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Un amor sin esperanza, por Roberto Rey
 
 
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Publicado el Lunes, 23 agosto a las 08:35:00
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André Gide escribió, respecto de la homosexualidad, que era "un amor que no puede decir su nombre". Berto, sentía que había otros amores que tampoco podían decir su nombre, como el que sentía él, un maduro de 58 años, por Alicia de 23. A ella, fisioterapeuta, la veía todos los días cuando acudía al hospital a rehabilitar una pierna dañada por un fuerte golpe. Inicialmente, no le prestó mucha atención, pero poco a poco se fue fijando en ella.

Tenía unos ojos no muy grandes pero con una mirada profunda y con fuerza. Su nariz era discreta y tenía unas aletas con vida propia que cuando se dilataban, le daban una gracia especial a su cara. Al sonreír, se le iluminaba el rostro, pálido, porque unos granitos insignificantes, que a ella le parecían enormes, no le permitían tomar el sol, y además, hacía un tratamiento contra el acné, en el que se daba una delgadita capa de una crema especial. Trataba a sus pacientes con una gran dulzura, y a pesar de que ella procuraba hacerlos padecer lo mínimo necesario, era inevitable que, con los ejercicios de rehabilitación, sufriesen bastante. Berto se metía mucho con ella y hablaba con sus pacientes:

-¡Señora, si le hace mucho daño y quiere denunciarla, le puedo ir de testigo!

-¡Ay no! que es muy bueniña, lo que pasa es que yo soy muy quejica.

Una vez, Alicia sustituyó a otra fisioterapeuta y atendió a Berto, que se emocionó al estar tan cerca de ella y en contacto tan estrecho. Hubiera dado algo porque la terapeuta asignada a él hubiese sido Alicia. Habría más contacto físico, emocional, más conocimiento mutuo... en fin, más posibilidades de algo, no sabía bien de qué, aunque esa cercanía podría ser mejor o quizá peor. Berto se resignaba y pensaba que contra el Destino no se podía luchar.

Poco a poco aumentó la relación amistosa, hasta que un día, con ocasión de unos pinchos tomados para celebrar algo, tuvieron ocasión de charlar ampliamente, aunque de manera algo informal.

-Oye, Alicia -le dijo Berto-, eres una chica muy reservada, siempre con cara seria y apenas hablas...

El rubor subió repentinamente a las mejillas de Alicia, algo que le encantó a Berto, pues reforzaba su atractivo, para él, que la veía como una gran belleza juvenil, casi como una adolescente, encantadora...

-Puedo dar esa impresión -contestó Alicia-, pero lo cierto es que soy muy tímida y me corto bastante a la hora de hablar, a menos que tenga mucha confianza con las personas.

-A ti te espabilaba yo, y te hacía desaparecer esas vergüenzas -añadió Moncho, otro terapeuta, que además era su jefe inmediato.

-Ya me imagino tu sistema -contestó Alicia, entre risas, al tiempo que todavía se ponía más roja-, pero, tranquilo, que no te caerá esa breva.

El ambiente era distendido y festivo, se sucedían los chistes, comentarios sobre la actualidad, etc... y en el momento de finalizar y despedirse, se cruzaron los besos de rigor. Berto, que deseaba poner sus labios sobre aquellas mejillas, se encontró con la indicación de Alicia de que no lo hiciese, debido al tratamiento aplicado sobre tu tez. Este repentino obstáculo no arredró a Berto, que en un arranque de osadía, la besó en el lado derecho del cuello, con la intención de que Alicia notase cierta intensidad especial. Ella no realizó ningún movimiento para esquivarlo y mucho menos, rechazarlo. él se ilusionó ante la posibilidad de que ella hubiese percibido el sentimiento que ponía en ese beso, pero los acontecimientos posteriores no evidenciaron ningún tipo de respuesta especial, salvo la de un conocimiento o una amistad que evolucionaba dentro de unos límites muy normalitos.

Pronto, muy pronto, Berto se dio cuenta de que se estaba enamorando de Alicia. Conocía perfectamente los síntomas: pensaba en ella a todas horas, la encontraba preciosa, deseaba verla y estar cerca de ella lo más posible, todo el día le daba vueltas a fantasías de correspondencia amorosa e incluso por las noches soñaba que tenía una intensa relación emocional con ella, pero curiosamente, al despertar no recordaba imágenes, sólo sentía como una especie de embriaguez de ternura, de cariño, de amor.

Berto, muy realista, se daba perfecta cuenta de que tenía que llevar ese sentimiento ahogado, en silencio, sin poder manifestarlo. La diferencia de edad y la inexistencia de signo alguno que pudiese hacerle pensar en una respuesta positiva a su amor, le hacían ver claramente lo patético que resultaría declararle sus sentimientos a Alicia. La cara de sorpresa que ella pondría y su rechazo, que sin duda se produciría, le harían sentirse el más ridículo y mísero de los mortales. Lo más probable, dada su personalidad y carácter, es que, con cierta delicadeza, ella le contestaría que lo apreciaba como amigo pero que no podía corresponder a sus sentimientos. Porque, aunque él, en su interior, se sentía joven, desbordante de ternura, de ansias de amar y de recibir amor, en cambio su físico, su edad, sus circunstancias, no le ayudaban en ese empeño. El silencio, el dolor de la renuncia que la madurez conlleva, eran los signos evidentes del fin de su vida amorosa.

Pasado un año, durante el cual Alicia siempre estaba presente para Berto, algo vino a cambiar la situación. Un contrato de seis meses, renovables, se iba a llevar a Alicia al norte de Francia, a un balneario de una importante cadena de este tipo de establecimientos. Berto lo vivió como una ayuda que el Destino le prestaba, pues al dejar de verla y compartir charlas con ella, acabaría perdiendo fuerza ese sentimiento que le hacía sentirse tan bien y, a la vez, tan mal. A partir de ahora sólo le quedarían algunos recuerdos y unos pocos sueños diurnos, porque su amor por Alicia no sólo no podía decir su nombre, sino que sabía, a ciencia cierta, que era un amor sin esperanza.
 
 
 
   

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