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| M
E N S A J E S D E I S A S O
B R E N A R R A T I V A |
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| ESCRITURA
COMO BÚSQUEDA |
martes,
06 de marzo de 2001 16:07 |
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Dice
Roberto:
Yo
opino que un escritor escribe sobre lo que conoce (sobre su
vida o sus sus amigos, acerca de lo que ha visto u oído,
lo que su fantasía o su imaginación crea, etc.)
y que lee acerca de lo que desconoce (que le llame la atención
o aumente su cultura). Pienso que una de las misiones del
escritor es enseñar cosas.
Este me
parece un tema interesante de debate. Yo veo la literatura
como un trabajo de investigación en el alma humana,
y considero que un escritor me enseña algo a lo largo
de su propio proceso de búsqueda (es como si el autor
me propusiera que recorriéramos un camino juntos).
Él no sabe exactamente lo que anda buscando, y por
eso escribe; yo tampoco, y por eso leo. En el camino, los
dos sacamos una serie de enseñanzas. Y vuelta a empezar,
porque tanto el aprendizaje del escritor como el del lector
no se acaba nunca.
Como escritora, doy vueltas y vueltas alrededor de los asuntos
que no acabo de ver claros y me obsesionan (me acabo de acordar
de otro libro que merece la pena: "El escritor y sus
fantasmas", de Ernesto Sábato). Me introduzco
en personajes diferentes a mí (niños, hombres,
dentistas o funcionarias) e indago en sus sentimientos, acciones
y reacciones. Yo no sé nunca lo que va a salir de ese
experimento de antemano, y creo que si lo supiera no sentiría
la necesidad de escribirlo. El afán didáctico
lo vuelco en mi trabajo, por ejemplo (y aún ahí
me gusta estar siempre investigando), pero no en la creación
literaria. Es verdad que uno escribe siempre sobre una base
real (cosas que ve, oye, siente o imagina), pero yo en la
vida real no puedo nunca ponerme totalmente en la piel de
otra persona, y en la literatura sí, gracias a la coherencia
del microcosmos que se puede encerrar en un cuento o en una
novela. Por tanto, descubro cosas que me es imposible aprehender
en mi vida cotidiana; las reflexiones que no puedo hacer sobre
aquel camarero que servía comidas a la pata coja, porque
se me pierden en la inmensidad de la realidad, las puedo hacer
en el mundo cerrado de un cuento.
¿Qué opináis los demás?
[...]
Besos:
Isa.
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| LAS
PALABRAS I |
sábado,
10 de marzo de 2001 19:56 |
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Dijo Guido (años ha):
A
mí me intriga este asunto de las palabras, que signifiquen
y que además tengan su sonido y su dibujito. Para no
hablar del trabajo que hay que darse para organizarlas y hacerlas
más o menos coherentes.
A
mí también me intriga muchísimo esto de
las palabras. Bueno, supongo que a todos los de esta lista.
Y es que cuando uno comienza a escribir, empieza a ver el lenguaje
de otro modo, y también a mirar la realidad de otra manera
en relación con las palabras que la intentan definir.
A diferencia de otras artes o ciencias, la escritura se vale
de unos elementos (las palabras) a los que estamos familiarizados
desde que somos niños. Casi se podría decir que
el ser humano empieza a tener conciencia del mundo cuando aprende
a hablar y es capaz de traducir ese mundo en palabras. No ocurre
lo mismo con la pintura ni con la música ni con las matemáticas
ni con la estadística, a las que llegamos de una forma
más racional y premeditada. Y esta particularidad del
lenguaje escrito viene a ser, más que una ventaja, un
estorbo que en muchos casos nos impide verlo con claridad: lo
tenemos demasiado cerca.
La persona aprende a hablar, y cuando dice "mamá",
"hambre", "silla" o "sueño",
esas palabras están tan íntimamente ligadas a
la realidad a la que señalan que ambas cosas se convierten
en la misma. De mayores, nos sigue ocurriendo lo mismo: el lenguaje
se va complicando a medida que nuestra realidad se complica,
pero nos es difícil separar el uno de la otra.
Quizá esa es la razón por la que no hay quien
no haya escrito un diario de pequeño, o una poesía
en la adolescencia, mientras que es más difícil
encontrar niños que compongan música o pinten
cuadros al óleo. Eso está reservado a los artistas,
mientras que el lenguaje es de todos. También por eso
se consideraba inútil hasta hace poco enseñar
a escribir: al fin y al cabo, cualquiera puede hacerlo, ya que
las palabras son un bien colectivo de uso frecuente (como los
champús). Y ese es el planteamiento de mucha gente que
escribe (o que cree que escribe), y de muchos de los que inundan
los estantes de las librerías.
Lo primero que aprende el verdadero escritor es a desarmar ese
lenguaje con el que se lleva lavando el pelo todos los días
desde los tres años, a darse cuenta de que esas asociaciones
entre las palabras y las distintas realidades que se dan por
supuestas no son más que el fruto de una convención
de los seres humanos para poder entenderse.
¿Qué pasa si a la silla la llamo "gato"
y digo "Me voy a sentar un ratito en el gato, que estoy
cansada"? La primera reacción será de sorpresa,
luego nos entra la risa y por último el oyente pensará
que me he vuelto loca. Pero pensándolo un poquito más:
¿no se puede plantear uno también por qué
a la silla la llamamos "silla" y al gato, "gato"?
Sacar las palabras de su contexto, pesarlas en nuestras manos,
lanzarlas contra otras realidades, hacer que choquen entre sí...
¿no nos puede acaso hacer ver con mayor claridad (como
si lo viéramos por primera vez) el mundo?
Esa es la labor del escritor, y llamar a la silla "gato"
no es más que una metáfora, y pretende provocar
sorpresa o risa (en cualquier caso, una reacción). "Érase
una vez un hombre que se sentaba en cualquier silla que veía...":
ese díficilmente podrá ser el principio de un
buen cuento. "Érase una vez un hombre que se sentaba
en cualquier gato que veía...": ese sí.
Si uno quiere ver las cualidades interiores del lenguaje lo
primero que habrá de hacer es desmenuzar su esencia arbitraria
y convencional. Las lenguas románicas provienen del latín,
aunque en general se han perdido los casos (o las desinencias
que indican la función que cumple la palabra en la oración);
no obstante, en algunas de esas lenguas, como el español,
se conserva el género (terminación en -a para
el femenino y en -o para el masculino; el neutro se perdió);
otras, como el inglés, no tienen género. Esto
nos puede parecer incomprensible a nosotros, que estamos acostumbrados
a saber inmediatamente si nos están hablando de "ella"
o de "él" y a discutir sobre el lenguaje políticamente
correcto (a un angloparlante le parecería totalmente
absurdo ese debate que nos traemos entre "compañeros
y compañeras"); y sin embargo entre ellos parece
que se entienden (¿será que los angloparlantes
no son sexistas?). Los chinos, por otro lado, usan ideogramas
para comunicarse: el significado que nosotros damos a la palabra
"árbol" ellos lo representan con un dibujito
esquemático de un árbol, con ramas y raíces;
el de sol con un rectángulo y una línea semiatravesada
(¿un rayo?); para representar el punto cardinal Este,
ellos superponen el ideograma del sol al del árbol, lo
cual vendría a significar el sol entre las ramas del
árbol, como al amanecer, es decir, saliendo por el Este.
Todos -chinos, españoles, ingleses o rusos- estamos intentando
representar la realidad para poder entendernos, pero cuántas
formas diferentes (e incomprensibles para quien las mira desde
fuera) hay de hacerlo...
A todos nos suena la distinción que se hacía en
el colegio entre significante y significado, pero no todo el
mundo la entiende en toda su extensión. El significante
corresponde, en efecto, a la palabra que designa el objeto ("silla"
en español, "chair" en inglés, "stul"
en ruso...), con sus letras latinas o cirílicas, fonemas,
morfemas, lexemas, desinencias, dibujitos o jeroglíficos.
El significado sería el concepto al que se refiere el
significante, similar en cualquier idioma: "mueble consistente
en un asiento con respaldo y normalmente sin brazos, para una
sola persona".
Bien, pues saber que la relación entre significado y
significante es arbitraria, y no necesaria, nos abre puertas
sin límite a la hora de escribir. Podemos coger una palabra
y fijarnos sólo en su significante (olvidándonos
del objeto al que señala), es decir, en su sonoridad,
su textura, el color que nos sugiere, su ronroneo, su fealdad
o belleza; podemos ponerle cara, echarla a andar (¿a
dónde irá esa palabra?; ¿a la discoteca?;
¿al supermercado?), ubicarla en un lugar de nuestra casa...
Y a partir de ahí, darle otro significado, o devolverle
el suyo pero de otra manera. Si pienso en la palabra "girasol",
lo primero que se me ocurre es que es amarilla; no puedo evitar,
de algún modo, verme influida por su significado, pero
en el momento que le atribuyo el color a la palabra, y no al
objeto que designa, ya estoy alejándome de su significado
real.
También puedo hacerlo al revés: el significado
que me sugiere la palabra girasol es "que gira con el sol",
de forma que puedo llamar girasol al viejecillo que diariamente
da una vuelta al parque de enfrente de mi casa, tan lentamente
que se puede decir que empieza por la mañana y termina
por la tarde, y siempre mirando al sol.
Vamos, que diseccionar las palabras, sacarlas de su entorno
consabido, mirarlas con ojos inocentes, aprender a tratarlas
como algo propio (y no como un material usado y desgastado por
el resto de los mortales), es lo primero que hace el escritor
para sacar relaciones inauditas entre unas y otras. Y después
de ese proceso de derribo, viene la construcción de un
nuevo edificio. El edificio de la literatura.
No sé. El lenguaje es de todos. Pero la capacidad de
hacerlo propio y devolverlo al resto convertido en una catedral,
es patrimonio de los escritores.
Besos:
Isa.
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| LAS
PALABRAS II |
miércoles,
14 de marzo de 2001 22:13 |
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Decía
yo:
A
diferencia de otras artes o ciencias, la escritura se vale
de unos elementos (las palabras) a los que estamos familiarizados
desde que somos niños. Casi se podría decir
que el ser humano empieza a tener conciencia del mundo cuando
aprende a hablar y es capaz de traducir ese mundo en palabras.
No ocurre lo mismo con la pintura ni con la música
ni con las matemáticas ni con la estadística,
a las que llegamos de una forma más racional y premeditada.
Y esta particularidad del lenguaje escrito viene a ser, más
que una ventaja, un estorbo que en muchos casos nos impide
verlo con claridad: lo tenemos demasiado cerca.
Y decía
Berna:
Bueeenooo.
