
Si algo determinó la infancia de Enrique fue el amargo sabor que dejaron los continuos tragos de saliva e impotencia. Frases como: "Elena, Elenita... ¡cara de nenita!" o "Elena... ¡detergente!", no hacían más que recordarle de forma incesante que Elena -un estúpido nombre de chica y una popular marca de jabón- era también su apellido.
Durante la infancia no pudo hacer nada, excepto tragar. En su adolescencia y años posteriores Enrique consiguió que la impotencia fuera perdiendo fuerza. La edad, y sobre todo la enorme voluntad que él utilizó para restar importancia a la fuente de sarcasmos que producía su apelativo, hicieron muy bien su trabajo. Aunque siempre recordaría aquellos años por otra expresión que se acostumbró a repetir después de su nombre con el fin de evitar malos entendidos. Cuando surgía la inevitable pregunta él decía: "Enrique Elena, Elena es apellido."
El anexo adosado a su nombre creció igual que su dueño. Se desarrolló Enrique y a la vez su identidad.
Uno de aquellos días cercanos al límite de su adolescencia Elena dejó de ser una molesta añadidura para convertirse en una especie de quimera que envolvió a la persona que acaba de conocer. La que sería su mujer -a causa de esas cosas extrañas del destino - no podía llamarse de otra forma.
Él se enamoró, y lo hizo de tal modo que no pudo evitar añadir su delirio a la cantinela que repetía en los últimos años. De repente y sin proponérselo, cuando le preguntaban su nombre comenzó a decir: "Enrique Elena, Elena es apellido y también el nombre de mi novia".
Elena era dueña de un apellido que hubiera resultado sólo una casualidad detrás de cualquier nombre, pero tras el suyo implicó algo más: "una señal", susurró ella en los primeros besos. Su padre resultó ser el último varón de una estirpe de estrictos y respetados señores Enríquez.
Cuando se casaron a Enrique se le ocurrió, al encargar la chapa dorada con los nombres de ambos para el buzón -y a modo de acto de rebeldía por los años de estipulaciones absurdas que no había dejado de imponer su futuro suegro durante el noviazgo-que suprimieran la "z" del apellido de ella, así que en la placa figuró: "Enrique Elena, Elena Enrique 1ºC".
El presidente de la comunidad de vecinos, propietario del 4ºB, bajó una noche al nido de amor de la pareja y disculpándose por la intromisión - que estaba muy lejos de ofender y muy cercana a subsanar un pequeño fallo que quizás hubiera pasado por alto la joven pareja- les comentó que en los buzones debía de haber un error ya que aparecían los nombres duplicados. Ellos, entrelazados en el umbral de su recién estrenado hogar, le confesaron que no era un error, sino un juego de amor que se le ocurrió a él y que a ella le hizo mucha gracia.
La pareja tuvo al poco un varón al que ambos decidieron poner el nombre de papá. Al feliz acontecimiento se añadió la inserción del primogénito en la chapa del buzón. Ahora el presidente de la comunidad podía leer: "Enrique Elena, Elena Enrique, Enrique Elena Enrique 1ºC".
El amor de la joven pareja culminó con la llegada al mundo de una preciosa niña; no hubo ninguna duda en cuanto al nombre de la pequeña: era igual que mamá.
El regalo de bautizo de los abuelos paternos fue una gran placa en la que serigrafiaron con letra inglesa los nombres de los cuatro miembros de la joven familia; ahora el propietario del 4ºB leía: Enrique Elena, Elena Enrique, Enrique Elena Enrique, Elena Elena Enrique 1ºC".
Con los años, las cosas en la familia del 1ºC cambiaron. Los hijos decidieron abandonar a las "Es" originales para comenzar antes de lo previsto la búsqueda de nombres diferentes a los que acoplarse, y el matrimonio hacía tiempo que había dejado de coincidir para entrelazarse en el umbral a la hora de recibir al presidente.
Él empezó a aprovechar cualquier ocasión para volver a utilizar la muletilla de: "Elena es apellido". Ella se fue olvidando de la placa del buzón y comenzó a enfatizar con denodado empeño la "z" de su apelativo original cuando tenía que dejar sus datos.
Una de esas solitarias noches de agosto, unos vándalos entraron en el portal y dejaron una pintada sobre la placa del buzón de la Familia Elena. El presidente bajó a llamar a la puerta del 1ºC, para decirles que la comunidad se haría cargo si resolvían colocar una chapa nueva en el cajetín de las cartas. No hubo respuesta.
Ella, aprovechando sus primeras vacaciones estivales sin él, comenzó la búsqueda de otro apellido con el que compartir cualquier cosa menos nombre.
A su regreso cambió la placa del buzón: nada de letra inglesa, nada de juego de palabras. Sólo una pequeña identificación.
Enrique hacía tiempo que había encargado otra placa reluciente y solitaria en una ferretería situada en el corazón de un barrio distinto. Uno nuevo, ajeno y demasiado apartado del que hasta ahora había sido el suyo. Procuró que la distancia no fuera únicamente física, sino también alfabética; había que evitar cualquier coincidencia inoportuna en una triste página de la guía telefónica.
Aquella placa estrenaría el buzón que precedería a un escaso apartamento con cocina americana. En la tienda recibieron el encargo con una extraña petición. En la chapa, a continuación de "Elena", con letra más pequeña, había que serigrafiar: "Elena es apellido".