creyera en la superioridad artística
de los hombres, me lo parecería un escritor que viera
su oficio como una jaula y siguiera ejerciéndolo, resignado
ante el destino.
Esto me ha recordado otra cosa. El otro día estuve conversando
con un amigo que hablaba del determinismo de algunos autores,
Chéjov entre otros. A mí me resultó muy
curioso, pero me puse a rememorar todo lo que había leído
de Chéjov y, en efecto, el tema del tiempo que nos hace
avanzar inexorable hacia la muerte sin que nada cambie, está
siempre ahí. Casi todos los relatos que he leído
tienen un final abierto, pero no tan abierto, en el sentido
de que el lector se imagina las mismas escenas sucediéndose
una y otra vez. Pero si me sorprendió esa afirmación,
y si tuve que ir revisando en mi cabeza todas mis lecturas,
fue porque a mí Chéjov siempre me ha parecido
muy estimulante. Es decir, activaba en mí ese resorte
de rebeldía y me hacía cambiar cosas en mi vida
real. "Yo no quiero que me pase como a ese personaje",
me decía yo. Gracias a "El tío Vania"
dejé un trabajo en el que de pronto me vi, al cabo de
muchos años, de la misma forma que los personajes al
final de la obra: viejos, decepcionados, llevando las cuentas
de un sinvergüenza. Así que el supuesto determinismo
de Chéjov me sirvió para cambiar mi vida; así
que lo que intenta reflejar el autor en una ficción puede
provocar la reacción contraria y ayudar al lector a vivir
su realidad.
Pues lo mismo me ha pasado con este artículo. Muy estimulante."
Ahora, casi
un año después de haber escrito esto, mi visión
ha variado considerablemente. Al retomar la escritura, me doy
cuenta de que lo he hecho de un modo distinto al de antes. Digamos
que ese enfoque psicoanálitico, que me hace verme (o
ver a mi maldito subconsciente) a través de lo que escribo,
no me lo he podido sacar de encima del todo. Aunque uno quiera
desandar lo andado, volver a la inconsciencia es imposible.
Así que he tomado el camino más fácil:
pasarme al enemigo. Jugar del lado de mi subconsciente. ¿El
resultado? Ponerme a escribir relatos autobiográficos,
acudir a esas partes de mi memoria que puedo masticar, conflictos
solidificados poco agradables, pero donde puedo moverme con
desenvoltura como si fueran microcosmos paralelos. Sacar todo
eso al exterior adrede... en forma de ficción autobiográfica.
Recuerdo que hace cinco años, durante el mes en que mi
padre se estaba muriendo en el hospital sólo podía
mantener la concentración en una cosa: escribir un relato
que me traía entre manos. Por aquella época no
escribía nada autobiográfico (o eso creía
yo, claro), pero ese relato sí lo era: era yo de pequeña
en la casa de mi abuela postiza (una señora amiga de
mis padres que para mí fue mi yaya), mi relación
con el patio de la casa, y un día en que mis padres se
van al teatro y me dejan allí a dormir (la primera vez
que duermo fuera de casa). Me acuerdo de que, después
de terminarlo, para darle tensión acabé metiendo
a mi padre en la cárcel; es decir, mis padres en realidad
no se habían ido al teatro, sino que era una mentira
inventada por mi madre porque esa noche se iban a llevar a mi
padre. Ahora, al recordar ese relato, me doy cuenta de que,
mientras mi padre estaba muriendo en el hospital, yo estaba
-por un lado- ajustando las cuentas con él (me dejaban
sola para irse por ahí) y a la vez reconciliándome
(le di una buena coartada al meterlo en la cárcel). Nada
en el relato era casualidad. Y tampoco era casualidad que fuera
lo único en que me podía concentrar en esos días
horribles.
Lo que pasa es que ahora, al recordarlo, ya no me da rabia ver
a esa otra Isabel haciendo de las suyas. Es inevitable, así
que más vale que me guste, joder. Por fin he optado -no
me ha quedado más remedio que optar- por ponerme del
lado de ese otro que es, al fin y al cabo, el que te hace escribir,
el que -tomándote por un intestino- te usa como mera
herramienta (a ti y a tu técnica y a tu talento) para
descargarse de la mierda. Pero qué alivio al final, oye.
Eso es escribir, al fin y al cabo, y más vale poder hacerlo
que padecer de estreñimiento (hay muchos por ahí,
y se les pone una cara...).
Dices:
La sensación
dolorosa, insoportable, es la sensación de no controlar
a ese yo inconsciente que, como bien dice Isabel en su libro,
no es el que escribe; pero es aquél sin el cual lo escrito
carece de contenido. Me di cuenta, pues, de que no podía
considerarme a mí mismo como un escritor pues, lejos
de cumplir con la condición isabelina, mi yo inconseciente
corría desbocado por mis párrafos sin que yo lo
controlase.
Cuando
digo en el libro "moldearlo con la conciencia" quiero
decir ficcionalizarlo; es decir, dar a ese material una coherencia,
precisamente para resolver el conflicto de fondo. Pero uno está
al servicio del subconsciente igual: aunque tú conscientemente
sepas (como buen lector autocrítico) que tienes que cambiar
tal pieza porque el relato, con la que habías puesto,
resulta incoherente, sólo encontrarás la pieza
que ajuste en la trastienda. La colocarás y limarás
los bordes con la conciencia artesana, pero no pienses que es
ella la que maneja... Y rebelarse contra eso es darse de cabezazos
contra una pared, además de contraproducente, porque
de ahí sólo puede salir artificiosidad, incinseridad.
Sólo
entonces, unos cuatro años después de haber escrito
ese cuento, cuando lo releí, ví cosas. Las cosas
que había hecho mi otro yo, los escondidos aguijones
que plantó Héctor2 (o, tal vez, Héctor1)
y que yo no supe ver cuando escribía. El piano no era
casualidad. El giro de la historia no era casualidad. El final
no era casualidad. El relato, en fin, es un reproche de HO hacia
HO por haber, en una etapa ya muy lejana de la vida, abandonado
a su sentimental suerte a su madre.
Pues yo
no sé por qué hablas de "aguijones"
y "reproches" en vez de "recursos" y "reconciliación",
que igual es lo que trataba de hacer Héctor 2: reconciliarte
contigo mismo y con tu madre. A no ser que seas de los que realimentas
el trauma, en cuyo caso volverías sobre el conflicto
tal como se desarrolló, sin darle una solución.
Yo qué sé. Pero sobre todo: ¿qué
más da?; ¿por qué te sientes aguijoneado?;
¿por qué no dejas que Héctor 2 ayude a
Héctor 1 a escribir, en lugar de tomarle por un enemigo?
Ni
qué decir tiene que, en los días posteriores,
que fueron anteriores a mi retirada, leí más relatos
míos y descubrí a Héctor2 detrás
haciendo cositas que me jodió bastante leer. Para mí
fue la sensación de un fracaso, un fracaso sin definición
que luego, cuando ya me lo había reconocido en forma
de silencio, me confirmó el libro de Isabel.
Joder con
las interpretaciones. No, no, te lo confirmaste tú solito.
A no ser que Isa 2 haya hecho de las suyas sin que yo me diera
cuenta ;-)
Todo
cuento como éste es, en sí, una cesión.
Un esfuerzo. De mayor o menor magnitud. Con más o menos
ficción, más o menos imaginación. Así
pues, todo escritor alumbra con dolor y observa con dolor a
algunas de sus criaturas.
Con eso
sí que estoy de acuerdo.
Y pienso:
no sé si tengo el deber de escribir. Pero lo que si tengo
es el deber de no decidir que no lo haré aunque en el
bosque, ahora lo sé, haya otro yo que me conoce bien
y que me muestra, aunque yo no quiera verme.
Pues creo
que has caído en la trampa, porque pa mí que es
precisamente el del bosque el que te empuja a escribir, el que
debía de llevar semanas pidiéndotelo a gritos,
y mira qué caminos más rebuscados ha tenido que
usar el pobre para conseguirlo.
