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| M
E N S A J E S D E I S A S O
B R E N A R R A T I V A |
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| SOBRE
LA INSPIRACIÓN |
domingo,
18 de febrero de 2001 13:23 |
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Dice Berna: Pero de pronto estás leyendo a un
buen escritor y se te enciende la bombilla y descubres qué
hizo el tipo para hacer esas descripciones tan estupendas
sin parar en exceso la narración. Y te has ahorrado
escribir diez novelas y tirarlas a la basura.
Y no sólo eso, sino que (por lo menos a mí)
cuando más ganas me entran de escribir es cuando
estoy leyendo algo que me emociona. Es como si el autor
te contagiara sus ansias de expresión, y de pronto
(como en el cuento de Cortázar en que un hombre mira
a un pez en el acuario continuadamente y sin que notemos
la transición es el hombre el que está boqueando
al otro lado del cristal) eres tú el que estás
sobre un papel en blanco garabateando tus historias.
Yo
creo que, sólo por ósmosis, por contagio,
por intuición vas resolviendo problemas a los que
te enfrentas a la hora de escribir.
Es
que, igual que aprendemos a hablar escuchando, aprendemos
a escribir leyendo.
Y
luego está «hacer compost», como decía
no sé quién.
Lo
decía Nathalie Goldberg en "El gozo de escribir".
Besos.
Isa.
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| EL
OFICIO DEL ESCRITOR |
domingo,
18 de febrero de 2001 13:23 |
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Buenos
días:
Hoy me he levantado prontito (contando con que ayer me acosté
a las cinco de la mañana), y me he puesto a leer los
mensajes atrasados. Veo que la lista ha empezado fuerte, así
que voy a lanzar otra propuesta al aire, en la línea
de las últimas conversaciones. Algunos ya han ido contestando
a ella, entre pitos y flautas... pero creo que estaría
bien abrir oficialmente el debate -aunque ya está abierto-
sobre el oficio de escritor. Os mando algo que escribí
hace tiempo para mis alumnos, con propuesta incluida.
Un
beso:
Isabel
EL
OFICIO DE ESCRITOR
Es
difícil andar
si se ignoran
las vueltas del camino,
si se duda
la firmeza del suelo que pisamos,
si se teme
que la vereda verdadera
haya quedado atrás,
a la derecha
de aquellos pinos...
(... o quién sabe
si perdiéndose en otra primavera,
hace tiempo,
cuando una cálida brisa me empujó hacia
el Sur,
y yo pensé:
«el viento quizá sepa»,
y uní a él mi destino,
y seguí andando,
y llegué hasta esta orilla
de mi vida
donde
-después de tanto esfuerzo-
me he sentado
a recibir
lo que los transeúntes quieran darme.)
-Una
sonrisa para este vagabundo,
caballero.
-Dejad en mis pupilas,
bondadosa señora,
algo de la belleza y de la luz,
que hay en vuestra mirada también triste.
Lo
que los transeúntes quieran darme.
Ángel
González
Hay días, como hoy, en que no me sale escribir sobre
teoría literaria. Puede que esto contravenga todas las
normas pedagógicas o didácticas estipuladas por
unos cánones que nunca he tenido la oportunidad de conocer.
Puede que sea simple necedad o desazón. No lo sé.
Sólo sé que hoy quería hablaros de otra
cosa que da vueltas en mi cabeza. No de cómo escribir,
mejorar o analizar cuentos, sino de algo que está más
allá y más acá, colándose entre
las líneas y los resquicios de la escritura y de la vida.
Quería hablaros, decía, del oficio de escritor.
Del vuestro, del mío, del de tanta gente que ha mareado
a las palabras hasta hacerlas desaparecer, hasta la tortura,
hasta convertirlas en trenes cargados de estrellas o en jardines
de nostalgia o en petirrojos o en un beso fugaz y atroz como
la vida misma. Hay quien opina que para qué perder el
tiempo en eso cuando nuestras horas son limitadas en el mundo,
cuando podemos dedicarnos a viajar, meter pájaros en
jaulas o besarnos unos a otros como posesos. Y no les falta
razón. No deja de ser absurdo pasarse la vida tejiendo
mundos imaginarios, siempre a costa de no salir de copas, descuidar
el trabajo o pelear con la pareja porque ese día, fíjate,
nuestro personaje estaba triste o gruñón. Es normal,
cómo no, que mucha gente tire la toalla, que diga que
no, que hasta aquí hemos llegado y yo a lo mío,
a mi trabajo y a mi marido y a mis hijos y a pasármelo
pipa en los pocos ratos libres, faltaría más.
Es legítimo, es natural, es yo diría que hasta
envidiable.
Escribir, al fin y al cabo, no tiene el glamour que todos soñábamos
de adolescentes. No caen rosas del cielo cada vez que nos sale
una frase afortunada y es más, nunca llegaremos a saber
con certeza si es de verdad afortunada esa pobre frase que se
debate en el equilibrio terrible entre el sinsentido y la esperanza.
