
Ayer, después de que te fuiste, bañé al perro. Sí, al Ross que tú conoces y que un día de cachorro decidió adoptarme como dueña. No fue el baño normal de un sábado sí y uno no, fue distinto porque ¿sabes? yo quería entender, entenderte... No tenía la intención de bañarlo, el futuro no me alcanzaba más allá de tender la cama con sábanas limpias como cada sábado, pero más ayer.
Fue el mismo Ross quien se lo buscó, me disculpo, al llegar con sus patas lodosas a treparse en las sábanas recién desdobladas.
En realidad no fue por eso, habría sido lo mismo si hubiera ensuciado las otras, las que dejamos tú y yo revueltas, las que yo quité y tiré al suelo para lavarlas porque era sábado y porque además...
No fue, te digo, por sus patas lodosas que lo bañé. Fue por la mirada. Los ojos de confianza total con los que me miró, como mira cualquier cachorro a quien lo alimenta.
Fue esa mirada de te quiero la que me hizo pensar ¿sabes? que si no podía entender, al menos quería averiguar qué se sentía.
Me di tiempo de prepararlo todo pensando en ti. Abrí el agua en el baño, pues en el jardín llovía ¿sabes? como llovía en mí también y como quería yo hacer llover en el perro.
El palpitar de mi ombligo, que se quedara ahí atorado después de que te pregunté ¿te vas a ir?, se ahogó ligeramente cuando cargué al Ross para llevarlo al baño.
El agua estaba tibia, el jabón listo, la toalla desdoblada, el Ross entregado.
Lo metí bajo el agua y lo sentí inmóvil, esperando que yo hiciera todo, como antes había preparado todo.
- ¡Inútil!, le reclamé con impaciencia y lo tomé por debajo del hocico para mojarle la cabeza. Titubee un instante antes de meterla bajo el chorro, ya que recordé que no había puesto tapones en sus orejas para protegerle los oídos.
- Por una vez no te ha de pasar nada, le dije y sumergí su cabeza de golpe bajo el agua.
Y empecé a sentir. Sentí al Ross que no podía moverse y lo dejé bajo el chorro tal vez un poco más de lo necesario. Solo lo suficiente para que estornudara e intentara zafar mi mano. Le sostuve la cabeza con más fuerza al sacarla del agua y sonreí. La violencia del jalón lo hizo gemir.
- Ya, ya, continué hablándole, a los perros hay que bañarlos y ninguno se muere por eso.
Lo enjaboné. Pasé mis manos y mis uñas por su cuerpo mojado con fuerza, casi violencia, menos de la necesaria para lastimarlo y sin embargo empezó a revolverse. No tuve más remedio que tumbarlo de costado. Ross aulló.
- ¡Cállate!, le grité, no vas a quedar ni sordo ni tullido por un regaderazo.
Me sorprendió lo parecida que sonó mi voz a la tuya cuando te impaciento. Me hubiera aplaudido de no haber tenido las manos ocupadas, de tan bien que estaba resultando el baño como lección autodidacta. Realmente empezaba a ver ¿sabes?
Metí de nuevo a Ross bajo el chorro de agua y lo enjuagué con la brusquedad que se merecía. Terminaba de enjuagar una pata trasera cuando me enseñó los dientes y no tuve más remedio que golpearlo. Le di el golpe en el hocico, segura de que no me mordería, sabiendo que no es capaz.
Apagué el agua y pensé en aventarlo al patio. Lo vi mojado, pequeño y lo imaginé viendo llover desde la perrera, secándose al aire. Quise verme tirándole la toalla a un lado con el gesto con el que me dejaste un pañuelo antes de irte. Y me inventé fumando un cigarrillo sobre mis sábanas impecables, las terceras, entendiendo por fin, tal vez...
Pero Ross, encogido por el frío puso apenas su nariz en mi rodilla y me miró, y en lugar de dejarlo tomé la toalla y empecé a secarlo suavecito, parte a parte, mientras él, parte a parte se acurrucaba junto a mi, el golpe olvidado, queriendo quererme, confiado siempre, necesitando tan poco...
Nota: Carta finalista en el V Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.