Uf. No tengo mucha noción de lo que he soltado. Llevo
todo el día delante de la pantalla. No sé si habrás
llegado hasta aquí, pero chico, a mensajes densos, mensajes
más densos todavía, que a mí a espesez
no me gana nadie. En fin, esto es lo que me han sugerido tu
mensaje y otros que han ido saliendo en los últimos días.
Besos:
Isa
P.D.: Y
disculpad si hay alguna errata, pero no me pienso releer el
mensaje (me aburro a mí misma).
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| LA
RESIGNACIÓN DEL ESCRITOR |
martes,
23 de abril de 2002 21:10 |
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Hace
un rato he salido para comprarle un libro y una planta (con
flores) a Germán. Me he acercado a la Librería
Fuentetaja, que me pilla a dos minutos. Nada más entrar
me he chocado con Ángel Zapata, que estaba en la cola,
cargando unos cuantos libros.
—Hombre, Ángel, ¿qué tal?
—Pues nada, aquí, comprándome.
Entusiasmada, miro los libros que lleva en los brazos como
quintillizos recién nacidos. El viernes lo vi en el
recital de un amigo poeta, y me dijo que le habían
publicado un libro de cuentos en la Diputación de Córdoba.
—¿Ya ha salido? Ah, pues yo lo quiero —le
digo—. Lo quiero ya.
Ángel pone cara de resignación y me dice:
—Anda, coge uno de allí, que te lo regalo.
A mí me da pena, porque me imagino que ese lote que
lleva es todo para regalos y, aunque el otro día
me prometió que me regalaría uno de los que
le enviaran de la Diputación, le digo:
—No, no, ya lo compro yo. Faltaría más.
Ángel insiste en que me lo regala él, pero yo
me pongo un poco cabezota y él no insiste mucho.
—Lo que sí, me lo dedicas ahora, antes de irte
—le digo.
Ángel vuelve a poner cara de resignación. Mala
suerte, pienso. Pero, chico, si eres escritor y vas a comprar
libros el día del libro —y más si lo que
vas a comprar es tu libro—, te arriesgas a lo que te
arriesgas. Mientras le cobran, le pregunto si no le iban a
enviar los ejemplares para regalar desde la Diputación. Por
tercera vez me mira resignado.
—No hay forma de que los envíen —me dice.
Vuelvo a mirar el taco libros que lleva, y le digo:
—Pues te vas a arruinar con tu libro, macho.
Aprieta los labios y dice que sí con la cabeza, lentamente,
como... resignado. Voy a por un ejemplar de su libro mientras
le cobran. Le acorralo entre el ejemplar y un bolígrafo
y no le queda más remedio que dedicármelo. Yo
le miro por encima del hombro, porque sé lo nervioso
que pone eso.
—Es la primera vez que me dedican un libro antes de
pagarlo —digo, sólo por incordiar.
Como pasan cinco minutos y no ha escrito nada, le dejo en
paz y me pongo a buscar El hombre que confundió a su
mujer con un sombrero, de Oliver Sacks, el que le voy a regalar
a Germán. Tengo que esperar todavía un cuarto
de hora hasta que Ángel termina la dedicatoria. Me
entrega el libro y el boli, y charlamos unos minutos. Me pregunta
por Berna. Le cuento. Le pregunto por el libro de teoría
literaria que le van a publicar en Fuentetaja, que estaba
pronosticado para hace seis meses. Pone cara de resignación.
—Pues nada, lleva tiempo en imprenta, pero falta la
portada. Y Chema le pasa la bola a Ramón. Ramón
a Chema... Así que nada.
Decido que ya no le pregunto nada más y nos despedimos.
Voy a por el libro de Sacks y acabo comprando también
Hijos de la medianoche, del Rushdie, que lo vi en la lista
del Otero y se me antojó. Mientras estoy en la cola,
pienso que podía pillar algún otro ejemplar
del libro de Ángel, para regalar yo también
a los conocidos comunes y que no le suponga tanto gasto, al
pobre. De pronto pienso que soy imbécil, que le podía
haber dicho que le dedicase uno a Berna y otro a Eloy. Soy
tonta. Estoy a punto de echar a correr, pero ya no lo alcanzo
y quizá me acusen de ladrona por salir pitando con
tanto libro impagado. Así que pillo un ejemplar más,
para regalárselo mañana a Berna; sin dedicatoria,
qué le vamos a hacer.
Mientras espero, leo mi dedicatoria: «Para Isa, en camino
de darnos el premio de sus cuentos. Con un beso grande. Ángel».
Sonrío con resignación, y pienso que —si
Ángel tiene razón— menuda ruina.
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| SOBRE
BORGES |
domingo,
21 de abril de 2002 11:04 |
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Dice
David:
Y
estos análisis corroboran lo que cuentas, Isa, con
el extracto este de ¿Ángel Zapata?
El hallazgo
estilístico es de Ángel; la parte estadística,
mía (o eso creo recordar, que ya me lío con
los materiales y los apuntes y los libros).
Por
cierto, ya que has puesto un ejemplo de Borges, diré
que llevo una semana y pico leyendo y releyendo "El Aleph".
Es la primera vez que leo a Borges. Y me encantan la forma
y el fondo. Disfruto mucho con cómo narra y cómo
estructura y termino más de un cuento diciendo: buenísimo,
redondo... y, sin embargo, no me conmueve ni uno.
Pues yo
aquí te voy a contradecir, y a Maribel y a Berna. Bueno,
no es contradecir... Es que a mí me pasaba lo mismo,
y desde luego con los cuentos de Borges es difícil
llorar y casi sentir pena o alegría por lo que les
ocurre a los personajes. Y sin embargo, me acuerdo de "El
Aleph" y me entra el vértigo; pienso ahora en
"La casa de Asterión" y me entran ganas de
llorar; recreo los actos de Emma Zunz y me dan escalofríos.
Yo creo que Borges propone, en efecto, un juego intelectual,
un rompecabezas que el lector tiene que resolver con su inteligencia.
En ese sentido, leer sus cuentos produce un placer frío,
casi matemático, como el de resolver una ecuación
de tercer grado; y la sensación de que todo encaja,
de que no sobra ni falta ninguna pieza. Y si uno se queda
ahí, pues sí, Borges no conmueve, Borges es
de acero, Borges no se parece en nada al Cortázar que
nos dice que:
Cuando
los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman
de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones
y ciclistas, se caen por la ventana, y pierden lo que llevaban
en los bolsillos y hasta la cuenta de los días.
Cuando un cronopio canta, las esperanzas y los famas acuden
a escucharlo aunque no comprenden mucho su arrebato y en general
se muestran algo escandalizados. En medio del corro el cronopio
levanta sus bracitos como si sostuviera el sol, como si el
cielo fuera una bandeja y el sol la cabeza del Bautista, de
modo que la canción del cronopio es Salomé desnuda
danzando para los famas y las esperanzas que están
ahí boquiabiertos y preguntándose si el señor
cura, si las conveniencias. Pero como en el fondo son buenos
(los famas son buenos y las esperanzas bobas), acaban aplaudiendo
al cronopio, que se recobra sobresaltado, mira en torno y
se pone también a aplaudir, pobrecito.
Esto va
directo al corazón. Como un cuadro de Miró,
produce una alegría inmediata e incontenible. Sí.
Los cuentos de Borges, sin embargo, son de largo recorrido.
Primero pasan por la inteligencia, y después, si uno
observa con atención el resultado del problema, se
da cuenta de que tiene ante sus ojos una golondrina herida,
un destino truncado, la soledad del perdedor, la otra cara
del sol... Y entonces llora por el pobre Asterión,
y le duele la frialdad con que Emma se dirige al puerto, y
se imagina en un sótano oscuro viendo en el mismo instante
lo ocurrido en todos los lugares y en todos los tiempos...