Cuando nos toca a nosotros mismos jugar el papel de escritores
sospechamos que nuestros amigos o nuestras vivencias no son
tan interesantes como las de los «escritores de verdad»,
que llevamos zapatillas de andar por casa de cuadritos (cosa
que un verdadero escritor nunca haría) y que entre frase
y frase necesitamos ir al baño. Por otro lado, nos preguntamos
en todo momento si esa necesidad irrefrenable de expresión
no será pura verborrea egoísta. Estamos enzarzados
en una lucha sin fin entre el «valgo o no valgo»,
el «aburro hasta a las ovejas», el «soy la
hostia» o el «quién me habrá mandado
a mí...». Nos debatimos cada día con la
impotencia, con la frustración, con el ansiado éxito,
con la impaciencia y con nuestra propia debilidad. Nos engañamos,
nos subimos a la luna y luego caemos de bruces contra el asfalto.
Y así, una y otra vez, un día tras otro. Queremos
que nos lean, que nos alaben, que nos comprendan, que nos quieran...
(los escritores somos bichos insaciables).
Decía Ángel Zapata que escribir es aprender a
convivir con la frustación, tratarla como a uno más
de la familia en vez de revolvernos contra ella. Hay que ponerla
a nuestro favor para seguir luchando.
Y luchar, ¿para qué? Ni siquiera tenemos una buena
razón. Este oficio, hay que admitirlo, es un acto de
fe. Y profesarlo es meterse en un convento. El sacrificio es
gratuito e innecesario si lo miramos a la luz de la razón.
Nadie nos puede asegurar que hemos tomado el camino correcto
ni podemos esperar la salvación.
Y sin embargo aquí estamos, sentados alrededor de esta
mesa, luchando codo con codo en nuestra soledad de escritores.
¿Qué buscamos? ¿La inmortalidad? ¿La
diversión? ¿El desahogo? ¿La felicidad?
¿El éxito? ¿La comunicación? Posiblemente
un poquito de todo aunque nada de eso lo podamos conseguir plenamente,
como bichos insaciables y limitados que somos.
Pero vayamos un poco más allá, hacia el fondo,
hacia lo más personal. Os invito a que reflexionéis
sobre vuestros motivos más íntimos para escribir.
A lo mejor ya los tenéis claros y os parece tonta la
invitación. Pero si no es así, me gustaría
que hicierais un esfuerzo de introspección, a ver qué
sale de ahí.
Para predicar con el ejemplo, voy a exponer los míos.
Casi todos son muy irracionales, sin ninguna base lógica,
pero no por ello dejan de ser los que me permiten seguir adelante
contra viento y marea, rechazar trabajos estupendos que me robarían
mi tiempo para escribir y superar los momentos de bloqueo o
de frustración.
El primero es de orden familiar. A mi padre le gustaba escribir,
se levantaba a las cinco de la mañana para hacerlo y
siempre tuvo un trabajo que le robaba muchísimas horas
y que además no le gustaba, con lo que esos ratitos matutinos
eran uno de los pocos placeres que tenía en la vida.
Buena parte de mis madrugadas infantiles y de adolescencia están
dulcemente acompañadas por la música de fondo
de la vieja máquina de escribir de mi padre: «ta-ca-ta-ca-ta-ca-ta-ca-clinc-rrrrrrrrrrr».
Mi padre murió dos años después de jubilarse,
cuando apenas había empezado a disfrutar de su tiempo.
Y yo quiero hacer lo que mi padre no pudo por sacarme adelante
a mí y a mis hermanos. Puede resultar una razón
muy tonta, pero cuando las fuerzas me fallan, una de las cosas
que más me ayuda es pensar en mi padre; entonces la rabia
me corroe y me pongo a escribir como una loca.
El segundo motivo es de orden ideológico y parte de una
convicción (gratuita, como todas las convicciones): creo
firmemente que la buena literatura hace a la gente, si no más
feliz o mejor, al menos sí más libre para elegir
su destino (y, en todo caso, no tiene contraindicaciones). Creo
que una vez que la Naturaleza nos ha hecho animales inteligentes,
más vale utilizar esa inteligencia al máximo por
las vías del conocimiento. Hay muchas formas de conocimiento
y muchas de ayudar a los demás, pero yo he optado por
escribir. Con ello, me autoeximo por el momento de marcharme
a África con una ONG o de meterme en partidos políticos.
Es una apuesta lanzada al vacío, porque no tengo demasiadas
esperanzas de que a nadie le vaya a interesar lo más
mínimo mi ayuda como escritora, y menos a los que se
están muriendo de hambre en estos momentos. Sin embargo,
mis escasas ilusiones de poder aportar algo a los demás
he decidido canalizarlas o invertirlas en la escritura, con
todos sus riesgos.
El tercer motivo es de orden mágico. Me niego a observar
el mundo como algo plano y predecible. La realidad es mentira,
o tan real es el sentimiento que nos produce leer un poema como
la piedra con la que nos tropezamos ayer. Abogo por la multiplicidad
de mundos, por la magia que hay en estar aquí y ahora,
por el escalofrío que nos recorre cuando leemos un párrafo
inspirado donde las palabras trascienden su signatura para abrirnos
una puerta hacia el misterio, y por el escalofrío mucho
más placentero cuando hemos sido nosotros quienes hemos
escrito ese párrafo. Seguro que Cortázar no lo
supo nunca, pero este sencillo cuento fue el primero que me
hizo llorar en mi vida: CAMELLO
DECLARADO INDESEABLE
Aceptan todas las solicitudes de paso de frontera, pero
Guk, camello, inesperadamente declarado indeseable. Acude Guk
a la central de policía donde le dicen nada que hacer,
vuélvete al oasis, declarado indeseable inútil
tramitar solicitud. Tristeza de Guk, retorno a las tierras de
infancia. Y los camellos de familia, y los amigos, rodeándolo
y qué te pasa, y no es posible, por qué precisamente
tú. Entonces una delegación al Ministerio de Tránsito
a apelar por Guk, con escándalo de funcionarios de carrera:
esto no se ha visto jamás, ustedes se vuelven inmediatamente
al oasis, se hará un sumario. Guk en el oasis come pasto
un día, pasto otro día. Todos los camellos han
pasado la frontera, Guk sigue esperando. Así se van el
verano, el otoño. Luego Guk de vuelta a la ciudad, parado
en una plaza vacía. Muy fotografiado por turistas, contestando
reportajes. Vago prestigio de Guk en la plaza. Aprovechando
busca salir, en la puerta todo cambia: declarado indeseable.
