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Equipo de la Escuela: Enrique Valladares
 
 
Con una formación académica eminentemente de ciencias ha trabajado como informático en diversos países, y durante largas temporadas como traductor.

Involucrado en la escritura creativa desde hace más de diez años ha sido alumno del Taller de Escritura de Madrid, publicando relatos en diversas antologías de nuevos escritores, así como en Webs literarias españolas, siendo jurado en varias ocasiones de concursos literarios.

Especialista en relato breve es un gran admirador de la literatura contemporánea tanto norteamericana como de habla hispana y su mayor pasión es escribir relato, lo que le ha llevado a impartir cursos en la Escuela de Escritores con el ánimo de ayudar a difundir y profundizar en un género tan bonito como complejo.
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Entrevista a Enrique

Entrevista realizada a Enrique Valladares en junio, 2009
¿Qué te sugiere la frase «El escritor nace, no se hace»? ¿Crees que se puede aprender —y enseñar— a escribir?
Yo no creo en esa frase para nada y te diré por qué. Se puede nacer con un talento innato y bestial para escribir o para jugar a la petanca, lo que no significa que lo vayas a desarrollar: puede que no te surja o surja con timidez, esporádicamente, la necesidad de poner en práctica ese don por lo que yo considero que lo único que nace en la persona no es el don de escribir, sino la necesidad de expresarse, de comunicar, de transmitir y eso es lo que hace a un escritor.

Recuerdo, por ejemplo, que le preguntaron a Rulfo -de quien pienso que probablemente naciera con ese don- cuándo pensaba escribir su próxima novela y, simplemente, contestó, "No tengo nada que contar". O una entrevista a Hubert Selby donde este contaba que se decidió a escribir porque se sabía el alfabeto, pero que lo hacía francamente mal, pese a lo cual no se detuvo, escribió y escribió hasta hacerse un hueco en la literatura del siglo XX. Así que el escritor se hace y se hace más rápido si otros escritores y profesores le enseñan lo que conviene evitar, si le indican el mejor camino, el más corto para llegar a donde desea, a donde necesita, diría yo.

La poeta Ana de la Robla dice que escribir es la forma más generosa de estar solo, es, por tanto, un oficio solitario, así que contar con el aliento, apoyo e indicaciones de profesores y compañeros creo que es vital para dar los primeros pasos en este arte que, como todos, es oficio. Parafraseando a Alfonso Fernández Burgos, el escritor es "el instrumento, el oficio y la tarea" y no debo ser el único en pensarlo cuando muchísimos grandes escritores han dedicado buena parte de su madurez artística a la enseñanza, desde el mismo Selby hasta el gran Carver.

¿Qué significa para ti tu labor como profesor? ¿Cómo y por qué comenzaste a impartir clase?
Para mí es una forma bella y viva de estar en contacto con algo que amo profundamente como es la literatura. Para mí significa estar a diario en contacto con personas que aman lo mismo que yo, que tienen interés por mejorar y necesidad de comunicar, significa tener la oportunidad de ayudar a estas personas y de ser testigo privilegiado de sus alegrías, descubrimientos y de su crecimiento como escritores, ¡ahí es ná!

Empecé a dar clases como algo natural pues he pasado diez años rodeado de clases de escritura, profesores y en Escuela de Escritores me dieron la oportunidad de formarme como profe y empezar este recorrido sorprendente y divertido que es la enseñanza.

¿Cuál es tu relación con el resto del equipo de la Escuela?
Allá por 1999 empecé a contactar por Internet, primero, y en persona, después, con Javier Sagarna, Isabel Cañelles, Mariana, Nines… unos me dieron clase, otros fueron compañeros y todos acabaron siendo amigos, así que puedo decir -con gran placer- que la mayor parte del equipo de la escuela y buena parte del profesorado, son buenos amigos y en general el ambiente es tan bueno que somos como una gran familia que viene de diversos rincones del país e incluso desde el extranjero, para reunirse varias veces al año a comer, chismorrear y reír, aunque también se trabaja duro, no te vayas a creer, que hay que mantener vivo el temario, diseñar cursos y cada uno aporta su visión y bagaje y es esa diversidad, sin duda, lo que hace grande nuestra humilde tarea.