Por medio del rompecabezas, del laberinto, de la paradoja,
Borges se dirige, en última instancia, al sentimiento
humano. Y cuando el lector consigue llegar hasta el final
del camino, o cuando Borges consigue que el lector llegue,
el placer ha sido doble, porque tras la reconstrucción
intelectual la emoción te estalla en la cara como el
sol al salir de un portal umbrío.
No sé, ya digo que a mí me pasaba lo mismo con
Borges. Y no sé en qué momento me di cuenta
de que no, de que la frialdad era sólo aparente. Como
esas películas de las que sales indiferente o diciendo
que la fotografía era buena y a las dos semanas te
descubres llorando al recordar una imagen; que de pronto se
convierten, al mezclarlas con otros elementos cotidianos,
en símbolo de algo real y tangible (a mí me
pasó, por ejemplo, con *Dublineses*). Es verdad que
Borges no se lo pone fácil al lector, no le apresa
el corazón en la lectura... y con eso pierde una buena
parte de lectores que no están dispuestos a leer algo
con la razón. No sé, supongo que se puede comparar
a la ópera. Por lo que contaba hace un tiempo Héctor,
o por lo que he oído a personas que les gusta, cuando
consigues que te atrape la emoción debe de ser intensa.
Pero hay que hacer un esfuerzo previo, y no todo el mundo
está dispuesto a hacerlo. Con la ópera no me
veo capaz, pero con Borges, según mi punto de vista,
merece la pena.
Así que, por jorobar a Maribel, voy a copiar aquí
"La casa de Asterión". Y me decís
si no es como para echarse a llorar.
LA
CASA DE ASTERIÓN
Y
la reina dio a luz un hijo
que se llamó Asterión.
Apolodoro,
Biblioteca, III, I
Sé
que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía,
y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré
a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo
de mi casa, pero también es verdad que sus puertas
(cuyo número es infinito) están abiertas día
y noche a los hombres y también a los animales. Que
entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí
ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud
y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay
otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que
en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten
que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula
es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré
que no hay una puerta cerrada, añadiré que no
hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer
he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo
hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe,
caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se
había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un
niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que
me habían reconocido. La gente oraba, huía,
se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del
templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo,
se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi
madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia
lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un
hombre pueda transmitir a otros hombres; como el filósofo,
pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura.
Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu,
que está capacitado para lo grande; jamás he
retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia
generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces
lo deploro, porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero
que va a embestir, corro por las galerías de piedra
hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un
aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan.
Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme.
A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos
cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo
realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando
he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero
es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme
y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo:
"Ahora volvemos a la encrucijada anterior" o "Ahora
desembocamos en otro patio" o "Bien decía
yo que te gustaría la canaleta" o "Ahora
verás una cisterna que se llenó de arena"
o "Ya verás cómo el sótano se bifurca".
A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he
meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están
muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe,
un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos]
los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del
tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo,
a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías
de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo
de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que
una visión de la noche me reveló que también
son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo
está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay
en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado
sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las
estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para
que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en
el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente
a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro
caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron,
quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería
de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que
uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que
alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no
me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor
y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído
alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría
sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías
y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?,
me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será
tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será
como yo?
El sol de la mañana reverberó en la espada de
bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro
apenas se defendió.
Besos
Isa
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| PRÓLOGO
DEL LIBRO "NADA NORMAL" |
domingo,
09 de junio de 2002 10:22 |
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No hay
cosa en esta vida que más disfrute que toparme con
una persona alérgica a los talleres literarios.
El otro día estuve con mi amigo Tomás en una
fiesta de periodistas. Todo el mundo sabe que la mayoría
de los periodistas escriben poemas y relatos a escondidas,
al igual que la mayoría de los críticos, funcionarios,
políticos, adolescentes, médicos, cooperantes,
camareros, traductores... En realidad, creo que los únicos
que no escriben a escondidas son los que lo hacen en público:
a saber, los escritores profesionales y los integrantes
de los talleres literarios.
De modo que en una conversación con alguien así
yo conozco sus actividades secretas (y sus miedos y sus
desvelos y sus fantasías de inmortalidad, las mismitas
que las mías), pero él no sabe que yo lo sé.
Como soy de natural tímido y los periodistas me abruman
por lo general con su vehemencia, en este tipo de fiestas
me suelo esconder en un rincón junto a la barra a
beber mis cervezas. En esta ocasión, se me acercó
un chico de ojos muy abiertos metido en uno de esos trajes
informales que se mueven al ritmo del cuerpo. Me ofreció
un cigarro, que rechacé, y me preguntó:
—¿Te apetece bailar?
—No, gracias —contesté.
—Tú no eres periodista, ¿verdad? —sin
esperar respuesta, continuó—. Se te nota en
algo... no sé en qué. ¿Eres fotógrafa?
¿O quizá...?
—Soy filóloga —le interrumpí en
sus especulaciones.
—Ah...
Eso de que una sea filóloga es de las pocas cosas
que puede dejar sin tema de conversación a un periodista.
Por poco rato, eso sí. En seguida reaccionó.
—Qué mal se escribe en los periódicos,
¿verdad? Es que no hay tiempo... La presión
es muy fuerte.
—Claro, es comprensible; cuando se escribe deprisa...
ya se sabe lo que pasa.
Juzgando que era una filóloga inofensiva, se instaló
en un taburete junto a mí y se presentó:
—Me llamo Carles.
—Yo, Isabel.
—¿Y en qué trabajan los filólogos,
Isabel?
—Los demás no sé. Yo, en un taller literario.
Carles me miró con desconfianza y bebió un
sorbo de su gin tonic.
—Ah, en uno de esos...
—Ajá —contesté yo, girándome
distraídamente hacia el grupo que bailaba.
—Vosotros sois los que decís que a la gente
se le puede enseñar a escribir, ¿verdad?
—Pues sí. A escribir se aprende, ¿no?
Y todo lo que se aprende se puede enseñar.
Me volví hacia Carles, que se revolvió en
el asiento.
—Yo creo que para escribir hay que tener talento.
Y haber leído mucho —dijo.
Frunció los labios y me lanzó el humo a los
ojos. Yo me pedí otra cerveza. Aquello se estaba
poniendo divertido.
—Sí, claro, leyendo es como más se aprende,
pero si además te enseñan los trucos que usan
los escritores a los que lees, aprendes más rápido.
En cuanto al talento... más vale que se lo eduque,
¿no crees? —repliqué.
—Tonterías. Al talento no se lo educa. O se
tiene o no se tiene.
—¿Y cómo se entera uno de si lo tiene
o no?
—Eso se ve en los resultados.
—Pero los resultados siempre pueden ser mejorables.
El primer cuadro de un pintor talentoso no es igual que
el último, ¿no?
—Bueno, sí, claro.
—Porque entretanto el pintor va enfocando su visión
de la realidad, y aprende a manejar la perspectiva, los
colores, los trazos... Y buena parte de eso te lo pueden
enseñar en la Facultad de Bellas Artes.
—Pero escribir no es lo mismo que pintar.
—No, no es lo mismo, pero las dos artes tienen unas
herramientas que se puede aprender a manejar. Eso sí,
en vez de pinceles, un lienzo, colores y perspectivas, para
escribir necesitas un bolígrafo, un papel, palabras
y narradores.
—Pero es que las palabras tienen vida propia. Son
ellas las que dirigen al escritor y no al revés.
Me eché a reír.
—Sí, hombre, por arte de magia... —dije—.
Si fuera así, la creación literaria sería
un trabajo tan mecánico como apretar tornillos. Y
no tendría mucho mérito ser escritor, ¿no?
Carles frunció el ceño, sacó otro cigarro
y se lo encendió. Se le veía nervioso, balanceándose
sobre el taburete de un lado a otro. Intenté tranquilizarlo:
—Pero vamos, tampoco creo que sea imprescindible ir
a un taller literario para aprender a escribir. Simplemente
es una ayuda.