Guk baja la cabeza, busca los ralos pastitos de la plaza. Un
día lo llaman por el altavoz y entra feliz en la central.
Allí es declarado indeseable. Guk vuelve al oasis y se
acuesta. Come un poco de pasto, y después apoya el hocico
en la arena. Va cerrando los ojos mientras se pone el sol. De
su nariz brota una burbuja que dura un segundo más que
él.
Pensar
que a lo mejor, algún día alguien, aunque sólo
sea una persona, pudiera sentir algo lejanamente parecido a
lo que yo sentí al leer la última frase de ese
cuento me mantiene, cuando las fuerzas flaquean, escribiendo.
Esos son mis tres motivos, y creo que son los desencadenantes
de que sea mucho más feliz cuando escribo que cuando
no lo hago, de que me sienta medianamente realizada como persona
y de que, en los malos momentos en que me parece perder pie,
siga empujando con una fe ciega de animal tozudo. ¿Cuáles
son los vuestros?
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| LA
TÉCNICA COMO JUEGO |
miércoles,
21 de febrero de 2001 21:00 |
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Hola, Inés:
Bienvenida
al patio literario. Dices: dediqué a escribir relatos
(esos si que los he terminado) Empecé jugando, seguí
divirtiendome y al final decidí aprender la técnica
(que me aburria mucho) y en la que ahora encuentro un punto
de apoyo cuando la inspiración no me llega.
Yo,
curiosamente, empecé jugando con la técnica,
y fue de las épocas más divertidas de mi vida.
Me sentía como una niña chapoteando en el barro.
Un día decidía que tenía que practicar
el diálogo, y de ahí surgía la idea para
un cuento lleno de voces; en otra ocasión se trataba
de jugar con los narradores, y venga a mover la cámara
de un sitio a otro; o si no, me daba por escribir un cuento
de terror decimonónico... Por ejemplo, la historia
del dentista surgió por un ejercicio de taller, en
que cada uno tenía que escribir el esbozo de una historia
y pasárselo a sus dos vecinos de mesa. Mi compañero
de la izquierda me decía que hablara de un dentista
obseso sexual; el de la derecha esbozaba la historia de una
adolescente que tenía un bebé sin que lo notara
hasta el último momento. Tenía que mezclar los
dos argumentos en mi cuento. Me exprimí los sesos para
unirlos, y al final escribí un relato espantoso, pero
conocí a un personaje, el doctor Carranza, que sigue
siendo uno de mis favoritos.
Y digo que "curiosamente" empecé jugando
con la técnica, porque recuerdo esos escritos como
llenos de espontaneidad e imaginación, muchísimo
más frescos que cuando intento forjar los cuentos a
raíz de mis ideas, o de cuestiones que considero importantes
o trascendentes. A pesar de que surgieran de la teoría
literaria, o precisamente por ello (porque me los tomaba como
ejercicios, como juegos).
Dicen que para tener un niño hay que tener muchísima
energía y un punto de inconsciencia. Creo que para
escribir, lo mismo.
Besos:
Isa.
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| VENDERSE
A LOS LECTORES |
jueves,
22 de febrero de 2001 9:24 |
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Dice
Pepe:
Me consta que estos libros se premeditan con todo detalle
y que están estructurados con vistas a gustar a una
cantidad ingente de población. Son obras creadas con
el fin último de venderse como churros, y tratándose
de seudoensayos novelados, este hecho no deja de sorprenderme.
El caso de Umberto Eco es especialmente flagrante, puesto
que él es semiótico, es decir, se dedica profesionalmente
a estudiar la relación del hombre con el símbolo
y con el mito, y sabe perfectamente qué libros tienen
éxito en qué grupos humanos y por qué,
así que en su caso la premeditación y la alevosía
alcanzan cotas científicas impresionantes.
Estoy
totalmente de acuerdo.
Y en esa premeditación (con alevosía o sin ella)
respecto a los lectores veo yo una buena medida para diferenciar
la buena literatura de la literatura entretenida sin más
y de la mala literatura. Me explico. Creo que cualquiera que
tenga la creación literaria como profesión piensa
de una forma más o menos consciente en sus lectores,
y que la mayoría de los escritores de best-sellers
tienen clarísimo lo que quieren (ya nos gustaría
a muchos...): escriben literatura (o pseudoliteratura) mayoritaria
fundamentalmente para ganar dinero. Es decir, se venden en
un 85, 90 o 95% a los lectores. Que conste que me parece muy
respetable, incluso creo que se puede aprender muchísimo
de ellos. Pero también creo que esa venta anula al
escritor como ser humano implicado emocionalmente en su expresión.
