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una tía que... No sé, a mí a veces me pone
un poco nervioso, la verdad. Sobre todo cuando se pone en plan
autocompasivo. Que si nadie la quiere, que si sus amigos la evitan,
que si no sabe dar clase... Un coñazo, vamos. De esas que
siempre decían que iban a suspender el examen, y en cuanto
la oías hablar en el pasillo sabías que iba a sacar
un sobresaliente. Cuando miraba la nota se sorprendía,
la tía, y lo único que uno sentía era ganas
de retorcerle el pescuezo.
Pero me parece que estoy empezando la casa por el tejado. Debería
hablar de su infancia y todo eso, para que ustedes entendieran
por qué ahora me pone un poco nervioso. Pero la verdad,
no creo que con eso consiguiera que les cayese bien, así
que mejor lo dejo.
Las manos las tiene bonitas, eso sí, larguiruchas, con
unas venas que parece que se mueven solas al compás del
teclado. Es que últimamente se pasa todo el día
delante del ordenador. Antes no era así, no paraba la tía.
Vivía en Aluche, y se pasaba todo el día en el centro.
Ahora vive en el centro, y se pasa todo el día en casa.
¿Ven lo que quiero decir? Es que antes trabajaba fuera,
eso es verdad. Pero aparte no le gustaba mucho estar en casa.
A veces, cuando no le quedaba más remedio, regresaba pronto;
y ahí la tenías, sentada durante horas en el borde
del sofá, sin quitarse el abrigo, hojeando cualquier libro
o hablando por teléfono. Esas no son formas de estar en
tu propia casa. Ahora que lo pienso, a lo mejor aquella no era
su propia casa. A veces no basta tener unos papeles firmados para
tener una casa. A veces es la casa la que te atrapa a ti y no
te quiere soltar. Igual fue eso lo que le pasó, porque
estuvo ocho años sentada en el borde del sofá.
Ahora sí que tiene una casa, con dos balcones que dan al
centro. Ya me gustaría a mí. Pero ella se busca
otros problemas. Ahora dice que le falta espacio, que son muchos
en la casa. El caso es protestar, le digo. Ella se queda mirando
distraídamente por la ventana. Tiene una mirada un poco
triste, como ausente. Será porque es miope. A ella le da
rabia que le digan que tiene los ojos bonitos. Tu padre, dice.
Se cree que se burlan de ella cuando le dicen eso, como si no
se pudieran tener los ojos bonitos y ser miope a la vez. Eso es
lo que tiene, que siempre se piensa que se están burlando
de ella. Un rollo, porque se pasa la vida pidiéndote que
le digas cuánto la quieres para luego poder decirte que
es mentira, que en el fondo lo que pasa es que no la quieres nada
y que si estás con ella es porque tiene bonitos ojos. ¿Pero
no decías que...?, le preguntas entonces. No te deja terminar,
porque se echa a llorar. ¿Entienden lo que quiero decir?
A veces no hay quien la aguante.
Otras veces se ríe, uno no sabe muy bien de qué,
porque mucho sentido del humor no tiene. Ni se te ocurra contarle
un chiste, porque luego te hará mil preguntas absurdas
y al final lo convertirá en una especie de paloma desollada
y sin alas. ¿Y qué es un chiste sin alas? Pero nada,
que no hay forma con ella. Se ríe con otras cosas sin sentido.
Por ejemplo, un día vi cómo le metía el dedo
meñique a su gata Áishera en la boca mientras bostezaba.
La gata, al encontrarse ese pedazo de carne, en vez de hincar
el diente se puso a lamerlo. Y ella se partió de la risa.
Luego la he visto hacerlo con su novio, y como tampoco la muerde,
sino que detiene los dientes justo al llegar a la carne, ella
venga a meter el dedo y venga a reírse todas las mañanas.
Menudo rollazo que te corten el bostezo cada vez que abres la
boca. Aunque igual merece la pena por verla reírse de esa
forma, como si no se cansara de comprobar que no piensas herirla.
Así que unas veces llora y otras se ríe. Y otras
está como ausente, lejos y fría, como los muertos.
Entonces te trata como si fueras un desconocido al que hay que
preguntarle por la familia y los hijos. ¿Qué tal?,
te pregunta desde la estratosfera. Y no sabes qué decirle
para sacarla de allí. Si le hablas de aquello que te contó
ayer y dejó a medias, te contesta con evasivas, como si
no recordara bien quién eres y sólo te siguiera
la corriente.
Otras veces ni llora ni se ríe ni está ausente,
sino que anda metida en sus asuntos, con seriedad, como si no
hubiera en la vida nada por lo que llorar ni por lo que reírse
a carcajadas. Eso tiene, también, que se lo toma todo muy
a pecho, hasta lo que ocurre cada día. Todo tiene demasiada
importancia, un gorrión que pasa o unos minutos de silencio.
Las cosas y las personas contienen la respiración a su
lado. Cuando menos te lo esperas ya está interpretando
algo, tu forma de tirar la ceniza o el hecho de que falte pasta
de dientes. Esa es una de las cosas que más nervioso me
ponen.