—A mí es que me han dicho que en los talleres
literarios acaban escribiendo todos igual, fabricando en
serie relatos estilo Carver.
Ahí fui yo la que me callé y bebí tres
sorbos largos de cerveza. No podía dejar de reconocer
que Raymond Carver tenía su influencia en los talleres.
Pero entonces me acordé de los haikus. También
estaban los relatos eróticos. Me puse a contar con
los dedos. Y la metáfora de situación. Y los
cuentos de miedo, las greguerías...
—...las caricaturas, los autorretratos, las cartas
de amor, las historias cruzadas. Y el relato fantástico.
El humor negro, las historias de detectives, los microcuentos,
la ciencia-ficción... ¿Y qué me dices
de aquel alumno que se presentó a un concurso con
los relatos escritos en el taller a lo largo de un año,
y lo premiaron justo por la heterogeneidad de la selección?
Vamos, que no les ponemos la navaja en el cuello para que
escriban como Carver, precisamente.
Carles fumaba sin parar, encaramado como un mono en el taburete.
Perforó con el índice la cortina de humo que
nos separaba y me dijo, señalándome:
—¿Pero ha salido algún famoso de tu
taller? Porque ahí es donde se ve si sirve para algo...
Me quedé callada un rato, mientras el camarero me
ponía otra cerveza. Carles me miró triunfante.
—Por desgracia, hacerse famoso no es sólo cuestión
de escribir bien —le dije—. Es más, en
este país la fama y la calidad no suelen ir del brazo.
De todas formas, hay unos cuantos alumnos y ex alumnos que
ganan concursos y publican asiduamente. Y no dudes que en
unos cuantos años se empezarán a leer en los
periódicos nombres de escritores que han pasado por
talleres literarios. Danos un poco de tiempo —pegué
un sorbo a la cerveza y sonreí—. Y contactos.
Habían subido la música, y me estaba quedando
afónica con la charla. Tragué saliva. La pista
de baile se había llenado, y la mayoría de
los periodistas se movían al ritmo de La Vieja Trova,
incluido mi amigo Tomás. Se lo indiqué a Carles
con la barbilla. Él miró con desgana a sus
compañeros y me dijo:
—Espera un momento. Sólo una pregunta más.
¿Cómo funciona eso de los talleres? ¿Los
alumnos te entregan los cuentos para que se los corrijas?
—No. Se leen en clase en voz alta y se comentan entre
todos.
Carles puso cara de susto.
—¿Me estás diciendo que un montón
de gente se pone a criticar tu cuento? ¿Así,
sin anestesia?
—Sin anestesia.
—Pero es gente que no tiene ningún conocimiento...
—El mismo que aquellos que se leerían tu novela
después de comprarla en una librería. O que
la dejarían a medias, claro.
—Yo es que en realidad no escribo para que me lean...
Nada más decir esto, Carles puso cara de susto, y
yo de sorpresa.
—Ah, pero ¿tú escribes? —pregunté
con inocencia.
—Bueno, tengo algunas cosillas por ahí, en
algún cajón. Pero vamos, lo hago para divertirme.
—¿Y no quieres que te lean?
—Hombre, se lo he enseñado a algún amigo...
Y yo creo que algunos relatos están bastante bien...
Hay uno de una pirómana que liga con un bombero...
—La idea no está mal. Aunque todo depende de...
—¿Tú crees? ¿De verdad te gusta
la idea? Se me ocurrió un día, mientras veía
cómo intentaban apagar un incendio cerca de mi pueblo.
De pronto me dije: «¿Qué pasaría
si...?».
—Anda, mira, esa es una propuesta del taller. Hipótesis
fantástica, se llama. La inventó Gianni Rodari,
pero tú la has reinventado.
Me bajé del taburete y estiré las piernas.
Carles sonreía entusiasmado.
—Bueno, yo me voy a bailar —dije.
Carles me cogió del brazo.
—Espera. Una última cosa. Igual no te importaría
echarle un vistazo a alguno de mis relatos. Simplemente
para decirme si enganchan. Vamos, si no es mucha molestia...
Lo miré divertida y le contesté:
—Sí, claro, cómo no. Pero vámonos
a bailar de una vez. Ahora la literatura está ahí,
divirtiéndose —señalé la pista
de baile—. ¿La ves?
Isabel Cañelles
Madrid, abril de 2002
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| EL
DUELO (Sobre “El vacío y el centro”, de Ángel
Zapata) |
miércoles,
17 de julio de 2002 22:45 |
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Me terminé
hace unas semanas el libro de Ángel, El vacío
y el centro. Me ha encantado.
No es un libro de escritura creativa. No es un libro de
psicoanálisis. No es un libro deconstructivo, ni
estructuralista, ni siquiera analítico.
Es un libro que, a partir de tres textos, te cuenta tres
historias. Tres historias paralelas pero compenetradas con
los relatos, tres historias sutiles, introspectivas y maravillosas.
Especialmente me ha gustado la última, que planea
sobre el cuento de Ana María Matute "El niño
al que se le murió el amigo". Ángel cuenta
la historia del lenguaje junto con la historia de la vida.
Y de la muerte. Lo cuenta en un viaje a través de
las frases del relato, como un pianista recorre las teclas
dando una nueva vida a una canción querida.
Ha habido una parte que me ha gustado especialmente, y que
me ha parecido tan extensible a la pérdida de cualquier
ser querido, o a la separación de un ser amado, que
me ha conmovido de verdad.
Os incluyo algunos fragmentos, que brotan de las siguientes
frases del cuento de Ana María Matute:
«Vino
la noche, con una estrella muy grande, y el niño
no quería entrar a cenar. "Entra, niño,
que llega el frío", dijo la madre. Pero, en
lugar de entrar, el niño se levantó del quicio,
y se fue en busca del amigo con las canicas, el camión,
la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al
llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó,
ni le oyó en el árbol ni en el pozo. Pasó
buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi
blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos.»
Dice
Ángel sobre la segunda parte de este fragmento:
[...]
el personaje sale en busca del amigo, una vez más,
pues la intensa identificación con él [...]
le permite experimentar su pérdida como algo contingente,
provisional; le permite negar, como hemos visto, esta dimensión
de la falta y la ausencia esenciales a la constitución
del otro [...].
[...]
Así las cosas, al identificarse con este nuevo objeto
después de todo simbólico que es "el
amigo perdido" [...], el niño está obligado
a identificarse también con la pérdida misma;
incluso —o sobre todo— para negarla dentro (el
niño "pierde" sus sentimientos para de
este modo no sentir que pierde)... De forma que esta ausencia
—esta "muerte" que imita el personaje con
su cuerpo y con sus actitudes— habrá de convertirse
para él en algo tan valioso como el objeto (es, de
hecho, lo que haría del objeto un todo y colmaría
su realidad) [...]
Obviamente, si el niño recorriese hasta el extremo
el camino de la identificación —si "devorase"
el objeto: si se hiciera igual a él en lo interior,
y también en lo exterior que constituye su objetividad—
la pérdida sería suprimida, superada, mas
al precio de la desaparición del sujeto mismo.
[...]
De este modo, si es verdad afirmar que el amigo "existe"
ahora dentro del niño como imagen global, no es menos
cierto que el personaje no se encuentra enteramente identificado
con el amigo muerto; [...]
Así las cosas, si en el espacio de lo interno el
niño se pierde a sí mismo (pierde sus sentimientos,
sus emociones, la constancia de sus necesidades) a fin de
no sentir la muerte del amigo; comprobamos ahora que lo
que el personaje ha buscado con esta pérdida es también,
y sobre todo, ganar tiempo: mantener los juguetes, un poco
más, en su función de signos-fetiche; usarlos
—en definitiva— con la intención de diferir,
tanto tiempo como sea posible, la constatación de
esa ausencia en lo exterior.