Supongo que Eco pudo sacar una satisfacción intelectual
y monetaria cuando escribió "El nombre de la rosa"
o el rompecabezas de "El péndulo de Foucault",
y que Isabel Allende habrá sentido alegría estilística
y monetaria plagiando a García Márquez en "La
casa de los espíritus". Pero sobre todo monetaria.
A mí, personalmente y por lo general (que hay momentos
para todo), me gusta que la literatura me haga 1 pensar, 2
sentir y 3 entretenerme (aunque soy capaz de sacrificar algo
de 3 por un atracón de 1, y a veces a través
de 1 puedo llegar a 2; cuando 1, 2 y 3 llegan a su punto álgido,
como en "Cien años de soledad", ya es la
hostia), y es a esa literatura a la que llamo buena. Opino
que la mayoría de los que la escriben también
piensan en sus lectores, y les encantaría que fueran
incontables, pero no están dispuestos a venderse a
ellos más que, pongamos, en un 30, 40 o 50%, es decir,
ese tanto por ciento que les permita una comunicación
(al fin y al cabo, si no te quieres comunicar, ¿para
qué escribes?). El tanto por ciento restante se lo
reservan para ellos mismos, para contar historias que les
importan, en las que se implican hasta las orejas. Es decir,
se pringan emocionalmente, y a la vez están pendientes
de que lo que escriben se entienda, tenga tensión narrativa,
etc. Y eso, claro, se nota y se agradece. Hay quien arriesga
más y le sale bien; hay quien arriesga menos, y le
sale fatal, pero en ese equilibrio se mantiene, a mi modo
de ver, la buena literatura y el arte de contar historias.
Y luego está la mala literatura, cuyos autores (aparte
de aquellos que intentan lo primero o lo segundo, pero no
les sale la mezcla) deciden que van a ser ellos mismos a toda
costa, les entiendan o no, y que se venden a los lectores
sólo en un 5, 10 o 15%. Suelen ser intragables.
Con esta división muy simplificada quiero decir que
todo escritor piensa en sus lectores, aunque es verdad que
los que lo tienen más claro, los que son más
conscientes de lo que hacen, suelen ser los que se están
haciendo multimillonarios con sus libros.
Besos:
Isa.
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| VOZ
Y TONO |
jueves,
22 de febrero de 2001 10:10 |
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Dice
Guido:
Lo otro que a mí me preocupa es "el tono".
Por favor, no me pregunten qué es porque no puedo
definirlo.
Y
dice David: Para mí que tu "tono" es
lo que llamo "voz", que tampoco osaré definir.
Bueno,
pues yo voy a tener esa osadía, y voy a rescatar
de mi libro sobre el personaje algunos párrafos referidos
a la voz del narrador:
Esa
especie de oralidad transformada o reelaborada que constituye
el discurso narrativo nos va a llegar por medio del narrador.
[...] muchas veces el narrador no es exactamente un personaje
(ni, por supuesto, una persona), sino una voz. [...] No
sabemos cómo va vestido ni qué hace en sus
ratos de ocio, sino únicamente qué nos dice.
Y hablo de voz (igual que antes he hablado de discurso)
porque el lenguaje escrito, como ya dije, tiene mucho de
oralidad transformada. Todavía, después de
tantísimos siglos, la literatura conserva rasgos
de su origen hablado, de las historias contadas alrededor
de una hoguera o en la plaza del pueblo, y también
del teatro. Así que al lector, cuando lee una novela,
le parece estar escuchando un rumor muy característico
que le va contando al oído sucesos fascinantes, y
a través del cual tiene acceso, con ayuda de su imaginación,
al mundo ficticio.
Para que esto ocurra, la voz del narrador ha de pasar inadvertida
en lo posible (sobre todo cuando lo que se escribe es una
novela), porque si continuamente llama la atención
sobre sí misma, el lector se distraerá de
la historia que le están contando y fijará
su atención en las modulaciones atípicas de
la voz, perdiendo el hilo de la narración propiamente
dicha. No hay que olvidar que el objetivo del escritor,
y por tanto del narrador, es que la historia y los personajes
cobren vida en la imaginación del que lee, y eso
es imposible si el narrador está gritando «¡Aquí
estoy yo!», en una exhibición continua de sus
cuerdas vocales. De igual modo, tampoco es conveniente usar
una voz monocorde y soporífera que, aunque no se
señale a sí misma, tampoco apunte a los hechos
que está narrando ni se implique en ellos. En definitiva,
para que la voz del narrador pase inadvertida sin resultar
tediosa se tiene que dar una especie de simbiosis entre
ésta y los hechos narrados, de modo que acoplada
la una a los otros, formen una misma cosa.
[...] voy a mostrar tres de los recursos de que dispone
la voz del narrador y que, usados en su justa medida, pueden
darle una modulación adecuada: el tono, el volumen
y la expresividad.
TONO
Igual que en la vida diaria el tono que utiliza una persona
para hablar a su interlocutor da un significado u otro a
lo que dice, también el tono del narrador aportará
parte del sentido a la historia.
El tono puede ser más grave o más agudo. Cuanto
más grave sea, tanto más serio y profundo
sonará lo narrado, mientras que la subida de los
agudos imprimirá notas ascendentes de desenfado al
texto.
