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Yahil, por Lara López
 
 
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Publicado el Lunes, 20 febrero a las 23:52:54
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Yahil, hoy ha sido más duro que de costumbre. Otra vez los bombardeos. No han parado hasta eso de las ocho y media. Ha sido horrible porque ya estábamos todos dormidos, hasta Mustafá, que ya sabes que no duerme, también ha declarado su propia guerra contra el mundo y este niño es tan cabezota como su padre. Y de pronto, debían ser cerca de las cuatro, hemos oído un golpe muy fuerte y he cogido a Maui, que siempre duerme conmigo, pegada a mí y he mirado desde la ventana y me ha parecido que las bombas caían al lado del aeropuerto.

No te preocupes, miré por la ventana, por lo que queda de ella, pero no me asomé, tal y como me enseñaste. Ahora he aprendido a mirar el reflejo del espejo, como me dijiste tantas veces. Lo hago siempre, sobre todo desde que estoy sola con los niños, porque padre lleva tres días sin regresar. Sabes cómo es, no puede quedarse quieto. Quise retenerle pero me aseguró que tenía contactos y que intentaría llegar hasta algún soldado para conseguir algo de comida fresca. Hace días que los niños no prueban otra cosa que mendrugos. Es tan triste ver sus caritas, cada vez más delgadas. Hemos pasado la noche en el sótano, hasta que he creído oír el sonido de una rata y hemos salido de nuevo a la sala. Estaba amaneciendo. Qué curioso... Me ha parecido que Bagdad amanecía en silencio...

Yahil, paso muchas horas recordando los días sin guerra. Queda muy poco de Addamiya, no lo reconocerías. Y a pesar de todo, de día las calles se llenan de gente que va a los mercados, a conseguir algo de comida de los refugios y los hospitales. En Raghiba Jatum, un misil ha destruido la casa de Alí. La casa de Alí. ¿Te acuerdas? Está todo lleno de escombros. No sé, me dicen que en Fallujah ha sido peor, pero no se me ocurre qué puede ser peor que estas montañas de escombros. Miro los escombros y pienso que son lápidas que esconden lo que hemos sido. A veces los niños encuentran algunas cosas, fotografías, juguetes destrozados que intentan reconvertir en otra cosa, aunque casi siempre acaban convertidos en armas imaginarias, en tanques con los que matar soldados. Un hijo de Falud encontró una caja con cuadernos pero no hay con qué escribir en ellos. Aquí nada de nuestro pasado sirve de mucho estos días. Un país sin futuro que tampoco tiene pasado ni presente. Es difícil sentirse vivo cuando lo que te rodea es esto. Cuando pasas las horas deseando volver a escuchar el silencio tanto como saciar el hambre.

Yahil, perdóname, pero ahora mismo lo que de verdad me duele es que no estés aquí, conmigo, aunque sólo fuera durante unos segundos. ¿ Te acuerdas aquella tarde, en casa de Alí? Yo estaba cosiendo y hablando con sus hijas. Llegaste y rozaste mi mejilla con tu mano. Y soñé que siempre sería así. He pasado muchos ratos en esa casa, cosiendo y hablando. Inventando una vida para nuestros hijos. Y cuando pudimos comprar nuestra propia casa, pensé que Alá había escuchado mis plegarias y nos bendecía. Todo eso pensaba mientras recorría las calles que ya no son calles. Mirando montañas de piedras que lo sepultan todo, Yahil.

Esta mañana Bagdad amaneció en silencio. Duró poco, hasta que los niños se despertaron pidiendo algo de agua. Pero en ese silencio recordé, como si fuera un susurro, el peso de tus manos sobre las mías. El roce de tu piel, su calor en mi antebrazo. Y, perdóname, amor, perdóname por nuestros hijos y por esta ciudad que algún día amanecerá en silencio, llena otra vez de luz y vida y esperanza y sueños. Pero esta mañana, Yahil, deseé estar muerta.

Nota: Carta finalista en el V Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.
 
 
 
   

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