En los juguetes, pues, se encarnan simultáneamente
la rebeldía y el pacto del personaje. La rebeldía,
en tanto que apegado a los juguetes como a una parte del
amigo muerto —haciendo un uso imaginario de un objeto
que ya sólo puede tener valor de símbolo—,
el niño niega su dolor, se opone frontalmente a la
evidencia de lo irreparable, sí... Pero el pacto
también, pues a través de esta esforzada negación
el personaje pide tiempo.
Reclama tiempo.
Pacta, diríamos —consigo mismo y con la realidad—,
una prórroga breve a su aflicción; un intervalo
más, que le permita elaborar su duelo.
[...]
¿Qué pasa, a fin de cuentas, en esa "larga
noche casi blanca" donde la identidad del personaje
se va a ver transformada?
[...]
En efecto: a falta de un suceso sobresaliente, de un cambio
nítido en la acción, en las tres oraciones
que cierran el nudo lo que "pasa" —sobre
todo— es tiempo.
El texto hace que pase tiempo en la experiencia del personaje.
Y la asimilación por parte del niño a este
tiempo que pasa es suficiente para transformarlo.
[...]
Obviamente, este tiempo que pasa en las tres oraciones que
estudiamos es, en primer lugar, el "tiempo de la historia":
el tiempo objetivo de la acción dramática
representado en la escritura; esa noche que emplea el personaje
en buscar a su amigo.
Con todo, de este primer sentido —estrictamente literal—
se desprende en seguida una segunda veladura, un segundo
estrato... Pues si ya hemos visto cómo por medio
de la atenuación y de la identificación con
el objeto perdido el niño "pedía tiempo"
(le arrancaba una tregua al dolor; una prórroga,
aún, que le hiciera posible elaborar su pena), la
acción representada en la secuencia muestra los rasgos
característicos de un "trabajo del duelo";
y en esta dirección, es preciso observar que el episodio
no pone en escena una "búsqueda", sin evocar,
al mismo tiempo, los pormenores de una despedida.
Nos encontramos, pues, ante una despedida disfrazada de
búsqueda. Ante una búsqueda, diríamos,
que actúa realmente como "pantalla", y
a través de la cual el niño va a poder vivir
la experiencia del luto: la tarea del desprendimiento, de
la separación, consecutivos siempre a la pérdida
de algún objeto amado.
Como es sabido, el trabajo del duelo —que nunca puede
completarse de manera inmediata— consiste en un proceso
paulatino, un proceso en el curso del cual el sujeto va
haciéndose presentes cada una de las partes del objeto
perdido. [...]
El trabajo que la aflicción lleva a cabo, pues, estriba
en lo esencial en ir retirando poco a poco —parte
a parte— el amor ligado al objeto. Esta retirada,
a su vez, toma la forma de un proceso sucesivo de carga
y descarga, y consiste en recordar cada una de estas partes
del objeto, experimentar de nuevo el valor y el significado
que tenían para el yo, "llorar" su périda;
y hacer posible así que las cargas de amor que estaban
adheridas a ese objeto, ahora faltante en lo real, queden
libres para depositarse sobre otras instancias distintas:
sobre el mundo —que aparece desierto y sin valor a
los ojos del sujeto como resultado de la ausencia—,
y/o sobre el propio yo, que ha sido "empobrecido",
igualmente, por el abandono del objeto.
Por eso también ha podido decirse que el trabajo
de la aflicción supone en cierto modo "matar
al muerto": reconstruir —como efecto esta vez
de una acción voluntaria— ese desprendimiento
que el sujeto ha sufrido pasivamente, como una imposición
externa.
En cualquier caso, lo que está en juego para el yo
a lo largo del trabajo del duelo es "tomar el control"
sobre la pérdida. O lo que viene a ser igual:
—mantener de manera omnipotente la existencia "interna",
psíquica, del objeto;
—segmentar y regular mediante plazos el proceso de
la separación,
—y decidir, en último término, si desea
compartir el destino del objeto perdido; o bien, en vista
de las satisfacciones que comporta permanecer con vida,
determinarse a abandonar su vínculo con ese mismo
objeto, definitivamente ausente.
Esta, de hecho, es la tarea que el personaje aborda en el
transcurso de las oraciones 10, 11 y 12. Y si hemos visto
ya cómo el niño mantiene en su interior la
imagen global del amigo (cómo se identifica, él
mismo, con los rasgos y las cualidades de un niño
muerto), es el momento de observar ahora cómo la
búsqueda que el protagonista emprende habrá
de encaminarle a la conciencia de la pérdida: cómo
le lleva a echar en falta al amigo en el espacio inmanejable
de lo externo, y a abandonar la identificación con
él.
Tal como corresponde a un trabajo del duelo, esta transformación
adquiere en la escritura el carácter de un proceso
gradual... Y así las cosas, a lo largo de las oraciones
10, 11 y 12 comprobamos que el niño no solamente
empieza a echar de menos una "respuesta" del amigo;
sino que más allá de este mismo silencio revelador,
su ausencia —paso a paso— se va haciendo patente,
"incontestable", en cada uno de los lugares que
habían sido, hasta ahora, el escenario habitual de
sus encuentros y sus juegos.
La cerca. El árbol. El pozo... Cada uno de los emplazamientos
que vinculan al niño con su amigo por medio del recuerdo
de sus juegos pasados (y por medio, también, de la
esperanza de que estos juegos se reanuden con la simple
presencia del niño y sus juguetes), son visitados
e inspeccionados en el transcurso de esa "larga noche",
hechos presentes por el protagonista como un dato de su
experiencia actual; cargados con una expectativa, descargados
por medio de la decepción; y son, por esto mismo,
abandonados de manera sucesiva, uno tras otro, al experimentar
que el objeto buscado no comparece allí.
Es el niño, pues, quien a través de un acto
voluntario deja ahora "atrás" la cerca,
el árbol, el pozo; los recuerdos y las esperanzas
que aún le vinculan con el personaje ausente.
Es el niño, también, quien se aviene a perder
finalmente —parte a parte, paso a paso— lo que
hasta ahora se había negado a perder de golpe.
Y es el niño, en suma, quien poco a poco se irá
haciendo capaz de "matar al amigo" a lo largo
de esa noche casi blanca; de devolverle —a la manera
de un último intercambio— el daño y
el dolor de su abandono... Para lo cual, obviamente, resulta
imprescindible que antes acceda a trasladar a su interior,
a "hacer suyo", ese mismo vacío, esa muerte,
que está constatando en lo externo.
[...]
El amigo no ha vuelto a la casa.
No estaba en la cerca.
No ha sido posible encontrarle en el árbol.
No se ha hecho presente junto al pozo.
De todos los espacios exteriores que compartían hasta
ahora el amigo y él, al niño no le queda ya
más que una colección de recuerdos sin vigencia
y de esperanzas defraudadas. [...]
Así las cosas, cuando una decepción tras otra,
un vacío tras otro, al niño no le queda ya
ningún lugar externo donde seguir buscando, su aventura
le enfrenta con una decisión:
—Asimilarse a lo perdido. Es decir: mantenerse en
el dentro, negar lo exterior; "comerse" imaginariamente
al otro (tal como ocurre en la melancolía mortal):
volverse "uno" con el amigo en la muerte...
—O bien asimilarse a la pérdida misma. Lo que
implica de hecho negar su propia negación; hacerse
objeto para sí mismo, proyectar fuera su identidad
fundida e inspeccionarla como a una instancia externa; con
lo cual, ciertamente, encontrará al amigo (hallará,
cuando menos, lo que queda de él), y podrá
así restablecer las posiciones respectivas del dentro
y del fuera:
Fuera, el objeto; lo que era hasta el momento una imagen
interna: la identidad de un niño muerto. (Identidad
que en tanto exterior está deshecha ahora: es sólo
un puñado de polvo.)
Dentro, el sujeto; la experiencia de un niño que
habita un cuerpo vivo.
De este modo, encontrar al amigo es perderlo. Llevar la
búsqueda a su extremo es encontrarse con el amigo
"dentro", ocupando el espacio de la propia realidad.