Dependiendo del suceso concreto que se esté contando,
el tono puede variar dentro de una misma novela: no es lo
mismo narrar un suicidio que una charla distendida entre
amigos. Sin embargo, hay que tener cuidado con estas variaciones,
ya que si son muy exageradas o repentinas, dará la
impresión de que la voz del narrador ha cambiado,
y que es otra persona -otra voz-, de pronto, la que nos
habla.
El tono del narrador influirá tanto en la percepción
de la historia como en la de los personajes, y a la vez
se verá influido por ellos. Para ejemplificarlo,
vamos a detenernos en nuestras tres obras modelo.
Si dividimos los tipos de tono de mayor a menor gravedad
en bajo, barítono, tenor, contralto y tiple, el narrador
de "Ana Karenina" usaría por lo general
una voz de barítono que le da un tinte trágico
a la narración. [...]
Siendo el de barítono el tono general de la obra,
se permite Tolstoi cambiarlo, aumentando la gravedad hasta
resonancias de bajo en las escenas más dramáticas
y disminuyéndola en otras ocasiones hasta frecuencias
de tenor, como cuando se acerca a personajes como Oblonsky,
con quien se permite notas algo más agudas, e incluso
algún que otro redoble irónico.
El narrador de "Madame Bovary" utiliza un tono
bastante menos grave que el de "Ana Karenina".
Podríamos decir, para seguir con la metáfora,
que adopta voz de tenor, un término medio que es
el que más se ajusta al propósito de Flaubert:
pasar inadvertido. Ni siquiera al final, al contar el suicidio
de Emma, se le ocurre bajar el tono; y el contraste entre
los hechos que se narran y el tono ligeramente desenfadado
tiñen la escena de amargura irónica.
Veamos un fragmento de la novela, en el que se muestra a
Emma tras el encuentro con su primer amante:
"Se
repetía: «¡Tengo un amante! ¡Un
amante!», deleitándose en esta idea como en
la de otra pubertad renacida. Por fin iba a poseer esos
goces del amor, esa fiebre de la felicidad que había
desesperado de encontrar. Entraba en algo maravilloso donde
todo sería pasión, éxtasis, delirio;
una inmensidad azulada la rodeaba, las cimas del sentimiento
centelleaban bajo su pensamiento, la existencia ordinaria
no aparecía sino a lo lejos, muy allá, en
la sombra, entre los intervalos de aquellas alturas."
En
este pasaje, en el que la voz del narrador se entremezcla
con la de la protagonista con el objeto de ridiculizarla,
podemos observar el tono que en general se utiliza a lo
largo de toda la novela. Un tono bañado en una ironía
sutil que queda reflejada aquí en esa enumeración
de cursilerías de Emma y acentuada por los demostrativos,
que distancian al narrador del personaje: "esos goces
del amor", "esa fiebre de felicidad", "aquellas
alturas"...
Por último, el narrador de "La Regenta"
asume -y arriesga- la voz más aguda de todas; utiliza
un tono de contralto que, en ocasiones, raya en una estridencia
atiplada que da a muchas escenas semblanza de farsa. Sin
desprenderse nunca de esa mordacidad incisiva, la voz del
narrador se suaviza a ratos, como cuando se acerca a Anita,
gracias a lo cual podemos tomarnos en serio la novela.
El tono que utiliza Clarín es muy osado, pues su
agudeza hace que el lector tienda a fijarse muchas veces
más en la voz y las palabras aisladas del narrador
que en la historia que cuenta. [...] En virtud de ello,
la mayoría de los personajes (exceptuando a Ana Ozores
y a Fermín de Pas, tratados con mayor gravedad) adquieren
para el lector la apariencia de fantoches.
VOLUMEN
Regular
el volumen de la voz del narrador es otra cuestión
importante. En principio, a nadie le gusta que le griten.
Valga como norma, pues, que la voz del narrador debe permanecer
en un volumen medio: ni muy alta, ni muy baja. Sin embargo,
como todos los recursos que estamos viendo, su modulación
aportará a la historia matices significativos, con
lo cual el narrador podrá alzar o bajar la voz cuando
la historia lo justifique. Pero sólo en esas ocasiones.
Pongo un ejemplo de voz injustificadamente chillona:
"Así
yo veía en aquellos días como motivo absoluto
de una estrofa las adelfas cargadas de suicidios en los
parques abochornados por la sombra soberbia de los rascacielos,
la venustidad extravagantemente erótica de los escaparates,
las barandillas de oxidado metal renegrecido de las escaleras
de emergencia de aquellos viejos edificios del Bronx. (¡Qué
bella decadencia en sus paredes delineadas como murales
vivientes por las manchas de humedad y por los fanáticos
grafitis!)."
Como
se puede ver, no sólo con exclamaciones se puede
alzar la voz, sino también por medio de la combinación
de sustantivos y adjetivos. En este caso, lo que se nos
está contando no merece gritos, así que
se le agradecería al narrador que bajara el volumen.
Por otra parte, si el volumen permanece muy alto a lo
largo de todo el discurso, el narrador no podrá
subirlo cuando realmente se necesite, es decir, en las
escenas de verdadera relevancia que requieran un grito
de aviso al lector («¡Cuidado! El perro está
suelto»).