Mmmmmm... Creo que no estoy de acuerdo. O sea, que creo que
*tampoco* llegamos de forma racional y premeditada a la pintura,
a la música, ni a las matemáticas. Recuerdo
cuando mi hijo, el día de su tercer cumplaños,
descubrió de pronto el concepto *número* y la
fascinación e insistencia con que, durante toda la
comida (éramos 9 personas), estuvo preguntando, cada
vez que salía o entraba gente del comedor (para ir
a la cocina o al baño o a cualquier otra parte de la
casa) «¿y ahora cuántos somos?».
Y también recuerdo cuando descubrió el concepto
*color* (no hablaba aún, pero tenía un «¿ah?»
y un «¿uh?», uno para preguntar el nombre
de las cosas, y el otro para preguntar el color de la cosa).
Y cómo bailó en un concierto que dio la Banda
Municipal en el parque de al lado de casa (tenía 2
años).
Te doy
la razón Berna.
Luego
yo decía:
Quizá
esa es la razón por la que no hay quien no haya escrito
un diario de pequeño, o una poesía en la adolescencia,
mientras que es más difícil encontrar niños
que compongan música o pinten cuadros al óleo.
Eso está reservado a los artistas, mientras que el
lenguaje es de todos.
Y Berna:
Pues
también disiento de ti, Isa :-) Eso es un problema
de la educación reglada actual, en la que se limitan
a fabricar productores, y no a hacer personas. Si le das los
medios, el niño pintará y cantará y hará
música con instrumentos inventados y bailará,
porque las personas somos también capaces de hacer
eso intuitivamente.
Pero es
que la educación reglada actual sale de algún
lado. Yo creo que en el inconsciente colectivo está
instalada la idea de que el lenguaje es un bien común
(y en cierto sentido es cierto), precisamente porque lo necesitamos
para entender el mundo. Cuando de pequeño te decían:
"Haz esta suma", "Dibuja un cuadrilátero"
o "Toca esta canción con la flauta", te explicaban
cómo hacerlo. Cuando te decían "Escribe
un cuento" nadie te explicaba nada. Se daba por supuesto
que tú sabías narrar, porque de alguna manera
se igualaba "saber escribir" a "saber contar
por escrito" (que aquello estuviera bien o mal narrado
no parecía tener importancia, con tal de que la gramática
fuera correcta). Independientemente de que la educación
hiciera más hincapié en unas cosas que en otras,
la música o la pintura eran tratados como materia artística
compleja que requería un aprendizaje, mientras que
la creación literaria era algo de andar por casa. Paradójicamente,
también era cuestión de talento: o tenías
el don o no lo tenías, pero ni siquiera había
nadie que te respondiera a esa pregunta. "El lenguaje
está ahí, es de todos; así que apáñatelas".
Uno podía hacer sus pinitos con los pinceles o la flauta,
pero sabía que aquello era muy difícil, que
era un camino muy largo. Sin embargo cogías tu boli
y te ponías a escribir, y pensabas que aquel poema
o lo que le contabas a tu diario o la novela autobiográfica
de un adolescente confundido podía ser la hostia. Y
todavía hay mucha gente adulta que piensa así,
normal. Y esa contradicción entre la escritura de andar
por casa y el famoso talento divino nos provoca aún
muchísimos bloqueos incluso a los que hemos dado el
paso de concienciarnos de que escribir es algo más
que soltar en un papel lo que nos dé por ahí
en el momento en que nos dé por ahí. Por la
educación reglada, sí, pero en este caso coincide
con -y posiblemente esté provocado por- lo que se palpa
en la sociedad, en el inconsciente colectivo. He hablado en
pasado porque ahora ya se está empezando a enseñar
creación literaria (al menos en la ESO), más
allá de descripción, narración y diálogo;
quizá empiecen a cambiar poco a poco las cosas.
Besos:
Isa.
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| FORMAS
DE ESCRIBIR |
domingo,
11 de marzo de 2001 12:21 |
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Dijo Robert:
Estoy
convencido de que cada persona escribe de una forma. Dice
Isabel que ella pertenece al tipo de escritor que no sabe
exactamente lo que anda buscando y que por eso escribe. Pero
también hay otro tipo de escritor: aquel que ya tiene
su novela (o lo que sea) en la cabeza antes de escribirla.
Mi forma de actuar se asemeja a los que usan esta técnica:
primero pienso y luego intento poner por escrito lo que he
pensado, para "liberarme"; de ello.
Cuando
hablaba de que el escritor no sabe lo que está buscando
y, por tanto, su escritura es una búsqueda, no me refería
a la técnica o a la forma de escribir. Cada uno, por
supuesto, tiene una manera distinta (e incluso muchas) de
enfrentarse al papel en blanco. Yo a veces tengo la historia
más pensada y otras menos. Pero que yo tenga el argumento
totalmente hilado en mi cabeza, no quiere decir que sepa qué
ando buscando exactamente con ese argumento y con esa historia
(de todas formas, nadie puede tener una historia en su cabeza
tal y como saldrá en el papel; y menos mal). Yo me
refería a una búsqueda existencial, que es el
motor de arranque de cualquier escritor.
La
escritura sólo logra escarbar en nuestra alma, no en
el alma de los demás, pues para eso tendríamos
que LEERLES. Estoy convencido: si quiero conocer a un dentista,
una charla con él durante 5 minutos me dará
más material que toda una tarde pensando en cuales
pueden ser sus sentimientos o reacciones ante una determinada
situación.
Tampoco
estoy de acuerdo. Si los libros que leo sólo escarbaran
en el alma del escritor, los cerraría al instante.
La literatura es una forma indirecta de llegar al ser humano
(a través de los personajes). Y los personajes no son
el autor, aunque provengan de él. Están hechos
a imagen y semejanza de las personas, con la particularidad
de que se integran en el mundo coherente y restringido de
una ficción: precisamente esa particularidad es la
que los convertirá en universales y le permitirá
al lector identificarse con ellos. Mantener una charla con
un dentista puede dar determinados detalles de verosimilitud
a la historia (en cuanto al lenguaje utilizado en el gremio),
aunque a veces es más útil para ello la simple
evocación; pero si el escritor no logra ponerse en
la piel del dentista particular de su historia (y eso no tiene
que ver con el número de charlas que mantenga con los
dentistas en el mundo real), su relato rezumará falsedad.
La charla con el dentista me parece más útil
para una entrevista o un artículo sobre la situación
de los odontólogos que para escribir un relato en el
que pensemos que al carácter y condición de
nuestro personaje le va como un guante la profesión
de dentista.
En fin, si una de las dichas o desdichas del escritor de ficción
no fuera escarbar en el alma de los otros, no necesitaría
personajes, ni siquiera historias. Contaría su vida,
y puedo asegurar que de forma intragrable. Hasta los buenos
escritores que se apoyan profundamente en sus vivencias, convierten
a sus conocidos en personajes (es decir, los integran en una
historia y los hacen coherentes): de esta forma, logran abarcarlos,
cosa que no pudieron hacer en el mundo real.
Besos:
Isa.
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| LOS
PERSONAJES |
domingo,
11 de marzo de 2001 12:51 |
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Dice
Robert:
Las
personas son tan complicadas que no creo que seamos capaces
de averiguar la reacción de ninguna de ellas ante
una situación concreta.
Pues
eso es lo que tratan de hacer todos los escritores con sus
personajes. Y, como cualquiera que ejerce su profesión,
da un poco igual que su método sea completamente
verdad o no; lo que importa es que funcione. Si yo al leer
me creo a un personaje, no me planteo si realmente ese personaje
hubiera reaccionado así en determinada situación;
si mi creencia es un efecto ilusorio o no, me da igual.
Sí me importa que me lo hagan creer, porque a través
de ello voy a sacar un aprendizaje para mi vida, me voy
a sentir mejor. Si vas a un psicólogo o a un chamán
o a un médico (o a un crítico literario) lo
que te importa es que te curen. La verdad absoluta es una
milonga.
Besos:
Isa.
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| EL
RITMO |
miércoles,
14 de marzo de 2001 11:19 |
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Dijo
Guido también años ha:
¿Alguien
conoce algún estudio sobre semejanzas y diferencias
entre la escritura y la composición musical? A veces
sospecho que puede haber algún parecido que nos pueda
servir.
Pues
yo he pensado bastante sobre el tema, pero no he leído
más que alusiones sueltas y facilonas en relación
con ello, como las que yo puedo hacer, por otro lado.
Para explicar cuestiones de técnica narrativa, uno
tiene que acudir a todo tipo de comparaciones clarificadoras.
Lo que más nos sirve normalmente a los que nos dedicamos
a esto es el cine, pues la forma de narrar es más
similar, y entonces decimos que el punto de vista del narrador
es como la cámara, hablamos de secuencias, escenas,
etc., de "flash back", primeros planos y un sinfín
de cosas más. La pintura también vale, aunque
menos (sobre todo lo del arte abstracto yo no sé
a qué se puede igualar en la literatura actual, la
verdad). Y la música... A mí me sirve lo del
pentagrama, porque hay gente que cree que porque el papel
está en blanco tiene toda la libertad del mundo a
la hora de escribir un relato, y que puede decir lo que
le venga en gana. Y hombre, la libertad la tiene; otra cosa
es que estemos dispuestos a tragarnos lo que salga de ahí.
Lo que decías tú, Guido, que aquí también
hay que aprender solfeo e, igual que las notas no se pueden
desparramar al buen tuntún sobre la página,
con las palabras ocurre lo mismo. Cuando uno aprende el
solfeo de la escritura (que yo creo que es toda esa primera
fase en que uno aprende a mirar y a sentir el lenguaje como
algo propio, lo de las palabras que comentaba el otro día),
al cabo de unos años ya está en disposición
de hacer piruetas con una base sólida bajo sus pies.
También en cuanto a la interpretación se puede
sacar algún símil. Por ejemplo, yo creo que
en la escritura el autor es una mezcla de compositor, director
de orquesta y músico. Pero es más músico
el lector que el escritor. Para ser lector también
hay que estudiar muchos años, y hay buenos y malos
lectores igual que hay buenos y malos escritores. Por cierto,
que está bastante infravalorado el trabajo de lector,
que ahora se ve como sinónimo de consumidor. Un cuento
o una novela no se lo da todo machacadito a un espectador
pasivo, aunque pueda darnos esa impresión, sino que
es una especie de esqueleto que el lector ha de interpretar
con su instrumento (ejem), con su experiencia, con su imaginación,
con su inteligencia... Si esto lo sentimos como un proceso
fácil y placentero es porque llevamos muchos años
de estudio, pero ponle a alguien que no lee apenas a Proust
delante...
Entonces, cuando nos sentamos a leer una novela (una buena
novela), es parecido a cuando tenemos una partitura delante:
todo está ahí en potencia, y nosotros podemos
no entender ni siquiera los signos (si no sabemos leer);
podemos entender que esto es un "fa" y esto es
un "re" pero no tener ni idea de cómo interpretar
la melodía completa; o podemos relacionar todas las
notas y montarnos la sinfonía en la cabeza. Con las
mismas notas, unos lectores interpretarán una canción
de cuna, otros una sinfonía y otros una ópera.