Así las cosas, lo que hasta ahora estaba "dentro"
—esta misma identidad del niño indistinguible
de la del amigo—, pasa finalmente al territorio del
afuera; es percibida como "exterior", deviene
objeto para el protagonista:
Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de
polvo el traje y los zapatos.
En las frases que cierran el nudo, pues, el amigo es devuelto
por el niño a su verdadera realidad: la de un "otro"
objetivo, exterior... Pero un "otro", también,
que se ha ido desvelando en el transcurso de esa larga noche
como un objeto inerte; como una instancia ya incapaz de
responder, de reflejar; que se ha manifestado —paso
a paso— como esa exterioridad inconcebible, desprovista
de rasgos y cualidades, carente de toda determinación
("noche blanca"/noche y día a la vez) que
es la muerte: el polvo que ahora llega y cubre al personaje;
la forma deshecha del absoluto afuera.
[...]
Se ha instalado, de hecho, la ley misma que funda lo humano
y lo Simbólico; y que prescribe que en lo sucesivo
el sujeto respetará al objeto (no lo "devorará"
ni se identificará con él); respetará
su objetividad, su exterioridad, su ser-otro distinto y
separado; querrá, en definitiva, su propio límite,
su pérdida; querrá ese mismo afuera que niega
y destruye su propia fantasía de plenitud.
[...]
Asistimos con ello al final de esa fusión imaginaria
"niño-amigo" en donde no existían
la alteridad, la discontinuidad ni el tiempo. Llegamos,
pues, a la destitución del ser-idéntico-y-objetivo
del yo imaginario: esa identidad sustancial y estable que
el sujeto humano, si quiere responder a su vocación,
debe continuamente negar como real, superar y trascender
en sus encarnaciones imaginarias, y desear, en suma, como
una posibilidad que nunca tendrá hogar entre las
cosas; una promesa, acaso, dada sólo en el orden
del lenguaje y el símbolo.
Esto —y mucho más— dice Ángel,
y a mí se me asemeja a un viaje paralelo al del niño
de Ana María Matute. Me parece una bellísima
explicación del duelo, precisamente por estar ligada
por un hilo al relato, y a la vez sobrevolándolo
como una cometa.
Recuerdo que a lo largo del año posterior a la muerte
de mi padre, yo estaba —como lo definía en
aquellos momentos— anestesiada, como en una especie
de ensueño que no me dejaba sentir ni padecer. Las
alegrías eran tenues, y también las penas.
El exterior era en blanco y negro, casi no existía.
Supongo que, igual que el niño del cuento, yo me
estaba identificando con un muerto, adquiriendo sus formas
para no tener que sufrir la separación. Y recuerdo
también el momento en que —tanto tiempo después—
me encontré a mí misma, en el metro, observando
a la gente del vagón, disfrutando —al menos
conscientemente— de los colores, los brillos, los
gestos... la vida que me rodeaba. Es curioso que eso lo
distinguiera en el exterior antes que en mí misma.
La vida estaba fuera y sólo entonces, de pronto,
me sentí viva otra vez, dispuesta a sufrir por todo
lo que había pasado.
Antesdeayer, leyendo a Proust, encontré
un fragmento en el que habla de su abuela muerta y que define
muy bien la contradicción que supone sentirte vivo
y, a la vez, asumir la muerte:
[...] y así, en un deseo loco de arrojarme en sus
brazos, sólo en aquel momento —más de
un año después de su entierro, por ese anacronismo
que con tanta frecuencia impide la coincidencia del calendario
de los hechos con el de los sentimientos— acababa
de enterarme de que había muerto. Desde entonces,
muchas veces había hablado de ella y pensado en ella,
pero bajo mis palabras y mis pensamientos de muchacho ingrato,
egoísta y cruel, no había habido nunca nada
que se pareciera a mi abuela, porque, en mi ligereza, en
mi amor al placer, en mi costumbre de verla enferma, sólo
en estado virtual vivía en mí el recuerdo
de lo que ella había sido. [...] Ahora bien, como
el que yo acababa súbitamente de volver a ser no
había existido desde aquella lejana noche en que
mi abuela me desnudó a mi llegada a Balbec, muy naturalmente,
no después de la jornada actual, que mi yo ignoraba,
sino —como si en el tiempo hubiera series diferentes
y paralelas— sin solución de continuidad, inmediatamente
después de la primera noche de aquel tiempo, me situé
en el minuto en que mi abuela se inclinó hacia mí.
El yo que yo era entonces, y que por tanto tiempo había
desaparecido, estaba de nuevo tan cerca de mí que
me parecía estar oyendo las palabras inmediatamente
anteriores y que no eran, sin embargo, más que un
sueño, de la misma manera que un hombre mal despierto
cree percibir muy cerca los sonidos de su sueño que
huye. Ya no era más que aquel ser que quería
refugiarse en los brazos de su abuela, borrar las huellas
de sus penas besándola, nada más que aquel
ser que cuando yo era uno u otro de los que se habían
sucedido en mí desde hacía algún tiempo,
tan difícil me hubiera sido figurármelo como
esfuerzos me costaba ahora, estériles por lo demás,
resistir los deseos y los goces de uno de los que, al menos
por un tiempo, ya no era. Recordaba que, una hora antes
de que mi abuela se inclinara así, en bata, hacia
mis botas, yo, deambulando por la calle asfixiante de calor
delante de la pastelería, creía que, con la
necesidad que sentía de besarla, no podría
esperar a la hora que tendría aún que pasar
sin ella. Y ahora que renacía aquella misma necesidad,
sabía que podría esperar horas y horas, que
nunca más estaría junto a mí, y no
hacía más que descubrirla, porque sintiéndola,
por primera vez, viva, verdadera, dilatándome el
corazón hasta romperlo, encontrándola en fin,
acababa de saber que la había perdido para siempre.
Perdida para siempre; no podía comprender, y me esforzaba
por sentir el dolor de esta contradicción: por una
parte, una existencia, una ternura que sobrevivían
en mí tales como las había vivido, es decir,
hechas para mí, un amor en el que todo encontraba
de tal modo en mí su complemento, su meta, su constante
dirección que el genio de los grandes hombres, todos
los genios qu ehabían podido existir desde los albores
del mundo no hubieran valido para mi abuela lo que uno solo
de mis defectos; y por otra parte, tan pronto como reviví,
como presente, aquella felicidad, sentirla transida de certidumbre,
lanzándose como un dolor físico de repetición,
de un no ser que había borrado mi imagen de aquella
ternura, que había destruido aquella existencia,
abolido retrospectivamente nuestra mutua predestinación,
que había hecho de mi abuela, cuando volví
a encontrarla como en un espejo, una simple extraña
que por azar pasó unos años junto a mí,
como hubiera podido pasarlos junto a cualquier otro, mas
para quien, antes y después, yo no era nada, no sería
nada.
Bueeeeeno.
Vaya rollo que os he soltado. Bueno, que os hemos soltado
entre Ángel, Proust y yo. Será que sigo con
el duelo. Por lo menos, me ha servido para entretenerme
en este día tan largo. Acabo de recordar que hoy
iba con un vestido negro a la comida, y mi hermano, al verme
llegar, me ha preguntado: "¿Estás de
luto o qué?".
Igual es que estoy de luto.
Besos
Isa
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| ESCRITORES
Y PERIODISTAS |
jueves,
08 de agosto de 2002 7:12 |
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Dice Vaz: Para mí,
la clave del enfrentamiento entre periodismo y literatura
es que no existe. Son cosas distintas.
Estoy
totalmente de acuerdo contigo. Me parece que la anécdota
del Jurel ilustra muy bien la visión de un periodista
-de un buen periodista- y de un artista -que, en este caso,
es un mal periodista-. Cuando yo veo la foto de un pesquero
en el periódico, que ilustra el hundimiento del Jurel,
quiero ver el Jurel en la foto, y no un pesquero cualquiera.