¿Cuáles son las peculiaridades de tu metodología, aparte de la mecánica común a todos los talleres? ¿Te sientes libre a la hora de aplicar tu criterio pedagógico?
Sí pues, como te decía, esa diversidad es la que hace, pienso yo, que esto funcione. No hay dos alumnos iguales ni, por suerte, dos profes iguales y considero que la conexión alumno-profesor es importante para que la información fluya y la crítica y el análisis se aproveche. Así que me siento libre de aplicar mi estilo de enseñanza en el que procuro que haya mucha comunicación, mucha confianza y cercanía y, desde ahí, desde el sentirse apoyado y comprendido, tratar de mostrarle a cada uno en qué puede mejorar. Por otra parte, procuro adaptarme a las necesidades de cada alumno, independientemente del nivel del curso y del resto de compañeros, trato de ver a cada persona cómo evoluciona y qué necesita de mí para dárselo.

¿Qué les pides a tus alumnos cuando comienza el curso? ¿Y cuando termina? ¿Cuál es tu nivel de exigencia?
Lo primero que pido es que escriban y reescriban, que trabajen, que cada relato no se convierta en un ejercicio enviado a última hora para cumplir (y es que no hay, no debería haber, nadie con quien cumplir), sino que cada texto lo quieran, lo mimen, lo reescriban y pulan todo lo posible. Nace de ellos, es parte de ellos y sea bueno o malo, les guste o no el resultado, lo respeten y lo trabajen para que sea lo mejor que puedan hacer en ese momento.

Me considero muy exigente. Soy un "ninfómano" que nunca está satisfecho, si recibo un texto brillante, me siento feliz y se lo hago saber al alumno para que disfrute, pero no solo le indico dónde o cómo lo podría mejorar sino que si en siguientes entregas no veo ese mismo nivel, se lo indico y le recuerdo hasta dónde puede llegar, porque es para mí muy importante que cada uno vea su propia evolución, solo así pueden valorar el tiempo, esfuerzo y dinero invertido en esta formación. Al término del curso, sobre todo porque imparto cursos de iniciación, me gustaría que hubieran aprendido algunas de las que yo considero bases de la literatura (y, para mí, de cualquier otro arte): Honestidad, entrega y mucha dedicación.

¿Qué clima te gusta y procuras que se cree en tus grupos de trabajo?
Malo, me gusta que el ambiente sea malo, por lo que meto mucha cizaña, hago comentarios despectivos y tergiverso lo que dicen, pues pienso que eso les motiva a escribir. Que nooooo, que es broma. Esto de escribir es desnudarse, es darse, es riesgo y emoción, para que esto surja procuro dar mucha confianza, ofrecer cercanía, trato que se conozcan y se apoyen entre ellos y que a pesar de la distancia internetera, se forme un verdadero grupo de trabajo y de aprendizaje. Si hay ocasión, intento que nos conozcamos todos en persona, que me escriban si tienen dudas o problemas personales que le afecten al curso, que sientan que esto no es un trámite burocrático, una mera formación, sino que están rodeados de personas que tienen los mismos deseos, inquietudes y, posiblemente, problemas.

¿Consideras la enseñanza como un intercambio? ¿Qué te enseñan tus alumnos?
Mucho, los alumnos me enseñan y me dan mucho, de lo contrario esto no sería el bello oficio que es y, a mí, no me compensaría. Por ejemplo, en los chats solemos analizar un relato y, tan solo ahí, es increíble lo que sus puntos de vista, su interpretación del texto me aporta como profesor, pero es en el apartado humano, viendo cómo vencen miedos, cómo se superan, donde más me aportan. Además son generosos y, al final de curso, me regalan gallinas, figuritas de porcelana y ropa interior y eso también cuenta, claro.