Asimismo, el narrador puede bajar el volumen en aquellas
partes –siempre necesarias en una novela- de puro
trámite que no precisen una atención especial
del lector; por ejemplo, mientras el protagonista baja
las escaleras, sale a la calle y toma un taxi para dirigirse
a una comida a la que está invitado, y en la que
sí sucederán cosas dignas de una subida
del volumen.
Muestro a continuación un fragmento de "Memorias
del subsuelo", de F. Dostoievsky, en el que la elevación
gradual de la voz del narrador está perfectamente
regulada y justificada por un personaje que sólo
desea hacerse escuchar:
"No
conseguía ser malo, pero tampoco amistoso, ni infame,
ni honrado, ni un héroe, ni un insecto. Y ahora vivo
mi vida en un rincón, trato de consolarme con la
estúpida, inútil excusa de que un hombre inteligente
no puede convertirse en nada, de que sólo un tonto
puede hacer consigo lo que quiera. Es verdad que un hombre
inteligente del siglo XIX tiene que ser una criatura invertebrada,
en tanto que un hombre de carácter, el hombre de
acción, es, en la mayoría de los casos, una
persona de inteligencia limitada. Esta es mi convicción
a los cuarenta años de edad. Ahora tengo cuarenta,
y cuarenta años es toda una vida; cuarenta años
es la vejez. ¡Es indecente, vulgar e inmoral vivir
más allá de los cuarenta! ¿Quién
lo logra? Contéstenme con sinceridad. O déjenme
que conteste yo: los tontos y los inútiles. Esto
lo repetiré en la cara de cualquiera de esos venerables
patriarcas, de todos esos respetables hombres canosos, para
que lo escuche todo el mundo. Y tengo derecho a decirlo,
porque yo viviré hasta los sesenta. ¡Hasta
los setenta! ¡Llegaré a los ochenta...! Esperen,
déjenme recobrar el aliento..."
EXPRESIVIDAD
Otro
recurso que va a permitir ajustar la voz del narrador va
a ser la expresividad, que implicará la proximidad
afectiva y el grado de adecuación del narrador con
respecto a los personajes. En este sentido, la voz del narrador
podrá ser cálida o fría, anhelante,
acariciadora, tierna, distante, amenazadora o permisiva,
despreciativa...
Igual que ocurre con el tono o el volumen, la expresividad
de la voz del narrador va a aportar, combinada con el contenido
de la historia, diversos visos de sentido a los personajes
y, por tanto, influirá en la aproximación
del lector hacia ellos. La policromía y la rica plasticidad
que adquiere un texto por medio de este recurso bien utilizado
es algo que muchos novelistas, encerrados en una neutralidad
expresiva carente de matices, deberían tener en cuenta.
Hay que recordar que el narrador, aun cuando no tenga cuerpo,
no deja de comportarse como una persona, y no como un ente
por encima del bien y del mal. Ahora bien: ese comportamiento
humano es mejor que no lo exprese por medio de opiniones
o juicios de valor, los cuales no harían más
que molestar al lector y apartarlo de la historia. Se ha
de valer de la expresividad de su voz, pues para eso le
hemos dado la palabra. Así que, si el autor desea
mostrar la maldad de un personaje, tendrá que conjugar
las pérfidas acciones de éste con una voz
detractora por parte del narrador; con ello hará
fruncir el ceño al lector sin necesidad de ninguna
explicación adicional. Si, por el contrario, el escritor
quiere señalar las virtudes de su protagonista, utilizará
un lenguaje aterciopelado que acaricie nuestros oídos.
De esta forma el autor podrá llevar a cabo sus propósitos
sin hacerlos patentes.
[...] voy a detenerme en Madame Bovary. De esta novela se
ha dicho que tiene mucho de lírica; y a Flaubert,
estilista puntilloso, se le ha llamado poeta en repetidas
ocasiones. Por supuesto, Madame Bovary no es poesía,
pues se utilizan a todo gas los recursos de la narratividad
a lo largo de la novela. No obstante, sí se puede
decir que en muchas ocasiones el discurso se acerca a la
prosa lírica. Hay que observar, sin embargo, que
ese lirismo sirve para implicar al lector en la narración,
y nunca para alejarlo de ella. Esto se debe a la eficacia
implacable de Flaubert en el nivel expresivo.
Así pues, la novela se acerca a la poesía
por la carga de expresividad que contiene, pero se diferencia
de ella en el uso que se da a esa riqueza expresiva.
Si Flaubert fue el descubridor del estilo indirecto libre,
que por primera vez en la historia de la literatura se usa
en Madame Bovary, se debió sin duda a que andaba
buscando una vía para dar rienda suelta a la expresividad
de sus personajes. De paso, hizo un favor impagable a todos
los novelistas que vendrían después.
El estilo indirecto libre, esa mezcla de las voces de narrador
y personaje en la que apenas se distingue qué palabras
vienen de uno y cuáles de otro, no es sino una forma
de acercar afectivamente la narración al lector.
La voz del narrador impone el principio de autoridad, todo
lo que de objetivo presuponemos en ella; por su parte, el
personaje da los toques subjetivos, empáticos y emocionales.
Así, en una integración sin fisuras, la narración
correrá ante los ojos del lector como un río
vivo y a la vez inapelable de sentimientos.
Tono, volumen y expresividad: tres herramientas muy útiles
para modular la voz del narrador, cuyo dominio llevará
a una perfecta adaptación del discurso a su contenido.