Pero con lo de la música no llego mucho más
allá, quizá porque no tengo ni idea del tema,
y porque siempre he padecido una especie de arritmia que
me ha hecho bailar siempre al contrario que el resto de
la humanidad (algo que, según me dicen mis amigos,
es más difícil que seguir el ritmo) y que
me hizo desistir de tocar la guitarra o cualquier otro instrumento
en el momento en que, después de aprenderme los acordes
por separado, intenté rasguear una tonadilla. Siempre
me han impresionado las personas polifacéticas, que
pueden aplicar su sensibilidad a un montón de actividades
artísticas (como Berna con lo del violín,
la poesía, el relato, la traducción, su hijo...).
Aunque, por otro lado, me siento afortunada porque con el
lenguaje no me pasa como con la guitarra o el baile. Peor
sería tener una arritmia generalizada, ¡qué
horror! Me acuerdo que hubo una época que pensaba
que sobre mi vida entera pesaba esa falta de ritmo (no conseguía
terminar nada de lo que empezaba; dejaba todos los trabajos,
o si no, me echaban, y lo mismo con los novios; mis lecturas
eran absolutamente dispersas, no lograba persistir en algo
machaconamente hasta sacarle el jugo...). Entonces decidí
apuntarme a clases de salsa, porque creí que si lograba
aprender a bailar, todo lo demás iría de la
mano. Al cabo de un mes cerraron el local donde me apunté.
Sólo me quedó resignarme ante la evidencia
del destino.
Bueno, después de esta digresión, y ya que
he hablado de la arritmia, pego aquí un último
símil (también muy facilón) entre la
música y la literatura, sobre el ritmo en el relato.
Ritmo
El
narrador va a ir marcando con su batuta de director de orquesta
-con su voz- el ritmo del relato. Aunque puede parecer que
la cuestión del ritmo es más importante en la
poesía que en la prosa, no es así. Es verdad
que en un relato el ritmo puede ser más libre (más
abierto a diferentes combinaciones) que en un poema, pero
no menos importante.
Aquí, de nuevo, el ritmo de la voz del narrador ha
de amoldarse a la historia que nos está contando. Si
el ritmo está descompensado, el lector percibirá
cierta somnolencia ante la monotonía de las frases
o le entrará tal taquicardia que dejará el libro
para hacerse una tila o irse a la cama.
El ritmo vendrá marcado por varios factores. El primero
será la longitud de las frases. Las frases largas están
muy bien para hablar de sentimientos, por ejemplo, al estilo
de Proust, pero no para la novela negra. Actualmente se tiende
a acortar las frases porque la vida -y por tanto la realidad
ficticia- es más acelerada. Vivimos deprisa, queremos
saber las cosas rápido, nos pierde la impaciencia.
Por otro lado, si el narrador está contando una persecución,
más vale que lo haga con frases cortas, concisas, para
que el tiempo del discurso no sobrepase con creces al tiempo
de la acción; las oraciones cortas dan velocidad al
texto. Si lo que nos está relatando, por el contrario,
es la contemplación de un paisaje, se podrá
recrear en oraciones largas y calmosas. En general (y respetando
el estilo propio), conviene ir alternando frases largas y
cortas, para evitar la monotonía o el frenesí.
La longitud de los párrafos
también influirá en el ritmo del relato. Conviene
no cansar al lector con párrafos quilométricos,
ni hacerle saltar constantemente de uno a otro. Con todas
las excepciones que pueda imponer cada narración, valga
como norma general la misma que con las frases: alternar párrafos
largos y cortos dará un ritmo variado al texto, como
en las sinfonías los tramos lentos y rápidos.
Otro factor que regulará el ritmo es la subordinación
o coordinación de las oraciones. La subordinación
crea, en general, un efecto acumulativo (las oraciones subordinadas
se van acumulando sobre la oración principal, engordándola
y cubriéndola de matices significativos). La coordinación,
por su parte, proporcionará reiteración (y,
y, y; ni, ni, ni) y sucesión de los acontecimientos
("Cogí el abrigo y me marché, y ella se
quedó allí, y yo creo que todavía estará
allí, cubierta ya de telerañas").
Vamos a ver un ejemplo de ritmo en un cuento de Gabriel García
Márquez («El avión de la Bella Durmiente»).
Dejaos llevar por la melodía maravillosa de la voz
del narrador:
Era
bella, elástica, con una piel tierna del color del
pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello
liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad
que lo mismo podía ser de Indonesia que de los Andes.
Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa
de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino
crudo, y unos zapatos lineales de color de las bugamilias.
«Esta es la mujer más bella que he visto en mi
vida», pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos
trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar
el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de
Gaulle de París. Fue una aparición sobrenatural
que existió sólo un instante y desapareció
en la muchedumbre del vestíbulo.
Eran las nueve de la mañana. Estaba nevando desde la
noche anterior, y el tránsito era más denso
que de costumbre en las calles de la ciudad, y más
lento aún en la autopista, y había camiones
de carga alineados a la orilla, y automóviles humeantes
en la nieve. En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio,
la vida seguía en primavera.
Yo estaba en la fila de registro detrás de una anciana
holandesa que demoró casi una hora discutiendo el peso
de sus once maletas. Empezaba a aburrirme cuando vi la aparición
instantánea que me dejó sin aliento, así
que no supe cómo terminó el altercado, hasta
que la empleada me bajó de las nubes con un reproche
por mi distracción. A modo de disculpa le pregunté
si creía en los amores a primera vista. «Claro
que sí», me dijo. «Los imposibles son los
otros.» Siguió con la vista fija en la pantalla
de la computadora, y me preguntó qué asiento
prefería: fumar o no fumar.
-Me da lo mismo -le dije con toda intención-, siempre
que no sea al lado de las once maletas.
Ella lo agradeció con una sonrisa comercial sin apartar
la vista de la pantalla fosforescente.
-Escoja un número -me dijo-: tres, cuatro o siete.
-Cuatro.
Su sonrisa tuvo un destello triunfal.
-En quince años que llevo aquí -dijo-, es el
primero que no escoge el siete.
Marcó en la tarjeta de embarque el número del
asiento y la entregó con el resto de mis papeles mirándome
por primera vez con ojos color de uva que me sirvieron de
consuelo mientras volvía a ver la bella. Sólo
entonces me advirtió que el aeropuerto acababa de cerrarse
y todos los vuelos estaban diferidos.
-¿Hasta cuándo?
-Hasta que Dios quiera -dijo con su sonrisa-. La radio anunció
esta mañana que será la nevada más grande
del año.
Se equivocó: fue la más grande del siglo. Pero
en la sala de espera de la primera clase la primavera era
tan real que había rosas vivas en los floreros y hasta
la música enlatada parecía tan sublime y sedante
como lo pretendían sus creadores. De pronto se me ocurrió
que aquel era un refugio adecuado para la bella, y la busqué
en los otro salones, estremecido por mi propia audacia. Pero
la mayoría eran hombres de la vida real que leían
periódicos en inglés mientras sus mujeres pensaban
en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a través
de las vidrieras panorámicas, contemplando las fábricas
glaciales, los vastos sementeros de Roissy devastados por
los leones. Después del mediodía no había
un espacio disponible, y el calor se había vuelto tan
insoportable que escapé para respirar.
Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor.
Gentes de toda ley habían desbordado las salas de espera,
y estaban acampadas en los corredores sofocantes, y aun en
las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y
sus niños, y sus enseres de viaje. Pues también
la comunicación con la ciudad estaba interrumpida,
y el palacio de plástico transparente parecía
una inmensa cápsula espacial varada en la tormenta.
No pude evitar la idea de que también la bella debía
estar en algún lugar en medio de aquellas hordas mansas,
y esa fantasía me infundió nuevos ánimos
para esperar.
A la hora del almuerzo habíamos asumido nuestra conciencia
de náufragos. Las colas se hicieron interminables frente
a los siete restaurantes, las cafeterías, los bares
atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos
porque no había nada qué comer ni beber. Los
niños, que por un momento parecían ser todos
los del mundo, se pusieron a llorar al mismo tiempo, y empezó
a levantarse de la muchedumbre un olor de rebaño. Era
el tiempo de los instintos. Lo único que alcancé
a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos
vasos de helado de crema en una tienda infantil. Me los tomé
poco a poco en el mostrador, mientras los camareros ponían
sillas sobre las mesas a medida que se desocupaban, y viéndome
a mí mismo en el espejo del fondo, con el último
vasito de cartón y la última cucharita de cartón,
y pensando en la bella.
El vuelo de Nueva York, previsto para las once de la mañana,
salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré
embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en
su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé
sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla,
la bella estaba tomando posesión de su espacio con
el dominio de los viajeros expertos. «Si alguna vez
escribiera esto, nadie me lo creería», pensé.
Y apenas si intenté en mi media lengua un saludo indeciso
que ella no percibió.
Se instaló como para vivir muchos años, poniendo
cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó
tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al
alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo
nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí
una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí
a tiempo. Pues sólo quiso un vaso de agua, y le pidió
al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y
luego en un inglés apenas más fácil,
que no la despertara por ningún motivo durante el vuelo.
Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.
Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas
un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles
de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un
estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía
todo de un modo metódico y parsimonioso, como si no
hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su
nacimiento. Por último bajó la cortina de la
ventana, extendió la poltrona al máximo, se
cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los
zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de
medio lado en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió
sin una sola pausa, sin un suspiro, sin un cambio mínimo
de posición, durante las ocho horas eternas y los doce
minutos de sobra que duró el vuelo a Nueva York.
Fue un viaje intenso. Siempre he creído que no hay
nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa,
de modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo
de aquella criatura de fábula que dormía a mi
lado. El sobrecargo había desaparecido tan pronto como
despegamos, y fue reemplazado por una azafata cartesiana que
trató de despertar a la bella para darle el estuche
de tocador y los auriculares para la música. Le repetí
la advertencia que ella le había hecho al sobrecargo,
pero la azafata insistió para oír de ella misma
que tampoco quería cenar. Tuvo que confirmárselo
el sobrecargo, y aun así me reprendió porque
la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito
con la orden de no despertarla.
Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio todo
lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta.
Su sueño era tan estable, que en cierto momento tuve
la inquietud de que las pastillas que se había tomado
no fueran para dormir sino para morir. Antes de cada trago,
levantaba la copa y brindaba.
-A tu salud, bella.
Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película
para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo.