¿Cuáles son las cualidades necesarias, según tu opinión, para ser un buen profesor de escritura?
Creo que la empatía para conectar con el alumno, la sensibilidad para comprender sus carencias y necesidades y la flexibilidad para adaptarse a cada uno son la base, saberse el alfabeto, como Selby, también ayuda, cómo no.

Dentro de tu campo didáctico, ¿en qué partes te gusta profundizar?
Me gusta trabajar en paralelo la forma y el fondo, es decir, que el texto sea formalmente bueno, correcto, claro, preciso, eficaz y poco a poco, evolucionar a un estilo propio y atractivo para el lector. En cuanto al fondo, que lo escrito sea honesto y salga desde la tripas, que se narre algo de peso, que los personajes y las acciones no sean planas sino ricas, con matices y diversas interpretaciones. Es mucho trabajo, lo sé, pero siempre hago hincapié en estos dos puntos, la forma y el contenido.

¿Qué opinas de los concursos literarios? ¿Y del afán de publicar?
A mí los concursos me encantan y me parecen una motivación extraordinaria para escribir, mejorar y superarse, además, como decía aquel, en los concursos siempre se equivocan, lo bueno es cuando se equivocan a favor de uno, por lo que no hay que desanimarse, hay que participar deportivamente, con desapego a los resultados o te acabas frustrando y un escritor, es, debe ser, esencialmente un mamífero resistente a la frustración. El afán por publicar me parece igualmente sano mientras tampoco frustre ni conduzca a esos suicidios literarios con obras maestras a título póstumo, estoy convencido de que es factible conseguirlo, pero no es fácil. Por otro lado, gran parte de los alumnos dicen que no tienen ese afán, que no pretenden ganar concursos ni publicar y me parece tan respetable como magnífico pero yo no puedo dejar de pensar en el escritor como en una persona que tiene la necesidad de conectar y comunicarse y, en ocasiones, el miedo al fracaso o la comodidad, hace que no le demos a nuestra obra la oportunidad de ser conocida y eso me apenaría.

¿Cómo compaginas la labor como profesor con tus propias creaciones?
Mal, para qué negarlo, al fin y al cabo mi tiempo es limitado y buena parte lo invierto en leer y trabajar con los alumnos, por lo que tan solo escribo microrrelatos, ya que los puedo crear y trabajar con más flexibilidad que un relato largo o una novela, pero trato de escribir, aunque sea poquito.

¿Cuál es tu escritor favorito? ¿Por qué? ¿Qué libro estás leyendo en la actualidad?
No tengo un autor favorito, puedo decir, eso sí, una corriente y los autores de relato moderno norteamericanos son mis preferidos, desde Bukowski, hasta Carver, pasando por Melville, Faulkner o Paley. Me gusta esta corriente porque conecto bien con la intensa mediocridad del americano anónimo, el humor sórdido y opaco de los perdedores, la humanidad arrasadora de estos seres que se limitan a sobrevivir, como si eso fuera poco.

Amo el relato y la novela corta, vago que es uno, y siempre estoy leyendo varios libros al mismo tiempo y, en lo posible, uno de poesía. Ahora estoy con La historia de la mujer convertida en mono, de Tanizaki, El último libro de Sergi Pámies, es que se llama así el libro y un libro de epitafios de Ana de la Robla, que sube mucho la moral.

¿Cómo llevas tu dos vidas como informático y escritor? ¿Se tocan entre ellas? ¿Se benefician? ¿Se molestan?
Creo que mi parte como escritor y profesor se beneficia de la parte como informático, pues eso de que en casa del herrero… no se da en mi caso y la tecnología siempre es un aliado para mí, ya que me facilita el trabajo. En el otro sentido creo que no hay intercambio, pues como informático me satisface lo lógico, lo previsible, la resolución de problemas y las tareas manuales, algo que se aleja de la creatividad y lo imprevisible de la escritura. Pienso que podría ser feliz sin ser informático, pero que estaría vacío sin la literatura, algo que me acompaña, como el cine o la naturaleza, desde chaval.





 
 
 
   

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