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| TÉCNICA
E INTUICIÓN |
domingo,
25 de febrero de 2001 11:24 |
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Dice
Coro:
Yo creo que el buen escritor es intuitivo sobre todo;
la técnica, en todo caso viene después,
pero sobre todo la aplican los críticos tratando
de interpretar por ué aquello ha tenido éxito
o no, pero si el escribir no sale de dentro...
Tienes
razón, yo creo que partimos de la base de que a quien
escribe le sale de dentro; es decir, siente esa necesidad
de expresión. Pero a partir de ahí, opino
que la cuestión de técnica e intuición
es como lo del huevo y la gallina. Se puede decir que uno
va absorbiendo la técnica y escribiendo intuitivamente
sobre la base de esa absorción, o que escribe con
la intuición y después aplica la técnica
para corregir los desvaríos de la intuición...
En
mi caso, los intentos de literatura hipertextual, podríamos
llegar a pensar que es sobre todo técnica
Igual
que podríamos decir que casi todo es técnica
en cualquier novela, en que está medida la extensión
de cada capítulo, la trama principal y las secundarias
que van enganchando al lector, el punto de vista del narrador...
Pero
lo cierto es que si una obra puede estar muy bien planeada
pero no enganchar, no atrapar al lector...
Por
supuesto... Pero lo de enganchar al lector también
está previsto por la técnica. Se llama tensión
narrativa, y consiste en escribir de tal forma que el lector
quiera en todo momento saber qué ocurre después.
Quiero decir, que la técnica no es otra cosa que
el análisis de los elementos formales que constituyen
una buena narración. Y lo que hace un buen crítico
(que no es otra cosa que un buen lector) en un taller literario
para que sus consejos sirvan a la persona que escribe no
es hacer consideraciones generales, sino ver cómo
la narración concreta que tiene delante podría
mejorar, encontrar los puntos de fricción entre forma
y contenido. Si a veces da consejos generales es porque
al principio la gente suele cometer los mismos errores,
provocados por la falta de intimidad entre la mayoría
de los escritores principiantes y el lenguaje... Una vez
alcanzados esos lazos de unión, cuando el escritor
es capaz de escribir una historia sencilla, clara y entretenida,
ya puede emprender operaciones arriesgadas y fuera de los
cánones. El problema es intentar hacerlo antes de
apropiarse de los recursos del lenguaje literario. El resultado
suele ser desastroso.
Besos:
Isa.
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| MICROCUENTOS |
miércoles,
28 de febrero de 2001 19:12 |
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Dice
David:
no creo que los "microcuentos" sean cuentos
breves; para mí, se les acomoda más un término
como "ocurrencias", si tal género existiera.
Antes
de responder, diré que el asunto de los géneros
resulta bastante complejo, partiendo de la base de que
son calificativos que los teóricos van poniendo
a las obras literarias cuando ya están compuestas,
y no es algo a lo que los escritores (bichos rebeldes
y cabezones por naturaleza) hagan mucho caso cuando les
da por crear. (Como tengo parte de unos y de otros, me
voy a volver esquizofrénica :-) No obstante, tiene
su utilidad como método de clasificación
y análisis de la inabarcable variedad de creaciones,
e incluso puede ayudar al escritor a encarrilar sus intuiciones
compositoras.
Una vez hecha esta precisión, estoy de acuerdo
contigo en que las características de aquello a
lo que se llama "novela corta" la acercan más,
en lo general, a un cuento que a una novela: suele desarrollarse
un solo hilo de acción, normalmente hay un solo
protagonista y el argumento es mínimo. Digamos
que suelen estar escritas de menos a más (una idea
mínima extendida en toda su amplitud) y no de más
a menos (un montón de tramas y vidas humanas condensadas
en quinientas páginas).
En lo que no estoy de acuerdo es en que el término
"microcuento" no se amolde a las creaciones
que designa. La palabra "ocurrencia" es demasiado
amplia: un buen microcuento suele ser ocurrente (ingenioso,
con chispa), pero también puede no serlo; un buen
chiste es ocurrente (pero además es divertido),
y se diferencia del cuento en que, aun cuando sea narrativo,
se queda en la mera anécdota, en el juego, en la
ocurrencia humorística; un refrán puede
ser ocurrente; o un verso de un poema; o una metáfora;
o...
Un microcuento, sin embargo, tiene en mi opinión
las mismas características que un cuento, en esencia.
Claro, ahora me toca decir qué es un cuento para
mí, qué listos... :-) Bueno, pues -para
mí, con escasas salvedades y muy resumidito- un
cuento es la narración en prosa de las acciones
de un personaje (o varios), a través de las cuales
se propone un conflicto humano. El conflicto puede tener
resolución explícita (en cuyo caso tendremos
un cuento con desenlace) o no tenerla (y entonces el final
será abierto, para que el lector se rompa la cabeza
intentando dar solución al problema).
Creo que los microcuentos que he leído entran dentro
de esa definición, y se diferenciarían únicamente
del cuento en la extraordinaria condensación que
alcanza la narración. Y cuando no entran, normalmente
se pueden incorporar a otros géneros o figuras:
el chiste, la metáfora, la poesía, la descripción,
la anécdota, etc.
Tú escribes: Allí, sereno ante aquel
campo fértil de cadáveres, el guerrero limpió
sus armas, se miró en el espejo de su escudo y
sólo entonces comprendió que había
dado muerte a sus iguales: en el fragor de la batalla,
victoriosos y decapitados habían perdido la cabeza.