La tormenta más grande del siglo había pasado,
y la noche del Atalántico era inmensa y límpida,
y el avión parecía inmóvil entre las
estrellas. Entonces la contemplé palmo a palmo durante
varias horas, y la única señal de vida que pude
percibir fueron las sombras de los sueños que pasaban
por su frente como las nubes en el agua. Tenía en el
cuello una cadena tan fina que era casi invisible sobre su
piel de oro, las orejas perfectas sin puntadas para los aretes,
las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso
en la mano izquierda. Como no parecía tener más
de veinte años, me consolé con la idea de que
no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero.
«Saber que duermes tú, cierta, segura, cauce
fiel de abandono, línea pura, tan cerca de mis brazos
maniatados», pensé, repitiendo en la cresta de
espumas de champaña el soneto magistral de Gerardo
Diego. Luego extendí la poltrona a la altura de la
suya, y quedamos acostados más cerca que en una cama
matrimonial. El clima de su respiración era el mismo
de la voz, y su piel exhalaba un hálito tenue que sólo
podía ser el olor propio de su belleza. Me parecía
increíble: en la primavera anterior había leído
una hermosa novela de Yasunari Kawabata sobre los ancianos
burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la
noche contemplando a las muchachas más bellas de la
ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban
de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni
tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia del
placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño
de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento
senil, sino que lo viví a plenitud.
-Quién iba a creerlo -me dije, con el amor propio exacerbado
por la champaña-: Yo, anciano japonés a estas
alturas.
Creo que dormí varias horas, vencido por la champaña
y los fogonazos mudos de la película, y desperté
con la cabeza agrietada. Fui al baño. Dos lugares detrás
del mío yacía la anciana de las once maletas
despatarrada de mala manera en la poltrona. Parecía
un muerto olvidado en el campo de batalla. En el suelo, a
mitad del pasillo, estaban sus lentes de leer con el collar
de cuentas de colores, y por un instante disfruté de
la dicha mezquina de no recogerlos.
Después de desahogarme de los excesos de champaña
me sorprendí a mí mismo en el espejo, indigno
y feo, y me asombré de que fueran tan terribles los
estragos del amor. De pronto el avión se fue a pique,
se enderezó como pudo, y prosiguió volando al
galope. La orden de volver al asiento se encendió.
Salí en estampida, con la ilusión de que sólo
las turbulencias de Dios despertaran a la bella, y que tuviera
que refugiarse en mis brazos huyendo del terror. En la prisa
estuve a punto de pisar los lentes de la holandesa, y me hubiera
alegrado. Pero volví sobre mis pasos, los recogí,
y se los puse en el regazo, agradecido de pronto de que no
hubiera escogido antes que yo el asienteo número cuatro.
El sueño de la bella era invencible. Cuando el avión
se estabilizó, tuve que resistir la tentación
de sacudirla con cualquier pretexto, porque lo único
que deseaba en aquella última hora de vuelo era verla
despierta, aunque fuera enfurecida, para que yo pudiera recobrar
mi libertad, y tal vez mi juventud. Pero no fui capaz. «Carajo»,
me dije, con un gran desprecio. «¡Por qué
no nací Tauro!» Despertó sin ayuda en
el instante en que se encendieron los anuncios del aterrizaje,
y estaba tan bella y lozana como si hubiera dormido en un
rosal. Sólo entonces caí en la cuenta de que
los vecinos de asiento en los aviones, igual que los matrimonios
viejos, no se dan los buenos días al despertar. Tampoco
ella. Se quitó el antifaz, abrió los ojos radiantes,
enderezó la poltrona, tiró a un lado la manta,
se sacudió las crines que se peinaban solas con su
propio peso, volvió a ponerse el cofre en las rodillas,
y se hizo un maquillaje rápido y superfluo, que le
alcanzó justo para no mirarme hasta que la puerta se
abrió. Entonces se puso la chaqueta de lince, pasó
casi por encima de mí con una disculpa convencional
en castellano puro de las Américas, y se fue sin despedirse
siquiera, sin agradecerme al menos lo mucho que hice por nuestra
noche feliz, y desapareció hasta el sol de hoy en la
amazonia de Nueva York.
Como
podéis observar, en este relato de melodía exquisita
predominan las frases largas y coordinadas (y, y, y), pues
la historia nos transmite una sucesión de acontecimientos
pausados, el transcurso de una noche de amor. Esa es la música
de fondo de la voz del narrador. No obstante, se cuida bien
de introducir de vez en cuando frases cortas que nos espabilan
y rompen la letanía como toques de platillos ("Eran
las nueve de la mañana", "Se equivocó:
fue la más grande del siglo", "Afuera encontré
un espectáculo sobrecogedor", "Era el tiempo
de los instintos", "Me quedé sin aliento",
"Fue un viaje intenso", "Fui al baño",
"El sueño de la bella era invencible", "No
fui capaz", "Pero tampoco ella"), así
como frases subordinadas en la que los matices se superponen
acumulativamente ("Empezaba a aburrirme cuando vi la
aparición instantánea que me dejó sin
aliento, así que no supe cómo terminó
el altercado hasta que la empleada me bajó de las nubes
con un reproche por mi distracción"). Asimismo,
nos encontramos con siete párrafos de longitud media,
seis párrafos cortos y tres largos (el primero, otro
hacia el final -donde se relata ininterrumpidamente y con
frases largas y coordinadas la noche de amor- y el último).