Me pueden engañar (aunque si sale una preciosa foto
de un anochecer con velerito, ya me imaginaré que
me están engañando), pero me enfadaré
si me entero de ese engaño. Si esa misma foto me
la encuentro en una exposición de paisajes marinos,
podré admirarla.
Yo no abro el periódico para que me traspase el corazón
con metáforas y narraciones. Para eso abro Ana Karenina
o En busca del tiempo perdido. A una noticia o a un artículo
periodístico le pido que me informe con un lenguaje
rápido y eficaz (y a ser posible, gramatical) de
lo que está pasando en el mundo. Por supuesto, la
objetividad no existe, pero sí existen los grados
de aproximación; y la labor del periodista es aproximarse
a ella al máximo. No así la del escritor,
que manipulará la realidad para conseguir determinado
efecto, sin importarle la verdad o la mentira de las herramientas
que usa.
Y me da que últimamente se tiende a confundir bastante
las cosas en este sentido. Cada vez más periodistas
buscan encauzar sus impulsos artísticos en los periódicos,
y cada vez más escritores son contratados para hacer
funciones de periodista, sin que se den cuenta de que, para
ello, necesitan otras herramientas y un rodaje que no tienen.
El que el periodismo y la literatura usen el mismo medio
-la palabra- no quiere decir que sean la misma cosa.
Hace un tiempo salió en el País Semanal una
serie de reportajes que hacían el seguimiento de
algún famoso a lo largo de un día cotidiano
de su vida. Por lo menos los que leí estaban escritos
por Juan José Millás. Y ahí noté
muchísimo sus carencias como periodista. Quizá
hubiera hecho una gran historia si hubiera seguido de forma
clandestina al famoso, observando desde un agujerito todos
sus movimientos. Pero un escritor poco tiene que hacer frente
a frente con un político o una actriz en una carrera
contrarreloj. Zapatero y Penélope Cruz se lo comieron
con patatas. Yo -el que lee ese reportaje- quiero saber
cosas sobre Zapatero o Penélope Cruz que normalmente
no salen en los periódicos, pero que forman parte
de su vida. No me importa la interpretación de la
mirada de Penélope por parte de Juan José
Millás. Me importa que un buen periodista sea capaz
de exprimir, de sacarle la cara oculta a ese personaje (como
hacía Quintero en El perro verde). Obviamente, éste
será reacio, aunque se haya prestado a eso por una
cantidad no despreciable, y tratará de fingir todo
lo que pueda. Y sólo un buen periodista -y no un
buen escritor- será capaz de tocar las piezas necesarias
para rasgar la máscara, de aprovechar los flancos
débiles, de hacer la pregunta adecuada en el momento
idóneo, a la vez que hace creer a su interlocutor
que todo va bien, que no tiene nada que temer. Y posiblemente
le sobren diez de las quince horas. Si además, ese
buen periodista escribe bien, mejor que mejor, pero aquí
escribir bien no significa hacer la mejor metáfora
de la mirada que Penélope Cruz le dirige al camarero
de un bar, sino representar con fidelidad las preguntas
y las respuestas, escoger los momentos no que más
juego den para un microrrelato, sino que den una visión
fidedigna de ese personaje en su -relativa- cotidianeidad.
En fin, que en ese campo un escritor está desarmado,
desnudito frente a alguien mucho más experimentado
en ocultarse que él en desenmascarar en una batalla
frente a frente.
A mí me encantan los textos de Martín Garzo
que han salido en El País, y me parece estupendo
que se incluyan en el periódico narraciones también
de vez en cuando, pero hay que reconocer que eso no es periodismo,
que eso es literatura (a veces un poco mezclada con ensayo).
Y que si todo el periódico estuviera escrito en ese
plan, entonces no sería un periódico, sino
una gaceta literaria.
Otra cosa es que ambas labores -la del escritor y la del
periodista- tengan que estar enfrentadas. No, claro; un
escritor puede aprender mucho de un periodista, y aprovechar
algunos de sus recursos para dar más velocidad o
verosimilitud a sus novelas. Y viceversa, un periodista
puede aprender mucho de un escritor, sobre todo en la parte
estilística, de manejo del lenguaje. Pero el objetivo
que persiguen uno y otro son diferentes, y por tanto los
escritos que salgan de la pluma de uno y otro no pueden
ser equiparables. Ni han de llevar a confusión. Que
es lo que ocurre muchas veces. Uno se pone a leer un reportaje
sobre la guerra en Afganistán, y le vienen con unos
rollos de ambientación y de detalles narrativos que
estarían de puta madre para una novela del Reverte;
pero, joder, uno se quiere enterar de qué coño
está pasando en Afganistán, y no del color
de las nubes o de ese perro que yace junto a un charco de
sangre.
Y me da a mí que la manipulación cada vez
mayor de la información, el hecho de que en realidad
no nos quieren decir lo que está pasando, ni en Afganistán
ni en ningún otro sitio, es lo que está llevando
a que los periodistas cada vez tengan más campo abierto
para fantasear y desarrollarse como narradores, y de que
cada vez más escritores entren en las plantillas
de los periódicos. A lo mejor estoy diciendo una
burrada, pero es la impresión que me da.
Besos
Isa
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| EL
DESDE, SOBRE, CÓMO Y PARA DE LA LITERATURA |
jueves,
10 de octubre de 2002 21:00 |
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Dice
B.:
Entonces
he caído en la cuenta de lo difícil de percibir
que es ese "desde" (el sentimiento del autor), porque
lo que se lee normalmente es el "sobre". Y, claro,
se escribe "sobre" el odio, la autocompasión,
el desprecio, "desde" cualquier otro sentimiento.
Y luego, para acabar de liarla, está el "para",
o sea, lo que el autor pretende transmitir al lector.
Yo creo
que no importa mucho el "desde", el "sobre"
o el "para", sino el "cómo". Hay
buenísimos escritores que escriben desde sentimientos
autocompasivos de una forma sangrante; y otros de una forma
encubierta. Y también me parece que con cuatro nociones
de psicología -o de sentido común- que uno tenga,
puede vislumbrar desde dónde están escritos
muchos textos. De los primeros, pongo como ejemplo a Pessoa,
que no hace más que autocompadecerse a lo largo del
"Libro del desasosiego" (hable "sobre"
la lluvia, "sobre" el amor o "sobre" política).
Yo creo que alguna vez he mandado a la lista este texto, pero
es que viene a güebo:
DIARIO
LÚCIDO
Mi vida, tragedia fracasada bajo el pateo de los dioses
y de la que sólo se ha representado el primer acto.
Amigos, ninguno. Sólo unos conocidos que simpatizan
conmigo y que tal vez sentirían pena si un tren me
pasase por cima y el entierro fuese un día de lluvia.
El premio natural de mi distanciamiento de la vida ha sido
la incapacidad, que he creado en los demás, de sentir
conmigo. En torno a mí hay una aureola de frialdad,
un halo de hielo que repele a los demás. Todavía
no he conseguido no sufrir con mi soledad. Tan difícil
es conseguir esa distinción de espíritu que
permite al aislamiento ser un reposo sin angustia.
Nunca he concedido crédito a la amistad que me han
mostrado, como no lo habría concedido al amor, si me
lo hubiesen mostrado, lo que, además, sería
imposible. Aunque nunca haya tenido ilusiones respecto a quienes
se decían mis amigos, he conseguido siempre sufrir
desilusiones con ellos: tan complejo y sutil es mi destino
de sufrir.
Nunca he dudado que todos me traicionasen; y me he asombrado
siempre que me han traicionado. Cuando llegaba lo que yo esperaba,
era siempre inseperado para mí.
Como nunca he descubierto en mí cualidades que atrajesen
a nadie, nunca he podido creer que alguien se sintiese atraído
por mí. La opinión sería de una modestia
estulta, si hechos sobre hechos —esos inesperados hechos
que yo esperaba— no viniesen a confirmarla siempre.