Un
personaje (el guerrero) realiza unas acciones (limpia
sus armas, se mira al espejo de su escudo) a través
de las cuales se plantea un conflicto humano (¿qué
ve una persona al mirarse a un espejo tras haber dejado
un campo sembrado de cadáveres?) que, en este caso,
se resuelve. Comprende (ve) que es igual que los demás,
que ha hecho una escabechina con sus congéneres
y que no sólo los decapitados han perdido la cabeza
(me imagino el escudo reflejando una armadura sin cabeza
y atiendo también al ingenioso juego de palabras).
Para mí esto no es una ocurrencia. De hecho, la
ocurrencia está en la última línea,
en la polisemia de "perder la cabeza" y, aunque
aporta significación al texto, no es lo fundamental:
lo fundamental es el conflicto. "Victoriosos y decapitados
han perdido la cabeza" es, en efecto, una ocurrencia,
una frase ingeniosa que nos puede impactar más
o menos, pero no es un microcuento. Para el microcuento
necesitamos al guerrero, y, sobre todo, necesitamos que
se mire en un espejo inmediatamente después de
haber matado. Por cierto, me ha encantado :-)
Escribe
Berna:
Me reprochaste: "tengo una herida
y nunca has querido verla".
¿Cómo, si me devorabas con ella?
Esto
sería un magnífico microcuento si estuviera
escrito en prosa. Sin embargo, es un magnífico
poema (narrativo).
Escribe
Ángel: Escribo para ver si es verdad.
Microcuento
de final abierto: un personaje (en este caso coincide
con el narrador) realiza una acción (escribir)
a través de la cual se plantea un conflicto humano
(dada la brevedad y ambigüedad del microcuento, cada
uno hará sus propias interpretaciones: ¿se
puede palpar la realidad a través de lo que escribimos?;
¿se puede hacer realidad lo que consignamos sobre
el papel?; ¿sirve de algo realizar una acción
para sentir que la estamos realizando? o ¿sirve
de algo escribir para sentirse escritor?). La resolución...
que cada uno se rompa la cabeza. Por cierto, que me ha
recordado a un verso de "La página amenazada",
de Eloy Tizón: "sé que mientras estoy
escribiendo no puedo morir".
Escribe
también Ángel: La vulgaridad es la forma
de ser del tiempo.
Esto para mí no es un microcuento, sino una metáfora.
Como no la entiendo mucho (necesitaría, para mi
gusto, una mayor concreción) no puedo decir si
podría pertenecer al campo de las greguerías
(metáfora + humor).
Bueno, creo que ya he desbarrado bastante con los géneros,
subgéneros y demás parientes. Ahí
va mi aportación a la propuesta:
DUDAS
Me
cogí violentamente por los hombros, me senté
en una silla bajo la lámpara del salón,
traje una banqueta de la cocina y me senté frente
a mí. Me miré a los ojos con severidad
y me pregunté:
-¿Qué diablos te pasa? ¿Acaso te
estás volviendo esquizofrénica?
CONSUMISMO
A
veces tenemos más de lo que nos merecemos. En
mi habitación hay una cama, dos sillas y un armario.
En la cama duermo. En la silla de la izquierda deposito
la ropa sucia que me voy quitando. Cuando no tengo nada
que ponerme, vacío la silla de la izquierda,
lavo la ropa y la dejo en la silla de la derecha, que
se va vaciando en favor de su compañera, en un
eterno trasvase de vasos comunicantes. ¿Para
qué demonios quiero el armario? A veces tenemos
más de lo que nos merecemos.
Por
cierto, para los que andan con el debate de la imaginación:
el primer microcuento lo viví con la imaginación,
y sin embargo es absolutamente real. El segundo es real
a secas.
Besos:
Isa.
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| GÉNEROS
LITERARIOS |
jueves,
01 de marzo de 2001 11:40 |
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Dice Luce:
Creo que David escribe : En lo que no estoy de acuerdo
es en que el término "microcuento" no se
amolde a las creaciones que designa. La palabra "ocurrencia"
es demasiado amplia.
No,
no. Eso lo dije yo (Isabel).
De
cualquier forma yo creía (decidme si estoy equivocada)
que un cuento tenía que tener un planteamiento, un
nudo y un desenlace, para ser un cuento. ¿Es así?
(Os advierto que odio los tecnicismos, las definiciones,
los dogmatismos, los encasillamientos...), pero os estais
poniendo a unos niveles que quiero saber de lo que estamos
hablando, porque no me aclaro.
Según
David, eso es un cuento. Y uno que tuviera final abierto
(o que no tuviera desenlace) sería un relato. Para
mí, "relato" sería sinónimo
de "narración"; es decir, que dentro de
esa palabra entrarían también las novelas.
Y "relato breve" sinónimo de "cuento"
como género. Y dentro del género cuento habría
narraciones que se atendrían al parámetro
tradicional de planteamiento, nudo y desenlace, y otros
que no. Yo suelo distinguir, simplificando muchísimo
las cosas, entre cuentos estilo Poe (los que cumplen esos
parámetros y en los que todos elementos del relatos
van dirigidos hacia el desenlace y están marcados
por él) y cuentos estilo Chéjov (más
psicológicos, donde el final no tiene mucha importancia
y se centran en el desarrollo de los personajes).
Besos:
Isa.
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