Y no es que sea mala chica ni que le guste jorobar a la gente.
Simplemente, no lo puede evitar. No se relaja. Parece que siempre
pudiera salirle al paso un asesino. Si vas a pedirle fuego por
la espalda, no veas el salto que mete. Se asusta como un pajarillo,
y se queda un rato encogida, con cara de huérfana. Ya le
puedes decir mil veces que no lo has hecho aposta... que nada,
la cara de huérfana le dura lo que le dura. Yo creo que
en el fondo le gusta que sientan pena por ella.
Antes, cuando era más jovencita, era difícil verla
enfadada. Sonreía todo el rato, aunque la mirada seguía
siendo triste. Ahora es otra cosa, cada dos por tres se enfada
con ella misma y con el mundo, y le da tanta rabia hacerlo que
sólo quiere meterse debajo de una mesa. En ese sentido,
parece que tiene otra vez quince años. Le duele hasta respirar,
a la tía, y se preocupa por todo. Es como muy responsable
para las pequeñas cosas, para los detalles a los que los
demás no damos la mínima importancia. No se te ocurra
decirle que los zapatos de charol no pegan con la mochila roja,
porque se piensa que eso quiere decir que no te apetece salir
a bailar con ella. Pues vaya. Y lo peor es que enseguida vienen
las lágrimas, y ya sólo queda esperar a que pase
el chaparrón. Total, que al final ni bailar ni nada.
Pero tampoco se te ocurra decirle que tiene que comer mejor o
arreglar el ordenador o llamar a su amiga Carmen, porque te mira
como si fueras un extraterrestre o algo así. Para ella
la salud o el ordenador o los amigos son cosas que se arreglan
solas, por las que no hay que preocuparse como por la pasta de
dientes. Claro, eso hasta que se pone enferma, o el ordenador
ya ni se enciende o su amiga Carmen no la llama. Entonces llora
y se lamenta porque ya no hay remedio y dice que ya lo sabía
ella y se siente la persona más desgraciada de la Tierra,
y por unos días sólo existen en la vida su cuerpo,
el ordenador o su amiga Carmen, que ya no quiere saber nada de
ella, claro. Y lo pasa tan mal que cuando sale de eso se siente
la persona más feliz del mundo y se vuelve a enredar en
la pasta de dientes o en el crecimiento de los chopos de la plaza.
El caso es preocuparse. Porque yo creo que lo que más odia
es lo cotidiano, lo que pasa sin pena ni gloria. Hasta una tortilla
de patatas tiene que tener algo de trascendente. Por eso a veces
da rabia contarle las cosas. Te escucha con demasiada atención.
Trata de ponerse en tu lugar con tanta vehemencia que te da la
impresión de que te roba el puesto y se lo queda ella.
Hay veces que uno sólo quiere que lo escuchen y ya está,
o a lo máximo que le den una palmadita en el hombro. Con
ella eso es imposible. Al principio te sientes muy importante,
pero te acabas dando cuenta de que la importante es ella, que
se ha quedado con tus problemas y los ha resuelto como le ha dado
la gana. Qué plasta.
A decir verdad, sólo me gusta cuando consigue salirse de
todo eso, a su pesar. Cuando va al cine y se pone en la cola de
las palomitas y se pide la grande. Entonces los ojos le brillan
y no es ella; es feliz. Es a eso a lo que me refiero. Cuando todo
lo que es o lo que cree ser desaparece, y se deja llevar, entonces
sí que da gusto. Luego sale del cine y a veces se ha contagiado
tanto de la película que hace los mismos gestos que la
protagonista, y te habla con las palabras del guión. Se
ríe si ha visto una comedia y llora si era una tragedia,
y no al revés. Así es como tendrían que ser
siempre las cosas.
Le pasa eso también con los fuegos artificiales. Ella dice
que le gustan porque es miope y todo lo que sea de colorines le
llama la atención. Yo no sé por qué es, pero
cuando los mira llora y ríe a la vez, y las emociones se
le salen por la boca, por la nariz, por los ojos, por las puntas
de los dedos, y todas sus capas de frialdad se van a freír
espárragos por un rato. Yo creo que por eso le gusta escribir,
porque se parece un poco a lo de los fuegos artificiales. Un día
me dijo que escribir le dolía. Yo no le dije nada, pero
pensé que tenía que doler cuando se rompe el hielo
de dentro.
No sé si se habrán hecho una idea. No es fácil
retratar a alguien, aunque lo conozcas desde siempre. Incluso
yo diría que es más difícil. Si a mí
me dicen que describa al panadero, enseguida les doy todos los
detalles, hasta lo de su hijo bizco y lo de que en la trastienda
se dedica a empinar el codo mientras se pone vídeos porno.
Pero con ella no es tan fácil, no sé si saben lo
que quiero decir. Lo que ocurre es que en vez de describirla me
entran ganas de estrangularla o de comérmela a besos. O
de las dos cosas a la vez.
©
Isabel Cañelles