No puedo concebir que me estimen por compasión, porque,
aunque sea físicamente desmañado e inaceptable,
no tengo ese grado de encogimiento orgánico con que
entrar en la órbita de la compasión ajena, ni
tampoco esa simpatía que la atrae cuando no es patentemente
merecida; y para lo que en mí merece piedad, no puede
haberla, porque nunca hay piedad para los lisiados del espíritu.
De modo que he caído en ese centro de gravedad del
desdén ajeno en el que no me inclino hacia la simpatía
de nadie.
Toda mi vida ha sido querer adaptarme a esto sin sentir en
exceso su crudeza y su abyección.
Es necesario cierto coraje intelectual para que un individuo
reconozca valerosamente que no pasa de ser un harapo humano,
aborto superviviente, loco todavía fuera de las fronteras
de la internabilidad; pero es preciso todavía más
valor de espíritu para, reconocido esto, crear una
adaptación perfecta a su destino, aceptar sin rebeldía,
sin resignación, sin gesto alguno, o esbozo de gesto,
la maldición orgánica que me ha impuesto la
Naturaleza. Querer que no sufra con esto es querer demasiado,
porque no cabe en el ser humano el aceptar el mal, viéndolo
bien, y llamarle bien; y, aceptándolo como mal, no
es posible no sufrir con él.
Concebir desde fuera ha sido mi desgracia: la desgracia para
mi felicidad. Me he visto como me ven los demás, y
he pasado a despreciarme, no tanto porque reconociese en mí
un orden tal de cualidades que mereciese desprecio por ellas,
sino porque he pasado a verme como me ven los demás
y he sentido un desprecio cualquiera que ellos sienten por
mí. He sufrido la humillación de conocerme.
Como este calvario no tiene nobleza, ni resurrección
unos días después, no he podido sino sufrir
con la innobleza de esto.
He comprendido que le era imposible a nadie amarme, a no ser
que le faltase del todo el sentido estético; y, entonces,
yo le despreciaría por ello; y que incluso simpatizar
conmigo no podía pasar de ser un capricho de la indiferencia
ajena.
¡Ver claro en nosotros y en cómo nos ven los
demás! ¡Ver esta verdad frente a frente! Y, al
final, el grito de Cristo en el Calvario, cuando vio, frente
a frente, su verdad: Señor, Señor, ¿por
qué me has abandonado?
Está claro que debajo de este texto no puede latir
más autocompasión (y también por encima,
claro), y sin embargo a mí me parece un magnífico
texto, independientemente "desde" donde esté
escrito.
La intención (el "para") del autor tampoco
importa mucho, yo creo... Seguro que Pessoa no lo escribió
para que yo lo sintiera como un bofetón, como un revulsivo
que me gritaba al oído: "Tienes que hacer todo
lo posible para no sentirte así el día de mañana".
Y me consta que hay algunas personas a las que les gusta por
lo contrario, porque les sirve para autojustificarse y echar
la culpa al mundo de sus males.
El "sobre"... da igual también. Debajo del
"La extravagante vida de Martín Romaña"
(o algo así), de Bryce Echenique, también late
por todos lados la autocompasión, y sin embargo se
monta un circo divertidísimo con ella.
Lo que sí importa, decía, es el "cómo".
Eso tiene que ver con el oficio, en buena medida. Cuantas
más herramientas tengas en tus manos, mejor encauzarás
en la labor literaria los sentimientos de donde surge tu creación,
para que no te sobrepasen y se hagan con la narración,
ni se encubran tanto que la falseen. Y también tiene
que ver, yo creo, con la madurez; con esa madurez especial
del escritor que sabe, cuando llega el momento, mirarse frente
a frente, aguantarse la mirada, y además escribir lo
que ve. Pessoa, en toda una vida de autocompasión,
supo articular de la mejor forma posible sus sentimientos
con respecto a su labor creativa, hasta el punto de conseguir
que algo tan descarnado, tan personal, tan... impúdico
como lo que transpira el "Diario lúcido",
provoque una reacción en el lector más allá
del fastidio. Lucía Etxebarría, con los mismos
materiales de partida, lo que transpira es falsedad y artificio.
Es difícil volcarte en tu creación, sea desde
el sentimiento que sea, porque eso duele, porque nunca sabes
lo que te vas a encontrar, y da miedo lo desconocido.
Entonces, yo creo que la autocompasión es un sentimiento
tan válido como cualquier otro para escribir desde
él. Sólo —¿sólo?—
tienes que saber encauzarlo en tu creación, con las
limitaciones y las armas de las que dispongas.
A lo largo de su vida, un escritor pasa por muchísimas
etapas, como todo el mundo. Y en cada etapa escribirá
desde unos sentimientos distintos (o desde los mismos, pero
siempre transformados por sus experiencias), y con menos o
más herramientas. Se trata de, en cada momento, saber
ver y aceptar lo que tienes en tus manos. Si quieres volar
demasiado alto o, por el contrario, no sabes reconocer tus
cualidades, lo más posible es que te estrelles con
el texto que escribas o no llegues siquiera a despegar. De
la misma forma, si no dejas escapar tus sentimientos en el
texto y los reduces a lo políticamente correcto o,
al contrario, si permites que empapen la narración
por completo, también te estrellarás.
No sé en qué posición se encontrarán
los textos de los que hablas, pero no creo que el problema
esté en el sentimiento del que surgían, sino
en alguno de los factores que señalo más arriba.
Y luego, también hay que tener en cuenta que el escritor
siempre va a sentir cierto rechazo al leer obras pasadas,
escritas a lo mejor en etapas que ya tiene superadas y desde
sentimientos distintos a los que tiene en el momento actual.
Porque él sí sabe muy bien el "desde"
y algo del "para". Quizá por eso tampoco
sea el más indicado para juzgar sus antiguos escritos.
¿Es
el autor el que sentía desprecio, el que era incapaz
de dar una visión humana, real, del personaje porque
era incapaz de verlo él? ¿O lo hizo a propósito
para provocar eso en el lector? ¿O preguntarse esto
es una soberana comedura de coco que no lleva a nada?
Yo creo
que es una soberana comedura de coco que no lleva a nada.
Tú no estás dentro de Muñoz Molina, no
conoces a ese señor, y podrías tirarte años
confeccionando hipótesis sobre sus intenciones; y a
lo mejor él también.
El
caso es que esta noche me lo pregunto. No como lectora: como
lectora no me gustó (a pesar de que estaba bien escrito
y bien narrado), me cabreé, y punto; como lectora,
como dije hace unos días, nunca me pregunto por la
intención de un autor, sino como escritora. Por averiguar
algo más del proceso de escribir.
Pero es
que preguntártelo como escritora es preguntártelo
como lectora. Y además, ya te has contestado antes:
El caso es que a mí lo que me provocó fue
cabreo hacia el narrador. Sentí que me estaba haciendo
trampas, que me ocultaba datos o que me los estaba dando sesgados.
No sé si me explico. Que nadie es así de despreciable.
Te has explicado divinamente. Y has dado con el quid de la
cuestión. Porque lo que importa, y lo que te va a servir
para escribir, no es intentar ponerte en el pellejo de Muñoz
Molina, sino saber lo que sientes tú al leer su relato
—y eso es tarea difícil, ¿eh?—.
Con esa misma mirada, que sabe detectar cuándo te están
haciendo trampas (¿qué más da que Muñoz
Molina quisiera ser muy sincero, si tú sientes como
lectora que te están haciendo trampas?) has de tratar
de mirar tus textos. No tienes que pensar en tus intenciones,
sino intentar mirar limpiamente (como lectora) tu creación.
Y entonces —porque ya lo has aprendido leyendo a Muñoz
Molina— no ocultarás datos ni presentarás
personajes sesgados de cartón piedra.
Ahora soy yo la que no sé si me explicao.
Besos
Isa
PD: Y
que, o yo no he entendido nada de lo que querías decir
en tu mensaje, o me parece que el mensaje de Pack tenía
bastante que ver con todo esto.
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