La cosa quedaría así: largo/ corto/ medio/ corto/
medio/ medio/ medio/ corto/ corto/ medio/ medio/ corto/ largo/
corto/ medio/ largo. Por supuesto, el ritmo de la voz del
narrador tiene mucho que ver con el estilo del escritor, pero
también en buena medida con la historia que nos cuenta,
y con la habilidad para evitar la monotonía o la dispersión.
En conjunto, los relatos son como una sinfonía, con
un ritmo de fondo y variaciones que se van desarrollando en
consonancia con el contenido. Son técnicas que el escritor
usará, en general, de forma intuitiva, pero que a la
hora de revisar habrá de tener en cuenta.
Un
abrazo:
Isa.
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| LECTURAS |
viernes,
16 de marzo de 2001 12:06 |
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Dice
Antonio:
Te
quería pedir un favor: ¿podrías recomendarme
o recomendarnos libros de autores actuales de calidad, que
no sean Umbral y demás vacas sagradas? No me fío
de las críticas del periódico, ya que suelen
ser muy positivas con los libros que publican en el respectivo
grupo editorial.
Pues
verás, yo es que no leo prácticamente literatura
actual, porque me pasa igual que a ti. No me fío
un pelo de las críticas, y las pruebas que hice durante
un tiempo me dejaron una sensación desoladora (Millás,
Puértolas, Gopegui, Etxevarria, Vicent...), con lo
que procuro refugiarme en lo que sé casi a ciencia
cierta que merece la pena. Las recomendaciones que puedo
hacer no son precisamente lo último y, por otro lado,
bastante conocidas. Pero bueno, lo intentaré, así,
muy desordenadamente y según me acuerde: Mijaíl
Bulgákov ("El maestro y Margarita", "Corazón
de perro"), Torrente Ballester ("Los gozos y las
sombras", "La saga/fuga de J. B."), Saramago
("La balsa de piedra", "El año de
la muerte de Ricardo Reis"), Marguerite Yourcenar ("Memorias
de Adriano", "El tiempo, gran escultor"),
Harold Brodkey ("Primer amor y otros pesares"),
Richard Ford ("Rocksprings"), Henry Roth ("Llámalo
sueño"), Julio Cortázar ("Historias
de cronopios y de famas", "Rayuela", "Un
tal Lucas", "La vuelta al día en ochenta
mundos", todos los cuentos), Quim Monzó ("El
porqué de las cosas"), Haroldo Conti ("Mascaró,
el cazador americano"), Raymond Carver ("Catedral"),
Djuna Barnes ("El bosque de la noche"), Henry
Micheaux ("En otros lugares"), George Pèrec
("La vida, instrucciones de uso"), Augusto Monterroso
("Cuentos y fábulas"), "Antología
del cuento triste" (recopilación hecha por Augusto
Monterroso y Bárbara Jakobs), J. D. Salinger ("Nueve
cuentos"), Katherine Mansfield ("Cuentos"),
Virginia Woolf ("Las olas")... Uf.
¿¡Alguien
me puede ayudar!?
Besos:
Isa.
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| SOBRE
CHÉJOV Y LAS DOS HISTORIAS |
martes,
20 de marzo de 2001 20:59 |
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Dice
Luce:
A
mí Chejov no me estimula para nada. Me parece deprimente
y con un cierto grado de superficialidad. Cuando leo sus
cuentos me suenan un poco a "tomadura de pelo".
[...] me parecen poco profundos y sin ninguna carga emocional.
Pues
para mí Chéjov tiene la capacidad, y es uno
de los primeros que empieza a hacerlo, de decirlo todo sin
hablar de nada. Es verdad, él no dice "nada",
cuenta historias de personajes más bien normalitos
y mediocres, poquita cosa, que van y vienen. Y a través
de ellos, no tanto de lo que hacen sino de lo que dejan
de hacer, a mí me dice un montón de cosas.
Hay un cuento, que precisamente se titula "Una historia
aburrida (Apuntes de un hombre viejo)", que a mí
es de lo poquito que me ha hecho llorar. Incluyo algunos
fragmentos:
Existe
en Rusia un profesor emérito llamado Nikolái
Stepánovich de Tal, consejero privado y caballero;
posee tantas condecoraciones rusas y extranjeras que, cuando
se las pone, los estudiantes le califican de iconostasio.
[...]
El portador de ese nombre, es decir, yo, es un individuo
de sesenta y dos años, calvo, con dentadura postiza
y un tic incurable. Tanto como tiene mi nombre de brillante
y hermoso, tengo yo mismo de gris y feo. La cabeza y las
manos me tiemblan de debilidad; el cuello, como el de una
heroína de Turgénev, se parece al mástil
de un contrabajo; tengo el pecho hundido, la espalda estrecha.
Cuando hablo o leo, la boca se me tuerce hacia un lado;
cuando sonrío, toda la cara se me cubre de arrugas
como las de los viejos y de los muertos. Nada hay de impresionante
en mi lamentable figura; sólo, tal vez, cuando sufro
un acceso de tic, aparece en mí una expresión
especial que sin duda sugiere un duro e impresionante pensamiento
a cualquiera que me mire, a saber: "Por lo visto, este
hombre no tardará en morir".
[...]
Por lo que respecta a mi vida actual, lo primero que he
de señalar es el insomnio que vengo sufriendo últimamente.
Si me preguntaran: ¿qué constituye ahora el
rasgo principal y básico de tu existencia?, yo respondería:
el insomnio. [...]
No dormir por la noche significa reconocer a cada instante
que uno se halla en un estado anormal; por esto espero con
impaciencia la llegada de la madrugada y del día,
que es c | |