
Algún Lugar 27 de Enero 2007
R.: Te escribo desde la calidez de unas sábanas blanqueadas al rocío tantas
veces por mi abuela paterna. A mi lado, justo un poco más arriba, la luna
esplendorosa y tópica mirando lo que me dispongo a escribirte. ¿Debería
cerrar la cortina?
Soy niña y te amo. Aún te amo. Nadie debería saber esto. Esto se llama secreto.
Aquel bendito día me abrí el labio inferior contra la defensa de un coche. Me llevaron a urgencias. Me cosieron. Al volver a casa, cogí fiebre, y deliraba. Mi familia se acercaba llorando al borde de mi cama. Todos llevaban máscara anti gas y me miraban a través de una reja.
El primer día de sol y bienestar salí al balcón y te vi. Te vi, R.
Amor.
Desde entonces simulé mil y una razones para ir al baño por las noches; para subirme a la taza del váter y mirar tu ventana desde mi ventanuco-naipe. Mi padre abría botellas de Codorníu por las noches al venir de la pescadería; decía que se las merecía después de trabajar todo el día como un esclavo. La excusa perfecta: Un culito de champán, papá, un culito de champán, nada más, de paso voy al baño... Y entonces me subo. Y encendía la luz, y tú encendías la tuya, que era roja, rojísima como el sarampión, como mi amor entero. Y no te llamabas R., te llamabas Helena, sí, Helena con H que es más bonito. Así mi amiga Marisa y yo hablábamos de ti sin que se enterara mi madre.
¡Oh, R., R., sálvame, sálvame! Llévame lejos. Llévame a ver las amapolas a la orilla del tren, o el mar, llévame a ver esto, el mar.
Es esta una historia de medio cuerpo, porque nunca vi tus piernas. No. Nunca las vi. Nuestros balcones de barrotes tapiados para niños suicidas. Nuestro cuerpo a la mitad, truncado. Tapiado. Tapiadísimo.
Y mi padre vino un día y dijo: "Que nos vamos." "¿A dónde? "A otra ciudad, a la comarca de origen, a la tierra madre." Y como no estabas en aquellos días me marché sin despedirme. Qué triste. ¡Ay, qué cosa triste! La Sava amarilla se tragaba renqueante los mundos de dios. Llegué pálida y sin esperanza: "¡Ay, qué blanquitas estáis no fuisteis nada a la playa!", decía mi tía por mis hermanas y por mí. Pasaron los años y me conservé en ti. Pensé en acudir a alguno de esos programas chorras que contactan con personas amadas; ya sabes, todo eso. Pero no, qué bochorno.
Tengo cuarenta años. Soy virgen. Aún sigo soñando contigo.
Me he puesto de acuerdo con mi vieja amiga Marisa para que haga llegar esta carta a tu casa familiar. No sé si tendré valor para soportar el trance de que ya no me reconozcas: "Una loca cualquiera", dirás.
Haré un breve retrato para que te hagas una idea de mi hoy en día: Tengo el pelo blanquísimo, hasta la cintura, y una mirada de pozo, hermosa:
"Pareces un hada buena", esto me lo dijo mi psiquiatra la primera vez que fui. Tengo manos largas, cada vez más si no hallaran el tope de tu cuerpo. Manos grandes, de vieja, en un delgadísimo cuerpo de niña.
Trabajo en un vivero de camelias, azaleas y rododendros preparando los pedidos internacionales, pero en realidad me dedico en cuerpo y alma a la esperanza de este amor.
¡Oh, R., R., sálvame, sálvame!
F. I.
Nota: Carta finalista del VI Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor